El yeti y la ciencia oficial (III)

En la entrada anterior comentamos el artículo de Sykes et al. (2014), donde se analizaban 30 muestras de pelo atribuidas al yeti, bigfoot y similares. Como vimos, ninguna correspondía a un «primate anómalo». Sin embargo, este trabajo científico no fue el primero, sino que tuvo unos ilustres precedentes.

El precursor en el análisis genético de muestras atribuidas al yeti fue el de Milinkovitch et al. (2004): Molecular phylogenetic analyses indicate extensive morphological convergence between the ‘‘yeti’’ and primates (Análisis filogenéticos moleculares indican una amplia convergencia morfológica entre el yeti y los primates). Puede descargarse aquí en PDF.

Ante todo, la metodología empleada por los autores es científicamente irreprochable. Por otra parte, se trata de un trabajo pensado para el día de los inocentes (April Fools’ Day), que supura ironía por todos sus párrafos. Pero, insistimos, su rigor científico es máximo, propio de una revista Q1.

tintin

En resumen, los autores parten de la hipótesis de que el yeti existe, y sus características son las mostradas en Tintín en el Tíbet. Consiguieron una muestra de pelo de yeti, secuenciaron un fragmento de ARNr y lo compararon con el de otros mamíferos (para eso está GenBank, como ya dijimos): unos cuantos équidos (caballo, burro, asno salvaje, cebra…), varias especies de rinoceronte, un tapir, unos primates (ser humano, chimpancé, gorila), un cachalote y una vaca. Una vez obtenida la secuencia génica, elaboraron un cladograma (un diagrama que muestra las relaciones filogenéticas entre organismos, de acuerdo con los principios de la cladística), para ver a qué rama del Árbol de la Vida podría adscribirse el yeti.

Coincidía 100% con los caballos.

Los autores, con ánimo festivo, dan por sentado que la descripción del yeti que aparece en Tintín en el Tíbet es cierta (dada la autoridad del capitán Haddock). Por tanto, la única explicación para los resultados es la siguiente: hay un tipo de caballo que ha sufrido un fenómeno de evolución convergente con los primates, hasta adoptar un aspecto similar (más o menos, como en el caso de los delfines y los tiburones).

mlp_fim__lyraSegún Milinkovitch et al. (2004), los resultados obtenidos son coherentes con la hipótesis de que el yeti podría ser algún tipo de caballo que hubiera experimentado un fenómeno de convergencia evolutiva con los homínidos (fuente: hoodie-stalker.deviantart.com) 🙂

El artículo, insistimos, es de alta calidad científica, aunque se nota mucho que los autores están bromeando. Cualquiera que sepa leer entre líneas puede captar el mensaje, alto y claro: «Tío, esto es pelo de caballo». 🙂

Un trabajo similar en otra revista Q1, igual de divertido aunque con un lenguaje algo más comedido, es el de Coltman & Davis (2006): Molecular cryptozoology meets the Sasquatch (La criptozoología molecular se encuentra con el sasquatch). Puede descargarse aquí en PDF.

En 2005 hubo un avistamiento de un sasquatch en Yukón (Canadá), y se recogieron pelos de la criatura en cuestión. Un especialista los examinó y determinó que posiblemente eran de bisonte. Los autores decidieron investigarlo, sometiendo la muestra a un test de ADN. Se comparó con el de diversos mamíferos… y la secuencia de genes coincidía con la del bisonte.

dancing_buffaloAsimismo, para Coltman & Davis (2006), el sasquatch podría ser algún tipo de bisonte que también hubiera experimentado un fenómeno de convergencia evolutiva con los homínidos (fuente: phillipfga.deviantart.com) 🙂

El último párrafo del artículo merece ser leído, pues expresa cómo es el pensamiento científico. Los autores dicen que hay varias posibles explicaciones para los resultados. Una, que, al igual que sugerían Milinkovitch et al. (2004), exista un ungulado (en este caso, similar al bisonte) con una asombrosa convergencia morfológica con los primates. Y otra, que la muestra sea de pelo de bisonte, y punto. Como muy bien indican, si se aplica el principio de parsimonia (o sea, la navaja de Ockham), tan querido por la ciencia, tendríamos que quedarnos con la hipótesis más simple: la segunda, en este caso. En igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la correcta.

En la próxima entrada terminaremos con el tema, palabra de honor. 🙂

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3 comentarios en “El yeti y la ciencia oficial (III)

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