Ciencia e ideologías se llevan mal

Es muy humano creer que somos el centro del cosmos, que cuanto nos rodea debe amoldarse a nuestras expectativas y que todo tiene un propósito último. Por desgracia, conforme aumenta nuestro conocimiento del universo descubrimos que la Tierra es apenas una mota de polvo imperceptible perdida en una de tantas y tantas galaxias. Vivimos en un universo enorme e indiferente, que seguirá funcionando exactamente igual cuando hayamos desaparecido. Sin embargo, nos cuesta resignarnos. Igual que un niño pequeño cuando se niega a ver o escuchar algo que le incomoda, pretendemos que la naturaleza se ajuste a nuestros deseos.

Puesto que la Ciencia es, sin duda, la mejor herramienta a nuestra disposición para averiguar cómo funcionan las cosas, nos enfadamos cuando no nos da las respuestas que queremos. Con tal de no admitir que podemos estar equivocados, tratamos de hacer pasar por Ciencia algo que no lo es, siempre que sirva para confirmar nuestros más arraigados prejuicios. O, en el peor de los casos, mandamos callar a los científicos, esos aguafiestas, para que los malditos datos no dañen nuestros preciosos sentimientos.

Cualquier historiador de la Ciencia podrá citar ejemplos de pseudociencias que fueron adoptadas por líderes políticos o religiosos para justificar sus creencias. Hay casos a lo largo y ancho del espectro ideológico, tanto a babor como a estribor. Algunos son cómicos o simplemente chocantes, mientras que otros han provocado la muerte de millones de personas, desastres ecológicos, miseria y dolor…

Entre lo pintoresco, rozando lo estrambótico, pensemos en ciertos ecopacifistas veganos estrictos que se niegan a aceptar la existencia de animales carnívoros. Mejor dicho, piensan que se trata de algo anormal que debería corregirse, bien sea exterminando a los sanguinarios e insolidarios depredadores, o bien cambiándoles la dieta (mediante Ingeniería Genética o por las bravas). Esta famosa escena de Futurama lo describe a la perfección: 🙂

Por desgracia, otros casos no tienen nada de cómico. Véase el ejemplo del negacionismo por parte de la extrema derecha frente al hecho de que las temperaturas están subiendo año tras año en nuestro planeta. Tenemos que adaptarnos al cambio climático y aprender a convivir con él, pero si ciertos líderes lo niegan y dejan de tomar medidas ahora que aún estamos a tiempo, pues mal vamos…

El siglo XX nos proporciona ejemplos palmarios de doctrinas pseudocientíficas que se hicieron pasar por científicas. Sin ir más lejos, pensemos en lo que ocurrió con la Ciencia alemana durante el nazismo, cuando se negaron a aceptar la teoría de la relatividad y otros aspectos de la nueva Física por el hecho de que Einstein fuera judío. Y de lo que hicieron con la Biología y su uso torticero de la teoría de la evolución, o de la «Cosmología aria», mejor no hablar. Recomendamos la lectura del libro de Eslava Galán Enciclopedia nazi contada para escépticos, tan divertido como triste y desolador a la vez, donde todo esto se explica bastante mejor de lo que podríamos hacerlo aquí.

En esta entrada vamos a centrarnos en uno de los casos de pseudociencia (o de sumisión de la Ciencia a la política, según se mire) que más daño y muertes han causado: el lysenkoísmo. Es ideal para mostrarnos lo que ocurre cuando pretendemos que la naturaleza se ajuste a una ideología concreta. Es algo que todos los biólogos tenemos (o deberíamos tener) siempre presente.

Retrocedamos a la primera mitad del siglo XX, y ubiquémonos en la Unión Soviética en tiempos de Stalin. Después de la Revolución, la agricultura soviética no pasaba por sus mejores momentos. Se había primado a la industria frente al campo, y entre colectivizaciones agrarias forzosas, purgas de kulaks y decisiones poco acertadas, las cosechas iban de capa caída. En cuanto a los campesinos, afirmar que andaban desmotivados sería quedarse cortos. De hecho, muchos preferían que la cosecha se perdiera a entregársela al Gobierno. Para hacerse una idea de cómo se había llegado a aquella situación, volvemos a recomendar otra obra de Eslava Galán, tan amena como sobrecogedora: La revolución rusa contada para escépticos.

En medio de ese panorama desolador apareció la persona menos indicada para arreglarlo: un ingeniero agrónomo llamado Trofim Lysenko (1898-1976). Estuvo en el momento y lugar precisos, y se las apañó para obtener el máximo beneficio personal. Con el respaldo de Stalin, se convirtió en el amo y señor de la Biología y la Agronomía soviéticas. Y pasó lo que tenía que pasar. 😦

Lysenko dijo a las autoridades soviéticas justo lo que querían y necesitaban oír. Un científico «del pueblo», no uno de esos estirados académicos que hacían experimentos en sus laboratorios, había descubierto el modo de mejorar las cosechas, de hacer crecer las plantas en épocas que normalmente no lo hacían, anunciando un futuro más que próspero para la Humanidad (y gloria para la URSS, claro). Además, sus supuestos «descubrimientos» se publicaban en medios populares, no en revistas científicas con revisión por pares y todo eso. Y por si faltaba algo, sus teorías se adaptaban a la visión marxista (o a lo que entendían por marxismo) en la URSS. Pero vayamos por partes…

Trofim Lysenko (fuente: es.wikipedia.org)

Sin entrar en detalles para no cansarte, amigo lector, Lysenko se dedicó a someter a diversas variedades de trigo (y otras plantas) a cruzamientos varios, y luego a someterlas a tratamientos de frío (que él denominaba vernalización), humedad… Así, pretendía obtener más y mejores cosechas por año, sembrando los cultivos incluso en épocas que no eran las idóneas. Sin entrar a discutir las bondades de la vernalización, que algunas tiene, el problema era que Lysenko creía que esas modificaciones, esas «mejoras» eran heredables. Sus teorías sobre la herencia de los caracteres adquiridos recordaban al lamarckismo, así como a los trabajos de Iván Michurin (1855-1935), otro autodidacta que renegaba de las teorías de Mendel y los genetistas.

Puede afirmarse que se juntó el hambre con las ganas de comer. Lysenko, que no andaba muy fuerte en Matemáticas, despreciaba la teoría de los genes como transmisores de la herencia. Las teorías de Lysenko, además, casaban perfectamente con la ideología soviética. Los genes no importaban; en cambio, el ambiente lo era todo. Las plantas podían ser modificadas manipulándolas, igual que los hombres podían ser educados en el comunismo, y esos cambios se transmitirían a su descendencia. Todo muy bonito, muy épico.

Nikolái Vavílov (fuente: es.wikipedia.org)

Por supuesto, Lysenko no aceptaba crítica alguna. Pobre del que le llevara la contraria; con el apoyo de Stalin se convirtió en el peor de los déspotas. Las ideas de Mendel, de los genetistas, incluso el darwinismo, fueron tildados de idealistas, de pseudociencia burguesa, de ideología contrarrevolucionaria. Muchos científicos soviéticos que opinaban que lo de Lysenko era poco más que palabrería fueron encarcelados, e incluso condenados a muerte. El gran botánico Nikolái Vavílov, uno de los mejores biólogos de su época, acabó muriendo de hambre en la cárcel, en 1943. Como cabía esperar, Lysenko hizo limpieza de todos aquellos que no le daban la razón. La Biología soviética, una de las más avanzadas del mundo, retrocedió de golpe varias décadas. A las ciencias agrarias tampoco les iría mucho mejor.

Además de odiar la Genética, Lysenko cometió otro grave error, fruto de su ideología. Estaba convencido de que las plantas de la misma «clase» no competirían entre ellas, sino que colaborarían todas a una, como la clase obrera. En serio. 🙂 Por eso propuso a los agricultores que sembraran las plantas muy juntas, en marcos de plantación densos. Las plantas, de ese modo, se apoyarían entre sí, defendiéndose contra las plagas, incrementando el rendimiento de las cosechas…

Por desgracia, a la naturaleza le importan un rábano nuestras ideas políticas. Las plantas no se comportaron como el ideal Homo sovieticus, cantando a coro La Internacional mientras gritaban consignas contra el gorgojo capitalista o el pulgón opresor. Apretujadas unas contra otras, sembradas a veces en condiciones que no eran las óptimas, lucharon desesperadamente por arrebatar a sus competidoras cada átomo de nutrientes, cada molécula de agua, cada fotón de luz.

