Inteligencias más o menos alienígenas (I)

Un tema recurrente en la ciencia ficción es el del contacto con inteligencias alienígenas. Podemos encontrar obras para todos los gustos, desde algunas con extraterrestres que hablan nuestro idioma (el inglés, como no podía ser menos) y no hay problema para comunicarse con ellos, hasta otras en las cuales la Humanidad se enfrenta a formas de vida completamente incomprensibles.

Fuente: todas las imágenes de esta entrada proceden de pixabay.com

Esto nos lleva a plantearnos algunas cuestiones. ¿Sería posible el diálogo, si no tenemos nada en común? ¿Existe algo que pueda ser universalmente comprendido? ¿Las Matemáticas, quizá? ¿O ni con esas? Por otro lado, ¿seríamos capaces de reconocer una inteligencia alienígena si nos topáramos con ella, o pasaría desapercibida?

Es difícil dar respuestas. Quizá sea mejor dejar de mirar por un momento a las estrellas y fijarnos en nuestra propia biosfera. ¿Seríamos capaces de reconocer otras especies inteligentes aquí, en la Tierra?

Si algo caracteriza a nuestra cultura occidental, es la manía de colocar al ser humano en un pedestal. Nos consideramos algo aparte del resto de la naturaleza: seres superiores que se distinguen del resto de los animales, entre otras cosas, por la inteligencia. También por más características que consideramos humanas: la autoconciencia, la empatía, el sentido de la justicia, prever el futuro, hacer planes… De hecho, para muchas personas supone un insulto lo de llamarnos «animales». Estamos por encima de ellos, pues los simples animales carecen de esas características que hemos enunciado. Así se pensaba. Era algo sabido, bien establecido.

Hasta que llegó Charles Darwin.

Junto con Alfred R. Wallace, Darwin propuso su teoría de la evolución de las especies por selección natural. Más de siglo y medio después, ha resistido todos los intentos de tumbarla y se ha convertido en una de las teorías científicas más sólidas que existen. Desde la publicación del Origen de las especies (1859), se admite que cada especie procede de otra anterior. Las mutaciones, la selección ejercida por el entorno y mucho, pero que mucho tiempo, han creado la maravillosa biodiversidad que podemos contemplar hoy (y que estamos destruyendo a marchas forzadas, dicho sea de paso).

Pero Darwin no sólo puso patas arriba (y le dio sentido) a la Biología. También lanzó un torpedo a la línea de flotación de nuestras creencias más arraigadas. Si unas especies proceden de otras anteriores, nosotros no íbamos a ser la excepción. Así, en 1871 publicó El origen del hombre. Un libro valiente, en el que defendió, con todos los datos que pudo recopilar, que nuestra especie desciende de otras que la precedieron en el tiempo.

Las citas de El origen del hombre que incluimos en esta entrada se han extraído del capítulo XXI (Resumen general y conclusión):

Vemos así que el hombre desciende de un mamífero velludo, con rabo y orejas puntiagudas, arbóreo probablemente en sus hábitos y habitante del mundo antiguo […]. Los cuadrumanos y todos lo mamíferos superiores descienden probablemente de un antiguo marsupial, el que venía a su vez, por una larga línea de formas diversas, de algún ser medio anfibio, y este nuevamente de otro animal semejante al pez. En la espesa oscuridad del pasado adivinamos que el progenitor primitivo de todos los vertebrados debió ser un animal acuático provisto de branquias […]. Ese animal debió parecerse con ventaja a las larvas de las actuales ascidias marinas sobre toda otra forma conocida.

Hoy nos admiramos al comprobar cómo Darwin, en el siglo XIX, acertó de pleno. Nuestro cuerpo es producto de las mutaciones y la selección natural. Pero… ¿y nuestra mente?

El presente alto nivel de nuestras facultades mentales y morales es, sin duda, la dificultad mayor con que se tropieza para adoptar la conclusión indicada sobre el origen del hombre. Mas aquel que admita el principio de la evolución debe reconocer que las facultades mentales de los animales superiores, que en naturaleza son lo mismo que las humanas, aunque en grado diferente, son susceptibles de perfeccionamiento.

Para Darwin, no es un problema admitir que la inteligencia surgió por presiones evolutivas. Al fin y al cabo, la inteligencia (evidenciada por la posesión de cerebros grandes) proporciona innegables ventajas a los animales, y la selección natural tenderá a favorecerla.

Sin embargo, el ser humano no se caracteriza solo por su inteligencia. ¿Y la moral? Seguro que algo tan elevado no se da en los animales, ¿verdad? Darwin también tenía algo que decir al respecto:

El desarrollo de las cualidades morales es problema de mayor interés. Su fundamento descansa en los instintos sociales, comprendiendo en este término los lazos de familia. Estos instintos son en extremo complejos […]; pero sus elementos más importantes son el amor y el afecto especial de la simpatía. Los animales dotados de instintos sociales sienten deleite en mutua compañía, se previenen unos a otros del peligro y defienden de muchas maneras. Estos instintos no se extienden a todos los individuos de una misma especie, sino solamente a los de la misma tribu o comunidad. Como son en alto grado beneficiosos para la especie, es probable que se hayan adquirido por la selección natural.

Como veremos en la siguiente entrada, parece que Darwin dio en el clavo.  En los animales sociales (eusociales, si utilizamos la jerga técnica) con cerebro grande, debido a la complejidad que requiere vivir en comunidad, la selección natural favorecerá todo aquello que sirva para que el grupo sea más eficaz y se mantenga cohesionado: la capacidad de ponerse en la piel del otro, saber el lugar que cada uno ocupa en la jerarquía, solidaridad, empatía, sentido de la equidad… Si al grupo le va bien, sus miembros prosperarán.

Por cierto, Darwin también dejó caer que ahí podría estar el origen de la tendencia a la xenofobia, ya que nuestros antepasados evolucionaron en grupos pequeños, pero dejaremos el tema para otra ocasión.

No podemos resistirnos a citar el último párrafo de El Origen del hombre:

Debemos, sin embargo, reconocer que el hombre, según me parece, con todas sus nobles cualidades, con la simpatía que siente por los más degradados de sus semejantes, con la benevolencia que hace extensiva, no ya a los otros hombres, sino hasta a las criaturas inferiores, con su inteligencia semejante a la de Dios, con cuyo auxilio ha penetrado los movimientos y constitución del sistema solar -con todas estas exaltadas facultades- lleva en su hechura corpórea el sello indeleble de su ínfimo origen.

En resumen, las diferencias entre el resto de animales y nosotros son de grado, no esenciales. Indiscutiblemente, nuestras capacidades culturales, tecnológicas y lingüísticas son muy superiores a los de otras especies, pero no exclusivas, ni han aparecido de la nada. Han surgido por evolución y están presentes, de forma más o menos rudimentaria, en otras criaturas. En suma, lo que nos hace humanos ya había aparecido en otras especies. Nosotros lo heredamos de nuestros ancestros y, gracias a la evolución cultural, llevamos esa herencia hasta grados asombrosos de complejidad.

Muchos no puedieron (ni pueden) soportar ese hecho. Ya lo advirtió Darwin:

La principal conclusión a que llegamos en esta obra, es decir, que el hombre desciende de alguna forma inferiormente organizada, será, según me temo, muy desagradable para muchos.

