Medicina tradicional y espíritu crítico

Mucha gente es partidaria de los remedios que nos proporciona la medicina tradicional o popular (tanto occidental como de otras culturas), por considerarla más «natural» que lo que nos recetan los médicos «oficiales». Y lo natural es bueno, ¿no?

Nadie puede negar el gran valor del saber tradicional, producto de milenios de ensayos, aciertos y errores. Sin duda nos queda mucho que aprender del conocimiento acumulado por nuestros antepasados. Un saber que, por desgracia, se está perdiendo, y creo que tenemos el deber de preservarlo.

Sin embargo, la medicina tradicional, como cualquier otra actividad humana, también puede equivocarse. La fe ciega, tanto aquí como en otros aspectos de la vida, es peligrosísima. Conviene adoptar un sano espíritu crítico: ni negar por sistema, ni aceptarlo todo alegremente.

Volvamos a la medicina tradicional y a sus remedios. El hecho de que sean «naturales» ¿implica necesariamente que sean buenos para nosotros?

¿Hay algo más «natural» que las plantas silvestres, como el acónito? Pues bien, esta especie contiene alcaloides capaces de matar rápidamente a un ser humano. Incluso tocarla con las manos desnudas puede resultar peligroso.

Ante todo, habría que concretar qué entendemos por «natural». La definición más habitual es la de todo aquello que esté libre de ingredientes sintéticos, artificiales o de aditivos. Por tanto, nada de compuestos químicos sintetizados en el laboratorio que, según sus detractores, son malísimos, a diferencia de lo natural, que parece intrínsecamente beneficioso.

Bien, vayamos por partes. Las plantas, al igual que los hongos, llevan cientos de millones de años evolucionando, compitiendo con otros organismos y tratando de sobrevivir. Puesto que no tienen la movilidad de los animales, disponen de otras armas para defenderse… o atacar. Concretamente, de armas químicas. La evolución ha generado auténticos laboratorios vivos, capaces de producir moléculas increíbles. Algunas nos sirven de alimento. Otras nos curan. Pero otras pueden matarnos o hacer que deseemos estar muertos.

Amanita phalloides es un hongo beneficioso para la salud de los bosques, pues vive en simbiosis con las raíces de ciertos árboles. ¿Cabe pensar en algo más «natural»? Una sola de esas setas contiene suficiente veneno para convertir el hígado de un hombre adulto en una ruina.

Hay plantas y hongos de los que se pueden obtener productos «naturales» capaces de pudrirnos el hígado, dejarnos sin riñones, abrirnos llagas en la piel, provocarnos un paro cardíaco, volvernos locos… Como ejemplo, pueden consultarse estas entradas que escribí en el blog FdeT sobre los venenos de las setas. Y por otro lado, hay moléculas sintéticas, obtenidas en el laboratorio, que han bajado drásticamente la tasa de mortalidad infantil, que nos curan de las enfermedades, que nos hacen vivir más tiempo y mejor.

Las cosas no son buenas o malas por el mero hecho de ser naturales o sintéticas. Son buenas si mejoran nuestra calidad de vida, y malas si nos la desgracian o son peligrosas para el medio ambiente. Punto. Por tanto, a la hora de alabar o censurar algo, hay que aportar argumentos, no encerrarse en tópicos y consignas. A los seres humanos nos gusta simplificar el mundo que nos rodea, poner etiquetas, crear dicotomías. Sobre todo, para saber si algo es bueno o malo sin complicarnos la vida. Por desgracia, el cosmos no es solo en blanco y negro. Hay muchos más colores y matices de gris. Al respecto, amigo lector, permítenos un inciso. He aquí un enlace a un interesante artículo en el diario EL PAÍS acerca de esta manía humana de simplificar el mundo.

Por eso hay que ser cautos a la hora de confiar ciegamente en la medicina tradicional. Sí, nos proporciona remedios bastante buenos, pero nuestros antepasados también se equivocaban. Y cuando lo hacían, lo hacían a lo grande. 🙂

Los antiguos descubrieron muchos remedios para nuestros achaques a base de experimentar, de observar la naturaleza, de ensayos y errores, de éxitos y fracasos. Así, hallaron curas para la tos, para calmar el dolor, evitar infecciones, paliar síntomas… Pero no siempre los presuntos remedios y medicinas tenían ese origen. Y eso nos lleva a la teoría de las signaturas.

Esta teoría no es exclusiva de la civilización occidental, sino que se da en muchas culturas. Parte de la creencia de que el mundo fue creado para nuestro uso y disfrute; o sea, para servirnos. Los antiguos no creían en que las cosas ocurrieran por azar, sino que todo debía tener un propósito. Animales, plantas, hongos, minerales y demás debían estar ahí para algo. De ahí se derivaba que las divinidades, piadosas ellas, habían puesto signos en plantas, etc., para que los humanos supiéramos para qué servían.

Lobaria pulmonaria 010108aDebido a su aspecto, se creía que el liquen Lobaria pulmonaria podía ser un remedio para curar las enfermedades pulmonares (fuente: en.wikipedia.org)

Así, por ejemplo, las nueces serían buenas para el cerebro, dada su forma. O un liquen como Lobaria pulmonaria tendría que curar las dolencias pulmonares. O cualquier cosa con aspecto fálico debía servir para combatir la disfunción eréctil, tal como expliqué en esta entrada sobre el «hongo maltés» en el blog FdeT. 🙂

Como el lector habrá deducido, los remedios basados en la teoría de las signaturas sólo aciertan por casualidad. Las cosas pueden tener una forma similar sin que eso implique una relación entre ellas. Y animales, plantas y demás no han sido puestos ahí para que nos sirvan. Sintetizan compuestos químicos que pueden ser tanto beneficiosos como perjudiciales para nosotros. Conviene que seamos prudentes antes de utilizarlos.

Esto sería incluso divertido si no fuera porque conlleva consecuencias trágicas. Basándose en la teoría de las signaturas, la medicina oriental propugna que el cuerno de rinoceronte, por su forma, es un remedio ideal contra la impotencia. Esta creencia tradicional no tiene ninguna base. El cuerno está compuesto de queratina, igual que el pelo o las uñas. Pero esto está llevando a varias especies de rinocerontes a la extinción.

La medicina tradicional, igual que la «oficial», ha de ser sometida al escrutinio crítico. No debemos aceptar las cosas simplemente porque les hayamos puesto una determinada etiqueta. Y la Ciencia puede ayudarnos, pues suele ser la herramienta más adecuada para proporcionarnos datos con los que tomar decisiones informadas.

