El astrólogo que perdió la gracia del cielo (II)

Supongamos que usted celebra su cumpleaños a finales de marzo. Según los astrólogos, su signo del zodiaco es Aries. Eso parece indicar que en el momento de su nacimiento el Sol estaba en la constelación de Aries. Sin embargo, como vimos en la entrada anterior, los astrólogos suelen  equivocarse al situar al Sol y otros cuerpos celestes en el firmamento. ¿Por qué existe esta clamorosa discrepancia? Antes de responder a la pregunta, repasemos unos conceptos básicos.

Constelaciones y eclíptica (fuente: eppursimuovegalileo.wordpress.com)

Visto desde la Tierra, a lo largo del año el Sol recorre una trayectoria circular en el firmamento. A esa línea la llamamos eclíptica. El zodiaco es una banda del firmamento con 18º de anchura, por cuyo centro va la eclíptica. En el zodiaco hay varias constelaciones, 12 según los astrólogos, cuyos nombres nos son familiares: Aries, Tauro, Géminis…

He aquí una tabla donde comparamos en qué signo del zodiaco está el Sol en cada época del año según los astrólogos, y en qué constelación se halla en realidad (para averiguarlo basta con examinar el cielo o conseguir un buen planetario). Los datos astrológicos proceden de la Wikipedia; los astronómicos, de The Classroom Astronomer:

Signo del zodiaco (los «intrusos», en verde)
Fechas en las que el Sol está en ese signo, según la Astrología Fechas en las que el Sol realmente está en esa constelación
Nº días que el Sol pasa en esa constelación
Aries 24 mar. – 21 abr. 19 abr. – 13 may. 25
Tauro 22 abr. – 21 may. 14 may. – 19 jun. 37
Géminis 22 may. – 21 jun. 20 jun. – 20 jul. 31
Cáncer 22 jun. – 21 jul. 21 jul. – 9 ago. 20
Leo 22 jul. – 22 ago. 10 ago. – 15 sep. 37
Virgo 23 ago. – 21 sep. 16 sep. – 30 oct. 45
Libra 22 sep. – 21 oct. 31 oct. – 22 nov. 23
Escorpio 22 oct. – 22 nov. 23 nov. – 29 nov. 7
Ofiuco 30 nov. – 17 dic. 18
Sagitario 23 nov. – 21 dic. 18 dic. – 18 ene. 32
Capricornio 22 dic. – 21 ene. 19 ene. – 15 feb. 28
Acuario 22 ene. – 21 feb. 16 feb. – 11 mar. 24
Piscis 22 feb. – 23 mar. 12 mar. – 18 abr. 38
Cetus 14 mar. Unas pocas horas

Varias cosas llaman la atención en esta tabla. La más llamativa es la disparidad de fechas en las dos columnas centrales. Sin embargo, hay otros aspectos curiosos. Vayamos por partes.

Observen la columna de la derecha de la tabla. Según los astrólogos, el Sol pasa un mes en cada uno de los 12 signos. En cambio, en el universo real el Sol está mucho tiempo en algunas constelaciones y bien poco en otras. ¿Por qué el Sol sólo pasa una semana en Escorpio, y mes y medio en Virgo? ¿Le gustan unas constelaciones más que otras, o qué? 🙂

 Scorpius constellation mapEscorpio (fuente: es.wikipedia.org)

Hagamos un viaje mental. Situémonos a finales de junio en la costa andaluza, a medianoche, mirando al mar, hacia el sur, con un cielo despejado. Si las luces de las farolas no molestan demasiado, veremos que, en dirección a África, hay unas constelaciones preciosas en el firmamento. Sagitario, que alberga el núcleo de la Via Láctea, un monstruoso agujero negro del tamaño de millones de soles. Escorpio, una de las pocas constelaciones que se parece algo al animal que le da nombre: una cadena de estrellas con una supergigante roja, Antares, en el corazón del escorpión. Entre sus pinzas podemos ver a Libra, una constelación no tan espectacular. Y con suerte, dependiendo del año, puede que Marte, Júpiter o Saturno también estén presentes.

Obviamente, durante el verano el Sol no está en esas constelaciones. Pasará por Escorpio en otoño, pero no se quedará ahí un mes, sino sólo una semana. En cambio, estará mes y medio en Virgo, y más de un mes en Leo o Piscis. ¿Por qué?

