Inteligencias más o menos alienígenas (V)

Hemos buscado trazas de inteligencia en los primates (entre los cuales nos incluimos) y los delfines, sobre todo a partir de las investigaciones de John C. Lilly (1915-2001). Es el turno de fijarnos en otros órdenes de mamíferos. Volvemos a recomendar el libro Mentes maravillosas, de Carl Safina.

El orden de los proboscídeos incluye a los elefantes. Actualmente sólo sobreviven tres especies: el elefante asiático (Elephas maximus), el elefante africano de selva (Loxodonta cyclotis) y el elefante africano de sabana (L. africana). Este último es el mamífero terrestre vivo de mayor tamaño. Nos centraremos en él.

Salvo que se indique lo contrario, las imágenes proceden de: pixabay.com

Por lo que hemos visto en entradas anteriores, da la impresión de que la inteligencia está reservada a los animales sociales carnívoros u omnívoros. Las proteínas se digieren bastante mejor que la celulosa, por lo que los animales vegetarianos necesitan aparatos digestivos largos y complejos, a diferencia de los intestinos mucho más cortos de los carnívoros. Una barriga con tripas cortas necesita menos energía para su uso y mantenimiento. Así, la energía sobrante queda disponible para otras cosas; por ejemplo, alimentar un cerebro mayor.

Probablemente, el cambio de dieta fue lo que impulsó el aumento de la capacidad craneal en nuestros antepasados australopitecos (junto a la postura bípeda, claro está). Además, los carnívoros cazan presas, que suelen empeñarse en no ser cazadas. Eso es un incentivo para desarrollar comportamientos inteligentes y, en el caso de las especies sociales, fomenta el trabajo en equipo.

Los elefantes, vegetarianos ellos, son la excepción. Sí, tienen una panza enorme, pero es que también son unos animales gigantescos. Y en una cabeza grande puede caber un cerebro grande. Bueno, una cosa no implica necesariamente la otra, pues a lo largo de la historia de la vida se han dado criaturas gigantescas con cerebros diminutos. No obstante, los elefantes son un caso especial.

Aunque sean animales cuadrúpedos, poseen un órgano tan versátil como una mano, una herramienta multipropósito: la trompa. Para manejarla y procesar la información que proporciona al organismo se requieren muchas neuronas; o sea, propicia el desarrollo de un gran cerebro. Además, son animales sociales. Sus grupos están dirigidos por una matriarca veterana, rodeada de otras hembras, crías y jóvenes. Los machos van por ahí, solitarios o en pequeños grupos, buscándose la vida.

Sobrevivir en la sabana es duro. De acuerdo, el gran tamaño supone una buena protección contra los depredadores, pero otros peligros acechan. Sobre todo, la sequía y la escasez de alimento en unos ecosistemas que dependen de las lluvias estacionales. En ese caso, la experiencia de la matriarca, que puede vivir décadas, supone la diferencia entre la vida y la muerte de la manada.

En resumen: todo ha conspirado para la evolución de un cerebro tan complejo como el humano en los elefantes. De siempre se ha dicho que los elefantes nunca olvidan. Es cierto. Su memoria es prodigiosa. La necesitan para poder moverse por su entorno, saber quién es quién en las distintas manadas y familias, identificar peligros, recordar en qué lugares hay agua… Pueden reconocerse a sí mismos en un espejo, comunicarse a grandes distancias mediante infrasonidos… Son inteligentes, en suma. Aprender a comprenderlos nos ayudaría a buscar y entender posibles mentes alienígenas.

Por desgracia, tienen también unos magníficos colmillos. El comercio ilegal del marfil los está llevando a la extinción. La destrucción de sus hábitats, también. Por cierto, cuando se mata a una matriarca no sólo liquidamos a una criatura maravillosa, sino a años de experiencia acumulada esencial para la supervivencia de su manada. Las elefantas supervivientes suelen ser más jóvenes e inexpertas.

Fuente: http://www.publico.es

El futuro de los elefantes es sombrío. Buscamos inteligencia en las estrellas, pero la estamos matando en nuestro planeta.

Para terminar con los mamíferos, cambiemos de tercio y consideremos el orden de los carnívoros. Nos fijaremos ahora en otra especie quizá no tan brillante intelectualmente como las anteriormente consideradas. O tal vez sí, pues las supera en algunos aspectos. Hablemos de lobos.

El lobo, Canis lupus, presenta numerosas subespecies en Eurasia y Norteamérica. Tal vez no sean tan impresionantes como los grandes felinos, pero a los lobos se les ha dado bastante bien. Son predadores que trabajan en equipo. Un lobo solitario puede tener problemas para sobrevivir; en cambio, una manada bien estructurada resulta temible. Y como Darwin dijo, los animales sociales son proclives a adquirir inteligencia. En una manada hay que saber quién es quién, quién manda y quién obedece, recordar amistades y pasados agravios, tener empatía… Y capturar presas con letal eficacia.

Los lobos competían por la caza con los seres humanos. Por eso, desde tiempo inmemorial, los perseguimos, demonizamos, odiamos y conducimos al declive y, en el caso de algunas subespecies, a la extinción. Sin embargo…

Hace unos 40.000 años, una subespecie de lobo empezó a acercarse a nuestros antepasados. Probablemente eran carroñeros, y buscaban los desperdicios que dejábamos. Nuestros antepasados acabaron por tomarles cariño a aquellos bichos; especialmente, a los menos agresivos. Podían servir para alertar de la presencia de intrusos, ayudaban a cazar… Eran animales sociales, tanto ellos como nosotros, y eso facilitó la colaboración. Así evolucionó una nueva subespecie de lobo, Canis lupus familiaris: el perro.

No era la primera vez que ocurría algo similar. La selección natural no solo premia a los más agresivos o los más veloces. La colaboración también puede incrementar las posibilidades de sobrevivir y transmitir los genes a la descendencia. En esta ocasión, el experimento funcionó. Fue curioso: dos especies muy distintas e inteligentes coevolucionando, aprendiendo a comprenderse la una a la otra. También nos proporcionan una oportunidad para tratar de entender mentes distintas a las nuestras.

Fuente: adaptado de memebase.cheezburger.com

Suscribimos un pacto no escrito. Era un pacto justo: a cambio de comida, los perros nos protegían, nos ayudaban a cuidar el ganado, nos hacían compañía, servían para cazar… En verdad, los perros nos hicieron un poco mejores como especie. Los perros leen las emociones humanas mejor que cualquier otro animal. Se han adaptado a nosotros. Y viceversa. Confiamos en ellos, pues fuimos capaces de permitir que un carnívoro capaz de arrancarte la cara de un mordisco cuidara de nuestros seres queridos. Y ellos también confiaron en nosotros. Les dábamos comida y cariño.

Pasaron los milenios. Los perros siguieron cumpliendo su parte del trato, fieles ellos. Muchos humanos también. En cambio, otros lo olvidaron. Los traicionaron. Los abandonaron.

Un servidor de ustedes tal vez no sea objetivo en este tema, pues adoptó un perro mestizo (a través de una protectora de animales) hace ya una década. Es curioso cómo un animal de otra especie puede integrarse con naturalidad en una familia humana; como biólogo, me sigue maravillando que mentes tan distintas puedan entenderse. En fin, me temo que cuando abandone este valle de lágrimas nos dejará hechos polvo.

Para terminar la entrada, podría dar mi opinión sobre los que traicionan el pacto y abandonan a sus perros. Mejor que eso, suscribo lo dicho por el escritor Arturo Pérez-Reverte. Es difícil ser más conciso a la vez que certero:

En la próxima entrada dejaremos de buscar inteligencia en los mamíferos, y la buscaremos en otras ramas del Árbol de la Vida.

Inteligencias más o menos alienígenas (IV)

En nuestro breve repaso a la inteligencia animal, nos fijaremos en otras ramas del árbol de los mamíferos que, por lo que sabemos, empezaron a separarse incluso antes del fin de la era de a los dinosaurios, hace unos 66 millones de años.

El cerebro grande y el comportamiento complejo no son exclusivos del orden de los primates. Se han dado en otros que, a diferencia de nosotros, no poseen manos con dedos y pulgares oponibles, algo que ayuda mucho al manejo de herramientas. Por tanto, esas inteligencias interactuarán con su entorno de modo diferente al nuestro, aunque también tengamos puntos en común.

Un libro altamente recomendable sobre el tema de esta entrada es: Mentes maravillosas, de Carl Safina. Su lectura, aparte de sugerirnos cómo piensan y sienten diversas especies animales, también nos encoge el corazón, pues estamos acabando con ellas. Llevamos camino de convertirnos en la única inteligencia sobre la Tierra, por aniquilación de todas las demás. 😦

Salvo que se indique otra cosa, las imágenes proceden de pixabay.com

En la década de 1950, el polifacético investigador John C. Lilly (1915-2001) logró que calase en la cultura popular la idea de que los delfines eran criaturas muy inteligentes (incluso más que nosotros) con un cerebro enorme y un lenguaje complejo. Quizá sobreestimó las capacidades mentales de estos cetáceos, y probablemente su lenguaje diste mucho de la capacidad de transmitir conceptos abstractos que tiene el humano. En todo caso, Lilly contribuyó a que empezaran a promulgarse leyes para proteger a los mamíferos marinos.

