Miopatía nemalínica

Hacemos un inciso en las entradas sobre Astrología para comentar algo realmente importante, que tiene que ver con la miopatía nemalínica.

Es probable, amigo lector, que sea la primera vez que oye usted hablar de ella. Se trata de una de las denominadas enfermedades raras. Es congénita y afecta a los músculos. Su gravedad es variable, de leve a severa. Puede encontrar más información aquí y aquí.

Meses atrás, el pintor y escultor murciano Paco Bernal Muñoz contactó con nosotros, entre otros autores, para pedirnos  que donáramos un cuento relacionado con la miopatía nemalínica. Estos relatos formarían parte de la antología En el laberinto del laurel, cuyo objetivo, aparte de concienciar sobre esta rara enfermedad, es el de ayudar a la asociación Yo Nemalínica. La participación de todos los que han colaborado en el libro ha sido desinteresada; los beneficios irán íntegros a la asociación.

La antología en el laberinto del laurel fue presentada el pasado 12 de enero en Murcia.

El relato con el que hemos contribuido a esta obra se titula Lo único que importa. El lector interesado puede echarle un vistazo en nuestra web del UniCorp (y esta vez no tiene nada que ver con la ciencia ficción o la fantasía). 🙂 Confiamos en que eso lo anime a adquirir el libro, que es por una buena causa.

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El santo y los astrólogos

Voy a contar una anécdota que me sucedió hace años. Desde niño me ha gustado observar el firmamento para reconocer constelaciones, identificar planetas… Antes de comprar un telescopio, es preferible iniciarse en la Astronomía con unos prismáticos 7×50 o 10×50. Así, un buen día fui a preguntar precios en tiendas de material óptico. En una de ellas, cuando le expliqué al dependiente qué tipo de prismáticos quería y lo que pretendía hacer con ellos, me dijo: «Ah, ¿le interesa a usted la Astrología. Yo, por cortesía, no lo corregí, aunque le dejé caer: «Sí, soy aficionado a la Astronomía». Acabé comprándolos en otro sitio (por el precio, no por el comentario). 🙂

Salvo que se indique otra cosa, las ilustraciones (libres de derechos) son de pixabay.com

Astronomía, Astrología… No es lo mismo. Cito de la Wikipedia:

La astronomía (del latín astronomĭa, y este del griego ἀστρονομία) es la ciencia que se ocupa del estudio de los cuerpos celestes del universo, incluidos los planetas y sus satélites, los cometas y meteoroides, las estrellas y la materia interestelar, los sistemas de materia oscura, gas y polvo llamados galaxias y los cúmulos de galaxias; por lo que estudia sus movimientos y los fenómenos ligados a ellos.

La astrología, en su acepción más amplia, es un conjunto de tradiciones y creencias que sostienen que es posible reconocer o construir un significado de los eventos celestes y de las constelaciones, basándose en la interpretación de su correlación con los sucesos terrenales; este paralelismo es usado como método de adivinación.

La diferencia salta a la vista. La Astronomía es una ciencia. Sus afirmaciones y teorías están sometidas al método científico, sobre el cual ya hemos hablado en otras entradas. En cambio, la Astrología es una pseudociencia que para adivinar el futuro recurre a los astros.

Mucha gente piensa que al inicio de la civilización, e incluso antes, Astrología y Astronomía eran la misma cosa (o, al menos, caminaban juntas), y que no se separaron hasta tiempos recientes. Es cierto que después de la revolución científica de Galileo, Kepler y Newton la Astronomía no ha dejado de progresar y asombrarnos. La Astrología, en cambio, siguió a lo suyo, haciendo horóscopos y tratando de leer el futuro. Sin embargo, desde la Antigüedad los sabios tuvieron claro que Astronomía y Astrología eran cosas bien distintas. La Astronomía era considerada algo útil y serio, mientras que la Astrología, a pesar de su popularidad, olía mal, por así decirlo.

Comprobémoslo, haciendo un poco de historia. Retrocedamos hasta la segunda mitad del siglo VI, en la España visigoda. Concretamente, en la ciudad de Cartagena (donde nací, dicho sea de paso, aunque bastantes siglos más tarde). 🙂

Allí residía el duque Severiano, cuyos hijos acabaron convirtiéndose en santos de las iglesias católica y ortodoxa: Leandro, Fulgencio, Florentina e Isidoro (los famosos cuatro santos cartageneros). A la familia le tocó vivir en tiempos convulsos, y tuvo que huir a Sevilla (Hispalis, en aquella época) por motivos políticos. Es conocida la tendencia de los visigodos a pelearse entre ellos y, por si faltaba algo, los bizantinos también andaban entrometiéndose, ocupando buena parte del sur peninsular. En el norte, cántabros, astures y vascones se dedicaban a incordiar, por no mencionar a los suevos en Galicia y norte de Portugal.

Isidor von SevillaSan Isidoro de Sevilla (fuente: es.wikipedia.org)

En aquella época turbulenta e insegura creció Isidoro (556-636), el menor de los hermanos. Unos afirman que nació en Cartagena, mientras que otros creen que vino al mundo una vez que su familia se instaló en Sevilla. Fue un hombre inteligente y estudioso, con una insaciable sed de conocimientos, que dominaba los idiomas griego y hebreo. Llegó a ser arzobispo de Sevilla, sucediendo a su hermano Leandro, y trabajó muy activamente en la conversión al catolicismo de los arrianos visigodos.

Como hemos comentado, le tocó vivir en tiempos difíciles. Él, como tantas personas cultas, tenía la sensación de asistir al derrumbe y pérdida del saber atesorado durante el añorado Imperio Romano. Las clases dominantes eran mayormente analfabetas y muy violentas, y los enemigos acechaban por doquier. Pero a diferencia de otros, Isidoro no se resignó a ver desaparecer lo que amaba, sino que consagró su vida al admirable propósito de conservarlo.

Etymologiae Vitr-14-3 f26vPágina de las Etimologías (Códice toledano; fuente: es.wikipedia.org)

Muchas son las obras que escribió durante su larga vida, y entre ellas abundan las enciclopedias. Ahí trató de recopilar todo el saber clásico, para que no se perdiera. Las más famosas son las Etimologías, que aparecieron en torno al año 630. Se trata de veinte libros en los que se ocupa de todo lo divino y lo humano, desde las jerarquías angélicas hasta los tipos de barcos. Su lectura resulta algo árida, pues las enciclopedias no se caracterizan precisamente por su brillantez literaria. No obstante, en las Etimologías hay un auténtico tesoro de información. No nos podemos hacer idea cabal de la importancia que supusieron en su momento y en los siglos posteriores. Se trataba de la obra de referencia para cualquier estudioso, un faro en la oscuridad.

Como biólogo, las Etimologías me interesaban por lo que enseñan sobre el conocimiento que en la Antigüedad tenían sobre animales y plantas. Y puestos ya, decidí leerme la obra entera. En concreto, he usado la edición bilingüe de las Etimologías en español y latín publicada en 2004 por la Biblioteca de Autores Cristianos. Todas las citas que se incluyen a continuación proceden de ella.

Puede que en el futuro redacte alguna entrada sobre los aspectos zoológicos y botánicos de las Etimologías. En la presente, en cambio, me ocuparé de las estrellas, pues Isidoro dedica bastantes páginas a hablarnos sobre ellas, los astrólogos y los astrónomos. Y para él, no son lo mismo. Ni de lejos. Consideremos sus palabras que, gracias a la magia de la escritura, nos llegan nítidas a través de un abismo de casi mil cuatrocientos años.

