Los duendes y el principio de autoridad

Es probable, amigo lector, que alguna vez hayan perturbado el sosiego de tu hogar unas esquivas criaturas, los duendes. Desde tiempo inmemorial se han dedicado a incordiar a la gente, golpeando paredes y techos, haciendo ruidos diversos o arrojando piedrecillas. Antiguamente les gustaba jugar a los naipes, trenzar las crines de los caballos… Hoy es más habitual que abran y cierren puertas o trasteen con los interruptores de la luz. En el fondo, se trata de travesuras inofensivas. Es bien sabido que los duendes se llevan bien con los niños, quienes incluso llegan a verlos a veces. Son más habituales en las casas deshabitadas, pues el ruido y la actividad humana les molestan, e incluso pueden ahuyentarlos o acabar con ellos.

Si echamos un vistazo a la Wikipedia, comprobamos que hay muchas criaturas sobrenaturales en distintos países que cabrían dentro de la acepción de duende (poltergeist, leprechaun, goblin, trasgo, gnomo, domovói, elfo…). Algunos son más maliciosos que otros, rozando incluso lo siniestro. Aquí nos ceñiremos al típico duende de la tradición castellana, más molesto que otra cosa.

Muchos han intentado averiguar la naturaleza duendina, mayormente seguidores de las pseudociencias. Si abordamos el tema con un prudente escepticismo, es probable que los actos atribuidos a duendes tengan explicaciones naturales, sin necesidad de recurrir a entes fantásticos. No obstante, echaremos un vistazo a la obra de alguien que se tomó a los duendes muy en serio y escribió un libro sobre ellos. Aparte de lo curioso que resulta, también nos servirá para ilustrar las diferencias entre su forma de tratar el asunto y la actitud científica; sobre todo, en lo concerniente al principio de autoridad.

La obra en cuestión es El ente dilucidado, escrita por Fray Antonio de Fuentelapeña. La primera edición data de 1676 (y hubo una 2ª en 1677; supongo que se vendió…). Yo tengo el libro publicado en 1978 por la Editora Nacional (Madrid). Consta de 1836 párrafos numerados, que ocupan más de 700 páginas. Se ha respetado la ortografía del siglo XVII, con letras que ya no usamos, pero eso no dificulta demasiado su lectura.

El ente dilucidado es considerado una excentricidad dentro de la literatura de nuestro Siglo de Oro. De hecho, el antropólogo Julio Caro Baroja, en su Jardín de flores raras (1993), le dedica un par de páginas, tildándolo de extravagante. De acuerdo, el libro es raro de narices, y en muchas ocasiones provoca una hilaridad no buscada, pero Fray Antonio merece mi respeto. Escribir un texto de tales dimensiones supone un trabajo ímprobo; queda claro que el tema le apasionaba.

Claro, su método de razonar no es científico, sino filosófico. Aristotélico y escolástico, más bien. Fray Antonio da por sentada la existencia de los duendes (a los que también llama trasgos o fantasmas), que se dedican a realizar las travesuras que comentamos al principio. Así lo dictan innumerables testigos a lo largo de los siglos y, por supuesto, muchas Autoridades (sí, con mayúscula). Si ellas lo afirman, tiene que ser verdad: magister dixit. Y ahí está el problema.

En Epistemiología, el principio de autoridad obliga a aceptar cualquier afirmación o teoría que aparezca en los textos considerados ciertos, sin debate científico. Dichos textos no abarcan sólo a las Sagradas Escrituras, sino a muchas obras que nos legó la Antigüedad Clásica: las de Aristóteles, Hipócrates, etc.

El método científico huye como de la peste del principio de autoridad. De acuerdo, los científicos respetamos a nuestros colegas más eminentes, y sus afirmaciones son seriamente consideradas, pero deben basarse en la evidencia, someterse al escrutinio de la comunidad científica, ser refutables… Y si la evidencia o los experimentos están en contra de una teoría, por muy importante que sea la persona que la propone, será desechada o modificada.

En El ente dilucidado vemos lo que ocurre cuando se aplica el principio de autoridad a rajatabla, en vez del método científico. Ojo: eso no implica que Fray Antonio fuera un ignorante. Todo lo contrario; da la impresión de que había leído mucho y tenía bastante que decir. El problema era casar la realidad con lo que contaban las Autoridades. Si Aristóteles o Plinio afirmaban que los duendes existían, que había gente con cabeza de perro, que ciertos animales atacaban a los adúlteros o que las serpientes nacían de la médula espinal de los cadáveres, pues había que aceptarlo a pies juntillas. Lo divertido (sin pretenderlo el autor) llega cuando trata de explicar todo eso racionalmente.