Actualmente, gracias al registro fósil y a la comparación de genomas, los cetáceos se incluyen en el orden Artiodáctilos (mamíferos con pezuñas y nº par de dedos), junto a cerdos, vacas, camellos, antílopes o hipopótamos (estos últimos son sus parientes vivos más cercanos). Cuesta trabajo hacerse a la idea de que un delfín o una ballena estén estrechamente emparentados con una cabra, pero es lo que hay. 🙂

Cladogram of Cetacea within ArtiodactylaFuente: en.wikipedia.org

La historia evolutiva de los cetáceos es bien conocida por los paleontólogos, y puede revisarse aquí. Hace unos 50 millones de años, en lo que hoy es la India y Pakistán, algunos artiodáctilos primitivos, probablemente carnívoros o carroñeros, fueron adaptándose a la vida en el mar, y a lo largo de millones de años acabaron convirtiéndose en delfines, ballenas y similares. Los artiodáctilos que se quedaron en tierra evolucionaron hacia una dieta herbívora, pero eso ya es otra historia.

A lo largo de su evolución, los cetáceos perdieron sus patas traseras, mientras que las delanteras y la cola se convirtieron en aletas. Se diversificaron enormemente; unos grupos desaparecieron, pero otros prosperaron y sus descendientes han llegado hasta hoy (para ser diezmados por los seres humanos). Por un lado están los misticetos: las ballenas, carentes de dientes, que se alimentan por filtración. Por otro lado, los odontocetos: cachalotes, delfines, zifios, marsopas, y similares, carnívoros muy activos que desarrollaron unas características sumamente interesantes.

Aparte de su excelente adaptación al medio marino y la ecolocalización (orientación mediante sonidos, como el sonar en los submarinos y otras embarcaciones), la clave de su éxito está en sus relaciones sociales. Así, igual que en los primates, tenemos la combinación mágica: cerebro grande y vida social compleja. En las comunidades de cetáceos, cada individuo necesita saber quién es quién en el grupo, ponerse en el pellejo del otro, adivinar sus intenciones… La evolución de una mente compleja resultó inevitable.

Carecer de manos dificulta el desarrollo de una tecnología avanzada. Además, el hecho de vivir en el agua impide el uso del fuego, una de las herramientas más valiosas de nuestros ancestros para dominar su entorno. Sin embargo, la vida social de los delfines y sus parientes es extremadamente compleja. Y pueden reconocerse en un espejo, y tienen nombres para cada uno de los miembros del grupo, y… También disponen de mucho tiempo libre, que emplean en jugar, tener relaciones sexuales de todo tipo… No es una mala vida, por lo que parece. 🙂

Unas criaturas sin tecnología, que flotan ingrávidas en el agua, con un lenguaje complejo, que interactúan con el mundo a base de recibir ecos… Si queremos ensayar cómo comunicarnos con especies alienígenas, ahí están los delfines para ello.

Su complejo comportamiento social no solo se debe a los genes, sino que, al igual que en los seres humanos y otros primates, tienen cultura. Entiéndase por cultura la transmisión de conocimientos y actitudes  mediante el aprendizaje (a diferencia de los instintos, que son heredados). Eso hace que distintas poblaciones de animales puedan desarrollar diferentes tradiciones en el empleo de herramientas, etc. Esto ha sido demostrado en primates como los chimpancés, pero también se da en los delfines. En concreto, en la especie de delfín de mayor tamaño: la orca. Sí, a pesar de que se la conoce como ballena asesina no es una ballena, sino que pertenece a la familia de los delfines.

Los científicos que se ocupan de estudiar las orcas en libertad han descubierto que no se trata de una especie homogénea (Orcinus orca), sino que actualmente está evolucionando en varias subespecies o incluso especies diferentes. Y, en realidad, la responsable de este proceso de especiación es la cultura. Es algo bastante interesante y, de paso, nos servirá para comentar cómo funciona la evolución.

Para que aparezcan nuevas especies es necesario que las poblaciones queden aisladas, sin que haya transmisión de genes entre ellas. Así, cada población podrá cambiar a su manera y, con el tiempo, dará lugar a una especie nueva, tan distinta de sus antiguos parientes que serán incapaces de reproducirse entre sí.

¿Cómo se logra que los miembros de dos poblaciones dejen de aparearse entre sí? El caso más habitual es por la aparición de una barrera física que lo impida (especiación alopátrica). Un ejemplo puede verse en la evolución de los chimpancés. Hace un millón de años, dos poblaciones de los antepasados de los chimpancés quedaron aisladas a ambas orillas del río Congo. La del norte dio lugar al chimpancé común (Pan troglodytes), el más familiar para nosotros: grande, más agresivo, con sociedades dominadas por los machos. La del sur se convirtió en el bonobo (Pan paniscus), de menor tamaño y más pacífico, tal vez porque sus grupos están dominados por las hembras. 🙂

Pero hay otra posibilidad: la especiación simpátrica. Dos poblaciones pueden vivir en el mismo lugar, pero los miembros de una no se mezclan con los de la otra aunque no haya una barrera física que lo impida. ¿Cómo es posible? Pues, por ejemplo, porque esas poblaciones adquieran distintas costumbres a la hora de alimentarse o moverse. Así, no coincidirán en tiempo o lugar a la hora de aparearse.

En el caso de las orcas, la causa de la formación de nuevas especies es la existencia de tradiciones culturales diferentes. Unas poblaciones pueden especializarse en capturar salmones junto a la costa; otras, en alimentarse de focas; otras, en cazar tiburones… Cada uno de estos grupos de orcas irá, poco a poco, desarrollando un idioma diferente, unas costumbres diferentes… Al cabo de los siglos, llegarán a considerarse extranjeras. No se entenderán entre ellas. Por tanto, no se cruzarán. Y cuando los siglos se vayan convirtiendo en milenios, al no haber flujo de genes entre esas poblaciones, acabarán divergiendo tanto que llegará un momento en que no podrán reproducirse. Serán incompatibles. Tendremos nuevas especies. Eso puede estar pasando en las orcas. Como se ve en esta ilustración, las distintas poblaciones antárticas de orcas están empezando a adquirir aspecto diferente (y  lo mismo ocurre en otros océanos del mundo):

Killer Whale Types esTipos de orcas australes (fuente: es.wikipedia.org)

A este paso, en poco tiempo (geológicamente hablando) habrá numerosas especies de orcas, y todo debido a su inteligencia y diversidad cultural. Por desgracia, los seres humanos estamos destruyendo las culturas de orcas, otros delfines, cachalotes, ballenas… Al dejarlos sin alimento, al matarlos, al convertirlos en payasos de circo, no sólo acabamos con sus cuerpos, sino con sus tradiciones. Es un crimen horrible, mírese como se mire.

Ah, un aviso a los que quieren rescatar delfines, orcas y demás y liberarlos en santuarios naturales. Puede que se trate de individuos que sufran problemas psicológicos por culpa de la cautividad, que carezcan de identidad cultural, o que simplemente no sean capaces de valerse por sí mismos. Por otro lado, tal vez mezclemos en estos santuarios a individuos que, aunque parezcan de la misma especie, tengan tradiciones culturales distintas. Los seres humanos no somos los únicos xenófobos. Por ejemplo, en el Pacífico Norte, parece que las orcas residentes (que se alimentan de salmones en la costa) y las transeúntes (que comen otros mamíferos marinos) no se llevan bien, precisamente. Si las juntamos, probablemente acabaremos liándola parda, disculpen la expresión…

En la próxima entrada, veremos más mamíferos bastante espabilados. 🙂

Inteligencias más o menos alienígenas (III)

Si queremos hallar otras especies inteligentes, parece lógico empezar a buscar entre los parientes más próximos de Homo sapiens: chimpancés (Pan troglodytes) y bonobos (Pan paniscus). Nuestro último antepasado común pudo vivir hace unos 7 millones de años. Desde entonces hemos seguido caminos bien diferentes, pero seguramente muchas de las características que nos hacen humanos ya estaban presentes en nuestros ancestros, y los chimpancés y otros simios las han heredado también.

En las entradas anteriores hemos comentado los prejuicios que arrastramos y que han impedido considerar incluso la existencia de algún tipo de inteligencia en otros seres. Además, la forma de estudiar el comportamiento animal tampoco ha ayudado a la hora de enfrentarnos a inteligencias no humanas.

