Mundos perdidos y tierras huecas (y V)

Para terminar con los mundos huecos, hay quienes han dado un paso más allá. ¿Y si en realidad vivimos dentro de una Tierra hueca, y no lo sabemos? ¿Y si hemos estado engañados todo este tiempo? Nuestro universo se parecería a una esfera de Dyson (en miniatura, claro), escenario de tantas obras de ciencia ficción… Puede parecer una ocurrencia absurda, pero merece la pena considerarla.

Martin Gardner (fuente: magonia.com)

Para ello recurriremos al excelente divulgador y fustigador de las pseudociencias que fue Martin Gardner (1914-2010). En concreto, a dos de sus libros que se ocupan de aspectos más o menos extraños o estrafalarios que bordean las fronteras de la Ciencia. Sobre la Tierra hueca, véanse los capítulos Flat and Hollow (en: Fads and Fallacies in the Name of Science, 1957) y Occam’s Razor and the Nutshell Earth (en: On the Wild Side, 1992).

Cyrus TeedCyrus Reed Teed (fuente: en.wikipedia.org)

La idea de que vivimos no en el exterior de la Tierra, sino en su interior, fue propuesta por Cyrus R. Teed (1839.1908) en 1870, con el pseudónimo de Koresh. Para él, el hecho de que creamos vivir en el exterior de un mundo redondo se debe a una ilusión óptica. La Tierra es como una cáscara de huevo y nosotros habitamos su interior. En el universo no hay nada más. Y sí, ante el escaso eco que su teoría tuvo entre la comunidad científica, también se comparaba con Galileo, como tantos pseudocientíficos que en el mundo han sido. 🙂 Al final acabó fundando su propio culto en Florida. Los detalles de su peculiar vida, obra y legado pueden  consultarse en los citados libros de Gardner y en la entrada de la Wikipedia.

Model of the universe according to the Koreshans.Modelo del universo según Cyrus Teed (fuente: en.wikipedia.org)

Otros defendieron la posibilidad de que vivamos dentro de un mundo hueco, y entre ellos merece destacarse al egipcio Mostafa A. Abdelkader. Este le dio un soporte matemático a la teoría, y lo realiza de forma impecable, mediante una inversión. El artículo original (en inglés) puede consultarse aquí. Con unas operaciones sencillas, cada punto del exterior de una esfera puede intercambiarse con uno en el interior, y viceversa. Así, el centro de la esfera correspondería al infinito. Después, Abdelkader aplica la misma inversión a todas las leyes de la Física, que habrán de modificarse para acomodarse a este nuevo escenario. La luz se movería en arcos circulares, y su velocidad tendería a cero conforme nos acercáramos al centro de la Tierra hueca. Una nave espacial que viajara hacia ese centro iría cada vez más lenta y se haría más y más pequeña. De hecho, ese centro sería una singularidad en la que el tiempo se detendría, y el tamaño y la velocidad serían cero. Las ecuaciones físicas resultarían increíblemente complejas, pero explicarían los fenómenos observables. Además, tendríamos una Física consistente.

Entonces, ¿por qué los científicos no se toman en serio la teoría de que vivimos dentro de una Tierra hueca?

La respuesta se llama principio de parsimonia. O sea, la vieja navaja de Occam. Ya ha aparecido en otras entradas del blog, y siempre a cuenta de lo mismo. Si hay varias maneras de explicar algo, quedémonos en principio con la más simple, pues será la más probable. Si los experimentos o los hechos la tumban, pues buscamos otra, pero mientras nos sirva y dé buena cuenta de los hechos, la mantendremos.

De acuerdo, los hechos observables podrían explicarse también si viviéramos dentro de una Tierra hueca. O en una plana. O con forma de butifarra. O en un universo geocéntrico, donde todo lo demás girara a nuestro alrededor. El problema es que las ecuaciones necesarias para explicar las leyes físicas en escenarios así son enrevesadas y complejísimas, comparadas con las que se requieren si suponemos que nuestro mundo es redondo y que vivimos encima de él.

Martin Gardner pensaba que quienes proponían que vivimos dentro de un planeta hueco tal vez se sentían abrumados frente a la inmensidad del cosmos y nuestra pequeñez, y subconscientemente deseaban retornar al útero materno. Interesante reflexión.

