Inteligencias más o menos alienígenas (III)

Si queremos hallar otras especies inteligentes, parece lógico empezar a buscar entre los parientes más próximos de Homo sapiens: chimpancés (Pan troglodytes) y bonobos (Pan paniscus). Nuestro último antepasado común pudo vivir hace unos 7 millones de años. Desde entonces hemos seguido caminos bien diferentes, pero seguramente muchas de las características que nos hacen humanos ya estaban presentes en nuestros ancestros, y los chimpancés y otros simios las han heredado también.

En las entradas anteriores hemos comentado los prejuicios que arrastramos y que han impedido considerar incluso la existencia de algún tipo de inteligencia en otros seres. Además, la forma de estudiar el comportamiento animal tampoco ha ayudado a la hora de enfrentarnos a inteligencias no humanas.

En su libro El simio y el aprendiz de sushi, el primatólogo Frans de Waal se lamenta de la metodología del conductismo a la hora de estudiar las capacidades mentales en otras especies. Aparte de que esta escuela considera a los animales como máquinas de estímulo-respuesta que podían ser adiestradas, básicamente sólo han trabajado con ratas o palomas. Los conductistas tienden a generalizar las conclusiones obtenidas con estos animales. No tienen en cuenta que cada ser vivo es producto de una historia evolutiva diferente. ¿En qué puede parecerse la forma de ver el mundo de una paloma con la de un chimpancé? Esto debe tenerse en cuenta a la hora de diseñar experimentos.

Asimismo, pensemos en cómo se realizan los experimentos para comparar las capacidades mentales de un simio y un niño pequeño. Este último suele estar acompañado de sus padres, en un ambiente confortable, e incluso puede que los padres, de forma inconsciente, ayuden en sus respuestas a los tests. En cambio, los monos carecen de ese apoyo emocional. Probablemente, unos operarios les obligan a realizar unas pruebas sin mostrar la más mínima empatía. Unas pruebas que, seguramente, a los simios les aburren o no les interesan. En tal caso, las harán mal o se negarán a colaborar, pero eso no se debe a que sean tontos. Es que el asunto les importa un rábano, simplemente. 🙂

En realidad estos primates, cuando se enfrentan con ciertos desafíos, pueden ser incluso más espabilados que nosotros. En el vídeo, comprobamos que la velocidad con la que el chimpancé Ayumu memoriza y reproduce secuencias numéricas en una pantalla táctil es asombrosa (y muy perturbadora para aquellos que piensan que hay un profundo abismo que nos separa de los simios).

Un libro que nos hizo ver con otros ojos a los chimpancés fue La política de los chimpancés, del primatólogo holandés Frans de Waal. Tras muchos años de observar atentamente la colonia de chimpancés del zoo de Arnhem, nos mostró a unas criaturas de comportamiento complejo, que tejían y destejían alianzas, empáticas, con capacidad de previsión, astutas, solidarias, mentirosas… Fascinantes, en suma. Era lo que cabía esperar de un animal social con cerebro grande.

En posteriores libros de este autor, se refuerza la idea de que las diferencias entre chimpancés y otros grandes primates y nosotros son de grado, pero no de esencia. O sea, lo que Darwin ya había barruntado. Por si te interesa profundizar en el tema, amigo lector, te recomendamos esta obra de Frans de Waal: ¿Tenemos suficiente inteligencia para entender la inteligencia de los animales? Buena pregunta… 🙂

En la familia de los homínidos, aparte de Homo sapiens, chimpancés y bonobos, están los gorilas (hay dos especies, Gorilla gorilla y G. beringei) y los orangutanes (hay tres especies, Pongo pygmaeus, P. abellii y P. tapanuliensis). La rama del árbol de la vida que contiene a humanos y chimpancés se escindió de la de los gorilas hace unos 10 millones de años, mientras que la separación de la rama común de humanos, chimpancés y gorilas se apartó de la de los orangutanes hace unos 18 millones de años.

Hominidae (extant species)Las ocho especies de la familia de los Homínidos que han sobrevivido hasta hoy (Fuente: en.wikipedia.org)

Parece mucho tiempo, pero en realidad es un parpadeo si se compara con los 4000 millones de años que tiene la historia de la vida en la Tierra. Demasiado poco tiempo para que las diferencias sean abismales. Hay inteligencia en los simios, pero es demasiado similar a la nuestra. No tan compleja, aunque la familiaridad es evidente.

En fin, si queremos averiguar si otras inteligencias tienen algo en común con la nuestra, dejemos a nuestros parientes más cercanos y viajemos hacia atrás en el tiempo. Por ejemplo, unos 40 millones de años. En esa época, los monos (infraorden Simiiformes) se escindieron en dos grandes grupos. Por un lado quedaron los catarrinos, es decir, los monos del Viejo Mundo, de los que más tarde evolucionaría nuestra familia. Por otro lado, en América, quedaron los monos del Nuevo Mundo, los platirrinos. ¿Podemos encontrar en estos parientes más lejanos algunas características que consideramos humanas?

Pues sí. Los monos capuchinos, por ejemplo, son capaces de comprender el concepto de equidad. En un famoso experimento, se enseñaba a dos capuchinos a realizar una tarea (entregar una piedra) y se les recompensaba por ello. A uno se le daba una rodaja de pepino, mientras que al otro, por hacer exactamente lo mismo, se le daba una sabrosa uva. En el vídeo resulta evidente el cabreo que pilla el pobre capuchino al que se le recompensa con el insípido pepino. Está claro lo que opina: «¡No es justo!». 🙂

Parece claro que la base de nuestra inteligencia, de nuestra moral, de lo que al fin y al cabo nos hace humanos, surgió hace mucho en primates sociales, y la selección natural se encargó del resto. Pero ¿esta inteligencia compleja apareció únicamente en la rama del árbol de la vida de los primates? ¿O se da en otros animales?

En próximas entradas seguiremos retrocediendo en el tiempo, a ver qué nos encontramos… 🙂

Inteligencias más o menos alienígenas (II)

Antes de considerar si hay animales dignos de ser llamados inteligentes, contaremos la anécdota que el primatólogo Frans de Waal incluye en su libro El simio y el aprendiz de sushi, ya que ilustra perfectamente la actitud negativa hacia nuestro presunto parentesco con otros primates que denunciaba Darwin.

En el zoo de Londres se puso de moda una atracción protagonizada por los chimpancés. Estos fueron adiestrados para que tomaran el té sentados a la mesa. Nada nuevo; hacía décadas que en otros zoos se ofrecían espectáculos similares: simios imitándonos y haciendo el ridículo. En el fondo, además de divertida, esta actividad resultaba (y resulta) tranquilizadora. Nos creemos distintos al resto de la naturaleza, superiores, al margen de ella. Como mucho, los animales sólo pueden ofrecer un pobre remedo de nuestras cualidades humanas.

El problema era que a los chimpancés les costaba muy poco aprender a tomar el té, comportándose a la mesa con las mismas buenas maneras que cualquier hijo de la Gran Bretaña. Lo hacían demasiado bien, y eso podía aburrir e incluso perturbar a los espectadores. Al fin y al cabo, eran simples animales; se suponía que, si nos copiaban, tendrían que hacerlo mal. Entonces, ¿por qué eran tan parecidos a nosotros?

Por eso, no tuvieron más remedio que adiestrar a los chimpancés para que hicieran el ridículo a propósito, poniéndose los platos por sombrero y cosas así. De este modo, la gente podía reírse de ellos. Al fin y al cabo, resultaba evidente que eran animales inferiores, incapaces de actuar como nosotros. Absurdos, irracionales. No humanos.

Fuente: prints.paimages.co.uk

A veces da la impresión de que, más que incomodidad, hay personas que sienten pánico cuando se les sugiere que nuestras diferencias con otros animales son de grado, no de esencia. En otras entradas comentamos el caso de H. P. Blavatsky. En La Doctrina Secreta, Blavatsky se soliviantaba cada vez que salía el tema de nuestros posibles antepasados simiescos. Basta leer entre líneas: no podía soportarlo.

Pero seamos justos: a la hora de enfrentarse a la posible inteligencia animal, no todos opinaban lo mismo. Es interesante citar al que probablemente fue el mejor escritor de la Ilustración española, Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764). Este monje benedictino gallego es uno de los mejores ensayistas en nuestro idioma. Sorprende la modernidad de alguno de sus escritos. Cosa rara, logró ser muy respetado en su época. Como él mismo se definía:

Yo, ciudadano libre de la República de las Letras, ni esclavo de Aristóteles ni aliado de sus enemigos, escucharé siempre con preferencia a toda autoridad privada lo que me dictaren la experiencia y la razón.