En su libro El simio y el aprendiz de sushi, el primatólogo Frans de Waal se lamenta de la metodología del conductismo a la hora de estudiar las capacidades mentales en otras especies. Aparte de que esta escuela considera a los animales como máquinas de estímulo-respuesta que podían ser adiestradas, básicamente sólo han trabajado con ratas o palomas. Los conductistas tienden a generalizar las conclusiones obtenidas con estos animales. No tienen en cuenta que cada ser vivo es producto de una historia evolutiva diferente. ¿En qué puede parecerse la forma de ver el mundo de una paloma con la de un chimpancé? Esto debe tenerse en cuenta a la hora de diseñar experimentos.

Asimismo, pensemos en cómo se realizan los experimentos para comparar las capacidades mentales de un simio y un niño pequeño. Este último suele estar acompañado de sus padres, en un ambiente confortable, e incluso puede que los padres, de forma inconsciente, ayuden en sus respuestas a los tests. En cambio, los monos carecen de ese apoyo emocional. Probablemente, unos operarios les obligan a realizar unas pruebas sin mostrar la más mínima empatía. Unas pruebas que, seguramente, a los simios les aburren o no les interesan. En tal caso, las harán mal o se negarán a colaborar, pero eso no se debe a que sean tontos. Es que el asunto les importa un rábano, simplemente. 🙂

En realidad estos primates, cuando se enfrentan con ciertos desafíos, pueden ser incluso más espabilados que nosotros. En el vídeo, comprobamos que la velocidad con la que el chimpancé Ayumu memoriza y reproduce secuencias numéricas en una pantalla táctil es asombrosa (y muy perturbadora para aquellos que piensan que hay un profundo abismo que nos separa de los simios).

Un libro que nos hizo ver con otros ojos a los chimpancés fue La política de los chimpancés, del primatólogo holandés Frans de Waal. Tras muchos años de observar atentamente la colonia de chimpancés del zoo de Arnhem, nos mostró a unas criaturas de comportamiento complejo, que tejían y destejían alianzas, empáticas, con capacidad de previsión, astutas, solidarias, mentirosas… Fascinantes, en suma. Era lo que cabía esperar de un animal social con cerebro grande.

En posteriores libros de este autor, se refuerza la idea de que las diferencias entre chimpancés y otros grandes primates y nosotros son de grado, pero no de esencia. O sea, lo que Darwin ya había barruntado. Por si te interesa profundizar en el tema, amigo lector, te recomendamos esta obra de Frans de Waal: ¿Tenemos suficiente inteligencia para entender la inteligencia de los animales? Buena pregunta… 🙂

En la familia de los homínidos, aparte de Homo sapiens, chimpancés y bonobos, están los gorilas (hay dos especies, Gorilla gorilla y G. beringei) y los orangutanes (hay tres especies, Pongo pygmaeus, P. abellii y P. tapanuliensis). La rama del árbol de la vida que contiene a humanos y chimpancés se escindió de la de los gorilas hace unos 10 millones de años, mientras que la separación de la rama común de humanos, chimpancés y gorilas se apartó de la de los orangutanes hace unos 18 millones de años.

Hominidae (extant species)Las ocho especies de la familia de los Homínidos que han sobrevivido hasta hoy (Fuente: en.wikipedia.org)

Parece mucho tiempo, pero en realidad es un parpadeo si se compara con los 4000 millones de años que tiene la historia de la vida en la Tierra. Demasiado poco tiempo para que las diferencias sean abismales. Hay inteligencia en los simios, pero es demasiado similar a la nuestra. No tan compleja, aunque la familiaridad es evidente.

En fin, si queremos averiguar si otras inteligencias tienen algo en común con la nuestra, dejemos a nuestros parientes más cercanos y viajemos hacia atrás en el tiempo. Por ejemplo, unos 40 millones de años. En esa época, los monos (infraorden Simiiformes) se escindieron en dos grandes grupos. Por un lado quedaron los catarrinos, es decir, los monos del Viejo Mundo, de los que más tarde evolucionaría nuestra familia. Por otro lado, en América, quedaron los monos del Nuevo Mundo, los platirrinos. ¿Podemos encontrar en estos parientes más lejanos algunas características que consideramos humanas?

Pues sí. Los monos capuchinos, por ejemplo, son capaces de comprender el concepto de equidad. En un famoso experimento, se enseñaba a dos capuchinos a realizar una tarea (entregar una piedra) y se les recompensaba por ello. A uno se le daba una rodaja de pepino, mientras que al otro, por hacer exactamente lo mismo, se le daba una sabrosa uva. En el vídeo resulta evidente el cabreo que pilla el pobre capuchino al que se le recompensa con el insípido pepino. Está claro lo que opina: «¡No es justo!». 🙂

Parece claro que la base de nuestra inteligencia, de nuestra moral, de lo que al fin y al cabo nos hace humanos, surgió hace mucho en primates sociales, y la selección natural se encargó del resto. Pero ¿esta inteligencia compleja apareció únicamente en la rama del árbol de la vida de los primates? ¿O se da en otros animales?

En próximas entradas seguiremos retrocediendo en el tiempo, a ver qué nos encontramos… 🙂

Inteligencias más o menos alienígenas (II)

Antes de considerar si hay animales dignos de ser llamados inteligentes, contaremos la anécdota que el primatólogo Frans de Waal incluye en su libro El simio y el aprendiz de sushi, ya que ilustra perfectamente la actitud negativa hacia nuestro presunto parentesco con otros primates que denunciaba Darwin.

En el zoo de Londres se puso de moda una atracción protagonizada por los chimpancés. Estos fueron adiestrados para que tomaran el té sentados a la mesa. Nada nuevo; hacía décadas que en otros zoos se ofrecían espectáculos similares: simios imitándonos y haciendo el ridículo. En el fondo, además de divertida, esta actividad resultaba (y resulta) tranquilizadora. Nos creemos distintos al resto de la naturaleza, superiores, al margen de ella. Como mucho, los animales sólo pueden ofrecer un pobre remedo de nuestras cualidades humanas.

El problema era que a los chimpancés les costaba muy poco aprender a tomar el té, comportándose a la mesa con las mismas buenas maneras que cualquier hijo de la Gran Bretaña. Lo hacían demasiado bien, y eso podía aburrir e incluso perturbar a los espectadores. Al fin y al cabo, eran simples animales; se suponía que, si nos copiaban, tendrían que hacerlo mal. Entonces, ¿por qué eran tan parecidos a nosotros?

Por eso, no tuvieron más remedio que adiestrar a los chimpancés para que hicieran el ridículo a propósito, poniéndose los platos por sombrero y cosas así. De este modo, la gente podía reírse de ellos. Al fin y al cabo, resultaba evidente que eran animales inferiores, incapaces de actuar como nosotros. Absurdos, irracionales. No humanos.

Fuente: prints.paimages.co.uk

A veces da la impresión de que, más que incomodidad, hay personas que sienten pánico cuando se les sugiere que nuestras diferencias con otros animales son de grado, no de esencia. En otras entradas comentamos el caso de H. P. Blavatsky. En La Doctrina Secreta, Blavatsky se soliviantaba cada vez que salía el tema de nuestros posibles antepasados simiescos. Basta leer entre líneas: no podía soportarlo.

Pero seamos justos: a la hora de enfrentarse a la posible inteligencia animal, no todos opinaban lo mismo. Es interesante citar al que probablemente fue el mejor escritor de la Ilustración española, Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764). Este monje benedictino gallego es uno de los mejores ensayistas en nuestro idioma. Sorprende la modernidad de alguno de sus escritos. Cosa rara, logró ser muy respetado en su época. Como él mismo se definía:

Yo, ciudadano libre de la República de las Letras, ni esclavo de Aristóteles ni aliado de sus enemigos, escucharé siempre con preferencia a toda autoridad privada lo que me dictaren la experiencia y la razón.

Benito Jerónimo FeijooBenito Jerónimo Feijoo (Fuente: es.wikipedia.org)

Puede consultarse su obra en la Biblioteca Feijoniana. Sobre el tema que nos ocupa, la inteligencia de los animales, merece la pena leer, en su Teatro crítico universal, tomo 3º (1729), el discurso nono, titulado Racionalidad de los brutos:

De Polo a Polo se apartaron unos de otros algunos Filósofos en sus opiniones, respecto de los brutos. Unos están tan liberales con ellos, que los conceden discurso: otros tan escasos, que les niegan aun sentimiento. ¡Discordia portentosa!

En efecto, hay dos extremos: quienes atribuyen a los animales una mentalidad similar a la humana y, por otro lado, quienes defienden que los demás animales son incapaces incluso de sentir. Como bien decía Feijoo:

Volviendo, pues, a la cuestión sobre los brutos, digo, que unos Filósofos les niegan sentimiento, y otros les conceden discurso. Caudillo de los primeros se debe reputar Renato Descartes, quien afirmó que no son los brutos otra cosa que unas estatuas inanimadas, cuyos movimientos dependen únicamente de la figura, y disposición orgánica de sus partes, según la varia determinación que les da la unión de los objetos que las circundan. Esta es una consecuencia forzosa del sistema filosófico de Descartes.

