El oso y el yeti

En julio de 2015 escribimos aquí una serie de 4 entradas tituladas «El yeti y la ciencia oficial». En ellas nos ocupábamos de la Criptozoología, una pseudociencia que trata de hallar animales (críptidos) cuya existencia aún no ha sido probada. Concretamente, nos centramos en el yeti y humanoides similares (bigfoot, sasquatcht…).

Debe quedar claro que es imposible demostrar la inexistencia de estas criaturas, igual que es imposible demostrar la inexistencia de dioses, ángeles, duendes, orcos, etc. Sus defensores siempre podrán aducir que nos falta fe, o no hemos buscado lo suficiente, o no queremos admitir las pruebas que nos presentan… Y si no logran convencernos, siempre se compararán con Galileo: «Si a él no le hicieron caso, pero resultó que tenía razón, entonces nosotros también tenemos razón». La verdad, se me escapa la lógica de este razonamiento. 🙂

En realidad, la carga de la prueba recae sobre quienes proponen la existencia de tales entes. Ocurre que la Ciencia requiere pruebas sólidas y, respecto al yeti, ninguna, repito, ninguna de las pruebas presentadas hasta la fecha soporta la hipótesis de la existencia de humanoides desconocidos que moren en las estribaciones del Himalaya, los bosques norteamericanos u otros lugares del mundo.

Los científicos, en contra de lo que proclaman pseudocientíficos, conspiranoicos y similares, están encantados de admitir la existencia de nuevas especies de homínidos. Eso sí, siempre que las pruebas lo ratifiquen. Baste el ejemplo de los denisovanos. Lo únicos restos conservados de esta especie humana caben en una caja de cerillas, pero se pudo secuenciar su ADN, y nadie discute los resultados: una especie nueva, próxima a los neandertales, algunos de cuyos genes están hoy presentes en diversas comunidades humanas.

La diferencia entre Ciencia y pseudociencia está en la metodología, no en lo fantásticas o cautivadoras que sean sus propuestas. Los científicos somos conscientes de nuestras limitaciones. Somos humanos. Tendemos a creer en lo que nos gusta, en lo que nos ilusiona, y a dejar de lado aquello que nos incomoda. También es fácil engañarnos. Por eso el método científico es riguroso y exigente, para intentar evitar fallos. En cuanto al método pseudocientífico… En fin. Por decirlo suavemente, riguroso, muy riguroso, no lo es. Véase lo que comentamos en aquellas entradas sobre el artículo pseudocientífico sobre el bigfoot de Ketchum et al. (2013).

La Ciencia «oficial» también se ha ocupado del yeti y sus parientes. Recordemos el artículo de Milinkovitch et al. (2004) en el que, con sentido del humor (el cual, por cierto, no está reñido con el rigor científico), se concluye que el ADN de una muestra de pelo de yeti coincidía con ADN de caballo. O el de Coltman & Davis (2006), en el que una muestra de pelo de sasquatch resultó coincidir con ADN de bisonte. Por otro lado, Lozier et al. (2009) aplicaban un modelo de nicho ecológico a los avistamientos del bigfoot o sasquatch en Norteamérica, y su área de distribución coincidía con la del oso negro.

El artículo más extenso era el de Sykes et al. (2014). Como vimos, analizaron 57 muestras de pelo atribuidas a yetis y similares. Algunas ni siquiera eran animales (fibra de vidrio, restos vegetales…). Pudieron extraer el ADN de 30… y ninguna de ellas correspondía a un homínido desconocido. Osos, cabras, tapires, caballos, mapaches, perros, vacas, ciervos, ovejas, puercoespines, seres humanos…

Pero la Ciencia progresa; en concreto, las técnicas de análisis de ADN mejoran a una velocidad pasmosa. Hay novedades que conciernen al yeti, reseñadas en los grandes medios de comunicación. Se trata del artículo de Lan et al. (2017), titulado: «Evolutionary history of enigmatic bears in the Tibetan Plateau-Himalaya region and the identity of the yeti» (Historia evolutiva de los osos enigmáticos en la región Meseta Tibetana – Himalaya y la identidad del yeti). Desde el punto de vista formal, el artículo es impecable, además de riguroso. Veamos qué nos cuenta.