Constelaciones y eclíptica (fuente: edadcelestial.blogspot.com.es)

La respuesta es fácil. Las constelaciones tienen formas y tamaños diversos. Al fin y al cabo, son divisiones arbitrarias del cielo, como se ve en la imagen anterior. Escorpio es una constelación alargada y estrecha, como los escorpiones, y el Sol la atraviesa de lado a lado, no de cabeza a cola. El camino de la eclíptica en Virgo, en cambio, es mucho más largo.

Sigamos con otros aspectos que llaman la atención en la tabla. Según la Astrología, hay 12 signos del zodiaco. Sin embargo, el Sol, en su viaje por la eclíptica, pasa por 14 constelaciones, no 12. Yo, que toda mi vida creí que era Sagitario, resulta que, por los pelos, soy Ofiuco, el portador o cazador de serpientes. Qué cosas. De hecho, el Sol pasa más tiempo en Ofiuco (18 días) que en Escorpio. Y si usted nació un 14 de marzo, según la hora a la que vino al mundo puede que sea Cetus. O sea, una ballena. O un monstruo marino, según otros. No sé lo que pasará en un año bisiesto. 🙂

Además, tenemos la disparidad de fechas entre las dos columnas centrales de la tabla. Si se dan cuenta, los signos del zodiaco llevan casi un mes de retraso respecto a las correspondientes constelaciones. ¿Por qué?

La respuesta también es sencilla. Por mucho que los astrólogos digan que nuestro futuro está en las estrellas, su zodiaco ya no tiene nada que ver con el cielo real. Perdonen que nos repitamos tanto, pero hace mucho tiempo que los astrólogos dejaron de mirar a las estrellas.

La clave radica en que no es lo mismo signo del zodiaco que constelación. Hay que tener esto claro para evitar confusiones. Lo comprenderemos mejor si estudiamos atentamente una carta astral, como la que obtuvimos de www.astrotheme.com:

Si se fijan, verán ustedes que los 360º del círculo (la eclíptica, para entendernos) están divididos en 12 partes iguales de 30º, que corresponden a los 12 signos zodiacales. Todos ocupan exactamente el mismo espacio; por tanto, el Sol, a lo largo del año, estará un mes en cada signo. Nada que ver con las constelaciones, cada una de las cuales presenta una forma y tamaño diferentes.

El propósito primero de la Astrología es adivinar el futuro. Así, no es de extrañar que el zodiaco de los astrólogos funcione como una maquinaria de relojería. Bonita, ostentosa y ante todo previsible, pero qué quieren que les diga… En el fondo me parece una cosa muerta; una construcción artificial, inanimada. No tiene nada que ver con las estrellas, con el universo, que están vivos, que cambian, laten, evolucionan, mutan, nacen y mueren.

En cualquier caso, al inicio de la Astrología, cada signo del zodiaco, grosso modo, coincidía con su constelación correspondiente. Sin embargo, en la tabla vemos que hay casi un mes de desfase. ¿Por qué?

 Precesión punto equinoccial vernal constelación PiscisFuente: es.wikipedia.org

Los cielos cambian; ya no son los mismos que en la Antigüedad. Esto se debe a un fenómeno: la precesión de los equinoccios. La orientación del eje de rotación de la Tierra cambia con el tiempo, lo que hace que la fecha de solsticios y equinoccios varíe a lo largo de los años. Si el equinoccio de primavera se situaba en Aries hace varios milenios, hoy está en Piscis, y va camino de Acuario. De ahí el desfase entre los signos zodiacales y sus constelaciones.

En resumen: si hace milenios la Astrología tuvo algo que ver con el cielo, hoy no. Los intentos de los astrólogos modernos para encajar los 12 signos zodiacales con 13 constelaciones (o 14, si tenemos en cuenta el pequeño cachito de Cetus por el que pasa la eclíptica), que además están donde no deberían son, como mínimo, confusos. Asimismo, nos dejan con una duda: ¿estaban equivocados todos los horóscopos de los antiguos, que no sabían de la existencia de Urano, Neptuno, Plutón o la precesión de los equinoccios, y que jamás habrían pensado en un número tan «feo» como el 13 para las constelaciones del zodiaco?

En la entrada final de esta serie reflexionaremos acerca de por qué la gente sigue creyendo en la Astrología, cuando esta no tiene base científica.

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El astrólogo que perdió la gracia del cielo (I)

Perdónenos el lector por haber parafraseado el título de la novela de Yukio Mishima, pero nos parece adecuado: hace mucho tiempo que los astrólogos dejaron de mirar a las estrellas.