Benito Jerónimo FeijooBenito Jerónimo Feijoo (Fuente: es.wikipedia.org)

Puede consultarse su obra en la Biblioteca Feijoniana. Sobre el tema que nos ocupa, la inteligencia de los animales, merece la pena leer, en su Teatro crítico universal, tomo 3º (1729), el discurso nono, titulado Racionalidad de los brutos:

De Polo a Polo se apartaron unos de otros algunos Filósofos en sus opiniones, respecto de los brutos. Unos están tan liberales con ellos, que los conceden discurso: otros tan escasos, que les niegan aun sentimiento. ¡Discordia portentosa!

En efecto, hay dos extremos: quienes atribuyen a los animales una mentalidad similar a la humana y, por otro lado, quienes defienden que los demás animales son incapaces incluso de sentir. Como bien decía Feijoo:

Volviendo, pues, a la cuestión sobre los brutos, digo, que unos Filósofos les niegan sentimiento, y otros les conceden discurso. Caudillo de los primeros se debe reputar Renato Descartes, quien afirmó que no son los brutos otra cosa que unas estatuas inanimadas, cuyos movimientos dependen únicamente de la figura, y disposición orgánica de sus partes, según la varia determinación que les da la unión de los objetos que las circundan. Esta es una consecuencia forzosa del sistema filosófico de Descartes.

Feijoo admiraba a René Descartes (1596-1650), pero no estaba dispuesto a aceptar acríticamente todo lo que el sabio francés afirmaba. Sobre todo, porque Feijoo era un hombre muy culto, había leído mucho y, además, observaba a los animales. Así:

Entre las dos opiniones extremas propuestas, una, que les niega sentimiento a los brutos; otra, que les concede discurso; parece la más razonable la comunísima, que tomando por medio de las dos, les niega discurso, y les concede sentimiento. No obstante, yo sin afirmar positivamente cosa alguna en esta materia, propondré algunas razones, que me hacen fuerza, por la sentencia que les atribuye inteligencia, y discurso, para que pasen por el examen de los Sabios, y sirvan a la diversión de los curiosos. […]

Serían racionales con racionalidad de inferior orden a la del hombre […]. El discurso del bruto es muy inferior al del hombre, tanto en la materia, como en la forma. En la materia, porque sólo se extiende a los objetos materiales, y sensibles; ni conoce los entes espirituales, ni las razones comunes, y abstractas de los mismos entes materiales. Tampoco es reflexivo sobre sus propios actos.

Prudente, el bueno de Feijoo: se sitúa en un término medio. Además, había algo que lo indignaba. Los cartesianos, ya que consideraban a los animales desprovistos de sentimientos, opinaban que no sufrían. Por tanto, no tenían inconveniente en destriparlos visos para estudiar su anatomía. Sí, vivos. Podían viviseccionar a un pobre perro sin que les afectaran los aullidos de dolor de la pobre criatura. Al fin y al cabo, esos chillidos no significaban nada, pues el animal no sentía, a diferencia de los seres humanos.

Esa actitud horrorizaba a Feijoo. Lo dejó bien claro en una de sus Cartas eruditas y curiosas. Concretamente, en el Tomo 3º (1750). Carta XXVII: Si es racional el afecto de compasión, respecto de los irracionales. Probablemente, los cartesianos consideraban que los defensores de los animales eran unos blandengues, y Feijoo contraataca. Aunque la cita sea un poco larga, merece la pena:

Pintaron a Vmd. mi genio tan delicadamente compasivo, que no sólo me conmueve a conmiseración los males, o infortunios de los individuos de la especie humana, mas aun los de las bestias. Y el motivo porque Vmd. dificulta el asenso a esta noticia, es porque ella le representa un corazón afeminado, estando Vmd. hasta ahora en la persuasión de que le tengo muy valeroso, por las pruebas que he dado de fortaleza de ánimo, en la firmeza con que me he mantenido contra tantos émulos como me han atacado, y aun sin cesar me están atacando.

Es cierto, señor mío, que mi genio en la propriedad de compasivo es cual a Vmd. se le han pintado. De modo, que no veo padecer alguna bestia de aquellas, que en vez de incomodarnos, nos producen varias utilidades, cuales son casi todas las domésticas, que no me conduela en algún modo de su dolor; pero mucho más, cuando sin motivo alguno justo, sólo por antojo, o capricho las hacen padecer. Cuando advierto, que están para torcer el pescuezo a una gallina, o entrar el cuchillo a un carnero, aparto los ojos por no verlo. Pero esta compasión no llega al que acaso algunos llamarían necio melindre, y otros grado heroico, de conmiseración de meterme a medianero para evitar su muerte. Veo que ésta es conveniente, y así me conformo a que la padezcan. Nunca en los muchos viajes, que hice, usé de la espuela con las caballerías que montaba, sino lo muy preciso para una moderada jornada, y miraba con enojo, que otros por una levísima conveniencia no reparasen en desangrar estos pobres animales. Siempre que veo un muchacho herir sin qué, ni por qué a un perro con una piedra, quisiera estar cerca de él para castigar con dos bofetadas su travesura.

¿Pero esto es ser de corazón afeminado? Nada menos. Dista tanto lo compasivo de lo apocado, que los Filósofos, que más observaron la conexión de unos vicios con otros, hallaron, que el de la crueldad es en alguna manera propria de los cobardes. Y en las Historias se ve, que rarísimo hombre muy animoso fue notado de inhumano; siendo al contrario comunísima en Príncipes cobardes la crueldad. […]

Es para mí certísimo, que este genio conmiserativo hacia las bestias prueba un gran fondo de misericordia hacia los de la propria especie […]. Y al contrario siento, que en un corazón capaz de sevicia hacia las bestias no cabe mucha humanidad hacia los racionales. Ni puedo persuadirme a que quien se complace en hacer padecer un bruto, se doliese mucho de ver atormentar a un hombre.

O sea, compasivo no es lo mismo que blandengue. Más tiene que ver con la empatía. Y una vez dejado claro que la crueldad es propia de cobardes, es el turno de criticar a los cartesianos y su  manía de tratar a los animales como meras máquinas sin sentimientos:

Advierto a Vmd. que lo que he escrito en esta Carta en ninguna manera comprehende a los Filósofos Cartesianos, los cuales en orden al asunto de ella son gente privilegiada; porque como sólo reconocen los brutos en cualidad de máquinas autómatas, desnudas de todo sentimiento, sin el menor escrúpulo, o el más leve movimiento de compasión, pueden cortar, y rajar en ellos, hacerlos gigote, abrasarlos, aunque sea a fuego lento; bien que deberán usar en ello de dos precauciones, la una de no hacer ese estrago sino en los brutos, que están a su disposición; pues si son ajenos, aunque éstos como meros autómatas no lo sientan, lo sentirán sus dueños: la otra, que no se tomen esa diversión delante de los que no son Sectarios de Descartes, por no moverlos a lástima, o compasión.

Bien sea por tener al ser humano en muy alta estima, bien sea por mala conciencia por lo mal que tratamos a los animales, el caso es que los científicos, durante mucho tiempo, negaron inteligencia a los animales. Incluso ya en el siglo XX, estaba muy mal visto caer en el antropomorfismo, es decir, otorgar cualquier característica humana a otros animales. Un ejemplo: una pionera en el estudio del comportamiento de los primates como Jane Goodall, cuenta las críticas que recibió por el hecho de dar nombres a los chimpancés que observaba, en vez de números o asépticos códigos. En esta página web puede verse el vídeo y leerse la transcripción de la entrevista. Lo que comentamos aparece a partir del minuto 12:50.

Sí, el antropomorfismo es un peligro. Cada especie es única, con su propia historia evolutiva que la ha hecho ser lo que es. Pero todos los animales compartimos unos antepasados más o menos lejanos, una biología, unos cerebros. Negarles sentimientos o motivaciones a otras especies puede ser tan equivocado como el antropomorfismo. Las posturas extremas suelen nublar nuestro entendimiento a la hora de buscar o comprender otras especies inteligentes.

En la próxima entrada nos ocuparemos de los primates.

Inteligencias más o menos alienígenas (I)

Un tema recurrente en la ciencia ficción es el del contacto con inteligencias alienígenas. Podemos encontrar obras para todos los gustos, desde algunas con extraterrestres que hablan nuestro idioma (el inglés, como no podía ser menos) y no hay problema para comunicarse con ellos, hasta otras en las cuales la Humanidad se enfrenta a formas de vida completamente incomprensibles.

