Inteligencias más o menos alienígenas (y IX)

Para terminar con esta serie de entradas, divirtámonos especulando. ¿Podríamos hallar inteligencia en animales sin cerebro? ¿O en otros seres que no sean animales? Los autores de ciencia ficción ya han escrito sobre eso, y nosotros no vamos a ser menos. Eso sí, nos apoyaremos en la Biología. Pero vayamos por partes. Mejor dicho, por niveles, y hablemos de la organización biológica.

La vida está organizada jerárquicamente, en niveles de organización que van de lo simple a lo complejo. Los elementos de un nivel son los ladrillos del nivel superior. Así, todos estamos compuestos de átomos. Estos, a su vez, forman moléculas, estas orgánulos, luego células, tejidos, órganos, sistemas, organismos, poblaciones, biocenosis, ecosistemas, hasta llegar a la biosfera, que es el conjunto de todos los ecosistemas en nuestro planeta.

Para entender un nivel es necesario fijarse en los niveles inferiores. Por ejemplo, nuestro organismo se compone de diversos órganos que funcionan coordinadamente para mantenernos vivos. A su vez, esos órganos son agrupaciones de células, cada una con vida propia, que trabajan conjuntamente, etc. Podríamos pensar en cualquier ser vivo como una máquina compuesta por piezas que a su vez están hechas por piezas cada vez más pequeñitas. Algo así postulaban los mecanicistas cartesianos, que veían a los seres vivos como autómatas complejos, pero autómatas al fin y al cabo.

Digesting Duck Fuente:  es.wikipedia.org

Sin embargo, en los seres vivos el todo es más que la mera suma de las partes. Por ejemplo, sabemos cómo funcionan las neuronas que componen el cerebro: ondas de despolarización, neurotransmisores… Pero para explicar la mente humana y comprender nuestro comportamiento necesitamos algo más que describir la apretura y cierre de canales de sodio y potasio en las membranas neuronales.

Cuando subimos de nivel en la jerarquía de la vida, aparecen propiedades que no se deducen de las de los niveles inferiores. La inteligencia no aparece en las neuronas individuales. Estas interactúan entre ellas y con el medio y voilà, surge el raciocinio en un nivel superior.

Fuente:  pixabay.com

O pensemos en un hormiguero o un termitero. Los hormigueros figuran entre las entidades más eficaces que podemos encontrar en la naturaleza. En cambio, las hormigas individuales no parecen gran cosa. Sus cerebros son pequeños, se guían por estímulos químicos, sus comportamientos son estereotipados… Pero cuando miramos el hormiguero, es mucho más que una simple suma de hormigas. Un hormiguero se comporta como una entidad capaz de someter a animales de gran tamaño, de soportar catástrofes ambientales, de expandirse, de multiplicarse… Algo que una hormiga aislada sería incapaz de hacer.

No hay nada de sobrenatural en las propiedades emergentes. A partir de las interacciones entre los componentes de los niveles inferiores se genera orden en los niveles superiores. Tiene que ver con la autoorganización, y se da bastante en la naturaleza. Realmente, la vida consiste en una jerarquía de niveles emergentes.

En fin, no profundizaremos en lo de las propiedades emergentes y demás. Es un tema propicio a especulación y controversia. Aquí nos quedaremos con esta idea sobre la que especular: si la inteligencia, la mente, es el resultado de propiedades emergentes, ¿no podría aparecer en otras circunstancias, cuando los sistemas alcanzan cierto grado de complejidad?

Aunque las hormigas de por sí no sean inteligentes, ¿podría serlo un hormiguero? ¿O un termitero? El tema no es nuevo. Puede que al lector le suene este libro: Gödel, Escher, Bach: un Eterno y Grácil Bucle, de Douglas R. Hofstadter. Es una obra ciertamente peculiar, que hace pensar sobre el origen de la autoconsciencia. En uno de sus capítulos (el 10º, concretamente), asistimos a una encantadora, delirante y profunda charla entre varios protagonistas (Aquiles, la Tortuga, el Cangrejo y el dr. Oso Hormiguero) sobre la inteligencia de los hormigueros y cómo se relacionan los distintos niveles que conforman los seres vivos. Recomendamos su lectura, aunque se corre el riesgo de quedarse aún más perplejo que antes. 🙂

Por supuesto, los escritores de ciencia ficción han jugado con la aparición de la consciencia como propiedad emergente. Veamos algunos ejemplos. Por tanto, ojo con los spoilers… 🙂

Bacterias vistas al microscopio (1250 x).

El gran Isaac Asimov, en su novela Némesis (1989), nos presenta un planeta que orbita en torno a una enana roja. En apariencia, la vida que alberga es primitiva, compuesta únicamente por bacterias. No obstante, el conjunto de todas ellas da lugar a una especie de superorganismo inteligente, telépata incluso. Es uno de los mejores ejemplos de propiedades emergentes: complejidad y autoorganización a partir de criaturas tan simples como las bacterias.

Nosotros mismos, modestamente, abordamos el tema en nuestra novela corta El hongo que sabía demasiado (en la antología Vidas extrañas).

Aquí nos basamos en un hongo que existe en nuestro planeta, Armillaria ostoyae. El micelio de uno de estos hongos que vive en el suelo de un bosque de Oregón ocupa unos 9 km2, y probablemente supera los 2400 años de edad. Los finos filamentos que forman su cuerpo, las hifas, van de unos árboles a otros, conectándolos. Podríamos concebir al bosque como un superorganismo hecho a base de árboles y hongos interconectados. Si dejamos volar la imaginación, y pensamos en un bosque del tamaño de un continente, pues… ¿Podría comportarse como una entidad? ¿Sería lo bastante complejo como para adquirir autoconsciencia? 🙂

Pero para idea grandiosa, la del famoso astrónomo Fred Hoyle en su novela La nube negra (1957). En este caso, el superorganismo es una inmensa nube de polvo capaz de navegar entre las estrellas. Su inteligencia es mucho mayor que la nuestra, pero eso no impide que podamos llegar a comunicarnos con ella y… Bueno, no destriparemos el argumento. Animamos al aficionado a la ciencia ficción a que la lea. 🙂

En fin, podríamos seguir buscando más ejemplos literarios, o entrar en el fascinante mundo de la inteligencia artificial (¿podría surgir la inteligencia como propiedad emergente en una máquina?), pero lo dejaremos aquí para no cansarte, amigo lector. Nos basta con sugerir que lo que llamamos inteligencia podría brotar en lugares inesperados, y que puede que no la reconozcamos aunque la tengamos delante de las narices. 😉

Inteligencias más o menos alienígenas (VIII)

Hasta ahora hemos buscado inteligencia en vertebrados como nosotros, con un cerebro encerrado dentro de un cráneo… Variaciones sobre el mismo tema, en el fondo.

Ya en 1555, el naturalista Pierre Belon  ilustró lo similares que eran los esqueletos de humanos y pájaros, ambos vertebrados (fuente: en.wikipedia.org)

No obstante, en el Árbol de la Vida hay muchas otras ramas, ocupadas por seres muy diferentes a nosotros. Algunos de ellos son tan alienígenos que superan lo imaginado por los escritores de ciencia ficción. ¿Puede surgir la inteligencia en animales cuyo cuerpo (y su cerebro) sea completamente diferente?

A los seres humanos nos encantan las dicotomías: clasificar las cosas dividiéndolas de dos en dos. Blanco y negro, sin matices. La dicotomía más básica es la que distingue entre «nosotros» y «ellos». Por lo general, «nosotros» es un grupo bien descrito, con características bien definidas. Y todo lo que no quepa ahí va a parar al cajón de sastre de «ellos». Un cajón de sastre que suele ser mucho más amplio y heterogéneo que el reducido «nosotros».

Incluso hoy, en el siglo XXI, en los libros de texto se sigue dividiendo a los animales en vertebrados (como nosotros) e invertebrados.

He aquí un libro excelente para empezar a comprender a otras criaturas con mentes complejas pero muy distintas a la nuestra.

¿Qué son los invertebrados? Pues todos aquellos animales no vertebrados. 🙂 El problema es que ahí se incluyen seres tan diferentes como una esponja, un calamar, una medusa, una mariposa, una estrella de mar… Criaturas cuyos cuerpos y órganos, entre ellos el cerebro (si es que lo tienen), no se parecen en nada.

Hace mucho tiempo que los biólogos no tenemos en cuenta esa dicotomía a la hora de clasificar los animales. De hecho, el reino animal se divide en filos (en latín phylum, plural phyla). Cada filo corresponde a una forma diferente de organización corporal. Los vertebrados ni siquiera llegan a la categoría de filo, sino que son una parte del filo de los cordados. Y dentro de los invertebrados hay más de 30 filos diferentes. Ahí es nada… Algunos son muy reducidos y agrupan a seres minúsculos o extraños, de los que casi nadie ha oído hablar: micrognatozoos, ciclióforos, entoproctos, placozoos… Otros nos resultan más familiares: artrópodos (insectos, arácnidos, crustáceos…), equinodermos (estrellas y erizos de mar), cnidarios (medusas, corales), poríferos (esponjas), etc.

Por lo que sabemos, la separación entre los principales filos es antiquísima. Seguramente se dio antes de la explosión cámbrica, hace 541 MA. Desde entonces, cada filo ha evolucionado a su manera. Ya hemos visto que en el filo de los cordados aparecimos especies sociales, con cerebro grande. ¿Y en los demás?