Como comentamos en una entrada anterior, mientras que la Astronomía es una ciencia, la Astrología trata de averiguar cómo somos o qué nos depara el futuro según la posición de los astros en el momento de nuestro nacimiento. Para ello, es muy útil conocer en qué constelación se halla cada planeta.

Por si el lector no tiene claro lo que es una constelación, el D.R.A.E. da esta definición:

Conjunto de estrellas que, mediante trazos imaginarios, forman un dibujo que evoca una figura determinada.

Las estrellas que forman parte de una constelación no tienen por qué estar próximas en la galaxia, sino que suelen hallarse a muchos años luz de distancia, sin relación entre ellas. Además, cada pueblo ha imaginado constelaciones diferentes según su experiencia y tradiciones. En 1930 los astrónomos acordaron dividir el cielo en 88 constelaciones. Cualquier punto en el firmamento puede situarse en una de ellas. Eso sí, tengamos siempre presente que las constelaciones son completamente arbitrarias. He aquí la división de la esfera celeste en 88 constelaciones, tomada de la Wikipedia:

Celestial chart (only areas) (esp)

Aunque las estrellas van moviéndose por la galaxia, a escala humana parecen fijas en el firmamento. No obstante, hay objetos celestes que se mueven en ese telón de fondo estrellado, y van desplazándose de una constelación a otra. A estos astros se les denominó «planetas», palabra que deriva del griego y significa «errantes». Antiguamente, cuando se pensaba que la Tierra era el centro del universo, se consideraba al Sol y a la Luna como planetas. Hoy, a efectos prácticos, los astrólogos siguen manteniendo ese punto de vista geocéntrico. Cuando en esta entrada hablemos de «planetas» entre comillas y en cursiva lo haremos en ese sentido amplio, de astros errantes.

Puesto que está feo criticar sin molestarse en estudiar lo criticado, busqué en Internet algunas páginas astrológicas de referencia, como www.astro.com o www.astrotheme.com. Allí, el internauta curioso puede, entre otras cosas, conseguir su propia carta astral. El D.R.A.E. la define así:

Representación de la posición de los astros al nacer una persona, con la que el astrólogo pretende predecir su futuro.

O sea que, ante todo, una carta astral debe mostrarnos dónde estaban los planetas en un momento dado. Usted mismo puede hacerse su carta astral disponiendo de las correspondientes efemérides astrológicas, sabiendo la hora y fecha exacta de su nacimiento, y la latitud y longitud del lugar donde vino al mundo. Por fortuna, hay muchos sitios web que facilitan el proceso. Basta con rellenar un formulario, y se obtiene una carta astral bellamente coloreada.

A lo que íbamos. Por curiosidad, en www.astrotheme.com consulté la situación de los planetas en una fecha concreta: el 8 de marzo de 2018, a las 12:36, hora peninsular española. Esta es una captura de pantalla con la carta astral obtenida:

Los símbolos de los «planetas» pueden consultarse en esta página. El único diferente es el que representa a Plutón (el símbolo rojo con el circulito y la cruz que hay arriba a la izquierda). Y en esta otra están los símbolos de los signos del zodiaco. Hay otros símbolos en la carta que no corresponden a astros, por lo que no los trataremos aquí. Si queda usted algo confundido por tanto símbolo, amigo lector, no se preocupe. Más abajo proporcionamos una tabla con la información más relevante. Antes, permítanos unas observaciones.

Es curioso ver cómo se han modernizado los astrólogos.  En la Antigüedad sólo se conocían siete «planetas»: Sol, Luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. Desde que William Herschel descubrió Urano en 1781, los astrólogos han ido aceptando cuerpos celestes que antes no se sabía que existían pero que, según ellos, resulta que también nos influyen. Eso nos deja con una duda: las cartas astrales antiguas, de cuando no se conocían esos «planetas», ¿están todas equivocadas? 🙂

Volvamos a nuestra carta astral moderna. Aparte del Sol, la Luna y los planetas auténticos, vemos que los astrólogos consideran importantes más astros del Sistema Solar. En concreto, dos planetas enanos: Plutón y Ceres. Sin embargo, no tienen en cuenta otros como Eris (mayor que Plutón), Makemake o Haumea (por no citar a otros cuerpos transneptunianos, como Sedna). ¿Por qué?