El resultado final fue catastrófico. El desprecio hacia cualquier sólida teoría científica que no se adecuara al lysenkoísmo condujo a pérdidas en las cosechas y a hambrunas que causaron millones de muertos. Y la cosa no se quedó en la URSS. Hubo países, como China, que adoptaron los métodos de Lysenko incluso después de que este fuera desacreditado en su país. Lo pagaron millones de personas, que murieron de hambre.

Dicen que no hay mal que cien años dure, ni cuerpo que lo soporte. Tras la muerte de Stalin en 1953, se inició un proceso de desestalinización que permitió a los pobres científicos asomar la cabecita, como los caracoles después de la lluvia, y empezar a criticar el lysenkoísmo. Finalmente, Lysenko fue desacreditado y apartado de sus cargos (aunque siguió cobrando un sueldo y viviendo sin apreturas hasta el día de su muerte). Su despótico reinado sobre la Biología y la Agronomía soviéticas había terminado, pero esas disciplinas tardarían mucho en recuperarse, si es que alguna vez lo lograron.

Otros países que sí tuvieron en cuenta los principios de la Genética y el manejo de las cosechas obtuvieron variedades de cereales de mayor rendimiento, crecimiento rápido y resistencia a las enfermedades. Pero esa es otra historia. La nuestra acaba aquí, y resultaría incluso divertida si no fuera porque millones de inocentes, desde humildes campesinos hasta acreditados científicos, murieron de forma horrible por esa manía tan nuestra de creer que a la naturaleza le importan algo las ideologías y las expectativas humanas.

Ojalá aprendamos de los errores cometidos por quienes nos precedieron.

Lo que no mata, engorda

Es bien sabido que el exceso de radiación puede dañarnos o matarnos. Unos seres vivos resisten la radiactividad mejor que otros, pero en altas dosis deja a nuestro ADN hecho unos zorros, con fatales consecuencias para la salud.

No obstante, existen microbios con una capacidad de aguante asombrosa. Así, las geobacterias (género Geobacter) pueden oxidar metales radiactivos como el uranio. Los iones de uranio se convierten en aceptores finales de electrones, pasando de solubles a insolubles. Por eso, estas bacterias pueden servir para limpiar de uranio los acuíferos contaminados.

Dejemos las geobacterias para otra ocasión, y tratemos de justificar el título de la entrada. Hay hongos que no sólo son capaces de aguantar niveles de radiactividad que freirían a otros seres vivos, sino que se alimentan de ella. En pocas palabras, pueden usar la radiación gamma como fuente de energía, igual que las plantas aprovechan la luz solar.

Retrocedamos hasta 1986. Aquel fatídico 26 de abril, en la desdichada central nuclear de Chernóbil voló la tapa del reactor nº 4, provocando el mayor accidente nuclear de la historia. No volveremos a relatar lo sucedido, pues en Internet puede encontrarse información de sobra al respecto. Años después, en 1991, los científicos se percataron de que unos mohos negros crecían en lo que quedaba del reactor nº 4.

Ya en el laboratorio, se comprobó que había hongos que medraban mejor con unos niveles de radiactividad 500 veces superiores a los normales. En concreto se estudiaron 3 especies: Cladosporium sphaerospermum (un moho que crece por doquier y que come cualquier cosa), Exophiala dermatitidis (otro hongo capaz de alimentarse de lo más diverso) y Cryptococcus neoformans (una levadura que puede provocar criptococosis en seres humanos).

Moho del género Cladosporium. Podría decirse que estos hongos son el equivalente a una mala hierba.

Desde luego, hay numerosos organismos extremófilos, capaces de vivir en ambientes extremos. También es bien sabido que existen hongos capaces de alimentarse de las cosas más insospechadas, pero en el caso que nos ocupa se han superado. 🙂 Estos hongos no crecen a pesar de la radiactividad, sino gracias a ella. La radiación gamma les da fuerza, los nutre. Por eso han sido bautizados como hongos radiotróficos: los que se alimentan de radiación.

La clave de su éxito radica en la molécula que les otorga su típico color oscuro: la melanina. En efecto, amigo lector: esa sustancia que nos permite broncearnos cuando tomamos el sol. Muchos seres vivos la producimos, y nos protege de la luz ultravioleta. En el caso de estos mohos negruzcos, la melanina no sólo evita que la radiación gamma los aniquile. De algún modo que aún no queda claro, consigue convertir los rayos gamma en energía química, al igual que la clorofila permite hacer lo mismo con la luz solar en el caso de las plantas. Y con esa energía crecen y se multiplican.

Los hongos nunca dejarán de sorprendernos; palabra de micólogo. 🙂

Esta capacidad de aguantar dosis tremendas de radiación también puede tener aplicaciones prácticas. Como curiosidad, entre 2018 y 2019 se realizó un experimento en la Estación Espacial Internacional para evaluar si estos hongos radiotróficos (en concreto, C. sphaerospermum) podrían emplearse como protección contra la radiación en el espacio. Aquí puede consultarse el artículo. Parece que la cosa promete. 🙂

Quién sabe si en las futuras colonias marcianas estos mohos podrían usarse como escudos antirradiación. Me temo que no podremos evitar que los hongos nos acompañen en la posible colonización del planeta rojo. Ojalá que lo hagan como amigos, y no como los de esta novela: 😀

Los duendes y el principio de autoridad

Es probable, amigo lector, que alguna vez hayan perturbado el sosiego de tu hogar unas esquivas criaturas, los duendes. Desde tiempo inmemorial se han dedicado a incordiar a la gente, golpeando paredes y techos, haciendo ruidos diversos o arrojando piedrecillas. Antiguamente les gustaba jugar a los naipes, trenzar las crines de los caballos… Hoy es más habitual que abran y cierren puertas o trasteen con los interruptores de la luz. En el fondo, se trata de travesuras inofensivas. Es bien sabido que los duendes se llevan bien con los niños, quienes incluso llegan a verlos a veces. Son más habituales en las casas deshabitadas, pues el ruido y la actividad humana les molestan, e incluso pueden ahuyentarlos o acabar con ellos.

Si echamos un vistazo a la Wikipedia, comprobamos que hay muchas criaturas sobrenaturales en distintos países que cabrían dentro de la acepción de duende (poltergeist, leprechaun, goblin, trasgo, gnomo, domovói, elfo…). Algunos son más maliciosos que otros, rozando incluso lo siniestro. Aquí nos ceñiremos al típico duende de la tradición castellana, más molesto que otra cosa.

Muchos han intentado averiguar la naturaleza duendina, mayormente seguidores de las pseudociencias. Si abordamos el tema con un prudente escepticismo, es probable que los actos atribuidos a duendes tengan explicaciones naturales, sin necesidad de recurrir a entes fantásticos. No obstante, echaremos un vistazo a la obra de alguien que se tomó a los duendes muy en serio y escribió un libro sobre ellos. Aparte de lo curioso que resulta, también nos servirá para ilustrar las diferencias entre su forma de tratar el asunto y la actitud científica; sobre todo, en lo concerniente al principio de autoridad.

La obra en cuestión es El ente dilucidado, escrita por Fray Antonio de Fuentelapeña. La primera edición data de 1676 (y hubo una 2ª en 1677; supongo que se vendió…). Yo tengo el libro publicado en 1978 por la Editora Nacional (Madrid). Consta de 1836 párrafos numerados, que ocupan más de 700 páginas. Se ha respetado la ortografía del siglo XVII, con letras que ya no usamos, pero eso no dificulta demasiado su lectura.

El ente dilucidado es considerado una excentricidad dentro de la literatura de nuestro Siglo de Oro. De hecho, el antropólogo Julio Caro Baroja, en su Jardín de flores raras (1993), le dedica un par de páginas, tildándolo de extravagante. De acuerdo, el libro es raro de narices, y en muchas ocasiones provoca una hilaridad no buscada, pero Fray Antonio merece mi respeto. Escribir un texto de tales dimensiones supone un trabajo ímprobo; queda claro que el tema le apasionaba.

Claro, su método de razonar no es científico, sino filosófico. Aristotélico y escolástico, más bien. Fray Antonio da por sentada la existencia de los duendes (a los que también llama trasgos o fantasmas), que se dedican a realizar las travesuras que comentamos al principio. Así lo dictan innumerables testigos a lo largo de los siglos y, por supuesto, muchas Autoridades (sí, con mayúscula). Si ellas lo afirman, tiene que ser verdad: magister dixit. Y ahí está el problema.

En Epistemiología, el principio de autoridad obliga a aceptar cualquier afirmación o teoría que aparezca en los textos considerados ciertos, sin debate científico. Dichos textos no abarcan sólo a las Sagradas Escrituras, sino a muchas obras que nos legó la Antigüedad Clásica: las de Aristóteles, Hipócrates, etc.