 Tibetan Blue Bear - Ursus arctos pruinosus - Joseph SmitProbablemente, algunos avistamientos de yetis correspondan a ejemplares de oso azul del Tíbet (Ursus arctos pruinosus), una subespecie de oso pardo (fuente: es.wikipedia.org)

En contra de lo que pudiera parecer, el artículo no se centra en el yeti, sino en la evolución de los osos himalayos y tibetanos. Con las nuevas herramientas de que disponen, estudian 24 muestras procedentes de museos, trabajos previos, etc., y secuencian el mitogenoma (ADN mitocondrial) completo. Las muestras corresponden tanto a osos como a supuestos yetis.

Los resultados son concluyentes. Una de las muestras, un diente procedente del museo Reinhold Messner, es de un perro. Las otras 23 muestras, TODAS, tienen ADN de osos. He aquí la conclusión final, traducida del inglés:

Este estudio representa el análisis más riguroso hasta la fecha de las muestras sospechosas de derivar de criaturas anómalas o míticas similares a “homínidos”, sugiriendo con fuerza que la base biológica de la leyenda del yeti son los osos pardos y negros locales.

Los medios de comunicación se han centrado en esta conclusión, algo lógico, dados los ríos de tinta que se han vertido sobre el yeti. No obstante, y a título personal, el artículo me parece apasionante por otros motivos: cómo la Ciencia se va corrigiendo a sí misma, y la historia de los osos.

En el artículo de Sykes et al. (2014) se mencionaba que una de las muestras de yeti podía corresponder a un oso extraño, desconocido para la ciencia; quizás, un híbrido entre oso polar y pardo. Lan et al. (2017), con su secuenciación completa de mitogenomas, muestran que no es el caso. Ese supuesto yeti era, en efecto, un oso, pero de una subespecie ya conocida (concretamente, el oso pardo himalayo, Ursus arctos isabellinus). Así avanza la Ciencia. En el primer artículo, los autores describieron la metodología utilizada para que otros, en el futuro, pudieran repetir el experimento para ratificar o rectificar las conclusiones. Y así se ha hecho.

Medvěd plavý (Ursus arctos isabellinus)Muestras de ADN atribuidas al yeti corresponden en realidad al oso del Himalaya (Ursus arctos isabellinus), una subespecie de oso pardo (fuente: es.wikipedia.org)

Pero hay más. La comparación de genomas completos de distintos organismos no sólo nos permite identificarlos, sino también determinar el grado de parentesco, su historia evolutiva e incluso poder poner fechas aproximadas al momento en que unos linajes se separaron de otros. Así, Lan et al. (2017) averiguaron que la subespecie himalaya del oso pardo (Ursus arctos isabellinus) se separó bastante temprano del resto de la especie (hace unos 658.000 años), mientras que la subespecie tibetana (Ursus arctos pruinosus) lo hizo más tarde (hace unos 343.000 años). Ambas subespecies no se han mezclado debido a la compleja geografía de la zona. Asimismo, el oso negro himalayo (Ursus thibetanus laniger) pudo separarse de los osos negros asiáticos hace unos 475.000 años. Además, el hecho de que unas poblaciones quedaran aisladas y empezaran a evolucionar por su cuenta puede correlacionarse con las glaciaciones de la región.

 Himalayan bearOso negro del Himalaya (Ursus thibetanus laniger), otro candidato a yeti (fuente: en.wikipedia.org)

No sé a ustedes, pero a mí me maravilla que con unas muestras de ADN seamos capaces de reconstruir historias que se hunden en los abismos del tiempo. Es la metáfora que empleó Darwin, que considera la vida como un arbusto enmarañado del cual brotan constantemente nuevas ramas, dando lugar a formas maravillosas, mientras que otras van desapareciendo. Tanto da que los yetis resulten ser osos en vez de homínidos. Artículos como los que comentamos nos ayudan a conocer mejor el mundo en que vivimos, y nos impulsan a amarlo y querer conservarlo.

El yeti y la ciencia oficial (y IV)

El último artículo científico Q1 que queremos comentar es el de Lozier et al. (2009): Predicting the distribution of Sasquatch in western North America: anything goes with ecological niche modelling (La predicción de la distribución de Sasquatch en el oeste de Norteamérica: todo vale con el modelado de nicho ecológico). Puede descargarse aquí en PDF.