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Primer contacto (y VI)

En las entradas previas hemos comentado las posibles causas del triunfo de los europeos durante la Conquista de América. Nos hemos basado en el libro Armas, gérmenes y acero, de Jared Diamond (por cierto, National Geographic hizo una serie de tres documentales sobre esta obra; puede hallarse en YouTube). Básicamente, la disponibilidad de cultivos agrícolas generadores de gran cantidad de excedentes, más la abundancia de grandes herbívoros fácilmente domesticables, dio un tremendo impulso a la civilización en Eurasia. Y ello no se debió a una supuesta superioridad racial; sencillamente, fue cuestión de suerte. El entorno proveyó de más y mejores recursos.

Y por si faltaba algo, los nativos americanos tuvieron que enfrentarse a otro escollo en la carrera hacia una sociedad tecnológica: la geografía. Concretamente, la forma de los continentes.

MapaMudo1

Observemos el mapa del Viejo Mundo. El principal eje de comunicaciones va, grosso modo, de este a oeste. Eso quiere decir que si algo o alguien viaja a lo largo de él, podrá encontrar regiones de clima parecido. Y no sólo eso: también será similar el fotoperiodo, es decir, la variación de la duración del día y la noche a lo largo del año. En el ecuador y zonas tropicales no suele haber diferencias estacionales. En cambio, mientras más nos acerquemos a los polos, más largos serán los días en verano y más cortos en invierno. Esto último es esencial para las plantas, que suelen sincronizar sus ciclos vitales con las horas de luz y oscuridad. Si nos movemos en una misma banda de latitud, el fotoperiodo será similar.

Así, cuando los recursos naturales del Creciente Fértil se agotaron por culpa de la sobreexplotación y los cambios climáticos, los agricultores (y ganaderos) pudieron llevarse sus plantas (y animales) bien hacia Europa, al oeste, o bien hacia Persia y la India, al este. No tuvieron problemas a la hora de adaptarse a entornos, climas y fotoperiodos similares. Así, al cabo de los siglos, fue posible que plantas originarias de India y China, como los naranjos y los limoneros, crecieran sin problemas a orillas del Mediterráneo.

Más importante aún: no sólo las personas, las plantas y los animales domésticos viajaron de Oriente a Occidente. También lo hicieron las ideas. ¿Una sociedad inventaba el alfabeto? Pues otras captaban la idea y la adoptaban. ¿Otra forjaba armas y herramientas de hierro? Las vecinas la copiaban. Y las vecinas de las vecinas. ¿Un general espabilado hacía la guerra de modo más eficaz? Ojos atentos tomaban nota. Y así, si una sociedad avanzada colapsaba, sus avances no se perdían necesariamente, pues otros los habían asimilado. Sobre todo, si disponían de algo tan poderoso como la escritura, que permitía transmitir el saber a mucha mayor distancia que la comunicación oral. En el siglo II había imperios y reinos civilizados desde las costas atlánticas hasta orillas del Pacífico. E incluso en los siglos más oscuros, el saber se preservaba en algún sitio.

MapaMudo2

En cambio, fijémonos en el mapa de las Américas. El eje principal de comunicación va, más o menos, de norte a sur. Para ir de Norteamérica a Sudamérica hay que atravesar zonas con climas y fotoperiodos muy distintos. Un cultivo adaptado a las diferencias estacionales de las zonas templadas no crece bien en los trópicos o el ecuador. Además, el istmo de Panamá supone un cuello de botella tropical que dificulta el tránsito entre las zonas templadas del norte y el sur.

Como consecuencia, el tráfico de cultivos y animales domésticos de unas sociedades a otras se demoró o se detuvo. Mientras que, por ejemplo, en el Viejo Mundo la gente criaba cerdos desde la Península Ibérica hasta Nueva Guinea, la llama no pudo pasar a Norteamérica. Y lo mismo ocurrió con los conocimientos.

Los mayas disponían de un sistema de escritura, pero la idea no pudo llegar hasta los incas, que seguramente la habrían adoptado y desarrollado a su manera. Cuando una cultura caía, en muchos casos también lo hacían sus logros. Las sociedades americanas estaban más aisladas entre sí que las euroasiáticas. El flujo de personas, animales, plantas e ideas era mucho más reducido. Y así les fue.

Para concluir: el fatídico resultado de ese «primer contacto» que fue la Conquista resultó inevitable. Y no se debió a que los europeos fueran más listos o crueles que los americanos. Desechemos de una vez el racismo: los seres humanos somos similares, independientemente del origen o características físicas. Las sociedades americanas estaban menos desarrolladas que las europeas, y eran más sensibles a las enfermedades, por pura y simple mala suerte. El entorno no les proporcionó las mismas facilidades que a los euroasiáticos. En la carrera hacia la civilización, pese a que eran tan buenos atletas como los demás, tuvieron que salir más tarde y con las manos atadas, valga el símil.

Primer contacto (V)

En efecto, no basta con la Agricultura para erigir una civilización compleja. Es necesario domesticar animales.

Nuestro primer compañero de fatigas fue el perro. Camina y ladra (y defeca) a nuestro lado desde mucho antes de que nos hiciéramos agricultores, cuando vagábamos nómadas por la Tierra, y ha contribuido a hacernos más humanos. Sin embargo, lo que sostiene a una civilización compleja no son los carnívoros, ni las aves de corral. Según Jared Diamond, son los grandes mamíferos herbívoros; animales que viven en manadas con cierto grado de jerarquía interna, como los caballos, vacas, cabras, ovejas…

Los grandes herbívoros son una fuente segura de carne, es decir, de proteínas de gran valor nutritivo, pero no sólo eso. Proporcionan leche, cuero, lana, estiércol y, sobre todo, trabajan para nosotros.

La domesticación de caballos y bueyes supuso un salto cuántico para nuestra especie, el impulso que necesitaba la civilización. Al poder arrastrar un arado, incrementaron la eficacia agrícola: se podían roturar más tierras de manera más rápida. También podían tirar de un carro y llevar cargas imposibles de transportar para un ser humano. Incluso podíamos cabalgar sobre ellos, viajar más rápido que nunca, o convertirlos en armas de guerra.

Claro, no todos los herbívoros se dejan domesticar, o su cría resulta rentable. Algunos tienen un carácter irascible, o tímido, o muerden, o cocean, o se niegan a comer si los encierras. Muchos intentos de domesticación terminaron en fracaso. Jared Diamond hizo cuentas, y afirma que nuestros antepasados tuvieron éxito en 14 ocasiones: cabras, vacas, ovejas, yaks… Pues bien, sólo uno de estos animales fue domesticado originariamente en América: la llama. En Norteamérica y Mesoamérica, ninguno. Los otros 13 casos de domesticación tuvieron lugar en el Viejo Mundo.

olakaseLa llama, único gran herbívoro domesticado en América antes de la Conquista (fuente: http://www.tumblr.com)

¿Por qué?