Y es que milenios de tradición cultural pesan bastante. Nuestra cultura bebe principalmente de dos fuentes: el mundo grecolatino y la tradición bíblica. Y en ambos casos se nos ha considerado como algo aparte, superior al resto de la naturaleza. Quizá sea porque en el Mediterráneo Oriental no había grandes primates, para recordarnos que, en el fondo, no somos tan distintos.

Pero ¿son realmente inteligentes otros animales? Tal vez estemos buscando señales de vida inteligente en las estrellas, y seamos incapaces de reconocerla en nuestro entorno. En la próxima entrada nos ocuparemos de nuestros parientes más cercanos, los simios y otros primates. Y no nos quedaremos ahí… 🙂

Relaciones que no lo son (y II)

En la entrada anterior vimos la diferencia entre correlación y relación. Confundirlas conlleva caer en la falacia cum hoc ergo propter hoc. Citamos de la Wikipedia:

Cum hoc ergo propter hoc (en latín, ‘con esto, por tanto a causa de esto’) es una falacia que se comete al inferir que dos o más eventos están conectados causalmente porque se dan juntos. Esto es, la falacia consiste en inferir que existe una relación causal entre dos o más eventos por haberse observado una correlación estadística entre ellos. Esta falacia muchas veces se refuta mediante la frase «correlación no implica causalidad».

No podemos evitarlo, amigo lector; los seres humanos tendemos a pensar que si dos sucesos ocurren más o menos a la vez, uno de ellos causa el otro. Además, nos sentimos cómodos con la creencia de que todo ocurre con un propósito. Nos cuesta aceptar que las cosas suceden en muchas ocasiones por azar, que a la naturaleza le importan un comino nuestros prejuicios o que se cumplan nuestros anhelos.

En resumen, es difícil que se nos meta en la cabeza que dos sucesos pueden darse a la vez sin estar conectados. Cuando hay una correlación entre A y B, inmediatamente pensamos que existe una relación y que A es la causa de B. Pero puede que B sea la causa de A. O que haya un factor oculto (o más de uno) que conecte A y B. O que todo se deba al capricho del azar.

Por ejemplo, si calculáramos el coeficiente de correlación entre la calvicie masculina y la deforestación de la jungla en el sudeste asiático, probablemente obtendríamos un valor próximo a +1. En efecto, puede comprobarse que conforme nos vamos quedando calvos, la jungla va desapareciendo. ¿Quiere eso decir que la calvicie provoca la deforestación? ¿O es a la inversa? ¿Hay algún factor oculto que conecta ambos fenómenos? ¿O se debe a una simple casualidad? 🙂

Como siempre viene bien un poco de humor, recomendamos encarecidamente echar un vistazo al sitio web de Spurious Correlations (Correlaciones espurias), cuyo autor es Tyler Vigen. Asimismo, se puede adquirir el libro en papel o la versión Kindle.

La lectura de Correlaciones espurias es muy divertida, incluso hilarante. T. Vigen se dedicó a buscar correlaciones, a cuál más disparatada. Así, encontramos que hay una correlación positiva muy fuerte entre la cantidad de gente que se ahoga en una piscina y el nº de películas en las que aparece Nicholas Cage. O entre el consumo de queso y el nº de personas que mueren enredadas en las sábanas de su cama. O entre el nº de personas que mueren ahogadas al caerse de un barco de pesca y la tasa de matrimonios en Kentucky. O entre la tasa de divorcios en Maine y el consumo de margarina. O… 😀

Fuente: tylervigen.com/spurious-correlations

Divertido, sin duda, pero Correlaciones espurias debería hacernos meditar. T. Vigen nos advierte de que los seres humanos estamos biológicamente inclinados a reconocer patrones, pero que la correlación sólo significa que dos cosas varían juntas. No siempre las correlaciones tienen sentido. Peor aún: el autor señala el peligro del uso impropio de la Estadística.

No es demasiado complicado hallar correlaciones entre las cosas más extrañas. El método se llama «data dredging» (o «data fishing», que podría traducirse como pesca de datos). Se trata de comparar la serie de datos que nos interese con cientos (o miles) de otras series de datos. Comparamos y comparamos sin cesar, hasta tropezarnos con alguna correlación. Así, a lo bruto, en vez de diseñar experimentos cuidadosos que estudien esas comparaciones una a una (que es como debe hacerse).

Hoy, los ordenadores nos permiten manejar ingentes cantidades de datos, mediante algoritmos sencillos. Esto nos facilita hallar muchas correlaciones entre series de datos sin relación alguna (sobre todo, si el nº de datos que se comparan no es muy grande).

T. Vigen usó el «data dredging» para hallar correlaciones graciosas. Sin embargo, a pesar del humor, el libro tiene un lado muy serio. Las gráficas pueden mentir. Las correlaciones no tienen por qué indicar una conexión causal subyacente. Ay, el «data dredging» permite hallar muchas relaciones espurias… Las correlaciones pueden llevarnos por el mal camino si las empleamos incorrectamente. Incluso las gráficas pueden ser engañosas. La forma de representarlas no es tan inocente como parece.

Un ejemplo es el libro The Bell Curve (1994), de Richard J. Herrnstein y Charles Murray. Mucho debate ha habido sobre él, pues aborda un tema espinoso: relaciona el cociente intelectual (CI) con la raza. Y había una correlación: los negros americanos tenían un CI inferior al de los blancos.

Las críticas a The Bell Curve no se centran en su racismo más o menos explícito, sino en el uso tremendamente chapucero que hace de la Estadística para llegar a tales conclusiones. Dejando aparte si tiene sentido reducir algo tan complejo como la inteligencia humana a un único número (CI), y si nuestra especie puede dividirse en razas según el color de la piel (¿por qué no definimos las razas basándonos en la intolerancia a la lactosa, por ejemplo?), los autores caen en la falacia que hemos comentado antes: confunden correlación con causación. ¿Hay una correlación entre la raza y el CI? Pues ambos factores tienen que estar ligados, ¿no? Y de ahí a proponer que la inteligencia, igual que el color de la piel, están condicionados por los genes hay un paso muy pequeño.

Hay otras explicaciones a esa correlación. Por ejemplo, que a lo largo de los siglos, a ciertos grupos (negros, pobres, mujeres…) se les haya negado o dificultado el acceso a una educación de calidad. Algo que se puede arreglar, por cierto, con políticas de igualdad, que ofrezcan a todo el mundo las mismas oportunidades. Pero claro, si las diferencias de inteligencia tuvieran una base biológica, no merecería la pena gastar el dinero público en esas políticas, ¿verdad?

Como el lector habrá deducido, libros al estilo de The Bell Curve son del agrado de los sectores más reaccionarios, aquellos que quieren dejar las cosas tal como están, pues el statu quo es algo que les parece natural. Algún día hablaremos del darwinismo social, que repugnaba al propio Darwin. El uso de la Estadística puede no tener nada de inocente. Por eso es bueno adquirir unos conocimientos matemáticos básicos: hace más difícil que nos vendan milongas.