Feijoo admiraba a René Descartes (1596-1650), pero no estaba dispuesto a aceptar acríticamente todo lo que el sabio francés afirmaba. Sobre todo, porque Feijoo era un hombre muy culto, había leído mucho y, además, observaba a los animales. Así:

Entre las dos opiniones extremas propuestas, una, que les niega sentimiento a los brutos; otra, que les concede discurso; parece la más razonable la comunísima, que tomando por medio de las dos, les niega discurso, y les concede sentimiento. No obstante, yo sin afirmar positivamente cosa alguna en esta materia, propondré algunas razones, que me hacen fuerza, por la sentencia que les atribuye inteligencia, y discurso, para que pasen por el examen de los Sabios, y sirvan a la diversión de los curiosos. […]

Serían racionales con racionalidad de inferior orden a la del hombre […]. El discurso del bruto es muy inferior al del hombre, tanto en la materia, como en la forma. En la materia, porque sólo se extiende a los objetos materiales, y sensibles; ni conoce los entes espirituales, ni las razones comunes, y abstractas de los mismos entes materiales. Tampoco es reflexivo sobre sus propios actos.

Prudente, el bueno de Feijoo: se sitúa en un término medio. Además, había algo que lo indignaba. Los cartesianos, ya que consideraban a los animales desprovistos de sentimientos, opinaban que no sufrían. Por tanto, no tenían inconveniente en destriparlos visos para estudiar su anatomía. Sí, vivos. Podían viviseccionar a un pobre perro sin que les afectaran los aullidos de dolor de la pobre criatura. Al fin y al cabo, esos chillidos no significaban nada, pues el animal no sentía, a diferencia de los seres humanos.

Esa actitud horrorizaba a Feijoo. Lo dejó bien claro en una de sus Cartas eruditas y curiosas. Concretamente, en el Tomo 3º (1750). Carta XXVII: Si es racional el afecto de compasión, respecto de los irracionales. Probablemente, los cartesianos consideraban que los defensores de los animales eran unos blandengues, y Feijoo contraataca. Aunque la cita sea un poco larga, merece la pena:

Pintaron a Vmd. mi genio tan delicadamente compasivo, que no sólo me conmueve a conmiseración los males, o infortunios de los individuos de la especie humana, mas aun los de las bestias. Y el motivo porque Vmd. dificulta el asenso a esta noticia, es porque ella le representa un corazón afeminado, estando Vmd. hasta ahora en la persuasión de que le tengo muy valeroso, por las pruebas que he dado de fortaleza de ánimo, en la firmeza con que me he mantenido contra tantos émulos como me han atacado, y aun sin cesar me están atacando.

Es cierto, señor mío, que mi genio en la propriedad de compasivo es cual a Vmd. se le han pintado. De modo, que no veo padecer alguna bestia de aquellas, que en vez de incomodarnos, nos producen varias utilidades, cuales son casi todas las domésticas, que no me conduela en algún modo de su dolor; pero mucho más, cuando sin motivo alguno justo, sólo por antojo, o capricho las hacen padecer. Cuando advierto, que están para torcer el pescuezo a una gallina, o entrar el cuchillo a un carnero, aparto los ojos por no verlo. Pero esta compasión no llega al que acaso algunos llamarían necio melindre, y otros grado heroico, de conmiseración de meterme a medianero para evitar su muerte. Veo que ésta es conveniente, y así me conformo a que la padezcan. Nunca en los muchos viajes, que hice, usé de la espuela con las caballerías que montaba, sino lo muy preciso para una moderada jornada, y miraba con enojo, que otros por una levísima conveniencia no reparasen en desangrar estos pobres animales. Siempre que veo un muchacho herir sin qué, ni por qué a un perro con una piedra, quisiera estar cerca de él para castigar con dos bofetadas su travesura.

¿Pero esto es ser de corazón afeminado? Nada menos. Dista tanto lo compasivo de lo apocado, que los Filósofos, que más observaron la conexión de unos vicios con otros, hallaron, que el de la crueldad es en alguna manera propria de los cobardes. Y en las Historias se ve, que rarísimo hombre muy animoso fue notado de inhumano; siendo al contrario comunísima en Príncipes cobardes la crueldad. […]

Es para mí certísimo, que este genio conmiserativo hacia las bestias prueba un gran fondo de misericordia hacia los de la propria especie […]. Y al contrario siento, que en un corazón capaz de sevicia hacia las bestias no cabe mucha humanidad hacia los racionales. Ni puedo persuadirme a que quien se complace en hacer padecer un bruto, se doliese mucho de ver atormentar a un hombre.

O sea, compasivo no es lo mismo que blandengue. Más tiene que ver con la empatía. Y una vez dejado claro que la crueldad es propia de cobardes, es el turno de criticar a los cartesianos y su  manía de tratar a los animales como meras máquinas sin sentimientos:

Advierto a Vmd. que lo que he escrito en esta Carta en ninguna manera comprehende a los Filósofos Cartesianos, los cuales en orden al asunto de ella son gente privilegiada; porque como sólo reconocen los brutos en cualidad de máquinas autómatas, desnudas de todo sentimiento, sin el menor escrúpulo, o el más leve movimiento de compasión, pueden cortar, y rajar en ellos, hacerlos gigote, abrasarlos, aunque sea a fuego lento; bien que deberán usar en ello de dos precauciones, la una de no hacer ese estrago sino en los brutos, que están a su disposición; pues si son ajenos, aunque éstos como meros autómatas no lo sientan, lo sentirán sus dueños: la otra, que no se tomen esa diversión delante de los que no son Sectarios de Descartes, por no moverlos a lástima, o compasión.

Bien sea por tener al ser humano en muy alta estima, bien sea por mala conciencia por lo mal que tratamos a los animales, el caso es que los científicos, durante mucho tiempo, negaron inteligencia a los animales. Incluso ya en el siglo XX, estaba muy mal visto caer en el antropomorfismo, es decir, otorgar cualquier característica humana a otros animales. Un ejemplo: una pionera en el estudio del comportamiento de los primates como Jane Goodall, cuenta las críticas que recibió por el hecho de dar nombres a los chimpancés que observaba, en vez de números o asépticos códigos. En esta página web puede verse el vídeo y leerse la transcripción de la entrevista. Lo que comentamos aparece a partir del minuto 12:50.

Sí, el antropomorfismo es un peligro. Cada especie es única, con su propia historia evolutiva que la ha hecho ser lo que es. Pero todos los animales compartimos unos antepasados más o menos lejanos, una biología, unos cerebros. Negarles sentimientos o motivaciones a otras especies puede ser tan equivocado como el antropomorfismo. Las posturas extremas suelen nublar nuestro entendimiento a la hora de buscar o comprender otras especies inteligentes.

En la próxima entrada nos ocuparemos de los primates.

Inteligencias más o menos alienígenas (I)

Un tema recurrente en la ciencia ficción es el del contacto con inteligencias alienígenas. Podemos encontrar obras para todos los gustos, desde algunas con extraterrestres que hablan nuestro idioma (el inglés, como no podía ser menos) y no hay problema para comunicarse con ellos, hasta otras en las cuales la Humanidad se enfrenta a formas de vida completamente incomprensibles.

Fuente: todas las imágenes de esta entrada proceden de pixabay.com

Esto nos lleva a plantearnos algunas cuestiones. ¿Sería posible el diálogo, si no tenemos nada en común? ¿Existe algo que pueda ser universalmente comprendido? ¿Las Matemáticas, quizá? ¿O ni con esas? Por otro lado, ¿seríamos capaces de reconocer una inteligencia alienígena si nos topáramos con ella, o pasaría desapercibida?

Es difícil dar respuestas. Quizá sea mejor dejar de mirar por un momento a las estrellas y fijarnos en nuestra propia biosfera. ¿Seríamos capaces de reconocer otras especies inteligentes aquí, en la Tierra?

Si algo caracteriza a nuestra cultura occidental, es la manía de colocar al ser humano en un pedestal. Nos consideramos algo aparte del resto de la naturaleza: seres superiores que se distinguen del resto de los animales, entre otras cosas, por la inteligencia. También por más características que consideramos humanas: la autoconciencia, la empatía, el sentido de la justicia, prever el futuro, hacer planes… De hecho, para muchas personas supone un insulto lo de llamarnos «animales». Estamos por encima de ellos, pues los simples animales carecen de esas características que hemos enunciado. Así se pensaba. Era algo sabido, bien establecido.

Hasta que llegó Charles Darwin.