La verdad, muchos de esos filos incluyen a animales pequeños, incluso microscópicos. Algunos, como los artrópodos (pensemos en los insectos) han tenido un éxito evolutivo enorme, pero este se basa en el pequeño tamaño y la alta tasa de reproducción, entre otras cosas. Nada de cerebros grandes en los filos de invertebrados… Excepto en uno.

La sepia o jibia es uno de los  moluscos más notables.

El filo de los moluscos es uno de los más exitosos y diversos. En el se distinguen hasta 7 clases que han sobrevivido hasta la actualidad. Centrándonos en las más conocidas, tenemos a los bivalvos: almejas, mejillones, berberechos… Viven bien protegidos por sus conchas, y ni siquiera necesitan cerebro. En serio: son animales descerebrados, literalmente hablando. A pesar de eso, les va bastante bien: mares, ríos y lagos están llenos de ellos.

Babosa o limaco.

Los gasterópodos incluyen a caracoles, babosas y similares. Tampoco es que tengan un cerebro enorme. De hecho, como en muchos invertebrados, el sistema nervioso está bastante «descentralizado». En vez de un cerebro grande, poseen numerosos ganglios repartidos por el cuerpo.

Pulpo.

Pero los cefalópodos son harina de otro costal. Calamares, pulpos, sepias… Ellos sí que tienen cerebros de buen tamaño. Para no extendernos demasiado, nos fijaremos en los pulpos (aunque las sepias también son bastante espabiladas).

Un pulpo tiene 3 corazones, sangre azul y 9 cerebros: el principal y uno en cada tentáculo (fuente:  voynetch.com)

Si hay criaturas realmente alienígenas en nuestro planeta, son los pulpos (orden: octópodos). Poseen unn cerebro con casi tantas neuronas como el de un perro, pero organizado de forma bien distinta, repartido en buena medida entre los tentáculos…

Fuente:  http://www.100cia.site

Los pulpos exhiben un comportamiento complejo. Son muy adaptables, tienen capacidad de aprender, de imitar a otros animales, pueden incluso manipular objetos o usarlos como herramientas…

Algunos pulpos pueden valerse de conchas e incluso de cocos para esconderse de los depredadores y tender emboscadas a sus presas (fuente:  pixabay.com)

Su cuerpo flexible puede meterse casi por cualquier sitio. La piel experimenta asombrosos cambios de textura y color que permiten expresar sus estados de ánimo y comunicarse con otros congéneres. Incluso parece que los pulpos sueñan.

En cautividad, los pulpos son capaces de abrir botes con tapón de rosca, superar laberintos, reconocer a sus cuidadores, apagar las luces que les molestan mediante chorros de agua… Otra lectura recomendable sobre las habilidades de los pulpos es:

¿Cómo puede haber surgido un cerebro tan grande en un animal más bien solitario y poco social?

Los cefalópodos más primitivos se movían por los mares protegidos por una concha en la que encerraban su cuerpo blando, pero en la línea evolutiva que llevó a los pulpos, esta concha desapareció, en aras de la rapidez y la flexibilidad.

Numerosos animales, entre ellos los seres humanos, opinan que los pulpos son un apetitoso manjar (fuente:  okdiario.com)

Los pulpos son depredadores que cazan presas muy diversas, desde cangrejos hasta peces. Por otra parte, en el mar hay muchas criaturas que comen pulpos: un bocado exquisito de carne blanda, desprotegida. Por tanto, los pulpos tuvieron que desarrollar un comportamiento muy flexible, tanto para cazar como para evitar ser cazados. A diferencia de otros moluscos, aquí si que ayuda tener un cerebro grande y complejo.

Los pulpos son inteligentes, mucho. Pero uno se pregunta de qué les sirven ese cerebro, esa inteligencia, si mueren a los 3 años de edad o poco más. Se reproducen y adiós. La esperanza de vida varía en las diversas especies de pulpo, pero suele oscilar entre 6 meses y 5 años.

Suena trágico, pero la naturaleza es así. En el fondo, lo que importa es la capacidad de transmitir los genes a lo largo del tiempo. Los pulpos crecen muy rápido y se reproducen pronto. Las hembras ponen un montón de huevos que cuidan hasta que eclosionan y sus paralarvas se liberan al plancton. Luego, la hembra muere. Los machos también. Ya han cumplido.

En cuanto llega el momento de reproducirse, los pulpos están condenados a muerte. Los cambios hormonales que sufren conllevan un efecto secundario: las glándulas digestivas se inactivan. Ya no podrán alimentarse y morirán de inanición. El hecho de que hayan desarrollado un cerebro tan grande y que sean bastante inteligentes resulta irrelevante. A la naturaleza no le importa. Para ella, el bienestar de las criaturas individuales, sean pulpos, gallinas o seres humanos es indiferente.

Los pulpos contrastan con los seres humanos. En animales sociales, como nosotros, la experiencia de las abuelas cuenta mucho. Durante miles de siglos, su conocimiento ha sido la diferencia entre la vida y la muerte. La supervivencia de las abuelas hasta más allá de su periodo fértil incrementa la supervivencia del grupo. Se trata de una ventaja evolutiva, y así se ha seleccionado. Aparentemente, para los pulpos, criaturas más bien solitarias, la longevidad no aporta gran cosa a la supervivencia de la especie. Por tanto, no se ha seleccionado.

¿Podría hacerlo en el futuro? A saber. La evolución no prevé el futuro. Las mutaciones, los cambios, suceden al azar, y el medio selecciona. Es lo que hay.

¿Cómo evolucionarán los pulpos en el futuro? Cthulhu sabrá… 🙂 (fuente:  pixabay.com)

En la siguiente entrada terminaremos con esta serie de inteligencias más o menos alienígenas, palabra de honor. 🙂

Inteligencias más o menos alienígenas (VII)

En la entrada anterior especulamos sobre lo que podría haber ocurrido si los dinosaurios hubieran sobrevivido hasta hoy, quizás evolucionando hasta originar especies inteligentes. En concreto, nos fijamos en el clado (rama del árbol de la vida) de los dinosaurios manirraptores: rápidos, ágiles, cerebro grande…

Algunos dinosaurios manirraptores (fuente: es.wikipedia.org)

Cuando el Mesozoico llegó a su fin, hace unos 66 millones de años, de los dinosaurios solo sobrevivieron unos manirraptores que se habían adaptado a volar: las aves. ¿Por qué ninguna de ellas ha evolucionado hasta originar una especie inteligente? ¿O lo han hecho, y no nos hemos dado cuenta? 🙂

Un excelente libro para empezar a comprender cómo funciona la mentalidad de las aves es El ingenio de los pájaros, de Jennifer Ackerman. Pero antes de entrar en materia, mejor será que hagamos unas puntualizaciones.

Hay que tener algo claro sobre la evolución: carece de propósito. Tampoco parte de cero, pues los seres vivos debemos cargar con la herencia de nuestros antepasados. Las adaptaciones se apañan con lo heredado; no crean nuevas estructuras de la nada, ni las recuperan por arte de magia. Por ejemplo, cuando los ancestros de las ballenas retornaron al mar, no desarrollaron branquias. Tenían pulmones, y con ellos debieron apechugar. Por muy adaptados que estén al mundo acuático, los cetáceos se ahogan como usted y como yo si no respiran aire.

La herencia recibida por las aves dificulta su evolución hacia especies tecnológicas. Más que nada, porque las aves vuelan, y a lo largo de millones de años eso ha condicionado su anatomía.

Por un lado, las extremidades delanteras de las aves se convirtieron en alas, así que ya no les sirven para manipular objetos, como en el dinosauroide. Esa labor tiene que ser llevada a cabo por las patas y el pico, pero no son tan versátiles como nuestras manos.

Por otro lado, si necesitas mantenerte en el aire, debes reducir peso como sea. Los dinosaurios manirraptores ya estaban preadaptados para eso, con huesos huecos, que pesan menos pero mantienen la estabilidad estructural. En las aves ha desaparecido la vejiga, el hígado es de tamaño reducido, solo poseen un ovario funcional… Como se ve, han ido soltando lastre a lo largo de su evolución. Y entre los órganos que han debido miniaturizarse para pesar poco figura el cerebro.

Cerebros de diversas aves (fuente: medicalxpress.com)

Desde siempre se ha tildado a las aves de tontas, comparadas con los exitosos mamíferos. De hecho, sus cerebros son más pequeños en promedio, pero eso no quiere decir que sean menos eficaces. Proceden de otra rama del árbol de la vida, la de los dinosaurios, y sus neuronas no están organizadas como las de nosotros, los sinápsidos. Están empaquetadas de modo mucho más eficaz: más neuronas, ocupando menos espacio y, por tanto, pesando menos. Hay quien afirma que si  nuestro cerebro fuera un PC, el de las aves sería un Mac… 🙂

Comparación entre cerebros de ave y mamífero (fuente: medicalxpress.com)

Por cierto, su herencia de dinosaurio también les ha dado otras ventajas a las aves. Ven mucho mejor que nosotros, sobre todo a la hora de discriminar el color. Sus pulmones también son más eficaces… No obstante, por lo general seguimos pensando que los pájaros son más bien tontos. Expresiones como «cabeza de chorlito» son insultantes. 🙂

Fuente: generadordememesonline.com

Sin los estudiamos sin prejuicios, descubrimos que las aves, con sus pequeños cerebros, pueden hacer maravillas. Véase el libro de Ackerman: las increíbles construcciones de los pergoleros, la capacidad de orientarse de las palomas mensajeras, las habilidades de los pájaros cantores, la adaptación a los entornos urbanos de gorriones y otras especies…

Por supuesto, no todas las aves son iguales. Hay dos grupos que destacan por sus capacidades mentales. Uno es la familia de los córvidos. Otro es el orden psitaciformes. O sea, cuervos y loros, para entendernos.