Actualmente, con el auge de las pseudociencias y el pensamiento mágico, cada dos por tres leemos en la prensa que los científicos han «descubierto» una relación entre algún aparato o alimento y ciertas enfermedades. Tratemos todas esas noticias con espíritu crítico.

Pensemos en un ejemplo hipotético: se ha hallado una correlación entre el uso de hornos microondas y el Alzheimer (me lo estoy inventando, insisto). En efecto, tras recopilar un montón de datos, se llega a la conclusión de que los países con más microondas per cápita tienen una mayor incidencia de Alzheimer. Ergo, hay una relación, nos aseguran, al tiempo que despotrican contra la vida moderna, las ondas electromagnéticas y mil cosas más.

Pues probablemente no. Comprar un microondas cuesta dinero. Por tanto, en los países más ricos es más fácil hacerse con un microondas. Y, por regla general, los países más ricos tienen también mejores servicios, son más seguros y disfrutan de un mejor sistema sanitario. Por tanto, la gente vive más tiempo. Y cuando la esperanza de vida es mayor,  es más probable morir de enfermedades asociadas a la edad, como el Alzheimer o el cáncer, que de otras más típicas de países pobres (enfermedades infecciosas, inanición, muertes violentas, etc.).

En fin, sabemos que fomentar el espíritu crítico no está de moda, pero no cejaremos en el empeño. 🙂

Feliz Año Nuevo, amigo lector.

NOTA: Salvo que se indique lo contrario, las imágenes han sido tomadas de pixabay.com, libres de derechos de autor.

 

Relaciones que no lo son (I)

Cada dos por tres nos encontramos en los medios de comunicación con noticias en las que se afirma que los científicos han hallado una relación entre el consumo de ciertos alimentos y diversas enfermedades, entre las líneas de alta tensión y el cáncer, entre el manejo de teléfonos móviles y problemas de salud, etc. Se trata, en muchos casos, de noticias sensacionalistas que buscan un titular impactante. Más aún: muchas de estas supuestas relaciones no son tales. Debemos aguzar nuestro sentido crítico. Por lo general, cuando los científicos leemos algo al estilo de «La Ciencia dice que…», nos echamos a temblar. 🙂

Lo que ocurre es que muchos estudios se limitan a detectar correlaciones, no relaciones. Y no es lo mismo; no, señor. O dicho más finamente, correlación no implica causalidad. Intentaremos explicarlo, porque las correlaciones las carga el diablo. 🙂

Empecemos por lo básico, citando, cómo no, de la Wikipedia:

En probabilidad y estadística, la correlación indica la fuerza y la dirección de una relación lineal y proporcionalidad entre dos variables estadísticas. Se considera que dos variables cuantitativas están correlacionadas cuando los valores de una de ellas varían sistemáticamente con respecto a los valores homónimos de la otra: si tenemos dos variables (A y B) existe correlación entre ellas si al disminuir los valores de A lo hacen también los de B y viceversa. La correlación entre dos variables no implica, por sí misma, ninguna relación de causalidad.

Aclarémoslo con un ejemplo hipotético. Se nos antoja averiguar si existe una correlación entre, pongamos por caso, el consumo de mermelada de pera y la distancia a la que somos capaces de escupir un hueso de aceituna (se han estudiado correlaciones más raras, palabra de honor). 🙂 Nos ponemos manos a la obra, convencemos a unos cuantos voluntarios para que participen y diseñamos unos experimentos en los que les damos determinadas cantidades (en gramos) de mermelada y luego medimos la distancia (en centímetros) a la que arrojan los huesos. Los resultados obtenidos podrían mostrarse en una gráfica:

Hay diversas formas de calcular la correlación entre variables. Una de ellas es el coeficiente de correlación de Pearson. Sin entrar en detalles, este coeficiente puede variar entre +1 y -1. Podría darse el caso de la Fig. 1: las dos variables se comportan de forma similar. Es decir, a mayor consumo de mermelada, más lejos se escupen las aceitunas, o viceversa. En este caso tendríamos un índice de correlación de +1: una correlación positiva perfecta.

En la Fig. 2 vemos lo que ocurriría si se diera el caso contrario: al aumentar el consumo de mermelada de pera, disminuye el vuelo de los huesos de aceituna. Hay una correlación negativa perfecta, con un índice de -1.

En la Fig. 3 nos encontramos con que cada una de las variables va a su aire. Al incrementar el consumo de mermelada, la distancia recorrida por los huesos puede aumentar o disminuir. No percibimos ningún patrón de comportamiento. El índice de correlación es 0. Eso indica que no existe una relación lineal entre ambas variables.

Por supuesto, podrían darse todos los casos intermedios, obteniéndose correlaciones positivas o negativas más o menos fuertes. En fin, el concepto de correlación es sencillo de comprender, ¿no?

Supongamos que el resultado obtenido en nuestro experimento es el que aparece en la Fig. 1: un índice de correlación de +1, o un valor muy próximo a este. Habríamos descubierto que existe una correlación entre ambas variables, sin duda. Y el periodista de turno publicaría en grandes titulares: «Los científicos descubren que hay una relación entre el consumo de mermelada de pera y la habilidad para escupir huesos de aceituna», o algo por el estilo.

¿Seguro? Recordemos la última frase de la definición de la Wikipedia, que resaltamos en rojo:

La correlación entre dos variables no implica, por sí misma, ninguna relación de causalidad.

De acuerdo, el índice de correlación nos indica que esta existe, pero nada más que eso. No nos dice el tipo de relación que hay entre ambas variables. En nuestro ejemplo hipotético, tal vez el consumo de mermelada permita escupir huesos de aceituna más lejos. O quizá sólo nos sugiere que a la gente aficionada a escupir huesos le gusta más la mermelada. O podría tratarse de una relación espuria, fruto de la casualidad, y que ambas cosas no tuvieran nada que ver la una con la otra.

Quédate con esta idea, amigo lector: el índice de correlación sólo nos dice si dos variables varían del mismo modo o no, pero no nos informa acerca de la relación entre ambas variables, ni si una influye en la otra o se trata de una casualidad… Para averiguar si cicha relación existe, necesitamos más estudios, tener en cuenta más factores, etc.

En la próxima entrada veremos algunos ejemplos hilarantes de correlaciones, en las que el azar nos juega malas pasadas. Pero la confusión entre correlación y relación también tiene un lado oscuro, y puede servir para justificar tremendas injusticias sociales o para estafar al prójimo.

Medicina tradicional y espíritu crítico

Mucha gente es partidaria de los remedios que nos proporciona la medicina tradicional o popular (tanto occidental como de otras culturas), por considerarla más «natural» que lo que nos recetan los médicos «oficiales». Y lo natural es bueno, ¿no?

Nadie puede negar el gran valor del saber tradicional, producto de milenios de ensayos, aciertos y errores. Sin duda nos queda mucho que aprender del conocimiento acumulado por nuestros antepasados. Un saber que, por desgracia, se está perdiendo, y creo que tenemos el deber de preservarlo.

Sin embargo, la medicina tradicional, como cualquier otra actividad humana, también puede equivocarse. La fe ciega, tanto aquí como en otros aspectos de la vida, es peligrosísima. Conviene adoptar un sano espíritu crítico: ni negar por sistema, ni aceptarlo todo alegremente.