Vayamos acabando. Si suponemos que las leyes físicas son sencillas, entonces, igual que en el caso de la hipótesis de la Tierra plana, las pruebas en contra de la existencia de una Tierra hueca son abrumadoras. Y con algo tan simple como el experimento de Wallace, que comentamos en otra entrada, puede salirse de dudas.

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Mundos perdidos y tierras huecas (IV)

¿Cómo sería la fuerza de la gravedad en una Tierra hueca al estilo de la saga de Pellucidar? Tan sólo necesitaremos unos conocimientos básicos de Física y Matemáticas, la calculadora y hagamos números. 🙂

Veamos primero cómo afectaría el hecho de que la Tierra fuese hueca a la fuerza de la gravedad que experimentaríamos los habitantes de su superficie exterior. Recordemos la fórmula para calcular la fuerza con que se atraen la Tierra y un objeto cualquiera:

F= G·M·m / d2

G es una constante que pudo ser calculada gracias a Cavendish y la balanza de torsión. M es la masa de la Tierra, m la masa del objeto en cuestión y d la distancia entre ambos. En el caso de que el objeto esté en la superficie de la Tierra, d sería igual al radio del planeta. Por cierto, el radio medio de la Tierra es de 6371 km. Este y otros datos de las características físicas de nuestro mundo pueden consultarse en la Wikipedia.

En las novelas de Pellucidar, Burroughs nos dice que el grosor de la corteza terrestre es exactamente de 500 millas; o sea, unos 805 km. Calcular el volumen que ocupa esta cáscara hueca es sencillo. El volumen de una esfera es:

V= 4·π·r3 / 3

Simplemente, al volumen de la Tierra hay que restar el que ocuparía el hueco central (radio= 6371 – 805 km). Para no cansar al lector con números larguísimos, resumamos: el volumen de esa cáscara es aproximadamente un tercio del de la Tierra.

Si a una esfera maciza le quitamos dos tercios de su volumen, eso tendría que notarse en la fuerza de gravedad. Por lo pronto, los habitantes de la superficie pesaríamos mucho menos (pues el peso es la medida de la fuerza gravitatoria que actúa sobre un objeto). Sin embargo, los partidarios de la Tierra hueca podrían aducir que si la corteza de Pellucidar fuera más densa, eso compensaría.

En efecto, podemos considerar que la masa de un objeto es el producto de su densidad por su volumen. Así, si este último baja a un tercio, pues subamos la densidad al triple y entonces pesaríamos lo mismo que con una Tierra maciza, ¿no?

La densidad de la Tierra ya fue calculada con la balanza de torsión, y es de 5,515 g/cm3. Si la triplicamos, sería de 16,545g/cm3. O sea, más densa que el plomo (11,3 g/cm3) o el mercurio (13,6 g/cm3 ). Más o menos, sería tan densa como el tántalo o tantalio (16,65 g/cm3 ), un metal raro y muy duro. Pero en las novelas se nos dice que el topo mecánico de nuestros héroes sólo atraviesa una corteza de roca y hielo; nada de masas metálicas densas e impenetrables, que hubieran destrozado el taladro. Y la densidad de un medio así es baja. Por ejemplo, la densidad de la corteza continental de nuestro planeta es sólo de 2,7 g/cm3. Si además hay capas de hielo (0,9 g/cm3 ), tal como señala Burroughs, la densidad bajaría aún más.

O sea, tendríamos un volumen de sólo un tercio del terrestre, con una densidad de menos de la mitad… ¿El resultado? Una masa bastante baja, y pesaríamos muy poquito. Pero la realidad es tozuda. 🙂

Eso no desanima a los partidarios de la Tierra hueca. Así, algunos intentan suplir la masa que le faltaría a la Tierra con el sol central que ilumina a Pellucidar. No obstante, en la entrada anterior vimos que un objeto así es imposible. Para generar un sol, aunque sea modesto, haría falta una masa 80 veces superior a la de Júpiter, como mínimo. Pero incluso suponiendo que el sol de Pellucidar fuese un objeto misterioso, originado por procesos desconocidos para la Ciencia, no podría evitar verse afectado por el tirón gravitatorio de nuestra Luna. Empezaría a moverse, a oscilar, a dar tumbos y acabaría chocando una y otra vez con la superficie de Pellucidar, que quedaría hecha una pena.

