Un alien de andar por casa

El xenomorfo de la película Alien (y todas sus secuelas) es un personaje icónico en el cine de ciencia ficción. Nos provoca inquietud esa fase en la que nos necesita como anfitriones, nos devora por dentro y nos revienta al salir… Pero su ciclo vital no es una invención de los cineastas. Existe en nuestro mundo, tal como vimos en esta entrada:

Los organismos que inspiraron a los creadores de Alien se denominan parasitoides. Los más representativos son insectos del orden himenópteros, parientes de las avispas. No hay que irse muy lejos para dar con alguno de ellos. Probablemente tengamos alguno acechando a poca distancia. Por suerte, en esta ocasión no somos sus víctimas. 🙂

Veamos uno de los más frecuentes. Amigo lector, permíteme presentarte a Evania appendigaster. Tomé esta foto ayer, en casa, con la cámara del móvil, aprovechando un momento en que el bicho se posó y estuvo quieto unos segundos:

Tranquilo, no es tan grande como parece. Se trata de una pequeña avispa del tamaño de una mosca común. Sus largas patas traseras, la forma del abdomen y sus movimientos nerviosos la hacen fácilmente identificable. Además, los adultos no son peligrosos. No viven más de tres semanas y se alimentan de néctar. En cambio, las larvas no tienen nada de veganas, como veremos. 🙂

¿Cuáles son sus víctimas? Sin duda, unos insectos que te resultarán familiares: las cucarachas. En concreto, la cucaracha roja (Periplaneta americana). No me ha resultado difícil dar con una. No sé que les pasa, pero este año salen a patadas…

En contra de lo que indica su nombre científico, la cucaracha roja procede de África, pero se ha extendido por todo el mundo, convirtiéndose en una molesta plaga urbana. No nos pican ni muerden, pues se alimentan de comida en descomposición y porquerías similares, pero son peligrosas_ pueden transmitirnos un montón de enfermedades.

Avispa esmeralda (fuente: es.wikipedia.org; atribución: Muhammad Mahdi Karim)

Por suerte para nosotros, hay unas cuantas especies de parasitoides que la depredan. En el Investigación y Ciencia nº 535 (abril de 2021) hay un artículo sobre una de las más espectaculares, la avispa esmeralda (Ampulex compressa). Es lo más parecido a un alien xenomorfo que podemos encontrarnos, bella y letal. Resulta fascinante ver cómo ataca a una cucaracha mayor que ella, toma el control de su sistema nervioso con precisión quirúrgica y la convierte en la comida viva de sus larvas.

Aunque no sea tan espectacular, la especie que ahora nos ocupa, Evania appendigaster, es otro parasitoide que podría ayudarnos a controlar las plagas de cucarachas. Claro, a primera vista puede parecer chocante que una avispa tan pequeñita, del tamaño de una mosca, con ese aspecto frágil, pueda atacar a un insecto tan grande como la cucaracha roja. Y, de hecho, no lo hace. Ella va a lo seguro: pone sus huevos en las ootecas de las cucarachas.

¿Qué es una ooteca? Pues una masa de huevos protegidos por una cubierta. E. appendigaster deposita allí un huevo y la larva se dará un gran festín a costa de los huevos de la cucaracha. Igual que cierta gente delante de una fuente de langostinos en un buffet libre, no dejará ni uno. 🙂 De acuerdo, no resulta tan épico como la lucha despiadada de la avispa esmeralda, pero una única larva habrá impedido que nazcan entre 15 y 16 cucarachas rojas. A eso se le llama eficiencia, sí, señor. Aprende, xenomorfo…

Así que si ves una de estas avispitas, amigo lector, déjala tranquila. Es una aliada. Y, además, pertenece al grupo de insectos que inspiró Alien, que tantos buenos ratos (y sobresaltos) nos ha dado.

Fuente: toywiz.com

¿Hongos en Marte?

Con la cantidad de rovers y satélites artificiales que se ocupan de explorar Marte, recibimos un sinfín de imágenes de alta calidad del planeta vecino. Eso da alas a una legión de usuarios de Internet para afirmar que han descubierto allí pruebas de vida, incluso inteligente. Basta con darse un garbeo por YouTube para comprobarlo.

En realidad, las supuestas pruebas consisten en fotos de piedras o formaciones rocosas pintorescas, cuyas siluetas recuerdan a artefactos, seres humanoides… Pero me temo que se trata de casos de pareidolia. Imaginamos formas y patrones donde no hay. Simplemente, se trata de productos del azar y la erosión eólica. Sí, en Marte hay torbellinos de polvo y tormentas que modelan la forma de las rocas.

Fuente: pixabay.com

No obstante, hace poco saltó a los medios de comunicación una noticia con más enjundia: había un artículo científico en el que se pretendía demostrar que habíamos encontrado signos claros de vida en Marte. En concreto, de hongos. Sí, de hongos, nada menos. La comparación de secuencias de fotografías marcianas, tomadas a lo largo del tiempo, así lo parecía indicar.

Qué quieren que les diga. Como biólogo, estoy deseando que por fin consigan pruebas fiables de que existe vida más allá de la Tierra. Y como micólogo, no vean ustedes la ilusión que me haría que los hongos fueran la forma de vida predominante en el planeta rojo. Sin embargo, los científicos somos conscientes del peligro de dejarnos llevar por nuestros anhelos y emociones. Conviene mantener un sano escepticismo, al tiempo que conservamos el sentido de la maravilla.

La Ciencia es una tarea comunal. Cuando un científico lanza una hipótesis, lo hace en un foro público (preferiblemente, en una revista de impacto). E igual que el pobre Conan en la película cuando lo empujan al foso, esa hipótesis tiene que estar dispuesta a recibir palos; o sea, críticas fundadas de los colegas. Si las supera, saldrá reforzada. En caso contrario… Bueno, siempre se aprende algo nuevo de las discusiones. Lo que no puede uno es romper a llorar y quejarse de lo malos que son los científicos, como suelen hacer los conspiranoicos, pseudocientíficos y similares en cuanto no les sigues la corriente.

Obviamente, hay que acudir a las fuentes, y no a las reseñas de prensa. El artículo de marras, escrito por 11 autores, está disponible en Internet, en formato pdf, AQUÍ y AQUÍ. Son 67 páginas de texto y fotos. Parece bastante sólido, pero… ¿Lo es, o se trata de una fachada?

Primero, el artículo es, o eso parece, una versión impresa previa a la publicación. De hecho, a fecha de hoy, en el sitio web de la revista Advances in Microbiology no aparece (lo actualizaremos, en su caso). Extrañado, hablé con un colega, el catedrático Juan F. Mota, con el que comparto una asignatura de máster sobre actualización en Biología y Geología. Le gusta indagar en ejemplos de mala praxis científica, así que me interesaba mucho conocer su opinión. Me indicó que esa revista no aparece en el Journal Citation Report. O sea, no tiene índice de impacto. Cualquier científico sabe lo que eso implica. Como dirían en mi tierra, es pa’ mosquearse. En este vídeo de Anton Petrov se dice que habían intentado publicarlo antes, así que sería un intento de recolocarlo.

Huy… El caso me recuerda a lo que ya discutimos acerca del artículo de Ketchum et al. (2013), cuando hablamos sobre el yeti

De todos modos, examinemos el artículo con ecuanimidad y ocupémonos de los supuestos hongos marcianos. Según los autores, se trataría de hongos que, en algunos casos, son idénticos a los conocidos pedos de lobo. Estos, antaño incluidos en la extinta clase Gasteromycetes, hoy se ubican en la familia Agaricaceae, la misma que los champiñones. También habría otros similares a los níscalos. Sí, níscalos. De los que se comen. En serio.

Pero ¿por qué suponen los autores que las cosas marcianas son similares a los pedos de lobo? ¿Cómo pueden sobrevivir en un entorno tan hostil como la superficie de Marte? Vayamos por partes.

En cuanto a la supervivencia, en el artículo se resalta la notable resistencia de los hongos a la radiación. Eso es cierto, sobre todo en el caso de los hongos con melanina en sus hifas. En efecto, los hongos radiotróficos pueden incluso ver estimulado su crecimiento con la radiación.