Volvamos a la medicina tradicional y a sus remedios. El hecho de que sean «naturales» ¿implica necesariamente que sean buenos para nosotros?

¿Hay algo más «natural» que las plantas silvestres, como el acónito? Pues bien, esta especie contiene alcaloides capaces de matar rápidamente a un ser humano. Incluso tocarla con las manos desnudas puede resultar peligroso.

Ante todo, habría que concretar qué entendemos por «natural». La definición más habitual es la de todo aquello que esté libre de ingredientes sintéticos, artificiales o de aditivos. Por tanto, nada de compuestos químicos sintetizados en el laboratorio que, según sus detractores, son malísimos, a diferencia de lo natural, que parece intrínsecamente beneficioso.

Bien, vayamos por partes. Las plantas, al igual que los hongos, llevan cientos de millones de años evolucionando, compitiendo con otros organismos y tratando de sobrevivir. Puesto que no tienen la movilidad de los animales, disponen de otras armas para defenderse… o atacar. Concretamente, de armas químicas. La evolución ha generado auténticos laboratorios vivos, capaces de producir moléculas increíbles. Algunas nos sirven de alimento. Otras nos curan. Pero otras pueden matarnos o hacer que deseemos estar muertos.

Amanita phalloides es un hongo beneficioso para la salud de los bosques, pues vive en simbiosis con las raíces de ciertos árboles. ¿Cabe pensar en algo más «natural»? Una sola de esas setas contiene suficiente veneno para convertir el hígado de un hombre adulto en una ruina.

Hay plantas y hongos de los que se pueden obtener productos «naturales» capaces de pudrirnos el hígado, dejarnos sin riñones, abrirnos llagas en la piel, provocarnos un paro cardíaco, volvernos locos… Como ejemplo, pueden consultarse estas entradas que escribí en el blog FdeT sobre los venenos de las setas. Y por otro lado, hay moléculas sintéticas, obtenidas en el laboratorio, que han bajado drásticamente la tasa de mortalidad infantil, que nos curan de las enfermedades, que nos hacen vivir más tiempo y mejor.

Las cosas no son buenas o malas por el mero hecho de ser naturales o sintéticas. Son buenas si mejoran nuestra calidad de vida, y malas si nos la desgracian o son peligrosas para el medio ambiente. Punto. Por tanto, a la hora de alabar o censurar algo, hay que aportar argumentos, no encerrarse en tópicos y consignas. A los seres humanos nos gusta simplificar el mundo que nos rodea, poner etiquetas, crear dicotomías. Sobre todo, para saber si algo es bueno o malo sin complicarnos la vida. Por desgracia, el cosmos no es solo en blanco y negro. Hay muchos más colores y matices de gris. Al respecto, amigo lector, permítenos un inciso. He aquí un enlace a un interesante artículo en el diario EL PAÍS acerca de esta manía humana de simplificar el mundo.

Por eso hay que ser cautos a la hora de confiar ciegamente en la medicina tradicional. Sí, nos proporciona remedios bastante buenos, pero nuestros antepasados también se equivocaban. Y cuando lo hacían, lo hacían a lo grande. 🙂

Los antiguos descubrieron muchos remedios para nuestros achaques a base de experimentar, de observar la naturaleza, de ensayos y errores, de éxitos y fracasos. Así, hallaron curas para la tos, para calmar el dolor, evitar infecciones, paliar síntomas… Pero no siempre los presuntos remedios y medicinas tenían ese origen. Y eso nos lleva a la teoría de las signaturas.

Esta teoría no es exclusiva de la civilización occidental, sino que se da en muchas culturas. Parte de la creencia de que el mundo fue creado para nuestro uso y disfrute; o sea, para servirnos. Los antiguos no creían en que las cosas ocurrieran por azar, sino que todo debía tener un propósito. Animales, plantas, hongos, minerales y demás debían estar ahí para algo. De ahí se derivaba que las divinidades, piadosas ellas, habían puesto signos en plantas, etc., para que los humanos supiéramos para qué servían.

Lobaria pulmonaria 010108aDebido a su aspecto, se creía que el liquen Lobaria pulmonaria podía ser un remedio para curar las enfermedades pulmonares (fuente: en.wikipedia.org)

Así, por ejemplo, las nueces serían buenas para el cerebro, dada su forma. O un liquen como Lobaria pulmonaria tendría que curar las dolencias pulmonares. O cualquier cosa con aspecto fálico debía servir para combatir la disfunción eréctil, tal como expliqué en esta entrada sobre el «hongo maltés» en el blog FdeT. 🙂

Como el lector habrá deducido, los remedios basados en la teoría de las signaturas sólo aciertan por casualidad. Las cosas pueden tener una forma similar sin que eso implique una relación entre ellas. Y animales, plantas y demás no han sido puestos ahí para que nos sirvan. Sintetizan compuestos químicos que pueden ser tanto beneficiosos como perjudiciales para nosotros. Conviene que seamos prudentes antes de utilizarlos.

Esto sería incluso divertido si no fuera porque conlleva consecuencias trágicas. Basándose en la teoría de las signaturas, la medicina oriental propugna que el cuerno de rinoceronte, por su forma, es un remedio ideal contra la impotencia. Esta creencia tradicional no tiene ninguna base. El cuerno está compuesto de queratina, igual que el pelo o las uñas. Pero esto está llevando a varias especies de rinocerontes a la extinción.

La medicina tradicional, igual que la «oficial», ha de ser sometida al escrutinio crítico. No debemos aceptar las cosas simplemente porque les hayamos puesto una determinada etiqueta. Y la Ciencia puede ayudarnos, pues suele ser la herramienta más adecuada para proporcionarnos datos con los que tomar decisiones informadas.

Primer contacto (y VI)

En las entradas previas hemos comentado las posibles causas del triunfo de los europeos durante la Conquista de América. Nos hemos basado en el libro Armas, gérmenes y acero, de Jared Diamond (por cierto, National Geographic hizo una serie de tres documentales sobre esta obra; puede hallarse en YouTube). Básicamente, la disponibilidad de cultivos agrícolas generadores de gran cantidad de excedentes, más la abundancia de grandes herbívoros fácilmente domesticables, dio un tremendo impulso a la civilización en Eurasia. Y ello no se debió a una supuesta superioridad racial; sencillamente, fue cuestión de suerte. El entorno proveyó de más y mejores recursos.

Y por si faltaba algo, los nativos americanos tuvieron que enfrentarse a otro escollo en la carrera hacia una sociedad tecnológica: la geografía. Concretamente, la forma de los continentes.

MapaMudo1

Observemos el mapa del Viejo Mundo. El principal eje de comunicaciones va, grosso modo, de este a oeste. Eso quiere decir que si algo o alguien viaja a lo largo de él, podrá encontrar regiones de clima parecido. Y no sólo eso: también será similar el fotoperiodo, es decir, la variación de la duración del día y la noche a lo largo del año. En el ecuador y zonas tropicales no suele haber diferencias estacionales. En cambio, mientras más nos acerquemos a los polos, más largos serán los días en verano y más cortos en invierno. Esto último es esencial para las plantas, que suelen sincronizar sus ciclos vitales con las horas de luz y oscuridad. Si nos movemos en una misma banda de latitud, el fotoperiodo será similar.