La respuesta es simple: mala suerte.

Después de las glaciaciones y de que los cazadores-recolectores acabaran con buena parte de la megafauna, los primeros ganaderos tuvieron que probar suerte con los animales que había en las regiones que habitaban. Y por azares de la geografía y la fauna, la mayor parte de grandes herbívoros domesticables se habían quedado en Eurasia. La única excepción fue la llama sudamericana.

Sin grandes herbívoros mansos a su disposición, los americanos partieron con una desventaja insalvable, y no sólo por la mayor dificultad para abastecerse de proteínas. Pongámonos en el lugar de los aztecas, por ejemplo. Sus éxitos de domesticación se redujeron al perro y al pavo. Sin bestias para tirar del arado (es inviable arar un campo con una yunta de pavos o perros), la siembra debía hacerse a mano, con una eficiencia mucho menor. Muchos terrenos son imposibles de roturar sin la potencia muscular de una yunta de bueyes. El rendimiento y, por tanto, los excedentes son menores. La densidad de población que pueden sustentar las cosechas se reduce.

Y sin animales de tiro, ¿qué sentido tenía construir carros con ruedas? Las mercancías debían transportarse a hombros humanos o mediante parihuelas. Tampoco había caballos para montar sobre ellos. Los grandes herbívoros permitieron a las culturas euroasiáticas disponer de una capacidad de trabajo que las precolombinas no podían ni soñar, acarrear cómodamente grandes cargas, viajar más rápido.

Asimismo, no disponer de grandes herbívoros domésticos mató a más del 90% de los americanos.

Como ya dijimos en anteriores entradas, lo que liquidó a la mayor parte de la población nativa no fue el acero, sino la enfermedad. Plagas como la viruela o el sarampión diezmaron a los indígenas americanos, facilitando la conquista europea. Carecían de defensas frente a ellas.

¿Por qué?

La respuesta está en el ganado.

Muchas enfermedades, como la gripe sin ir más lejos, se originan en animales domésticos, mutan y saltan a los seres humanos. Durante milenios, en Eurasia nuestros antepasados convivían con vacas, cabras, pollos y cerdos, muchas veces en las propias casas. Además, la densidad de población era alta, dado que la civilización se había desarrollado antes, permitiendo el surgimiento de ciudades donde la gente vivía hacinada.

Era el entorno ideal para la propagación de epidemias, que podían llegar a convertirse en pandemias. Bacterias y virus saltaban alegremente de los animales a las personas, y se propagaban con rapidez y eficacia.

Burying Plague Victims of TournaiEntierro de víctimas de la peste (fuente: es.wikipedia.org)

Desde que existen registros históricos, Eurasia se ha visto afligida por terribles pandemias. Baste un ejemplo: la peste negra pudo matar al 60% de los europeos en el siglo XIV. Lógicamente, en toda población con diversidad genética habrá individuos más resistentes a las enfermedades que otros. Los supervivientes transmitirán sus genes a la descendencia. Por tanto, a la larga, la exposición a las enfermedades acabará seleccionando a los individuos resistentes. Darwinismo puro y duro.

En América, al carecer de ganado doméstico y con una menor densidad de población, no se dieron las circunstancias para la proliferación de las epidemias. Por tanto, no hubo ocasión para que se seleccionaran los genes de resistencia. Cuando llegó la viruela a América, no halló oposición.

En fin, los americanos tenían todas las de perder. Y por si faltaba algo, la geografía también se conjuró contra ellos. Lo estudiaremos en la próxima (y última) entrada de esta serie.

Primer contacto (IV)

Hemos visto que para el desarrollo de una civilización compleja es necesaria una Agricultura basada en plantas con semillas que se puedan almacenar con facilidad. Tal circunstancia se dio en varios lugares de Eurasia y América. Pero…

Cuando contemplamos lar ruinas que nos legaron las civilizaciones precolombinas, con sus pirámides y templos que rivalizan con los del antiguo Egipto, nos maravilla la destreza de sus constructores. El ingenio humano es universal; sin embargo, si comparamos fechas, nos damos cuenta de que las civilizaciones de Eurasia y norte de África son mucho más antiguas. Por el motivo que fuere, empezaron antes la carrera hacia la complejidad.

TenochtitlanModelMaqueta de Tenochtitlán (fuente: es.wikipedia.org)

Los imperios precolombinos son recientes. Tenochtitlán, la capital azteca, fue fundada en 1325. Manco Cápac, el primer soberano inca, pudo empezar su reinado en torno a 1200. Estamos hablando de culturas con tecnología, como mucho, de inicios de la Edad del Bronce. Para situarnos en el tiempo, en 1212 tuvo lugar al otro lado del Atlántico la batalla de las Navas de Tolosa, donde los reyes cristianos derrotaron a los almohades que controlaban buena parte de la Península Ibérica. Una batalla épica, con cargas de caballería y armas de acero. En Eurasia, los distintos pueblos llevaban milenios matándose entre sí, con notable inventiva.

El caracol de Chichén ItzáObservatorio de El Caracol en Chichen Itzá (fuente: es.wikipedia.org)

La época dorada de los mayas fue algo anterior. Eso sí, los mayas tuvieron sus altibajos. Cada vez que alcanzaban altas cotas de civilización (periodos Preclásico, Clásico y Postclásico), el agotamiento de los recursos o las feroces guerras civiles provocaban el abandono de ciudades otrora florecientes. Para situarnos, la ciudad de El Mirador, del periodo Preclásico, fue abandonada en torno al año 150 de nuestra era. Tikal, una de las principales ciudades mayas clásicas, floreció de los siglos III al XI. En cuanto a Chichen Itzá, la ciudad más destacada del Postclásico, con sus pirámides (la más famosa, del siglo XII) y su observatorio astronómico (siglo X)…

En cuanto a Teotihuacán, era una ciudad en ruinas cuando los primeros mexicas acertaron a pasar por allí. A ellos les pareció la ciudad de los dioses, un lugar tan antiguo como el tiempo. Sin embargo, su edificio más emblemático, la pirámide del Sol, se construyó durante los siglos I a II. O sea, en el apogeo del Imperio Romano. La ciudad alcanzó su máximo esplendor en el siglo VII, pero a partir de ahí comenzó un declive que condujo a su colapso. Para el siglo IX estaba prácticamente deshabitada.