Bueno, ocupémonos ahora de los moradores de Pellucidar. Supongamos que, gracias a algún milagro, su sol se mantiene ahí, en el centro, y que, contra toda lógica, el interior del planeta no se ha convertido en una abrasadora olla a presión. ¿Qué pasa con la fuerza de la gravedad dentro de una esfera hueca?

Echemos un vistazo a la siguiente imagen, que ya pusimos en la entrada anterior, pues exhibe un error garrafal:

Modelo de Tierra hueca con un sol central (fuente: pellucidarskartaris.blogspot.com.es)

En este dibujo, el centro de gravedad, representado por una línea discontinua, aparece como un plano dispuesto justo hacia la mitad de la corteza terrestre. De ello se deduciría que la atracción gravitatoria se sentiría más o menos igual en el exterior que en el interior de la Tierra. Parece obvio, ¿verdad?

Pues no. El centro de gravedad no es un plano o una capa. ES UN PUNTO. Y en el caso de una esfera hueca, está situado en el centro, precisamente. Entonces, ¿hacia dónde se sentiría el tirón gravitatorio en Pellucidar? Para averiguarlo disponemos de la ley de Gauss. Puede verse una explicación bastante amena en este vídeo:

Todo aquello que no estuviese sujeto al suelo de Pellucidar flotaría ingrávido. O peor aún: dado que hay un sol central, éste atraería a los objetos como una trampa eléctrica a los insectos, y… 🙂

Fuente: ebay

¿Podría la fuerza centrífuga rotación terrestre crear algo parecido a la gravedad? En tal caso variaría desde un máximo en el ecuador hasta nada en los polos. Además, incluso en el ecuador sería muy débil, lo que contradice a lo que pasa en las novelas. Los protagonistas se mueven tranquilamente por Pellucidar, sin sufrir cambios de peso ni tener que agarrarse al suelo para evitar salir volando y morir achicharrados en el sol central.

Qué se le va a hacer… El modelo de la Tierra hueca queda muy novelesco, pero hace aguas por todos lados.  Además, deja sin explicar diversos fenómenos, cosa que sí hace el modelo de la Tierra maciza, con un manto rocoso y un núcleo metálico:

  • ¿Cómo se explican la deriva continental y la tectónica de placas en una Tierra hueca?
  • ¿Y el comportamiento de las ondas generadas tras un terremoto, registradas por los sismógrafos?
  • ¿Y el origen del campo magnético terrestre?
  • ¿El vulcanismo?
  • Etc.

Así pues, ¿no queda algún resquicio que permita defender la existencia de una Tierra hueca? ¿O de una Tierra plana, puestos ya? Lo consideraremos en la próxima entrada, la última de esta serie.

Mundos perdidos y tierras huecas (III)

Topo mecánico utilizado para acceder a Pellucidar en las primeras novelas de la serie (fuente: http://www.pellucidar.org)

En la serie de Pellucidar, la Tierra es una cáscara hueca. Su corteza tiene 500 millas (unos 800 km) de grosor, y hay océanos y continentes en su cara interna, pletóricos de flora y fauna, como ya vimos. En las dos primeras novelas, la única forma de llegar hasta allí consiste en taladrar la corteza terrestre mediante una especie de topo mecánico. En novelas posteriores se nos dice que hay una abertura polar a través de la cual se puede acceder a Pellucidar.

Modelo de Tierra hueca con un sol central (fuente: pellucidarskartaris.blogspot.com.es)

Pellucidar no es un lugar oscuro, pues en el centro exacto de la Tierra hay un diminuto sol que ilumina a los habitantes de este mundo cóncavo. Sin embargo, el astro permanece fijo en el cielo. Hay un día perpetuo. Como el sol no se mueve, los conceptos de norte y sur, levante y poniente, no existen en Pellucidar. A falta de astros que sirvan para medir el tiempo, la percepción de su transcurso se convierte en algo subjetivo. No se le da importancia. Si prestan atención, los protagonistas podrán deducir cuánto tiempo ha transcurrido según el número de veces que hayan comido o dormido. No obstante, hay ocasiones en las que uno cree que han pasado minutos mientras que para otra gente han transcurrido semanas. Reconozcamos el ingenio de Burroughs: así, la forma de experimentar la vida es muy distinta en Pellucidar.