Los córvidos demuestran poseer inteligencia social. Pueden reconocerse en un espejo, aplican la reciprocidad, exhiben inteligencia emocional… Como buenos animales sociales, son capaces de recordar las relaciones dentro del grupo, e incluso reconocer las caras de sus amigos humanos. También pueden confeccionar sus propias herramientas complejas, adaptándose a las situaciones e incluso innovando. Y esto último es una medida de cognición. También se ha observado en estas aves la transmisión cultural: la fabricación de herramientas no es algo instintivo, sino que se adquiere por aprendizaje, de padres a hijos.

E incluso les gusta jugar, otra muestra de inteligencia: 🙂

Y ¿qué decir de los loros, cacatúas y sus parientes?

Además, los loros pueden aprender a hablar y a comunicarse con los humanos. Es muy conocido el caso de Alex, un loro gris africano que… Mejor será que vean el vídeo. 😉

Hemos infravalorado a las aves, y no solo a ellas. Tenemos la manía, mejor dicho, obsesión, de que los humanos somos algo distinto, aparte de la naturaleza. Sin embargo, como cualquier otro ser vivo, hemos surgido por evolución. Somos el extremo de una de las incontables ramas del árbol de la vida. Nuestras habilidades, nuestras emociones, tienen un origen muy antiguo, y cabe deducir que también pueden haberse desarrollado, en mayor o menor medida, en otros animales. No obstante, muchos consideran ofensiva la mera idea de que los animales puedan tener emociones, e incluso cierto grado de inteligencia. En fin, hay gente para todo. 🙂

En la próxima entrada nos ocuparemos de otros animales que realmente parecen alienígenas…

Inteligencias más o menos alienígenas (V)

Hemos buscado trazas de inteligencia en los primates (entre los cuales nos incluimos) y los delfines, sobre todo a partir de las investigaciones de John C. Lilly (1915-2001). Es el turno de fijarnos en otros órdenes de mamíferos. Volvemos a recomendar el libro Mentes maravillosas, de Carl Safina.

El orden de los proboscídeos incluye a los elefantes. Actualmente sólo sobreviven tres especies: el elefante asiático (Elephas maximus), el elefante africano de selva (Loxodonta cyclotis) y el elefante africano de sabana (L. africana). Este último es el mamífero terrestre vivo de mayor tamaño. Nos centraremos en él.

Salvo que se indique lo contrario, las imágenes proceden de: pixabay.com

Por lo que hemos visto en entradas anteriores, da la impresión de que la inteligencia está reservada a los animales sociales carnívoros u omnívoros. Las proteínas se digieren bastante mejor que la celulosa, por lo que los animales vegetarianos necesitan aparatos digestivos largos y complejos, a diferencia de los intestinos mucho más cortos de los carnívoros. Una barriga con tripas cortas necesita menos energía para su uso y mantenimiento. Así, la energía sobrante queda disponible para otras cosas; por ejemplo, alimentar un cerebro mayor.

Probablemente, el cambio de dieta fue lo que impulsó el aumento de la capacidad craneal en nuestros antepasados australopitecos (junto a la postura bípeda, claro está). Además, los carnívoros cazan presas, que suelen empeñarse en no ser cazadas. Eso es un incentivo para desarrollar comportamientos inteligentes y, en el caso de las especies sociales, fomenta el trabajo en equipo.

Los elefantes, vegetarianos ellos, son la excepción. Sí, tienen una panza enorme, pero es que también son unos animales gigantescos. Y en una cabeza grande puede caber un cerebro grande. Bueno, una cosa no implica necesariamente la otra, pues a lo largo de la historia de la vida se han dado criaturas gigantescas con cerebros diminutos. No obstante, los elefantes son un caso especial.

Aunque sean animales cuadrúpedos, poseen un órgano tan versátil como una mano, una herramienta multipropósito: la trompa. Para manejarla y procesar la información que proporciona al organismo se requieren muchas neuronas; o sea, propicia el desarrollo de un gran cerebro. Además, son animales sociales. Sus grupos están dirigidos por una matriarca veterana, rodeada de otras hembras, crías y jóvenes. Los machos van por ahí, solitarios o en pequeños grupos, buscándose la vida.

Sobrevivir en la sabana es duro. De acuerdo, el gran tamaño supone una buena protección contra los depredadores, pero otros peligros acechan. Sobre todo, la sequía y la escasez de alimento en unos ecosistemas que dependen de las lluvias estacionales. En ese caso, la experiencia de la matriarca, que puede vivir décadas, supone la diferencia entre la vida y la muerte de la manada.

En resumen: todo ha conspirado para la evolución de un cerebro tan complejo como el humano en los elefantes. De siempre se ha dicho que los elefantes nunca olvidan. Es cierto. Su memoria es prodigiosa. La necesitan para poder moverse por su entorno, saber quién es quién en las distintas manadas y familias, identificar peligros, recordar en qué lugares hay agua… Pueden reconocerse a sí mismos en un espejo, comunicarse a grandes distancias mediante infrasonidos… Son inteligentes, en suma. Aprender a comprenderlos nos ayudaría a buscar y entender posibles mentes alienígenas.

Por desgracia, tienen también unos magníficos colmillos. El comercio ilegal del marfil los está llevando a la extinción. La destrucción de sus hábitats, también. Por cierto, cuando se mata a una matriarca no sólo liquidamos a una criatura maravillosa, sino a años de experiencia acumulada esencial para la supervivencia de su manada. Las elefantas supervivientes suelen ser más jóvenes e inexpertas.

Fuente: http://www.publico.es

El futuro de los elefantes es sombrío. Buscamos inteligencia en las estrellas, pero la estamos matando en nuestro planeta.

Para terminar con los mamíferos, cambiemos de tercio y consideremos el orden de los carnívoros. Nos fijaremos ahora en otra especie quizá no tan brillante intelectualmente como las anteriormente consideradas. O tal vez sí, pues las supera en algunos aspectos. Hablemos de lobos.

El lobo, Canis lupus, presenta numerosas subespecies en Eurasia y Norteamérica. Tal vez no sean tan impresionantes como los grandes felinos, pero a los lobos se les ha dado bastante bien. Son predadores que trabajan en equipo. Un lobo solitario puede tener problemas para sobrevivir; en cambio, una manada bien estructurada resulta temible. Y como Darwin dijo, los animales sociales son proclives a adquirir inteligencia. En una manada hay que saber quién es quién, quién manda y quién obedece, recordar amistades y pasados agravios, tener empatía… Y capturar presas con letal eficacia.

Los lobos competían por la caza con los seres humanos. Por eso, desde tiempo inmemorial, los perseguimos, demonizamos, odiamos y conducimos al declive y, en el caso de algunas subespecies, a la extinción. Sin embargo…

Hace unos 40.000 años, una subespecie de lobo empezó a acercarse a nuestros antepasados. Probablemente eran carroñeros, y buscaban los desperdicios que dejábamos. Nuestros antepasados acabaron por tomarles cariño a aquellos bichos; especialmente, a los menos agresivos. Podían servir para alertar de la presencia de intrusos, ayudaban a cazar… Eran animales sociales, tanto ellos como nosotros, y eso facilitó la colaboración. Así evolucionó una nueva subespecie de lobo, Canis lupus familiaris: el perro.

No era la primera vez que ocurría algo similar. La selección natural no solo premia a los más agresivos o los más veloces. La colaboración también puede incrementar las posibilidades de sobrevivir y transmitir los genes a la descendencia. En esta ocasión, el experimento funcionó. Fue curioso: dos especies muy distintas e inteligentes coevolucionando, aprendiendo a comprenderse la una a la otra. También nos proporcionan una oportunidad para tratar de entender mentes distintas a las nuestras.

Fuente: adaptado de memebase.cheezburger.com

Suscribimos un pacto no escrito. Era un pacto justo: a cambio de comida, los perros nos protegían, nos ayudaban a cuidar el ganado, nos hacían compañía, servían para cazar… En verdad, los perros nos hicieron un poco mejores como especie. Los perros leen las emociones humanas mejor que cualquier otro animal. Se han adaptado a nosotros. Y viceversa. Confiamos en ellos, pues fuimos capaces de permitir que un carnívoro capaz de arrancarte la cara de un mordisco cuidara de nuestros seres queridos. Y ellos también confiaron en nosotros. Les dábamos comida y cariño.

Pasaron los milenios. Los perros siguieron cumpliendo su parte del trato, fieles ellos. Muchos humanos también. En cambio, otros lo olvidaron. Los traicionaron. Los abandonaron.

Un servidor de ustedes tal vez no sea objetivo en este tema, pues adoptó un perro mestizo (a través de una protectora de animales) hace ya una década. Es curioso cómo un animal de otra especie puede integrarse con naturalidad en una familia humana; como biólogo, me sigue maravillando que mentes tan distintas puedan entenderse. En fin, me temo que cuando abandone este valle de lágrimas nos dejará hechos polvo.