El método científico huye como de la peste del principio de autoridad. De acuerdo, los científicos respetamos a nuestros colegas más eminentes, y sus afirmaciones son seriamente consideradas, pero deben basarse en la evidencia, someterse al escrutinio de la comunidad científica, ser refutables… Y si la evidencia o los experimentos están en contra de una teoría, por muy importante que sea la persona que la propone, será desechada o modificada.

En El ente dilucidado vemos lo que ocurre cuando se aplica el principio de autoridad a rajatabla, en vez del método científico. Ojo: eso no implica que Fray Antonio fuera un ignorante. Todo lo contrario; da la impresión de que había leído mucho y tenía bastante que decir. El problema era casar la realidad con lo que contaban las Autoridades. Si Aristóteles o Plinio afirmaban que los duendes existían, que había gente con cabeza de perro, que ciertos animales atacaban a los adúlteros o que las serpientes nacían de la médula espinal de los cadáveres, pues había que aceptarlo a pies juntillas. Lo divertido (sin pretenderlo el autor) llega cuando trata de explicar todo eso racionalmente.

Confieso que, como biólogo, he disfrutado con el libro de Fray Antonio. Mucho de lo que afirma tiene que ver con la Zoología y la Botánica o, mejor dicho, con lo que se opinaba en la Antigüedad sobre animales y plantas, la Fisiología, la gestación y mil cosas más relacionadas con la Historia Natural. Por desgracia, la lectura llega a hacerse pesada, e incluso irritante, más que nada por la manía de saltar de un tema a otro sin orden ni concierto, simplemente porque le interesa. Por momentos llega a recordar a esos estudiantes con déficit de atención, que se distraen con el vuelo de una mosca. En realidad, los párrafos que tratan estrictamente sobre los duendes no son tantos; de haberse ceñido al tema, el libro habría quedado muchísimo más corto.

Cuando le apetece hablar de algo, se pone a a ello aunque no venga a cuento. Así, llama la atención la cantidad de espacio que dedica a tratar las virtudes del número 7. O que el alma entra en el feto a los 40 días de la concepción en el caso del hombre, y 80 en la mujer (feministas sensibles, absténganse de leer textos antiguos)…

Pero basta de digresiones y volvamos a los duendes. Que existen no lo duda nadie, ya que así lo afirman incontables Autoridades. Además, en el mundo se encuentran cosas mucho más sorprendentes así que ¿por qué no nuestros duendes? Pero dando por sentado que existen, ¿qué son? Tras estudiarlo mucho, Fray Antonio llega a la conclusión de que son animales invisibles. De hecho, algunos animales invisibles existen, según afirman las Autoridades, ¿no?

Si los duendes viven y sienten, lo cual se deduce de su comportamiento, como mínimo tienen que ser animales. Además, son corpóreos (dan golpes, juegan a los naipes…), aunque de naturaleza tan sutil que resultan invisibles al ojo humano (salvo el infantil), igual que otros animales que cita (según las Autoridades).

Sigamos. Los duendes surgen por generación espontánea de los vapores corruptos de los sótanos de las casas, no mediante coito (y lo demuestra). Además, mueren, e indica cómo puede acabarse con ellos (básicamente, haciendo mucho ruido). Asimismo, Fray Antonio concluye que no son hombres, pues a juzgar por sus acciones no parecen demasiado espabilados. De hecho, hay animales más listos que ellos, como se prueba consultando a las Autoridades (y mezclando observaciones reales con otras absolutamente disparatadas). Tampoco son ángeles, pues estos no se dedican a tonterías como tirar piedras o trenzar las crines de los jamelgos. Tampoco son demonios, ya que los duendes no buscan la perdición de los hombres; simplemente son revoltosos. Y menos aún se trata de almas en pena, que las pobres están para otras cosas. Por tanto, son animales.

Aquí, Fray Antonio aprovecha para deleitarnos con sus habituales digresiones, apabullándonos con anécdotas sobre el comportamiento de los animales, e incluso afirma que estos poseen sombras de virtud. La combinación de casos reales con las puras citas fantásticas sobre animales inexistentes es encantadora.

Si los duendes son animales, tendrán que comer. Cómo no, se alimentan de los mismos vapores gruesos que los han generado. En cuanto a beber, puede que lo hagan a escondidas, o que no lo necesiten, o que los mismos vapores les proporcionen la humedad necesaria. Luego discute si duermen, excretan, tienen sangre o no, gozan de sentidos… Es curioso comprobar que Fray Antonio no acepta todo lo que afirman las Autoridades, e incluso llega a aplicar en algunos casos la navaja de Occam, pero eso ocurre en contadas ocasiones. El principio de autoridad campa a sus anchas en El ente dilucidado.

Sigamos. Después de preguntarse si los duendes mueren (por supuesto, ya que son animales), la capacidad de digresión de Fray Antonio alcanza proporciones épicas. Se pone a hablar de los sentidos animales, de las plantas e incluso de las aguas, de las formas intermedias entre animales y vegetales, si hay alimentos que prolongan la vida, si es peor el hambre que la sed, cómo es la digestión, cuáles son las causas de muerte, cómo una cítara excita a otra, si los cadáveres sangran a la vista de su asesino… Sigue brincando de un tema a otro sin orden ni concierto, mezclando datos correctos con disparates, pero ya se sabe: magister dixit.

Por fin, acercándonos al final, discute las causas de los duendes desde un punto de vista aristotélico (causa material, formal, eficiente y final). Y puestos ya, da una definición final de duende: animal invisible, o casi invisible, trasteador. Así lo distingue de los animales invisibles que no trastean, o de los que trastean y no son invisibles. 🙂

Si hemos sobrevivido hasta aquí, nos quedan los párrafos finales, en los que Fray Antonio se ocupa de resolver algunas dudas, mayormente sobre temas que nada tienen que ver con duendes. La parte en que considera al cuerpo del hombre como un microcosmos, y lo compara con el macrocosmos, es hilarante. Por cierto, como cualquier persona culta, sabía que la Tierra es redonda. Que tomen nota los terraplanistas…

Siguen páginas muy curiosas sobre la generación espontánea de duendes y otros bichos, e incluso si el cuerpo humano puede producir fuego. Y luego discute si los duendes pueden volar, ya que a veces parecen golpear el suelo e inmediatamente después el techo. Esta, para mí, es una de las partes más curiosas del libro, porque Fray Antonio demuestra ciertos conocimientos científicos, sobre todo en lo que respecta al principio de Arquímedes y los conceptos de peso y densidad. Por lo que aquí nos interesa, si nosotros podemos nadar en el agua, en la cual pesamos poco, algo similar les ocurre a los duendes en el aire. Podría decirse que pueden impulsarse y nadar en él, para poder así aporrear los techos.

Y por acabar con cuestiones físicas, Fray Antonio habla de la posibilidad de construir una ciudad submarina, aunque lo ve poco viable. Finalmente trata sobre el tema de si puede el hombre volar. Incluso propone la construcción de una máquina voladora que no tendría nada que envidiar a las de Da Vinci. Pero a diferencia de este, da muestra de buen juicio e indica que no funcionaría, si tenemos en cuenta la tecnología de la época. Las alas tendrían que ser desmesuradas para aguantar el peso humano, y por medios mecánicos, a fuerza de músculos, no se podría ejercer el empuje necesario para levantar el vuelo.

No seré yo quien se burle de El ente dilucidado. De acuerdo, en el fondo es un despropósito, pero nos permite viajar a otra época. Una época de gente erudita, como Fray Antonio, pero con un modo de pensar completamente ajeno a la Ciencia moderna, inadecuado para desentrañar los misterios de la naturaleza. Un mundo condenado a la extinción.

Recordemos que el libro apareció en 1676. Unos años antes, en 1668, Francesco Redi había publicado Esperienze intorno alla generazione degl’insetti, donde dio un golpe mortal a la teoría de la generación espontánea, demostrando que las moscas no surgían de la carne podrida, sino de los huevos de otras moscas. Las Autoridades estaban equivocadas. Poco después (1687), Isaac Newton publicaría sus Principia Mathematica, y nuestra visión del mundo cambiaría por completo y para siempre.