Zonnepoort tiwanakuPuerta del sol de Tiwanaku (fuente: es.wikipedia.org)

Por supuesto, hubo civilizaciones precolombinas anteriores. En Sudamérica, la cultura más longeva fue la tiahuanaco. A los aficionados a las teorías sobre dioses astronautas les sonará el nombre de Tiahuanaco (o Tiwanaku), con su famosa puerta del sol, templos, monolitos… Aunque según ciertos historiadores Tiahuanaco fue fundada en 1580 a.C., no dejó de ser una aldea hasta el siglo II de nuestra era, cuando comenzó un espectacular (y monumental) desarrollo urbano. Es decir, en tiempos del Imperio Romano.

20041229-Olmec Head (Museo Nacional de Antropología)Cabeza olmeca (fuente: es.wikipedia.org)

Muchos consideran a la olmeca, conocida por sus monumentales cabezas de piedra, como la cultura madre de las civilizaciones mesoamericanas. Floreció del 1200 a.C. al 400 a.C. Al otro lado del mundo, en Egipto, en el 1200 a.C. subía al trono Seti II, de la XIX dinastía. Por aquella época, Egipto comenzaba su decadencia, acosado por los Pueblos del Mar, tras haber pasado por los Imperios Antiguo, Medio y Nuevo. La Gran Pirámide había sido terminada el 2570 a.C. Casi catorce siglos antes, que se dice pronto. Y si nos fijamos en Mesopotamia, en el 1200 a.C. ya habían pasado por allí, fundado grandes ciudades y desaparecido los sumerios, acadios, babilonios, el reino Mitani… Los asirios resistían los embates de los Pueblos del Mar, que, como quien no quiere la cosa, habían contribuido al colapso del imperio hitita, entre otros.

En resumen, la civilización comenzó mucho antes en el Viejo Mundo. En Mesopotamia, la cultura de Uruk (del 3800 al 3200 a.C.) inventó la rueda y la escritura, desarrolló una sociedad compleja y al final del periodo empezó a utilizar el bronce. El Periodo Dinástico Temprano de Egipto se inició el 3100 a.C. Pocos siglos después, en torno al 2650 a.C., el arquitecto Imhotep diseñó el complejo funerario de la Pirámide Escalonada de Saqqara, considerado el primer gran complejo monumental de piedra del mundo.

Pero en la zona del Creciente Fértil y aledaños hubo pueblos desde milenios atrás. Damasco, la actual capital siria, pudo estar ocupada desde el 6300 a.C. En Jericó ya había asentamientos con casas de ladrillos el 8000 a.C. Y estas fechas se quedan cortas frente al santuario megalítico de Göbekli Tepe, en Turquía. El sitio pudo estar ocupado antes del 11000 a.C. Sí, antes incluso de la revolución neolítica.

Gobekli Tepe 2Monolito de Göbekli Tepe (fuente: es.wikipedia.org)

En resumen, pese a que en América existía una agricultura basada en cereales y legumbres, en Asia y Egipto llevaban milenios de adelanto. Además, las diferencias no son sólo temporales. Las culturas precolombinas exhibían ciertas carencias llamativas.

Desconocían la metalurgia del hierro. Cuando en Mesoamérica surge la cultura olmeca (1200 a.C.), en el Mediterráneo y Oriente Próximo los Pueblos del Mar ya estaban poniendo patas arriba todo el mundo antiguo. Sus armas de bronce mejoradas, así como las de hierro (caso de los filisteos, por ejemplo) hendían las corazas de bronce de sus enemigos con facilidad. Insistamos: cuando en América se originaban las primeras culturas, el Viejo Mundo ya estaba de vuelta y entraba en una edad oscura, con el colapso de imperios en algunos casos milenarios.

La escritura era conocida por los mayas, pero su uso no se difundió por América. El resto de civilizaciones precolombinas eran analfabetas.

En Mesoamérica conocían la rueda, tal como muestran los hallazgos de ciertas figurillas. Y pese a eso, no la usaban para el transporte, que se efectuaba a pie, y las mercancías se llevaban a hombros de porteadores.

Podríamos poner más ejemplos de invenciones que en Eurasia se utilizaban desde hacía muchos siglos y eran desconocidas en América, como el arado. O grandes barcos capaces de surcar los océanos. O la pólvora.

¿Por qué?

Para que se dé una civilización con tecnología avanzada se necesita algo más que la Agricultura. Y en ese aspecto, los americanos tuvieron muy mala suerte.

Primer contacto (III)

Retomemos el tema del choque entre civilizaciones. Como vimos, en ese «primer contacto» conocido como Conquista de América, las culturas de ambos lados del Atlántico exhibían grados de complejidad muy diferentes. Si la inteligencia humana es similar en los diversos tiempos y lugares, ¿por qué existía esa desigualdad? Más aún: incluso hoy encontramos sociedades de cazadores-recolectores junto a otras capaces de enviar naves espaciales más allá del Sistema Solar. ¿Cuál es la razón?

Para explicar el origen de la desigualdad es necesario retroceder en el tiempo hasta hallar una época en la que todas los seres humanos mostraban un nivel equivalente de progreso. A partir de ahí, ¿qué detuvo a algunos y permitió el predominio de otros?

Hace unos 13.000 años, tanto en América, Eurasia, África u Oceanía los seres humanos funcionaban de forma similar. Éramos cazadores-recolectores, organizados en grupos reducidos y nómadas. Vagábamos de un sitio a otro, dependiendo de los recursos disponibles. No echábamos raíces; cuando la comida escaseaba, agarrábamos nuestras escasas posesiones y nos largábamos. Y así fue hasta que apareció la Agricultura.

¿Domesticamos nosotros a las plantas o fue a la inversa (como comentamos en otra entrada)? En cualquier caso, la revolución agrícola no ocurrió en un único lugar. La gente es lista, y la idea surgió en varios continentes de forma independiente, con cultivos distintos. En el siguiente mapa, tomado de la Wikipedia, se indican los centros primarios de origen de la Agricultura:

Agriculture Beginning

La Agricultura fue el primer paso hacia la civilización. Nos hizo sedentarios. A cambio, aumentó la productividad, lo que permitió un incremento de la población al tiempo que disponíamos de excedentes de alimentos. Eso liberó a ciertos individuos, que pudieron especializarse en oficios concretos: tejedores, alfareros, metalúrgicos, soldados, sacerdotes… La sociedad ganó en complejidad, al tiempo que había personas que podían dedicarse a investigar, a llevar a la práctica nuevas ideas. La civilización se había puesto en marcha, y no iba a detenerse. Los cazadores-recolectores no tuvieron otro remedio que ir cediendo terreno. Hoy quedan muy pocos, y su futuro no es halagüeño.