Confieso que, como biólogo, he disfrutado con el libro de Fray Antonio. Mucho de lo que afirma tiene que ver con la Zoología y la Botánica o, mejor dicho, con lo que se opinaba en la Antigüedad sobre animales y plantas, la Fisiología, la gestación y mil cosas más relacionadas con la Historia Natural. Por desgracia, la lectura llega a hacerse pesada, e incluso irritante, más que nada por la manía de saltar de un tema a otro sin orden ni concierto, simplemente porque le interesa. Por momentos llega a recordar a esos estudiantes con déficit de atención, que se distraen con el vuelo de una mosca. En realidad, los párrafos que tratan estrictamente sobre los duendes no son tantos; de haberse ceñido al tema, el libro habría quedado muchísimo más corto.

Cuando le apetece hablar de algo, se pone a a ello aunque no venga a cuento. Así, llama la atención la cantidad de espacio que dedica a tratar las virtudes del número 7. O que el alma entra en el feto a los 40 días de la concepción en el caso del hombre, y 80 en la mujer (feministas sensibles, absténganse de leer textos antiguos)…

Pero basta de digresiones y volvamos a los duendes. Que existen no lo duda nadie, ya que así lo afirman incontables Autoridades. Además, en el mundo se encuentran cosas mucho más sorprendentes así que ¿por qué no nuestros duendes? Pero dando por sentado que existen, ¿qué son? Tras estudiarlo mucho, Fray Antonio llega a la conclusión de que son animales invisibles. De hecho, algunos animales invisibles existen, según afirman las Autoridades, ¿no?

Si los duendes viven y sienten, lo cual se deduce de su comportamiento, como mínimo tienen que ser animales. Además, son corpóreos (dan golpes, juegan a los naipes…), aunque de naturaleza tan sutil que resultan invisibles al ojo humano (salvo el infantil), igual que otros animales que cita (según las Autoridades).

Sigamos. Los duendes surgen por generación espontánea de los vapores corruptos de los sótanos de las casas, no mediante coito (y lo demuestra). Además, mueren, e indica cómo puede acabarse con ellos (básicamente, haciendo mucho ruido). Asimismo, Fray Antonio concluye que no son hombres, pues a juzgar por sus acciones no parecen demasiado espabilados. De hecho, hay animales más listos que ellos, como se prueba consultando a las Autoridades (y mezclando observaciones reales con otras absolutamente disparatadas). Tampoco son ángeles, pues estos no se dedican a tonterías como tirar piedras o trenzar las crines de los jamelgos. Tampoco son demonios, ya que los duendes no buscan la perdición de los hombres; simplemente son revoltosos. Y menos aún se trata de almas en pena, que las pobres están para otras cosas. Por tanto, son animales.

Aquí, Fray Antonio aprovecha para deleitarnos con sus habituales digresiones, apabullándonos con anécdotas sobre el comportamiento de los animales, e incluso afirma que estos poseen sombras de virtud. La combinación de casos reales con las puras citas fantásticas sobre animales inexistentes es encantadora.

Si los duendes son animales, tendrán que comer. Cómo no, se alimentan de los mismos vapores gruesos que los han generado. En cuanto a beber, puede que lo hagan a escondidas, o que no lo necesiten, o que los mismos vapores les proporcionen la humedad necesaria. Luego discute si duermen, excretan, tienen sangre o no, gozan de sentidos… Es curioso comprobar que Fray Antonio no acepta todo lo que afirman las Autoridades, e incluso llega a aplicar en algunos casos la navaja de Occam, pero eso ocurre en contadas ocasiones. El principio de autoridad campa a sus anchas en El ente dilucidado.

Sigamos. Después de preguntarse si los duendes mueren (por supuesto, ya que son animales), la capacidad de digresión de Fray Antonio alcanza proporciones épicas. Se pone a hablar de los sentidos animales, de las plantas e incluso de las aguas, de las formas intermedias entre animales y vegetales, si hay alimentos que prolongan la vida, si es peor el hambre que la sed, cómo es la digestión, cuáles son las causas de muerte, cómo una cítara excita a otra, si los cadáveres sangran a la vista de su asesino… Sigue brincando de un tema a otro sin orden ni concierto, mezclando datos correctos con disparates, pero ya se sabe: magister dixit.