Así, cuando los recursos naturales del Creciente Fértil se agotaron por culpa de la sobreexplotación y los cambios climáticos, los agricultores (y ganaderos) pudieron llevarse sus plantas (y animales) bien hacia Europa, al oeste, o bien hacia Persia y la India, al este. No tuvieron problemas a la hora de adaptarse a entornos, climas y fotoperiodos similares. Así, al cabo de los siglos, fue posible que plantas originarias de India y China, como los naranjos y los limoneros, crecieran sin problemas a orillas del Mediterráneo.

Más importante aún: no sólo las personas, las plantas y los animales domésticos viajaron de Oriente a Occidente. También lo hicieron las ideas. ¿Una sociedad inventaba el alfabeto? Pues otras captaban la idea y la adoptaban. ¿Otra forjaba armas y herramientas de hierro? Las vecinas la copiaban. Y las vecinas de las vecinas. ¿Un general espabilado hacía la guerra de modo más eficaz? Ojos atentos tomaban nota. Y así, si una sociedad avanzada colapsaba, sus avances no se perdían necesariamente, pues otros los habían asimilado. Sobre todo, si disponían de algo tan poderoso como la escritura, que permitía transmitir el saber a mucha mayor distancia que la comunicación oral. En el siglo II había imperios y reinos civilizados desde las costas atlánticas hasta orillas del Pacífico. E incluso en los siglos más oscuros, el saber se preservaba en algún sitio.

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En cambio, fijémonos en el mapa de las Américas. El eje principal de comunicación va, más o menos, de norte a sur. Para ir de Norteamérica a Sudamérica hay que atravesar zonas con climas y fotoperiodos muy distintos. Un cultivo adaptado a las diferencias estacionales de las zonas templadas no crece bien en los trópicos o el ecuador. Además, el istmo de Panamá supone un cuello de botella tropical que dificulta el tránsito entre las zonas templadas del norte y el sur.

Como consecuencia, el tráfico de cultivos y animales domésticos de unas sociedades a otras se demoró o se detuvo. Mientras que, por ejemplo, en el Viejo Mundo la gente criaba cerdos desde la Península Ibérica hasta Nueva Guinea, la llama no pudo pasar a Norteamérica. Y lo mismo ocurrió con los conocimientos.

Los mayas disponían de un sistema de escritura, pero la idea no pudo llegar hasta los incas, que seguramente la habrían adoptado y desarrollado a su manera. Cuando una cultura caía, en muchos casos también lo hacían sus logros. Las sociedades americanas estaban más aisladas entre sí que las euroasiáticas. El flujo de personas, animales, plantas e ideas era mucho más reducido. Y así les fue.

Para concluir: el fatídico resultado de ese «primer contacto» que fue la Conquista resultó inevitable. Y no se debió a que los europeos fueran más listos o crueles que los americanos. Desechemos de una vez el racismo: los seres humanos somos similares, independientemente del origen o características físicas. Las sociedades americanas estaban menos desarrolladas que las europeas, y eran más sensibles a las enfermedades, por pura y simple mala suerte. El entorno no les proporcionó las mismas facilidades que a los euroasiáticos. En la carrera hacia la civilización, pese a que eran tan buenos atletas como los demás, tuvieron que salir más tarde y con las manos atadas, valga el símil.

Primer contacto (V)

En efecto, no basta con la Agricultura para erigir una civilización compleja. Es necesario domesticar animales.

Nuestro primer compañero de fatigas fue el perro. Camina y ladra (y defeca) a nuestro lado desde mucho antes de que nos hiciéramos agricultores, cuando vagábamos nómadas por la Tierra, y ha contribuido a hacernos más humanos. Sin embargo, lo que sostiene a una civilización compleja no son los carnívoros, ni las aves de corral. Según Jared Diamond, son los grandes mamíferos herbívoros; animales que viven en manadas con cierto grado de jerarquía interna, como los caballos, vacas, cabras, ovejas…

Los grandes herbívoros son una fuente segura de carne, es decir, de proteínas de gran valor nutritivo, pero no sólo eso. Proporcionan leche, cuero, lana, estiércol y, sobre todo, trabajan para nosotros.

La domesticación de caballos y bueyes supuso un salto cuántico para nuestra especie, el impulso que necesitaba la civilización. Al poder arrastrar un arado, incrementaron la eficacia agrícola: se podían roturar más tierras de manera más rápida. También podían tirar de un carro y llevar cargas imposibles de transportar para un ser humano. Incluso podíamos cabalgar sobre ellos, viajar más rápido que nunca, o convertirlos en armas de guerra.

Claro, no todos los herbívoros se dejan domesticar, o su cría resulta rentable. Algunos tienen un carácter irascible, o tímido, o muerden, o cocean, o se niegan a comer si los encierras. Muchos intentos de domesticación terminaron en fracaso. Jared Diamond hizo cuentas, y afirma que nuestros antepasados tuvieron éxito en 14 ocasiones: cabras, vacas, ovejas, yaks… Pues bien, sólo uno de estos animales fue domesticado originariamente en América: la llama. En Norteamérica y Mesoamérica, ninguno. Los otros 13 casos de domesticación tuvieron lugar en el Viejo Mundo.

olakaseLa llama, único gran herbívoro domesticado en América antes de la Conquista (fuente: http://www.tumblr.com)

¿Por qué?

La respuesta es simple: mala suerte.

Después de las glaciaciones y de que los cazadores-recolectores acabaran con buena parte de la megafauna, los primeros ganaderos tuvieron que probar suerte con los animales que había en las regiones que habitaban. Y por azares de la geografía y la fauna, la mayor parte de grandes herbívoros domesticables se habían quedado en Eurasia. La única excepción fue la llama sudamericana.

Sin grandes herbívoros mansos a su disposición, los americanos partieron con una desventaja insalvable, y no sólo por la mayor dificultad para abastecerse de proteínas. Pongámonos en el lugar de los aztecas, por ejemplo. Sus éxitos de domesticación se redujeron al perro y al pavo. Sin bestias para tirar del arado (es inviable arar un campo con una yunta de pavos o perros), la siembra debía hacerse a mano, con una eficiencia mucho menor. Muchos terrenos son imposibles de roturar sin la potencia muscular de una yunta de bueyes. El rendimiento y, por tanto, los excedentes son menores. La densidad de población que pueden sustentar las cosechas se reduce.

Y sin animales de tiro, ¿qué sentido tenía construir carros con ruedas? Las mercancías debían transportarse a hombros humanos o mediante parihuelas. Tampoco había caballos para montar sobre ellos. Los grandes herbívoros permitieron a las culturas euroasiáticas disponer de una capacidad de trabajo que las precolombinas no podían ni soñar, acarrear cómodamente grandes cargas, viajar más rápido.

Asimismo, no disponer de grandes herbívoros domésticos mató a más del 90% de los americanos.

Como ya dijimos en anteriores entradas, lo que liquidó a la mayor parte de la población nativa no fue el acero, sino la enfermedad. Plagas como la viruela o el sarampión diezmaron a los indígenas americanos, facilitando la conquista europea. Carecían de defensas frente a ellas.

¿Por qué?