Para terminar la entrada, podría dar mi opinión sobre los que traicionan el pacto y abandonan a sus perros. Mejor que eso, suscribo lo dicho por el escritor Arturo Pérez-Reverte. Es difícil ser más conciso a la vez que certero:

En la próxima entrada dejaremos de buscar inteligencia en los mamíferos, y la buscaremos en otras ramas del Árbol de la Vida.

Inteligencias más o menos alienígenas (IV)

En nuestro breve repaso a la inteligencia animal, nos fijaremos en otras ramas del árbol de los mamíferos que, por lo que sabemos, empezaron a separarse incluso antes del fin de la era de a los dinosaurios, hace unos 66 millones de años.

El cerebro grande y el comportamiento complejo no son exclusivos del orden de los primates. Se han dado en otros que, a diferencia de nosotros, no poseen manos con dedos y pulgares oponibles, algo que ayuda mucho al manejo de herramientas. Por tanto, esas inteligencias interactuarán con su entorno de modo diferente al nuestro, aunque también tengamos puntos en común.

Un libro altamente recomendable sobre el tema de esta entrada es: Mentes maravillosas, de Carl Safina. Su lectura, aparte de sugerirnos cómo piensan y sienten diversas especies animales, también nos encoge el corazón, pues estamos acabando con ellas. Llevamos camino de convertirnos en la única inteligencia sobre la Tierra, por aniquilación de todas las demás. 😦

Salvo que se indique otra cosa, las imágenes proceden de pixabay.com

En la década de 1950, el polifacético investigador John C. Lilly (1915-2001) logró que calase en la cultura popular la idea de que los delfines eran criaturas muy inteligentes (incluso más que nosotros) con un cerebro enorme y un lenguaje complejo. Quizá sobreestimó las capacidades mentales de estos cetáceos, y probablemente su lenguaje diste mucho de la capacidad de transmitir conceptos abstractos que tiene el humano. En todo caso, Lilly contribuyó a que empezaran a promulgarse leyes para proteger a los mamíferos marinos.

Actualmente, gracias al registro fósil y a la comparación de genomas, los cetáceos se incluyen en el orden Artiodáctilos (mamíferos con pezuñas y nº par de dedos), junto a cerdos, vacas, camellos, antílopes o hipopótamos (estos últimos son sus parientes vivos más cercanos). Cuesta trabajo hacerse a la idea de que un delfín o una ballena estén estrechamente emparentados con una cabra, pero es lo que hay. 🙂

Cladogram of Cetacea within ArtiodactylaFuente: en.wikipedia.org

La historia evolutiva de los cetáceos es bien conocida por los paleontólogos, y puede revisarse aquí. Hace unos 50 millones de años, en lo que hoy es la India y Pakistán, algunos artiodáctilos primitivos, probablemente carnívoros o carroñeros, fueron adaptándose a la vida en el mar, y a lo largo de millones de años acabaron convirtiéndose en delfines, ballenas y similares. Los artiodáctilos que se quedaron en tierra evolucionaron hacia una dieta herbívora, pero eso ya es otra historia.

A lo largo de su evolución, los cetáceos perdieron sus patas traseras, mientras que las delanteras y la cola se convirtieron en aletas. Se diversificaron enormemente; unos grupos desaparecieron, pero otros prosperaron y sus descendientes han llegado hasta hoy (para ser diezmados por los seres humanos). Por un lado están los misticetos: las ballenas, carentes de dientes, que se alimentan por filtración. Por otro lado, los odontocetos: cachalotes, delfines, zifios, marsopas, y similares, carnívoros muy activos que desarrollaron unas características sumamente interesantes.

Aparte de su excelente adaptación al medio marino y la ecolocalización (orientación mediante sonidos, como el sonar en los submarinos y otras embarcaciones), la clave de su éxito está en sus relaciones sociales. Así, igual que en los primates, tenemos la combinación mágica: cerebro grande y vida social compleja. En las comunidades de cetáceos, cada individuo necesita saber quién es quién en el grupo, ponerse en el pellejo del otro, adivinar sus intenciones… La evolución de una mente compleja resultó inevitable.

Carecer de manos dificulta el desarrollo de una tecnología avanzada. Además, el hecho de vivir en el agua impide el uso del fuego, una de las herramientas más valiosas de nuestros ancestros para dominar su entorno. Sin embargo, la vida social de los delfines y sus parientes es extremadamente compleja. Y pueden reconocerse en un espejo, y tienen nombres para cada uno de los miembros del grupo, y… También disponen de mucho tiempo libre, que emplean en jugar, tener relaciones sexuales de todo tipo… No es una mala vida, por lo que parece. 🙂

Unas criaturas sin tecnología, que flotan ingrávidas en el agua, con un lenguaje complejo, que interactúan con el mundo a base de recibir ecos… Si queremos ensayar cómo comunicarnos con especies alienígenas, ahí están los delfines para ello.

Su complejo comportamiento social no solo se debe a los genes, sino que, al igual que en los seres humanos y otros primates, tienen cultura. Entiéndase por cultura la transmisión de conocimientos y actitudes  mediante el aprendizaje (a diferencia de los instintos, que son heredados). Eso hace que distintas poblaciones de animales puedan desarrollar diferentes tradiciones en el empleo de herramientas, etc. Esto ha sido demostrado en primates como los chimpancés, pero también se da en los delfines. En concreto, en la especie de delfín de mayor tamaño: la orca. Sí, a pesar de que se la conoce como ballena asesina no es una ballena, sino que pertenece a la familia de los delfines.

Los científicos que se ocupan de estudiar las orcas en libertad han descubierto que no se trata de una especie homogénea (Orcinus orca), sino que actualmente está evolucionando en varias subespecies o incluso especies diferentes. Y, en realidad, la responsable de este proceso de especiación es la cultura. Es algo bastante interesante y, de paso, nos servirá para comentar cómo funciona la evolución.

Para que aparezcan nuevas especies es necesario que las poblaciones queden aisladas, sin que haya transmisión de genes entre ellas. Así, cada población podrá cambiar a su manera y, con el tiempo, dará lugar a una especie nueva, tan distinta de sus antiguos parientes que serán incapaces de reproducirse entre sí.

¿Cómo se logra que los miembros de dos poblaciones dejen de aparearse entre sí? El caso más habitual es por la aparición de una barrera física que lo impida (especiación alopátrica). Un ejemplo puede verse en la evolución de los chimpancés. Hace un millón de años, dos poblaciones de los antepasados de los chimpancés quedaron aisladas a ambas orillas del río Congo. La del norte dio lugar al chimpancé común (Pan troglodytes), el más familiar para nosotros: grande, más agresivo, con sociedades dominadas por los machos. La del sur se convirtió en el bonobo (Pan paniscus), de menor tamaño y más pacífico, tal vez porque sus grupos están dominados por las hembras. 🙂

Pero hay otra posibilidad: la especiación simpátrica. Dos poblaciones pueden vivir en el mismo lugar, pero los miembros de una no se mezclan con los de la otra aunque no haya una barrera física que lo impida. ¿Cómo es posible? Pues, por ejemplo, porque esas poblaciones adquieran distintas costumbres a la hora de alimentarse o moverse. Así, no coincidirán en tiempo o lugar a la hora de aparearse.

En el caso de las orcas, la causa de la formación de nuevas especies es la existencia de tradiciones culturales diferentes. Unas poblaciones pueden especializarse en capturar salmones junto a la costa; otras, en alimentarse de focas; otras, en cazar tiburones… Cada uno de estos grupos de orcas irá, poco a poco, desarrollando un idioma diferente, unas costumbres diferentes… Al cabo de los siglos, llegarán a considerarse extranjeras. No se entenderán entre ellas. Por tanto, no se cruzarán. Y cuando los siglos se vayan convirtiendo en milenios, al no haber flujo de genes entre esas poblaciones, acabarán divergiendo tanto que llegará un momento en que no podrán reproducirse. Serán incompatibles. Tendremos nuevas especies. Eso puede estar pasando en las orcas. Como se ve en esta ilustración, las distintas poblaciones antárticas de orcas están empezando a adquirir aspecto diferente (y  lo mismo ocurre en otros océanos del mundo):

Killer Whale Types esTipos de orcas australes (fuente: es.wikipedia.org)

A este paso, en poco tiempo (geológicamente hablando) habrá numerosas especies de orcas, y todo debido a su inteligencia y diversidad cultural. Por desgracia, los seres humanos estamos destruyendo las culturas de orcas, otros delfines, cachalotes, ballenas… Al dejarlos sin alimento, al matarlos, al convertirlos en payasos de circo, no sólo acabamos con sus cuerpos, sino con sus tradiciones. Es un crimen horrible, mírese como se mire.