Por fin, acercándonos al final, discute las causas de los duendes desde un punto de vista aristotélico (causa material, formal, eficiente y final). Y puestos ya, da una definición final de duende: animal invisible, o casi invisible, trasteador. Así lo distingue de los animales invisibles que no trastean, o de los que trastean y no son invisibles. 🙂

Si hemos sobrevivido hasta aquí, nos quedan los párrafos finales, en los que Fray Antonio se ocupa de resolver algunas dudas, mayormente sobre temas que nada tienen que ver con duendes. La parte en que considera al cuerpo del hombre como un microcosmos, y lo compara con el macrocosmos, es hilarante. Por cierto, como cualquier persona culta, sabía que la Tierra es redonda. Que tomen nota los terraplanistas…

Siguen páginas muy curiosas sobre la generación espontánea de duendes y otros bichos, e incluso si el cuerpo humano puede producir fuego. Y luego discute si los duendes pueden volar, ya que a veces parecen golpear el suelo e inmediatamente después el techo. Esta, para mí, es una de las partes más curiosas del libro, porque Fray Antonio demuestra ciertos conocimientos científicos, sobre todo en lo que respecta al principio de Arquímedes y los conceptos de peso y densidad. Por lo que aquí nos interesa, si nosotros podemos nadar en el agua, en la cual pesamos poco, algo similar les ocurre a los duendes en el aire. Podría decirse que pueden impulsarse y nadar en él, para poder así aporrear los techos.

Y por acabar con cuestiones físicas, Fray Antonio habla de la posibilidad de construir una ciudad submarina, aunque lo ve poco viable. Finalmente trata sobre el tema de si puede el hombre volar. Incluso propone la construcción de una máquina voladora que no tendría nada que envidiar a las de Da Vinci. Pero a diferencia de este, da muestra de buen juicio e indica que no funcionaría, si tenemos en cuenta la tecnología de la época. Las alas tendrían que ser desmesuradas para aguantar el peso humano, y por medios mecánicos, a fuerza de músculos, no se podría ejercer el empuje necesario para levantar el vuelo.

No seré yo quien se burle de El ente dilucidado. De acuerdo, en el fondo es un despropósito, pero nos permite viajar a otra época. Una época de gente erudita, como Fray Antonio, pero con un modo de pensar completamente ajeno a la Ciencia moderna, inadecuado para desentrañar los misterios de la naturaleza. Un mundo condenado a la extinción.

Recordemos que el libro apareció en 1676. Unos años antes, en 1668, Francesco Redi había publicado Esperienze intorno alla generazione degl’insetti, donde dio un golpe mortal a la teoría de la generación espontánea, demostrando que las moscas no surgían de la carne podrida, sino de los huevos de otras moscas. Las Autoridades estaban equivocadas. Poco después (1687), Isaac Newton publicaría sus Principia Mathematica, y nuestra visión del mundo cambiaría por completo y para siempre.

Fray Antonio vivía en un universo mental que agonizaba, pero aún no se había dado cuenta. En fin, nos quedaremos con su interés por los duendes. Yo creo que al final les tomó cariño. De hecho, parece que quiere reivindicarlos, acabar con su mala fama, e incluso piensa que en el fondo son buenos, porque cuidan de las casas. Puede ser. Yo agradecería que el que tengo en la mía deje de dar portazos, encender de vez en cuando la luz y hacer que el perro se quede mirando fijamente a lugares donde no hay nada. Y que pare de cambiar de sitio los libros en la biblioteca. Y eso de que el ruido fuerte acaba con ellos es mentira. El heavy metal no les afecta. Al mío le gusta Sabaton. 🙂

V CERTAMEN «CORCEL NEGRO»

Nuestra novela La suerte del Nigromante ha sido una de las dos seleccionadas por el jurado del V Certamen «Corcel Negro», dentro de la categoría de novela juvenil.

Este certamen, que consta de diversas categorías (novela juvenil, narrativa, fantástica, policiaca, histórica, poesía, etc.), fue convocado por Entrelíneas Editores, que se compromete a la edición en papel de las novelas premiadas durante 2021.