La respuesta está en el ganado.

Muchas enfermedades, como la gripe sin ir más lejos, se originan en animales domésticos, mutan y saltan a los seres humanos. Durante milenios, en Eurasia nuestros antepasados convivían con vacas, cabras, pollos y cerdos, muchas veces en las propias casas. Además, la densidad de población era alta, dado que la civilización se había desarrollado antes, permitiendo el surgimiento de ciudades donde la gente vivía hacinada.

Era el entorno ideal para la propagación de epidemias, que podían llegar a convertirse en pandemias. Bacterias y virus saltaban alegremente de los animales a las personas, y se propagaban con rapidez y eficacia.

Burying Plague Victims of TournaiEntierro de víctimas de la peste (fuente: es.wikipedia.org)

Desde que existen registros históricos, Eurasia se ha visto afligida por terribles pandemias. Baste un ejemplo: la peste negra pudo matar al 60% de los europeos en el siglo XIV. Lógicamente, en toda población con diversidad genética habrá individuos más resistentes a las enfermedades que otros. Los supervivientes transmitirán sus genes a la descendencia. Por tanto, a la larga, la exposición a las enfermedades acabará seleccionando a los individuos resistentes. Darwinismo puro y duro.

En América, al carecer de ganado doméstico y con una menor densidad de población, no se dieron las circunstancias para la proliferación de las epidemias. Por tanto, no hubo ocasión para que se seleccionaran los genes de resistencia. Cuando llegó la viruela a América, no halló oposición.

En fin, los americanos tenían todas las de perder. Y por si faltaba algo, la geografía también se conjuró contra ellos. Lo estudiaremos en la próxima (y última) entrada de esta serie.

Primer contacto (IV)

Hemos visto que para el desarrollo de una civilización compleja es necesaria una Agricultura basada en plantas con semillas que se puedan almacenar con facilidad. Tal circunstancia se dio en varios lugares de Eurasia y América. Pero…

Cuando contemplamos lar ruinas que nos legaron las civilizaciones precolombinas, con sus pirámides y templos que rivalizan con los del antiguo Egipto, nos maravilla la destreza de sus constructores. El ingenio humano es universal; sin embargo, si comparamos fechas, nos damos cuenta de que las civilizaciones de Eurasia y norte de África son mucho más antiguas. Por el motivo que fuere, empezaron antes la carrera hacia la complejidad.

TenochtitlanModelMaqueta de Tenochtitlán (fuente: es.wikipedia.org)

Los imperios precolombinos son recientes. Tenochtitlán, la capital azteca, fue fundada en 1325. Manco Cápac, el primer soberano inca, pudo empezar su reinado en torno a 1200. Estamos hablando de culturas con tecnología, como mucho, de inicios de la Edad del Bronce. Para situarnos en el tiempo, en 1212 tuvo lugar al otro lado del Atlántico la batalla de las Navas de Tolosa, donde los reyes cristianos derrotaron a los almohades que controlaban buena parte de la Península Ibérica. Una batalla épica, con cargas de caballería y armas de acero. En Eurasia, los distintos pueblos llevaban milenios matándose entre sí, con notable inventiva.

El caracol de Chichén ItzáObservatorio de El Caracol en Chichen Itzá (fuente: es.wikipedia.org)

La época dorada de los mayas fue algo anterior. Eso sí, los mayas tuvieron sus altibajos. Cada vez que alcanzaban altas cotas de civilización (periodos Preclásico, Clásico y Postclásico), el agotamiento de los recursos o las feroces guerras civiles provocaban el abandono de ciudades otrora florecientes. Para situarnos, la ciudad de El Mirador, del periodo Preclásico, fue abandonada en torno al año 150 de nuestra era. Tikal, una de las principales ciudades mayas clásicas, floreció de los siglos III al XI. En cuanto a Chichen Itzá, la ciudad más destacada del Postclásico, con sus pirámides (la más famosa, del siglo XII) y su observatorio astronómico (siglo X)…

En cuanto a Teotihuacán, era una ciudad en ruinas cuando los primeros mexicas acertaron a pasar por allí. A ellos les pareció la ciudad de los dioses, un lugar tan antiguo como el tiempo. Sin embargo, su edificio más emblemático, la pirámide del Sol, se construyó durante los siglos I a II. O sea, en el apogeo del Imperio Romano. La ciudad alcanzó su máximo esplendor en el siglo VII, pero a partir de ahí comenzó un declive que condujo a su colapso. Para el siglo IX estaba prácticamente deshabitada.

Zonnepoort tiwanakuPuerta del sol de Tiwanaku (fuente: es.wikipedia.org)

Por supuesto, hubo civilizaciones precolombinas anteriores. En Sudamérica, la cultura más longeva fue la tiahuanaco. A los aficionados a las teorías sobre dioses astronautas les sonará el nombre de Tiahuanaco (o Tiwanaku), con su famosa puerta del sol, templos, monolitos… Aunque según ciertos historiadores Tiahuanaco fue fundada en 1580 a.C., no dejó de ser una aldea hasta el siglo II de nuestra era, cuando comenzó un espectacular (y monumental) desarrollo urbano. Es decir, en tiempos del Imperio Romano.

20041229-Olmec Head (Museo Nacional de Antropología)Cabeza olmeca (fuente: es.wikipedia.org)

Muchos consideran a la olmeca, conocida por sus monumentales cabezas de piedra, como la cultura madre de las civilizaciones mesoamericanas. Floreció del 1200 a.C. al 400 a.C. Al otro lado del mundo, en Egipto, en el 1200 a.C. subía al trono Seti II, de la XIX dinastía. Por aquella época, Egipto comenzaba su decadencia, acosado por los Pueblos del Mar, tras haber pasado por los Imperios Antiguo, Medio y Nuevo. La Gran Pirámide había sido terminada el 2570 a.C. Casi catorce siglos antes, que se dice pronto. Y si nos fijamos en Mesopotamia, en el 1200 a.C. ya habían pasado por allí, fundado grandes ciudades y desaparecido los sumerios, acadios, babilonios, el reino Mitani… Los asirios resistían los embates de los Pueblos del Mar, que, como quien no quiere la cosa, habían contribuido al colapso del imperio hitita, entre otros.

En resumen, la civilización comenzó mucho antes en el Viejo Mundo. En Mesopotamia, la cultura de Uruk (del 3800 al 3200 a.C.) inventó la rueda y la escritura, desarrolló una sociedad compleja y al final del periodo empezó a utilizar el bronce. El Periodo Dinástico Temprano de Egipto se inició el 3100 a.C. Pocos siglos después, en torno al 2650 a.C., el arquitecto Imhotep diseñó el complejo funerario de la Pirámide Escalonada de Saqqara, considerado el primer gran complejo monumental de piedra del mundo.

Pero en la zona del Creciente Fértil y aledaños hubo pueblos desde milenios atrás. Damasco, la actual capital siria, pudo estar ocupada desde el 6300 a.C. En Jericó ya había asentamientos con casas de ladrillos el 8000 a.C. Y estas fechas se quedan cortas frente al santuario megalítico de Göbekli Tepe, en Turquía. El sitio pudo estar ocupado antes del 11000 a.C. Sí, antes incluso de la revolución neolítica.