Fray Antonio vivía en un universo mental que agonizaba, pero aún no se había dado cuenta. En fin, nos quedaremos con su interés por los duendes. Yo creo que al final les tomó cariño. De hecho, parece que quiere reivindicarlos, acabar con su mala fama, e incluso piensa que en el fondo son buenos, porque cuidan de las casas. Puede ser. Yo agradecería que el que tengo en la mía deje de dar portazos, encender de vez en cuando la luz y hacer que el perro se quede mirando fijamente a lugares donde no hay nada. Y que pare de cambiar de sitio los libros en la biblioteca. Y eso de que el ruido fuerte acaba con ellos es mentira. El heavy metal no les afecta. Al mío le gusta Sabaton. 🙂

La redención de los parásitos

Los parásitos despiertan en nosotros miedo y horror por el daño que causan a sus víctimas, entre las cuales nos contamos. Al mismo tiempo, no podemos evitar sentirnos fascinados por sus retorcidos ciclos vitales. Numerosas obras de ficción se han inspirado en ellos, desde la saga de Alien, basada en las avispas parasitoides, hasta el excelente videojuego The Last of Us, que nos muestra lo que el hongo de las hormigas zombis (Ophiocordyceps unilateralis) podría hacer si mutara y nos atacara. Todo un apocalipsis zombi…

Además de para alimentarse, los parásitos utilizan a sus anfitriones u hospedantes para propagar y dispersar a su progenie. Una vez que el pobre anfitrión ha cumplido su misión, no es raro que muera. Ha dejado de ser útil, así que… No obstante, la evolución sigue caminos insospechados. Si algo incrementa las posibilidades de transmitir tus genes a la descendencia, es probable que prospere.

En la entrada anterior decíamos que un buen parásito es un mal patógeno. No es una regla general, claro, pero en muchas ocasiones se cumple. Recordemos: los parásitos son organismos que viven a costa de otros, mientras que los patógenos son los que causan enfermedad. Muchos parásitos nos enferman, como el maldito coronavirus (ah, acabo de ir a que me inyecten la tercera dosis de vacuna con ARNm; por el bien propio y el de los demás, debemos ponérselo difícil al virus). En cambio, hay parásitos que no liquidan a su anfitrión, y con ello pueden aprovecharse de él durante mucho más tiempo. Resulta un buen negocio.

Por supuesto, lo de «perdonar la vida» no es una acción voluntaria. Virus, bacterias u hongos, pongamos por caso, carecen de cerebro; no razonan. Simplemente, si ese comportamiento aporta beneficios a la hora de sobrevivir, pues se irá transmitiendo de generación en generación, mejorándose cada vez más.

Demos el siguiente paso evolutivo. ¿Y si, además de «perdonarle la vida», optamos por «cuidar» a nuestro anfitrión? Más aún, ¿y si le ofrecemos algo a cambio de que nos alimente?

En muchos casos, la colaboración (o simbiosis mutualista, hablando con propiedad) deriva del parasitismo. Tanto al parásito como al anfitrión les va mejor juntos que por separado, especialmente en entornos difíciles. Podríamos mostrar infinidad de ejemplos, pero nos limitaremos a uno que implica a árboles y hongos.

Coriolopsis gallica es un ejemplo de hongo yesquero capaz de alimentarse de madera (en este caso, el poste de un invernadero).

Dentro del reino de los hongos, en la clase Agaricomycetes encontramos a los más conocidos y vistosos, como las setas y los yesqueros. Algunos de ellos se alimentan de madera, causándonos cuantiosas pérdidas económicas.

Aquí donde la ven ustedes, Armillaria mellea es una seta que puede convertirse en feroz parásita de árboles, llegando a matarlos (por cierto, es comestible).

Otros, por desgracia para sus víctimas, devoran la madera de árboles vivos. Así ocurre con muchos yesqueros, y con algunas setas como Armillaria mellea. Por lo general, sus esporas entran a través de heridas en el tronco o las ramas. El micelio del hongo invade la madera, descomponiéndola. Cuando aparecen en el tronco los cuerpos reproductores fúngicos, es señal de que el hongo se halla bien establecido en las entrañas de su presa. El árbol queda muy debilitado, hasta el punto que un viento fuerte puede quebrar el tronco. Muerto el árbol, el hongo puede seguir alimentándose de sus restos mortales.

Sin embargo, algunos de estos hongos no llegan a matar al árbol. Se limitan a devorar la madera inactiva de su interior (el duramen), pero sin tocar la zona más externa, por donde circula la savia. Por tanto, el árbol sigue viviendo con normalidad:

De hecho, puede que al árbol le venga de perlas que le quiten un peso de encima, en forma de madera muerta inútil. Quizás, incluso, consiga una mayor estabilidad estructural frente a temporales, vendavales… Más aún: esos árboles huecos proporcionan cobijo a multitud de animales (mamíferos, aves…). Sus excrementos contribuirán a fertilizar el suelo en torno al árbol. Y no digamos el incremento de biodiversidad que supone para los ecosistemas forestales…

En los árboles ahuecados por los hongos puede instalarse una gran diversidad de animales del bosque… 🙂 (fuente: mlp.fandom.com).

Así funciona la vida… La colaboración no surge de una especie de pacto sagrado de ayuda mutua, sino de la evolución del parasitismo. La evolución depende de cambios al azar, algunos de los cuales mejoran las perspectivas de supervivencia de los implicados. Por tanto, a lo largo de millones de años, las interrelaciones entre organismos tenderán a hacerse cada vez más eficaces, maravillándonos. Pero no surgieron por arte de magia; simplemente se trata de adaptaciones, como muy bien comprendió Darwin.

Un ejemplo de las peculiares criaturas que pueden instalarse en los troncos de árboles (fuente: amazon.com). 🙂

El virus que no cesa

Ay, quién iba a decirnos hace unos años que íbamos a vivir una pandemia causada por un virus letal, y poder contarlo. Bueno, seamos sinceros: algunos previeron que algo así podría ocurrir (véase Contagio, de David Quammen) pero, igual que a Casandra, nadie les hizo caso. Como se dice en Desastre, de Niall Ferguson, esta desgracia no era un cisne negro inesperado, sino un rinoceronte gris, bien grande y previsible, que se abalanzaba sobre nosotros. Preferimos no verlo, y así nos va…

Y aquí estamos intentando salir de esta, tal vez aprendiendo de los errores y poco a poco asomando la cabecita, como los caracoles después de la lluvia. No hemos sido arrojados a un escenario postapocalíptico, al estilo de la novela de Stephen King The Stand (en español, dependiendo de la edición: La danza de la muerte o Apocalipsis). Tampoco padecimos la escabechina de la mal llamada gripe española en 1918, que liquidó entre 50 y 100 millones de almas. O no digamos la peste negra medieval, que se llevó por delante a un tercio de la población europea. Toquemos madera.

Si muchos seguimos vivos, no ha sido precisamente gracias a la suerte o a la intercesión divina. Lo que nos ha salvado el pellejo ha sido la Ciencia, desarrollando vacunas en tiempo récord, más la abnegada labor de los profesionales sanitarios, algunos de los cuales se han quedado en el camino cumpliendo su obligación de ayudar a los demás. Asimismo, la responsabilidad de buena parte de la población, que ha soportado con paciencia las cuarentenas, el incordio de la mascarilla y demás, ha ralentizado la velocidad de transmisión de la enfermedad, salvado vidas y dado un respiro a la economía.

Sin embargo, el coronavirus dichoso parece empeñado en hacernos la puñeta, con perdón. Mientras escribo esto, la variante ómicron se expande cual avalancha, y a saber cuántas mutaciones más nos aguardarán en el próximo futuro. A este paso, cuando se acaben las letras del alfabeto griego para denominarlas, tendremos que recurrir a los kanjis… 😦

Imagen: pixabay.com

En la prensa menudean las opiniones pintorescas, como que el virus es más inteligente que nosotros. Pero no; de listo, nada. En la naturaleza, no hace falta tener cerebro para triunfar. Tampoco hay que buscar conspiraciones ocultas en la proliferación de cepas más contagiosas. Lo que estamos viendo es evolución darwiniana en tiempo real. Así que por un momento dejémonos de agobiarnos por la incertidumbre de la economía y de indignarnos por la irresponsabilidad criminal de los antivacunas, y tratemos de extraer algunas enseñanzas científicas sobre la calamidad que ha caído sobre nosotros.

Imagen: pixabay.com

La evolución por selección natural es fácil de comprender. Los seres vivos (y los no tan vivos, como los virus) se reproducen y producen gran cantidad de descendientes, la mayor parte de los cuales morirán antes de tener oportunidad de reproducirse. Asimismo, hay diversidad genética en las especies, bien sea por reproducción sexual, mutaciones… Pues bien, aquellos individuos que se adapten mejor al entorno tendrán más posibilidad de dejar descendencia y transmitir sus genes a la posteridad. Y así, a lo largo del tiempo, en un mundo que no cesa de cambiar, los seres vivos evolucionan.