Hoy existe software potente y fácil de manejar para obtener modelos de nichos ecológicos. Dicho de otro modo, podemos deducir el área que ocupa una especie determinada (y, por tanto, las amenazas que se ciernen sobre ella), tomando los datos de avistamientos de esa especie (que en muchos casos están disponibles en bases de datos accesibles al público) e introduciéndolos en el programa adecuado.

El artículo reflexiona sobre los problemas de estos programas, sobre todo si en ellos se introducen datos equivocados, como las malas identificaciones. Para ejemplificarlo, los autores van a una base de datos de avistamientos del bigfoot (hay de todo en Internet…) y tratan los datos con el software MAXENT. De este modo calculan el área de distribución del bigfoot (o sasquatch) en los estados de Washington, Oregón y California. Black bear large

Oso negro (Ursus americanus) (fuente: es.wikipedia.org)

Pues bien, el área de distribución del bigfoot coincide con la del oso negro (Ursus americanus). Con prudencia, los autores sugieren que los avistamientos de bigfoot podrían, en ocasiones, ser de osos.

Esto es, grosso modo, lo que la «ciencia oficial» nos dice sobre el yeti y sus parientes. Para ser justos, deberíamos hacer referencia a algún artículo del bando de los criptozoólogos, comparándolo con los anteriores. Quizás, el más significativo es el de Ketchum et al. (2013): Novel North American Hominins, Next Generation Sequencing of Three Whole Genomes and Associated Studies (Nuevos homininos norteamericanos, secuenciación de nueva generación de tres genomas completos y estudios asociados) . Fue publicado en la revista DeNovo.

En esa página web descubrimos que hay que pagar 30 dólares para conseguirlo y, francamente, pensamos que hay mejores formas de invertir ese dinero, sobre todo ahora en verano (en cerveza y tapas, básicamente). Al menos, se facilita gratis un resumen del trabajo. Por curiosidad, intentamos averiguar la categoría de la revista DeNovo. Resultado: no hay ni rastro de ella en los índices de calidad científica. Pie_Grande

Bigfoot (fuente: es.wikipedia.org)

Por suerte, la autora principal del trabajo tiene una página web, The Sasquatch Genome Project, donde puede descargarse un PDF con el texto del artículo, así como diversos anejos.

En suma, Ketchum et al. analizaron nada menos que 111 muestras biológicas y, tras lo que parece un exhaustivo trabajo de secuención del ADN, llegaron a la conclusión de que el sasquatch o bigfoot es un híbrido entre el ser humano (por parte de madre) y una especie desconocida de primate (por parte de padre). Esta afirmación es asombrosa; de ser cierta, revolucionaría nuestros conocimientos de la evolución de los homínidos.

Entonces, ¿por qué la «ciencia oficial» no le ha hecho (con perdón) ni puñetero caso? ¿Se debe a un contubernio entre malvados científicos resentidos, que desean sabotear los logros de estos modernos émulos de Galileo? Y que conste: lo del «efecto Galileo» no nos lo hemos inventado para mofarnos. Lo tomamos de la página inicial de The Sasquatch Genome Project.

Nada de oscuras conspiraciones. Como de costumbre, lo que tumba a los artículos pseudocientíficos es la metodología.

PeerReview2Para publicar en una revista científica, hay que superar un proceso de revisión por pares (peer review) en ocasiones despiadado, pero siempre necesario (fuente: SCIENCE AND INK)

Queda claro que los autores intentaron publicar el artículo sobre el sasquatch en revistas científicas. El problema es que ninguna dio el visto bueno. Melba Ketchum tuvo el detalle de colgar en esa web las observaciones que los árbitros o evaluadores (referees) hicieron, así como sus réplicas y contrarréplicas. Leyéndolas, un servidor de ustedes ha disfrutado como un cerdo en un maizal. Pocas cosas muestran mejor que esta cómo funciona la ciencia.

Alguna revista de postín, como PLOS ONE (categoría: Q1), ni siquiera envió el manuscrito a los revisores, para enfado de la autora principal. En cambio, la prestigiosa Nature (Q1), lo remitió nada menos que a 4 referees distintos. Al repasar sus objeciones al artículo, vienen a la mente imágenes de una manada de depredadores atacando a una presa débil. Los golpes son bellos, precisos y letales.

Como indican algunos referees, las afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias, y en ningún momento Ketchum et al. las aportan. No sólo eso, sino que los resultados podrían explicarse por una mala manipulación o contaminación de las muestras de ADN. Por otro lado, la exposición de la metodología es muy confusa. En conciencia, ninguna revista seria puede aceptar un trabajo así.