Pero claro, el hecho de que algo sea posible no implica que exista necesariamente. Veamos qué más pruebas nos aportan en el artículo. Para ello, pensando en quienes no estén familiarizados con los hongos, aquí van unos conceptos muy básicos. Los ilustraremos con fotos de nuestra web de hongos Myco-UAL.

Hay hongos microscópicos, como las levaduras, pero en su mayoría se trata de criaturas filamentosas, al estilo de pelusas vivas. Cada filamento se denomina hifa, y al conjunto, micelio. El micelio es el auténtico cuerpo del hongo. Segrega enzimas para descomponer la materia orgánica, y luego absorbe los productos de esa putrefacción.

Muchos hongos producen fructificaciones para dispersar las esporas. Suelen ser diminutas, pero algunas, como las conocidas setas, pueden alcanzar tamaños notables. Lo mismo ocurre con los bejines o los pedos de lobo, de aspecto globoso. Hay varios géneros muy frecuentes, como Lycoperdon, Bovista, Calvatia, etc.:

Bejín areolado (Calvatia utriformis)
Pedo de lobo (Bovista plumbea)

Aquí tenemos un corte transversal de otro pedo de lobo (en este caso, del género Lycoperdon):

Obsérvese el falso pie, formado por la subgleba, que aparece en algunos pedos de lobo. La gleba es la parte donde se forman las esporas. Estos hongos son comestibles cuando están inmaduros y la subgleba todavía es blanca, como en esta Bovista:

Sin embargo, cuando las esporas maduran, la gleba se convierte en una masa pulverulenta. Al más mínimo golpe, surgirá una nube de esporas que se dispersarán por el viento. De ahí proviene el nombre vulgar de pedo o cuesco de lobo:

En el artículo, los autores incluyen fotos de cosas que, en efecto, recuerdan a los pedos de lobo. Algunas, incluso, parecen tener un pequeño pie o, al menos, un haz de micelio:

Asimismo, enfatizan el parecido de estos supuestos hongos marcianos con las especies de nuestro planeta:

Y, como ya mencionamos antes, no sólo se limitan a hallar parecidos con los pedos de lobo y los bejines. También aseguran que, entre líneas blancas que podrían corresponder a micelios, hay cosas marcianas similares a los exquisitos níscalos:

Ya me imagino a legiones de boletaires, cada uno con su cesta, apuntándose a la primera misión tripulada a Marte… 😀 Por cierto, estos de aquí sí son níscalos (Lactarius deliciosus):

En el artículo se proporcionan muchas más fotos de estructuras con apariencia vagamente fúngica que omitiremos para no cansarte, amigo lector. También adjuntan imágenes de masas oscuras de formas diversas, que cambian de tamaño a lo largo del tiempo. Algunas de ellas parecen extenderse por los taludes o las paredes de los cráteres. Incluso hay fotos de algo que parece moho, creciendo en los vehículos.

Hongos en Marte… Los hongos no hacen la fotosíntesis, sino que se alimentan de materia orgánica. ¿De dónde la obtendrían, en un ambiente tan hostil como el marciano? Una posible solución sería admitiendo la presencia de bacterias que pudieran extraer la energía de las moléculas del suelo marciano, o fueran capaces de realizar una fotosíntesis no oxigénica, o algo por el estilo. Tendríamos así organismos productores, mientras que los hongos funcionarían como descomponedores. No hacen falta animales para mantener un ecosistema. Con eso bastaría. Resulta plausible.

De acuerdo, en Marte hay cosas que parecen hongos, masas bacterianas, líquenes, algas… Sí, pero ¿significa eso que realmente lo sean?

En Ciencia solemos aplicar el principio de parsimonia (sí, la navaja de Occam, como ya hemos comentado en otras entradas del blog). Cuando hay varias hipótesis para explicar un hecho, creemos que la más sencilla es la más probable. Si esta hipótesis simple se ajusta a las pruebas, nos quedaremos con ella. Demos un navajazo de Occam a los supuestos hongos marcianos, a ver qué pasa. 🙂

Dos cosas pueden parecerse, pero eso no implica que sean lo mismo. Y en el universo hay muchas cosas redondas, y no sólo pedos de lobo. ¿Podrían explicarse esas estructuras globosas marcianas sin recurrir a la hipótesis de que se trata de hongos similares a los terrícolas? Bien, he aquí otra imagen de esos supuestos pedos de lobo en el suelo de Marte, tomada del artículo de marras:

¿Existe algo en la Tierra que se le parezca, y que se deba a simples procesos geológicos, sin necesidad de seres vivos? Pues sí. Hay que irse al estado de Utah para dar con ello:

«Moqui marbles». Fuente: Geology In (Crédito: Marjorie Chan, Universidad de Utah)

Esas pelotillas, tan parecidas a las marcianas, reciben el nombre de moqui marbles (canicas moqui). Y no son pedos de lobo. Se trata de masas esféricas de arenisca recubiertas de hematita, un mineral compuesto de óxido de hierro:

Interior de una «moqui marble». Fuente: Geology In

En el artículo de Geology In se compara a las moqui marbles con las formaciones marcianas, bautizadas como blueberries (arándanos), que estarían compuestas enteramente de óxido de hierro. Y, de hecho, los geólogos habían pronosticado que se encontrarían cosas así en Marte. Eso indicaría que en el pasado marciano hubo agua. ¿Tal vez vida? Puede que sí, puede que no. En cualquier caso, esos blueberries de Marte no son hongos, me temo.

La principal baza de los autores del artículo para sostener que están vivos es que crecen a lo largo del tiempo. Para ello, comparan fotografías del mismo lugar de Marte, tomadas con días de diferencia. Por ejemplo:

Sí, en la foto de la derecha, más nítida, parece que han brotado nuevos pedos de lobo, pero puede haber otra explicación más sencilla. Saquemos la navaja de Occam y pinchemos. 🙂

No sé a ustedes, pero a mí me da la impresión de que las pelotillas de la foto de la izquierda aparecen, en las mismas posiciones relativas, en la foto de la derecha, tomada tres soles (días marcianos) después. No obstante, algunas parecen haber crecido y han aparecido unas cuantas más. Pero ¿eso se debe a que están vivas?

¿O ya estaban allí, tapadas por la arena, y el viento marciano se ha limitado a dejarlas al descubierto? Obsèrvenlas atentamente. Teniendo en cuenta la diferencia de nitidez entre ambas imágenes, yo me inclino por esta hipótesis. Explica lo que vemos, y es la más simple. Lo mismo se puede decir de otras secuencias de imágenes que los autores del artículo nos muestran. Las estructuras en forma de red, o de micelio, o las masas oscuras que avanzan por las laderas, podrían deberse a flujos de agua o salmuera, al efecto del viento y a diversos procesos geológicos.

¿Niega esto la posibilidad de vida en Marte? Por supuesto que no. Puede haber vida allí; ojalá, pues esto supondría todo un acontecimiento científico. Sin embargo, el artículo que nos ocupa no lo prueba. Parece expresar más bien un deseo que una realidad, que se da de bruces con el principio de parsimonia. Las imágenes se explican sin necesidad de recurrir a la acción de seres vivos. Eso, más las dudas que nos asaltan sobre su publicación, hace que, de momento, debamos rechazar sus conclusiones.

Pero no seamos pesimistas. Quién sabe si los rovers nos darán más pronto que tarde una alegría, y se confirma (con pruebas sólidas) que en nuestro vecino hubo o hay vida. Aquí seríamos de los primeros en celebrarlo. Quedamos a la espera de más noticias de Marte. 🙂

De vacunas, ARN y ciencia ficción (y III)

Hace unos días por fin me inyectaron la primera dosis de la vacuna contra la Covid-19. Me tocó una con ARNm, que ahora estará ordenando a mis células que fabriquen antígenos del virus. Dentro de poco me pondrán la segunda. Una pena que no sea como en las novelas de Larry Niven, y el ARN sirviera para que aprendiéramos cosas sin esfuerzo. Bailar claqué, por ejemplo. 🙂

Claro, según los antivacunas acérrimos, ahora estaré bajo el control de por Bill Gates y a saber quién más. Aunque me pregunto qué interés tendrá Gates en controlar a alguien como yo. Me temo que no soy tan importante… 😀

A lo que íbamos. Como dijimos, las vacunas con ARNm presentan alguna pega que otra. El ARNm es una molécula frágil, por lo que su conservación resulta costosa. No obstante, existen alternativas. Recordemos cómo se transmite la información genética en nuestro organismo:

¿Y si en vez de ARNm introducimos en las células ADN con la información para fabricar los antígenos víricos? Pero ¿cómo conseguimos que entre en el núcleo de la célula? Pues usando vectores víricos. Es decir, buscamos otros virus y los amaestramos para que nos introduzcan en el cuerpo el ADN deseado. Se trata del método empleado contra la Covid-19 por Astra-Zeneca/Oxford y Jannsen/Johnson & Johnson. Parece que la Sputnik V rusa también se decantó por esta estrategia. Y no sería la primera vacuna con vector vírico. Ya en 2019 se aprobaron vacunas de este tipo contra el Ébola.