Así que, salvo imprevistos (hay que tocar madera en esto de la publicación…), 🙂 el próximo año podremos ofrecer a nuestros lectores una nueva obra. Se trata de una de corte fantástico con toques de humor. Aunque se etiquete como juvenil, creemos que podrá ser disfrutada por cualquier lector adulto.

«La bayoneta de Occam» ya está publicada

Tras un pequeño retraso por motivos técnicos, ya está disponible en Amazon nuestra nueva novela del UniCorp, La bayoneta de Occam. Puede adquirirse tanto en formato físico (tapa blanda) como en versión Kindle.

El argumento de la obra puede verse más abajo; en concreto, entre la 2ª y la 3ª entrada de virus, pandemias y demás. También está en la sección «obras» de nuestro sitio del UniCorp (hay un enlace en el logotipo del blog).

Si te animas a comprar la novela, amigo lector, esperamos que disfrutes con su lectura. 🙂

Nueva novela del UniCorp: «La bayoneta de Occam»

Nos complace anunciar que dentro de poco estará disponible una nueva novela del UniCorp, nuestro universo narrativo de ciencia ficción. Se trata de La bayoneta de Occam:

He aquí la sinopsis:

La suerte no favoreció por igual a dos mundos hermanos, Hlanith y Gad. Mientras el primero se convirtió en uno de los planetas más prósperos e influyentes del Ekumen, Gad padeció siglos de guerras crueles. De hecho, fue dejado a su suerte, sometido a un férreo bloqueo. No obstante, nuevos países iban surgiendo poco a poco, mientras los señores de la guerra perdían terreno.

Pese a todo, Hlanith no quiso levantar el bloqueo. Para tranquilizar conciencias, Gad recibió ayuda humanitaria y militar, a cambio de convertirse en un experimento sociológico a escala planetaria. Se le concedió un nivel tecnológico que lo convertiría en una copia de la Vieja Tierra a inicios de la Era Espacial. Y respecto a suprimir el bloqueo… Bien, no había prisa. Tendrían que ganárselo.

Elam es uno de los países civilizados de Gad. Tiene sus peculiaridades, como todos. Por ejemplo, los puestos de jueces y agentes del orden son hereditarios o pasan de tutores a discípulos. Un policía jubilado se ve forzado a investigar, a desgana, la muerte accidental de un científico amigo. Ha de tomar como discípula a su nieta, una joven con tendencias autodestructivas. Tal vez, si logra que se interese por la labor policial, pueda evitar que acabe en la cárcel o algo peor. Sin embargo, lo que parecía una investigación rutinaria acabará por desvelar un plan oculto que podría cambiar para siempre el destino de Gad.

Estará a disposición de nuestros lectores en breve, tanto en formato electrónico como en papel. Permanezcan atentos a esta sintonía… 🙂

Nueva antología del UniCorp: «Juegos y engaños»

Ya está disponible en Amazon, tanto en versión Kindle como en formato papel (tapa blanda) nuestro último libro: Juegos y engaños. Reproducimos la sinopsis que puede leerse en la contraportada:

Esta antología sigue el camino iniciado por la anterior, «Juegos perversos». Incluye dos nuevas historias de antropólogos, en las que estos esforzados profesionales deberán echar mano de todo su ingenio. Tendrán que salir airosos de situaciones a veces pintorescas, en otras ocasiones tragicómicas, en el vasto telón de fondo del Universo Corporativo o UniCorp, donde coexisten mundos con las más diversas sociedades, algunas de ellas poco recomendables.

LA BARBACOA: Una expedición de antropólogos debe ayudar a los militares a pacificar un planeta remoto, Ofiura, donde conviven sociedades pacifistas junto a otras extremadamente agresivas. El propósito es evitar baños de sangre, pero la estulticia del jefe de los antropólogos, así como la idiosincrasia de su peculiar familia, parecen abocar la misión al desastre.

LA REINA DEBE MORIR: Una antropóloga no demasiado brillante es destinada a Nueva Gaia, un planeta tranquilo y civilizado, candidato perfecto para unirse a la Corporación. Sin embargo, lo que parece una sociedad idílica encierra monstruos. La antropóloga se ve implicada, sin querer, en negocios turbios y debe huir para salvar su vida. Sola, perseguida, aterrorizada y prácticamente sin recursos, va a parar a una reserva de vida alienígena. Y allí, contra todo pronóstico, se enfrentará a un Primer Contacto con otra especie inteligente. Un Primer Contacto que podría cambiar el destino de la Humanidad, pero que tiene todos los números para acabar en fracaso.