Esto, amigo lector, también puede explicarse con música. De hecho, no hay nada mejor que una banda de metal (Nightwish, en este caso) para contar una historia: 🙂

El proceso suele ser lento, difícil de apreciar a escala humana. No obstante, hay organismos que funcionan a velocidad de vértigo, y nuestro coronavirus es uno de ellos. No importa si los virus están vivos o no; el caso es que pueden mutar y reproducirse. Por tanto, evolucionan.

Los coronavirus son virus con ARN. Su tasa de mutación es muy elevada, y no digamos la reproductora. Un único hospedante infectado se convierte en una fábrica de millones y millones de virus. Y en algunos de estos se dan errores de copia. Por supuesto, la inmensa mayoría de esas mutaciones serán auténticos fracasos y desaparecerán de la faz del mundo sin pena ni gloria. No obstante, de vez en cuando una de ellas hará que el virus cambie sutilmente, de forma que al sistema inmunitario le cueste reconocerlo, o se dispersará con mayor eficacia, o…

Imagen: pixabay.com

Y eso es todo lo que importa. Lo que prima en la evolución no es si eres bueno o malo, fuerte o flojo, solidario o asocial. Es que transmitas tus genes mejor y más rápido. Quienes lo consigan acabarán desplazando a la competencia.

Por otro lado, los virus son parásitos. Y algo que los profesores de Fitopatología (la disciplina que estudia las enfermedades de las plantas) explicamos a nuestros estudiantes es que, por lo general, los buenos parásitos son malos patógenos.

Aclaremos conceptos, pues no son sinónimos. Los parásitos viven a costa de otros. Los patógenos provocan enfermedad a otros. Si un parásito es muy agresivo, puede que acabe con su anfitrión demasiado pronto, y eso dificulte su propagación. En cambio, si el parásito no mata rápidamente al anfitrión, o no lo incapacita demasiado, podrá seguir usándolo como un agente propagador durante más tiempo. Eso supone una ventaja adaptativa.

Algo así puede estar pasando con los coronavirus. El responsable de la pandemia de covid-19 no es el primero que nos ataca. La epidemia del síndrome respiratorio agudo grave de 2002-2004 fue causada por un coronavirus más agresivo. Mató al 13 % de los infectados, pero se pudo contener, y tan sólo afectó a unas 8000 personas. Gracias a que los síntomas eran rápidos y graves, los enfermos podían ser aislados antes de que contagiasen a más gente. En cambio, el COVID-19 se lo toma con más calma. Los síntomas tardan más en aparecer. Eso, unido a los errores cometidos por las autoridades sanitarias al principio, generaron la pandemia que hoy nos aflige.

Indudablemente, si se confirma que la variante ómicron provoca síntomas más leves y se multiplica con más rapidez, puede acabar por desplazar a otras cepas más peligrosas, lo que tal vez sea bueno. A base de vacunas y medidas sanitarias inteligentes, podemos acabar adaptándonos al virus, conviviendo con él, igual que hacemos con la gripe.

Claro, siempre existirá la posibilidad de que aparezca una cepa extremadamente agresiva y rápida, y que todos acabemos como en la novela de Stephen King. Eso también será malo para el virus, que ya no podrá propagarse al haber acabado con sus anfitriones, pero la naturaleza es así. No vela por el bienestar o el éxito de las especies que la integran. La vida seguiría, aunque sin nosotros. Ya han ocurrido otras catástrofes peores en la biosfera. El cosmos es indiferente a los seres que lo habitan.

En fin, confiemos en que en esta ocasión las cepas víricas menos agresivas desplacen a las otras y nos otorguen un respiro, que buena falta nos hace. En cualquier caso, la pandemia habrá servido para bajarnos del pedestal. Hemos de comprender que por mucho que nos creamos el ombligo del universo, seguimos sujetos a sus leyes inexorables, sometidos a fuerzas mucho más poderosas de lo que podemos manejar. Ojalá sean clementes y nos veamos de nuevo de aquí a un año, amigo lector.

Que tengas un feliz 2022. 😉

La insoportable levedad de las razas perfectas

Tanto en la vida real como en la ficción hallamos un tema recurrente: el deseo de crear razas «superiores», bellas, eficientes y carentes de defectos (reales o imaginarios). Dichas razas serían más fuertes, adaptables, competitivas, y muchos querrían que reemplazaran a las «obsoletas», con todas sus lacras (reales o imaginarias). Sin ir más lejos, acuden a la memoria títulos de novelas como El sueño de hierro, de Norman Spinrad, que simula ser la novela que Hitler podría haber escrito en un universo alternativo en el que fuera autor de ciencia ficción en vez de dictador. O la famosa película GATTACA, que enlaza claramente con el concepto de eugenesia.

Eugenesia… Según el diccionario de la RAE, es el: «estudio y aplicación de las leyes biológicas de la herencia orientados al perfeccionamiento de la especie humana».

«Perfeccionamiento»… Ahí está el quid de la cuestión. No consideraremos aquí las tropelías cometidas en nombre de la eugenesia, ni cómo ha sido tratada en la literatura o el cine, pues daría para un sinfín de entradas del blog. En cambio, dediquémonos a especular, que es más divertido y, esperamos, ilustrativo. 🙂

Supongamos que los avances en Genética hacen posible que podamos manipular el genoma del ser humano, eliminar todas las «imperfecciones», incrementar nuestra eficiencia, esperanza de vida y todo eso, y logramos crear al humano «ideal». Pongamos que es rubio, alto, ojos azules, fuerte como un roble, listo… Y que toda la Humanidad acaba siendo así, una vez quitados de en medio los menos favorecidos. Qué porvenir tan esplendoroso se abre ante nuestros descendientes, ¿verdad?

Pues a lo mejor no. Quizá los hayamos condenado a la extinción.

Si algo caracteriza a las especies de seres vivos es la diversidad genética. Por supuesto, en esa diversidad hay de todo; bueno, regular y malo, en términos de posibilidades de supervivencia. Lo que estaríamos haciendo, en nombre de la eugenesia, es sustituir esa diversidad por una superraza, que en teoría podría resistir cualquier ataque, pero…

¿Han oído hablar de la ley de Murphy? O como bien sabemos los biólogos: cualquier cosa que pueda ser comida, tarde o temprano va a ser comida. 🙂

Fuente: pixabay.com

El mundo está lleno de bichos, hongos, bacterias y virus que no paran de mutar y evolucionar. Por muy fuerte y resistente que una raza sea, es ley de vida que tarde o temprano aparecerá algo capaz de atacarla. Y dado que en las razas «perfectas» se tiende a que todos los individuos sean más o menos iguales, si un patógeno puede liquidar a uno, será capaz de liquidarlos a todos. Los patógenos pueden hacer eso con una rapidez pasmosa, créanme. Y ríanse ustedes de la pandemia del coronavirus o la peste negra.

Por mucho que nuestro orgullo nos impulse a creernos lo mejor de lo mejor, el culmen de la creación, a virus, hongos y demás les va de maravilla sin necesidad de cerebro. Una tasa reproductiva astronómica, la capacidad de multiplicarse tanto sexual como asexualmente… Tarde o temprano, alguno eludirá las defensas de su víctima y adiós, muy buenas. 😦

¿Exageraciones? Para nada. Esto ha ocurrido y seguirá ocurriendo, como bien sabemos los que estudiamos las enfermedades de las plantas. Hagamos un poco de historia. ¿Han oído hablar de la revolución verde? Cita textual de la Wikipedia:

Revolución verde es la denominación usada internacionalmente para describir el importante incremento de la productividad agrícola y por tanto de alimentos entre 1960 y 1980 en Estados Unidos y extendida después por numerosos países. Consistió en la adopción de una serie de prácticas y tecnologías, entre las que se incluyen la siembra de variedades de cereal (trigo, maíz y arroz, principalmente) más resistentes a los climas extremos y a las plagas, nuevos métodos de cultivo (incluyendo la mecanización), así como el uso de fertilizantes, plaguicidas y riego por irrigación, que posibilitaron alcanzar altos rendimientos productivos.

Fuente: pixabay.com

Sin entrar en detalles de los diversos problemas causados por estos supercereales, centrémonos en lo que ocurrió. Se abandonó el cultivo de muchas variedades tradicionales, adaptadas a regiones concretas, dado su menor rendimiento, y fueron sustituidas por unas pocas variedades de cereales resistentes que daban unas cosechas magníficas. El futuro se prometía esplendoroso. Se podría acabar con el hambre en el mundo, nada menos.