Sin embargo, si consultamos el mapa comprobamos que no en todos los centros de origen de la Agricultura se desarrollaron civilizaciones con tecnología avanzada. Fijémonos, por ejemplo, en Nueva Guinea. Pese a ser uno de los centros agrícolas más antiguos, no se originó una civilización equiparable a las euroasiáticas o a las americanas.

¿Por qué?

La razón no tiene nada que ver con la inteligencia de los nativos de aquella isla. Simplemente, tuvieron mala suerte.

Los primeros agricultores debieron apañarse con las plantas que la naturaleza les proporcionaba. Cada región posee una flora diferente. En Nueva Guinea, la Agricultura tuvo que basarse en raíces y tubérculos comestibles. Aparte de que no son tan ricos en nutrientes como los cereales o las legumbres, su cultivo es laborioso y, sobre todo, no pueden almacenarse largo tiempo porque se pudren con facilidad. Así, no se producen excedentes, ergo…

Para que se inicie la civilización, se requieren cultivos que den semillas que puedan almacenarse durante meses o años: básicamente, cereales y legumbres. En el Creciente Fértil y zonas de influencia (el Mediterráneo, por ejemplo), los agricultores se encontraron con cereales como el trigo y la cebada, más legumbres diversas (lentejas, garbanzos…). En China, arroz, soja, etc. En América, maíz y frijoles…

En suma, Eurasia y América partían con ventaja. Los agricultores tuvieron a su disposición buenos cereales, legumbres y otros cultivos. Todos ellos conocían su oficio. Entonces, ¿por qué los europeos tenían armas, gérmenes y acero que vencieron a los americanos? ¿Cuál fue la clave del éxito de los primeros y de la ruina de los segundos?

Parece de ciencia ficción…

Permítenos, amable lector, incluir un inciso entre armas, gérmenes y acero.

Cuando releemos algunos relatos de ciencia ficción que escribimos años atrás, constatamos cómo ciertas «predicciones» en ocasiones se cumplen en elmundo real. A veces son divertidas; otras, no tanto.

Vidas

Vamos primero con una de las pintorescas. Hace tiempo publicamos una novela corta, El hongo que sabía demasiado (aparece incluida en la antología Vidas extrañas). En ella relatamos las peripecias de un inexperto diplomático al que envían a un planeta donde todo gira en torno a los hongos. Éstos son fuente de alimento, se emplean como herramientas, e incluso las viviendas se construyen con sus micelios.

¿Exagerado? Quizá no tanto. Los hongos pueden cultivarse para fabricar materiales de construcción. En serio. En el sitio web de Mycoworks nos enseñan cómo se fabrican ladrillos fúngicos, ligeros y resistentes. Qué cosas. Natura artis magistra. 🙂

Otras «predicciones» resultan más sombrías.

Linea

Muchos de nuestros relatos giran en torno a la guerra. Nos guste o no, ha acompañado a la Humanidad desde el principio, y nos tememos que seguirá con nosotros durante mucho tiempo. En ella se muestra lo mejor y lo peor del ser humano, y da mucho juego a los escritores, que pueden contar historias que van desde lo sórdido hasta lo épico.

En las novelas de ciencia ficción es frecuente especular sobre el armamento del futuro. Desde que empezamos a escribir a dúo, hace ya algunos lustros, nos pareció lógico que en el futuro se emplearan cazabombarderos no tripulados, dirigidos a distancia. Tienen muchas ventajas; sobre todo, no llevan un frágil piloto de carne y hueso en su interior, por lo que pueden efectuar maniobras con mucha mayor libertad. Además, si el enemigo derriba uno, no puede exhibir o torturar a los pilotos.

Al inicio de una de nuestras primeras novelas, Tras la línea imaginaria (publicada en 2004, pero los primeros borradores son de la década anterior) relatamos la angustia y el miedo que experimentan unos pilotos humanos, a bordo de interceptores obsoletos, que deben enfrentarse a unos cazabombarderos no tripulados de última generación. Saben que van a morir. Su única obsesión es derribar uno solo de aquellos monstruos mecánicos, demostrar que no son invencibles, obtener una victoria moral.

En fin, ahí están los drones. Feos, prosaicos y de una eficacia letal. Bienvenidos al futuro.

Más cosas. En muchos relatos dimos por sentado que las sociedades futuras avanzadas están dispuestas a ceder libertad a cambio de seguridad. Suena familiar, ¿verdad?

A veces, al releer lo que escribimos, nos asustamos. Ojalá que no se cumplan ciertas cosas. Por suerte, el futuro no está escrito.

Y ahora, a continuar con la serie de entradas sobre el origen de la desigualdad humana.

Primer contacto (II)

Como dijimos, para comprender la catástrofe que el «primer contacto» supuso para América hay que formularse una pregunta tras otra, hurgando cada vez más en el pasado. Empecemos por la más evidente. En la primera mitad del siglo XVI, un número reducido de españoles liquidó dos grandes imperios, el azteca y el inca, pese a su gran inferioridad numérica.

¿Por qué?

Olvidemos el cliché de unos conquistadores sangrientos que arrasaron a unos nativos angelicales. Ay, qué daño ha hecho el mito del buen salvaje que arrastramos desde tiempos de la Ilustración… Desechemos las explicaciones racistas. La gente es, por término medio, igual de decente o malvada en las distintas civilizaciones y épocas. La crueldad hacia nuestros semejantes no es exclusiva de Eurasia. Mientras en Europa proliferaban las guerras y se quemaba a herejes, en América también había batallas y sacrificios humanos. Desde que apareció el Homo sapiens nos hemos estado matando unos a otros en todo tiempo y lugar. Por suerte, también solemos cooperar, e intentamos que nuestros hijos hereden un mundo mejor que el nuestro. Somos una especie complicada, capaz de lo mejor y lo peor.

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Es interesante leer The Great Big Book of Horrible Things (traducido al español como El libro negro de la Humanidad). En él, Matthew White nos presenta un listado de las 100 principales matanzas de la Historia. Podemos ver una representación gráfica en esta página de la web del New York Times.

Si echamos un vistazo a la lista de atrocidades, comprobamos que las culturas precolombinas podían ser tan sanguinarias como las europeas. Por ejemplo, los aztecas ocupan el puesto 45 en la lista de las grandes escabechinas, con 1,2 millones de personas sacrificadas para agradar a los dioses. No es de extrañar que pueblos como los tlaxcaltecas, hartos del asedio azteca, se aliaran con los españoles. En general, la práctica de los sacrificios humanos era habitual en la América precolombina.