«Acerca de la astronomía» aparece en el libro III a partir del capítulo 24, donde encontramos esta definición:

«Astronomía» significa «ley de los astros», y estudia, hasta donde le es dado a la razón, el curso de los astros y las figuras y relaciones que las estrellas mantienen entre sí y con la tierra.

Aunque lo que le interesa es la Astronomía, Isidoro también dedica unas palabras a la Astrología. Así, en el cap. 25 tenemos:

Los primeros que abordaron el estudio de la astronomía fueron los egipcios. Por su parte, los iniciadores de la astrología o del influjo de los astros en los hombres fueron los caldeos. El historiador Josefo asegura que Abrahán fue quien transmitió la astrología a los egipcios. Los griegos afirman que el iniciador de la astrología fue Atlante, y por ello se dice que estuvo sosteniendo el cielo. Pero quienquiera que fuera el inventor, lo cierto es que el hombre, empujado por su afán investigador y por el movimiento del cielo manifestado en los cambios temporales, en el curso inalterable y definido de los astros y en la duración fija de sus intervalos, comenzó a establecer ciertas medidas y números, y al ordenarlas mediante análisis y distinciones, descubrió la astrología.

En el cap. 26 habla de los maestros de la Astronomía y destaca a Ptolomeo, rey de Alejandría, que estableció las leyes por las que es posible determinar el curso de los astros. A continuación, en el cap. 27 nos habla de la diferencia entre Astronomía y Astrología:

En algo se diferencian la astronomía y la astrología. El contenido de la astronomía es el movimiento circular del cielo; el orto, la puesta y el movimiento de los astros; así como la razón de los nombres que éstos tienen. La astrología es, en parte, natural y, en parte, supersticiosa. Es natural en cuanto que sigue el curso del sol y de la luna, y la posición que, en épocas determinadas, presentan las estrellas. Pero es supersticiosa desde el momento en que los astrólogos tratan de encontrar augurios en las estrellas y descubrir qué es lo que los doce signos del zodíaco disponen para el alma o para los miembros del cuerpo, o cuando se afanan en predecir, por el curso de los astros, cómo va a ser el nacimiento y el carácter del hombre.

En los capítulos siguientes Isidoro trata sobre teoría astronómica, la esfera celeste, sus partes, los nombres de estrellas y planetas, el zodiaco, etc. Todo ello muy interesante, pero se escapa del propósito de esta entrada.

Según los sabios antiguos, los astrónomos se ocupaban de identificar los astros y estudiar sus movimientos. Esto era muy importante para unas sociedades que dependían de la Agricultura, pues había que determinar con precisión el momento de la siembra, la cosecha… Los astrólogos, aunque también estudiaban el sol y su posición entre las estrellas, lo hacían para buscar augurios. O sea, para actuar como adivinos. Isidoro lo deja aún más claro en el último capítulo del libro III. En 71, 37:

Pero sean cuales fueren las supersticiones que sobre ellas han forjado los hombres, lo cierto es que son cuerpos celestes que Dios creó en el principio del mundo y los organizó para que, teniendo en cuenta los ciclos establecidos, se pudieran determinar los tiempos.

Nótese la mentalidad antigua. El mundo había sido creado para que lo habitáramos; por tanto, la Naturaleza estaba a nuestro servicio. En concreto, los astros fueron puestos ahí para que aprendiéramos a medir el tiempo. O para admirar su belleza y dar gracias a Dios por crear algo tan magnífico. Y punto. El problema era que los astrólogos se pasaron de frenada, por así decirlo, y pretendían extraer del estudio del cielo algo inadecuado. Veamos lo que dice en 71, 38-39:

La observación de estos signos, la confección de horóscopos y otras supersticiones que están vinculadas al conocimiento de los astros (es decir, a la predicción de los hados), son, sin ningún género de dudas, contrarios a nuestra fe, y de tal manera han de ignorarlas los cristianos, que no deben aparecer ni escritas. Hubo quienes, atraídos por la belleza y el esplendor de los astros, cayeron ciegos de inteligencia en una falsa apreciación de las estrellas, hasta el punto de que intentaron poder predecir los acontecimientos futuros por medio de falsos cálculos, que reciben el nombre de astrología. Estas creencias no las condenaron solamente los doctores de la religión cristiana, sino también, entre los gentiles, Platón, Aristóteles y otros muchos, quienes, coincidiendo en su opinión, se vieron empujados por la verdad, llegando a afirmar que de tales creencias no puede emanar más que el confusionismo.

Más claro, imposible. El cielo es tan majestuoso, tan bello, y parece funcionar como una máquina perfecta, que los astrólogos pensaron que podía servir para adivinar el futuro. En cambio Isidoro, un sabio prudente, nos dice que si bien los astros nos permiten medir el tiempo, atribuirles otros poderes es una presunción infundada. Están para lo que están, y listo. Lo demás es ilusión, fantasía. Y, como muy bien indica, esta censura hacia la Astrología no es sólo cosa de cristianos. Los sabios gentiles pensaban lo mismo.

Pero hay algo más, de vital importancia, que provoca el rechazo de Isidoro hacia los astrólogos. En 71, 40:

Pues, si el género humano estuviera, por necesidad de su nacimiento, orientado obligatoriamente hacia determinadas acciones, ¿por qué los buenos van a ser merecedores de alabanza y los malos han de sufrir el castigo de las leyes? Aunque no estuvieron iluminados por la verdadera sabiduría, en favor de la verdad se sintieron obligados a combatir aquellos errores.

En efecto, los supuestos de la Astrología se oponen al libre albedrío humano. Los sabios, tanto cristianos como gentiles, creían que somos responsables de nuestros actos. Si metemos la pata o somos unos zoquetes, no culpemos a la posición de los planetas el día de nuestro nacimiento. Somos libres a la hora de tomar nuestras decisiones. Para un cristiano como Isidoro, somos nosotros quienes elegimos el camino al Cielo o al Infierno. Si nuestro destino está escrito en los astros o influenciado por ellos, ¿qué sentido tendría premiar a los buenos y castigar a los malos?

Por si quedaba alguna duda de lo que pensaba Isidoro, en el cap. 9 del libro VIII trata «Sobre los magos», a los que no tiene en muy buena consideración, precisamente. Describe los distintos tipos, y entre ellos figuran los astrólogos (9, 22), que hacen sus augurios fijándose en los astros. También define los horóscopos (9, 27), a los que:

se les dio este nombre porque examinan las horas en que tuvo lugar el nacimiento de las personas para descubrir su dispar y diverso destino.

En fin… Pese a las admoniciones de Isidoro, y en contra de toda evidencia, la Astrología siguió siendo popular. Hasta el mismo Kepler tuvo que ganarse la vida escribiendo horóscopos. Pero que algo sea popular no implica necesariamente que sea correcto. En la siguiente entrada explicaremos por qué los científicos no nos tomamos en serio pseudociencias como la Astrología. Mejor dicho, por qué no podemos tomarlas en serio.

El oso y el yeti

En julio de 2015 escribimos aquí una serie de 4 entradas tituladas «El yeti y la ciencia oficial». En ellas nos ocupábamos de la Criptozoología, una pseudociencia que trata de hallar animales (críptidos) cuya existencia aún no ha sido probada. Concretamente, nos centramos en el yeti y humanoides similares (bigfoot, sasquatcht…).