Normalmente, los virus amaestrados son adenovirus, que nos causan enfermedades respiratorias, gastrointestinales y cosas así. Por cierto, son bien distintos a los coronavirus. El material genético de los adenovirus es ADN de doble cadena, mientras que el de los coronavirus es ARN de cadena sencilla.

Por supuesto, los vectores adenovirus han de estar amansados, debilitados, para que no nos causen problemas. En su ADN introducimos los genes que nos interesen, y esos adenovirus nos infectarán sin dañarnos. En el caso que nos ocupa, proporcionarán a nuestras células las instrucciones para fabricar antígenos de coronavirus, que luego activarán la respuesta inmune, como vimos.

Todo parecen ventajas. No hay que producir grandes cantidades de coronavirus atenuados para hacer la vacuna, como en la de Sinopharm. Los adenovirus están amansados para que se limiten a insertarnos genes útiles, en vez de causar enfermedades. Invaden las células, pero no se replican. Además, el material genético que portan no se integra en nuestros cromosomas. Asimismo, las vacunas con adenovirus son menos delicadas que las de ARNm. El virus tiene una cápsida que protege su material genético. Por tanto, no necesitan ultracongelarse, sino que basta con la refrigeración.

Peeero… También tienen pegas. Por ejemplo, al no integrarse los genes que portan en nuestro ADN, hay que repetir la dosis. Y los adenovirus son muy inmunogénicos. Es decir, nuestro sistema inmune aprende rápido a reconocerlos, y los puede destruir cuando inyectemos la segunda dosis. Eso obliga a usar dos vectores diferentes (por ejemplo, una primera dosis con adenovirus de chimpancé y una segunda con adenovirus humano).

Y las vacunas contra la Covid-19 que están dando problemas de trombosis son las de adenovirus. Sin entrar en detalles, nuestro sistema inmune puede volverse majara y ataca a las propias plaquetas, que acaban por formar coágulos en el abdomen y cerebro. Podría deberse a que los adenovirus provocan esa reacción en nuestras defensas. A saber.

Se trata de casos muy infrecuentes, y el riesgo de sufrir trombos por culpa de la enfermedad es superior al que podría causar la vacuna, pero se ha generado una considerable alarma social. Basta con leer la prensa para constatar el rechazo y miedo a las vacunas de Astra-Zeneca.

A las personas no se nos da bien la estadística, y solemos dejarnos guiar por las emociones. Si hay unas vacunas con ARNm que no causan esos trombos, pues es normal que las prefiramos frente a las de adenovirus, por muy ínfimo que sea el riesgo. Es comprensible. Es humano. Sobre todo, después del alarmismo generado por los medios de comunicación.

Para concluir, hablemos un poco de adenovirus y ciencia ficción, a modo de anécdota. Y puesto que el blog es nuestro, nos referiremos a nuestra última novela publicada, La bayoneta de Occam. 🙂

Esta obra fue escrita justo antes de la pandemia, cuando el mundo era más simple y no sabíamos la que nos iba a caer encima (caray, no ha pasado ni año y medio y parece que fue hace una eternidad…). Resumiendo, para evitar spoilers (obviamente, les animamos a comprarla), 😉 la acción transcurre en un planeta atrasado, que se recobra de una serie de cruentas guerras y donde se está tratando de instaurar una sociedad copiada de la nuestra actual. Hay una trama que implica a vectores de genes, y los investigadores barajan diversas hipótesis. Una de ellas es la de los adenovirus (o mastadenovirus, si nos referimos a los de mamíferos), pero lo descartan.

Citamos del diálogo entre dos personajes:

–Estuve documentándome, y creí entender que los adenovirus fueron tratados en la Vieja Tierra como posibles vectores para la terapia génica, pero no funcionaban del todo bien. Por eso los descartamos, ¿no?

–En efecto. El sistema inmunitario los pillaba enseguida, por no mencionar problemas técnicos que no vienen al caso. […] nadie trabajaba ya con ellos, me temo. Desde luego, no como vectores.

Bueno, cuando la novela estaba en proceso de publicación, leímos en el Investigación y Ciencia nº 525 (marzo de 2020) un artículo sobre las nuevas vacunas (aún no estaban comercializadas, sino en fase de desarrollo), y entre ellas figuraban… las que empleaban adenovirus como vectores. Pues sí que nos hemos lucido, pensamos. Al final los adenovirus van a ser una herramienta valiosa…

Pero después surgió el problema de los trombos, y las compañías farmacéuticas que venden vacunas con adenovirus vieron cómo su imagen se deterioraba por momentos. En cambio, las que fabrican vacunas con ARNm han quedado como los buenos de la película, con la promesa de un brillante futuro comercial. Igual acertamos con nuestro pronóstico. Qué cosas…

P.D.: En la novela, además, la protagonista principal hace la prueba de pasar una navaja en un bolso por un escáner, y el segurata ni se entera. Nos estamos empezando a asustar… 🙂

De vacunas, ARN y ciencia ficción (II)

Para entender cómo funcionan estas vacunas revolucionarias, conviene repasar cómo se gestiona la información genética en nuestro organismo.

Grosso modo, las instrucciones para que funcionen nuestras células se guardan en los cromosomas del núcleo, en forma de ADN. No obstante, esta molécula no va a dar las órdenes directamente, sino que se vale de un intermediario. Podríamos comparar el ADN con unos tomos de valor incalculable, guardados a cal y canto en una biblioteca. No los podemos sacar de ella, pero los bibliotecarios nos permiten hacer fotocopias de lo que nos interese y llevárnoslas.

Esas «fotocopias» corresponden a otra molécula: el ARN. Concretamente, el ARN mensajero (ARNm). Él sí que podrá salir del núcleo e ir a las fábricas celulares, los ribosomas (formados por otro tipo de ARN, dicho sea de paso), y allí entregar las instrucciones para que fabriquen proteínas. Estas son las auténticas herramientas de la célula, las que la hacen funcionar.

Por tanto, el ARNm es la clave. ¿Y si suministramos a la célula ARNm con instrucciones para que haga lo que nosotros queramos?

La idea de usar el ARN como herramienta no es nueva. A los aficionados a la ciencia ficción les sonará uno de los autores más queridos del género, Larry Niven. El creador de la serie de Mundo Anillo también nos ha deleitado con muchas otras novelas y relatos. Para el tema que nos ocupa, el ARN, cabe destacar Un mundo fuera del tiempo (A World Out of Time, 1976).

No vamos a desvelar aquí el argumento de la novela; les animamos a ustedes a que la lean. Lo que nos interesa es que Niven propone que en el futuro, la memoria se puede almacenar en el ARN. O dicho de otro modo, el ARN es capaz de convertirse en una especie de almacén de información… disponible para cualquiera. Por tanto, podemos extraer ARN de unos individuos y dárselo a otros, bien en forma de pastillas o inyectándolo. Así podríamos transferir recuerdos de un sujeto a otro, aprender idiomas, nuevos oficios, etc.

Claro, la realidad es más prosaica y el ARN no da tanto de sí. Una pena, porque un adiestramiento a base de tomar pastillas o inyecciones parece bastante descansado. 🙂 Sin embargo, sí que podemos suministrar ARNm a las células para que hagan cosas que nos interesen, como fabricar la proteína S del coronavirus. La proteína S es una molécula inofensiva, pero activará nuestro sistema inmunitario para que fabrique anticuerpos que reconozcan al virus cuando llegue, se creen linfocitos con memoria… O sea, hará lo mismo que una vacuna clásica, pero sin necesidad de meternos en el cuerpo virus atenuados, como indicamos en la entrada anterior.