En cuanto a los asteroides (recordemos que Ceres fue ascendido de asteroide a planeta enano), también existen ausencias notables. Los astrólogos se fijan en las posiciones de Palas (545 km de diámetro), Vesta (530 km de diámetro) y Juno (233,9 km de diámetro). En cambio, a saber por qué, ignoran a Hygiea (o Higía), un asteroide de considerable tamaño (407,1 km de diámetro), mucho mayor que Juno. Asimismo, consideran a importante a Quirón, un asteroide más pequeño (206 km de diámetro) del tipo de los centauros, que orbita entre Saturno y Urano. ¿Por qué? En fin, misterios de la Astrología. 🙂

Constelaciones y eclíptica (fuente: eppursimuovegalileo.wordpress.com)

Situemos ahora a todos esos «planetas» en la esfera celeste. Por fortuna, no aparecen en cualquier sitio. Dado que casi todos esos astros giran en torno al sol en un mismo plano, el de la eclíptica, eso implica que desde la Tierra los vemos moverse en una estrecha banda del cielo: el zodiaco. En él se sitúan las 12 constelaciones cuyos nombres nos son tan familiares: Aries, Tauro, Géminis, etc.

Puede uno pensar que la carta astral sitúa correctamente a los planetas en las constelaciones que ocupan en determinado momento. Bien, eso es fácil de comprobar: basta con mirar al cielo. Claro, hay un problema. A la hora en que conseguí la carta, poco después del mediodía, no se iban a ver muchas estrellas en el firmamento, precisamente. 🙂

Por fortuna, hay recursos que nos permiten saber dónde está cada cuerpo celeste, incluso a plena luz del día. Además, son gratis, y algunos de ellos excelentes. El aficionado a la Astronomía tiene a su disposición apps para teléfono móvil como Sky Map, así como programas de ordenador como Stellarium o Celestia. Si no quiere instalarlos, siempre puede acceder a planetarios online, como In-The-Sky.org. Hemos utilizado este último para buscar los «planetas» y saber dónde están realmente.

Comparemos sus posiciones según la carta astral y el planetario. ¿En qué constelaciones estaban a esa hora? Véase la tabla:

«PLANETA» CARTA ASTRAL PLANETARIO
Sol Piscis Acuario
Luna Sagitario Libra
Mercurio Aries Piscis
Venus Aries Piscis
Marte Sagitario Ofiuco
Júpiter Escorpio Libra
Saturno Capricornio Sagitario
Urano Aries Piscis
Neptuno Piscis Acuario
Plutón Capricornio Sagitario
Ceres Leo Cáncer
Palas Tauro Erídano
Vesta Sagitario Ofiuco
Juno Piscis Acuario
Quirón Piscis Piscis

Gensanta, que diría Forges (Q.E.P.D.). La carta astral sólo acertó uno de quince… 🙂 Además, algunos de esos «planetas» aparecen en constelaciones que no son las 12 del zodiaco, como Erídano u Ofiuco. ¿Qué ocurre aquí? ¿A qué puede deberse un fallo tan estrepitoso de la Astrología?

Hay varios motivos, a nuestro entender, que discutiremos en la próxima entrada. Valga un anticipo: no es lo mismo constelación que signo zodiacal. Y otro, quizás el más importante: como sugerimos al principio, hace muchos siglos que los astrólogos dejaron de mirar a las estrellas.

El santo y los astrólogos

Voy a contar una anécdota que me sucedió hace años. Desde niño me ha gustado observar el firmamento para reconocer constelaciones, identificar planetas… Antes de comprar un telescopio, es preferible iniciarse en la Astronomía con unos prismáticos 7×50 o 10×50. Así, un buen día fui a preguntar precios en tiendas de material óptico. En una de ellas, cuando le expliqué al dependiente qué tipo de prismáticos quería y lo que pretendía hacer con ellos, me dijo: «Ah, ¿le interesa a usted la Astrología. Yo, por cortesía, no lo corregí, aunque le dejé caer: «Sí, soy aficionado a la Astronomía». Acabé comprándolos en otro sitio (por el precio, no por el comentario). 🙂

Salvo que se indique otra cosa, las ilustraciones (libres de derechos) son de pixabay.com

Astronomía, Astrología… No es lo mismo. Cito de la Wikipedia:

La astronomía (del latín astronomĭa, y este del griego ἀστρονομία) es la ciencia que se ocupa del estudio de los cuerpos celestes del universo, incluidos los planetas y sus satélites, los cometas y meteoroides, las estrellas y la materia interestelar, los sistemas de materia oscura, gas y polvo llamados galaxias y los cúmulos de galaxias; por lo que estudia sus movimientos y los fenómenos ligados a ellos.