Debe quedar claro que es imposible demostrar la inexistencia de estas criaturas, igual que es imposible demostrar la inexistencia de dioses, ángeles, duendes, orcos, etc. Sus defensores siempre podrán aducir que nos falta fe, o no hemos buscado lo suficiente, o no queremos admitir las pruebas que nos presentan… Y si no logran convencernos, siempre se compararán con Galileo: «Si a él no le hicieron caso, pero resultó que tenía razón, entonces nosotros también tenemos razón». La verdad, se me escapa la lógica de este razonamiento. 🙂

En realidad, la carga de la prueba recae sobre quienes proponen la existencia de tales entes. Ocurre que la Ciencia requiere pruebas sólidas y, respecto al yeti, ninguna, repito, ninguna de las pruebas presentadas hasta la fecha soporta la hipótesis de la existencia de humanoides desconocidos que moren en las estribaciones del Himalaya, los bosques norteamericanos u otros lugares del mundo.

Los científicos, en contra de lo que proclaman pseudocientíficos, conspiranoicos y similares, están encantados de admitir la existencia de nuevas especies de homínidos. Eso sí, siempre que las pruebas lo ratifiquen. Baste el ejemplo de los denisovanos. Lo únicos restos conservados de esta especie humana caben en una caja de cerillas, pero se pudo secuenciar su ADN, y nadie discute los resultados: una especie nueva, próxima a los neandertales, algunos de cuyos genes están hoy presentes en diversas comunidades humanas.

La diferencia entre Ciencia y pseudociencia está en la metodología, no en lo fantásticas o cautivadoras que sean sus propuestas. Los científicos somos conscientes de nuestras limitaciones. Somos humanos. Tendemos a creer en lo que nos gusta, en lo que nos ilusiona, y a dejar de lado aquello que nos incomoda. También es fácil engañarnos. Por eso el método científico es riguroso y exigente, para intentar evitar fallos. En cuanto al método pseudocientífico… En fin. Por decirlo suavemente, riguroso, muy riguroso, no lo es. Véase lo que comentamos en aquellas entradas sobre el artículo pseudocientífico sobre el bigfoot de Ketchum et al. (2013).

La Ciencia «oficial» también se ha ocupado del yeti y sus parientes. Recordemos el artículo de Milinkovitch et al. (2004) en el que, con sentido del humor (el cual, por cierto, no está reñido con el rigor científico), se concluye que el ADN de una muestra de pelo de yeti coincidía con ADN de caballo. O el de Coltman & Davis (2006), en el que una muestra de pelo de sasquatch resultó coincidir con ADN de bisonte. Por otro lado, Lozier et al. (2009) aplicaban un modelo de nicho ecológico a los avistamientos del bigfoot o sasquatch en Norteamérica, y su área de distribución coincidía con la del oso negro.

El artículo más extenso era el de Sykes et al. (2014). Como vimos, analizaron 57 muestras de pelo atribuidas a yetis y similares. Algunas ni siquiera eran animales (fibra de vidrio, restos vegetales…). Pudieron extraer el ADN de 30… y ninguna de ellas correspondía a un homínido desconocido. Osos, cabras, tapires, caballos, mapaches, perros, vacas, ciervos, ovejas, puercoespines, seres humanos…

Pero la Ciencia progresa; en concreto, las técnicas de análisis de ADN mejoran a una velocidad pasmosa. Hay novedades que conciernen al yeti, reseñadas en los grandes medios de comunicación. Se trata del artículo de Lan et al. (2017), titulado: «Evolutionary history of enigmatic bears in the Tibetan Plateau-Himalaya region and the identity of the yeti» (Historia evolutiva de los osos enigmáticos en la región Meseta Tibetana – Himalaya y la identidad del yeti). Desde el punto de vista formal, el artículo es impecable, además de riguroso. Veamos qué nos cuenta.

 Tibetan Blue Bear - Ursus arctos pruinosus - Joseph SmitProbablemente, algunos avistamientos de yetis correspondan a ejemplares de oso azul del Tíbet (Ursus arctos pruinosus), una subespecie de oso pardo (fuente: es.wikipedia.org)

En contra de lo que pudiera parecer, el artículo no se centra en el yeti, sino en la evolución de los osos himalayos y tibetanos. Con las nuevas herramientas de que disponen, estudian 24 muestras procedentes de museos, trabajos previos, etc., y secuencian el mitogenoma (ADN mitocondrial) completo. Las muestras corresponden tanto a osos como a supuestos yetis.

Los resultados son concluyentes. Una de las muestras, un diente procedente del museo Reinhold Messner, es de un perro. Las otras 23 muestras, TODAS, tienen ADN de osos. He aquí la conclusión final, traducida del inglés:

Este estudio representa el análisis más riguroso hasta la fecha de las muestras sospechosas de derivar de criaturas anómalas o míticas similares a “homínidos”, sugiriendo con fuerza que la base biológica de la leyenda del yeti son los osos pardos y negros locales.

Los medios de comunicación se han centrado en esta conclusión, algo lógico, dados los ríos de tinta que se han vertido sobre el yeti. No obstante, y a título personal, el artículo me parece apasionante por otros motivos: cómo la Ciencia se va corrigiendo a sí misma, y la historia de los osos.

En el artículo de Sykes et al. (2014) se mencionaba que una de las muestras de yeti podía corresponder a un oso extraño, desconocido para la ciencia; quizás, un híbrido entre oso polar y pardo. Lan et al. (2017), con su secuenciación completa de mitogenomas, muestran que no es el caso. Ese supuesto yeti era, en efecto, un oso, pero de una subespecie ya conocida (concretamente, el oso pardo himalayo, Ursus arctos isabellinus). Así avanza la Ciencia. En el primer artículo, los autores describieron la metodología utilizada para que otros, en el futuro, pudieran repetir el experimento para ratificar o rectificar las conclusiones. Y así se ha hecho.

Medvěd plavý (Ursus arctos isabellinus)Muestras de ADN atribuidas al yeti corresponden en realidad al oso del Himalaya (Ursus arctos isabellinus), una subespecie de oso pardo (fuente: es.wikipedia.org)

Pero hay más. La comparación de genomas completos de distintos organismos no sólo nos permite identificarlos, sino también determinar el grado de parentesco, su historia evolutiva e incluso poder poner fechas aproximadas al momento en que unos linajes se separaron de otros. Así, Lan et al. (2017) averiguaron que la subespecie himalaya del oso pardo (Ursus arctos isabellinus) se separó bastante temprano del resto de la especie (hace unos 658.000 años), mientras que la subespecie tibetana (Ursus arctos pruinosus) lo hizo más tarde (hace unos 343.000 años). Ambas subespecies no se han mezclado debido a la compleja geografía de la zona. Asimismo, el oso negro himalayo (Ursus thibetanus laniger) pudo separarse de los osos negros asiáticos hace unos 475.000 años. Además, el hecho de que unas poblaciones quedaran aisladas y empezaran a evolucionar por su cuenta puede correlacionarse con las glaciaciones de la región.

 Himalayan bearOso negro del Himalaya (Ursus thibetanus laniger), otro candidato a yeti (fuente: en.wikipedia.org)

No sé a ustedes, pero a mí me maravilla que con unas muestras de ADN seamos capaces de reconstruir historias que se hunden en los abismos del tiempo. Es la metáfora que empleó Darwin, que considera la vida como un arbusto enmarañado del cual brotan constantemente nuevas ramas, dando lugar a formas maravillosas, mientras que otras van desapareciendo. Tanto da que los yetis resulten ser osos en vez de homínidos. Artículos como los que comentamos nos ayudan a conocer mejor el mundo en que vivimos, y nos impulsan a amarlo y querer conservarlo.