Ah, un aviso a los que quieren rescatar delfines, orcas y demás y liberarlos en santuarios naturales. Puede que se trate de individuos que sufran problemas psicológicos por culpa de la cautividad, que carezcan de identidad cultural, o que simplemente no sean capaces de valerse por sí mismos. Por otro lado, tal vez mezclemos en estos santuarios a individuos que, aunque parezcan de la misma especie, tengan tradiciones culturales distintas. Los seres humanos no somos los únicos xenófobos. Por ejemplo, en el Pacífico Norte, parece que las orcas residentes (que se alimentan de salmones en la costa) y las transeúntes (que comen otros mamíferos marinos) no se llevan bien, precisamente. Si las juntamos, probablemente acabaremos liándola parda, disculpen la expresión…

En la próxima entrada, veremos más mamíferos bastante espabilados. 🙂

Inteligencias más o menos alienígenas (III)

Si queremos hallar otras especies inteligentes, parece lógico empezar a buscar entre los parientes más próximos de Homo sapiens: chimpancés (Pan troglodytes) y bonobos (Pan paniscus). Nuestro último antepasado común pudo vivir hace unos 7 millones de años. Desde entonces hemos seguido caminos bien diferentes, pero seguramente muchas de las características que nos hacen humanos ya estaban presentes en nuestros ancestros, y los chimpancés y otros simios las han heredado también.

En las entradas anteriores hemos comentado los prejuicios que arrastramos y que han impedido considerar incluso la existencia de algún tipo de inteligencia en otros seres. Además, la forma de estudiar el comportamiento animal tampoco ha ayudado a la hora de enfrentarnos a inteligencias no humanas.

En su libro El simio y el aprendiz de sushi, el primatólogo Frans de Waal se lamenta de la metodología del conductismo a la hora de estudiar las capacidades mentales en otras especies. Aparte de que esta escuela considera a los animales como máquinas de estímulo-respuesta que podían ser adiestradas, básicamente sólo han trabajado con ratas o palomas. Los conductistas tienden a generalizar las conclusiones obtenidas con estos animales. No tienen en cuenta que cada ser vivo es producto de una historia evolutiva diferente. ¿En qué puede parecerse la forma de ver el mundo de una paloma con la de un chimpancé? Esto debe tenerse en cuenta a la hora de diseñar experimentos.

Asimismo, pensemos en cómo se realizan los experimentos para comparar las capacidades mentales de un simio y un niño pequeño. Este último suele estar acompañado de sus padres, en un ambiente confortable, e incluso puede que los padres, de forma inconsciente, ayuden en sus respuestas a los tests. En cambio, los monos carecen de ese apoyo emocional. Probablemente, unos operarios les obligan a realizar unas pruebas sin mostrar la más mínima empatía. Unas pruebas que, seguramente, a los simios les aburren o no les interesan. En tal caso, las harán mal o se negarán a colaborar, pero eso no se debe a que sean tontos. Es que el asunto les importa un rábano, simplemente. 🙂

En realidad estos primates, cuando se enfrentan con ciertos desafíos, pueden ser incluso más espabilados que nosotros. En el vídeo, comprobamos que la velocidad con la que el chimpancé Ayumu memoriza y reproduce secuencias numéricas en una pantalla táctil es asombrosa (y muy perturbadora para aquellos que piensan que hay un profundo abismo que nos separa de los simios).

Un libro que nos hizo ver con otros ojos a los chimpancés fue La política de los chimpancés, del primatólogo holandés Frans de Waal. Tras muchos años de observar atentamente la colonia de chimpancés del zoo de Arnhem, nos mostró a unas criaturas de comportamiento complejo, que tejían y destejían alianzas, empáticas, con capacidad de previsión, astutas, solidarias, mentirosas… Fascinantes, en suma. Era lo que cabía esperar de un animal social con cerebro grande.

En posteriores libros de este autor, se refuerza la idea de que las diferencias entre chimpancés y otros grandes primates y nosotros son de grado, pero no de esencia. O sea, lo que Darwin ya había barruntado. Por si te interesa profundizar en el tema, amigo lector, te recomendamos esta obra de Frans de Waal: ¿Tenemos suficiente inteligencia para entender la inteligencia de los animales? Buena pregunta… 🙂

En la familia de los homínidos, aparte de Homo sapiens, chimpancés y bonobos, están los gorilas (hay dos especies, Gorilla gorilla y G. beringei) y los orangutanes (hay tres especies, Pongo pygmaeus, P. abellii y P. tapanuliensis). La rama del árbol de la vida que contiene a humanos y chimpancés se escindió de la de los gorilas hace unos 10 millones de años, mientras que la separación de la rama común de humanos, chimpancés y gorilas se apartó de la de los orangutanes hace unos 18 millones de años.

Hominidae (extant species)Las ocho especies de la familia de los Homínidos que han sobrevivido hasta hoy (Fuente: en.wikipedia.org)

Parece mucho tiempo, pero en realidad es un parpadeo si se compara con los 4000 millones de años que tiene la historia de la vida en la Tierra. Demasiado poco tiempo para que las diferencias sean abismales. Hay inteligencia en los simios, pero es demasiado similar a la nuestra. No tan compleja, aunque la familiaridad es evidente.

En fin, si queremos averiguar si otras inteligencias tienen algo en común con la nuestra, dejemos a nuestros parientes más cercanos y viajemos hacia atrás en el tiempo. Por ejemplo, unos 40 millones de años. En esa época, los monos (infraorden Simiiformes) se escindieron en dos grandes grupos. Por un lado quedaron los catarrinos, es decir, los monos del Viejo Mundo, de los que más tarde evolucionaría nuestra familia. Por otro lado, en América, quedaron los monos del Nuevo Mundo, los platirrinos. ¿Podemos encontrar en estos parientes más lejanos algunas características que consideramos humanas?

Pues sí. Los monos capuchinos, por ejemplo, son capaces de comprender el concepto de equidad. En un famoso experimento, se enseñaba a dos capuchinos a realizar una tarea (entregar una piedra) y se les recompensaba por ello. A uno se le daba una rodaja de pepino, mientras que al otro, por hacer exactamente lo mismo, se le daba una sabrosa uva. En el vídeo resulta evidente el cabreo que pilla el pobre capuchino al que se le recompensa con el insípido pepino. Está claro lo que opina: «¡No es justo!». 🙂

Parece claro que la base de nuestra inteligencia, de nuestra moral, de lo que al fin y al cabo nos hace humanos, surgió hace mucho en primates sociales, y la selección natural se encargó del resto. Pero ¿esta inteligencia compleja apareció únicamente en la rama del árbol de la vida de los primates? ¿O se da en otros animales?

En próximas entradas seguiremos retrocediendo en el tiempo, a ver qué nos encontramos… 🙂

Inteligencias más o menos alienígenas (II)

Antes de considerar si hay animales dignos de ser llamados inteligentes, contaremos la anécdota que el primatólogo Frans de Waal incluye en su libro El simio y el aprendiz de sushi, ya que ilustra perfectamente la actitud negativa hacia nuestro presunto parentesco con otros primates que denunciaba Darwin.

En el zoo de Londres se puso de moda una atracción protagonizada por los chimpancés. Estos fueron adiestrados para que tomaran el té sentados a la mesa. Nada nuevo; hacía décadas que en otros zoos se ofrecían espectáculos similares: simios imitándonos y haciendo el ridículo. En el fondo, además de divertida, esta actividad resultaba (y resulta) tranquilizadora. Nos creemos distintos al resto de la naturaleza, superiores, al margen de ella. Como mucho, los animales sólo pueden ofrecer un pobre remedo de nuestras cualidades humanas.

El problema era que a los chimpancés les costaba muy poco aprender a tomar el té, comportándose a la mesa con las mismas buenas maneras que cualquier hijo de la Gran Bretaña. Lo hacían demasiado bien, y eso podía aburrir e incluso perturbar a los espectadores. Al fin y al cabo, eran simples animales; se suponía que, si nos copiaban, tendrían que hacerlo mal. Entonces, ¿por qué eran tan parecidos a nosotros?

Por eso, no tuvieron más remedio que adiestrar a los chimpancés para que hicieran el ridículo a propósito, poniéndose los platos por sombrero y cosas así. De este modo, la gente podía reírse de ellos. Al fin y al cabo, resultaba evidente que eran animales inferiores, incapaces de actuar como nosotros. Absurdos, irracionales. No humanos.

Fuente: prints.paimages.co.uk

A veces da la impresión de que, más que incomodidad, hay personas que sienten pánico cuando se les sugiere que nuestras diferencias con otros animales son de grado, no de esencia. En otras entradas comentamos el caso de H. P. Blavatsky. En La Doctrina Secreta, Blavatsky se soliviantaba cada vez que salía el tema de nuestros posibles antepasados simiescos. Basta leer entre líneas: no podía soportarlo.

Pero seamos justos: a la hora de enfrentarse a la posible inteligencia animal, no todos opinaban lo mismo. Es interesante citar al que probablemente fue el mejor escritor de la Ilustración española, Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764). Este monje benedictino gallego es uno de los mejores ensayistas en nuestro idioma. Sorprende la modernidad de alguno de sus escritos. Cosa rara, logró ser muy respetado en su época. Como él mismo se definía:

Yo, ciudadano libre de la República de las Letras, ni esclavo de Aristóteles ni aliado de sus enemigos, escucharé siempre con preferencia a toda autoridad privada lo que me dictaren la experiencia y la razón.

Benito Jerónimo FeijooBenito Jerónimo Feijoo (Fuente: es.wikipedia.org)

Puede consultarse su obra en la Biblioteca Feijoniana. Sobre el tema que nos ocupa, la inteligencia de los animales, merece la pena leer, en su Teatro crítico universal, tomo 3º (1729), el discurso nono, titulado Racionalidad de los brutos:

De Polo a Polo se apartaron unos de otros algunos Filósofos en sus opiniones, respecto de los brutos. Unos están tan liberales con ellos, que los conceden discurso: otros tan escasos, que les niegan aun sentimiento. ¡Discordia portentosa!