La astrología, en su acepción más amplia, es un conjunto de tradiciones y creencias que sostienen que es posible reconocer o construir un significado de los eventos celestes y de las constelaciones, basándose en la interpretación de su correlación con los sucesos terrenales; este paralelismo es usado como método de adivinación.

La diferencia salta a la vista. La Astronomía es una ciencia. Sus afirmaciones y teorías están sometidas al método científico, sobre el cual ya hemos hablado en otras entradas. En cambio, la Astrología es una pseudociencia que para adivinar el futuro recurre a los astros.

Mucha gente piensa que al inicio de la civilización, e incluso antes, Astrología y Astronomía eran la misma cosa (o, al menos, caminaban juntas), y que no se separaron hasta tiempos recientes. Es cierto que después de la revolución científica de Galileo, Kepler y Newton la Astronomía no ha dejado de progresar y asombrarnos. La Astrología, en cambio, siguió a lo suyo, haciendo horóscopos y tratando de leer el futuro. Sin embargo, desde la Antigüedad los sabios tuvieron claro que Astronomía y Astrología eran cosas bien distintas. La Astronomía era considerada algo útil y serio, mientras que la Astrología, a pesar de su popularidad, olía mal, por así decirlo.

Comprobémoslo, haciendo un poco de historia. Retrocedamos hasta la segunda mitad del siglo VI, en la España visigoda. Concretamente, en la ciudad de Cartagena (donde nací, dicho sea de paso, aunque bastantes siglos más tarde). 🙂

Allí residía el duque Severiano, cuyos hijos acabaron convirtiéndose en santos de las iglesias católica y ortodoxa: Leandro, Fulgencio, Florentina e Isidoro (los famosos cuatro santos cartageneros). A la familia le tocó vivir en tiempos convulsos, y tuvo que huir a Sevilla (Hispalis, en aquella época) por motivos políticos. Es conocida la tendencia de los visigodos a pelearse entre ellos y, por si faltaba algo, los bizantinos también andaban entrometiéndose, ocupando buena parte del sur peninsular. En el norte, cántabros, astures y vascones se dedicaban a incordiar, por no mencionar a los suevos en Galicia y norte de Portugal.

Isidor von SevillaSan Isidoro de Sevilla (fuente: es.wikipedia.org)

En aquella época turbulenta e insegura creció Isidoro (556-636), el menor de los hermanos. Unos afirman que nació en Cartagena, mientras que otros creen que vino al mundo una vez que su familia se instaló en Sevilla. Fue un hombre inteligente y estudioso, con una insaciable sed de conocimientos, que dominaba los idiomas griego y hebreo. Llegó a ser arzobispo de Sevilla, sucediendo a su hermano Leandro, y trabajó muy activamente en la conversión al catolicismo de los arrianos visigodos.

Como hemos comentado, le tocó vivir en tiempos difíciles. Él, como tantas personas cultas, tenía la sensación de asistir al derrumbe y pérdida del saber atesorado durante el añorado Imperio Romano. Las clases dominantes eran mayormente analfabetas y muy violentas, y los enemigos acechaban por doquier. Pero a diferencia de otros, Isidoro no se resignó a ver desaparecer lo que amaba, sino que consagró su vida al admirable propósito de conservarlo.

Etymologiae Vitr-14-3 f26vPágina de las Etimologías (Códice toledano; fuente: es.wikipedia.org)

Muchas son las obras que escribió durante su larga vida, y entre ellas abundan las enciclopedias. Ahí trató de recopilar todo el saber clásico, para que no se perdiera. Las más famosas son las Etimologías, que aparecieron en torno al año 630. Se trata de veinte libros en los que se ocupa de todo lo divino y lo humano, desde las jerarquías angélicas hasta los tipos de barcos. Su lectura resulta algo árida, pues las enciclopedias no se caracterizan precisamente por su brillantez literaria. No obstante, en las Etimologías hay un auténtico tesoro de información. No nos podemos hacer idea cabal de la importancia que supusieron en su momento y en los siglos posteriores. Se trataba de la obra de referencia para cualquier estudioso, un faro en la oscuridad.

Como biólogo, las Etimologías me interesaban por lo que enseñan sobre el conocimiento que en la Antigüedad tenían sobre animales y plantas. Y puestos ya, decidí leerme la obra entera. En concreto, he usado la edición bilingüe de las Etimologías en español y latín publicada en 2004 por la Biblioteca de Autores Cristianos. Todas las citas que se incluyen a continuación proceden de ella.