En esta ilustración de F. Frazetta vemos el pequeño satélite que orbita en torno al sol de Pellucidar (fuente: http://www.pinterest.co.uk)

Bueno, no en todo Pellucidar hay un día perpetuo. En torno al sol orbita una pequeña luna, cuyo periodo de traslación coincide con el de rotación de la Tierra. Eso explicaría fenómenos como el de la nutación, según afirma un protagonista. El caso es que la sombra de esa luna cae siempre sobre el mismo lugar, la Tierra de la Horrible Sombra, sumiéndolo en noche eterna.

Todo esto resulta ideal como escenario para unas novelas de aventuras, pero ¿tiene base científica un sol dentro de nuestro planeta, como algunos postulan? Nos tememos que la respuesta es negativa.

Para que surja un sol se requiere que una gran masa de gas se colapse por la fuerza de la gravedad, y que en su interior se alcancen las condiciones de presión y temperatura necesarias para que se dé la fusión del hidrógeno. Un planeta tan enorme como Júpiter, a cuyo lado la Tierra es un mundo enano, carece de la masa suficiente para convertirse en estrella, ni siquiera en una humilde enana marrón. De hecho, se ha calculado que haría falta una masa equivalente a algo más de 80 planetas como Júpiter para lograr que una estrella se encienda.

Comparación de tamaños entre la Tierra y Júpiter (fuente: el tamiz.com)

Por tanto, nuestro mundo es demasiado pequeñito para que nazca un sol en sus entrañas, a no ser que recurramos a la magia, o a que sea un artefacto construido con una tecnología inconcebiblemente avanzada, o a procesos físicos desconocidos para la Ciencia actual. Y si a ese sol le unimos el pequeño satélite que da vueltas a su alrededor… ¿Cómo podría haberse originado algo así?

En fin, supongamos que, pese a todo, hay un objeto brillante en el centro de la Tierra, contraviniendo todas las leyes físicas conocidas. Ello nos plantea otro problema: ¿podría mantenerse ahí, fijo? Nos tememos que no. Nuestra Luna lo impediría. Más que nada, porque tiene masa, y su atracción gravitatoria (la misma que es responsable de las mareas) haría que el sol de Pellucidar y su pequeño satélite empezaran a dar bandazos, cada vez mayores. Tarde o temprano chocarían contra la corteza terrestre. El interior de nuestro planeta se asemejaría al de un sonajero o unas maracas. Eso, si no reventaba antes por la fuerza de los impactos. En esta página web lo explican bastante bien.

Fuente: agrega.juntadeandalucia.es

Consideremos otro problema más: ¿y el calor?

Ese sol no sólo proporcionaría luz, sino también calor a Pellucidar. Obviamente, el interior de nuestro planeta se calentaría como una olla a presión, achicharrando a todo bicho viviente.

Pese a todo, supongamos que la temperatura no es tan alta como para acabar con la vida. En cualquier caso, en Pellucidar no hace frío, ya que abundan las junglas con vegetación tropical. El aire caliente saldría al exterior a través de la abertura polar, modificando así las corrientes de aire de la atmósfera terrestre. Esto contradice las evidencias de las que disponemos. Los polos son zonas muy frías, de altas presiones. O sea, todo lo contrario…

Y dejamos para el final otro tema interesante: el de la gravedad en una Tierra hueca, tanto para nosotros, que habitamos su superficie exterior, como para los moradores de Pellucidar (si es que no han sido antes aplastados o quemados por el sol y su satélite). Pero eso lo veremos en la próxima entrada. 🙂

Mundos perdidos y tierras huecas (II)

Un inciso: antes de adentrarnos en las complejidades de vivir en una Tierra hueca al estilo de Pellucidar, merece la pena detenerse en la fauna que lo habita. Burroughs se ciñe a unos cuantos clichés de los «mundos perdidos», pero también nos deja varias consideraciones muy interesantes.