Mundos perdidos y tierras huecas (y V)

Para terminar con los mundos huecos, hay quienes han dado un paso más allá. ¿Y si en realidad vivimos dentro de una Tierra hueca, y no lo sabemos? ¿Y si hemos estado engañados todo este tiempo? Nuestro universo se parecería a una esfera de Dyson (en miniatura, claro), escenario de tantas obras de ciencia ficción… Puede parecer una ocurrencia absurda, pero merece la pena considerarla.

Martin Gardner (fuente: magonia.com)

Para ello recurriremos al excelente divulgador y fustigador de las pseudociencias que fue Martin Gardner (1914-2010). En concreto, a dos de sus libros que se ocupan de aspectos más o menos extraños o estrafalarios que bordean las fronteras de la Ciencia. Sobre la Tierra hueca, véanse los capítulos Flat and Hollow (en: Fads and Fallacies in the Name of Science, 1957) y Occam’s Razor and the Nutshell Earth (en: On the Wild Side, 1992).

Cyrus TeedCyrus Reed Teed (fuente: en.wikipedia.org)

La idea de que vivimos no en el exterior de la Tierra, sino en su interior, fue propuesta por Cyrus R. Teed (1839.1908) en 1870, con el pseudónimo de Koresh. Para él, el hecho de que creamos vivir en el exterior de un mundo redondo se debe a una ilusión óptica. La Tierra es como una cáscara de huevo y nosotros habitamos su interior. En el universo no hay nada más. Y sí, ante el escaso eco que su teoría tuvo entre la comunidad científica, también se comparaba con Galileo, como tantos pseudocientíficos que en el mundo han sido. 🙂 Al final acabó fundando su propio culto en Florida. Los detalles de su peculiar vida, obra y legado pueden  consultarse en los citados libros de Gardner y en la entrada de la Wikipedia.

Model of the universe according to the Koreshans.Modelo del universo según Cyrus Teed (fuente: en.wikipedia.org)

Otros defendieron la posibilidad de que vivamos dentro de un mundo hueco, y entre ellos merece destacarse al egipcio Mostafa A. Abdelkader. Este le dio un soporte matemático a la teoría, y lo realiza de forma impecable, mediante una inversión. El artículo original (en inglés) puede consultarse aquí. Con unas operaciones sencillas, cada punto del exterior de una esfera puede intercambiarse con uno en el interior, y viceversa. Así, el centro de la esfera correspondería al infinito. Después, Abdelkader aplica la misma inversión a todas las leyes de la Física, que habrán de modificarse para acomodarse a este nuevo escenario. La luz se movería en arcos circulares, y su velocidad tendería a cero conforme nos acercáramos al centro de la Tierra hueca. Una nave espacial que viajara hacia ese centro iría cada vez más lenta y se haría más y más pequeña. De hecho, ese centro sería una singularidad en la que el tiempo se detendría, y el tamaño y la velocidad serían cero. Las ecuaciones físicas resultarían increíblemente complejas, pero explicarían los fenómenos observables. Además, tendríamos una Física consistente.

Entonces, ¿por qué los científicos no se toman en serio la teoría de que vivimos dentro de una Tierra hueca?

La respuesta se llama principio de parsimonia. O sea, la vieja navaja de Occam. Ya ha aparecido en otras entradas del blog, y siempre a cuenta de lo mismo. Si hay varias maneras de explicar algo, quedémonos en principio con la más simple, pues será la más probable. Si los experimentos o los hechos la tumban, pues buscamos otra, pero mientras nos sirva y dé buena cuenta de los hechos, la mantendremos.

De acuerdo, los hechos observables podrían explicarse también si viviéramos dentro de una Tierra hueca. O en una plana. O con forma de butifarra. O en un universo geocéntrico, donde todo lo demás girara a nuestro alrededor. El problema es que las ecuaciones necesarias para explicar las leyes físicas en escenarios así son enrevesadas y complejísimas, comparadas con las que se requieren si suponemos que nuestro mundo es redondo y que vivimos encima de él.

Martin Gardner pensaba que quienes proponían que vivimos dentro de un planeta hueco tal vez se sentían abrumados frente a la inmensidad del cosmos y nuestra pequeñez, y subconscientemente deseaban retornar al útero materno. Interesante reflexión.

Vayamos acabando. Si suponemos que las leyes físicas son sencillas, entonces, igual que en el caso de la hipótesis de la Tierra plana, las pruebas en contra de la existencia de una Tierra hueca son abrumadoras. Y con algo tan simple como el experimento de Wallace, que comentamos en otra entrada, puede salirse de dudas.

Mundos perdidos y tierras huecas (IV)

¿Cómo sería la fuerza de la gravedad en una Tierra hueca al estilo de la saga de Pellucidar? Tan sólo necesitaremos unos conocimientos básicos de Física y Matemáticas, la calculadora y hagamos números. 🙂

Veamos primero cómo afectaría el hecho de que la Tierra fuese hueca a la fuerza de la gravedad que experimentaríamos los habitantes de su superficie exterior. Recordemos la fórmula para calcular la fuerza con que se atraen la Tierra y un objeto cualquiera:

F= G·M·m / d2

G es una constante que pudo ser calculada gracias a Cavendish y la balanza de torsión. M es la masa de la Tierra, m la masa del objeto en cuestión y d la distancia entre ambos. En el caso de que el objeto esté en la superficie de la Tierra, d sería igual al radio del planeta. Por cierto, el radio medio de la Tierra es de 6371 km. Este y otros datos de las características físicas de nuestro mundo pueden consultarse en la Wikipedia.

En las novelas de Pellucidar, Burroughs nos dice que el grosor de la corteza terrestre es exactamente de 500 millas; o sea, unos 805 km. Calcular el volumen que ocupa esta cáscara hueca es sencillo. El volumen de una esfera es:

V= 4·π·r3 / 3

Simplemente, al volumen de la Tierra hay que restar el que ocuparía el hueco central (radio= 6371 – 805 km). Para no cansar al lector con números larguísimos, resumamos: el volumen de esa cáscara es aproximadamente un tercio del de la Tierra.

Si a una esfera maciza le quitamos dos tercios de su volumen, eso tendría que notarse en la fuerza de gravedad. Por lo pronto, los habitantes de la superficie pesaríamos mucho menos (pues el peso es la medida de la fuerza gravitatoria que actúa sobre un objeto). Sin embargo, los partidarios de la Tierra hueca podrían aducir que si la corteza de Pellucidar fuera más densa, eso compensaría.

En efecto, podemos considerar que la masa de un objeto es el producto de su densidad por su volumen. Así, si este último baja a un tercio, pues subamos la densidad al triple y entonces pesaríamos lo mismo que con una Tierra maciza, ¿no?

La densidad de la Tierra ya fue calculada con la balanza de torsión, y es de 5,515 g/cm3. Si la triplicamos, sería de 16,545g/cm3. O sea, más densa que el plomo (11,3 g/cm3) o el mercurio (13,6 g/cm3 ). Más o menos, sería tan densa como el tántalo o tantalio (16,65 g/cm3 ), un metal raro y muy duro. Pero en las novelas se nos dice que el topo mecánico de nuestros héroes sólo atraviesa una corteza de roca y hielo; nada de masas metálicas densas e impenetrables, que hubieran destrozado el taladro. Y la densidad de un medio así es baja. Por ejemplo, la densidad de la corteza continental de nuestro planeta es sólo de 2,7 g/cm3. Si además hay capas de hielo (0,9 g/cm3 ), tal como señala Burroughs, la densidad bajaría aún más.