Junto con Alfred R. Wallace, Darwin propuso su teoría de la evolución de las especies por selección natural. Más de siglo y medio después, ha resistido todos los intentos de tumbarla y se ha convertido en una de las teorías científicas más sólidas que existen. Desde la publicación del Origen de las especies (1859), se admite que cada especie procede de otra anterior. Las mutaciones, la selección ejercida por el entorno y mucho, pero que mucho tiempo, han creado la maravillosa biodiversidad que podemos contemplar hoy (y que estamos destruyendo a marchas forzadas, dicho sea de paso).

Pero Darwin no sólo puso patas arriba (y le dio sentido) a la Biología. También lanzó un torpedo a la línea de flotación de nuestras creencias más arraigadas. Si unas especies proceden de otras anteriores, nosotros no íbamos a ser la excepción. Así, en 1871 publicó El origen del hombre. Un libro valiente, en el que defendió, con todos los datos que pudo recopilar, que nuestra especie desciende de otras que la precedieron en el tiempo.

Las citas de El origen del hombre que incluimos en esta entrada se han extraído del capítulo XXI (Resumen general y conclusión):

Vemos así que el hombre desciende de un mamífero velludo, con rabo y orejas puntiagudas, arbóreo probablemente en sus hábitos y habitante del mundo antiguo […]. Los cuadrumanos y todos lo mamíferos superiores descienden probablemente de un antiguo marsupial, el que venía a su vez, por una larga línea de formas diversas, de algún ser medio anfibio, y este nuevamente de otro animal semejante al pez. En la espesa oscuridad del pasado adivinamos que el progenitor primitivo de todos los vertebrados debió ser un animal acuático provisto de branquias […]. Ese animal debió parecerse con ventaja a las larvas de las actuales ascidias marinas sobre toda otra forma conocida.

Hoy nos admiramos al comprobar cómo Darwin, en el siglo XIX, acertó de pleno. Nuestro cuerpo es producto de las mutaciones y la selección natural. Pero… ¿y nuestra mente?

El presente alto nivel de nuestras facultades mentales y morales es, sin duda, la dificultad mayor con que se tropieza para adoptar la conclusión indicada sobre el origen del hombre. Mas aquel que admita el principio de la evolución debe reconocer que las facultades mentales de los animales superiores, que en naturaleza son lo mismo que las humanas, aunque en grado diferente, son susceptibles de perfeccionamiento.

Para Darwin, no es un problema admitir que la inteligencia surgió por presiones evolutivas. Al fin y al cabo, la inteligencia (evidenciada por la posesión de cerebros grandes) proporciona innegables ventajas a los animales, y la selección natural tenderá a favorecerla.

Sin embargo, el ser humano no se caracteriza solo por su inteligencia. ¿Y la moral? Seguro que algo tan elevado no se da en los animales, ¿verdad? Darwin también tenía algo que decir al respecto:

El desarrollo de las cualidades morales es problema de mayor interés. Su fundamento descansa en los instintos sociales, comprendiendo en este término los lazos de familia. Estos instintos son en extremo complejos […]; pero sus elementos más importantes son el amor y el afecto especial de la simpatía. Los animales dotados de instintos sociales sienten deleite en mutua compañía, se previenen unos a otros del peligro y defienden de muchas maneras. Estos instintos no se extienden a todos los individuos de una misma especie, sino solamente a los de la misma tribu o comunidad. Como son en alto grado beneficiosos para la especie, es probable que se hayan adquirido por la selección natural.

Como veremos en la siguiente entrada, parece que Darwin dio en el clavo.  En los animales sociales (eusociales, si utilizamos la jerga técnica) con cerebro grande, debido a la complejidad que requiere vivir en comunidad, la selección natural favorecerá todo aquello que sirva para que el grupo sea más eficaz y se mantenga cohesionado: la capacidad de ponerse en la piel del otro, saber el lugar que cada uno ocupa en la jerarquía, solidaridad, empatía, sentido de la equidad… Si al grupo le va bien, sus miembros prosperarán.

Por cierto, Darwin también dejó caer que ahí podría estar el origen de la tendencia a la xenofobia, ya que nuestros antepasados evolucionaron en grupos pequeños, pero dejaremos el tema para otra ocasión.

No podemos resistirnos a citar el último párrafo de El Origen del hombre:

Debemos, sin embargo, reconocer que el hombre, según me parece, con todas sus nobles cualidades, con la simpatía que siente por los más degradados de sus semejantes, con la benevolencia que hace extensiva, no ya a los otros hombres, sino hasta a las criaturas inferiores, con su inteligencia semejante a la de Dios, con cuyo auxilio ha penetrado los movimientos y constitución del sistema solar -con todas estas exaltadas facultades- lleva en su hechura corpórea el sello indeleble de su ínfimo origen.

En resumen, las diferencias entre el resto de animales y nosotros son de grado, no esenciales. Indiscutiblemente, nuestras capacidades culturales, tecnológicas y lingüísticas son muy superiores a los de otras especies, pero no exclusivas, ni han aparecido de la nada. Han surgido por evolución y están presentes, de forma más o menos rudimentaria, en otras criaturas. En suma, lo que nos hace humanos ya había aparecido en otras especies. Nosotros lo heredamos de nuestros ancestros y, gracias a la evolución cultural, llevamos esa herencia hasta grados asombrosos de complejidad.

Muchos no puedieron (ni pueden) soportar ese hecho. Ya lo advirtió Darwin:

La principal conclusión a que llegamos en esta obra, es decir, que el hombre desciende de alguna forma inferiormente organizada, será, según me temo, muy desagradable para muchos.

Y es que milenios de tradición cultural pesan bastante. Nuestra cultura bebe principalmente de dos fuentes: el mundo grecolatino y la tradición bíblica. Y en ambos casos se nos ha considerado como algo aparte, superior al resto de la naturaleza. Quizá sea porque en el Mediterráneo Oriental no había grandes primates, para recordarnos que, en el fondo, no somos tan distintos.

Pero ¿son realmente inteligentes otros animales? Tal vez estemos buscando señales de vida inteligente en las estrellas, y seamos incapaces de reconocerla en nuestro entorno. En la próxima entrada nos ocuparemos de nuestros parientes más cercanos, los simios y otros primates. Y no nos quedaremos ahí… 🙂

Relaciones que no lo son (y II)

En la entrada anterior vimos la diferencia entre correlación y relación. Confundirlas conlleva caer en la falacia cum hoc ergo propter hoc. Citamos de la Wikipedia:

Cum hoc ergo propter hoc (en latín, ‘con esto, por tanto a causa de esto’) es una falacia que se comete al inferir que dos o más eventos están conectados causalmente porque se dan juntos. Esto es, la falacia consiste en inferir que existe una relación causal entre dos o más eventos por haberse observado una correlación estadística entre ellos. Esta falacia muchas veces se refuta mediante la frase «correlación no implica causalidad».

No podemos evitarlo, amigo lector; los seres humanos tendemos a pensar que si dos sucesos ocurren más o menos a la vez, uno de ellos causa el otro. Además, nos sentimos cómodos con la creencia de que todo ocurre con un propósito. Nos cuesta aceptar que las cosas suceden en muchas ocasiones por azar, que a la naturaleza le importan un comino nuestros prejuicios o que se cumplan nuestros anhelos.

En resumen, es difícil que se nos meta en la cabeza que dos sucesos pueden darse a la vez sin estar conectados. Cuando hay una correlación entre A y B, inmediatamente pensamos que existe una relación y que A es la causa de B. Pero puede que B sea la causa de A. O que haya un factor oculto (o más de uno) que conecte A y B. O que todo se deba al capricho del azar.

Por ejemplo, si calculáramos el coeficiente de correlación entre la calvicie masculina y la deforestación de la jungla en el sudeste asiático, probablemente obtendríamos un valor próximo a +1. En efecto, puede comprobarse que conforme nos vamos quedando calvos, la jungla va desapareciendo. ¿Quiere eso decir que la calvicie provoca la deforestación? ¿O es a la inversa? ¿Hay algún factor oculto que conecta ambos fenómenos? ¿O se debe a una simple casualidad? 🙂

Como siempre viene bien un poco de humor, recomendamos encarecidamente echar un vistazo al sitio web de Spurious Correlations (Correlaciones espurias), cuyo autor es Tyler Vigen. Asimismo, se puede adquirir el libro en papel o la versión Kindle.

La lectura de Correlaciones espurias es muy divertida, incluso hilarante. T. Vigen se dedicó a buscar correlaciones, a cuál más disparatada. Así, encontramos que hay una correlación positiva muy fuerte entre la cantidad de gente que se ahoga en una piscina y el nº de películas en las que aparece Nicholas Cage. O entre el consumo de queso y el nº de personas que mueren enredadas en las sábanas de su cama. O entre el nº de personas que mueren ahogadas al caerse de un barco de pesca y la tasa de matrimonios en Kentucky. O entre la tasa de divorcios en Maine y el consumo de margarina. O… 😀

Fuente: tylervigen.com/spurious-correlations

Divertido, sin duda, pero Correlaciones espurias debería hacernos meditar. T. Vigen nos advierte de que los seres humanos estamos biológicamente inclinados a reconocer patrones, pero que la correlación sólo significa que dos cosas varían juntas. No siempre las correlaciones tienen sentido. Peor aún: el autor señala el peligro del uso impropio de la Estadística.