La antología se completa con un relato corto, LO HERMOSO Y LO INVISIBLE, a modo de pequeño homenaje a Italo Calvino.

Estas dos novelas cortas aparecieron hace un tiempo por entregas en Wattpad. Ahora, amigo lector, las tienes disponibles en una cuidada edición, tanto si optas por el formato electrónico como si eres partidario de los libros stricto sensu.

Si te decides a leerlo, esperamos que lo disfrutes. Mientras, seguimos escribiendo. 🙂

Lo hermoso y lo invisible

Amigo lector, nos hemos permitido un breve descanso en las entradas sobre Ciencia y pseudociencias. A cambio, te ofrecemos un relato corto de ciencia ficción. Esperamos que lo disfrutes. 🙂

LO HERMOSO Y LO INVISIBLE

Autores: Eduardo Gallego & Guillem Sánchez.


En recuerdo de Italo Calvino.

 El viajero deberá abandonar las rutas más frecuentadas si desea visitar Myxia.

Myxia siempre fue un mundo hermoso. Océanos de un azul profundo, cielos turquesas entreverados de blanco, montañas cubiertas de bosques que cambian de color con el devenir de las estaciones…

En cuanto tuvieron uso de razón, sus moradores quedaron subyugados por tanta belleza. Aprehenderla, disfrutarla y por qué no, mejorarla, se convirtió en un sueño, un ideal a perseguir.

Los años dieron paso a los siglos, y estos a los milenios. Aquellos moradores acabaron por erigirse en la especie dominante, los amos del planeta. Nada ni nadie podía oponérseles. Por fin materializarían sus sueños, convertirían lo hermoso en sublime.

Primero allanaron montañas, encauzaron ríos, domesticaron el clima. Todo debía fluir en armonía, sin sobresaltos, convertirse en el perfecto escenario para disfrutar de los sentidos.

Luego se ocuparon de los animales y los árboles. Eliminaron a los feos, los molestos, los que ponían una nota discordante en el paisaje idílico.

Finalmente llegó el turno de las malas hierbas, los hongos y los microbios. Todo aquello que no se ajustase al canon de belleza debía erradicarse. Por desgracia, aquellos esquivos seres eran difíciles de matar. Se requería sutileza, hilar fino.

Así, liberaron virus de diseño para que se ocuparan del trabajo sucio. Su eficacia había sido evaluada y probada. Sin embargo, a los amos del mundo se les pasó por alto un pequeño detalle.

La vida es, en el fondo, un subproducto de la evolución. Esta no sigue un propósito ni prevé el futuro. Su motor último es el azar, los cambios imprevistos. Luego, la selección natural realizará su labor de escarda, ciega a las consecuencias.

Un virus concebido para exterminar cierta maleza acabó donde no debía, por culpa de un insecto vector despistado. En vez de a la planta cuyo metabolismo pretendía bloquear, fue a parar al interior de un alga microscópica. El virus no mató a la inesperada anfitriona, sino que se insertó en su genoma y aguardó tiempos mejores.

En su momento, el alga fue fagocitada por un modesto moho del fango en el que nadie se había fijado antes. El alga no fue digerida, como cabía esperar. Mantuvo su integridad e incluso empezó a multiplicarse dentro del moho, en un ambiente acogedor. Los genes que le proporcionaba el virus se lo permitieron.

Hoy, la única cosa viva que queda en Myxia es el moho del fango. Su cuerpo gelatinoso lo cubre todo, desde las altas cumbres hasta las orgullosas ciudades donde yacen las osamentas de sus moradores. Ya no le queda nada que devorar, aunque le da lo mismo. Gracias a las algas que alberga en su interior puede absorber la energía del sol y sobrevivir.

El moho luce un llamativo color verde esmeralda. Su superficie se estremece de tarde en tarde con un latido majestuoso y lento.

A su manera, es hermoso.

Miopatía nemalínica

Hacemos un inciso en las entradas sobre Astrología para comentar algo realmente importante, que tiene que ver con la miopatía nemalínica.