Tanto la vacuna de Pfizer-BioNTech como la de Moderna contra la covid-19 usan ARNm. Claro, tienen sus pegas; al fin y al cabo son vacunas muy novedosas. Lo que resulta maravilloso es que hayan podido desarrollarse en tan poco tiempo, pero cuando la necesidad apremia, pues… En fin, necesitan conservarse a muy baja temperatura, puede que sea necesaria una tercera dosis de recuerdo, y otros inconvenientes. Sin embargo, están abriendo camino para las vacunas de la siguiente generación. Incontables vidas podrán ser salvadas, y eso es lo que importa.

Pero inyectar ARNm no es el único modo de obligar a nuestras células a fabricar proteínas inofensivas de virus para poner en marcha al sistema inmunitario. Hemos de hablar de los vectores de genes, y también los problemas que están dando, quizá magnificados por la prensa, pero que haberlos, haylos. Nos ocuparemos de ellos en la próxima (y última) entrada de esta serie.

De vacunas, ARN y ciencia ficción (I)

 

Como vimos en anteriores entradas, las vacunas son la forma más segura de adquirir inmunidad de rebaño frente a las enfermedades víricas. Combinadas con medidas de higiene y sentido común, son el arma más poderosa para defendernos del dichoso coronavirus. Ya estamos empezando a notar sus efectos; por ejemplo, en la caída de la mortandad en las residencias de ancianos. Claro, siempre habrá algún riesgo, y es difícil que la efectividad sea del 100 %, pero es lo mejor que tenemos. Y si alguien piensa que las vacunas son algo diabólico, ya habrá comprobado lo que significa vivir en un mundo en el que falta UNA vacuna.

Fuente pixabay.com

La investigación sobre las vacunas ha progresado de manera increíble en los últimos años. Como siempre, una catástrofe como la de la covid-19 es el estímulo necesario para que los gobiernos inviertan en Ciencia. Los últimos avances superan los sueños de los autores de ciencia ficción. Las nuevas generaciones de vacunas son un magnífico ejemplo de hasta dónde puede llegar el ingenio humano. Pero antes de echarles un vistazo, no estará mal saber lo que ocurre en nuestro cuerpo cuando nos vacunan. Y no, no es que nos metan un microchip para que Bill Gates, la CIA y los kzinti controlen nuestras mentes. 🙂 En cambio, es mucho más interesante.

Revisemos cómo funcionan nuestras defensas. Es difícil explicarlo mejor que en aquella mítica serie de Érase una vez el cuerpo humano, pero lo intentaremos. 🙂

Cualquier cosa que haga reaccionar a nuestro sistema inmunitario se denomina antígeno. Por ejemplo, algunas moléculas de los virus. Supongamos que unos cuantos virus se nos cuelan dentro del cuerpo. ¿Qué ocurre a continuación?

Fuente: pixabay.com

Todo empieza con las CPA, las células presentadoras de antígenos (ACP, en inglés). Las CPA se comen cualquier antígeno que encuentran, lo procesan y se lo entregan, poco menos que envuelto en un lacito rosa, a otras células: los linfocitos T auxiliares. Estos estudian el regalo, se lo piensan y a continuación provocarán diversas respuestas inmunitarias.

AnticuerpoFuente: es.wikipedia.com

Por un lado, harán que otras células, los linfocitos B, produzcan anticuerpos. Los anticuerpos son unas moléculas, las inmunoglobulinas, que reconocerán específicamente a esos antígenos y se unirán a ellos como lapas. O mejor dicho, con la precisión de una llave y una cerradura. Cada anticuerpo reconocerá a su antígeno, y sólo a él. En el caso del virus, los anticuerpos bloquearán sus puntos de unión a las células y, además, lo marcarán como con un letrero para que otras células lo liquiden sin piedad.

Los linfocitos T auxiliares no se quedan ahí. También activarán a los linfocitos T citotóxicos, también llamados asesinos. Estos identificarán a las pobres células que ya hayan sido infectadas por los virus y las destruirán. Lo sentimos, chicas, pero os sacrificamos para salvar al resto. Se os honrará y recordará, pero sayonara, baby.

Luego llegarán otras células, los macrófagos, unos auténticos basureros, y se comerán los restos: virus con anticuerpos, células difuntas, etc.

Además, hay linfocitos B y T con una memoria de elefante, que pueden recordar los antígenos del virus durante mucho tiempo: meses, años, toda una vida… La próxima vez que llegue el virus, entrarán en acción.

Pero hay un problema: ¿y si el virus es más rápido que el sistema inmunitario? Puede enfermarnos, matarnos o dejarnos con graves secuelas antes de que se haya desarrollado la respuesta inmune. Para evitarlo se inventaron las vacunas.

Fuente: pixabay.com

Las vacunas son preventivas. Ponen en alerta nuestras defensas para que, cuando nos ataque el bicho, se encuentre con que lo están esperando, alerta y armadas hasta los dientes. Básicamente, las vacunas proporcionan al organismo antígenos del virus. Por supuesto, dichos antígenos han de ser inofensivos (virus atenuados, partes de ellos…). Así, las CPA no sufrirán daño, habrá tiempo de formar anticuerpos y, sobre todo, de crear linfocitos con memoria. No dejarán que el virus se multiplique a lo bestia en nuestro cuerpo.

Las vacunas clásicas utilizan virus atenuados o inactivados para tal menester. Son las más simples y bastante fiables, pero requieren producir un montón enorme de virus pochos para suministrárselos a la población, obviamente. Un ejemplo contra la Covid-19 es el de las vacunas de Sinopharm.

Esto es lo tradicional. Sin embargo, la Ciencia progresa, y nos permite hacer cosas impensables décadas atrás. Por ejemplo, las vacunas podrían llevar, en vez de virus atenuados, sólo las proteínas que provocan la respuesta inmune, o bien semivirus que imitan la estructura de los virus, pero sin material genético. Desgraciadamente son caras y difíciles de fabricar, por el momento.

Fuente: pixabay.com

No obstante, hay otra posibilidad. En vez de inyectarnos esos virus atenuados, ¿qué tal si logramos que nuestro propio cuerpo fabrique los antígenos del virus para activar la respuesta inmune? Para ello tenemos que enseñar a nuestras células a que produzcan pedacitos (inofensivos) del virus. Y es complicado porque, de por sí, las células no suelen hacer esas cosas.

Hay dos principales estrategias para lograrlo, y ambas parecen de ciencia ficción, pero funcionan. No obstante, una de ellas ocasionalmente provoca efectos secundarios y causa alarma social. Lo veremos en la segunda parte de la entrada. Y hablaremos algo de ciencia ficción, claro. 🙂

V CERTAMEN «CORCEL NEGRO»

Nuestra novela La suerte del Nigromante ha sido una de las dos seleccionadas por el jurado del V Certamen «Corcel Negro», dentro de la categoría de novela juvenil.

Este certamen, que consta de diversas categorías (novela juvenil, narrativa, fantástica, policiaca, histórica, poesía, etc.), fue convocado por Entrelíneas Editores, que se compromete a la edición en papel de las novelas premiadas durante 2021.

Así que, salvo imprevistos (hay que tocar madera en esto de la publicación…), 🙂 el próximo año podremos ofrecer a nuestros lectores una nueva obra. Se trata de una de corte fantástico con toques de humor. Aunque se etiquete como juvenil, creemos que podrá ser disfrutada por cualquier lector adulto.

Cómo camuflar un ovni

Curioseando por YouTube te das cuenta de que para ciertos asuntos no hay nada nuevo bajo el sol. 🙂

Los más viejos del lugar, que sobrevivimos a nuestra adolescencia allá por los años setenta del siglo pasado, recordamos el boom de las pseudociencias en España a finales de la dictadura franquista e inicios de la democracia. En aquella época nos creíamos a pies juntillas todo lo que aparecía en las obras de Erich von Däniken, Peter Kolosimo, J. J. Benítez… Ay, qué recuerdos de aquellos libros de tapa dura dura de la colección Otros Mundos de Plaza & Janés… 🙂  Por otro lado, la ciencia ficción nos parecía algo poco serio comparado con las obras de tan abnegados autores, e incluso la despreciábamos.