Fuente: todas las imágenes de esta entrada proceden de pixabay.com

Esto nos lleva a plantearnos algunas cuestiones. ¿Sería posible el diálogo, si no tenemos nada en común? ¿Existe algo que pueda ser universalmente comprendido? ¿Las Matemáticas, quizá? ¿O ni con esas? Por otro lado, ¿seríamos capaces de reconocer una inteligencia alienígena si nos topáramos con ella, o pasaría desapercibida?

Es difícil dar respuestas. Quizá sea mejor dejar de mirar por un momento a las estrellas y fijarnos en nuestra propia biosfera. ¿Seríamos capaces de reconocer otras especies inteligentes aquí, en la Tierra?

Si algo caracteriza a nuestra cultura occidental, es la manía de colocar al ser humano en un pedestal. Nos consideramos algo aparte del resto de la naturaleza: seres superiores que se distinguen del resto de los animales, entre otras cosas, por la inteligencia. También por más características que consideramos humanas: la autoconciencia, la empatía, el sentido de la justicia, prever el futuro, hacer planes… De hecho, para muchas personas supone un insulto lo de llamarnos «animales». Estamos por encima de ellos, pues los simples animales carecen de esas características que hemos enunciado. Así se pensaba. Era algo sabido, bien establecido.

Hasta que llegó Charles Darwin.

Junto con Alfred R. Wallace, Darwin propuso su teoría de la evolución de las especies por selección natural. Más de siglo y medio después, ha resistido todos los intentos de tumbarla y se ha convertido en una de las teorías científicas más sólidas que existen. Desde la publicación del Origen de las especies (1859), se admite que cada especie procede de otra anterior. Las mutaciones, la selección ejercida por el entorno y mucho, pero que mucho tiempo, han creado la maravillosa biodiversidad que podemos contemplar hoy (y que estamos destruyendo a marchas forzadas, dicho sea de paso).

Pero Darwin no sólo puso patas arriba (y le dio sentido) a la Biología. También lanzó un torpedo a la línea de flotación de nuestras creencias más arraigadas. Si unas especies proceden de otras anteriores, nosotros no íbamos a ser la excepción. Así, en 1871 publicó El origen del hombre. Un libro valiente, en el que defendió, con todos los datos que pudo recopilar, que nuestra especie desciende de otras que la precedieron en el tiempo.

Las citas de El origen del hombre que incluimos en esta entrada se han extraído del capítulo XXI (Resumen general y conclusión):

Vemos así que el hombre desciende de un mamífero velludo, con rabo y orejas puntiagudas, arbóreo probablemente en sus hábitos y habitante del mundo antiguo […]. Los cuadrumanos y todos lo mamíferos superiores descienden probablemente de un antiguo marsupial, el que venía a su vez, por una larga línea de formas diversas, de algún ser medio anfibio, y este nuevamente de otro animal semejante al pez. En la espesa oscuridad del pasado adivinamos que el progenitor primitivo de todos los vertebrados debió ser un animal acuático provisto de branquias […]. Ese animal debió parecerse con ventaja a las larvas de las actuales ascidias marinas sobre toda otra forma conocida.

Hoy nos admiramos al comprobar cómo Darwin, en el siglo XIX, acertó de pleno. Nuestro cuerpo es producto de las mutaciones y la selección natural. Pero… ¿y nuestra mente?

El presente alto nivel de nuestras facultades mentales y morales es, sin duda, la dificultad mayor con que se tropieza para adoptar la conclusión indicada sobre el origen del hombre. Mas aquel que admita el principio de la evolución debe reconocer que las facultades mentales de los animales superiores, que en naturaleza son lo mismo que las humanas, aunque en grado diferente, son susceptibles de perfeccionamiento.

Para Darwin, no es un problema admitir que la inteligencia surgió por presiones evolutivas. Al fin y al cabo, la inteligencia (evidenciada por la posesión de cerebros grandes) proporciona innegables ventajas a los animales, y la selección natural tenderá a favorecerla.

Sin embargo, el ser humano no se caracteriza solo por su inteligencia. ¿Y la moral? Seguro que algo tan elevado no se da en los animales, ¿verdad? Darwin también tenía algo que decir al respecto:

El desarrollo de las cualidades morales es problema de mayor interés. Su fundamento descansa en los instintos sociales, comprendiendo en este término los lazos de familia. Estos instintos son en extremo complejos […]; pero sus elementos más importantes son el amor y el afecto especial de la simpatía. Los animales dotados de instintos sociales sienten deleite en mutua compañía, se previenen unos a otros del peligro y defienden de muchas maneras. Estos instintos no se extienden a todos los individuos de una misma especie, sino solamente a los de la misma tribu o comunidad. Como son en alto grado beneficiosos para la especie, es probable que se hayan adquirido por la selección natural.

Como veremos en la siguiente entrada, parece que Darwin dio en el clavo.  En los animales sociales (eusociales, si utilizamos la jerga técnica) con cerebro grande, debido a la complejidad que requiere vivir en comunidad, la selección natural favorecerá todo aquello que sirva para que el grupo sea más eficaz y se mantenga cohesionado: la capacidad de ponerse en la piel del otro, saber el lugar que cada uno ocupa en la jerarquía, solidaridad, empatía, sentido de la equidad… Si al grupo le va bien, sus miembros prosperarán.

Por cierto, Darwin también dejó caer que ahí podría estar el origen de la tendencia a la xenofobia, ya que nuestros antepasados evolucionaron en grupos pequeños, pero dejaremos el tema para otra ocasión.

No podemos resistirnos a citar el último párrafo de El Origen del hombre:

Debemos, sin embargo, reconocer que el hombre, según me parece, con todas sus nobles cualidades, con la simpatía que siente por los más degradados de sus semejantes, con la benevolencia que hace extensiva, no ya a los otros hombres, sino hasta a las criaturas inferiores, con su inteligencia semejante a la de Dios, con cuyo auxilio ha penetrado los movimientos y constitución del sistema solar -con todas estas exaltadas facultades- lleva en su hechura corpórea el sello indeleble de su ínfimo origen.

En resumen, las diferencias entre el resto de animales y nosotros son de grado, no esenciales. Indiscutiblemente, nuestras capacidades culturales, tecnológicas y lingüísticas son muy superiores a los de otras especies, pero no exclusivas, ni han aparecido de la nada. Han surgido por evolución y están presentes, de forma más o menos rudimentaria, en otras criaturas. En suma, lo que nos hace humanos ya había aparecido en otras especies. Nosotros lo heredamos de nuestros ancestros y, gracias a la evolución cultural, llevamos esa herencia hasta grados asombrosos de complejidad.

Muchos no puedieron (ni pueden) soportar ese hecho. Ya lo advirtió Darwin:

La principal conclusión a que llegamos en esta obra, es decir, que el hombre desciende de alguna forma inferiormente organizada, será, según me temo, muy desagradable para muchos.

Y es que milenios de tradición cultural pesan bastante. Nuestra cultura bebe principalmente de dos fuentes: el mundo grecolatino y la tradición bíblica. Y en ambos casos se nos ha considerado como algo aparte, superior al resto de la naturaleza. Quizá sea porque en el Mediterráneo Oriental no había grandes primates, para recordarnos que, en el fondo, no somos tan distintos.

Pero ¿son realmente inteligentes otros animales? Tal vez estemos buscando señales de vida inteligente en las estrellas, y seamos incapaces de reconocerla en nuestro entorno. En la próxima entrada nos ocuparemos de nuestros parientes más cercanos, los simios y otros primates. Y no nos quedaremos ahí… 🙂

Relaciones que no lo son (y II)

En la entrada anterior vimos la diferencia entre correlación y relación. Confundirlas conlleva caer en la falacia cum hoc ergo propter hoc. Citamos de la Wikipedia:

Cum hoc ergo propter hoc (en latín, ‘con esto, por tanto a causa de esto’) es una falacia que se comete al inferir que dos o más eventos están conectados causalmente porque se dan juntos. Esto es, la falacia consiste en inferir que existe una relación causal entre dos o más eventos por haberse observado una correlación estadística entre ellos. Esta falacia muchas veces se refuta mediante la frase «correlación no implica causalidad».