En efecto, hay dos extremos: quienes atribuyen a los animales una mentalidad similar a la humana y, por otro lado, quienes defienden que los demás animales son incapaces incluso de sentir. Como bien decía Feijoo:

Volviendo, pues, a la cuestión sobre los brutos, digo, que unos Filósofos les niegan sentimiento, y otros les conceden discurso. Caudillo de los primeros se debe reputar Renato Descartes, quien afirmó que no son los brutos otra cosa que unas estatuas inanimadas, cuyos movimientos dependen únicamente de la figura, y disposición orgánica de sus partes, según la varia determinación que les da la unión de los objetos que las circundan. Esta es una consecuencia forzosa del sistema filosófico de Descartes.

Feijoo admiraba a René Descartes (1596-1650), pero no estaba dispuesto a aceptar acríticamente todo lo que el sabio francés afirmaba. Sobre todo, porque Feijoo era un hombre muy culto, había leído mucho y, además, observaba a los animales. Así:

Entre las dos opiniones extremas propuestas, una, que les niega sentimiento a los brutos; otra, que les concede discurso; parece la más razonable la comunísima, que tomando por medio de las dos, les niega discurso, y les concede sentimiento. No obstante, yo sin afirmar positivamente cosa alguna en esta materia, propondré algunas razones, que me hacen fuerza, por la sentencia que les atribuye inteligencia, y discurso, para que pasen por el examen de los Sabios, y sirvan a la diversión de los curiosos. […]

Serían racionales con racionalidad de inferior orden a la del hombre […]. El discurso del bruto es muy inferior al del hombre, tanto en la materia, como en la forma. En la materia, porque sólo se extiende a los objetos materiales, y sensibles; ni conoce los entes espirituales, ni las razones comunes, y abstractas de los mismos entes materiales. Tampoco es reflexivo sobre sus propios actos.

Prudente, el bueno de Feijoo: se sitúa en un término medio. Además, había algo que lo indignaba. Los cartesianos, ya que consideraban a los animales desprovistos de sentimientos, opinaban que no sufrían. Por tanto, no tenían inconveniente en destriparlos visos para estudiar su anatomía. Sí, vivos. Podían viviseccionar a un pobre perro sin que les afectaran los aullidos de dolor de la pobre criatura. Al fin y al cabo, esos chillidos no significaban nada, pues el animal no sentía, a diferencia de los seres humanos.

Esa actitud horrorizaba a Feijoo. Lo dejó bien claro en una de sus Cartas eruditas y curiosas. Concretamente, en el Tomo 3º (1750). Carta XXVII: Si es racional el afecto de compasión, respecto de los irracionales. Probablemente, los cartesianos consideraban que los defensores de los animales eran unos blandengues, y Feijoo contraataca. Aunque la cita sea un poco larga, merece la pena:

Pintaron a Vmd. mi genio tan delicadamente compasivo, que no sólo me conmueve a conmiseración los males, o infortunios de los individuos de la especie humana, mas aun los de las bestias. Y el motivo porque Vmd. dificulta el asenso a esta noticia, es porque ella le representa un corazón afeminado, estando Vmd. hasta ahora en la persuasión de que le tengo muy valeroso, por las pruebas que he dado de fortaleza de ánimo, en la firmeza con que me he mantenido contra tantos émulos como me han atacado, y aun sin cesar me están atacando.

Es cierto, señor mío, que mi genio en la propriedad de compasivo es cual a Vmd. se le han pintado. De modo, que no veo padecer alguna bestia de aquellas, que en vez de incomodarnos, nos producen varias utilidades, cuales son casi todas las domésticas, que no me conduela en algún modo de su dolor; pero mucho más, cuando sin motivo alguno justo, sólo por antojo, o capricho las hacen padecer. Cuando advierto, que están para torcer el pescuezo a una gallina, o entrar el cuchillo a un carnero, aparto los ojos por no verlo. Pero esta compasión no llega al que acaso algunos llamarían necio melindre, y otros grado heroico, de conmiseración de meterme a medianero para evitar su muerte. Veo que ésta es conveniente, y así me conformo a que la padezcan. Nunca en los muchos viajes, que hice, usé de la espuela con las caballerías que montaba, sino lo muy preciso para una moderada jornada, y miraba con enojo, que otros por una levísima conveniencia no reparasen en desangrar estos pobres animales. Siempre que veo un muchacho herir sin qué, ni por qué a un perro con una piedra, quisiera estar cerca de él para castigar con dos bofetadas su travesura.

¿Pero esto es ser de corazón afeminado? Nada menos. Dista tanto lo compasivo de lo apocado, que los Filósofos, que más observaron la conexión de unos vicios con otros, hallaron, que el de la crueldad es en alguna manera propria de los cobardes. Y en las Historias se ve, que rarísimo hombre muy animoso fue notado de inhumano; siendo al contrario comunísima en Príncipes cobardes la crueldad. […]

Es para mí certísimo, que este genio conmiserativo hacia las bestias prueba un gran fondo de misericordia hacia los de la propria especie […]. Y al contrario siento, que en un corazón capaz de sevicia hacia las bestias no cabe mucha humanidad hacia los racionales. Ni puedo persuadirme a que quien se complace en hacer padecer un bruto, se doliese mucho de ver atormentar a un hombre.

O sea, compasivo no es lo mismo que blandengue. Más tiene que ver con la empatía. Y una vez dejado claro que la crueldad es propia de cobardes, es el turno de criticar a los cartesianos y su  manía de tratar a los animales como meras máquinas sin sentimientos:

Advierto a Vmd. que lo que he escrito en esta Carta en ninguna manera comprehende a los Filósofos Cartesianos, los cuales en orden al asunto de ella son gente privilegiada; porque como sólo reconocen los brutos en cualidad de máquinas autómatas, desnudas de todo sentimiento, sin el menor escrúpulo, o el más leve movimiento de compasión, pueden cortar, y rajar en ellos, hacerlos gigote, abrasarlos, aunque sea a fuego lento; bien que deberán usar en ello de dos precauciones, la una de no hacer ese estrago sino en los brutos, que están a su disposición; pues si son ajenos, aunque éstos como meros autómatas no lo sientan, lo sentirán sus dueños: la otra, que no se tomen esa diversión delante de los que no son Sectarios de Descartes, por no moverlos a lástima, o compasión.

Bien sea por tener al ser humano en muy alta estima, bien sea por mala conciencia por lo mal que tratamos a los animales, el caso es que los científicos, durante mucho tiempo, negaron inteligencia a los animales. Incluso ya en el siglo XX, estaba muy mal visto caer en el antropomorfismo, es decir, otorgar cualquier característica humana a otros animales. Un ejemplo: una pionera en el estudio del comportamiento de los primates como Jane Goodall, cuenta las críticas que recibió por el hecho de dar nombres a los chimpancés que observaba, en vez de números o asépticos códigos. En esta página web puede verse el vídeo y leerse la transcripción de la entrevista. Lo que comentamos aparece a partir del minuto 12:50.

Sí, el antropomorfismo es un peligro. Cada especie es única, con su propia historia evolutiva que la ha hecho ser lo que es. Pero todos los animales compartimos unos antepasados más o menos lejanos, una biología, unos cerebros. Negarles sentimientos o motivaciones a otras especies puede ser tan equivocado como el antropomorfismo. Las posturas extremas suelen nublar nuestro entendimiento a la hora de buscar o comprender otras especies inteligentes.

En la próxima entrada nos ocuparemos de los primates.

Inteligencias más o menos alienígenas (I)

Un tema recurrente en la ciencia ficción es el del contacto con inteligencias alienígenas. Podemos encontrar obras para todos los gustos, desde algunas con extraterrestres que hablan nuestro idioma (el inglés, como no podía ser menos) y no hay problema para comunicarse con ellos, hasta otras en las cuales la Humanidad se enfrenta a formas de vida completamente incomprensibles.

Fuente: todas las imágenes de esta entrada proceden de pixabay.com

Esto nos lleva a plantearnos algunas cuestiones. ¿Sería posible el diálogo, si no tenemos nada en común? ¿Existe algo que pueda ser universalmente comprendido? ¿Las Matemáticas, quizá? ¿O ni con esas? Por otro lado, ¿seríamos capaces de reconocer una inteligencia alienígena si nos topáramos con ella, o pasaría desapercibida?

Es difícil dar respuestas. Quizá sea mejor dejar de mirar por un momento a las estrellas y fijarnos en nuestra propia biosfera. ¿Seríamos capaces de reconocer otras especies inteligentes aquí, en la Tierra?

Si algo caracteriza a nuestra cultura occidental, es la manía de colocar al ser humano en un pedestal. Nos consideramos algo aparte del resto de la naturaleza: seres superiores que se distinguen del resto de los animales, entre otras cosas, por la inteligencia. También por más características que consideramos humanas: la autoconciencia, la empatía, el sentido de la justicia, prever el futuro, hacer planes… De hecho, para muchas personas supone un insulto lo de llamarnos «animales». Estamos por encima de ellos, pues los simples animales carecen de esas características que hemos enunciado. Así se pensaba. Era algo sabido, bien establecido.

Hasta que llegó Charles Darwin.