Es típico que en los mundos perdidos los autores coloquen un batiburrillo de animales pertenecientes a muy diversos periodos geológicos, separados por cientos de millones de años. Da la impresión de que, tras echar un vistazo a una guía de animales prehistóricos, los escritores eligen los más vistosos y los encasquetan en las novelas, mezclándolos sin orden ni concierto. Pellucidar no podía ser menos (véase este listado). 🙂

Eryops BWEryops, un laberintodonto típico (fuente: en.wikipedia.org)

Así, en Pellucidar nos encontramos con criaturas tan antiguas como un laberintodonto, término que se aplica a unos anfibios y reptiloides primitivos, similares a salamandras gigantes. Los primeros representantes de este grupo polifilético aparecieron hace 365 MA (millones de años), en el Devónico, nada menos.

 Crystal Palace IchthyosaurusAsí se pensaba que era el aspecto de un ictiosaurio a finales del siglo XIX (fuente: es.wikipedia.org)

Los laberintodontos conviven con animales más modernos, mesozoicos. Así, los mares de Pellucidar están dominados por ictiosaurios (245-90 MA) y plesiosaurios (199-65 MA).

 Pteranodon amnh martyniukEsqueleto de Pteranodon (fuente: es.wikipedia.org)

En tierra firme nos encontramos dinosaurios tan icónicos como Diplodocus, del periodo Jurásico (hace unos 150 MA), y sobre ellos vuelan los ejemplares de Pteranodon, del Cretácico superior (hace unos 85 MA). Debemos insistir en que aunque estos reptiles parezcan contemporáneos, entre ellos existe la misma distancia temporal que entre el tiranosaurio y nosotros.

 Madrid MNCN-Megatherium americanum2Este esqueleto de megaterio del Museo de Ciencias Naturales de Madrid fue el primero que se montó de un animal prehistórico (fuente: es.wikipedia.org)

Frente a especies tan antiguas, en Pellucidar hay otras de mamíferos que llegaron a convivir con Homo sapiens: osos y leones de las cavernas, uros e incluso un megaterio. No obstante, tanto mamíferos como anfibios y reptiles tienen algo en común: su mal carácter. En cuanto divisan a un ser humano, se lanzan como locos sobre él a todo correr, profiriendo estremecedores rugidos. De hecho, nada más llegar a Pellucidar, un megaterio se les echa encima a los protagonistas, lo cual tiene su mérito; más que nada, porque se trata de un perezoso gigante que correr, lo que se dice correr, no era su punto fuerte. Más adelante habrá una persecución a cargo de un laberintodonto, algo un poco complicado porque estas criaturas paticortas, con pinta de salamandras gigantes, no eran especialmente ágiles en tierra firme. 🙂

 Hyaenodon Heinrich HarderHyaenodon (fuente: es.wikipedia.org)

Bueno, no todo eran animales hostiles. Algunos humanos domesticaron a los diplodocus como monturas, y el protagonista principal logró hacerse acompañar de un Hyaenodon como si de un perro se tratase. Y hablando de humanos, hay individuos anatómicamente modernos, altos, apuestos y nobles (ay, el mito del buen salvaje…), que comparten mundo con varias especies de humanoides menos inteligentes, más simiescas.

Ejemplar adulto de mahar, la especie inteligente dominante en Pellucidar (fuente: non-aliencreatures.wikia.com)

La especie inteligente dominante en Pellucidar es la de los mahars, unos reptiles alados (también se les da bien nadar) descendientes de Rhamphorhynchus, un pterosaurio volador del Jurásico. Burroughs deja caer que, en caso de que la historia se repitiera, el ser humano no tendría por qué ser necesariamente la especie dominante. Quizá Homo sapiens haya triunfado en nuestro mundo por accidente. En circunstancias distintas, la evolución podría conducir a que otra criatura predominara, tal como ocurre en Pellucidar.

Burroughs parece inclinarse más por el concepto de «contingencia»: las cosas son así, pero podrían haber sido de otro modo. Esto es algo asumido hoy por la comunidad científica, y que Stephen J. Gould argumentó con bastante éxito en su memorable libro La vida maravillosa. Por cierto, Pellucidar no es el único universo de ficción donde los reptiles se convierten en formas dominantes. Recordemos la trilogía del Edén, de Harry Harrison.