Es probable, amigo lector, que sea la primera vez que oye usted hablar de ella. Se trata de una de las denominadas enfermedades raras. Es congénita y afecta a los músculos. Su gravedad es variable, de leve a severa. Puede encontrar más información aquí y aquí.

Meses atrás, el pintor y escultor murciano Paco Bernal Muñoz contactó con nosotros, entre otros autores, para pedirnos  que donáramos un cuento relacionado con la miopatía nemalínica. Estos relatos formarían parte de la antología En el laberinto del laurel, cuyo objetivo, aparte de concienciar sobre esta rara enfermedad, es el de ayudar a la asociación Yo Nemalínica. La participación de todos los que han colaborado en el libro ha sido desinteresada; los beneficios irán íntegros a la asociación.

La antología en el laberinto del laurel fue presentada el pasado 12 de enero en Murcia.

El relato con el que hemos contribuido a esta obra se titula Lo único que importa. El lector interesado puede echarle un vistazo en nuestra web del UniCorp (y esta vez no tiene nada que ver con la ciencia ficción o la fantasía). 🙂 Confiamos en que eso lo anime a adquirir el libro, que es por una buena causa.

Mundos perdidos y tierras huecas (IV)

¿Cómo sería la fuerza de la gravedad en una Tierra hueca al estilo de la saga de Pellucidar? Tan sólo necesitaremos unos conocimientos básicos de Física y Matemáticas, la calculadora y hagamos números. 🙂

Veamos primero cómo afectaría el hecho de que la Tierra fuese hueca a la fuerza de la gravedad que experimentaríamos los habitantes de su superficie exterior. Recordemos la fórmula para calcular la fuerza con que se atraen la Tierra y un objeto cualquiera:

F= G·M·m / d2

G es una constante que pudo ser calculada gracias a Cavendish y la balanza de torsión. M es la masa de la Tierra, m la masa del objeto en cuestión y d la distancia entre ambos. En el caso de que el objeto esté en la superficie de la Tierra, d sería igual al radio del planeta. Por cierto, el radio medio de la Tierra es de 6371 km. Este y otros datos de las características físicas de nuestro mundo pueden consultarse en la Wikipedia.

En las novelas de Pellucidar, Burroughs nos dice que el grosor de la corteza terrestre es exactamente de 500 millas; o sea, unos 805 km. Calcular el volumen que ocupa esta cáscara hueca es sencillo. El volumen de una esfera es:

V= 4·π·r3 / 3

Simplemente, al volumen de la Tierra hay que restar el que ocuparía el hueco central (radio= 6371 – 805 km). Para no cansar al lector con números larguísimos, resumamos: el volumen de esa cáscara es aproximadamente un tercio del de la Tierra.

Si a una esfera maciza le quitamos dos tercios de su volumen, eso tendría que notarse en la fuerza de gravedad. Por lo pronto, los habitantes de la superficie pesaríamos mucho menos (pues el peso es la medida de la fuerza gravitatoria que actúa sobre un objeto). Sin embargo, los partidarios de la Tierra hueca podrían aducir que si la corteza de Pellucidar fuera más densa, eso compensaría.

En efecto, podemos considerar que la masa de un objeto es el producto de su densidad por su volumen. Así, si este último baja a un tercio, pues subamos la densidad al triple y entonces pesaríamos lo mismo que con una Tierra maciza, ¿no?

La densidad de la Tierra ya fue calculada con la balanza de torsión, y es de 5,515 g/cm3. Si la triplicamos, sería de 16,545g/cm3. O sea, más densa que el plomo (11,3 g/cm3) o el mercurio (13,6 g/cm3 ). Más o menos, sería tan densa como el tántalo o tantalio (16,65 g/cm3 ), un metal raro y muy duro. Pero en las novelas se nos dice que el topo mecánico de nuestros héroes sólo atraviesa una corteza de roca y hielo; nada de masas metálicas densas e impenetrables, que hubieran destrozado el taladro. Y la densidad de un medio así es baja. Por ejemplo, la densidad de la corteza continental de nuestro planeta es sólo de 2,7 g/cm3. Si además hay capas de hielo (0,9 g/cm3 ), tal como señala Burroughs, la densidad bajaría aún más.