Azteken-MenschenopferSacrificios humanos en Mesoamérica (fuente: es.wikipedia.org)

También la guerra, tanto en Mesoamérica (por ejemplo, las contiendas entre las distintas ciudades-estado mayas) como en Sudamérica. De hecho, el imperio inca se hallaba inmerso en una cruenta guerra civil entre Atahualpa y Huáscar (lo cual le vino de perlas a Pizarro, dicho sea de paso).

En cuanto a la interacción con el medio ambiente, nos tememos que en América se cometieron los mismos errores que en Eurasia. La fascinante civilización maya floreció y cayó tres veces no sólo debido a las guerras civiles, sino también al agotamiento de los recursos naturales (véase Colapso, de Jared Diamond). Si repasamos la lista de genocidios y similares, el colapso maya ocupa el puesto nº 46, con un millón de muertos. Puede que algo parecido le ocurriera a Teotihuacán.

Como vemos, todas las culturas cometen errores similares. Sin embargo, las cifras anteriores palidecen ante la masacre que supuso la conquista de las Américas. En el listado de atrocidades ocupa el puesto nº 11, con unos 15 millones de muertos, nada menos. Si partimos de la base que no existe superioridad racial ni mental de los pueblos euroasiáticos, ¿por qué arrasaron a los americanos?

Según Jared Diamond, hubo 3 razones principales.

1: Los gérmenes.

Lo que provocó el mayor número de muertes durante la Conquista fue la enfermedad. La viruela, sin ir mas lejos, fue la que mató a casi todos esos millones de americanos. Muchas tierras fueron conquistadas porque ya no quedaba nadie vivo para defenderlas, o los supervivientes estaban muy debilitados. Los europeos eran resistentes o toleraban esas enfermedades; en cambio, los americanos carecían de defensas.

FlorentineCodex BK12 F54 smallpoxLa viruela exterminó a la mayor parte de la población autóctona durante la Conquista (fuente: es.wikipedia.org)

2: Las armas.

Cuando los españoles se enfrentaron a los americanos, lo hicieron con un armamento muy superior. No sólo eso; su forma de combatir también era más eficaz.

Las culturas precolombinas empleaban armamento no muy distinto al de la Edad de Piedra. Propulsores como el átlatl, cerbatanas, arcos, puñales, hondas, boleadoras, garrotes recubiertos de afiladas hojas de obsidiana, protecciones corporales de tela… Frente a ellos, los españoles portaban armaduras de acero, el mismo metal del que estaban hechas las hojas de sus armas. Un soldado equipado con espada ropera en la diestra y daga vizcaína en la siniestra era temible. Y tenían ballestas, y sobre todo armas de fuego. Y caballos. Frente a tropas de infantería, la caballería española, pese a su reducido número, hizo estragos.

Más aún. Los españoles, igual que otros pueblos europeos, atesoraban una larguísima tradición bélica, y sabían adaptarse a las circunstancias, pese a la inferioridad numérica. Por estrategia y táctica, sorprendieron a sus adversarios americanos. Es bastante improbable que otro ejército europeo se hubiera metido en la ratonera que fue la batalla de Cajamarca, o que hubiera perdido una batalla como la de Otumba.  La disparidad de bajas entre uno y otro bando ejemplifica quién tenía un mejor conocimiento de las artes de la guerra.

3: El acero.

El nivel tecnológico de las culturas americanas equivalía al de la Edad de Piedra, o como mucho al inicio de la Edad de los Metales. Trabajaban oro, plata y cobre, pero desconocían la forja del hierro y, por tanto, carecían de armas y herramientas de acero. En cambio, en Eurasia disponían de ellas desde hacía milenios. Y la inferioridad tecnológica no sólo se reducía a los metales. En la próxima entrada nos detendremos en este punto, y nos preguntaremos por el motivo. Los europeos y los americanos tenían inteligencia y habilidades similares. Entonces, ¿por qué la tecnología de los primeros era tan superior?

Primer contacto (I)

El tema del «primer contacto» es uno de los más queridos por la ciencia ficción. ¿Qué ocurriría si nuestra civilización se topara con otra alienígena? ¿Nos comprenderíamos y colaboraríamos? ¿Nos ignoraríamos, incapaces de comunicarnos? ¿Habría hostilidad y guerra? En el peor de los casos, ¿exterminaría una a la otra? ¿O se daría el caso de la mutua destrucción? Muchas (y algunas excelentes) historias se han escrito al respecto. Lo más curioso es que ese escenario de primer contacto ya ocurrió en nuestro planeta. En 1492, concretamente. El choque entre civilizaciones tuvo consecuencias trágicas.

Durante milenios, Eurasia y América funcionaron como mundos aparte. Sí, hubo algún contacto ocasional (vikingos, quizá polinesios, a saber si algún fenicio despistado…), pero las consecuencias fueron irrelevantes. Lo de 1492 fue completamente distinto: un genuino primer contacto entre alienígenas.

Cada año, cuando se acerca la fecha del 12 de octubre, los sufridos españolitos tenemos que soportar la cantinela  de lo malvados que eran nuestros antepasados, que deberíamos avergonzarnos de ellos por lo que hicieron a los pobres indígenas, etc. Dejando aparte lo absurdo que resulta culpar a las generaciones actuales por hechos que ocurrieron hace medio milenio, lo más chusco del caso es que, en realidad, nuestros antepasados fueron los que permanecieron tranquilamente en España, en vez de cruzar el Atlántico. 🙂

Perdón, estamos desvariando. Centrémonos en el tema del primer contacto. ¿Pudo haber ocurrido de otra manera?

No. Después de milenios de aislamiento, daba igual qué país europeo hubiera arribado a las costas americanas. Las culturas precolombinas estaban condenadas de antemano. Para comprenderlo, recurriremos a uno de los libros más interesantes publicados en las últimas décadas: Armas, gérmenes y acero, de Jared Diamond (1997), ganador del premio Pulitzer. Pocas obras ayudan tanto como ésta a entender por qué el mundo es como es.

Armasgermenes-y-acero

¿Por qué los europeos derrotaron a los americanos? Y no sólo a ellos; africanos, australianos y otros pueblos corrieron una suerte parecida. La respuesta tradicional a esa pregunta era, para qué engañarnos, racista. Algo había en los europeos (fuerza, crueldad, astucia, inteligencia…) que los hacía superiores a las demás razas. Vistos los resultados, parecía evidente, ¿no?