No es demasiado complicado hallar correlaciones entre las cosas más extrañas. El método se llama «data dredging» (o «data fishing», que podría traducirse como pesca de datos). Se trata de comparar la serie de datos que nos interese con cientos (o miles) de otras series de datos. Comparamos y comparamos sin cesar, hasta tropezarnos con alguna correlación. Así, a lo bruto, en vez de diseñar experimentos cuidadosos que estudien esas comparaciones una a una (que es como debe hacerse).

Hoy, los ordenadores nos permiten manejar ingentes cantidades de datos, mediante algoritmos sencillos. Esto nos facilita hallar muchas correlaciones entre series de datos sin relación alguna (sobre todo, si el nº de datos que se comparan no es muy grande).

T. Vigen usó el «data dredging» para hallar correlaciones graciosas. Sin embargo, a pesar del humor, el libro tiene un lado muy serio. Las gráficas pueden mentir. Las correlaciones no tienen por qué indicar una conexión causal subyacente. Ay, el «data dredging» permite hallar muchas relaciones espurias… Las correlaciones pueden llevarnos por el mal camino si las empleamos incorrectamente. Incluso las gráficas pueden ser engañosas. La forma de representarlas no es tan inocente como parece.

Un ejemplo es el libro The Bell Curve (1994), de Richard J. Herrnstein y Charles Murray. Mucho debate ha habido sobre él, pues aborda un tema espinoso: relaciona el cociente intelectual (CI) con la raza. Y había una correlación: los negros americanos tenían un CI inferior al de los blancos.

Las críticas a The Bell Curve no se centran en su racismo más o menos explícito, sino en el uso tremendamente chapucero que hace de la Estadística para llegar a tales conclusiones. Dejando aparte si tiene sentido reducir algo tan complejo como la inteligencia humana a un único número (CI), y si nuestra especie puede dividirse en razas según el color de la piel (¿por qué no definimos las razas basándonos en la intolerancia a la lactosa, por ejemplo?), los autores caen en la falacia que hemos comentado antes: confunden correlación con causación. ¿Hay una correlación entre la raza y el CI? Pues ambos factores tienen que estar ligados, ¿no? Y de ahí a proponer que la inteligencia, igual que el color de la piel, están condicionados por los genes hay un paso muy pequeño.

Hay otras explicaciones a esa correlación. Por ejemplo, que a lo largo de los siglos, a ciertos grupos (negros, pobres, mujeres…) se les haya negado o dificultado el acceso a una educación de calidad. Algo que se puede arreglar, por cierto, con políticas de igualdad, que ofrezcan a todo el mundo las mismas oportunidades. Pero claro, si las diferencias de inteligencia tuvieran una base biológica, no merecería la pena gastar el dinero público en esas políticas, ¿verdad?

Como el lector habrá deducido, libros al estilo de The Bell Curve son del agrado de los sectores más reaccionarios, aquellos que quieren dejar las cosas tal como están, pues el statu quo es algo que les parece natural. Algún día hablaremos del darwinismo social, que repugnaba al propio Darwin. El uso de la Estadística puede no tener nada de inocente. Por eso es bueno adquirir unos conocimientos matemáticos básicos: hace más difícil que nos vendan milongas.

Actualmente, con el auge de las pseudociencias y el pensamiento mágico, cada dos por tres leemos en la prensa que los científicos han «descubierto» una relación entre algún aparato o alimento y ciertas enfermedades. Tratemos todas esas noticias con espíritu crítico.

Pensemos en un ejemplo hipotético: se ha hallado una correlación entre el uso de hornos microondas y el Alzheimer (me lo estoy inventando, insisto). En efecto, tras recopilar un montón de datos, se llega a la conclusión de que los países con más microondas per cápita tienen una mayor incidencia de Alzheimer. Ergo, hay una relación, nos aseguran, al tiempo que despotrican contra la vida moderna, las ondas electromagnéticas y mil cosas más.

Pues probablemente no. Comprar un microondas cuesta dinero. Por tanto, en los países más ricos es más fácil hacerse con un microondas. Y, por regla general, los países más ricos tienen también mejores servicios, son más seguros y disfrutan de un mejor sistema sanitario. Por tanto, la gente vive más tiempo. Y cuando la esperanza de vida es mayor,  es más probable morir de enfermedades asociadas a la edad, como el Alzheimer o el cáncer, que de otras más típicas de países pobres (enfermedades infecciosas, inanición, muertes violentas, etc.).

En fin, sabemos que fomentar el espíritu crítico no está de moda, pero no cejaremos en el empeño. 🙂

Feliz Año Nuevo, amigo lector.

NOTA: Salvo que se indique lo contrario, las imágenes han sido tomadas de pixabay.com, libres de derechos de autor.

 

Relaciones que no lo son (I)

Cada dos por tres nos encontramos en los medios de comunicación con noticias en las que se afirma que los científicos han hallado una relación entre el consumo de ciertos alimentos y diversas enfermedades, entre las líneas de alta tensión y el cáncer, entre el manejo de teléfonos móviles y problemas de salud, etc. Se trata, en muchos casos, de noticias sensacionalistas que buscan un titular impactante. Más aún: muchas de estas supuestas relaciones no son tales. Debemos aguzar nuestro sentido crítico. Por lo general, cuando los científicos leemos algo al estilo de «La Ciencia dice que…», nos echamos a temblar. 🙂

Lo que ocurre es que muchos estudios se limitan a detectar correlaciones, no relaciones. Y no es lo mismo; no, señor. O dicho más finamente, correlación no implica causalidad. Intentaremos explicarlo, porque las correlaciones las carga el diablo. 🙂

Empecemos por lo básico, citando, cómo no, de la Wikipedia:

En probabilidad y estadística, la correlación indica la fuerza y la dirección de una relación lineal y proporcionalidad entre dos variables estadísticas. Se considera que dos variables cuantitativas están correlacionadas cuando los valores de una de ellas varían sistemáticamente con respecto a los valores homónimos de la otra: si tenemos dos variables (A y B) existe correlación entre ellas si al disminuir los valores de A lo hacen también los de B y viceversa. La correlación entre dos variables no implica, por sí misma, ninguna relación de causalidad.

Aclarémoslo con un ejemplo hipotético. Se nos antoja averiguar si existe una correlación entre, pongamos por caso, el consumo de mermelada de pera y la distancia a la que somos capaces de escupir un hueso de aceituna (se han estudiado correlaciones más raras, palabra de honor). 🙂 Nos ponemos manos a la obra, convencemos a unos cuantos voluntarios para que participen y diseñamos unos experimentos en los que les damos determinadas cantidades (en gramos) de mermelada y luego medimos la distancia (en centímetros) a la que arrojan los huesos. Los resultados obtenidos podrían mostrarse en una gráfica:

Hay diversas formas de calcular la correlación entre variables. Una de ellas es el coeficiente de correlación de Pearson. Sin entrar en detalles, este coeficiente puede variar entre +1 y -1. Podría darse el caso de la Fig. 1: las dos variables se comportan de forma similar. Es decir, a mayor consumo de mermelada, más lejos se escupen las aceitunas, o viceversa. En este caso tendríamos un índice de correlación de +1: una correlación positiva perfecta.

En la Fig. 2 vemos lo que ocurriría si se diera el caso contrario: al aumentar el consumo de mermelada de pera, disminuye el vuelo de los huesos de aceituna. Hay una correlación negativa perfecta, con un índice de -1.

En la Fig. 3 nos encontramos con que cada una de las variables va a su aire. Al incrementar el consumo de mermelada, la distancia recorrida por los huesos puede aumentar o disminuir. No percibimos ningún patrón de comportamiento. El índice de correlación es 0. Eso indica que no existe una relación lineal entre ambas variables.

Por supuesto, podrían darse todos los casos intermedios, obteniéndose correlaciones positivas o negativas más o menos fuertes. En fin, el concepto de correlación es sencillo de comprender, ¿no?

Supongamos que el resultado obtenido en nuestro experimento es el que aparece en la Fig. 1: un índice de correlación de +1, o un valor muy próximo a este. Habríamos descubierto que existe una correlación entre ambas variables, sin duda. Y el periodista de turno publicaría en grandes titulares: «Los científicos descubren que hay una relación entre el consumo de mermelada de pera y la habilidad para escupir huesos de aceituna», o algo por el estilo.

¿Seguro? Recordemos la última frase de la definición de la Wikipedia, que resaltamos en rojo:

La correlación entre dos variables no implica, por sí misma, ninguna relación de causalidad.