O sea, tendríamos un volumen de sólo un tercio del terrestre, con una densidad de menos de la mitad… ¿El resultado? Una masa bastante baja, y pesaríamos muy poquito. Pero la realidad es tozuda. 🙂

Eso no desanima a los partidarios de la Tierra hueca. Así, algunos intentan suplir la masa que le faltaría a la Tierra con el sol central que ilumina a Pellucidar. No obstante, en la entrada anterior vimos que un objeto así es imposible. Para generar un sol, aunque sea modesto, haría falta una masa 80 veces superior a la de Júpiter, como mínimo. Pero incluso suponiendo que el sol de Pellucidar fuese un objeto misterioso, originado por procesos desconocidos para la Ciencia, no podría evitar verse afectado por el tirón gravitatorio de nuestra Luna. Empezaría a moverse, a oscilar, a dar tumbos y acabaría chocando una y otra vez con la superficie de Pellucidar, que quedaría hecha una pena.

Bueno, ocupémonos ahora de los moradores de Pellucidar. Supongamos que, gracias a algún milagro, su sol se mantiene ahí, en el centro, y que, contra toda lógica, el interior del planeta no se ha convertido en una abrasadora olla a presión. ¿Qué pasa con la fuerza de la gravedad dentro de una esfera hueca?

Echemos un vistazo a la siguiente imagen, que ya pusimos en la entrada anterior, pues exhibe un error garrafal:

Modelo de Tierra hueca con un sol central (fuente: pellucidarskartaris.blogspot.com.es)

En este dibujo, el centro de gravedad, representado por una línea discontinua, aparece como un plano dispuesto justo hacia la mitad de la corteza terrestre. De ello se deduciría que la atracción gravitatoria se sentiría más o menos igual en el exterior que en el interior de la Tierra. Parece obvio, ¿verdad?

Pues no. El centro de gravedad no es un plano o una capa. ES UN PUNTO. Y en el caso de una esfera hueca, está situado en el centro, precisamente. Entonces, ¿hacia dónde se sentiría el tirón gravitatorio en Pellucidar? Para averiguarlo disponemos de la ley de Gauss. Puede verse una explicación bastante amena en este vídeo:

Todo aquello que no estuviese sujeto al suelo de Pellucidar flotaría ingrávido. O peor aún: dado que hay un sol central, éste atraería a los objetos como una trampa eléctrica a los insectos, y… 🙂

Fuente: ebay

¿Podría la fuerza centrífuga rotación terrestre crear algo parecido a la gravedad? En tal caso variaría desde un máximo en el ecuador hasta nada en los polos. Además, incluso en el ecuador sería muy débil, lo que contradice a lo que pasa en las novelas. Los protagonistas se mueven tranquilamente por Pellucidar, sin sufrir cambios de peso ni tener que agarrarse al suelo para evitar salir volando y morir achicharrados en el sol central.

Qué se le va a hacer… El modelo de la Tierra hueca queda muy novelesco, pero hace aguas por todos lados.  Además, deja sin explicar diversos fenómenos, cosa que sí hace el modelo de la Tierra maciza, con un manto rocoso y un núcleo metálico:

  • ¿Cómo se explican la deriva continental y la tectónica de placas en una Tierra hueca?
  • ¿Y el comportamiento de las ondas generadas tras un terremoto, registradas por los sismógrafos?
  • ¿Y el origen del campo magnético terrestre?
  • ¿El vulcanismo?
  • Etc.

Así pues, ¿no queda algún resquicio que permita defender la existencia de una Tierra hueca? ¿O de una Tierra plana, puestos ya? Lo consideraremos en la próxima entrada, la última de esta serie.

Mundos perdidos y tierras huecas (III)

Topo mecánico utilizado para acceder a Pellucidar en las primeras novelas de la serie (fuente: http://www.pellucidar.org)

En la serie de Pellucidar, la Tierra es una cáscara hueca. Su corteza tiene 500 millas (unos 800 km) de grosor, y hay océanos y continentes en su cara interna, pletóricos de flora y fauna, como ya vimos. En las dos primeras novelas, la única forma de llegar hasta allí consiste en taladrar la corteza terrestre mediante una especie de topo mecánico. En novelas posteriores se nos dice que hay una abertura polar a través de la cual se puede acceder a Pellucidar.