No podemos evitarlo, amigo lector; los seres humanos tendemos a pensar que si dos sucesos ocurren más o menos a la vez, uno de ellos causa el otro. Además, nos sentimos cómodos con la creencia de que todo ocurre con un propósito. Nos cuesta aceptar que las cosas suceden en muchas ocasiones por azar, que a la naturaleza le importan un comino nuestros prejuicios o que se cumplan nuestros anhelos.

En resumen, es difícil que se nos meta en la cabeza que dos sucesos pueden darse a la vez sin estar conectados. Cuando hay una correlación entre A y B, inmediatamente pensamos que existe una relación y que A es la causa de B. Pero puede que B sea la causa de A. O que haya un factor oculto (o más de uno) que conecte A y B. O que todo se deba al capricho del azar.

Por ejemplo, si calculáramos el coeficiente de correlación entre la calvicie masculina y la deforestación de la jungla en el sudeste asiático, probablemente obtendríamos un valor próximo a +1. En efecto, puede comprobarse que conforme nos vamos quedando calvos, la jungla va desapareciendo. ¿Quiere eso decir que la calvicie provoca la deforestación? ¿O es a la inversa? ¿Hay algún factor oculto que conecta ambos fenómenos? ¿O se debe a una simple casualidad? 🙂

Como siempre viene bien un poco de humor, recomendamos encarecidamente echar un vistazo al sitio web de Spurious Correlations (Correlaciones espurias), cuyo autor es Tyler Vigen. Asimismo, se puede adquirir el libro en papel o la versión Kindle.

La lectura de Correlaciones espurias es muy divertida, incluso hilarante. T. Vigen se dedicó a buscar correlaciones, a cuál más disparatada. Así, encontramos que hay una correlación positiva muy fuerte entre la cantidad de gente que se ahoga en una piscina y el nº de películas en las que aparece Nicholas Cage. O entre el consumo de queso y el nº de personas que mueren enredadas en las sábanas de su cama. O entre el nº de personas que mueren ahogadas al caerse de un barco de pesca y la tasa de matrimonios en Kentucky. O entre la tasa de divorcios en Maine y el consumo de margarina. O… 😀

Fuente: tylervigen.com/spurious-correlations

Divertido, sin duda, pero Correlaciones espurias debería hacernos meditar. T. Vigen nos advierte de que los seres humanos estamos biológicamente inclinados a reconocer patrones, pero que la correlación sólo significa que dos cosas varían juntas. No siempre las correlaciones tienen sentido. Peor aún: el autor señala el peligro del uso impropio de la Estadística.

No es demasiado complicado hallar correlaciones entre las cosas más extrañas. El método se llama «data dredging» (o «data fishing», que podría traducirse como pesca de datos). Se trata de comparar la serie de datos que nos interese con cientos (o miles) de otras series de datos. Comparamos y comparamos sin cesar, hasta tropezarnos con alguna correlación. Así, a lo bruto, en vez de diseñar experimentos cuidadosos que estudien esas comparaciones una a una (que es como debe hacerse).

Hoy, los ordenadores nos permiten manejar ingentes cantidades de datos, mediante algoritmos sencillos. Esto nos facilita hallar muchas correlaciones entre series de datos sin relación alguna (sobre todo, si el nº de datos que se comparan no es muy grande).

T. Vigen usó el «data dredging» para hallar correlaciones graciosas. Sin embargo, a pesar del humor, el libro tiene un lado muy serio. Las gráficas pueden mentir. Las correlaciones no tienen por qué indicar una conexión causal subyacente. Ay, el «data dredging» permite hallar muchas relaciones espurias… Las correlaciones pueden llevarnos por el mal camino si las empleamos incorrectamente. Incluso las gráficas pueden ser engañosas. La forma de representarlas no es tan inocente como parece.

Un ejemplo es el libro The Bell Curve (1994), de Richard J. Herrnstein y Charles Murray. Mucho debate ha habido sobre él, pues aborda un tema espinoso: relaciona el cociente intelectual (CI) con la raza. Y había una correlación: los negros americanos tenían un CI inferior al de los blancos.

Las críticas a The Bell Curve no se centran en su racismo más o menos explícito, sino en el uso tremendamente chapucero que hace de la Estadística para llegar a tales conclusiones. Dejando aparte si tiene sentido reducir algo tan complejo como la inteligencia humana a un único número (CI), y si nuestra especie puede dividirse en razas según el color de la piel (¿por qué no definimos las razas basándonos en la intolerancia a la lactosa, por ejemplo?), los autores caen en la falacia que hemos comentado antes: confunden correlación con causación. ¿Hay una correlación entre la raza y el CI? Pues ambos factores tienen que estar ligados, ¿no? Y de ahí a proponer que la inteligencia, igual que el color de la piel, están condicionados por los genes hay un paso muy pequeño.

Hay otras explicaciones a esa correlación. Por ejemplo, que a lo largo de los siglos, a ciertos grupos (negros, pobres, mujeres…) se les haya negado o dificultado el acceso a una educación de calidad. Algo que se puede arreglar, por cierto, con políticas de igualdad, que ofrezcan a todo el mundo las mismas oportunidades. Pero claro, si las diferencias de inteligencia tuvieran una base biológica, no merecería la pena gastar el dinero público en esas políticas, ¿verdad?

Como el lector habrá deducido, libros al estilo de The Bell Curve son del agrado de los sectores más reaccionarios, aquellos que quieren dejar las cosas tal como están, pues el statu quo es algo que les parece natural. Algún día hablaremos del darwinismo social, que repugnaba al propio Darwin. El uso de la Estadística puede no tener nada de inocente. Por eso es bueno adquirir unos conocimientos matemáticos básicos: hace más difícil que nos vendan milongas.

Actualmente, con el auge de las pseudociencias y el pensamiento mágico, cada dos por tres leemos en la prensa que los científicos han «descubierto» una relación entre algún aparato o alimento y ciertas enfermedades. Tratemos todas esas noticias con espíritu crítico.

Pensemos en un ejemplo hipotético: se ha hallado una correlación entre el uso de hornos microondas y el Alzheimer (me lo estoy inventando, insisto). En efecto, tras recopilar un montón de datos, se llega a la conclusión de que los países con más microondas per cápita tienen una mayor incidencia de Alzheimer. Ergo, hay una relación, nos aseguran, al tiempo que despotrican contra la vida moderna, las ondas electromagnéticas y mil cosas más.

Pues probablemente no. Comprar un microondas cuesta dinero. Por tanto, en los países más ricos es más fácil hacerse con un microondas. Y, por regla general, los países más ricos tienen también mejores servicios, son más seguros y disfrutan de un mejor sistema sanitario. Por tanto, la gente vive más tiempo. Y cuando la esperanza de vida es mayor,  es más probable morir de enfermedades asociadas a la edad, como el Alzheimer o el cáncer, que de otras más típicas de países pobres (enfermedades infecciosas, inanición, muertes violentas, etc.).

En fin, sabemos que fomentar el espíritu crítico no está de moda, pero no cejaremos en el empeño. 🙂

Feliz Año Nuevo, amigo lector.

NOTA: Salvo que se indique lo contrario, las imágenes han sido tomadas de pixabay.com, libres de derechos de autor.

 

Relaciones que no lo son (I)

Cada dos por tres nos encontramos en los medios de comunicación con noticias en las que se afirma que los científicos han hallado una relación entre el consumo de ciertos alimentos y diversas enfermedades, entre las líneas de alta tensión y el cáncer, entre el manejo de teléfonos móviles y problemas de salud, etc. Se trata, en muchos casos, de noticias sensacionalistas que buscan un titular impactante. Más aún: muchas de estas supuestas relaciones no son tales. Debemos aguzar nuestro sentido crítico. Por lo general, cuando los científicos leemos algo al estilo de «La Ciencia dice que…», nos echamos a temblar. 🙂

Lo que ocurre es que muchos estudios se limitan a detectar correlaciones, no relaciones. Y no es lo mismo; no, señor. O dicho más finamente, correlación no implica causalidad. Intentaremos explicarlo, porque las correlaciones las carga el diablo. 🙂

Empecemos por lo básico, citando, cómo no, de la Wikipedia:

En probabilidad y estadística, la correlación indica la fuerza y la dirección de una relación lineal y proporcionalidad entre dos variables estadísticas. Se considera que dos variables cuantitativas están correlacionadas cuando los valores de una de ellas varían sistemáticamente con respecto a los valores homónimos de la otra: si tenemos dos variables (A y B) existe correlación entre ellas si al disminuir los valores de A lo hacen también los de B y viceversa. La correlación entre dos variables no implica, por sí misma, ninguna relación de causalidad.