Je, cuántas vueltas da la vida… Vas madurando y al final acabas escribiendo novelas de ciencia ficción y te conviertes en un científico que, cuando se fija en cómo funcionan realmente las pseudociencias, piensa: «Madre mía, ¿cómo pude creerme todo eso?». 🙂

Durante estas décadas la ciencia ha avanzado hasta alcanzar cotas que ni soñábamos entonces. Enviar sondas capaces de aterrizar en Titán o en el núcleo de un cometa; naves que sobrevuelan Plutón; capacidad de secuenciar genomas, incluso de criaturas extintas; todo el mundo unido por una red donde se intercambia información; dispositivos que puedes llevar en el bolsillo y que te permiten cotillear con alguien que vive en las antípodas, ver películas, saber dónde estás, oír música…

¿Y las pseudociencias? ¿Han avanzado o se quedaron como estaban, sin salir del día de la marmota? Me temo que esto último. Veámoslo con un ejemplo: los ovnis.

En aquella época había quien afirmaba que los ovnis eran naves espaciales extraterrestres, cuyas tripulaciones nos observaban y estudiaban. Para pasar desapercibidos se camuflaban simulando ser nubes, aunque lo hacían tan mal que los avispados ufólogos (que siempre llevaban una cámara en la guantera del coche) podían detectarlos. Por ejemplo, esto podría ser un platillo volante de incógnito, que capté revoloteando sobre tierras almerienses (el ovni, no yo): 🙂

Pues bien, esta misma semana, en YouTube, vi que alguien, todo serio, afirmaba que una nube parecida a la de la foto siguiente ocultaba una gran nave nodriza alienígena, al estilo de las de Independence Day:

La foto anterior procede de pixabay.com. Si quieren una más espectacular tomada desde un avión, prueben con este enlace de la Wikipedia.

Lo que más me chocó no fue el vídeo propiamente dicho, sino la sección de comentarios. Casi todo el mundo, salvo alguna honrosa excepción, se tragaba lo del ovni gigantesco camuflado.

En fin, tratemos de aproximarnos al caso con actitud científica, aplicando el principio de parsimonia; o sea, la navaja de Occam, más o menos. Si hay varias hipótesis para explicar un hecho, la más sencilla será la más probable. Si aguanta, pues nos quedamos con ella.

Hipótesis ufológica: existen naves espaciales alienígenas con una tecnología superior que necesitan envolverse en nubes para pasar desapercibidas.

Hipótesis alternativa: son simples nubes.

La segunda hipótesis es la más sencilla, sin duda. ¿Se sostiene? ¿Existen nubes con formas tan raras? Pues sí, señoras y señores. 🙂 Aquí tienen un par de fotos más, tomadas por un servidor de ustedes:

Veamos primero los ovnis más humildes, los platillos volantes de toda la vida. En realidad se trata de nubes lenticulares. Las nubes lenticulares, con esa pinta de platillos volantes, son frecuentes. Se trata de nubes estacionarias que suelen aparecer a sotavento de las montañas. En este sitio describen muy bien cómo se forman, con fotos espectaculares.

En cuanto a la enorme nave nodriza, simplemente se trata de un tipo de cumulonimbo; en concreto, el cumulonimbus incus. Lo de incus viene de yunque, debido a la forma tan peculiar de su parte superior. No es que ese inmenso yunque camufle a una nave nodriza, sino que se genera por causas naturales. Veámoslo.

En zonas inestables de la atmósfera, las corrientes ascendentes pueden crear nubes de desarrollo vertical, con un típico aspecto de coliflor, como el de la foto anterior (cumulus congestus). La nubes pueden seguir creciendo y subiendo, convirtiéndose en cumulonimbos, señal de que se avecina tormenta. No obstante, existe un obstáculo que detendrá ese crecimiento: la tropopausa. Cuando se topa con ella, la nube no puede pasar a la estratosfera y adopta esa forma de yunque… o nave nodriza, con imaginación. Puede verse en esta imagen (ya sé que no es una de mis mejores fotos; le echaremos la culpa a la cámara y a que había poca luz…):

Las nubes son fascinantes, con una gran diversidad de tipos. Incluso hay sociedades de amigos de las nubes que disfrutan fotografiándolas y compartiendo información sobre ellas. En ocasiones exhiben formas rarísimas, pero no hay nada de sobrenatural en eso. La naturaleza es bastante maravillosa de por sí.

Puestos ya, a lo mejor, sin saberlo, fotografié una flotilla de ovnis, con nave nodriza en forma de cigarro y todo, sobrevolando el Aeropuerto de Almería (aunque no sea el Área 51, supongo que también interesará a los alienígenas): 🙂

O a lo mejor esta otra era la Battlestar Galactica camuflada…:

Indudablemente, las fotos de nubes son especialmente dramáticas cuando las tomas al amanecer o al atardecer, con los rayos rojizos del sol iluminándolas por debajo… La pareidolia hace el resto.

Y pensándolo bien, si los ovnis son realmente naves extraterrestres tripuladas por seres con una tecnología avanzadísima, seguro que tienen métodos más eficaces para evitar que los localicemos. Francamente, lo de camuflarse tras una nube que apenas disimula su forma me parece de lo más cutre. Queda tan ridículo como el perro que se esconde detrás del rollo de papel higiénico, y ya cree que su dueño no lo ve: 🙂

Fuente: schnauzi.com

La actitud científica (y II)

Sigamos comentando el libro de McIntyre.

¿Hay quienes piensan que tienen actitud científica pero en realidad carecen de ella? Sin duda: es el caso de las pseudociencias y similares. Son bastante peligrosas, porque alcanzan una enorme difusión y algunas de sus afirmaciones pueden poner en riesgo las vidas humanas (lo estamos comprobando con la pandemia del coronavirus).

Salvo que se indique otra cosa, las imágenes (libres de derechos) proceden de pixabay.com

La pseudociencia quiere parecer ciencia, pero su metodología suele ser penosa. Además, se niega a cambiar sus creencias frente a las evidencias. Este es el gran problema, como ahora discutiremos: las pseudociencias y afines se basan, en el fondo, en creencias, en vez de evidencias. Y una actitud muy humana es la de aferrarnos a nuestras creencias a toda costa, defendiéndolas a capa y espada, negándonos a cambiarlas.

Hoy, con las redes sociales, uno puede encerrarse en foros donde sólo vea lo que le agrade o haga feliz, mientras a su alrededor los bulos hacen su agosto. Ahí radica la gran diferencia. En ciencia, se busca el grupo para que critique; en pseudociencias, para que reafirme. La científica es una comunidad de escrutinio crítico, no de apoyo mutuo. Como bien señalaba Carl Sagan, la ciencia es un equilibrio entre la apertura a nuevas ideas y el escepticismo. Tienes que estar abierto a lo nuevo, sin complejos, pero a la vez no has de creértelo todo, por muy atractivo que parezca.

A lo que íbamos. En una primera aproximación, podríamos distinguir entre pseudocientíficos, negacionistas y conspiranoicos, según cómo fallen en ese delicado equilibrio. Así, los escépticos están cerrados a las nuevas ideas; los pseudocientíficos fallan en el escepticismo; y los conspiranoicos fallan en ambas cosas.

Indudablemente, esta delimitación peca de simplista. Las fronteras entre pseudocientíficos, negacionistas y conspiranoicos suelen difuminarse. En cualquier caso, a todos les falta actitud científica. Empecemos por los negacionistas, aunque resulta difícil resumirlo mejor que en este tweet de Farmacia Enfurecida:

Para McIntyre, está claro que los negacionistas insisten en rechazar teorías científicas que gozan de evidencia abrumadora. En el fondo, no les gusta la ciencia, aunque digan basarse en ella. Sí, están abiertos a nuevas evidencias, pero sólo a aquellas que les convienen. Sus hipótesis se basan en la intuición, la fe o la ideología política, no en los hechos. En el fondo, los negacionistas tienen más en común con la conspiranoia que con el escepticismo honesto.

En efecto, su escepticismo es muy selectivo, pues usan y abusan del doble rasero. Exigen estándares imposibles a la ciencia cuando no está de acuerdo con ellos, pero no predican con el ejemplo, sino todo lo contrario. Así, pueden negarse a aceptar una teoría apoyada por la inmensa mayoría científica, aduciendo que no es fiable al 100%. Sin embargo, cuando se les pregunta en qué basan sus ideas, hacen referencia a uno o muy pocos artículos, que a lo mejor se publicaron en la Hoja Parroquial de Orejilla del Sordete, y les dan validez absoluta. Y pobre de ti si osas criticarlos…

Eso no es actitud científica, sino proteger tus creencias.