Pues no. En la especie humana, la variación intragrupal es mayor que la intergrupal. En todas las culturas hay el mismo porcentaje, más o menos, de gente lista o tonta, trabajadora o perezosa, amable o cruel. De hecho, el concepto de «raza» es muy discutible. Somos más iguales de lo que creemos. El hecho de que unas civilizaciones sobrepasen a otras no se debe a una superioridad racial (inexistente). Jared Diamond, al estilo de los niños pequeños, va encadenando una pregunta con otra hasta llegar al origen del problema. Un origen que hay que buscar hace más de 10.000 años, y que tiene más que ver con la biogeografía, la ecología y la suerte.

Seguiremos en la próxima entrada.

Solaris (y IV)

La última versión cinematográfica de Solaris (Steven Soderbergh, 2002) es la menos fiel a la novela de Lem, sin duda. Además, es la primera que procede de un país no eslavo.

Transcurrieron 30 años entre la película de Tarkovski y la de Soderbergh. Esta última es una obra de Hollywood, con James Cameron como uno de sus productores. Aparte del progreso en los efectos especiales, ha habido una adaptación a los gustos del público. Salvo Kelvin (George Clooney) y Gibarian (Ulrich Tukur), los demás protagonistas han cambiado sus nombres respecto a la novela. Hari es ahora Rheya (Natascha McElhone), Snaut es Snow (Jeremy Davies) y Sartorius se ha convertido, tras mudar sexo y raza, en la doctora Gordon (Viola Davis). Por corrección política, supongo.

Algo queda de la novela, pero buena parte se ha perdido o modificado. Veamos los tres aspectos que comentábamos en las entradas previas. He visionado la versión original subtitulada. Y ahora vienen spoilers

1.- Solaris y el sentido de la maravilla.

Olvídense del océano, las simetríadas y demás fantásticas creaciones de Lem. Aquí, Solaris es un cuerpo celeste de naturaleza indeterminada (¿un planeta?), envuelto en un sudario de jirones de niebla azul. Queda muy bonito, con unos efectos especiales sobrios y bien logrados, pero no es lo mismo. En cuanto a la estación, ya no se cierne sobre el océano planetario, sino que se limita a orbitar en torno a Solaris. Y de la Solarística y sus controversias académicas, ni rastro. En el fondo, el escenario futurista se ha convertido en el marco para contar un relato cuya fortaleza no recae en la ciencia ficción, precisamente.

2.- El ambiente malsano y opresivo de la estación.

Algo de eso hay a la llegada de Kelvin: soledad, sangre seca, un niño misterioso… Pero muy poco, si lo comparamos con la novela y las anteriores versiones cinematográficas.

SOLARIS THEATRICAL ONE SHEET MECHANICAL • ART MACHINE JOB# 5136 • 10/09/02

Queda claro que esta versión de Solaris se centra en la historia de amor…

3.- Enamorarse de un fantasma.

De eso va la película. Nada queda del confuso existencialismo de Tarkovski (1972) o del intento de divulgar el relato de Lem (versión soviética de 1968). Se trata tan sólo de una historia de amor, de arrepentimiento, de redención. Nada más y nada menos.

Reconozcámoslo: George Clooney reacciona de forma más creíble que Donatas Banionis (en la película de Tarkovski) cuando se topa con su esposa muerta. Sin duda, expresa mejor sus sentimientos. Hace lo normal en estos casos: llevarse un susto de muerte y salir corriendo. 🙂 Por su parte, la dra. Gordon cumple con su papel de emular a Sartorius en su recelo a los visitantes. En cuanto al joven Snow, actúa todo el rato como si estuviese drogado. O como si su objetivo fuera desconcertar a Kelvin.

Por cierto, tuve la impresión de que los personajes se empeñaban en susurrar, más que hablar. Puede que sean figuraciones mías, o que se deba a las características de la lengua inglesa, de fonética muy distinta a la rusa de las otras versiones.

El final me pareció satisfactorio, la conclusión adecuada para un relato que versa sobre el perdón, la redención y las segundas oportunidades. De hecho, el escenario de ciencia ficción es una excusa para poder contar una historia de amor sin intentar, como en el caso de Tarkovski, imitar a Dostoyevski y sus cuestiones sobre el sentido de la existencia y lo que significa ser humano.

En resumen, me ha gustado, aunque tampoco figurará entre mis favoritas. Desde luego, si alguien busca adentrarse en el universo literario de Lem gracias a esta película, mejor que pruebe con otra cosa.

Y eso es todo, amigos. De verdad, esto de comentar películas puede llegar a fatigar. En la próxima entrega cambiaremos de tema. 🙂

Solaris (III)

Resulta difícil obviar ciertos prejuicios a la hora de comentar una película como Solaris (Солярис, 1972), de  Andréi Tarkovski. Muchos intelectuales la ensalzan; aparentemente, eres un zote si no caes rendido ante tamaña maravilla del séptimo arte. En cambio, otros piensan que es un tostón que aburre a las ovejas. No hay término medio.

Solyaris_ussr_posterSolaris, 1972 (fuente: en.wikipedia.org)

Es sabido que cierto sector de la intelectualidad europea tiende a loar la cinematografía que procede de cualquier país que no sea Estados Unidos. Y ahí me surge la duda. La veneración hacia la película de Tarkovski, ¿se debe a su calidad intrínseca, o a que es uno de los pocos filmes de ciencia ficción con pretensiones rodado en la URSS?

He intentado no dejarme influenciar por la polémica. Como indicamos en las entradas previas, primero me leí la novela de Lem y a continuación vi la película de Ishimbayeva y Nirenburg (1968). Con esos precedentes, me dispuse a enfrentarme a la que algunos consideran la respuesta soviética a 2001: A Space Odyssey.

Aquí, entre nosotros: me quedo con 2001. Argumentémoslo. 🙂

Ante todo, Solaris no me parece una mala película, aunque en algunos momentos me resulta lenta y cansina. Por otro lado, es algo menos fiel a Lem que la versión televisiva de 1968. Asimismo, comprendo perfectamente que si alguien la ve sin haber leído antes la novela, puede aburrirse o no entender nada.

De acuerdo, el lenguaje cinematográfico es diferente al literario. Sin embargo, mientras que la versión de 1968 trata de adaptar el relato de Lem sin otra pretensión que la de divulgarlo entre el gran público, me da la impresión de que Tarkovski, valiéndose de Lem, nos cuela su propia visión del cosmos y el sentido de la vida. Una visión que, por cierto, se me antoja confusa.