O sea, tendríamos un volumen de sólo un tercio del terrestre, con una densidad de menos de la mitad… ¿El resultado? Una masa bastante baja, y pesaríamos muy poquito. Pero la realidad es tozuda. 🙂

Eso no desanima a los partidarios de la Tierra hueca. Así, algunos intentan suplir la masa que le faltaría a la Tierra con el sol central que ilumina a Pellucidar. No obstante, en la entrada anterior vimos que un objeto así es imposible. Para generar un sol, aunque sea modesto, haría falta una masa 80 veces superior a la de Júpiter, como mínimo. Pero incluso suponiendo que el sol de Pellucidar fuese un objeto misterioso, originado por procesos desconocidos para la Ciencia, no podría evitar verse afectado por el tirón gravitatorio de nuestra Luna. Empezaría a moverse, a oscilar, a dar tumbos y acabaría chocando una y otra vez con la superficie de Pellucidar, que quedaría hecha una pena.

Bueno, ocupémonos ahora de los moradores de Pellucidar. Supongamos que, gracias a algún milagro, su sol se mantiene ahí, en el centro, y que, contra toda lógica, el interior del planeta no se ha convertido en una abrasadora olla a presión. ¿Qué pasa con la fuerza de la gravedad dentro de una esfera hueca?

Echemos un vistazo a la siguiente imagen, que ya pusimos en la entrada anterior, pues exhibe un error garrafal:

Modelo de Tierra hueca con un sol central (fuente: pellucidarskartaris.blogspot.com.es)

En este dibujo, el centro de gravedad, representado por una línea discontinua, aparece como un plano dispuesto justo hacia la mitad de la corteza terrestre. De ello se deduciría que la atracción gravitatoria se sentiría más o menos igual en el exterior que en el interior de la Tierra. Parece obvio, ¿verdad?

Pues no. El centro de gravedad no es un plano o una capa. ES UN PUNTO. Y en el caso de una esfera hueca, está situado en el centro, precisamente. Entonces, ¿hacia dónde se sentiría el tirón gravitatorio en Pellucidar? Para averiguarlo disponemos de la ley de Gauss. Puede verse una explicación bastante amena en este vídeo:

Todo aquello que no estuviese sujeto al suelo de Pellucidar flotaría ingrávido. O peor aún: dado que hay un sol central, éste atraería a los objetos como una trampa eléctrica a los insectos, y… 🙂

Fuente: ebay

¿Podría la fuerza centrífuga rotación terrestre crear algo parecido a la gravedad? En tal caso variaría desde un máximo en el ecuador hasta nada en los polos. Además, incluso en el ecuador sería muy débil, lo que contradice a lo que pasa en las novelas. Los protagonistas se mueven tranquilamente por Pellucidar, sin sufrir cambios de peso ni tener que agarrarse al suelo para evitar salir volando y morir achicharrados en el sol central.

Qué se le va a hacer… El modelo de la Tierra hueca queda muy novelesco, pero hace aguas por todos lados.  Además, deja sin explicar diversos fenómenos, cosa que sí hace el modelo de la Tierra maciza, con un manto rocoso y un núcleo metálico:

  • ¿Cómo se explican la deriva continental y la tectónica de placas en una Tierra hueca?
  • ¿Y el comportamiento de las ondas generadas tras un terremoto, registradas por los sismógrafos?
  • ¿Y el origen del campo magnético terrestre?
  • ¿El vulcanismo?
  • Etc.

Así pues, ¿no queda algún resquicio que permita defender la existencia de una Tierra hueca? ¿O de una Tierra plana, puestos ya? Lo consideraremos en la próxima entrada, la última de esta serie.

Mundos perdidos y tierras huecas (III)

Topo mecánico utilizado para acceder a Pellucidar en las primeras novelas de la serie (fuente: http://www.pellucidar.org)

En la serie de Pellucidar, la Tierra es una cáscara hueca. Su corteza tiene 500 millas (unos 800 km) de grosor, y hay océanos y continentes en su cara interna, pletóricos de flora y fauna, como ya vimos. En las dos primeras novelas, la única forma de llegar hasta allí consiste en taladrar la corteza terrestre mediante una especie de topo mecánico. En novelas posteriores se nos dice que hay una abertura polar a través de la cual se puede acceder a Pellucidar.

Modelo de Tierra hueca con un sol central (fuente: pellucidarskartaris.blogspot.com.es)

Pellucidar no es un lugar oscuro, pues en el centro exacto de la Tierra hay un diminuto sol que ilumina a los habitantes de este mundo cóncavo. Sin embargo, el astro permanece fijo en el cielo. Hay un día perpetuo. Como el sol no se mueve, los conceptos de norte y sur, levante y poniente, no existen en Pellucidar. A falta de astros que sirvan para medir el tiempo, la percepción de su transcurso se convierte en algo subjetivo. No se le da importancia. Si prestan atención, los protagonistas podrán deducir cuánto tiempo ha transcurrido según el número de veces que hayan comido o dormido. No obstante, hay ocasiones en las que uno cree que han pasado minutos mientras que para otra gente han transcurrido semanas. Reconozcamos el ingenio de Burroughs: así, la forma de experimentar la vida es muy distinta en Pellucidar.

En esta ilustración de F. Frazetta vemos el pequeño satélite que orbita en torno al sol de Pellucidar (fuente: http://www.pinterest.co.uk)

Bueno, no en todo Pellucidar hay un día perpetuo. En torno al sol orbita una pequeña luna, cuyo periodo de traslación coincide con el de rotación de la Tierra. Eso explicaría fenómenos como el de la nutación, según afirma un protagonista. El caso es que la sombra de esa luna cae siempre sobre el mismo lugar, la Tierra de la Horrible Sombra, sumiéndolo en noche eterna.

Todo esto resulta ideal como escenario para unas novelas de aventuras, pero ¿tiene base científica un sol dentro de nuestro planeta, como algunos postulan? Nos tememos que la respuesta es negativa.

Para que surja un sol se requiere que una gran masa de gas se colapse por la fuerza de la gravedad, y que en su interior se alcancen las condiciones de presión y temperatura necesarias para que se dé la fusión del hidrógeno. Un planeta tan enorme como Júpiter, a cuyo lado la Tierra es un mundo enano, carece de la masa suficiente para convertirse en estrella, ni siquiera en una humilde enana marrón. De hecho, se ha calculado que haría falta una masa equivalente a algo más de 80 planetas como Júpiter para lograr que una estrella se encienda.

Comparación de tamaños entre la Tierra y Júpiter (fuente: el tamiz.com)

Por tanto, nuestro mundo es demasiado pequeñito para que nazca un sol en sus entrañas, a no ser que recurramos a la magia, o a que sea un artefacto construido con una tecnología inconcebiblemente avanzada, o a procesos físicos desconocidos para la Ciencia actual. Y si a ese sol le unimos el pequeño satélite que da vueltas a su alrededor… ¿Cómo podría haberse originado algo así?

En fin, supongamos que, pese a todo, hay un objeto brillante en el centro de la Tierra, contraviniendo todas las leyes físicas conocidas. Ello nos plantea otro problema: ¿podría mantenerse ahí, fijo? Nos tememos que no. Nuestra Luna lo impediría. Más que nada, porque tiene masa, y su atracción gravitatoria (la misma que es responsable de las mareas) haría que el sol de Pellucidar y su pequeño satélite empezaran a dar bandazos, cada vez mayores. Tarde o temprano chocarían contra la corteza terrestre. El interior de nuestro planeta se asemejaría al de un sonajero o unas maracas. Eso, si no reventaba antes por la fuerza de los impactos. En esta página web lo explican bastante bien.