Por lo que hoy conocemos del funcionamiento de la evolución, Burroughs se mostró bastante perspicaz. No obstante, la idea de que el ser humano es la «cima» de la evolución estaba y sigue estando muy extendida. Se trata de un concepto más lamarckiano que darwiniano: lo que impulsa a la evolución es una especie de pulsión hacia la complejidad y perfección que representamos nosotros. Ya lo comentamos en otra entrada.

La evolución humana vista como una cadena de progreso lineal (fuente: commons.wikimedia.org)

La imagen anterior es un icono de la evolución humana: una fila de homínidos, desfilando uno tras otro como si fueran a bailar la conga. 🙂 A la izquierda, el más simiesco; a la derecha, un hombre moderno. Es una imagen que sugiere progreso y una evolución lineal, finalista, unidireccional. Sin embargo, el registro fósil, cada vez más abundante, nos muestra que la evolución humana es más como un frondoso arbusto, en el que nosotros, que sepamos, ocupamos la única ramita superviviente.

Para Burroughs, la evolución humana se acerca más a la metáfora del arbusto que a la de la conga.  Si nos ceñimos sólo a las dos primeras novelas de la serie (At the Earth’s Core y Pellucidar), vemos que, aparte de los seres humanos, hay al menos tres especies de homínidos. Tenemos a los hombres simios, bastante primitivos, arborícolas y dotados de colas prensiles. Por otro lado están los sagoths, de aspecto goriloide pero dotados de lenguaje, y que son empleados como sirvientes por los mahars. En cambio, hay unos hombres bestias también inteligentes, con rasgos que recuerdan a los de las ovejas, que practican la agricultura. Desde luego, parecen quedar fuera de la «conga evolutiva». 🙂 En posteriores novelas, más especies humanoides se sumarán a las precedentes, constituyendo un arbusto evolutivo realmente enmarañado.

Batalla entre humanos y sagoths, una de las razas simiescas de Pellucidar (fuente: edgarriceburroughs.blogspot.com.es)

Citamos literalmente a Burroughs:

From the foregoing facts and others that I have noted during my long life within Pellucidar, which is now passing through an age analogous to some pre-glacial age of the outer crust, I am constrained to the belief that evolution is not so much a gradual transition from one form to another as it is an accident of breeding, either by crossing or the hazards of birth. In other words, it is my belief that the first man was a freak of nature–nor would one have to draw overstrongly upon his credulity to be convinced that Gr-gr-gr and his tribe were also freaks.

[De los hechos anteriores y de otros que he notado durante mi larga vida en Pellucidar, que ahora está pasando por una era análoga a algunas eras preglaciares de la corteza exterior, tiendo a creer que la evolución no es tanto una transición gradual de una forma a otra como un accidente de crianza, ya sea por cruzamiento o por los azares del nacimiento. En otras palabras, es mi creencia que el primer hombre fue una anormalidad de la naturaleza –ni tampoco habría que recurrir excesivamente a su credulidad para convencerse de que Gr-gr-gr y su tribu también eran anormalidades.]

Otro acierto de Burroughs es que los mahars consideren a los humanos criaturas no inteligentes, y que ello se deba a la incapacidad de comprender la mente del otro. Los mahars son sordos como tapias, por lo que su comunicación se realiza proyectando sus pensamientos con un sexto sentido a la cuarta dimensión. En serio. : ) En cualquier caso, los mahars son incapaces de captar los sonidos. Por tanto, no pueden concebir la existencia de algo como un lenguaje hablado, capaz de transmitir conocimientos. O sea, piensan que toda criatura inteligente ha de funcionar como ellos.