El archivo que he visionado (versión original en ruso subtitulada) dura 2 horas y 46 minutos, nada menos. Aviso: spoilers a porrillo a partir de ahora. 🙂

solaris_lagoEscena junto al lago, al inicio de la película (fuente: cinemasailor.com)

Mientras que la novela se inicia con la llegada de Kelvin a la estación de Solaris, en la película eso no ocurre hasta el minuto 43. O sea, casi tres cuartos de hora (que se dice pronto) transcurren en una dacha situada en medio del bosque. En ese espacio de tiempo, el protagonista pasa largos ratos contemplando el lago, o bien se expone a pillar una pulmonía o a que lo parta un rayo calándose bajo la tormenta, pensativo él. También hay un momento en que un personaje secundario (Berton) viaja en coche. Son casi 5 minutos de autopistas (filmadas en Japón, por cierto) y planos del interior del vehículo. Supongo que Tarkovski quería decirnos algo con todo eso. Yo no consigo pillarlo. Lo siento.

Lo mismo me ocurre con las escenas en las que sale un caballo. Supongo que tendrá un significado profundo, una simbología que me confieso incapaz de aprehender. O a lo mejor es que a Tarkovski le gustaban los caballos y le hacía ilusión que apareciera alguno en la película. A saber.

De todos modos, en este lento inicio se explica al espectador, mediante vídeos y programas de televisión, qué es el océano de Solaris y las controversias de la Solarística. Nos presenta una situación estancada: la Humanidad se enfrenta a una entidad alienígena, posiblemente inteligente, de dimensiones planetarias, pero la comunicación con ella parece imposible. La Solarística degenera. Es un resumen sucinto, pero adecuado, de las jugosas (y prolijas) discusiones académicas que aparecen en la novela.

Bueno, han pasado tres cuartos de hora y Kelvin ha llegado a la estación de Solaris. Consideremos los tres aspectos de la novela que comentábamos en la primera entrada de esta serie. ¿Qué es de ellos en la película?

solaris_oceanoEl océano de Solaris (fuente: cinemasailor.com)

El carácter extraño, alienígeno e inquietante del océano queda patente, aunque echo en falta que se hubieran gastado algo más en efectos especiales para mostrarnos alguna simetríada o estructuras similares capaces de despertar nuestro sentido de la maravilla, como ocurre en la novela. En los planos del océano sólo hay olas, discretos remolinos y nubes. ¿Problemas de presupuesto? En la versión de 1968 eso era justificable (al fin y al cabo, estaba pensada para la TV, en plan Estudio 1), pero aquí podrían haberse estirado un poco más. 2001, que vio la luz cuatro años antes, exhibía unos efectos especiales muy superiores a los de Solaris.

En segundo lugar, el ambiente malsano y desquiciado de la estación y sus moradores, tan logrado en la novela (y en la versión de 1968), aquí no es tan acusado. Se me antoja más extraño o absurdo que desasosegante. Supongo que es problema mío. Por algún motivo, me deja frío la interpretación de Donatas Banionis (Kelvin). No sé, es como si estuviera embotada su capacidad de expresar sentimientos.

Solaris_protagDonatas Banionis (Kelvin) y Natalia Bondarchuk (Hari) (fuente: http://www.clasicartfilms.com)

Por ejemplo, cuando despierta y se encuentra con su mujer, muerta diez años antes, apenas reacciona. En la versión de 1968, Kelvin, en cuanto se da cuenta de que no es un sueño, se lleva un susto monumental, pobrecillo. Lógico; no me negarán ustedes que la situación acojona. En cambio, aquí da la impresión de que se lo toma con cierta pachorra, valga la expresión. Tampoco parece muy afectado cuando se deshace de la copia de Hari en la cápsula, ni tampoco al final, cuando acaban definitivamente con ella. Y tenía que haberse quedado hecho polvo, ¿no? Otros actores expresan más emotividad en sus interpretaciones, a mi entender. Es el caso, por ejemplo, de Natalia Bondarchuk (Hari). Me impresionó su actuación en la escena del suicidio y la resurrección.

Más diferencias con la novela: se muestran abiertamente otros visitantes, aparte de Hari. Uno de ellos, la muchacha de azul que ronda la estación, no se parece en nada a la «monstruosa Afrodita negra» que describe Lem. En la novela, los visitantes son ominosos; aquí, simplemente pintorescos. Se pierde buena parte de la inquietud que transmite el texto original.

En tercer lugar, tenemos la interacción entre Kelvin y el fantasma de Hari, lo que más puede emocionar al espectador. En la versión de 1968 así lo entendieron, como ya comentamos. Aquí también, pero me temo que Tarkovski desvirtúa lo que Lem nos quería decir. O sea, se vale de los personajes de Lem como pretexto para endosarnos sus ideas y dudas sobre el sentido de la vida y otras profundas cuestiones metafísicas.

Hay escenas que no aparecen para nada en la novela, como la fiesta de cumpleaños de Snaut, con los llantos de Hari, los exabruptos de Sartorius, las inconsistencias de Snaut y una cierta indolencia de Kelvin. Los diálogos son mayormente de Tarkovski, no de Lem. Aquí, igual que en otras escenas de la última parte de la película, los personajes discuten sobre si los seres humanos han perdido el sentido de lo cósmico, se contrapone al amor frente a la ciencia (como si ambas cosas fueran necesariamente incompatibles…), filosofan sobre qué significa ser humano, etc. Confieso que en algún momento de esas discusiones me quedé perplejo, como cuando la cámara hace un zoom a la oreja de Kelvin hasta mostrarnos los pelillos, y se queda ahí un rato. Sigo sin pillar la simbología.

Solaris_SartoriusAnatoli Solonitsyn (Sartorius) (fuente: gizmodo.com)

Sí, Tarkovski usa a Lem para contarnos la historia que le interesa. Y francamente, prefiero lo que Lem nos ofrece. Dicho sea de paso, una vez que me vi la película y redacté el borrador de esta entrada, y mientras buscaba por Internet datos sobre los actores y demás, me enteré de que el propio Lem manifestó que no le gustaba la versión de Tarkovski. No me extraña. Según el escritor polaco, el cineasta había intentado hacer una obra en plan Dostoyevski, y eso no era lo que él quería contar. Y no digamos el final…

En fin, concluyamos. ¿Me ha gustado la película? Pues sí, aunque no figurará entre mis favoritas. Tiene aspectos interesantes, y en algunos puntos es fiel a Lem, pero en ocasiones resulta muy lenta, y cuando Tarkovski empieza a divagar sobre el sentido de la vida me parece prolija y confusa. Supongo que, como no soy intelectual ni crítico de cine, lo que para mí es confusión para otros será profundidad. Me gusta Tarkovski sólo en los momentos en que sigue a Lem. Qué se le va a hacer.

Bueno, y ahora, a por la de Soderbergh (2002). Ay, qué largo se me está haciendo esto… 🙂