Fuente: agrega.juntadeandalucia.es

Consideremos otro problema más: ¿y el calor?

Ese sol no sólo proporcionaría luz, sino también calor a Pellucidar. Obviamente, el interior de nuestro planeta se calentaría como una olla a presión, achicharrando a todo bicho viviente.

Pese a todo, supongamos que la temperatura no es tan alta como para acabar con la vida. En cualquier caso, en Pellucidar no hace frío, ya que abundan las junglas con vegetación tropical. El aire caliente saldría al exterior a través de la abertura polar, modificando así las corrientes de aire de la atmósfera terrestre. Esto contradice las evidencias de las que disponemos. Los polos son zonas muy frías, de altas presiones. O sea, todo lo contrario…

Y dejamos para el final otro tema interesante: el de la gravedad en una Tierra hueca, tanto para nosotros, que habitamos su superficie exterior, como para los moradores de Pellucidar (si es que no han sido antes aplastados o quemados por el sol y su satélite). Pero eso lo veremos en la próxima entrada. 🙂

Mundos perdidos y tierras huecas (II)

Un inciso: antes de adentrarnos en las complejidades de vivir en una Tierra hueca al estilo de Pellucidar, merece la pena detenerse en la fauna que lo habita. Burroughs se ciñe a unos cuantos clichés de los «mundos perdidos», pero también nos deja varias consideraciones muy interesantes.

Es típico que en los mundos perdidos los autores coloquen un batiburrillo de animales pertenecientes a muy diversos periodos geológicos, separados por cientos de millones de años. Da la impresión de que, tras echar un vistazo a una guía de animales prehistóricos, los escritores eligen los más vistosos y los encasquetan en las novelas, mezclándolos sin orden ni concierto. Pellucidar no podía ser menos (véase este listado). 🙂

Eryops BWEryops, un laberintodonto típico (fuente: en.wikipedia.org)

Así, en Pellucidar nos encontramos con criaturas tan antiguas como un laberintodonto, término que se aplica a unos anfibios y reptiloides primitivos, similares a salamandras gigantes. Los primeros representantes de este grupo polifilético aparecieron hace 365 MA (millones de años), en el Devónico, nada menos.

 Crystal Palace IchthyosaurusAsí se pensaba que era el aspecto de un ictiosaurio a finales del siglo XIX (fuente: es.wikipedia.org)

Los laberintodontos conviven con animales más modernos, mesozoicos. Así, los mares de Pellucidar están dominados por ictiosaurios (245-90 MA) y plesiosaurios (199-65 MA).

 Pteranodon amnh martyniukEsqueleto de Pteranodon (fuente: es.wikipedia.org)

En tierra firme nos encontramos dinosaurios tan icónicos como Diplodocus, del periodo Jurásico (hace unos 150 MA), y sobre ellos vuelan los ejemplares de Pteranodon, del Cretácico superior (hace unos 85 MA). Debemos insistir en que aunque estos reptiles parezcan contemporáneos, entre ellos existe la misma distancia temporal que entre el tiranosaurio y nosotros.

 Madrid MNCN-Megatherium americanum2Este esqueleto de megaterio del Museo de Ciencias Naturales de Madrid fue el primero que se montó de un animal prehistórico (fuente: es.wikipedia.org)

Frente a especies tan antiguas, en Pellucidar hay otras de mamíferos que llegaron a convivir con Homo sapiens: osos y leones de las cavernas, uros e incluso un megaterio. No obstante, tanto mamíferos como anfibios y reptiles tienen algo en común: su mal carácter. En cuanto divisan a un ser humano, se lanzan como locos sobre él a todo correr, profiriendo estremecedores rugidos. De hecho, nada más llegar a Pellucidar, un megaterio se les echa encima a los protagonistas, lo cual tiene su mérito; más que nada, porque se trata de un perezoso gigante que correr, lo que se dice correr, no era su punto fuerte. Más adelante habrá una persecución a cargo de un laberintodonto, algo un poco complicado porque estas criaturas paticortas, con pinta de salamandras gigantes, no eran especialmente ágiles en tierra firme. 🙂

 Hyaenodon Heinrich HarderHyaenodon (fuente: es.wikipedia.org)

Bueno, no todo eran animales hostiles. Algunos humanos domesticaron a los diplodocus como monturas, y el protagonista principal logró hacerse acompañar de un Hyaenodon como si de un perro se tratase. Y hablando de humanos, hay individuos anatómicamente modernos, altos, apuestos y nobles (ay, el mito del buen salvaje…), que comparten mundo con varias especies de humanoides menos inteligentes, más simiescas.

Ejemplar adulto de mahar, la especie inteligente dominante en Pellucidar (fuente: non-aliencreatures.wikia.com)

La especie inteligente dominante en Pellucidar es la de los mahars, unos reptiles alados (también se les da bien nadar) descendientes de Rhamphorhynchus, un pterosaurio volador del Jurásico. Burroughs deja caer que, en caso de que la historia se repitiera, el ser humano no tendría por qué ser necesariamente la especie dominante. Quizá Homo sapiens haya triunfado en nuestro mundo por accidente. En circunstancias distintas, la evolución podría conducir a que otra criatura predominara, tal como ocurre en Pellucidar.

Burroughs parece inclinarse más por el concepto de «contingencia»: las cosas son así, pero podrían haber sido de otro modo. Esto es algo asumido hoy por la comunidad científica, y que Stephen J. Gould argumentó con bastante éxito en su memorable libro La vida maravillosa. Por cierto, Pellucidar no es el único universo de ficción donde los reptiles se convierten en formas dominantes. Recordemos la trilogía del Edén, de Harry Harrison.

Por lo que hoy conocemos del funcionamiento de la evolución, Burroughs se mostró bastante perspicaz. No obstante, la idea de que el ser humano es la «cima» de la evolución estaba y sigue estando muy extendida. Se trata de un concepto más lamarckiano que darwiniano: lo que impulsa a la evolución es una especie de pulsión hacia la complejidad y perfección que representamos nosotros. Ya lo comentamos en otra entrada.

La evolución humana vista como una cadena de progreso lineal (fuente: commons.wikimedia.org)

La imagen anterior es un icono de la evolución humana: una fila de homínidos, desfilando uno tras otro como si fueran a bailar la conga. 🙂 A la izquierda, el más simiesco; a la derecha, un hombre moderno. Es una imagen que sugiere progreso y una evolución lineal, finalista, unidireccional. Sin embargo, el registro fósil, cada vez más abundante, nos muestra que la evolución humana es más como un frondoso arbusto, en el que nosotros, que sepamos, ocupamos la única ramita superviviente.

Para Burroughs, la evolución humana se acerca más a la metáfora del arbusto que a la de la conga.  Si nos ceñimos sólo a las dos primeras novelas de la serie (At the Earth’s Core y Pellucidar), vemos que, aparte de los seres humanos, hay al menos tres especies de homínidos. Tenemos a los hombres simios, bastante primitivos, arborícolas y dotados de colas prensiles. Por otro lado están los sagoths, de aspecto goriloide pero dotados de lenguaje, y que son empleados como sirvientes por los mahars. En cambio, hay unos hombres bestias también inteligentes, con rasgos que recuerdan a los de las ovejas, que practican la agricultura. Desde luego, parecen quedar fuera de la «conga evolutiva». 🙂 En posteriores novelas, más especies humanoides se sumarán a las precedentes, constituyendo un arbusto evolutivo realmente enmarañado.