Interesante y profunda cuestión la que Burroughs nos plantea. ¿Seríamos capaces de reconocer a otra especie inteligente si esta no se ajusta a nuestras expectativas? A lo mejor podríamos tenerla delante de las narices y no darnos cuenta…

En la siguiente entrada, ahora sí, consideraremos lo que supondría vivir en una Tierra hueca, tarea esta bastante complicada para sus habitantes. El paso del tiempo, la fuerza de la gravedad…

Mundos perdidos y tierras huecas (I)

Desde tiempos remotos hemos sentido fascinación y miedo hacia lo que pudiera poblar el interior de nuestro mundo. No en vano, muchas culturas han situado bajo nuestros pies sus respectivos infiernos: Hades, Averno, Sheol… Lugares a los que podía llegarse a través de pozos o cuevas, que eran vistos como bocas prestas a devorar a quienes osaran aventurarse por el inframundo.

Dado que este es un blog interesado tanto en Ciencia como en Literatura fantástica, vamos a ocuparnos de los «mundos perdidos» subterráneos, lugares donde el tiempo y la evolución parecen haberse detenido, y los esforzados protagonistas de los relatos se encontrarán con bestias prehistóricas, hombres primitivos, flora primordial…

'Journey to the Center of the Earth' by Édouard Riou 38Ilustración de la edición original de Viaje al centro de la Tierra, de J. Verne (fuente: es.wikipedia.org)

Probablemente, la novela más famosa al respecto es Viaje al centro de la Tierra (1864), de Julio Verne. Muy popular en su época, todavía hoy se lee con agrado. De ella se han hecho unas cuantas versiones cinematográficas, con mayor o menor fortuna. En ocasiones, el parecido con la obra original es más bien escaso, sacrificado en aras de la acción y la aventura. Quizá se desvirtúa así el propósito del autor. Viaje al centro de la Tierra es una novela donde la Ciencia es la gran protagonista. Geología, Paleontología… Julio Verne logra hacerlas interesantes, que nos apasionen, que nos fascinen. Debo confesar que la lectura de Verne fue una de las causas (la otra la constituyeron los documentales y libros de Félix Rodríguez de la Fuente) que me impulsaron, desde la más tierna infancia, a querer ser biólogo. Y aquí estamos. 🙂

En Viaje al centro de la Tierra, tres expedicionarios (el sabio, su sobrino y el estoico guía) penetran en el interior del planeta a través de la chimenea de un volcán islandés apagado, y acaban por llegar a una inmensa cueva que contiene un mar poblado de criaturas prehistóricas: ictiosaurios, plesiosaurios… En sus orillas encontramos fauna y flora de épocas pretéritas, salvadas de la extinción al haberse refugiado en tan recóndito paraje.

 SnaefellsjökullVolcán Snaefellsjökull, puerta de entrada el mundo subterráneo en Viaje al centro de la Tierra (fuente: en.wikipedia.org)

Cuando escribió la novela, Verne tenía una visión optimista de la Ciencia. En Viaje al centro de la Tierra (y no sólo en esta obra) trata de conjugar la aventura con la divulgación, y lo logra. Casi sin quererlo, el lector acaba por empaparse de las últimas novedades científicas de la segunda mitad del siglo XIX. Para los interesados en la Historia de la Ciencia, eso supone un placer añadido. Téngase en cuenta que Darwin había publicado El origen de las especies tan sólo cinco años antes. Los avances científicos se sucedían sin descanso, y parecían augurar un futuro mejor para la Humanidad. La Ciencia estaba en la calle. Interesaba al gran público.

Verne no fue el único en escribir sobre mundos perdidos, refugio de dinosaurios y demás bestias prehistóricas. Otro autor de éxito que probó suerte con el tema fue Arthur Conan Doyle. Su novela El mundo perdido (1912) rivaliza en popularidad con las de Verne. También ha tenido adaptaciones al cine y la TV las cuales, en ocasiones, son una curiosa mezcla entre Viaje al centro de la Tierra y El mundo perdido. Al director de turno no le preocupaba demasiado respetar la obra de tan venerables autores. Lo importante era que salieran en pantalla dinosaurios, hombres mono, persecuciones, sustos, batallas… 🙂

 Ape man from The Lost WorldFotograma de la adaptación cinematográfica de 1925 de El mundo perdido, de Arthur C. Doyle (fuente: es.wikipedia.org)