Fuente: lavanguardia.com

En ciencia nada está plenamente asentado, ni se necesitan acuerdos al 100% para seguir avanzando. La ciencia puede fallar, claro, pero el negacionismo decide de antemano lo que quiere que sea verdad y filtra selectivamente la evidencia. Aunque pueda haber resistencia entre científicos a las ideas rompedoras, al final la evidencia prevalece. Incluso pueden darse casos en que el individuo corrija al grupo, si la evidencia resulta ser lo bastante poderosa.

Ocupémonos ahora de los pseudocientíficos, que no cesan de acusar a la «ciencia oficial» de cerrazón mental, de coartar la imaginación, de perseguir a los heterodoxos, de… Según los pseudocientíficos, los corsés que impone la «ciencia oficial» contrastan con la maravillosa apertura mental de los heterodoxos. Sin embargo, ¿son tan abiertos de mente como predican? Por un lado, los pseudocientíficos tienden a ser muy crédulos, pero también se cierran a cualquier evidencia que contradiga sus teorías… al mismo tiempo que se quejan de que los científicos no tomen en cuenta las suyas. Ay, volvemos al doble rasero…

La ciencia no coarta la imaginación, ni persigue a la heterodoxia. Todo lo contrario. Lo que ocurre es que para asegurarte de no meter la pata, debes tener en cuenta la evidencia. Y luego, presentar tus ideas en el foro público, donde podrán ser criticadas. En cambio, los pseudocientíficos, a la más mínima crítica, rompen a llorar y acusan a la malvada «ciencia oficial» de mil y una perfidias y judeomasónicos contubernios. Eso, o se comparan con Galileo, haciendo que este se retuerza en su tumba. OK, Galileo (un científico, por cierto) fue perseguido por sus ideas por los poderes establecidos (la Iglesia, por cierto). Pero las teorías de Galileo se ajustaban a los hechos, a la evidencia. ¿Y las del pseudocientífico llorón? ¿Eh? 🙂

Cualquier teoría, por fantástica que sea, será aceptada si se ajusta a las evidencias. La comunidad científica no va a tratar de tapar o encubrir, al estilo conspiranoico, una hipótesis que lo ponga todo patas arriba. Pongamos un ejemplo que ya hemos comentado in extenso en el blog (para más detalles, basta con clicar la etiqueta «yeti» en la columna de la derecha).

Los criptozoólogos se enfadan o indignan porque la «ciencia oficial» no admite la existencia del yeti o del monstruo del lago Ness. Acusan a los «científicos oficiales» de cerrazón mental y qué sé yo más, con esa manía de negarse a admitir que hay grandes animales no catalogados. Es fácil rebatir esas afirmaciones. Si un científico tiene pruebas sólidas de la existencia de un bicho nuevo, correrá a publicarlas dándose con los talones en el trasero. 🙂 Pocas cosas hacen más ilusión a un científico que ver su nombre reconocido entre sus colegas. Y si su artículo pasa por el filtro de la revisión por pares de colmillo retorcido, habrá conseguido la fama y el reconocimiento buscados, que para muchos científicos es más importante incluso que el dinero. Pero claro, hay que tener pruebas sólidas.

Estatua de Bigfoot (fuente: es.wikipedia.org)

Por eso los científicos aceptaron algo tan fantástico como la existencia de una nueva especie humana, los denisovanos, a partir de unos pocos fósiles que cabían en una caja de cerillas. ¿Por qué? Porque contenían ADN que se pudo secuenciar. Hechos. Evidencias. ¿Por qué no se acepta la existencia del yeti? Porque no hay evidencias sólidas. Se han hecho estudios científicos sobre este presunto homínido, y ninguno ha hallado evidencia hasta la fecha. Ninguno. Tengan ustedes por seguro que si hubiera evidencias sólidas que respaldaran su existencia, tarde o temprano los científicos la aceptaríamos encantados. Pero ¿dónde están las evidencias pseudocientíficas? ¿Por qué no someten sus trabajos a dobles ciegos, o a la revisión por pares? Y en los casos en que envían sus artículos a una revista de prestigio y esta, tras pasar por la revisión por pares, los rechaza, ¿por qué se echan a llorar y se quejan de que los tratan como a Galileo? 🙂

En fin, según McIntyre, la pseudociencia es un ejemplo de pensamiento desiderativo. Y, dicho sea de paso, suele mover bastante dinero.

El creacionismo o el diseño inteligente son pseudociencias. ¿Por qué los científicos excluyen de las clases de Biología a las afirmaciones «científicas» creacionistas? Pues porque no son tales, ya que no concuerdan con los hechos. E insistimos: no hace falta que una teoría esté probada al 100% para que sea enseñada en las escuelas. El creacionismo es ideología disfrazada de ciencia. Le falta la evidencia. Además, no se pueden enseñar en las escuelas todas las teorías alternativas. Si tuvieran evidencias que ofrecer, pues habría que considerarlas, claro.

En resumen, se necesita tanto una teoría como evidencias que la sostengan (y que pueden ser usadas para modificarla). La ciencia no es 100% certeza, pero ¿existe un camino mejor para saber cómo funciona el mundo?

Fuente: awachupeich

Finalmente, coincidimos con McIntyre en que el análisis de lo que fracasa en la ciencia, así como de lo que pretende hacerse pasar por ella, resulta muy útil para comprenderla.

La actitud científica (I)

Últimamente el blog se ocupa más de ciencia que de ficción, aunque a veces la actualidad supere a esta última. Predominan las entradas de divulgación científica, así como la crítica de pseudociencias diversas. Qué se le va a hacer; lo consideramos casi una obligación.

Hoy asistimos al auge de negacionismos, conspiranoias, pseudociencias y similares. También constatamos un notable aumento de la censura, con la excusa de no ofender a nadie (pero esa es otra historia). Las redes sociales permiten la amplia difusión de todo tipo de bulos, teorías sin pies ni cabeza… Triste panorama. Ante tal avalancha, poseer una base científica ayuda a separar el grano de la paja. No obstante resulta difícil, sobre todo para quienes no estén familiarizados con la ciencia, distinguir esta de lo que no lo es.

Un libro muy interesante para reflexionar sobre lo anterior es La actitud científica, del filósofo Lee McIntyre, publicado en español en 2020 por Ed. Cátedra. Esta obra puede ayudar a comprender cómo vemos los científicos el mundo. Además, McIntyre trata de mostrar lo que NO es ciencia y sus errores.

Veamos cuál es la definición de ciencia según el DRAE:

Conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales con capacidad predictiva y comprobables experimentalmente.

Muchos han tratado de definir con precisión a la ciencia según su metodología. Por tanto, ¿qué es el método científico? Podemos resumirlo en este diagrama tomado de la correspondiente entrada de la Wikipedia:

El problema es que no existe UN método científico. No es lo mismo la Física que, por ejemplo, la Biología, la cual depende de la evolución de seres vivos a lo largo de inmensos periodos de tiempo. Asimismo, una hipótesis puede surgir tras una investigación de fondo, como se ve en el diagrama, pero también a partir de un sueño (Kekulé y la fórmula del benceno), o al ver caer una manzana de un árbol, o bajo el efecto de setas alucinógenas, o… Y en el desarrollo de la hipótesis hasta convertirla en teoría pueden intervenir factores como la buena suerte, la improvisación…

Salvo que se indique otra cosa, las imágenes (libres de derechos) proceden de pixabay.com

No. Lo que puede definir a la ciencia es lo que se hace con las hipótesis después de formuladas. Por ejemplo, tal como indicaba Karl Popper, toda teoría debe ser falsable. O refutable; como prefieran. Citamos de la Wikipedia:

En filosofía de la ciencia, la falsabilidad o refutabilidad es la capacidad de una teoría o hipótesis de ser sometida a potenciales pruebas que la contradigan. Es uno de los dos pilares del método científico, siendo la reproducibilidad el otro.