Junto con Alfred R. Wallace, Darwin propuso su teoría de la evolución de las especies por selección natural. Más de siglo y medio después, ha resistido todos los intentos de tumbarla y se ha convertido en una de las teorías científicas más sólidas que existen. Desde la publicación del Origen de las especies (1859), se admite que cada especie procede de otra anterior. Las mutaciones, la selección ejercida por el entorno y mucho, pero que mucho tiempo, han creado la maravillosa biodiversidad que podemos contemplar hoy (y que estamos destruyendo a marchas forzadas, dicho sea de paso).

Pero Darwin no sólo puso patas arriba (y le dio sentido) a la Biología. También lanzó un torpedo a la línea de flotación de nuestras creencias más arraigadas. Si unas especies proceden de otras anteriores, nosotros no íbamos a ser la excepción. Así, en 1871 publicó El origen del hombre. Un libro valiente, en el que defendió, con todos los datos que pudo recopilar, que nuestra especie desciende de otras que la precedieron en el tiempo.

Las citas de El origen del hombre que incluimos en esta entrada se han extraído del capítulo XXI (Resumen general y conclusión):

Vemos así que el hombre desciende de un mamífero velludo, con rabo y orejas puntiagudas, arbóreo probablemente en sus hábitos y habitante del mundo antiguo […]. Los cuadrumanos y todos lo mamíferos superiores descienden probablemente de un antiguo marsupial, el que venía a su vez, por una larga línea de formas diversas, de algún ser medio anfibio, y este nuevamente de otro animal semejante al pez. En la espesa oscuridad del pasado adivinamos que el progenitor primitivo de todos los vertebrados debió ser un animal acuático provisto de branquias […]. Ese animal debió parecerse con ventaja a las larvas de las actuales ascidias marinas sobre toda otra forma conocida.

Hoy nos admiramos al comprobar cómo Darwin, en el siglo XIX, acertó de pleno. Nuestro cuerpo es producto de las mutaciones y la selección natural. Pero… ¿y nuestra mente?

El presente alto nivel de nuestras facultades mentales y morales es, sin duda, la dificultad mayor con que se tropieza para adoptar la conclusión indicada sobre el origen del hombre. Mas aquel que admita el principio de la evolución debe reconocer que las facultades mentales de los animales superiores, que en naturaleza son lo mismo que las humanas, aunque en grado diferente, son susceptibles de perfeccionamiento.

Para Darwin, no es un problema admitir que la inteligencia surgió por presiones evolutivas. Al fin y al cabo, la inteligencia (evidenciada por la posesión de cerebros grandes) proporciona innegables ventajas a los animales, y la selección natural tenderá a favorecerla.

Sin embargo, el ser humano no se caracteriza solo por su inteligencia. ¿Y la moral? Seguro que algo tan elevado no se da en los animales, ¿verdad? Darwin también tenía algo que decir al respecto:

El desarrollo de las cualidades morales es problema de mayor interés. Su fundamento descansa en los instintos sociales, comprendiendo en este término los lazos de familia. Estos instintos son en extremo complejos […]; pero sus elementos más importantes son el amor y el afecto especial de la simpatía. Los animales dotados de instintos sociales sienten deleite en mutua compañía, se previenen unos a otros del peligro y defienden de muchas maneras. Estos instintos no se extienden a todos los individuos de una misma especie, sino solamente a los de la misma tribu o comunidad. Como son en alto grado beneficiosos para la especie, es probable que se hayan adquirido por la selección natural.

Como veremos en la siguiente entrada, parece que Darwin dio en el clavo.  En los animales sociales (eusociales, si utilizamos la jerga técnica) con cerebro grande, debido a la complejidad que requiere vivir en comunidad, la selección natural favorecerá todo aquello que sirva para que el grupo sea más eficaz y se mantenga cohesionado: la capacidad de ponerse en la piel del otro, saber el lugar que cada uno ocupa en la jerarquía, solidaridad, empatía, sentido de la equidad… Si al grupo le va bien, sus miembros prosperarán.

Por cierto, Darwin también dejó caer que ahí podría estar el origen de la tendencia a la xenofobia, ya que nuestros antepasados evolucionaron en grupos pequeños, pero dejaremos el tema para otra ocasión.

No podemos resistirnos a citar el último párrafo de El Origen del hombre:

Debemos, sin embargo, reconocer que el hombre, según me parece, con todas sus nobles cualidades, con la simpatía que siente por los más degradados de sus semejantes, con la benevolencia que hace extensiva, no ya a los otros hombres, sino hasta a las criaturas inferiores, con su inteligencia semejante a la de Dios, con cuyo auxilio ha penetrado los movimientos y constitución del sistema solar -con todas estas exaltadas facultades- lleva en su hechura corpórea el sello indeleble de su ínfimo origen.

En resumen, las diferencias entre el resto de animales y nosotros son de grado, no esenciales. Indiscutiblemente, nuestras capacidades culturales, tecnológicas y lingüísticas son muy superiores a los de otras especies, pero no exclusivas, ni han aparecido de la nada. Han surgido por evolución y están presentes, de forma más o menos rudimentaria, en otras criaturas. En suma, lo que nos hace humanos ya había aparecido en otras especies. Nosotros lo heredamos de nuestros ancestros y, gracias a la evolución cultural, llevamos esa herencia hasta grados asombrosos de complejidad.

Muchos no puedieron (ni pueden) soportar ese hecho. Ya lo advirtió Darwin:

La principal conclusión a que llegamos en esta obra, es decir, que el hombre desciende de alguna forma inferiormente organizada, será, según me temo, muy desagradable para muchos.

Y es que milenios de tradición cultural pesan bastante. Nuestra cultura bebe principalmente de dos fuentes: el mundo grecolatino y la tradición bíblica. Y en ambos casos se nos ha considerado como algo aparte, superior al resto de la naturaleza. Quizá sea porque en el Mediterráneo Oriental no había grandes primates, para recordarnos que, en el fondo, no somos tan distintos.

Pero ¿son realmente inteligentes otros animales? Tal vez estemos buscando señales de vida inteligente en las estrellas, y seamos incapaces de reconocerla en nuestro entorno. En la próxima entrada nos ocuparemos de nuestros parientes más cercanos, los simios y otros primates. Y no nos quedaremos ahí… 🙂

Relaciones que no lo son (y II)

En la entrada anterior vimos la diferencia entre correlación y relación. Confundirlas conlleva caer en la falacia cum hoc ergo propter hoc. Citamos de la Wikipedia:

Cum hoc ergo propter hoc (en latín, ‘con esto, por tanto a causa de esto’) es una falacia que se comete al inferir que dos o más eventos están conectados causalmente porque se dan juntos. Esto es, la falacia consiste en inferir que existe una relación causal entre dos o más eventos por haberse observado una correlación estadística entre ellos. Esta falacia muchas veces se refuta mediante la frase «correlación no implica causalidad».

No podemos evitarlo, amigo lector; los seres humanos tendemos a pensar que si dos sucesos ocurren más o menos a la vez, uno de ellos causa el otro. Además, nos sentimos cómodos con la creencia de que todo ocurre con un propósito. Nos cuesta aceptar que las cosas suceden en muchas ocasiones por azar, que a la naturaleza le importan un comino nuestros prejuicios o que se cumplan nuestros anhelos.

En resumen, es difícil que se nos meta en la cabeza que dos sucesos pueden darse a la vez sin estar conectados. Cuando hay una correlación entre A y B, inmediatamente pensamos que existe una relación y que A es la causa de B. Pero puede que B sea la causa de A. O que haya un factor oculto (o más de uno) que conecte A y B. O que todo se deba al capricho del azar.

Por ejemplo, si calculáramos el coeficiente de correlación entre la calvicie masculina y la deforestación de la jungla en el sudeste asiático, probablemente obtendríamos un valor próximo a +1. En efecto, puede comprobarse que conforme nos vamos quedando calvos, la jungla va desapareciendo. ¿Quiere eso decir que la calvicie provoca la deforestación? ¿O es a la inversa? ¿Hay algún factor oculto que conecta ambos fenómenos? ¿O se debe a una simple casualidad? 🙂

Como siempre viene bien un poco de humor, recomendamos encarecidamente echar un vistazo al sitio web de Spurious Correlations (Correlaciones espurias), cuyo autor es Tyler Vigen. Asimismo, se puede adquirir el libro en papel o la versión Kindle.

La lectura de Correlaciones espurias es muy divertida, incluso hilarante. T. Vigen se dedicó a buscar correlaciones, a cuál más disparatada. Así, encontramos que hay una correlación positiva muy fuerte entre la cantidad de gente que se ahoga en una piscina y el nº de películas en las que aparece Nicholas Cage. O entre el consumo de queso y el nº de personas que mueren enredadas en las sábanas de su cama. O entre el nº de personas que mueren ahogadas al caerse de un barco de pesca y la tasa de matrimonios en Kentucky. O entre la tasa de divorcios en Maine y el consumo de margarina. O… 😀

Fuente: tylervigen.com/spurious-correlations

Divertido, sin duda, pero Correlaciones espurias debería hacernos meditar. T. Vigen nos advierte de que los seres humanos estamos biológicamente inclinados a reconocer patrones, pero que la correlación sólo significa que dos cosas varían juntas. No siempre las correlaciones tienen sentido. Peor aún: el autor señala el peligro del uso impropio de la Estadística.