Aclarémoslo con un ejemplo hipotético. Se nos antoja averiguar si existe una correlación entre, pongamos por caso, el consumo de mermelada de pera y la distancia a la que somos capaces de escupir un hueso de aceituna (se han estudiado correlaciones más raras, palabra de honor). 🙂 Nos ponemos manos a la obra, convencemos a unos cuantos voluntarios para que participen y diseñamos unos experimentos en los que les damos determinadas cantidades (en gramos) de mermelada y luego medimos la distancia (en centímetros) a la que arrojan los huesos. Los resultados obtenidos podrían mostrarse en una gráfica:

Hay diversas formas de calcular la correlación entre variables. Una de ellas es el coeficiente de correlación de Pearson. Sin entrar en detalles, este coeficiente puede variar entre +1 y -1. Podría darse el caso de la Fig. 1: las dos variables se comportan de forma similar. Es decir, a mayor consumo de mermelada, más lejos se escupen las aceitunas, o viceversa. En este caso tendríamos un índice de correlación de +1: una correlación positiva perfecta.

En la Fig. 2 vemos lo que ocurriría si se diera el caso contrario: al aumentar el consumo de mermelada de pera, disminuye el vuelo de los huesos de aceituna. Hay una correlación negativa perfecta, con un índice de -1.

En la Fig. 3 nos encontramos con que cada una de las variables va a su aire. Al incrementar el consumo de mermelada, la distancia recorrida por los huesos puede aumentar o disminuir. No percibimos ningún patrón de comportamiento. El índice de correlación es 0. Eso indica que no existe una relación lineal entre ambas variables.

Por supuesto, podrían darse todos los casos intermedios, obteniéndose correlaciones positivas o negativas más o menos fuertes. En fin, el concepto de correlación es sencillo de comprender, ¿no?

Supongamos que el resultado obtenido en nuestro experimento es el que aparece en la Fig. 1: un índice de correlación de +1, o un valor muy próximo a este. Habríamos descubierto que existe una correlación entre ambas variables, sin duda. Y el periodista de turno publicaría en grandes titulares: «Los científicos descubren que hay una relación entre el consumo de mermelada de pera y la habilidad para escupir huesos de aceituna», o algo por el estilo.

¿Seguro? Recordemos la última frase de la definición de la Wikipedia, que resaltamos en rojo:

La correlación entre dos variables no implica, por sí misma, ninguna relación de causalidad.

De acuerdo, el índice de correlación nos indica que esta existe, pero nada más que eso. No nos dice el tipo de relación que hay entre ambas variables. En nuestro ejemplo hipotético, tal vez el consumo de mermelada permita escupir huesos de aceituna más lejos. O quizá sólo nos sugiere que a la gente aficionada a escupir huesos le gusta más la mermelada. O podría tratarse de una relación espuria, fruto de la casualidad, y que ambas cosas no tuvieran nada que ver la una con la otra.

Quédate con esta idea, amigo lector: el índice de correlación sólo nos dice si dos variables varían del mismo modo o no, pero no nos informa acerca de la relación entre ambas variables, ni si una influye en la otra o se trata de una casualidad… Para averiguar si cicha relación existe, necesitamos más estudios, tener en cuenta más factores, etc.

En la próxima entrada veremos algunos ejemplos hilarantes de correlaciones, en las que el azar nos juega malas pasadas. Pero la confusión entre correlación y relación también tiene un lado oscuro, y puede servir para justificar tremendas injusticias sociales o para estafar al prójimo.

Doble ciego (y II)

Hay experimentos cuyos sujetos de estudio son seres humanos. Por ejemplo, supongamos que queremos averiguar qué marca de cerveza es la preferida en nuestro país. Para ello, primero hemos de elegir una muestra representativa entre la población. Luego, lo más sencillo sería pedir a los individuos que cataran cada cerveza y la puntuaran de 0 (horrible) a 10 (sublime). En este caso, estaríamos hablando de un ensayo o experimento abierto.

Fuente: pixabay.com

Lo malo es que los resultados no serían fiables, pues intervendría, sin duda, el «factor humano». O dicho más finamente, el sesgo del sujeto que participa en el experimento. Consciente o inconscientemente, habría quienes se verían influenciados al conocer la marca de la cerveza. Por ejemplo, alguien podría puntuar bajo a Heineken si no le caen bien los holandeses. O dar una nota ínfima a Cruzcampo por culpa de los chistes que circulan por Internet acerca de esta marca. O puntuar muy alto a Estrella de Levante porque la fábrica está cerca del Campus de Espinardo de la Universidad de Murcia, y el sujeto en cuestión estudió allí y le evoca buenos recuerdos de su juventud (este podría ser el caso de un servidor de ustedes). O calificar con un 10 a una cerveza artesanal (aunque sepa a rayos) por aquello de dárselas de entendido, o… En fin. 🙂

¿Cómo evitarlo? Podría pensarse que con un experimento simple ciego. O sea, no dejemos que los sujetos experimentales sepan qué marca de cerveza están catando. En tal caso usted, el experimentador, asignaría a cada cerveza un número distinto, y se la ofrecería a los sujetos. «Pruebe y puntúe, por favor, la cerveza nº 1… OK. A continuación, la nº 2…». Así, la marca cervecera no condicionaría las respuestas. Parece que hemos eliminado los problemas que causa el «factor humano», ¿verdad?

Pues no. ¿Han oído hablar del caso de Hans el Listo?

 Hans am TretbrettHans, el caballo matemático (fuente: es.wikipedia.org)

A principios del siglo XX un caballo (sí, un caballo) alemán llamado Hans era capaz, o así parecía, de realizar operaciones matemáticas sencillas, como sumar o multiplicar. Si se le pedía que calculara, por ejemplo, el resultado de 2 + 3, Hans daba 5 patadas en el suelo, para asombro general. El equino se convirtió en todo un espectáculo y, por supuesto, llamó la atención de los científicos. ¿En verdad un caballo poseía habilidades matemáticas? ¿O se trataba de un engaño?

Pues ni una cosa ni la otra. En realidad, el caso de Hans el Listo supuso un antes y un después a la hora de diseñar experimentos.

Los científicos descubrieron que Hans no era un genio matemático. Simplemente, podía leer el lenguaje corporal humano, igual que otros animales domésticos. Cuando se le pedía que sumara 2 + 3, él empezaba a patear el suelo. Conforme se acercaba al resultado correcto, quienes lo rodeaban se iban poniendo en tensión sin darse cuenta, pero el animal lo captaba. Y al dar la 5ª patada, Hans, muy pendiente de la actitud del público, sabía que debía pararse ahí.

Hans trinkt BierHans y su dueño, el profesor de Matemáticas Wilhelm von Osten (fuente: es.wikipedia.org)

Cuando los experimentadores evitaban que Hans pudiera ver a su adiestrador o al público, el pobre fallaba y se enfadaba. Más de un sabio se llevó un buen mordisco del frustrado caballo. La conclusión era obvia: podía existir un sesgo del experimentador, el cual, sin saberlo, podía contaminar el resultado del experimento. Daba pistas inconscientes a otros, animales o seres humanos, capaces de leer (a sabiendas o no) el lenguaje corporal.

Trasladémoslo a nuestro ejemplo cervecero. Supongamos que usted, el experimentador, planifica un experimento simple ciego. Le asigna un número a cada cerveza, pero usted es un ser humano que, como todos, tiene sus manías y prejuicios. Por ejemplo, sabe que la cerveza con el nº 2 es una marca blanca de hipermercado, barata ella, mientras que la nº 5 es una cerveza belga de las caras. Sería divertido que los participantes en el experimento opinaran que la nº 2 es una maravilla y la nº 5 una birria, ¿verdad? Pues aunque usted no lo pretenda, su lenguaje corporal, su actitud, puede traicionar sus pensamientos. Y hay personas capaces de leer, siquiera de forma inconsciente, ese lenguaje corporal. Y quizás eso influirá en su respuesta.

Sí, los seres humanos fallamos. Metemos la pata. Nos solemos guiar por las emociones. Damos pistas sin querer. Por eso se propuso el ensayo doble ciego. La idea es de una maravillosa simplicidad: las personas que diseñan el experimento y las que lo ejecutan son distintas y no se comunican entre ellas. Y ya está.

Fuente: pixabay.com

Volvamos a la cerveza. Usted asigna a cada marca un número, guarda esa información en un sobre cerrado y se retira del escenario. A continuación, otra persona dará la cerveza a los sujetos e interactuará con ellos. Esta persona no tiene ni idea de a qué marca corresponde cada número. Por tanto, no se le podrá escapar información sin querer.