Según el falsacionismo, toda proposición científica válida debe ser susceptible de ser falsada o refutada. Se puede usar este criterio para distinguir lo que es ciencia, de cualquier otro conocimiento que no lo sea. Este es el denominado criterio de demarcación de Karl Popper. Una de sus principales implicaciones es que la corroboración experimental de una teoría científicamente «probada» —aun la más fundamental de ellas— se mantiene siempre abierta a escrutinio.

De todos modos, como explica McIntyre, es difícil delimitar las fronteras de la ciencia. Sobre todo, le preocupa distinguir la ciencia de cosas como la pseudociencia, la conspiranoia, el negacionismo, el creacionismo, etc. Y tras darle unas cuantas vueltas al tema, desiste de hacerlo.

En cambio, como buen filósofo, busca una condición necesaria para que algo pueda ser llamado ciencia. Esa condición necesaria puede que no sea suficiente, pero ¿qué mas da? Lo que importa, perdón si me repito, es que su presencia sea necesaria para la ciencia, y su ausencia sea condición suficiente para que algo no pueda llamarse ciencia. Y esa condición necesaria no es el método, sino la actitud científica. O sea, qué hacen los científicos a la hora de enfrentar las hipótesis y teorías a la evidencia, a lo que ocurre en el mundo real.

Más que buscar la verdad absoluta, la ciencia pretende saber cómo funcionan las cosas. Para ello, cualquier teoría debe ser confrontada con los datos empíricos, y sin piedad. Si una teoría no se ajusta a ellos, debe ser modificada o arrumbada. Por supuesto, hay que ser prudentes si aparece algo que contradice una teoría sólida. Apresurarse a desecharla resultaría frívolo, como mínimo. Pero si se realizan más investigaciones y siguen apareciendo datos contradictorios, esa teoría, por muy aceptada que sea, tiene un problema…

Incluso si los datos validan una teoría, no podemos estar seguros de que sea cierta. Toda teoría científica es tentativa. No tiene por qué ser verdadera, y los científicos somos conscientes de ello. Mañana puede aparecer cualquier dato nuevo que la tumbe. Lo que importa es que funcione, que se ajuste a la evidencia, que intente explicarla, que busque desentrañar cómo funcionan las cosas… En suma, que sea fructífera.

McIntyre pone a la evolución por selección natural de Darwin como ejemplo de buena teoría científica. Lleva más de siglo y medio recibiendo palos por todos lados y ahí está, aguantando y fresca como una lechuga, permitiéndonos comprender cómo funciona la vida, diseñar experimentos falsables, realizar alguna que otra predicción comprobable… Pocas teorías pueden presumir de ser tan fructíferas.

La cantinela de que la evolución es sólo una teoría también puede aplicarse a la gravitación universal, o a que la Tierra es redonda, o a que los gérmenes provocan enfermedades… En realidad, en ciencia todo es sólo una teoría. La certeza absoluta es una meta imposible. ¿Entonces…? Sencillamente, la ciencia es una herramienta (muy poderosa, eso sí) para entender el universo que nos rodea. Para que una teoría científica esté fundamentada y sea útil, nos basta con que se ajuste a la evidencia. Por supuesto, esta puede cambiar con el paso del tiempo, conforme se vayan descubriendo cosas nuevas. Así, cada vez disponemos de más datos que pueden tumbar teorías establecidas o rescatar otras del olvido.

El conocimiento humano siempre será incompleto, pero eso no debe ser un freno para dejar de seguir elaborando teorías útiles. Hay que asumir la incertidumbre. No pasa nada. Calma… 🙂

McIntyre afirma que la actitud científica se basa en dos cosas. Por un lado, debemos preocuparnos por la evidencia, esté a favor o en contra de nuestras suposiciones o creencias más queridas. Aunque las socave, aunque nos siente como una patada en los mismísimos, debemos considerarla. En cambio, recolectar únicamente los hechos que reafirmen nuestras creencias y despreciar el resto no es una actitud científica. Por otro, debemos estar dispuestos a cambiar nuestras teorías si la evidencia así lo requiere. Aunque duela. Aunque nos machaque el orgullo. Eso marca la diferencia: la ciencia busca falsaciones; la pseudociencia, confirmaciones.

McIntyre no se preocupa demasiado del criterio de demarcación para definir con exactitud lo que es ciencia. En cambio, busca definir lo que no es ciencia; o sea, todo lo que carezca de actitud científica. Por supuesto, debe quedar muy claro que hay ramas del conocimiento humano que no son ciencia, ni falta que les hace. Las Matemáticas o la Lógica no son ciencias, estrictamente hablando, pues pueden funcionar sin preocuparse de la evidencia. Y nuestro mundo no podría funcionar sin Matemáticas; son esenciales. O ¿qué decir de la Filosofía, basada en la razón? O la Ética, la Religión, el Arte… No funcionan como la ciencia, pero son tan respetables como ella.

El problema radica en todo aquello que quiere hacerse pasar por ciencia, pero carece de la metodología o la actitud imprescindibles. No es lo mismo ser acientífico (como la Literatura) que pseudocientífico (como la Astrología). Un poeta, por ejemplo, no necesita tratar la evidencia al estilo científico para conmovernos con sus versos. Un pseudocientífico, en cambio, puede usar las evidencias, pero sin el rigor necesario.

La ciencia da lo mejor de sí a la hora de tratar los errores, chapuzas y fraudes. Creo que las dos cosas que mejor definen a la ciencia son la humildad y la democracia. Humildad para reconocer que nunca podremos saberlo todo, y que nos equivocamos, y que por eso necesitamos un método para interrogar a la naturaleza. Y democracia, porque la ciencia es una actividad tanto individual como colectiva.

Cuando formulas una teoría científica, debes soltarla en el foro público para que todos tus colegas puedan valorarla. Si sobrevive a las críticas será aceptada por la comunidad científica, hasta que nuevas evidencias puedan obligar a revisarla. Es lo que hay; si no te gustan estas reglas de juego, careces de actitud científica.

El foro público es esencial. ¿Por qué? Pues porque un análisis o crítica en grupo funciona mejor que individual. Los fallos pueden ser detectados si en ese foro hay mucha gente comentando e interactuando. Puede que alguien vea algo raro en la teoría, lo haga notar y eso genere una discusión útil, surjan nuevos experimentos, otras ideas… Al final, la teoría se verá reforzada, modificada o liquidada.

Por supuesto, para que la ciencia funcione, el foro público tiene que ser democrático, no aristocrático. Si hay popes o jefazos, los demás pueden tener miedo a contrariarlos o sentirse tentados a hacerles la pelota y claro, no habrá libre flujo de opiniones. El principio de autoridad es nefasto para la ciencia. En cambio, debe premiarse el pensamiento crítico así como la interactividad, e incluso fomentar que haya gente que haga de abogada del diablo.

En suma, bien sea que los científicos trabajen solos o en equipo, al final lo importante es que sus teorías deberán ser juzgadas y aceptadas por la comunidad científica. En eso se diferencia la ciencia de otras ramas del conocimiento humano: en la mentalidad crítica corporativa, la tradición de la crítica en grupo. La ciencia es un proceso público (nada de oscurantismos) y abierto.

Sin la revisión por pares no habría ciencia… (fuente: SCIENCE AND INK)

Otros hábitos científicos típicos se han comentado en el blog; la revisión por pares, por ejemplo. Para publicar en una revista científica mínimamente decente, el artículo ha de pasar al menos por dos revisores de colmillo retorcido. Por cierto, suelen trabajar gratis; simplemente, porque es nuestro deber como científicos. Al menos, a mí nunca me han pagado por revisar artículos. 🙂

El propósito es evitar errores y fraudes, sesgos inconscientes, correlaciones espurias, las prisas por publicar sin haber tomado todas las precauciones… La ciencia no es perfecta. Los científicos somos humanos. Fallamos, queremos que se confirmen nuestras teorías… Pero en ciencia, la humildad es imprescindible. De hecho, avanza porque aprende de los fallos. Pocas cosas hay más fructíferas que un buen error.

Para considerarte científico, debes estar dispuesto a cambiar tus teorías si aparece nueva evidencia. Asimismo, has de tener el pellejo curtido, y no echarte a llorar cuando tus teorías reciban palos hasta en el cielo de la boca. Por muy duras que sean, las críticas son necesarias. Y, por cierto, en ciencia también hay guardianes de los guardianes, críticos de los críticos. Eso habla mucho en su favor.