Modelo de Tierra hueca con un sol central (fuente: pellucidarskartaris.blogspot.com.es)

Pellucidar no es un lugar oscuro, pues en el centro exacto de la Tierra hay un diminuto sol que ilumina a los habitantes de este mundo cóncavo. Sin embargo, el astro permanece fijo en el cielo. Hay un día perpetuo. Como el sol no se mueve, los conceptos de norte y sur, levante y poniente, no existen en Pellucidar. A falta de astros que sirvan para medir el tiempo, la percepción de su transcurso se convierte en algo subjetivo. No se le da importancia. Si prestan atención, los protagonistas podrán deducir cuánto tiempo ha transcurrido según el número de veces que hayan comido o dormido. No obstante, hay ocasiones en las que uno cree que han pasado minutos mientras que para otra gente han transcurrido semanas. Reconozcamos el ingenio de Burroughs: así, la forma de experimentar la vida es muy distinta en Pellucidar.

En esta ilustración de F. Frazetta vemos el pequeño satélite que orbita en torno al sol de Pellucidar (fuente: http://www.pinterest.co.uk)

Bueno, no en todo Pellucidar hay un día perpetuo. En torno al sol orbita una pequeña luna, cuyo periodo de traslación coincide con el de rotación de la Tierra. Eso explicaría fenómenos como el de la nutación, según afirma un protagonista. El caso es que la sombra de esa luna cae siempre sobre el mismo lugar, la Tierra de la Horrible Sombra, sumiéndolo en noche eterna.

Todo esto resulta ideal como escenario para unas novelas de aventuras, pero ¿tiene base científica un sol dentro de nuestro planeta, como algunos postulan? Nos tememos que la respuesta es negativa.

Para que surja un sol se requiere que una gran masa de gas se colapse por la fuerza de la gravedad, y que en su interior se alcancen las condiciones de presión y temperatura necesarias para que se dé la fusión del hidrógeno. Un planeta tan enorme como Júpiter, a cuyo lado la Tierra es un mundo enano, carece de la masa suficiente para convertirse en estrella, ni siquiera en una humilde enana marrón. De hecho, se ha calculado que haría falta una masa equivalente a algo más de 80 planetas como Júpiter para lograr que una estrella se encienda.

Comparación de tamaños entre la Tierra y Júpiter (fuente: el tamiz.com)

Por tanto, nuestro mundo es demasiado pequeñito para que nazca un sol en sus entrañas, a no ser que recurramos a la magia, o a que sea un artefacto construido con una tecnología inconcebiblemente avanzada, o a procesos físicos desconocidos para la Ciencia actual. Y si a ese sol le unimos el pequeño satélite que da vueltas a su alrededor… ¿Cómo podría haberse originado algo así?

En fin, supongamos que, pese a todo, hay un objeto brillante en el centro de la Tierra, contraviniendo todas las leyes físicas conocidas. Ello nos plantea otro problema: ¿podría mantenerse ahí, fijo? Nos tememos que no. Nuestra Luna lo impediría. Más que nada, porque tiene masa, y su atracción gravitatoria (la misma que es responsable de las mareas) haría que el sol de Pellucidar y su pequeño satélite empezaran a dar bandazos, cada vez mayores. Tarde o temprano chocarían contra la corteza terrestre. El interior de nuestro planeta se asemejaría al de un sonajero o unas maracas. Eso, si no reventaba antes por la fuerza de los impactos. En esta página web lo explican bastante bien.

Fuente: agrega.juntadeandalucia.es

Consideremos otro problema más: ¿y el calor?

Ese sol no sólo proporcionaría luz, sino también calor a Pellucidar. Obviamente, el interior de nuestro planeta se calentaría como una olla a presión, achicharrando a todo bicho viviente.

Pese a todo, supongamos que la temperatura no es tan alta como para acabar con la vida. En cualquier caso, en Pellucidar no hace frío, ya que abundan las junglas con vegetación tropical. El aire caliente saldría al exterior a través de la abertura polar, modificando así las corrientes de aire de la atmósfera terrestre. Esto contradice las evidencias de las que disponemos. Los polos son zonas muy frías, de altas presiones. O sea, todo lo contrario…

Y dejamos para el final otro tema interesante: el de la gravedad en una Tierra hueca, tanto para nosotros, que habitamos su superficie exterior, como para los moradores de Pellucidar (si es que no han sido antes aplastados o quemados por el sol y su satélite). Pero eso lo veremos en la próxima entrada. 🙂