Ah, por cierto: existen los ensayos en triple ciego. En este caso, los que tratan estadísticamente los datos de los experimentos son distintos a sus diseñadores o a los que interactúan con los sujetos. Lo dicho: los científicos saben que somos propensos a errar; por tanto, toda precaución es poca. Sobre todo, si se trata de ensayos sobre tratamientos médicos, para evitar el efecto placebo.

Se han hecho ensayos en doble ciego con gente que afirmaba poseer poderes paranormales. Por ejemplo, la capacidad de detectar agua subterránea o metales con una varita o similar. En este caso, los diseñadores del experimento acotaban una parcela de terreno y en ella enterraban diversas tuberías por las que fluía el agua, anotando cuidadosamente por dónde iba cada una. Luego, quienes interactuaban con los zahoríes no sabían por qué tuberías circulaba el agua; por tanto, no podían influir en los zahoríes. Ninguno de los cuales, por cierto, obtuvo unos resultados mejores que los atribuibles al simple azar. Véase:

En suma: un doble ciego bien diseñado ofrece garantías de fiabilidad y evita los sesgos por parte de experimentadores y sujetos de estudio. Si los defensores de lo paranormal logran superarlos, los científicos no tendrán problemas en aceptarlo. Todo lo contrario: sería fantástico, pues abriría nuevos y maravillosos campos de estudio.

Seguimos esperando. Y no, no valen excusas de que hay malas vibraciones o el ambiente es hostil. Si se quiere reconocimiento científico, hay que aceptar las reglas del juego. 🙂

Doble ciego (I)

Hay personas que afirman poseer poderes o habilidades que podríamos llamar «paranormales»: videntes, zahoríes, espiritistas, cirujanos psíquicos, etc. No es raro que despotriquen contra la «Ciencia oficial» porque esta no les hace caso, tal vez por miedo a los asombrosos descubrimientos que, según ellas, podrían poner patas arriba nuestra visión del mundo.

NOTA: todas las imágenes de esta entrada (libres de derechos) proceden de pixabay.com

Eso sí, cuando los científicos se toman en serio estos temas y los someten a experimentos controlados y bien diseñados, las habilidades paranormales tienden a fallar o no se manifiestan. En tal caso, los adeptos a las pseudociencias se quejan de que el ambiente es hostil, que hay malas vibraciones… Pero que conste que lo suyo funciona, ¿eh? 🙂

Puede ser interesante reflexionar sobre cómo se realizan los experimentos científicos. Ello nos ayudará a comprender por qué las pseudociencias fracasan.

En contra de lo que muchos piensan, el poder de la Ciencia radica en su humildad. Los científicos somos conscientes de que nos equivocamos, que nuestra razón es falible, que tendemos a engañarnos a nosotros mismos, que deseamos que las pruebas validen nuestras creencias. Y, por supuesto, que también hay estafadores al acecho. Por eso existe el método científico. Puede variar, según la disciplina de que se trate, pero en esencia busca minimizar los fallos, controlar las variables dentro de lo posible, y que los experimentos puedan ser reproducidos. Para ello, por supuesto, hay que publicar la metodología utilizada (el inevitable apartado de «Material y métodos» de los artículos científicos), como ya comentamos en otras entradas del blog.

Intentar diseñar experimentos para evaluar los presuntos poderes paranormales es complicado, pero puede hacerse. No obstante, los científicos parten con desventaja: la naturaleza no juega sucio. En cambio, cuando se trabaja con personas, lo mismo puedes encontrarte con gente que actúe de buena fe que con timadores. Por supuesto, hay modos de cazar a los mentirosos, pero muchos científicos no están entrenados para ello. De hecho, no les cabe en la cabeza que alguien intente engañarlos así, a sangre fría.

Los embaucadores suelen emplear trucos de ilusionismo y mentalismo para simular habilidades paranormales. Por tanto, es aconsejable que los científicos busquen el consejo de los magos profesionales. Estos se dedican a ilusionar a la gente. Cuando asistimos a un espectáculo de magia, ya sabemos que el mago no tiene poderes sobrenaturales. Somos conscientes de que nos va a engañar honradamente, y que disfrutaremos con su habilidad para hacerlo. De eso se trata. 🙂

A muchos magos les indigna que haya individuos sin escrúpulos que usen sus trucos para ganar dinero a costa de la angustia o el dolor del prójimo. Por ejemplo, fingiendo la capacidad de contactar con los espíritus de personas queridas. Por eso, un equipo de científicos y magos puede diseñar un protocolo experimental capaz de discriminar los estafadores y quienes realmente exhiban poderes paranormales.

Antes de seguir, debe quedar bien claro lo siguiente: no todos los que afirman poseer habilidades paranormales son embaucadores. Hay gente que actúa de buena fe, que cree sinceramente en lo que hace. Muchos desean de corazón ayudar a sus semejantes. Y quién sabe, puede que haya quien realmente tenga poderes. Por desgracia, nadie ha superado todavía los experimentos en condiciones controladas. Nadie. Y eso que incluso se han llegado a proponer jugosos premios para quienes demuestren sin ningún género de dudas que poseen habilidades paranormales. Véase, por ejemplo, el desafío del millón de dólares del mago y notorio escéptico James Randi.

Una pena. Sería maravilloso que alguien pudiera demostrar de modo fehaciente que es capaz de predecir el futuro, curar un cáncer por imposición de manos, mover objetos con el poder de la mente, leer el pensamiento o adivinar, sin verla, qué carta hemos sacado de una baraja. Eso abriría nuevos campos a la Ciencia, podría contribuir al bienestar de la Humanidad…

Pero hay que demostrarlo. Afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinaras. Y mientras, seguimos esperando. 🙂

Recapitulemos. De lo anterior se deduce que hemos de ser muy, pero que muy cuidadosos con el «factor humano» a la hora de diseñar un experimento. En la segunda (y última) parte de esta entrada trataremos de explicar cómo se procede en estos casos, y qué es eso del «doble ciego» que aparece en el título.

Medicina tradicional y espíritu crítico

Mucha gente es partidaria de los remedios que nos proporciona la medicina tradicional o popular (tanto occidental como de otras culturas), por considerarla más «natural» que lo que nos recetan los médicos «oficiales». Y lo natural es bueno, ¿no?

Nadie puede negar el gran valor del saber tradicional, producto de milenios de ensayos, aciertos y errores. Sin duda nos queda mucho que aprender del conocimiento acumulado por nuestros antepasados. Un saber que, por desgracia, se está perdiendo, y creo que tenemos el deber de preservarlo.

Sin embargo, la medicina tradicional, como cualquier otra actividad humana, también puede equivocarse. La fe ciega, tanto aquí como en otros aspectos de la vida, es peligrosísima. Conviene adoptar un sano espíritu crítico: ni negar por sistema, ni aceptarlo todo alegremente.

Volvamos a la medicina tradicional y a sus remedios. El hecho de que sean «naturales» ¿implica necesariamente que sean buenos para nosotros?

¿Hay algo más «natural» que las plantas silvestres, como el acónito? Pues bien, esta especie contiene alcaloides capaces de matar rápidamente a un ser humano. Incluso tocarla con las manos desnudas puede resultar peligroso.

Ante todo, habría que concretar qué entendemos por «natural». La definición más habitual es la de todo aquello que esté libre de ingredientes sintéticos, artificiales o de aditivos. Por tanto, nada de compuestos químicos sintetizados en el laboratorio que, según sus detractores, son malísimos, a diferencia de lo natural, que parece intrínsecamente beneficioso.

Bien, vayamos por partes. Las plantas, al igual que los hongos, llevan cientos de millones de años evolucionando, compitiendo con otros organismos y tratando de sobrevivir. Puesto que no tienen la movilidad de los animales, disponen de otras armas para defenderse… o atacar. Concretamente, de armas químicas. La evolución ha generado auténticos laboratorios vivos, capaces de producir moléculas increíbles. Algunas nos sirven de alimento. Otras nos curan. Pero otras pueden matarnos o hacer que deseemos estar muertos.

Amanita phalloides es un hongo beneficioso para la salud de los bosques, pues vive en simbiosis con las raíces de ciertos árboles. ¿Cabe pensar en algo más «natural»? Una sola de esas setas contiene suficiente veneno para convertir el hígado de un hombre adulto en una ruina.