Podría decirse que, como institución, la ciencia es más objetiva que los propios científicos. Todos estos métodos de supervisión tratan de prever el sesgo individual. En suma, hablamos de humildad. Somos conscientes de que metemos la pata, queriendo o sin querer, y hay que buscar formas de evitarlo. Para McIntyre, lo que distingue a la ciencia es un ethos compartido por la comunidad. De hecho, la ciencia está tan cargada de valores como la no ciencia. Todo consiste en el tipo de valores de los que hablamos.

McIntyre también considera el complejo tema del fraude científico, y lo mal visto que está en ciencia. No es lo mismo que un error. De los errores se aprende. En cambio, el fraude es una traición a la actitud científica, y la ciencia no perdona a los traidores. Claro, a veces es difícil separar el fraude deliberado de la chapuza o el autoengaño. Mayormente, los fraudes no son deliberados (aunque los hay, y bien gordos, como vimos en la entrada sobre los antivacunas). Más bien buscan confirmar alguna hipótesis, o se deben a la arrogancia, a creerse en posesión de la verdad, y por eso se toman atajos. Eso es malo. De los errores honestos se aprende, pero de la arrogancia no. La ciencia tiene que ser humilde para no traicionarse.

En la segunda y última parte de esta entrada hablaremos de lo que quiere hacerse pasar por ciencia, pero no lo es.

De patógenos, virus, pandemias y disparates (y VI)

Ahora, a finales de agosto, quizás haya pasado desapercibida una noticia realmente importante, perdida entre los repuntes de la pandemia, la violencia racial en Estados Unidos o la movida de Messi y el Barça. Nos referimos a la erradicación de la polio en África.

La poliomielitis o parálisis infantil es una enfermedad cruel, que puede matar o dejar terribles secuelas. Hoy ha sido erradicada de la mayor parte de países. ¿Saben cómo? Gracias a las vacunas. Ya vimos en entradas anteriores que las vacunas figuran entre las herramientas más potentes para controlar e incluso eliminar enfermedades terribles. Millones de personas se han salvado gracias a ellas.

Fuente: rebuscando por Facebook

Entonces, ¿por qué hay gente que se niega a vacunarse, o impide que sus hijos se vacunen, arriesgándo su vida y la del prójimo?

Los movimientos antivacunas vienen de lejos… (Fuente: Escuela Andaluza de Salud Pública)

El rechazo a las vacunas es antiguo. De hecho, los movimientos antivacunas surgieron prácticamente al mismo tiempo que ellas. Hoy, gracias a que las redes sociales permiten que cualquier despropósito se difunda ampliamente, los antivacunas abundan. De hecho, este resurgir actual se apoya principalmente en un artículo publicado en 1998 por el dr. A. Wakefield y 12 coautores en la prestigiosa revista médica británica The Lancet.

Para formarse un criterio, es bueno consultar los documentos originales. El de Wakefield et al. (1998) aún puede verse en la web de la revista… con la palabra «RETRACTED» sobreimpresa una y otra vez. Ahí también puede descargarse en formato PDF; sólo ocupa 5 páginas. Conviene leerlo (aunque las grandes letras rojas de «RETRACTED» estorban un poco), pues pocos textos han causado tanto daño.

En pocas palabras, Wakefield et al. sugerían la existencia de un vínculo entre la vacuna triple vírica SPR y el comienzo del autismo. Muchos médicos y científicos pronto se dieron cuenta de que había algo raro en aquel artículo, tal como ahora veremos. Por desgracia, el daño ya estaba hecho. El artículo fue como maná del cielo para los antivacunas. En ciertos lugares bajó el número de vacunaciones. O sea, se puso en peligro la inmunidad de rebaño. Enfermedades más o menos controladas como el sarampión, la tosferina y la difteria resurgieron. Hubo una explosión de casos de sarampión en el mundo, uno de los virus más contagiosos.

Fuente: ar.pinterest.com

Los medios de comunicación tampoco ayudaron a frenar el disparate. Wakefield dio conferencias, era popular… Se empezó a hablar de «dos bandos» y «controversia», pero en realidad, el artículo de Wakefield et al. no era trigo limpio. De hecho, más de uno se preguntó como era posible que una revista seria como The Lancet lo hubiera publicado.

Fuente: Cuánto cabrón (disculpen, pero el sitio web se llama así…) 🙂

Analizándolo fríamente, para cualquier científico ese trabajo era una chapuza. Parece lógico que para llegar a una conclusión tan importante como relacionar una vacuna y el autismo se estudiaran muchos casos, ¿no? Pues lean el artículo y verán cuántos historiales clínicos de niños analizaron: doce . En serio: sólo 12.

Además, en el estudio no había grupo de control, ni doble ciego, ni nada de lo que se estila en estos casos. Los autores se limitaron a rebuscar hasta dar con 12 niños que casualmente tuvieran autismo y hubieran sido vacunados. Eso recibe un nombre: sesgo de selección. Ya comentamos el problema de las correlaciones espurias o forzadas en dos entradas. Además,  buena parte del estudio se basaba en una cronología breve entre la vacunación y la aparición de síntomas, que dependía de la memoria de los padres.

Fuente: Pandacurioso

Lo bueno de la Ciencia es que los estudios pueden ser reproducidos, para comprobar su veracidad. Así, en Finlandia, el análisis de dos millones de historiales de niños no encontró evidencia de que la triple vírica causara autismo. Hubo más estudios, y siguió sin aparecer esa relación entre triple vírica y autismo. Daba la impresión de que Wakefield et al. se habían limitado a escarbar hasta dar con casos en que, por casualidad, coincidieran autismo y vacuna.

Y había más cosas extrañas en el artículo, que empezaba a oler muy mal. En 2004 se descubrió que Wakefield había estado en nómina de un abogado que planteaba presentar una demanda contra la triple vírica. ¿Casualidad? Y casi la mitad de los niños del estudio habían llegado a Wakefield a través del abogado. Por si faltaba algo, justo antes de publicarlo se había presentado una patente de otra vacuna para competir con la triple vírica. El artículo, además de chapucero, hedía a conflicto de intereses.

Poco después, 10 de los coautores pidieron que se retirara su nombre del artículo. Me los imagino silbando disimuladamente y susurrando: «A mí no me miren, ¿eh? Tan sólo pasaba por aquí…». 🙂

Qué remedio, The Lancet retiró el artículo en 2010 (aunque, como ven, sigue ahí para poder ser leído, con el cartel de «REJECTED»), y Wakefield se quedó sin licencia para ejercer medicina en el Reino Unido. Pero el tema no acabó ahí. En 2011 apareció la prueba definitiva: el artículo, además de la chapuza y el conflicto de intereses, era un fraude.

El periodista Brian Deer pudo entrevistar a los padres de los niños del estudio y ver los historiales médicos. Ninguno de ellos estaba libre de informes erróneos o alteraciones. Una  importante revista médica, el British Medical Journal, publicó la investigación de Deer después de pasarla por una revisión por pares (los científicos sabemos la importancia que esto tiene). Puede leerse el artículo de Deer aquí. En resumen, el caso fue calificado de fraude elaborado, perpetrado por Wakefield. Probablemente es el montaje médico más dañino de los últimos 100 años.

Fuente: utero.pe

¿Cómo reaccionaron los antivacunas ante evidencias de fraude tan claras? Por supuesto, al modo conspiranoico: negándolas. Wakefield, por supuesto, era un mártir atacado injustamente por oscuros intereses de la Medicina oficial, etc. Nada nuevo bajo el sol. 😦

En fin, esa es la triste realidad a la que nos enfrentamos. Pese a todas las evidencias, los antivacunas siguen erre que erre poniéndose en peligro tanto ellos como a sus hijos como al resto de la sociedad, y sin argumentos válidos. Como mucho, suelen recurrir a frases lapidarias o imágenes que pretenden ser impactantes:

Fuente: Cabroworld

Dejando aparte que muchas vacunas se aplican conjuntamente en una dosis, y que bastantes se administran por vía oral, lo de poner una foto impactante para intentar convencer no vale. Más que nada, porque la alternativa a la vacunación infantil muy bien podría ser esta:

Fuente: Pandacurioso

Bien, amigo lector, con permiso del coronavirus y del virus del Nilo, y si los profesores sobrevivimos al inicio del curso, nos veremos en la próxima entrada. 😉