Batalla entre humanos y sagoths, una de las razas simiescas de Pellucidar (fuente: edgarriceburroughs.blogspot.com.es)

Citamos literalmente a Burroughs:

From the foregoing facts and others that I have noted during my long life within Pellucidar, which is now passing through an age analogous to some pre-glacial age of the outer crust, I am constrained to the belief that evolution is not so much a gradual transition from one form to another as it is an accident of breeding, either by crossing or the hazards of birth. In other words, it is my belief that the first man was a freak of nature–nor would one have to draw overstrongly upon his credulity to be convinced that Gr-gr-gr and his tribe were also freaks.

[De los hechos anteriores y de otros que he notado durante mi larga vida en Pellucidar, que ahora está pasando por una era análoga a algunas eras preglaciares de la corteza exterior, tiendo a creer que la evolución no es tanto una transición gradual de una forma a otra como un accidente de crianza, ya sea por cruzamiento o por los azares del nacimiento. En otras palabras, es mi creencia que el primer hombre fue una anormalidad de la naturaleza –ni tampoco habría que recurrir excesivamente a su credulidad para convencerse de que Gr-gr-gr y su tribu también eran anormalidades.]

Otro acierto de Burroughs es que los mahars consideren a los humanos criaturas no inteligentes, y que ello se deba a la incapacidad de comprender la mente del otro. Los mahars son sordos como tapias, por lo que su comunicación se realiza proyectando sus pensamientos con un sexto sentido a la cuarta dimensión. En serio. : ) En cualquier caso, los mahars son incapaces de captar los sonidos. Por tanto, no pueden concebir la existencia de algo como un lenguaje hablado, capaz de transmitir conocimientos. O sea, piensan que toda criatura inteligente ha de funcionar como ellos.

Interesante y profunda cuestión la que Burroughs nos plantea. ¿Seríamos capaces de reconocer a otra especie inteligente si esta no se ajusta a nuestras expectativas? A lo mejor podríamos tenerla delante de las narices y no darnos cuenta…

En la siguiente entrada, ahora sí, consideraremos lo que supondría vivir en una Tierra hueca, tarea esta bastante complicada para sus habitantes. El paso del tiempo, la fuerza de la gravedad…

Mundos perdidos y tierras huecas (I)

Desde tiempos remotos hemos sentido fascinación y miedo hacia lo que pudiera poblar el interior de nuestro mundo. No en vano, muchas culturas han situado bajo nuestros pies sus respectivos infiernos: Hades, Averno, Sheol… Lugares a los que podía llegarse a través de pozos o cuevas, que eran vistos como bocas prestas a devorar a quienes osaran aventurarse por el inframundo.

Dado que este es un blog interesado tanto en Ciencia como en Literatura fantástica, vamos a ocuparnos de los «mundos perdidos» subterráneos, lugares donde el tiempo y la evolución parecen haberse detenido, y los esforzados protagonistas de los relatos se encontrarán con bestias prehistóricas, hombres primitivos, flora primordial…

'Journey to the Center of the Earth' by Édouard Riou 38Ilustración de la edición original de Viaje al centro de la Tierra, de J. Verne (fuente: es.wikipedia.org)

Probablemente, la novela más famosa al respecto es Viaje al centro de la Tierra (1864), de Julio Verne. Muy popular en su época, todavía hoy se lee con agrado. De ella se han hecho unas cuantas versiones cinematográficas, con mayor o menor fortuna. En ocasiones, el parecido con la obra original es más bien escaso, sacrificado en aras de la acción y la aventura. Quizá se desvirtúa así el propósito del autor. Viaje al centro de la Tierra es una novela donde la Ciencia es la gran protagonista. Geología, Paleontología… Julio Verne logra hacerlas interesantes, que nos apasionen, que nos fascinen. Debo confesar que la lectura de Verne fue una de las causas (la otra la constituyeron los documentales y libros de Félix Rodríguez de la Fuente) que me impulsaron, desde la más tierna infancia, a querer ser biólogo. Y aquí estamos. 🙂

En Viaje al centro de la Tierra, tres expedicionarios (el sabio, su sobrino y el estoico guía) penetran en el interior del planeta a través de la chimenea de un volcán islandés apagado, y acaban por llegar a una inmensa cueva que contiene un mar poblado de criaturas prehistóricas: ictiosaurios, plesiosaurios… En sus orillas encontramos fauna y flora de épocas pretéritas, salvadas de la extinción al haberse refugiado en tan recóndito paraje.

 SnaefellsjökullVolcán Snaefellsjökull, puerta de entrada el mundo subterráneo en Viaje al centro de la Tierra (fuente: en.wikipedia.org)

Cuando escribió la novela, Verne tenía una visión optimista de la Ciencia. En Viaje al centro de la Tierra (y no sólo en esta obra) trata de conjugar la aventura con la divulgación, y lo logra. Casi sin quererlo, el lector acaba por empaparse de las últimas novedades científicas de la segunda mitad del siglo XIX. Para los interesados en la Historia de la Ciencia, eso supone un placer añadido. Téngase en cuenta que Darwin había publicado El origen de las especies tan sólo cinco años antes. Los avances científicos se sucedían sin descanso, y parecían augurar un futuro mejor para la Humanidad. La Ciencia estaba en la calle. Interesaba al gran público.

Verne no fue el único en escribir sobre mundos perdidos, refugio de dinosaurios y demás bestias prehistóricas. Otro autor de éxito que probó suerte con el tema fue Arthur Conan Doyle. Su novela El mundo perdido (1912) rivaliza en popularidad con las de Verne. También ha tenido adaptaciones al cine y la TV las cuales, en ocasiones, son una curiosa mezcla entre Viaje al centro de la Tierra y El mundo perdido. Al director de turno no le preocupaba demasiado respetar la obra de tan venerables autores. Lo importante era que salieran en pantalla dinosaurios, hombres mono, persecuciones, sustos, batallas… 🙂

 Ape man from The Lost WorldFotograma de la adaptación cinematográfica de 1925 de El mundo perdido, de Arthur C. Doyle (fuente: es.wikipedia.org)

En cualquier caso, la acción en El mundo perdido no tiene lugar en el interior de la Tierra, sino en lo alto de un tepuy amazónico, por lo que no nos detendremos en esta interesante novela. Trataremos, en cambio, otra obra popular, quizá no tanto como las anteriores, cuya acción sí transcurre en el corazón de nuestro planeta. Nos referimos a la serie de Pellucidar, escrita por Edgar Rice Burroughs, y que consta de 7 novelas:

 At the Earths Core 1922 Dusk JacketFuente: en.wikipedia.org

  1. At the Earth’s Core (En el corazón de la Tierra, 1914)
  2. Pellucidar (Pellucidar, 1915)
  3. Tanar of Pellucidar (Tanar de Pellucidar, 1929)
  4. Tarzan at the Earth’s Core (Tarzán en el centro de la Tierra, 1929)
  5. Back to the Stone Age (Regreso a la Edad de Piedra, 1937)
  6. Land of Terror (La tierra del terror, 1944)
  7. Savage Pellucidar (Salvaje Pellucidar, 1963)

Las dos primeras podrían considerarse una única obra dividida en dos partes. El último título es una recopilación de cuatro historias más cortas, publicadas a título póstumo. No consideraremos aquí las continuaciones que John Eric Holmes escribió.

Fuente: en.wikipedia.org

Llama la atención que la cuarta novela tenga de protagonista a Tarzán. Sí, ese Tarzán. 🙂 Se trata de lo que hoy llamaríamos un crossover. Burroughs, con buen ojo, pensó que ambientar una de las historias de su personaje más célebre en el universo de Pellucidar podría hacer que más lectores se sintieran atraídos hacia esta última serie.