Gobekli Tepe 2Monolito de Göbekli Tepe (fuente: es.wikipedia.org)

En resumen, pese a que en América existía una agricultura basada en cereales y legumbres, en Asia y Egipto llevaban milenios de adelanto. Además, las diferencias no son sólo temporales. Las culturas precolombinas exhibían ciertas carencias llamativas.

Desconocían la metalurgia del hierro. Cuando en Mesoamérica surge la cultura olmeca (1200 a.C.), en el Mediterráneo y Oriente Próximo los Pueblos del Mar ya estaban poniendo patas arriba todo el mundo antiguo. Sus armas de bronce mejoradas, así como las de hierro (caso de los filisteos, por ejemplo) hendían las corazas de bronce de sus enemigos con facilidad. Insistamos: cuando en América se originaban las primeras culturas, el Viejo Mundo ya estaba de vuelta y entraba en una edad oscura, con el colapso de imperios en algunos casos milenarios.

La escritura era conocida por los mayas, pero su uso no se difundió por América. El resto de civilizaciones precolombinas eran analfabetas.

En Mesoamérica conocían la rueda, tal como muestran los hallazgos de ciertas figurillas. Y pese a eso, no la usaban para el transporte, que se efectuaba a pie, y las mercancías se llevaban a hombros de porteadores.

Podríamos poner más ejemplos de invenciones que en Eurasia se utilizaban desde hacía muchos siglos y eran desconocidas en América, como el arado. O grandes barcos capaces de surcar los océanos. O la pólvora.

¿Por qué?

Para que se dé una civilización con tecnología avanzada se necesita algo más que la Agricultura. Y en ese aspecto, los americanos tuvieron muy mala suerte.

Primer contacto (III)

Retomemos el tema del choque entre civilizaciones. Como vimos, en ese «primer contacto» conocido como Conquista de América, las culturas de ambos lados del Atlántico exhibían grados de complejidad muy diferentes. Si la inteligencia humana es similar en los diversos tiempos y lugares, ¿por qué existía esa desigualdad? Más aún: incluso hoy encontramos sociedades de cazadores-recolectores junto a otras capaces de enviar naves espaciales más allá del Sistema Solar. ¿Cuál es la razón?

Para explicar el origen de la desigualdad es necesario retroceder en el tiempo hasta hallar una época en la que todas los seres humanos mostraban un nivel equivalente de progreso. A partir de ahí, ¿qué detuvo a algunos y permitió el predominio de otros?

Hace unos 13.000 años, tanto en América, Eurasia, África u Oceanía los seres humanos funcionaban de forma similar. Éramos cazadores-recolectores, organizados en grupos reducidos y nómadas. Vagábamos de un sitio a otro, dependiendo de los recursos disponibles. No echábamos raíces; cuando la comida escaseaba, agarrábamos nuestras escasas posesiones y nos largábamos. Y así fue hasta que apareció la Agricultura.

¿Domesticamos nosotros a las plantas o fue a la inversa (como comentamos en otra entrada)? En cualquier caso, la revolución agrícola no ocurrió en un único lugar. La gente es lista, y la idea surgió en varios continentes de forma independiente, con cultivos distintos. En el siguiente mapa, tomado de la Wikipedia, se indican los centros primarios de origen de la Agricultura:

Agriculture Beginning

La Agricultura fue el primer paso hacia la civilización. Nos hizo sedentarios. A cambio, aumentó la productividad, lo que permitió un incremento de la población al tiempo que disponíamos de excedentes de alimentos. Eso liberó a ciertos individuos, que pudieron especializarse en oficios concretos: tejedores, alfareros, metalúrgicos, soldados, sacerdotes… La sociedad ganó en complejidad, al tiempo que había personas que podían dedicarse a investigar, a llevar a la práctica nuevas ideas. La civilización se había puesto en marcha, y no iba a detenerse. Los cazadores-recolectores no tuvieron otro remedio que ir cediendo terreno. Hoy quedan muy pocos, y su futuro no es halagüeño.

Sin embargo, si consultamos el mapa comprobamos que no en todos los centros de origen de la Agricultura se desarrollaron civilizaciones con tecnología avanzada. Fijémonos, por ejemplo, en Nueva Guinea. Pese a ser uno de los centros agrícolas más antiguos, no se originó una civilización equiparable a las euroasiáticas o a las americanas.

¿Por qué?

La razón no tiene nada que ver con la inteligencia de los nativos de aquella isla. Simplemente, tuvieron mala suerte.

Los primeros agricultores debieron apañarse con las plantas que la naturaleza les proporcionaba. Cada región posee una flora diferente. En Nueva Guinea, la Agricultura tuvo que basarse en raíces y tubérculos comestibles. Aparte de que no son tan ricos en nutrientes como los cereales o las legumbres, su cultivo es laborioso y, sobre todo, no pueden almacenarse largo tiempo porque se pudren con facilidad. Así, no se producen excedentes, ergo…

Para que se inicie la civilización, se requieren cultivos que den semillas que puedan almacenarse durante meses o años: básicamente, cereales y legumbres. En el Creciente Fértil y zonas de influencia (el Mediterráneo, por ejemplo), los agricultores se encontraron con cereales como el trigo y la cebada, más legumbres diversas (lentejas, garbanzos…). En China, arroz, soja, etc. En América, maíz y frijoles…

En suma, Eurasia y América partían con ventaja. Los agricultores tuvieron a su disposición buenos cereales, legumbres y otros cultivos. Todos ellos conocían su oficio. Entonces, ¿por qué los europeos tenían armas, gérmenes y acero que vencieron a los americanos? ¿Cuál fue la clave del éxito de los primeros y de la ruina de los segundos?

Parece de ciencia ficción…

Permítenos, amable lector, incluir un inciso entre armas, gérmenes y acero.

Cuando releemos algunos relatos de ciencia ficción que escribimos años atrás, constatamos cómo ciertas «predicciones» en ocasiones se cumplen en elmundo real. A veces son divertidas; otras, no tanto.

Vidas

Vamos primero con una de las pintorescas. Hace tiempo publicamos una novela corta, El hongo que sabía demasiado (aparece incluida en la antología Vidas extrañas). En ella relatamos las peripecias de un inexperto diplomático al que envían a un planeta donde todo gira en torno a los hongos. Éstos son fuente de alimento, se emplean como herramientas, e incluso las viviendas se construyen con sus micelios.

¿Exagerado? Quizá no tanto. Los hongos pueden cultivarse para fabricar materiales de construcción. En serio. En el sitio web de Mycoworks nos enseñan cómo se fabrican ladrillos fúngicos, ligeros y resistentes. Qué cosas. Natura artis magistra. 🙂

Otras «predicciones» resultan más sombrías.

Linea

Muchos de nuestros relatos giran en torno a la guerra. Nos guste o no, ha acompañado a la Humanidad desde el principio, y nos tememos que seguirá con nosotros durante mucho tiempo. En ella se muestra lo mejor y lo peor del ser humano, y da mucho juego a los escritores, que pueden contar historias que van desde lo sórdido hasta lo épico.