Hay plantas y hongos de los que se pueden obtener productos «naturales» capaces de pudrirnos el hígado, dejarnos sin riñones, abrirnos llagas en la piel, provocarnos un paro cardíaco, volvernos locos… Como ejemplo, pueden consultarse estas entradas que escribí en el blog FdeT sobre los venenos de las setas. Y por otro lado, hay moléculas sintéticas, obtenidas en el laboratorio, que han bajado drásticamente la tasa de mortalidad infantil, que nos curan de las enfermedades, que nos hacen vivir más tiempo y mejor.

Las cosas no son buenas o malas por el mero hecho de ser naturales o sintéticas. Son buenas si mejoran nuestra calidad de vida, y malas si nos la desgracian o son peligrosas para el medio ambiente. Punto. Por tanto, a la hora de alabar o censurar algo, hay que aportar argumentos, no encerrarse en tópicos y consignas. A los seres humanos nos gusta simplificar el mundo que nos rodea, poner etiquetas, crear dicotomías. Sobre todo, para saber si algo es bueno o malo sin complicarnos la vida. Por desgracia, el cosmos no es solo en blanco y negro. Hay muchos más colores y matices de gris. Al respecto, amigo lector, permítenos un inciso. He aquí un enlace a un interesante artículo en el diario EL PAÍS acerca de esta manía humana de simplificar el mundo.

Por eso hay que ser cautos a la hora de confiar ciegamente en la medicina tradicional. Sí, nos proporciona remedios bastante buenos, pero nuestros antepasados también se equivocaban. Y cuando lo hacían, lo hacían a lo grande. 🙂

Los antiguos descubrieron muchos remedios para nuestros achaques a base de experimentar, de observar la naturaleza, de ensayos y errores, de éxitos y fracasos. Así, hallaron curas para la tos, para calmar el dolor, evitar infecciones, paliar síntomas… Pero no siempre los presuntos remedios y medicinas tenían ese origen. Y eso nos lleva a la teoría de las signaturas.

Esta teoría no es exclusiva de la civilización occidental, sino que se da en muchas culturas. Parte de la creencia de que el mundo fue creado para nuestro uso y disfrute; o sea, para servirnos. Los antiguos no creían en que las cosas ocurrieran por azar, sino que todo debía tener un propósito. Animales, plantas, hongos, minerales y demás debían estar ahí para algo. De ahí se derivaba que las divinidades, piadosas ellas, habían puesto signos en plantas, etc., para que los humanos supiéramos para qué servían.

Lobaria pulmonaria 010108aDebido a su aspecto, se creía que el liquen Lobaria pulmonaria podía ser un remedio para curar las enfermedades pulmonares (fuente: en.wikipedia.org)

Así, por ejemplo, las nueces serían buenas para el cerebro, dada su forma. O un liquen como Lobaria pulmonaria tendría que curar las dolencias pulmonares. O cualquier cosa con aspecto fálico debía servir para combatir la disfunción eréctil, tal como expliqué en esta entrada sobre el «hongo maltés» en el blog FdeT. 🙂

Como el lector habrá deducido, los remedios basados en la teoría de las signaturas sólo aciertan por casualidad. Las cosas pueden tener una forma similar sin que eso implique una relación entre ellas. Y animales, plantas y demás no han sido puestos ahí para que nos sirvan. Sintetizan compuestos químicos que pueden ser tanto beneficiosos como perjudiciales para nosotros. Conviene que seamos prudentes antes de utilizarlos.

Esto sería incluso divertido si no fuera porque conlleva consecuencias trágicas. Basándose en la teoría de las signaturas, la medicina oriental propugna que el cuerno de rinoceronte, por su forma, es un remedio ideal contra la impotencia. Esta creencia tradicional no tiene ninguna base. El cuerno está compuesto de queratina, igual que el pelo o las uñas. Pero esto está llevando a varias especies de rinocerontes a la extinción.

La medicina tradicional, igual que la «oficial», ha de ser sometida al escrutinio crítico. No debemos aceptar las cosas simplemente porque les hayamos puesto una determinada etiqueta. Y la Ciencia puede ayudarnos, pues suele ser la herramienta más adecuada para proporcionarnos datos con los que tomar decisiones informadas.

Críptidos y no tan críptidos

La Criptozoología es una pseudociencia que trata de hallar animales (los «críptidos») cuya existencia no ha sido probada. Los críptidos son muy diversos, e incluyen desde presuntos representantes vivos de especies extintas hasta criaturas que aparecen en las leyendas populares.

Estatua de Bigfoot (fuente: es.wikipedia.org)

La Criptozoología no es una disciplina científica. Este rechazo no se debe a una supuesta estrechez de miras de los obtusos «científicos oficiales» (término que emplean los pseudocientíficos para referirse a nosotros, y que siempre me he preguntado qué significa). Tampoco a lo peculiar de su objeto de estudio, los animales desconocidos para la Ciencia. Por supuesto que existen animales (y plantas, y hongos…) que aún no han sido descritos y que aguardan a que los descubramos. Por desgracia, el deterioro que padece nuestro planeta por culpa de la sobrepesca, la contaminación o la destrucción de hábitats hará que muchas de estas especies se extingan de verdad antes de que lleguemos a encontrarlas.

Disculpa la digresión, amigo lector. Volvamos a la Criptozoología. Si se considera una pseudociencia es por su metodología, carente de rigor. Se fundamenta mayormente en la anécdota, en avistamientos más o menos fiables, pero no en pruebas sólidas. En cambio, la Ciencia se basa en un método riguroso, exigente. La Criptozoología no lo cumple ni de lejos.

Y que nadie venga con la monserga de los científicos de mentes estrechas que se niegan a admitir la existencia de lo maravilloso y bla, bla, bla. Eso es mentira. Los científicos estamos deseando hacer nuevos descubrimientos. Hallar una especie nueva nos entusiasma. Creo que en alguna entrada hemos comentado el ejemplo de los denisovanos. La existencia de una nueva especie humana, que llegó a convivir con nuestros antepasados e incluso se cruzó con ellos, fue deducida a partir de unos huesos diminutos, que caben en una caja de cerillas. Eso sí, de ellos se pudo extraer ADN, secuenciarlo y compararlo con el nuestro y el de los neandertales. Era una prueba tan sólida que todos la admitieron.

En otras entradas (1, 2, 3, 4 y 5) vimos por qué los zoólogos no acaban de creerse la existencia del yeti y similares. ¿Podrían existir? Pues sí, pero de momento ninguna prueba sólida lo avala. La mayor parte de avistamientos parecen corresponder a osos, y en cuanto al ADN de las muestras de yetis o de bigfoot, resulta ser de osos, perros, mapaches, bisontes, tapires…

Loch Ness monster viewsSilueta de algunos avistamientos de Nessie (fuente: es.wikipedia.org)

En cuanto a Nessie, un supuesto plesiosaurio que ha llegado hasta nuestros días en un lago escocés, tampoco hay pruebas de su existencia que resistan un análisis detallado. Además, resulta difícil creer que en un lago del tamaño del Ness haya peces suficientes para mantener con vida a una población de plesiosaurios, con lo grandes que son esos reptiles…

No obstante, los criptozoólogos no cejan en su empeño, y a veces recurren a trampas más o menos ingeniosas para tratar de convencer a los escépticos. Veamos una de ellas. Me la señaló un amigo y colega, el catedrático Juan F. Mota, zorro viejo en esto de enseñar a nuestros alumnos las diferencias entre Ciencia y pseudociencia. He aquí el libro:

¿Dónde está la trampa?

Fijémonos en algunos de los críptidos que aparecen en la portada. Tenemos los clásicos: el yeti, Nessie… Y un mamífero que parece el cruce entre un perro y un tigre. ¿Qué es?

Se trata del tilacino o lobo de Tasmania (Thylacinus cynocephalus). Es un marsupial como los canguros, aunque su dieta es carnívora. Uno de sus parientes vivos más cercanos es el demonio de Tasmania (Sarcophilus harrisii).

Poco hay de misterioso en el tilacino. Lamentablemente, al igual que otros grandes animales, fue cazado hasta la extinción. El último ejemplar conocido murió en un zoo en 1936. Hay vídeos en YouTube sobre él. De vez en cuando se informa de algún avistamiento en Tasmania de un tilacino, aunque sin pruebas concluyentes de que sigan vivos. Ojalá quede alguna población relicta, y podamos recuperar este magnífico animal.