A lo que íbamos. Pellucidar está situado dentro de nuestro planeta, pero Burroughs diseñó el escenario a lo grande. No se conformó con que fuera una caverna inmensa, al estilo de Julio Verne. No. Aquí la Tierra es un planeta hueco, una cáscara, y Pellucidar ocupa su cara interna.

Una Tierra hueca, que incluso contiene en su centro un pequeño sol con su luna… Además del buen rato que se pasa leyendo estas novelas de aventuras, suponen una excelente excusa para aprender Ciencia, y no sólo por sus aciertos, sino por sus fallos. De eso nos ocuparemos en las siguientes entradas, amigo lector. Y téngase en cuenta otra cosa: hay quienes hoy creen, en serio, que la Tierra está hueca. Como comentamos en entradas anteriores sobre la Tierra plana, hay gente pa’ to’. 🙂

De mundodiscos y tierras planas (y III)

Veamos lo que le aconteció a Alfred R. Wallace, uno de los padres de la teoría de la evolución por selección natural, cuando se le ocurrió demostrar que la Tierra era redonda. Hagamos historia.

Samuel B. Rowbotham, un inventor inglés, realizó en 1838 un experimento que, según él, demostraba que la Tierra era plana. Publicó sus resultados en 1849 y en 1865 escribió un libro al respecto, bajo el pseudónimo de Parallax, titulado: Zetetic Astronomy. Earth not a Globe! (Astronomía zetética. ¡La Tierra no es una esfera!). El pdf puede descargarse aquí.

Veamos el experimento de Rowbotham. La imagen que lo ilustra ha sido tomada del susodicho pdf.

El lugar elegido para el experimento fue un largo y recto canal de drenaje de 6 millas (casi 10 km). Rowbotham puso un telescopio en el canal, a apenas 20 cm por encima del agua. Una barca con una bandera fue alejándose del telescopio a golpe de remo, metro a metro. Si la tierra fuera redonda (figura superior), llegaría un momento en que su curvatura impediría ver la bandera. Sin embargo, eso no sucedió. Podía seguir viendo la bandera a varios km de distancia, a pesar de que no se elevaba mucho sobre el agua. Por tanto, dedujo que la Tierra era plana (figura inferior).

Rowbotham no tuvo en cuenta un factor: la refracción atmosférica. La diferente densidad del aire conforme nos alejamos del suelo hace que los rayos luminosos se curven. De hecho, así se originan los espejismos. Este fenómeno es bien conocido por los astrónomos. Por ejemplo, en un atardecer, aunque los rayos de luz se curven, nuestro cerebro interpreta que viajan en línea recta y nos hace creer que el Sol está encima del horizonte (en la imagen, posición S’) cuando realmente está por debajo (posición S).

Fuente: es.wikipedia.org

En el experimento de Rowbotham, el telescopio y la bandera estaban muy cerca del suelo, y la refracción atmosférica, al curvar la luz, podría explicar el resultado obtenido. Por tanto, la existencia de una Tierra plana no quedaba demostrada de manera clara. En suma, el experimento estaba mal diseñado.

No obstante, el libro de Rowbotham cautivó a muchos. Uno de sus más fervientes seguidores fue John Hampden, un creacionista acérrimo empeñado en que la Biblia afirmaba que la Tierra era plana. Tan convencido estaba que en 1870 lanzó un desafío: pagaría 500 libras a quien demostrara que la Tierra era redonda.

Y aquí llegó Wallace. Sin duda, pensó que ganar aquellas 500 libras era pan comido. Pidió consejo al mentor de Darwin, Charles Lyell, al cual también le pareció que sería fácil diseñar un experimento para demostrar, sin género de dudas, la redondez de la Tierra.

La idea de Wallace era brillante. Trataremos de explicarla con una figura creada con el Microsoft Paint, esa inestimable ayuda para los dibujantes torpes. 🙂

Para evitar los efectos de la refracción atmosférica, el telescopio deberá estar a varios metros de altura sobre la superficie del agua. Al otro extremo del canal pondremos un objeto “A” (una diana, por ejemplo), asegurándonos de que esté exactamente a la misma altura sobre el agua que el telescopio. Seguidamente, apuntamos con el telescopio hacia “A”. Finalmente, a medio camino ponemos otra diana “B”, a la misma altura sobre el agua que la anterior.

¿Qué resultado cabría esperar? Consideremos las distintas hipótesis:

  • Si la tierra fuera plana, al mirar por el telescopio veríamos ambas dianas a la misma altura, superpuestas.
  • Si la tierra fuera redonda, la curvatura de la superficie haría que “B” quedara algo por encima de “A”, al enfocar esta última con el telescopio.
  • Y puestos ya, si viviéramos dentro de una Tierra hueca, su superficie sería cóncava. En tal caso, al enfocar “A”, veríamos que “B” quedaría por debajo (dejamos al lector que haga el dibujo correspondiente). 🙂

En fin, el experimento está listo, y ya sólo queda mirar por el telescopio, a ver cuál de las hipótesis se cumple. Adivinen cuál. En efecto, la Tierra era redonda. Desde entonces, el experimento ha sido repetido en el mismo lugar por topógrafos y los resultados no dejan lugar a dudas.

Wallace, más contento que unas pascuas, se dispuso a cobrar sus 500 libras. Cualquier persona razonable llegaría a la conclusión, vistos los resultados, de que la Tierra era redonda, ¿no?

El problema era que Wallace no estaba tratando con personas razonables, sino con fanáticos. Y estos nunca dejarán que la evidencia les desmonte un buen prejuicio.

Para no reconocer su derrota, Hampden adujo que había fallos en el telescopio. Wallace dispuso las modificaciones requeridas por Hampden en el telescopio, buscó a testigos imparciales, repitió el experimento… y la Tierra siguió siendo redonda. Invitó a Hampden a comprobarlo, pero este se negó a mirar por el telescopio. Sintomático.

Wallace ganó la apuesta, pero ahí empezó su particular infierno (para conocer más detalles de la historia, véase esta página [en inglés]). Durante 15 años, Hampden se empeñó en una terrorífica campaña contra el científico, acosándolo, difamándolo, insultándolo, amenazándolo… Fue a la cárcel por eso, pero Wallace tuvo que devolver el dinero de la apuesta (aunque no por haberla perdido; cosas de la legislación británica). Acabó harto (y eso que Wallace era un tipo valiente y combativo), y sacó en claro algunas enseñanzas de todo el incidente:

  • La Tierra era redonda.
  • Un fanático nunca va a dejar que la realidad le estropee un buen prejuicio.
  • Si te enzarzas en pleitos con un fanático, puede pasar cualquier cosa.

Su amigo y colega Darwin era más listo. Darwin nunca se metió en pleitos públicos. Procuró rodearse de amigos, y no tocar las narices a nadie. Bastante hizo al publicar El origen de las especies, obra clave no sólo en Biología, pues cambió completamente nuestra concepción del lugar que ocupamos en la naturaleza.

Cuando algún tema indignaba o repugnaba a Darwin (por ejemplo, los espiritistas que estafaban a la gente sacando partido del dolor que causa la pérdida de un ser querido), animaba (y financiaba) a algún colega joven y con energías para que diera la batalla, pero él se mantenía en un discreto segundo plano. Astuto viejo, Darwin… 🙂

En fin, las tierras planas quedan en el ámbito de la ficción. Sigamos disfrutando los relatos del Mundodisco de Terry Pratchett, sin olvidarnos de mantener los pies en el suelo de un mundo redondo. 🙂