Puede que en el futuro redacte alguna entrada sobre los aspectos zoológicos y botánicos de las Etimologías. En la presente, en cambio, me ocuparé de las estrellas, pues Isidoro dedica bastantes páginas a hablarnos sobre ellas, los astrólogos y los astrónomos. Y para él, no son lo mismo. Ni de lejos. Consideremos sus palabras que, gracias a la magia de la escritura, nos llegan nítidas a través de un abismo de casi mil cuatrocientos años.

«Acerca de la astronomía» aparece en el libro III a partir del capítulo 24, donde encontramos esta definición:

«Astronomía» significa «ley de los astros», y estudia, hasta donde le es dado a la razón, el curso de los astros y las figuras y relaciones que las estrellas mantienen entre sí y con la tierra.

Aunque lo que le interesa es la Astronomía, Isidoro también dedica unas palabras a la Astrología. Así, en el cap. 25 tenemos:

Los primeros que abordaron el estudio de la astronomía fueron los egipcios. Por su parte, los iniciadores de la astrología o del influjo de los astros en los hombres fueron los caldeos. El historiador Josefo asegura que Abrahán fue quien transmitió la astrología a los egipcios. Los griegos afirman que el iniciador de la astrología fue Atlante, y por ello se dice que estuvo sosteniendo el cielo. Pero quienquiera que fuera el inventor, lo cierto es que el hombre, empujado por su afán investigador y por el movimiento del cielo manifestado en los cambios temporales, en el curso inalterable y definido de los astros y en la duración fija de sus intervalos, comenzó a establecer ciertas medidas y números, y al ordenarlas mediante análisis y distinciones, descubrió la astrología.

En el cap. 26 habla de los maestros de la Astronomía y destaca a Ptolomeo, rey de Alejandría, que estableció las leyes por las que es posible determinar el curso de los astros. A continuación, en el cap. 27 nos habla de la diferencia entre Astronomía y Astrología:

En algo se diferencian la astronomía y la astrología. El contenido de la astronomía es el movimiento circular del cielo; el orto, la puesta y el movimiento de los astros; así como la razón de los nombres que éstos tienen. La astrología es, en parte, natural y, en parte, supersticiosa. Es natural en cuanto que sigue el curso del sol y de la luna, y la posición que, en épocas determinadas, presentan las estrellas. Pero es supersticiosa desde el momento en que los astrólogos tratan de encontrar augurios en las estrellas y descubrir qué es lo que los doce signos del zodíaco disponen para el alma o para los miembros del cuerpo, o cuando se afanan en predecir, por el curso de los astros, cómo va a ser el nacimiento y el carácter del hombre.

En los capítulos siguientes Isidoro trata sobre teoría astronómica, la esfera celeste, sus partes, los nombres de estrellas y planetas, el zodiaco, etc. Todo ello muy interesante, pero se escapa del propósito de esta entrada.

Según los sabios antiguos, los astrónomos se ocupaban de identificar los astros y estudiar sus movimientos. Esto era muy importante para unas sociedades que dependían de la Agricultura, pues había que determinar con precisión el momento de la siembra, la cosecha… Los astrólogos, aunque también estudiaban el sol y su posición entre las estrellas, lo hacían para buscar augurios. O sea, para actuar como adivinos. Isidoro lo deja aún más claro en el último capítulo del libro III. En 71, 37:

Pero sean cuales fueren las supersticiones que sobre ellas han forjado los hombres, lo cierto es que son cuerpos celestes que Dios creó en el principio del mundo y los organizó para que, teniendo en cuenta los ciclos establecidos, se pudieran determinar los tiempos.