Pero esto nos lleva a la portada del libro. El truco está en meter en el mismo saco al yeti, Nessie y el tilacino. Se trata de provocar una asociación de ideas en la cabeza del lector: «Hay gente que afirma haber visto ejemplares de esas tres especies. Y puesto que nadie duda de que el tilacino haya existido, los otros dos pueden existir también, ¿no?».

Pues no. El tilacino sí existió. No es un «animal imposible», como dice la portada del libro. El yeti y Nessie, en cambio, no pasan de hipotéticos. No es lo mismo. Pero los criptozoólogos ahí lo dejan, y si cuela…

El astrólogo que perdió la gracia del cielo (y V)

Hemos visto que las presuntas predicciones de la Astrología abundan en contradicciones, vaguedades, etc. Los propios astrólogos lo reconocen sin pudor, curándose en salud. Citamos textualmente las conclusiones de una de esas cartas astrales. Merece la pena leerlas detenidamente:

La Carta Astral es un extenso y detallado documento que nos va descubriendo las facetas más importantes de nuestra vida, dándonos toques acerca de nuestra personalidad y también de nuestro destino. La repetición de un mismo factor psicológico o tendencia de destino en diferentes puntos de la interpretación es un síntoma inequívoco de que dicho factor tendrá más posibilidades de manifestarse con fuerza en la vida. La contradicción de diferentes factores psicológicos o tendencias de destino a lo largo de la interpretación es un síntoma de dualidad. Por un lado unas energías planetarias indican una cosa, mientras por otro lado otras energías planetarias indican tendencias contrarias. La resolución a este conflicto (muy común en muchas Cartas Natales) lo determinará nuestra propia evolución psicológica y espiritual, o, dicho en otras palabras, nuestra madurez ante la vida, pues muchas veces a lo largo de la existencia se nos brindan diferentes caminos a elegir, y mientras unas personas se pasan toda la vida dudando, otras saben escoger la opción correcta. Hay que advertir finalmente que por encima de los influjos astrológicos, señalados en la interpretación de la Carta Astral, se sitúa siempre un factor muy importante: el poder de la voluntad del hombre, el cual puede, por su propio esfuerzo, entrar en la dirección recta y corregir, en gran medida, las limitaciones o dificultades señaladas por los aspectos estelares. “Los astros inclinan, pero no obligan”, dice un antiguo aforismo astrológico. Otro, igual de certero, nos advierte: “El sabio gobierna las estrellas, el necio las obedece”. Espero que todo lo que en esta Carta Astral se ha indicado te sirva de provecho y utilidad a lo largo de toda tu vida. Con ese ánimo ha sido realizado.

O sea: a la hora de interpretar los resultados de un horóscopo, las contradicciones no importan y, aunque los astros indiquen una cosa, el individuo puede hacer la contraria. Así nunca se equivocan… 🙂

En Ciencia, cualquier hipótesis debe poder ser validada o refutada. ¿Puede hacerse lo mismo con la Astrología? Pues sí. De hecho, se han realizado experimentos  serios y rigurosos para evaluar la capacidad predictiva de la Astrología: ¿está más cerca de la Ciencia que de las pseudociencias?

El experimento más famoso es el de S. Carlson, publicado en 1985. Aquí hay un enlace al artículo original (en inglés). Puede resultar algo árido para los no expertos en Estadística, pero tiene la garantía de haber sido publicado por la revista Nature, cuyos revisores tienen fama de estrictos. En entradas anteriores ya comentamos lo exigente que puede llegar a ser publicar en una revista de prestigio. 🙂

Fuente: Science and Ink

Carlson procuró por todos los medios ser justo, tanto con los científicos que critican a la Astrología como con los astrólogos que critican a los científicos. Partió de la tesis fundamental de la astrología natal, que es la siguiente (cita textual, traducida):

Las posiciones de los “planetas” (todos los planetas, el Sol y la Luna, más otros objetos definidos por los astrólogos) en el momento del nacimiento pueden usarse para determinar los rasgos y tendencias generales de personalidad del sujeto en cuanto a temperamento y comportamiento, y para indicar los principales problemas que el sujeto puede encontrarse.

¿Es válida esa hipótesis? Carlson se propuso averiguarlo. Como buen artículo científico, hay un capítulo en el que se detalla exhaustivamente el diseño experimental. Realmente, todo estaba a favor de los astrólogos, si estos fueran realmente capaces de predecir cosas. Más aún: los astrólogos consultados estuvieron plenamente de acuerdo con la metodología del experimento. No podían quejarse. 🙂

Grosso modo, se planteó un experimento en dos partes. En la primera, unos voluntarios debían elegir la que pensaban sería su carta natal de entre tres: dicha carta natal, elaborada por astrólogos de prestigio, con otras dos al azar, y debían darle una puntuación según pensaran que acertaba más o no. En la segunda parte, eran los astrólogos quienes debían elegir. Se les daba una carta astral y tres perfiles psicológicos obtenidos con el test CPI (California Personality Inventory). Uno de ellos correspondía al individuo del que se había hecho la carta astral. Los otros dos, no. Por supuesto, se tomaron todas las precauciones para evitar sesgos, según el método de doble ciego.

Y ahí están los resultados… Merece la pena traducir uno de los párrafos del apartado de conclusiones. Resulta demoledor para los supuestos astrológicos:

Ahora estamos en disposición de argumentar un caso sorprendentemente sólido contra la astrología natal, tal como la practican los astrólogos de renombre. Se hicieron grandes esfuerzos para asegurar que el experimento fuera imparcial y que la astrología tuviera una oportunidad razonable de éxito. A pesar de que trabajamos con algunos de los mejores astrólogos del país, recomendados por los astrólogos asesores por su experiencia en astrología y su habilidad para usar el CPI, a pesar de que todas las sugerencias razonables hechas por los astrólogos asesores fueron incluidas en el experimento, a pesar de que los astrólogos aprobaron el diseño y predijeron un 50% como el efecto “mínimo” que esperaban ver, la astrología no funcionó a un nivel mejor que el azar. Examinadas usando métodos de doble ciego, las predicciones de los astrólogos resultaron ser erróneas. Su conexión predicha entre la posición de los planetas y otros objetos astronómicos en el momento del nacimiento y las personalidades de los sujetos de prueba no existió. El experimento refuta claramente la hipótesis astrológica.

Hay más experimentos similares publicados, que no reproduciremos aquí para no cansarte, amigo lector. Si estás interesado, puedes echar un vistazo a esta página de STAR TRES.

Todos concluyen lo mismo: la Astrología carece de validez. Además, los astrólogos tampoco nos explican cómo los astros influyen en nosotros. Hablan de extrañas energías y entelequias, pero nada que se pueda estudiar, examinar o medir con una mínima fiabilidad.

Teniendo esto en cuenta, así como lo ya comentado en las entradas anteriores, ¿por qué tanta gente cree en la Astrología? Una explicación puede estar en el efecto Forer o efecto Barnum. Resulta muy sencillo de entender. Citando de la Wikipedia:

es la observación de que los individuos dan altos índices de acierto a descripciones de su personalidad que supuestamente se adaptan específicamente para ellos, pero en realidad son vagos y lo suficientemente generales como para aplicarse a una amplia gama de personas.

El psicólogo B. R. Forer (1948) les entregó a sus estudiantes un supuesto test de personalidad. Les dijo que había sido elaborado específicamente para cada uno de ellos, y les pidió que lo evaluaran según su nivel de acierto. En realidad les pasó a todos el mismo test, una sarta de vaguedades producto de «copiar y pegar» de distintos horóscopos. Y pese a eso, los estudiantes le dieron una puntuación de 4,2 sobre 5. O sea, pensaban que se ajustaba a sus personalidades…

Vemos cosas y patrones donde no los hay. Por eso se da el efecto Forer. Y si examinamos las cartas astrales de la pasada entrada, con sus contradicciones e imprecisiones, son un ejemplo palmario de este efecto.

Terminemos ya, amigo lector. A todos, más o menos, nos preocupa o angustia el futuro, y lo que este podrá depararnos. También nos gustaría que nos aconsejaran lo que hacer, o que nos consolaran diciendo que nuestros fallos y problemas no son culpa nuestra, sino de los planetas. La Astrología puede hacer que nos sintamos mejor, igual que un ansiolítico o el alcohol. Pero en el fondo, no soluciona nada. Suele dar mejor resultado enfrentarse a los problemas que esquivarlos.

Feliz verano, amigo lector (si vives en el Hemisferio Norte; si estás en el Sur, que el invierno te sea leve). 🙂