El problema era la resistencia a plagas y enfermedades de esos cultivos. Tarde o temprano, algún parásito mutaría y sería capaz de atacarlos. Y dada su uniformidad genética, si una planta era sensible al parásito, las demás también caerían como un castillo de naipes. Y lo que tenía que pasar, pasó.

Pongamos un ejemplo clásico: el tizón foliar del maíz, año 1970.

Cochliobolus heterostrophus

Daños en una hoja de maíz causados por el hongo Cochliobolus heterostrophus. Fuente: Wikipedia.

Resumiendo, y sin emplear jerga técnica: durante la década de 1960 se obtuvieron nuevas variedades de maíz muy interesantes para los agricultores. Serían el equivalente vegetal al fulano rubio y de ojos azules, o al yerno perfecto para una suegra: una maravilla. 🙂 Crecían bien, eran fáciles de cultivar, resistentes y daban unos rendimientos portentosos. Extensiones enormes en los Estados Unidos fueron plantadas con ese maravilloso maíz, con todas sus plantas genéticamente idénticas. ¿Qué podía salir mal?

Cuando se ponen todos los huevos en la misma cesta, pues…

Un hongo que hasta la fecha no era demasiado problemático mutó. Su nombre: Cochliobolus heterostrophus. Puede que la mutación ocurriera en Filipinas. ¿O pudo darse en los mismos Estados Unidos? A saber. El caso era que este mutante, conocido como raza T, producía una toxina inofensiva para el maíz normal, de toda la vida… pero, oh, ironía, resultaba desastrosa para la «superraza» de maíz que los agricultores habían plantado a lo largo y ancho de Norteamérica. En condiciones favorables para el hongo, prácticamente podía dejar sin hojas a las pobres plantas.

Un inciso, amigo lector, que puedes saltarte si no te interesan los detalles técnicos: esa superraza de maíz era tan deseable para los agricultores porque poseía genes que provocaban esterilidad masculina. Aunque suene raro, en aquella época esto permitía abaratar los gastos de cosecha. Dichos genes no estaban en el núcleo de la célula, sino en las mitocondrias. Y la toxina T atacaba a ese nivel. A un maíz normal no le afectaba para nada, pero a los nuevos autoestériles, tan rentables ellos, los dejaba hechos unos zorros, pobrecitos.

Y en 1970 se dio la tormenta perfecta. Extensiones enormes de maíz genéticamente idéntico, un hongo capaz de tumbar sus defensas y las condiciones ambientales idóneas para la propagación de la enfermedad… El resultado:

Recapitulemos. El hongo llegó a los Estados Unidos, y ¿qué se encontró allí? Maíz al que podía atacar, maíz y más maíz, todo igualito, a su disposición, en medio del clima ideal. Me imagino al hongo relamiéndose, poniéndose un babero, agarrando tenedor y cuchillo y gritando: «¡Bufet libre!». 🙂 Los mapas anteriores reflejan lo que sucedió. Más de mil millones de dólares de 1970 de pérdidas. El 15 % de la producción, perdida, aunque en algunos lugares el desastre alcanzó el 100 %. Una catástrofe que se estudia en los libros de Fitopatología. Ah, y las otras razas de maíz se salvaron.

En verdad, la Agricultura moderna tiene un problema. La uniformidad genética es deseable para que las cosechas sean homogéneas y más rentables, pero a la vez es su talón de Aquiles…

A lo que íbamos. La moraleja del cuento es simple. Cuidado con querer diseñar una raza «perfecta» e imponerla sobre las demás. En un mundo cambiante, la uniformidad genética aboca a la calamidad. Sólo la biodiversidad puede salvarnos el pellejo. Y no decimos esto por quedar como políticamente correctos, a estas alturas. Es que la vida funciona así… 😉

Los hongos y Star Trek

En este blog ya hemos comentado el tratamiento que han recibido los hongos en muchas obras de fantasía y ciencia ficción. Por lo general, los autores anglosajones no suelen tratarlos muy bien. Tienden a asociarlos con el declive, la putrefacción, lo siniestro, el veneno… Valgan los ejemplos de clásicos como Lovecraft o H. G. Wells, sin ir más lejos.

Sin embargo, los hongos son mucho más. No todos ejercen de descomponedores o parásitos. También los hay mutualistas, asociados a otros organismos para beneficio de todos los integrantes de la simbiosis; por ejemplo, los líquenes o las micorrizas. De hecho, la gran mayoría de las plantas no podría sobrevivir en la naturaleza sin hongos asociados a sus raíces.

Los conocidos níscalos (Lactarius deliciosus) son hongos cuyo micelio está asociado a las raíces de los pinos.

Como ya dijimos en otras entradas, los hongos son criaturas filamentosas. Su cuerpo, el micelio, es una telaraña viva y compleja. Las setas son, simplemente, las fructificaciones de algunos hongos. No obstante, la mayoría de los hongos producen sus esporas en estructuras diminutas o microscópicas.

Micelio fúngico.

La parte invisible del hongo, el micelio, puede llegar a alcanzar tamaños asombrosos. En algunos bosques se han estudiado clones de Armillaria que ocupan más de 900 hectáreas. A partir de estos hechos, demos rienda suelta a la imaginación: unos hongos que se extienden por el suelo del bosque, como una telaraña que conecta entre sí las raíces de los árboles, intercambiando sustancias y quién sabe qué más entre ellos, como si fuera un único organismo gigantesco…

Modestamente, ya jugamos con esta idea en una de nuestras novelas cortas, El hongo que sabía demasiado, que puede encontrarse en la antología Vidas extrañas. Un hongo capaz de conectar todo un mundo…

Bien, creíamos que en aquel relato de ciencia ficción pensábamos en grande. Pero, por supuesto, siempre hay alguien que nos supera, y por mucho. Se trata, cómo no, de Star Trek.

Star Trek, y todas las series que a partir de ella se derivaron, han sido pioneras en muchos aspectos de la ciencia ficción. Aquí nos centraremos en las dos primeras temporadas de Star Trek: Discovery. Tranquilo, amigo lector. No te agobiaremos con spoilers, sino que nos limitaremos a exponer el escenario en el que se desarrolla la aventura.

Imaginémonos una nave con un diseño revolucionario, la USS Discovery, que dispone de un motor que funciona… con esporas de hongos. En serio. Suena raro, así que vayamos por partes, y procuremos explicarlo en términos sencillos. 🙂

En Star Trek: Discovery nos dicen que existe una red fúngica, un micelio, que conecta todo el universo a un nivel fundamental, igual que nuestros hongos pueden conectar todos los árboles de un bosque. De hecho, igual que en la Tierra podríamos imaginar a los micelios fúngicos actuando a modo de sistema circulatorio y nervioso de los ecosistemas, en Star Trek: Discovery el concepto se amplía a todo el universo. Y no sólo al espacio propiamente dicho, sino al subespacio, hiperespacio o como queramos llamarlo. El micelio es el armazón en torno al que se desarrolla el cosmos. Así, una nave con un motor de esporas puede deslizarse a través de ese entramado fúngico y aparecer instantáneamente en cualquier otro lugar del cosmos.

En resumen, podría considerarse al universo como un organismo vivo, sostenido por el micelio fúngico. Le da un aire a la hipótesis Gaia, pero a lo grande.

No entraremos aquí en los detalles del funcionamiento del motor esporal; para eso, recomendamos visionar la serie. Hay momentos divertidos, como en cierto episodio, cuando los personajes son drogados con alcaloides fúngicos del tipo psilocibina (sí, la que se obtiene de setas alucinógenas). O los problemas de salud del susodicho micelio, las tribulaciones de los sufridos protagonistas…

De acuerdo, la hipótesis del micelio que une a todo el cosmos no se sostiene desde el punto de vista científico, pero hemos de reconocer que la idea es grandiosa. Como micólogo, me satisface que la Biología reemplace a la Física como explicación de los entresijos del cosmos. La idea de que todo el cosmos está unido por una red viva resulta sumamente atractiva. Ocurriría igual que en nuestro planeta: la biosfera es una compleja red de interrelaciones entre organismos y el medio físico, a la que debemos conocer y proteger si queremos sobrevivir.