Nótese la mentalidad antigua. El mundo había sido creado para que lo habitáramos; por tanto, la Naturaleza estaba a nuestro servicio. En concreto, los astros fueron puestos ahí para que aprendiéramos a medir el tiempo. O para admirar su belleza y dar gracias a Dios por crear algo tan magnífico. Y punto. El problema era que los astrólogos se pasaron de frenada, por así decirlo, y pretendían extraer del estudio del cielo algo inadecuado. Veamos lo que dice en 71, 38-39:

La observación de estos signos, la confección de horóscopos y otras supersticiones que están vinculadas al conocimiento de los astros (es decir, a la predicción de los hados), son, sin ningún género de dudas, contrarios a nuestra fe, y de tal manera han de ignorarlas los cristianos, que no deben aparecer ni escritas. Hubo quienes, atraídos por la belleza y el esplendor de los astros, cayeron ciegos de inteligencia en una falsa apreciación de las estrellas, hasta el punto de que intentaron poder predecir los acontecimientos futuros por medio de falsos cálculos, que reciben el nombre de astrología. Estas creencias no las condenaron solamente los doctores de la religión cristiana, sino también, entre los gentiles, Platón, Aristóteles y otros muchos, quienes, coincidiendo en su opinión, se vieron empujados por la verdad, llegando a afirmar que de tales creencias no puede emanar más que el confusionismo.

Más claro, imposible. El cielo es tan majestuoso, tan bello, y parece funcionar como una máquina perfecta, que los astrólogos pensaron que podía servir para adivinar el futuro. En cambio Isidoro, un sabio prudente, nos dice que si bien los astros nos permiten medir el tiempo, atribuirles otros poderes es una presunción infundada. Están para lo que están, y listo. Lo demás es ilusión, fantasía. Y, como muy bien indica, esta censura hacia la Astrología no es sólo cosa de cristianos. Los sabios gentiles pensaban lo mismo.

Pero hay algo más, de vital importancia, que provoca el rechazo de Isidoro hacia los astrólogos. En 71, 40:

Pues, si el género humano estuviera, por necesidad de su nacimiento, orientado obligatoriamente hacia determinadas acciones, ¿por qué los buenos van a ser merecedores de alabanza y los malos han de sufrir el castigo de las leyes? Aunque no estuvieron iluminados por la verdadera sabiduría, en favor de la verdad se sintieron obligados a combatir aquellos errores.

En efecto, los supuestos de la Astrología se oponen al libre albedrío humano. Los sabios, tanto cristianos como gentiles, creían que somos responsables de nuestros actos. Si metemos la pata o somos unos zoquetes, no culpemos a la posición de los planetas el día de nuestro nacimiento. Somos libres a la hora de tomar nuestras decisiones. Para un cristiano como Isidoro, somos nosotros quienes elegimos el camino al Cielo o al Infierno. Si nuestro destino está escrito en los astros o influenciado por ellos, ¿qué sentido tendría premiar a los buenos y castigar a los malos?

Por si quedaba alguna duda de lo que pensaba Isidoro, en el cap. 9 del libro VIII trata «Sobre los magos», a los que no tiene en muy buena consideración, precisamente. Describe los distintos tipos, y entre ellos figuran los astrólogos (9, 22), que hacen sus augurios fijándose en los astros. También define los horóscopos (9, 27), a los que:

se les dio este nombre porque examinan las horas en que tuvo lugar el nacimiento de las personas para descubrir su dispar y diverso destino.

En fin… Pese a las admoniciones de Isidoro, y en contra de toda evidencia, la Astrología siguió siendo popular. Hasta el mismo Kepler tuvo que ganarse la vida escribiendo horóscopos. Pero que algo sea popular no implica necesariamente que sea correcto. En la siguiente entrada explicaremos por qué los científicos no nos tomamos en serio pseudociencias como la Astrología. Mejor dicho, por qué no podemos tomarlas en serio.

Blavatsky y el miedo al mono (IV)

A H. P. Blavatsky le encantaba el nº 7. Más bien le obsesionaba, pues su obra gira en torno a una concepción septenaria del cosmos. También defendía los ciclos de auge y caída, en una cosmovisión repleta de fuerza vital, espíritus y almas. Asimismo, buscaba desesperadamente paralelismos entre macro y microcosmos. Por fortuna, incluyó en sus obras diagramas que nos ayudan a comprenderla (o al menos a intentarlo):

Nota: todas las ilustraciones de esta entrada se han tomado de la versión inglesa; puede descargarse en www.theosociety.org

Fijémonos en la ilustración. Además del paralelismo manifiesto entre los principios humanos y la división planetaria, que comentaremos más adelante, queda claro que Blavatsky era vitalista.  Las almas y espíritus campan a sus anchas por La Doctrina Secreta, y se enfadaba cuando los científicos no los tenían en cuenta. Reprochaba a los físicos de su época que se quedaran en la cáscara, sin llegar nunca a la almendra. Al adoptar los átomos físicos, olvidaban que los átomos tenían alma (o lo que ella entendía por alma). A lo largo de su obra despotricó contra esas teorías físicas vacías de alma y espíritu, y afirmó que los antiguos iniciados sabían más de Física que todas las academias científicas. En concreto, creía que la Ciencia Moderna no es más que Pensamiento Antiguo desfigurado. El Ocultismo no necesitaba pruebas científicas. Al final, según ella, la Ciencia acabaría por aceptar lo que decía la Filosofía Oculta.