No es demasiado complicado hallar correlaciones entre las cosas más extrañas. El método se llama «data dredging» (o «data fishing», que podría traducirse como pesca de datos). Se trata de comparar la serie de datos que nos interese con cientos (o miles) de otras series de datos. Comparamos y comparamos sin cesar, hasta tropezarnos con alguna correlación. Así, a lo bruto, en vez de diseñar experimentos cuidadosos que estudien esas comparaciones una a una (que es como debe hacerse).

Hoy, los ordenadores nos permiten manejar ingentes cantidades de datos, mediante algoritmos sencillos. Esto nos facilita hallar muchas correlaciones entre series de datos sin relación alguna (sobre todo, si el nº de datos que se comparan no es muy grande).

T. Vigen usó el «data dredging» para hallar correlaciones graciosas. Sin embargo, a pesar del humor, el libro tiene un lado muy serio. Las gráficas pueden mentir. Las correlaciones no tienen por qué indicar una conexión causal subyacente. Ay, el «data dredging» permite hallar muchas relaciones espurias… Las correlaciones pueden llevarnos por el mal camino si las empleamos incorrectamente. Incluso las gráficas pueden ser engañosas. La forma de representarlas no es tan inocente como parece.

Un ejemplo es el libro The Bell Curve (1994), de Richard J. Herrnstein y Charles Murray. Mucho debate ha habido sobre él, pues aborda un tema espinoso: relaciona el cociente intelectual (CI) con la raza. Y había una correlación: los negros americanos tenían un CI inferior al de los blancos.

Las críticas a The Bell Curve no se centran en su racismo más o menos explícito, sino en el uso tremendamente chapucero que hace de la Estadística para llegar a tales conclusiones. Dejando aparte si tiene sentido reducir algo tan complejo como la inteligencia humana a un único número (CI), y si nuestra especie puede dividirse en razas según el color de la piel (¿por qué no definimos las razas basándonos en la intolerancia a la lactosa, por ejemplo?), los autores caen en la falacia que hemos comentado antes: confunden correlación con causación. ¿Hay una correlación entre la raza y el CI? Pues ambos factores tienen que estar ligados, ¿no? Y de ahí a proponer que la inteligencia, igual que el color de la piel, están condicionados por los genes hay un paso muy pequeño.

Hay otras explicaciones a esa correlación. Por ejemplo, que a lo largo de los siglos, a ciertos grupos (negros, pobres, mujeres…) se les haya negado o dificultado el acceso a una educación de calidad. Algo que se puede arreglar, por cierto, con políticas de igualdad, que ofrezcan a todo el mundo las mismas oportunidades. Pero claro, si las diferencias de inteligencia tuvieran una base biológica, no merecería la pena gastar el dinero público en esas políticas, ¿verdad?

Como el lector habrá deducido, libros al estilo de The Bell Curve son del agrado de los sectores más reaccionarios, aquellos que quieren dejar las cosas tal como están, pues el statu quo es algo que les parece natural. Algún día hablaremos del darwinismo social, que repugnaba al propio Darwin. El uso de la Estadística puede no tener nada de inocente. Por eso es bueno adquirir unos conocimientos matemáticos básicos: hace más difícil que nos vendan milongas.

Actualmente, con el auge de las pseudociencias y el pensamiento mágico, cada dos por tres leemos en la prensa que los científicos han «descubierto» una relación entre algún aparato o alimento y ciertas enfermedades. Tratemos todas esas noticias con espíritu crítico.

Pensemos en un ejemplo hipotético: se ha hallado una correlación entre el uso de hornos microondas y el Alzheimer (me lo estoy inventando, insisto). En efecto, tras recopilar un montón de datos, se llega a la conclusión de que los países con más microondas per cápita tienen una mayor incidencia de Alzheimer. Ergo, hay una relación, nos aseguran, al tiempo que despotrican contra la vida moderna, las ondas electromagnéticas y mil cosas más.

Pues probablemente no. Comprar un microondas cuesta dinero. Por tanto, en los países más ricos es más fácil hacerse con un microondas. Y, por regla general, los países más ricos tienen también mejores servicios, son más seguros y disfrutan de un mejor sistema sanitario. Por tanto, la gente vive más tiempo. Y cuando la esperanza de vida es mayor,  es más probable morir de enfermedades asociadas a la edad, como el Alzheimer o el cáncer, que de otras más típicas de países pobres (enfermedades infecciosas, inanición, muertes violentas, etc.).

En fin, sabemos que fomentar el espíritu crítico no está de moda, pero no cejaremos en el empeño. 🙂

Feliz Año Nuevo, amigo lector.

NOTA: Salvo que se indique lo contrario, las imágenes han sido tomadas de pixabay.com, libres de derechos de autor.

 

Relaciones que no lo son (I)

Cada dos por tres nos encontramos en los medios de comunicación con noticias en las que se afirma que los científicos han hallado una relación entre el consumo de ciertos alimentos y diversas enfermedades, entre las líneas de alta tensión y el cáncer, entre el manejo de teléfonos móviles y problemas de salud, etc. Se trata, en muchos casos, de noticias sensacionalistas que buscan un titular impactante. Más aún: muchas de estas supuestas relaciones no son tales. Debemos aguzar nuestro sentido crítico. Por lo general, cuando los científicos leemos algo al estilo de «La Ciencia dice que…», nos echamos a temblar. 🙂

Lo que ocurre es que muchos estudios se limitan a detectar correlaciones, no relaciones. Y no es lo mismo; no, señor. O dicho más finamente, correlación no implica causalidad. Intentaremos explicarlo, porque las correlaciones las carga el diablo. 🙂

Empecemos por lo básico, citando, cómo no, de la Wikipedia:

En probabilidad y estadística, la correlación indica la fuerza y la dirección de una relación lineal y proporcionalidad entre dos variables estadísticas. Se considera que dos variables cuantitativas están correlacionadas cuando los valores de una de ellas varían sistemáticamente con respecto a los valores homónimos de la otra: si tenemos dos variables (A y B) existe correlación entre ellas si al disminuir los valores de A lo hacen también los de B y viceversa. La correlación entre dos variables no implica, por sí misma, ninguna relación de causalidad.

Aclarémoslo con un ejemplo hipotético. Se nos antoja averiguar si existe una correlación entre, pongamos por caso, el consumo de mermelada de pera y la distancia a la que somos capaces de escupir un hueso de aceituna (se han estudiado correlaciones más raras, palabra de honor). 🙂 Nos ponemos manos a la obra, convencemos a unos cuantos voluntarios para que participen y diseñamos unos experimentos en los que les damos determinadas cantidades (en gramos) de mermelada y luego medimos la distancia (en centímetros) a la que arrojan los huesos. Los resultados obtenidos podrían mostrarse en una gráfica:

Hay diversas formas de calcular la correlación entre variables. Una de ellas es el coeficiente de correlación de Pearson. Sin entrar en detalles, este coeficiente puede variar entre +1 y -1. Podría darse el caso de la Fig. 1: las dos variables se comportan de forma similar. Es decir, a mayor consumo de mermelada, más lejos se escupen las aceitunas, o viceversa. En este caso tendríamos un índice de correlación de +1: una correlación positiva perfecta.

En la Fig. 2 vemos lo que ocurriría si se diera el caso contrario: al aumentar el consumo de mermelada de pera, disminuye el vuelo de los huesos de aceituna. Hay una correlación negativa perfecta, con un índice de -1.

En la Fig. 3 nos encontramos con que cada una de las variables va a su aire. Al incrementar el consumo de mermelada, la distancia recorrida por los huesos puede aumentar o disminuir. No percibimos ningún patrón de comportamiento. El índice de correlación es 0. Eso indica que no existe una relación lineal entre ambas variables.

Por supuesto, podrían darse todos los casos intermedios, obteniéndose correlaciones positivas o negativas más o menos fuertes. En fin, el concepto de correlación es sencillo de comprender, ¿no?

Supongamos que el resultado obtenido en nuestro experimento es el que aparece en la Fig. 1: un índice de correlación de +1, o un valor muy próximo a este. Habríamos descubierto que existe una correlación entre ambas variables, sin duda. Y el periodista de turno publicaría en grandes titulares: «Los científicos descubren que hay una relación entre el consumo de mermelada de pera y la habilidad para escupir huesos de aceituna», o algo por el estilo.

¿Seguro? Recordemos la última frase de la definición de la Wikipedia, que resaltamos en rojo:

La correlación entre dos variables no implica, por sí misma, ninguna relación de causalidad.

De acuerdo, el índice de correlación nos indica que esta existe, pero nada más que eso. No nos dice el tipo de relación que hay entre ambas variables. En nuestro ejemplo hipotético, tal vez el consumo de mermelada permita escupir huesos de aceituna más lejos. O quizá sólo nos sugiere que a la gente aficionada a escupir huesos le gusta más la mermelada. O podría tratarse de una relación espuria, fruto de la casualidad, y que ambas cosas no tuvieran nada que ver la una con la otra.

Quédate con esta idea, amigo lector: el índice de correlación sólo nos dice si dos variables varían del mismo modo o no, pero no nos informa acerca de la relación entre ambas variables, ni si una influye en la otra o se trata de una casualidad… Para averiguar si cicha relación existe, necesitamos más estudios, tener en cuenta más factores, etc.

En la próxima entrada veremos algunos ejemplos hilarantes de correlaciones, en las que el azar nos juega malas pasadas. Pero la confusión entre correlación y relación también tiene un lado oscuro, y puede servir para justificar tremendas injusticias sociales o para estafar al prójimo.