De acuerdo, el índice de correlación nos indica que esta existe, pero nada más que eso. No nos dice el tipo de relación que hay entre ambas variables. En nuestro ejemplo hipotético, tal vez el consumo de mermelada permita escupir huesos de aceituna más lejos. O quizá sólo nos sugiere que a la gente aficionada a escupir huesos le gusta más la mermelada. O podría tratarse de una relación espuria, fruto de la casualidad, y que ambas cosas no tuvieran nada que ver la una con la otra.

Quédate con esta idea, amigo lector: el índice de correlación sólo nos dice si dos variables varían del mismo modo o no, pero no nos informa acerca de la relación entre ambas variables, ni si una influye en la otra o se trata de una casualidad… Para averiguar si cicha relación existe, necesitamos más estudios, tener en cuenta más factores, etc.

En la próxima entrada veremos algunos ejemplos hilarantes de correlaciones, en las que el azar nos juega malas pasadas. Pero la confusión entre correlación y relación también tiene un lado oscuro, y puede servir para justificar tremendas injusticias sociales o para estafar al prójimo.

Medicina tradicional y espíritu crítico

Mucha gente es partidaria de los remedios que nos proporciona la medicina tradicional o popular (tanto occidental como de otras culturas), por considerarla más «natural» que lo que nos recetan los médicos «oficiales». Y lo natural es bueno, ¿no?

Nadie puede negar el gran valor del saber tradicional, producto de milenios de ensayos, aciertos y errores. Sin duda nos queda mucho que aprender del conocimiento acumulado por nuestros antepasados. Un saber que, por desgracia, se está perdiendo, y creo que tenemos el deber de preservarlo.

Sin embargo, la medicina tradicional, como cualquier otra actividad humana, también puede equivocarse. La fe ciega, tanto aquí como en otros aspectos de la vida, es peligrosísima. Conviene adoptar un sano espíritu crítico: ni negar por sistema, ni aceptarlo todo alegremente.

Volvamos a la medicina tradicional y a sus remedios. El hecho de que sean «naturales» ¿implica necesariamente que sean buenos para nosotros?

¿Hay algo más «natural» que las plantas silvestres, como el acónito? Pues bien, esta especie contiene alcaloides capaces de matar rápidamente a un ser humano. Incluso tocarla con las manos desnudas puede resultar peligroso.

Ante todo, habría que concretar qué entendemos por «natural». La definición más habitual es la de todo aquello que esté libre de ingredientes sintéticos, artificiales o de aditivos. Por tanto, nada de compuestos químicos sintetizados en el laboratorio que, según sus detractores, son malísimos, a diferencia de lo natural, que parece intrínsecamente beneficioso.

Bien, vayamos por partes. Las plantas, al igual que los hongos, llevan cientos de millones de años evolucionando, compitiendo con otros organismos y tratando de sobrevivir. Puesto que no tienen la movilidad de los animales, disponen de otras armas para defenderse… o atacar. Concretamente, de armas químicas. La evolución ha generado auténticos laboratorios vivos, capaces de producir moléculas increíbles. Algunas nos sirven de alimento. Otras nos curan. Pero otras pueden matarnos o hacer que deseemos estar muertos.

Amanita phalloides es un hongo beneficioso para la salud de los bosques, pues vive en simbiosis con las raíces de ciertos árboles. ¿Cabe pensar en algo más «natural»? Una sola de esas setas contiene suficiente veneno para convertir el hígado de un hombre adulto en una ruina.

Hay plantas y hongos de los que se pueden obtener productos «naturales» capaces de pudrirnos el hígado, dejarnos sin riñones, abrirnos llagas en la piel, provocarnos un paro cardíaco, volvernos locos… Como ejemplo, pueden consultarse estas entradas que escribí en el blog FdeT sobre los venenos de las setas. Y por otro lado, hay moléculas sintéticas, obtenidas en el laboratorio, que han bajado drásticamente la tasa de mortalidad infantil, que nos curan de las enfermedades, que nos hacen vivir más tiempo y mejor.

Las cosas no son buenas o malas por el mero hecho de ser naturales o sintéticas. Son buenas si mejoran nuestra calidad de vida, y malas si nos la desgracian o son peligrosas para el medio ambiente. Punto. Por tanto, a la hora de alabar o censurar algo, hay que aportar argumentos, no encerrarse en tópicos y consignas. A los seres humanos nos gusta simplificar el mundo que nos rodea, poner etiquetas, crear dicotomías. Sobre todo, para saber si algo es bueno o malo sin complicarnos la vida. Por desgracia, el cosmos no es solo en blanco y negro. Hay muchos más colores y matices de gris. Al respecto, amigo lector, permítenos un inciso. He aquí un enlace a un interesante artículo en el diario EL PAÍS acerca de esta manía humana de simplificar el mundo.

Por eso hay que ser cautos a la hora de confiar ciegamente en la medicina tradicional. Sí, nos proporciona remedios bastante buenos, pero nuestros antepasados también se equivocaban. Y cuando lo hacían, lo hacían a lo grande. 🙂

Los antiguos descubrieron muchos remedios para nuestros achaques a base de experimentar, de observar la naturaleza, de ensayos y errores, de éxitos y fracasos. Así, hallaron curas para la tos, para calmar el dolor, evitar infecciones, paliar síntomas… Pero no siempre los presuntos remedios y medicinas tenían ese origen. Y eso nos lleva a la teoría de las signaturas.

Esta teoría no es exclusiva de la civilización occidental, sino que se da en muchas culturas. Parte de la creencia de que el mundo fue creado para nuestro uso y disfrute; o sea, para servirnos. Los antiguos no creían en que las cosas ocurrieran por azar, sino que todo debía tener un propósito. Animales, plantas, hongos, minerales y demás debían estar ahí para algo. De ahí se derivaba que las divinidades, piadosas ellas, habían puesto signos en plantas, etc., para que los humanos supiéramos para qué servían.

Lobaria pulmonaria 010108aDebido a su aspecto, se creía que el liquen Lobaria pulmonaria podía ser un remedio para curar las enfermedades pulmonares (fuente: en.wikipedia.org)

Así, por ejemplo, las nueces serían buenas para el cerebro, dada su forma. O un liquen como Lobaria pulmonaria tendría que curar las dolencias pulmonares. O cualquier cosa con aspecto fálico debía servir para combatir la disfunción eréctil, tal como expliqué en esta entrada sobre el «hongo maltés» en el blog FdeT. 🙂

Como el lector habrá deducido, los remedios basados en la teoría de las signaturas sólo aciertan por casualidad. Las cosas pueden tener una forma similar sin que eso implique una relación entre ellas. Y animales, plantas y demás no han sido puestos ahí para que nos sirvan. Sintetizan compuestos químicos que pueden ser tanto beneficiosos como perjudiciales para nosotros. Conviene que seamos prudentes antes de utilizarlos.

Esto sería incluso divertido si no fuera porque conlleva consecuencias trágicas. Basándose en la teoría de las signaturas, la medicina oriental propugna que el cuerno de rinoceronte, por su forma, es un remedio ideal contra la impotencia. Esta creencia tradicional no tiene ninguna base. El cuerno está compuesto de queratina, igual que el pelo o las uñas. Pero esto está llevando a varias especies de rinocerontes a la extinción.

La medicina tradicional, igual que la «oficial», ha de ser sometida al escrutinio crítico. No debemos aceptar las cosas simplemente porque les hayamos puesto una determinada etiqueta. Y la Ciencia puede ayudarnos, pues suele ser la herramienta más adecuada para proporcionarnos datos con los que tomar decisiones informadas.

Primer contacto (y VI)

En las entradas previas hemos comentado las posibles causas del triunfo de los europeos durante la Conquista de América. Nos hemos basado en el libro Armas, gérmenes y acero, de Jared Diamond (por cierto, National Geographic hizo una serie de tres documentales sobre esta obra; puede hallarse en YouTube). Básicamente, la disponibilidad de cultivos agrícolas generadores de gran cantidad de excedentes, más la abundancia de grandes herbívoros fácilmente domesticables, dio un tremendo impulso a la civilización en Eurasia. Y ello no se debió a una supuesta superioridad racial; sencillamente, fue cuestión de suerte. El entorno proveyó de más y mejores recursos.

Y por si faltaba algo, los nativos americanos tuvieron que enfrentarse a otro escollo en la carrera hacia una sociedad tecnológica: la geografía. Concretamente, la forma de los continentes.

MapaMudo1

Observemos el mapa del Viejo Mundo. El principal eje de comunicaciones va, grosso modo, de este a oeste. Eso quiere decir que si algo o alguien viaja a lo largo de él, podrá encontrar regiones de clima parecido. Y no sólo eso: también será similar el fotoperiodo, es decir, la variación de la duración del día y la noche a lo largo del año. En el ecuador y zonas tropicales no suele haber diferencias estacionales. En cambio, mientras más nos acerquemos a los polos, más largos serán los días en verano y más cortos en invierno. Esto último es esencial para las plantas, que suelen sincronizar sus ciclos vitales con las horas de luz y oscuridad. Si nos movemos en una misma banda de latitud, el fotoperiodo será similar.