En la web de The Sasquatch Genome Project, Ketchum se queja  con amargura de la actitud de las revistas hacia su artículo, pero es lo que hay. La vida es dura. Todos los que hemos logrado publicar en una revista Q1 hemos pasado por el duro trance de la revisión por pares, y en ocasiones hemos albergado pensamientos asesinos hacia algunos referees. Sin embargo, es necesario y lo aceptamos. Sobrevivir al proceso de revisión otorga una cierta garantía de calidad y credibilidad. Así funciona la ciencia.

¿Qué sucedió con el trabajo después de sufrir varios rechazos? Según leemos en la web antes citada, hartos de la negativa a publicar por parte de las revistas científicas, los autores decidieron crear la suya propia (DeNovo). Y así se acabaron los problemas con los referees, aunque no con la credibilidad. 🙂 El internauta curioso podrá encontrar aquí una visión crítica sobre la publicación del artículo de Ketchum et al. (2013).

Bueno, amigo internauta, esperamos haberte ilustrado no sólo sobre el yeti y sus parientes, sino acerca del funcionamiento básico de la comunicación científica. Te deseamos que pases un buen mes de agosto y que todos sobrevivamos al calor veraniego (o al frío invernal, si vives en el hemisferio austral).

P.S.: Muchos trabajos científicos llevan al final una sección de agradecimientos, y aquí no podíamos ser menos. La idea de escribir estas entradas sobre el yeti surgió en un máster sobre actualización científica que imparto junto al catedrático de Botánica de la Universidad de Almería, Dr. Juan F. Mota. Fue él quien utilizó alguno de los artículos que hemos visto para mostrar la diferencia entre ciencia y pseudociencia a nuestros alumnos. Me pareció divertido e interesante, y profundicé en ello. Gracias, Juan. Te debo una cerveza. 🙂

El yeti y la ciencia oficial (II)

Como decíamos en la entrada anterior, a veces la ciencia se ocupa de los mismos temas que las pseudociencias; en este caso, la Criptozoología. Rebuscando por Internet hemos hallado 4 artículos científicos interesantes sobre el yeti y sus parientes. Aquí nos ocuparemos del más reciente (Sykes et al., 2014): Genetic analysis of hair samples attributed to yeti, bigfoot and other anomalous primates (Análisis de muestras de pelo atribuidas al yeti, bigfoot y otros primates anómalos). Puede descargarse el artículo completo en PDF.

El artículo de Sykes et al. (2014) es buena ciencia, créannos. La revista donde se publicó (Proceedings of the Royal Society) es seria. Muy rigurosa. ¿Cómo lo sabemos? Pues viendo su índice de impacto; por ejemplo, en la web de SCImago.

PeerReview2Es complicado publicar en una revista Q1… (fuente: SCIENCE AND INK)

Según su índice de impacto, una revista científica puede caer dentro de cuatro cuartiles. Q1 es el mejor. Se supone que una revista Q1 cuida mucho lo que publica. Los artículos son revisados por árbitros de colmillo retorcido, o sea, científicos expertos en el tema en cuestión que no dejarán pasar un fallo. A veces se cuelan birrias o fraudes en estas revistas, pero no es lo habitual, y acaban por ser detectados y denunciados. A una revista Q1 se le supone seriedad.

Centrémonos en Sykes et al. (2014). El artículo se ciñe al canon de una comunicación científica. Es un excelente ejemplo para mostrar cómo funciona la ciencia. Además, si sabemos leer entre líneas, se nota que los autores se han divertido haciéndolo.

El artículo comienza con un resumen, algo muy de agradecer. Así, el lector ocupado puede, de un vistazo, determinar si el tema le interesa o no. Y ya desde el principio, queda claro que los resultados no van a gustar a los criptozoólogos.

Le sigue la introducción, donde los autores explican los motivos e interés de realizar este trabajo. Inciden en lo que ya comentamos en la entrada anterior sobre la Criptozoología y el elusivo yeti, y recogen las quejas de los criptozoólogos (los científicos no les hacen caso). A continuación, señalan algo de importancia capital: la ciencia no puede aceptar ni rechazar nada sin antes examinar la evidencia. Y eso hicieron: examinar con rigor las mejores evidencias disponibles.