Gracias, guionistas de Star Trek: Discovery, por hacer volar nuestra imaginación… entre hongos. 🙂

Eso sí, los guionistas lo tuvieron bastante complicado para justificar que la ultramoderna tecnología de la USS Discovery se perdiera. En el universo de Star Trek, las dos primeras temporadas de las que hablamos transcurren tan sólo diez años antes del inicio de la serie original: la del capitán Kirk, el señor Spock, Uhura y demás. Y en la serie original brillan por su ausencia el motor de esporas, hologramas… Además, cambiaron los uniformes, las mujeres pasaron a lucir las minifaldas más cortas de toda la ciencia ficción… Pero esa es otra historia, de la que trataremos en otra ocasión. 🙂

¿Se nota mucho que me encanta Star Trek?

Abducidos en el Boletín Oficial del Estado

Entre trabajos diversos y olas de calor, últimamente teníamos el blog algo parado. Pongámosle remedio y para no cansarte, amigo lector, vamos con una noticia breve, aunque curiosa.

Cuando la leí en un diario digital no me lo podía creer. Parecía una broma, así que busqué en el sitio oficial del BOE. Y sí, allí estaba… Este es el enlace al BOE. Asimismo, adjuntamos esta captura de pantalla:

En fin, uno creía ya haberlo visto todo, pero el mundo nunca deja de sorprenderte… 🙂

Por cierto, no es la única asociación pintoresca que se menciona ese día por parte de la Subdirección General de Asociaciones, Archivos y Documentación del Ministerio del Interior, como puede verse aquí (concretamente, en el apartado correspondiente a la Subsecretaría del Interior).

En la próxima entrada cambiaremos de tercio y hablaremos (para bien) de Star Trek. 😉

Un alien de andar por casa

El xenomorfo de la película Alien (y todas sus secuelas) es un personaje icónico en el cine de ciencia ficción. Nos provoca inquietud esa fase en la que nos necesita como anfitriones, nos devora por dentro y nos revienta al salir… Pero su ciclo vital no es una invención de los cineastas. Existe en nuestro mundo, tal como vimos en esta entrada:

Los organismos que inspiraron a los creadores de Alien se denominan parasitoides. Los más representativos son insectos del orden himenópteros, parientes de las avispas. No hay que irse muy lejos para dar con alguno de ellos. Probablemente tengamos alguno acechando a poca distancia. Por suerte, en esta ocasión no somos sus víctimas. 🙂

Veamos uno de los más frecuentes. Amigo lector, permíteme presentarte a Evania appendigaster. Tomé esta foto ayer, en casa, con la cámara del móvil, aprovechando un momento en que el bicho se posó y estuvo quieto unos segundos:

Tranquilo, no es tan grande como parece. Se trata de una pequeña avispa del tamaño de una mosca común. Sus largas patas traseras, la forma del abdomen y sus movimientos nerviosos la hacen fácilmente identificable. Además, los adultos no son peligrosos. No viven más de tres semanas y se alimentan de néctar. En cambio, las larvas no tienen nada de veganas, como veremos. 🙂

¿Cuáles son sus víctimas? Sin duda, unos insectos que te resultarán familiares: las cucarachas. En concreto, la cucaracha roja (Periplaneta americana). No me ha resultado difícil dar con una. No sé que les pasa, pero este año salen a patadas…

En contra de lo que indica su nombre científico, la cucaracha roja procede de África, pero se ha extendido por todo el mundo, convirtiéndose en una molesta plaga urbana. No nos pican ni muerden, pues se alimentan de comida en descomposición y porquerías similares, pero son peligrosas_ pueden transmitirnos un montón de enfermedades.

Avispa esmeralda (fuente: es.wikipedia.org; atribución: Muhammad Mahdi Karim)

Por suerte para nosotros, hay unas cuantas especies de parasitoides que la depredan. En el Investigación y Ciencia nº 535 (abril de 2021) hay un artículo sobre una de las más espectaculares, la avispa esmeralda (Ampulex compressa). Es lo más parecido a un alien xenomorfo que podemos encontrarnos, bella y letal. Resulta fascinante ver cómo ataca a una cucaracha mayor que ella, toma el control de su sistema nervioso con precisión quirúrgica y la convierte en la comida viva de sus larvas.

Aunque no sea tan espectacular, la especie que ahora nos ocupa, Evania appendigaster, es otro parasitoide que podría ayudarnos a controlar las plagas de cucarachas. Claro, a primera vista puede parecer chocante que una avispa tan pequeñita, del tamaño de una mosca, con ese aspecto frágil, pueda atacar a un insecto tan grande como la cucaracha roja. Y, de hecho, no lo hace. Ella va a lo seguro: pone sus huevos en las ootecas de las cucarachas.

¿Qué es una ooteca? Pues una masa de huevos protegidos por una cubierta. E. appendigaster deposita allí un huevo y la larva se dará un gran festín a costa de los huevos de la cucaracha. Igual que cierta gente delante de una fuente de langostinos en un buffet libre, no dejará ni uno. 🙂 De acuerdo, no resulta tan épico como la lucha despiadada de la avispa esmeralda, pero una única larva habrá impedido que nazcan entre 15 y 16 cucarachas rojas. A eso se le llama eficiencia, sí, señor. Aprende, xenomorfo…

Así que si ves una de estas avispitas, amigo lector, déjala tranquila. Es una aliada. Y, además, pertenece al grupo de insectos que inspiró Alien, que tantos buenos ratos (y sobresaltos) nos ha dado.

Fuente: toywiz.com

¿Hongos en Marte?

Con la cantidad de rovers y satélites artificiales que se ocupan de explorar Marte, recibimos un sinfín de imágenes de alta calidad del planeta vecino. Eso da alas a una legión de usuarios de Internet para afirmar que han descubierto allí pruebas de vida, incluso inteligente. Basta con darse un garbeo por YouTube para comprobarlo.

En realidad, las supuestas pruebas consisten en fotos de piedras o formaciones rocosas pintorescas, cuyas siluetas recuerdan a artefactos, seres humanoides… Pero me temo que se trata de casos de pareidolia. Imaginamos formas y patrones donde no hay. Simplemente, se trata de productos del azar y la erosión eólica. Sí, en Marte hay torbellinos de polvo y tormentas que modelan la forma de las rocas.

Fuente: pixabay.com

No obstante, hace poco saltó a los medios de comunicación una noticia con más enjundia: había un artículo científico en el que se pretendía demostrar que habíamos encontrado signos claros de vida en Marte. En concreto, de hongos. Sí, de hongos, nada menos. La comparación de secuencias de fotografías marcianas, tomadas a lo largo del tiempo, así lo parecía indicar.

Qué quieren que les diga. Como biólogo, estoy deseando que por fin consigan pruebas fiables de que existe vida más allá de la Tierra. Y como micólogo, no vean ustedes la ilusión que me haría que los hongos fueran la forma de vida predominante en el planeta rojo. Sin embargo, los científicos somos conscientes del peligro de dejarnos llevar por nuestros anhelos y emociones. Conviene mantener un sano escepticismo, al tiempo que conservamos el sentido de la maravilla.

La Ciencia es una tarea comunal. Cuando un científico lanza una hipótesis, lo hace en un foro público (preferiblemente, en una revista de impacto). E igual que el pobre Conan en la película cuando lo empujan al foso, esa hipótesis tiene que estar dispuesta a recibir palos; o sea, críticas fundadas de los colegas. Si las supera, saldrá reforzada. En caso contrario… Bueno, siempre se aprende algo nuevo de las discusiones. Lo que no puede uno es romper a llorar y quejarse de lo malos que son los científicos, como suelen hacer los conspiranoicos, pseudocientíficos y similares en cuanto no les sigues la corriente.

Obviamente, hay que acudir a las fuentes, y no a las reseñas de prensa. El artículo de marras, escrito por 11 autores, está disponible en Internet, en formato pdf, AQUÍ y AQUÍ. Son 67 páginas de texto y fotos. Parece bastante sólido, pero… ¿Lo es, o se trata de una fachada?

Primero, el artículo es, o eso parece, una versión impresa previa a la publicación. De hecho, a fecha de hoy, en el sitio web de la revista Advances in Microbiology no aparece (lo actualizaremos, en su caso). Extrañado, hablé con un colega, el catedrático Juan F. Mota, con el que comparto una asignatura de máster sobre actualización en Biología y Geología. Le gusta indagar en ejemplos de mala praxis científica, así que me interesaba mucho conocer su opinión. Me indicó que esa revista no aparece en el Journal Citation Report. O sea, no tiene índice de impacto. Cualquier científico sabe lo que eso implica. Como dirían en mi tierra, es pa’ mosquearse. En este vídeo de Anton Petrov se dice que habían intentado publicarlo antes, así que sería un intento de recolocarlo.