Así, cuando los recursos naturales del Creciente Fértil se agotaron por culpa de la sobreexplotación y los cambios climáticos, los agricultores (y ganaderos) pudieron llevarse sus plantas (y animales) bien hacia Europa, al oeste, o bien hacia Persia y la India, al este. No tuvieron problemas a la hora de adaptarse a entornos, climas y fotoperiodos similares. Así, al cabo de los siglos, fue posible que plantas originarias de India y China, como los naranjos y los limoneros, crecieran sin problemas a orillas del Mediterráneo.

Más importante aún: no sólo las personas, las plantas y los animales domésticos viajaron de Oriente a Occidente. También lo hicieron las ideas. ¿Una sociedad inventaba el alfabeto? Pues otras captaban la idea y la adoptaban. ¿Otra forjaba armas y herramientas de hierro? Las vecinas la copiaban. Y las vecinas de las vecinas. ¿Un general espabilado hacía la guerra de modo más eficaz? Ojos atentos tomaban nota. Y así, si una sociedad avanzada colapsaba, sus avances no se perdían necesariamente, pues otros los habían asimilado. Sobre todo, si disponían de algo tan poderoso como la escritura, que permitía transmitir el saber a mucha mayor distancia que la comunicación oral. En el siglo II había imperios y reinos civilizados desde las costas atlánticas hasta orillas del Pacífico. E incluso en los siglos más oscuros, el saber se preservaba en algún sitio.

MapaMudo2

En cambio, fijémonos en el mapa de las Américas. El eje principal de comunicación va, más o menos, de norte a sur. Para ir de Norteamérica a Sudamérica hay que atravesar zonas con climas y fotoperiodos muy distintos. Un cultivo adaptado a las diferencias estacionales de las zonas templadas no crece bien en los trópicos o el ecuador. Además, el istmo de Panamá supone un cuello de botella tropical que dificulta el tránsito entre las zonas templadas del norte y el sur.

Como consecuencia, el tráfico de cultivos y animales domésticos de unas sociedades a otras se demoró o se detuvo. Mientras que, por ejemplo, en el Viejo Mundo la gente criaba cerdos desde la Península Ibérica hasta Nueva Guinea, la llama no pudo pasar a Norteamérica. Y lo mismo ocurrió con los conocimientos.

Los mayas disponían de un sistema de escritura, pero la idea no pudo llegar hasta los incas, que seguramente la habrían adoptado y desarrollado a su manera. Cuando una cultura caía, en muchos casos también lo hacían sus logros. Las sociedades americanas estaban más aisladas entre sí que las euroasiáticas. El flujo de personas, animales, plantas e ideas era mucho más reducido. Y así les fue.

Para concluir: el fatídico resultado de ese «primer contacto» que fue la Conquista resultó inevitable. Y no se debió a que los europeos fueran más listos o crueles que los americanos. Desechemos de una vez el racismo: los seres humanos somos similares, independientemente del origen o características físicas. Las sociedades americanas estaban menos desarrolladas que las europeas, y eran más sensibles a las enfermedades, por pura y simple mala suerte. El entorno no les proporcionó las mismas facilidades que a los euroasiáticos. En la carrera hacia la civilización, pese a que eran tan buenos atletas como los demás, tuvieron que salir más tarde y con las manos atadas, valga el símil.

Primer contacto (V)

En efecto, no basta con la Agricultura para erigir una civilización compleja. Es necesario domesticar animales.

Nuestro primer compañero de fatigas fue el perro. Camina y ladra (y defeca) a nuestro lado desde mucho antes de que nos hiciéramos agricultores, cuando vagábamos nómadas por la Tierra, y ha contribuido a hacernos más humanos. Sin embargo, lo que sostiene a una civilización compleja no son los carnívoros, ni las aves de corral. Según Jared Diamond, son los grandes mamíferos herbívoros; animales que viven en manadas con cierto grado de jerarquía interna, como los caballos, vacas, cabras, ovejas…

Los grandes herbívoros son una fuente segura de carne, es decir, de proteínas de gran valor nutritivo, pero no sólo eso. Proporcionan leche, cuero, lana, estiércol y, sobre todo, trabajan para nosotros.

La domesticación de caballos y bueyes supuso un salto cuántico para nuestra especie, el impulso que necesitaba la civilización. Al poder arrastrar un arado, incrementaron la eficacia agrícola: se podían roturar más tierras de manera más rápida. También podían tirar de un carro y llevar cargas imposibles de transportar para un ser humano. Incluso podíamos cabalgar sobre ellos, viajar más rápido que nunca, o convertirlos en armas de guerra.

Claro, no todos los herbívoros se dejan domesticar, o su cría resulta rentable. Algunos tienen un carácter irascible, o tímido, o muerden, o cocean, o se niegan a comer si los encierras. Muchos intentos de domesticación terminaron en fracaso. Jared Diamond hizo cuentas, y afirma que nuestros antepasados tuvieron éxito en 14 ocasiones: cabras, vacas, ovejas, yaks… Pues bien, sólo uno de estos animales fue domesticado originariamente en América: la llama. En Norteamérica y Mesoamérica, ninguno. Los otros 13 casos de domesticación tuvieron lugar en el Viejo Mundo.

olakaseLa llama, único gran herbívoro domesticado en América antes de la Conquista (fuente: http://www.tumblr.com)

¿Por qué?

La respuesta es simple: mala suerte.

Después de las glaciaciones y de que los cazadores-recolectores acabaran con buena parte de la megafauna, los primeros ganaderos tuvieron que probar suerte con los animales que había en las regiones que habitaban. Y por azares de la geografía y la fauna, la mayor parte de grandes herbívoros domesticables se habían quedado en Eurasia. La única excepción fue la llama sudamericana.

Sin grandes herbívoros mansos a su disposición, los americanos partieron con una desventaja insalvable, y no sólo por la mayor dificultad para abastecerse de proteínas. Pongámonos en el lugar de los aztecas, por ejemplo. Sus éxitos de domesticación se redujeron al perro y al pavo. Sin bestias para tirar del arado (es inviable arar un campo con una yunta de pavos o perros), la siembra debía hacerse a mano, con una eficiencia mucho menor. Muchos terrenos son imposibles de roturar sin la potencia muscular de una yunta de bueyes. El rendimiento y, por tanto, los excedentes son menores. La densidad de población que pueden sustentar las cosechas se reduce.

Y sin animales de tiro, ¿qué sentido tenía construir carros con ruedas? Las mercancías debían transportarse a hombros humanos o mediante parihuelas. Tampoco había caballos para montar sobre ellos. Los grandes herbívoros permitieron a las culturas euroasiáticas disponer de una capacidad de trabajo que las precolombinas no podían ni soñar, acarrear cómodamente grandes cargas, viajar más rápido.

Asimismo, no disponer de grandes herbívoros domésticos mató a más del 90% de los americanos.

Como ya dijimos en anteriores entradas, lo que liquidó a la mayor parte de la población nativa no fue el acero, sino la enfermedad. Plagas como la viruela o el sarampión diezmaron a los indígenas americanos, facilitando la conquista europea. Carecían de defensas frente a ellas.

¿Por qué?

La respuesta está en el ganado.

Muchas enfermedades, como la gripe sin ir más lejos, se originan en animales domésticos, mutan y saltan a los seres humanos. Durante milenios, en Eurasia nuestros antepasados convivían con vacas, cabras, pollos y cerdos, muchas veces en las propias casas. Además, la densidad de población era alta, dado que la civilización se había desarrollado antes, permitiendo el surgimiento de ciudades donde la gente vivía hacinada.

Era el entorno ideal para la propagación de epidemias, que podían llegar a convertirse en pandemias. Bacterias y virus saltaban alegremente de los animales a las personas, y se propagaban con rapidez y eficacia.

Burying Plague Victims of TournaiEntierro de víctimas de la peste (fuente: es.wikipedia.org)

Desde que existen registros históricos, Eurasia se ha visto afligida por terribles pandemias. Baste un ejemplo: la peste negra pudo matar al 60% de los europeos en el siglo XIV. Lógicamente, en toda población con diversidad genética habrá individuos más resistentes a las enfermedades que otros. Los supervivientes transmitirán sus genes a la descendencia. Por tanto, a la larga, la exposición a las enfermedades acabará seleccionando a los individuos resistentes. Darwinismo puro y duro.

En América, al carecer de ganado doméstico y con una menor densidad de población, no se dieron las circunstancias para la proliferación de las epidemias. Por tanto, no hubo ocasión para que se seleccionaran los genes de resistencia. Cuando llegó la viruela a América, no halló oposición.

En fin, los americanos tenían todas las de perder. Y por si faltaba algo, la geografía también se conjuró contra ellos. Lo estudiaremos en la próxima (y última) entrada de esta serie.