El siguiente apartado es esencial en todo artículo científico: material y métodos. Todo experimento ha de ser reproducible. Por tanto, se debe describir con pelos y señales lo que se ha hecho, para que cualquier otra persona, con los medios adecuados, pueda verificarlo. Un artículo científico que descuide este apartado será considerado una chapuza.

 

Yetiscalp.JPG
Hay numerosos restos atribuidos a yetis y criaturas similares, como este cuero cabelludo que se guarda en Nepal (fuente: Nmnogueira en Wikipedia. Haga clic en la imagen para ver más detalles)

La mejor evidencia para ratificar la existencia de primates anómalos como el yeti es la biológica: sus restos. Los autores pidieron muestras de pelo atribuidas a estos esquivos seres, y recibieron nada menos que 57. De ellas, unas cuantas tuvieron que ser desechadas por motivos diversos (se trataba de fibra de vidrio o restos vegetales…). Al final, seleccionaron 37 para el análisis genético; de 30 de ellas pudo extraerse y amplificarse el ADN. Se tomaron precauciones para evitar contaminaciones (por ejemplo, con ADN humano de los que manejaron las muestras), y las secuencias génicas halladas se compararon con las existentes en la base de datos de GenBank (una enorme colección de secuencias de genes que están a disposición de quien quiera consultarlas).

Y ahora vienen los resultados y su discusión, el meollo del artículo. ¿Alguna de las 30 muestras de pelo corresponde a un primate anómalo?

Serow Capricornis sumatraensis

Una de las muestras de pelo de yeti resultó ser de seráu, un pariente de la cabra (fuente: es.wikipedia.org)

Tres de las muestras procedían del entorno del Himalaya (India, Bután y Nepal); teóricamente pertenecían al yeti. Bien, una de ellas corresponde a un pariente de la cabra, y las otras dos son de oso. Un oso peculiar, por cierto. El ADN parece indicar que se trata de una antigua hibridación entre oso blanco y pardo, que ha sobrevivido en aquellas altas montañas. Muy interesante, pero de momento, nada de primates desconocidos.

Malayan Tapir 001

… Y el presunto hobbit, un tapir malayo (fuente: es.wikipedia.org)

Otra muestra procedía de Sumatra, y estaba catalogada como orang pendek (el equivalente enano del yeti). ¿Podría tratarse de un hobbit, el controvertido Homo floresiensis? Resultó ser pelo de tapir. Una pena.

Procyon lotor (Common raccoon)

Una de las muestras rusas de almasty correspondía a un mapache, un pequeño carnívoro norteamericano que se ha convertido en una especie invasora en otros continentes (fuente: es.wikipedia.org)

En Rusia tenemos otro presunto primate extraño: el almasty. De las 8 muestras analizadas, 3 son de caballo, 2 de oso pardo, una de vaca, una de mapache y otra de oso negro. Son curiosas estas dos últimas, ya que corresponden a animales norteamericanos. 🙂

Black bear large

La mayoría de los pelos del bigfoot norteamericano eran de osos negros, caballos o cánidos (fuente: es.wikipedia.org)

El grueso de las muestras (18) corresponde a los Estados Unidos, y se artibuyen al bigfoot. Pues bien, 5 son de oso negro, 4 de perro (u otros cánidos), 3 de vaca, y una de cada una de estos animales: ciervo, oveja, caballo, puercoespín, mapache y ser humano.

En resumen: de 30 muestras, ninguna es de un yeti o similar. Ninguna.

Resulta particularmente interesante la lectura del último párrafo, un ejemplo de prudencia científica. Los autores indican que la ausencia de prueba no es prueba de ausencia. Podría existir el yeti, sí, pero ninguna de las muestras apoya esta afirmación. Más aún: señalan que los criptozoólogos, en vez de quejarse de que la ciencia los rechaza, deberían esforzarse en conseguir evidencias convincentes. Hoy es fácil y rápido cotejar el ADN de una muestra biológica con las existentes en GenBank. Analícenlas en algún laboratorio en condiciones, caramba.

Finalmente, los autores incluyen los agradecimientos y algo sumamente importante: la bibliografía empleada. Entre la cual, además de artículos técnicos, antecedentes y demás, destaca Tintín en el Tíbet. 🙂

En la próxima entrada echaremos una ojeada a otros artículos científicos, no tan extensos como éste pero igualmente significativos.