A lo largo de La Doctrina Secreta Blavatsky arremete contra el materialismo, aunque no era partidaria de las grandes religiones monoteístas. Estas le gustaban aún menos que la Ciencia, que ya es decir. Su visión no era monoteísta sino panteísta, con un principio original del que emanaba lo demás (aunque su redacción tendía a ser confusa, por lo que resulta difícil seguirla). De hecho, afirmaba que por deficientes, materialistas y erróneas que fueran las teorías científicas, estaban mil veces más cerca de la verdad que las vaguedades de la Teología. No obstante, cuando la Ciencia le llevaba la contraria a las creencias ocultistas, buenos palos le daba… 🙂

No vamos a reproducir aquí sus extrañas ideas sobre el átomo, la luz, el calor, las reacciones y elementos químicos (llega a afirmar que el helio tiene un peso atómico inferior al del hidrógeno), los principios de la fotografía, la gravitación (llegó a insinuar que correría la misma suerte que la teoría corpuscular de la luz)… Como ya dijimos, Blavatsky iba sacando de aquí y allá las noticias científicas que se adaptaban a su cosmovisión, valiéndose en muchos casos de «autoridades» hoy bastante olvidadas o bien muy antiguas, que incluso en su época estaban ya desacreditadas.

Blavatsky estaba de acuerdo en algo con los astrónomos: el universo es muy, muy grande y nuestros dioses, muy, muy pequeños. Por lo demás, los disparates astronómicos proliferan en La Doctrina Secreta. Dejando a un lado su concepción del éter (sustancia hipotética aceptada en su época, pero liquidado por la teoría de la relatividad), sus ideas sobre el sol y los planetas eran… en fin, corramos un tupido velo.:-)  Asimismo, pensaba que la materia de soles y cometas podía ser muy distinta a la de la tierra, con elementos desconocidos para la Ciencia. Hoy, con más elementos de juicio, sabemos que en realidad estamos hechos de polvo de estrellas. No somos algo aparte.

Centrémonos en nuestro rinconcito del universo, el Sistema Solar, y en algo que llama poderosamente la atención: las peculiares cadenas planetarias.

Para Blavatsky había innumerables cadenas circulares de mundos, compuestas de 7 globos situados en distintos planos. Sólo el inferior y más material se hallaba dentro de nuestro plano y lo podíamos percibir (véase la primera ilustración de esta entrada). Cada cadena de mundos era creación (o reencarnación) de otra, inferior y muerta. En nuestro caso, de la cadena de la Luna, la cual es más vieja que la Tierra. Los globos de la cadena septenaria lunar han dado vida a los correspondientes globos de la cadena terrestre, y a continuación mueren. Ah, Blavatsky también hablaba de la influencia maligna de la Luna sobre la Tierra en la actualidad. Parece que creía en la Astrología…

Como se ve en la ilustración, cuando el anillo o cadena planetaria llegaba a su última ronda pasaba su energía a otro planeta. En el caso de la Tierra, como en otros, debía vivir durante 7 rondas. En las tres primeras se formaba y consolidaba. En la cuarta se asentaba y endurecía. En las tres últimas se revertía esa tendencia y volvía a espiritualizarse. La humanidad se desarrollaba tan sólo en la 4ª ronda. O sea, para entendernos: hay un descenso de lo espiritual a lo material, y luego un ascenso a la inversa. Durante el proceso parece que se gana en sabiduría. O experiencia. O algo así.

¿Confuso? Hay quienes califican a los escritos de Blavatsky de «empanada mental». No obstante, hemos de reconocer que su obra tiene un punto de grandiosa. Llama la atención lo ordenado y majestuoso que es su cosmos, tan finalista y predecible. Tiende a funcionar como un mecanismo de relojería, igual que las antiguas esferas celestes.

En la próxima (y esperamos que última) entrada sobre el tema reflexionaremos sobre esta manía por el orden. Eso será después de comentar la que organizó Blavatsky al aplicar sus ciclos y cadenas a la evolución y al origen de nuestra especie, con su empeño en negar que descendiéramos de los monos; faltaría más.