En las novelas de ciencia ficción es frecuente especular sobre el armamento del futuro. Desde que empezamos a escribir a dúo, hace ya algunos lustros, nos pareció lógico que en el futuro se emplearan cazabombarderos no tripulados, dirigidos a distancia. Tienen muchas ventajas; sobre todo, no llevan un frágil piloto de carne y hueso en su interior, por lo que pueden efectuar maniobras con mucha mayor libertad. Además, si el enemigo derriba uno, no puede exhibir o torturar a los pilotos.

Al inicio de una de nuestras primeras novelas, Tras la línea imaginaria (publicada en 2004, pero los primeros borradores son de la década anterior) relatamos la angustia y el miedo que experimentan unos pilotos humanos, a bordo de interceptores obsoletos, que deben enfrentarse a unos cazabombarderos no tripulados de última generación. Saben que van a morir. Su única obsesión es derribar uno solo de aquellos monstruos mecánicos, demostrar que no son invencibles, obtener una victoria moral.

En fin, ahí están los drones. Feos, prosaicos y de una eficacia letal. Bienvenidos al futuro.

Más cosas. En muchos relatos dimos por sentado que las sociedades futuras avanzadas están dispuestas a ceder libertad a cambio de seguridad. Suena familiar, ¿verdad?

A veces, al releer lo que escribimos, nos asustamos. Ojalá que no se cumplan ciertas cosas. Por suerte, el futuro no está escrito.

Y ahora, a continuar con la serie de entradas sobre el origen de la desigualdad humana.

Primer contacto (II)

Como dijimos, para comprender la catástrofe que el «primer contacto» supuso para América hay que formularse una pregunta tras otra, hurgando cada vez más en el pasado. Empecemos por la más evidente. En la primera mitad del siglo XVI, un número reducido de españoles liquidó dos grandes imperios, el azteca y el inca, pese a su gran inferioridad numérica.

¿Por qué?

Olvidemos el cliché de unos conquistadores sangrientos que arrasaron a unos nativos angelicales. Ay, qué daño ha hecho el mito del buen salvaje que arrastramos desde tiempos de la Ilustración… Desechemos las explicaciones racistas. La gente es, por término medio, igual de decente o malvada en las distintas civilizaciones y épocas. La crueldad hacia nuestros semejantes no es exclusiva de Eurasia. Mientras en Europa proliferaban las guerras y se quemaba a herejes, en América también había batallas y sacrificios humanos. Desde que apareció el Homo sapiens nos hemos estado matando unos a otros en todo tiempo y lugar. Por suerte, también solemos cooperar, e intentamos que nuestros hijos hereden un mundo mejor que el nuestro. Somos una especie complicada, capaz de lo mejor y lo peor.

libronegro

Es interesante leer The Great Big Book of Horrible Things (traducido al español como El libro negro de la Humanidad). En él, Matthew White nos presenta un listado de las 100 principales matanzas de la Historia. Podemos ver una representación gráfica en esta página de la web del New York Times.

Si echamos un vistazo a la lista de atrocidades, comprobamos que las culturas precolombinas podían ser tan sanguinarias como las europeas. Por ejemplo, los aztecas ocupan el puesto 45 en la lista de las grandes escabechinas, con 1,2 millones de personas sacrificadas para agradar a los dioses. No es de extrañar que pueblos como los tlaxcaltecas, hartos del asedio azteca, se aliaran con los españoles. En general, la práctica de los sacrificios humanos era habitual en la América precolombina.

Azteken-MenschenopferSacrificios humanos en Mesoamérica (fuente: es.wikipedia.org)

También la guerra, tanto en Mesoamérica (por ejemplo, las contiendas entre las distintas ciudades-estado mayas) como en Sudamérica. De hecho, el imperio inca se hallaba inmerso en una cruenta guerra civil entre Atahualpa y Huáscar (lo cual le vino de perlas a Pizarro, dicho sea de paso).

En cuanto a la interacción con el medio ambiente, nos tememos que en América se cometieron los mismos errores que en Eurasia. La fascinante civilización maya floreció y cayó tres veces no sólo debido a las guerras civiles, sino también al agotamiento de los recursos naturales (véase Colapso, de Jared Diamond). Si repasamos la lista de genocidios y similares, el colapso maya ocupa el puesto nº 46, con un millón de muertos. Puede que algo parecido le ocurriera a Teotihuacán.

Como vemos, todas las culturas cometen errores similares. Sin embargo, las cifras anteriores palidecen ante la masacre que supuso la conquista de las Américas. En el listado de atrocidades ocupa el puesto nº 11, con unos 15 millones de muertos, nada menos. Si partimos de la base que no existe superioridad racial ni mental de los pueblos euroasiáticos, ¿por qué arrasaron a los americanos?

Según Jared Diamond, hubo 3 razones principales.

1: Los gérmenes.

Lo que provocó el mayor número de muertes durante la Conquista fue la enfermedad. La viruela, sin ir mas lejos, fue la que mató a casi todos esos millones de americanos. Muchas tierras fueron conquistadas porque ya no quedaba nadie vivo para defenderlas, o los supervivientes estaban muy debilitados. Los europeos eran resistentes o toleraban esas enfermedades; en cambio, los americanos carecían de defensas.

FlorentineCodex BK12 F54 smallpoxLa viruela exterminó a la mayor parte de la población autóctona durante la Conquista (fuente: es.wikipedia.org)

2: Las armas.

Cuando los españoles se enfrentaron a los americanos, lo hicieron con un armamento muy superior. No sólo eso; su forma de combatir también era más eficaz.

Las culturas precolombinas empleaban armamento no muy distinto al de la Edad de Piedra. Propulsores como el átlatl, cerbatanas, arcos, puñales, hondas, boleadoras, garrotes recubiertos de afiladas hojas de obsidiana, protecciones corporales de tela… Frente a ellos, los españoles portaban armaduras de acero, el mismo metal del que estaban hechas las hojas de sus armas. Un soldado equipado con espada ropera en la diestra y daga vizcaína en la siniestra era temible. Y tenían ballestas, y sobre todo armas de fuego. Y caballos. Frente a tropas de infantería, la caballería española, pese a su reducido número, hizo estragos.

Más aún. Los españoles, igual que otros pueblos europeos, atesoraban una larguísima tradición bélica, y sabían adaptarse a las circunstancias, pese a la inferioridad numérica. Por estrategia y táctica, sorprendieron a sus adversarios americanos. Es bastante improbable que otro ejército europeo se hubiera metido en la ratonera que fue la batalla de Cajamarca, o que hubiera perdido una batalla como la de Otumba.  La disparidad de bajas entre uno y otro bando ejemplifica quién tenía un mejor conocimiento de las artes de la guerra.

3: El acero.

El nivel tecnológico de las culturas americanas equivalía al de la Edad de Piedra, o como mucho al inicio de la Edad de los Metales. Trabajaban oro, plata y cobre, pero desconocían la forja del hierro y, por tanto, carecían de armas y herramientas de acero. En cambio, en Eurasia disponían de ellas desde hacía milenios. Y la inferioridad tecnológica no sólo se reducía a los metales. En la próxima entrada nos detendremos en este punto, y nos preguntaremos por el motivo. Los europeos y los americanos tenían inteligencia y habilidades similares. Entonces, ¿por qué la tecnología de los primeros era tan superior?