Huy… El caso me recuerda a lo que ya discutimos acerca del artículo de Ketchum et al. (2013), cuando hablamos sobre el yeti

De todos modos, examinemos el artículo con ecuanimidad y ocupémonos de los supuestos hongos marcianos. Según los autores, se trataría de hongos que, en algunos casos, son idénticos a los conocidos pedos de lobo. Estos, antaño incluidos en la extinta clase Gasteromycetes, hoy se ubican en la familia Agaricaceae, la misma que los champiñones. También habría otros similares a los níscalos. Sí, níscalos. De los que se comen. En serio.

Pero ¿por qué suponen los autores que las cosas marcianas son similares a los pedos de lobo? ¿Cómo pueden sobrevivir en un entorno tan hostil como la superficie de Marte? Vayamos por partes.

En cuanto a la supervivencia, en el artículo se resalta la notable resistencia de los hongos a la radiación. Eso es cierto, sobre todo en el caso de los hongos con melanina en sus hifas. En efecto, los hongos radiotróficos pueden incluso ver estimulado su crecimiento con la radiación.

Pero claro, el hecho de que algo sea posible no implica que exista necesariamente. Veamos qué más pruebas nos aportan en el artículo. Para ello, pensando en quienes no estén familiarizados con los hongos, aquí van unos conceptos muy básicos. Los ilustraremos con fotos de nuestra web de hongos Myco-UAL.

Hay hongos microscópicos, como las levaduras, pero en su mayoría se trata de criaturas filamentosas, al estilo de pelusas vivas. Cada filamento se denomina hifa, y al conjunto, micelio. El micelio es el auténtico cuerpo del hongo. Segrega enzimas para descomponer la materia orgánica, y luego absorbe los productos de esa putrefacción.

Muchos hongos producen fructificaciones para dispersar las esporas. Suelen ser diminutas, pero algunas, como las conocidas setas, pueden alcanzar tamaños notables. Lo mismo ocurre con los bejines o los pedos de lobo, de aspecto globoso. Hay varios géneros muy frecuentes, como Lycoperdon, Bovista, Calvatia, etc.:

Bejín areolado (Calvatia utriformis)
Pedo de lobo (Bovista plumbea)

Aquí tenemos un corte transversal de otro pedo de lobo (en este caso, del género Lycoperdon):

Obsérvese el falso pie, formado por la subgleba, que aparece en algunos pedos de lobo. La gleba es la parte donde se forman las esporas. Estos hongos son comestibles cuando están inmaduros y la subgleba todavía es blanca, como en esta Bovista:

Sin embargo, cuando las esporas maduran, la gleba se convierte en una masa pulverulenta. Al más mínimo golpe, surgirá una nube de esporas que se dispersarán por el viento. De ahí proviene el nombre vulgar de pedo o cuesco de lobo:

En el artículo, los autores incluyen fotos de cosas que, en efecto, recuerdan a los pedos de lobo. Algunas, incluso, parecen tener un pequeño pie o, al menos, un haz de micelio:

Asimismo, enfatizan el parecido de estos supuestos hongos marcianos con las especies de nuestro planeta:

Y, como ya mencionamos antes, no sólo se limitan a hallar parecidos con los pedos de lobo y los bejines. También aseguran que, entre líneas blancas que podrían corresponder a micelios, hay cosas marcianas similares a los exquisitos níscalos:

Ya me imagino a legiones de boletaires, cada uno con su cesta, apuntándose a la primera misión tripulada a Marte… 😀 Por cierto, estos de aquí sí son níscalos (Lactarius deliciosus):

En el artículo se proporcionan muchas más fotos de estructuras con apariencia vagamente fúngica que omitiremos para no cansarte, amigo lector. También adjuntan imágenes de masas oscuras de formas diversas, que cambian de tamaño a lo largo del tiempo. Algunas de ellas parecen extenderse por los taludes o las paredes de los cráteres. Incluso hay fotos de algo que parece moho, creciendo en los vehículos.

Hongos en Marte… Los hongos no hacen la fotosíntesis, sino que se alimentan de materia orgánica. ¿De dónde la obtendrían, en un ambiente tan hostil como el marciano? Una posible solución sería admitiendo la presencia de bacterias que pudieran extraer la energía de las moléculas del suelo marciano, o fueran capaces de realizar una fotosíntesis no oxigénica, o algo por el estilo. Tendríamos así organismos productores, mientras que los hongos funcionarían como descomponedores. No hacen falta animales para mantener un ecosistema. Con eso bastaría. Resulta plausible.

De acuerdo, en Marte hay cosas que parecen hongos, masas bacterianas, líquenes, algas… Sí, pero ¿significa eso que realmente lo sean?

En Ciencia solemos aplicar el principio de parsimonia (sí, la navaja de Occam, como ya hemos comentado en otras entradas del blog). Cuando hay varias hipótesis para explicar un hecho, creemos que la más sencilla es la más probable. Si esta hipótesis simple se ajusta a las pruebas, nos quedaremos con ella. Demos un navajazo de Occam a los supuestos hongos marcianos, a ver qué pasa. 🙂

Dos cosas pueden parecerse, pero eso no implica que sean lo mismo. Y en el universo hay muchas cosas redondas, y no sólo pedos de lobo. ¿Podrían explicarse esas estructuras globosas marcianas sin recurrir a la hipótesis de que se trata de hongos similares a los terrícolas? Bien, he aquí otra imagen de esos supuestos pedos de lobo en el suelo de Marte, tomada del artículo de marras:

¿Existe algo en la Tierra que se le parezca, y que se deba a simples procesos geológicos, sin necesidad de seres vivos? Pues sí. Hay que irse al estado de Utah para dar con ello:

«Moqui marbles». Fuente: Geology In (Crédito: Marjorie Chan, Universidad de Utah)

Esas pelotillas, tan parecidas a las marcianas, reciben el nombre de moqui marbles (canicas moqui). Y no son pedos de lobo. Se trata de masas esféricas de arenisca recubiertas de hematita, un mineral compuesto de óxido de hierro:

Interior de una «moqui marble». Fuente: Geology In

En el artículo de Geology In se compara a las moqui marbles con las formaciones marcianas, bautizadas como blueberries (arándanos), que estarían compuestas enteramente de óxido de hierro. Y, de hecho, los geólogos habían pronosticado que se encontrarían cosas así en Marte. Eso indicaría que en el pasado marciano hubo agua. ¿Tal vez vida? Puede que sí, puede que no. En cualquier caso, esos blueberries de Marte no son hongos, me temo.

La principal baza de los autores del artículo para sostener que están vivos es que crecen a lo largo del tiempo. Para ello, comparan fotografías del mismo lugar de Marte, tomadas con días de diferencia. Por ejemplo:

Sí, en la foto de la derecha, más nítida, parece que han brotado nuevos pedos de lobo, pero puede haber otra explicación más sencilla. Saquemos la navaja de Occam y pinchemos. 🙂

No sé a ustedes, pero a mí me da la impresión de que las pelotillas de la foto de la izquierda aparecen, en las mismas posiciones relativas, en la foto de la derecha, tomada tres soles (días marcianos) después. No obstante, algunas parecen haber crecido y han aparecido unas cuantas más. Pero ¿eso se debe a que están vivas?

¿O ya estaban allí, tapadas por la arena, y el viento marciano se ha limitado a dejarlas al descubierto? Obsèrvenlas atentamente. Teniendo en cuenta la diferencia de nitidez entre ambas imágenes, yo me inclino por esta hipótesis. Explica lo que vemos, y es la más simple. Lo mismo se puede decir de otras secuencias de imágenes que los autores del artículo nos muestran. Las estructuras en forma de red, o de micelio, o las masas oscuras que avanzan por las laderas, podrían deberse a flujos de agua o salmuera, al efecto del viento y a diversos procesos geológicos.

¿Niega esto la posibilidad de vida en Marte? Por supuesto que no. Puede haber vida allí; ojalá, pues esto supondría todo un acontecimiento científico. Sin embargo, el artículo que nos ocupa no lo prueba. Parece expresar más bien un deseo que una realidad, que se da de bruces con el principio de parsimonia. Las imágenes se explican sin necesidad de recurrir a la acción de seres vivos. Eso, más las dudas que nos asaltan sobre su publicación, hace que, de momento, debamos rechazar sus conclusiones.

Pero no seamos pesimistas. Quién sabe si los rovers nos darán más pronto que tarde una alegría, y se confirma (con pruebas sólidas) que en nuestro vecino hubo o hay vida. Aquí seríamos de los primeros en celebrarlo. Quedamos a la espera de más noticias de Marte. 🙂