En cualquier caso, la acción en El mundo perdido no tiene lugar en el interior de la Tierra, sino en lo alto de un tepuy amazónico, por lo que no nos detendremos en esta interesante novela. Trataremos, en cambio, otra obra popular, quizá no tanto como las anteriores, cuya acción sí transcurre en el corazón de nuestro planeta. Nos referimos a la serie de Pellucidar, escrita por Edgar Rice Burroughs, y que consta de 7 novelas:

 At the Earths Core 1922 Dusk JacketFuente: en.wikipedia.org

  1. At the Earth’s Core (En el corazón de la Tierra, 1914)
  2. Pellucidar (Pellucidar, 1915)
  3. Tanar of Pellucidar (Tanar de Pellucidar, 1929)
  4. Tarzan at the Earth’s Core (Tarzán en el centro de la Tierra, 1929)
  5. Back to the Stone Age (Regreso a la Edad de Piedra, 1937)
  6. Land of Terror (La tierra del terror, 1944)
  7. Savage Pellucidar (Salvaje Pellucidar, 1963)

Las dos primeras podrían considerarse una única obra dividida en dos partes. El último título es una recopilación de cuatro historias más cortas, publicadas a título póstumo. No consideraremos aquí las continuaciones que John Eric Holmes escribió.

Fuente: en.wikipedia.org

Llama la atención que la cuarta novela tenga de protagonista a Tarzán. Sí, ese Tarzán. 🙂 Se trata de lo que hoy llamaríamos un crossover. Burroughs, con buen ojo, pensó que ambientar una de las historias de su personaje más célebre en el universo de Pellucidar podría hacer que más lectores se sintieran atraídos hacia esta última serie.

A lo que íbamos. Pellucidar está situado dentro de nuestro planeta, pero Burroughs diseñó el escenario a lo grande. No se conformó con que fuera una caverna inmensa, al estilo de Julio Verne. No. Aquí la Tierra es un planeta hueco, una cáscara, y Pellucidar ocupa su cara interna.

Una Tierra hueca, que incluso contiene en su centro un pequeño sol con su luna… Además del buen rato que se pasa leyendo estas novelas de aventuras, suponen una excelente excusa para aprender Ciencia, y no sólo por sus aciertos, sino por sus fallos. De eso nos ocuparemos en las siguientes entradas, amigo lector. Y téngase en cuenta otra cosa: hay quienes hoy creen, en serio, que la Tierra está hueca. Como comentamos en entradas anteriores sobre la Tierra plana, hay gente pa’ to’. 🙂

De mundodiscos y tierras planas (y III)

Veamos lo que le aconteció a Alfred R. Wallace, uno de los padres de la teoría de la evolución por selección natural, cuando se le ocurrió demostrar que la Tierra era redonda. Hagamos historia.

Samuel B. Rowbotham, un inventor inglés, realizó en 1838 un experimento que, según él, demostraba que la Tierra era plana. Publicó sus resultados en 1849 y en 1865 escribió un libro al respecto, bajo el pseudónimo de Parallax, titulado: Zetetic Astronomy. Earth not a Globe! (Astronomía zetética. ¡La Tierra no es una esfera!). El pdf puede descargarse aquí.

Veamos el experimento de Rowbotham. La imagen que lo ilustra ha sido tomada del susodicho pdf.

El lugar elegido para el experimento fue un largo y recto canal de drenaje de 6 millas (casi 10 km). Rowbotham puso un telescopio en el canal, a apenas 20 cm por encima del agua. Una barca con una bandera fue alejándose del telescopio a golpe de remo, metro a metro. Si la tierra fuera redonda (figura superior), llegaría un momento en que su curvatura impediría ver la bandera. Sin embargo, eso no sucedió. Podía seguir viendo la bandera a varios km de distancia, a pesar de que no se elevaba mucho sobre el agua. Por tanto, dedujo que la Tierra era plana (figura inferior).

Rowbotham no tuvo en cuenta un factor: la refracción atmosférica. La diferente densidad del aire conforme nos alejamos del suelo hace que los rayos luminosos se curven. De hecho, así se originan los espejismos. Este fenómeno es bien conocido por los astrónomos. Por ejemplo, en un atardecer, aunque los rayos de luz se curven, nuestro cerebro interpreta que viajan en línea recta y nos hace creer que el Sol está encima del horizonte (en la imagen, posición S’) cuando realmente está por debajo (posición S).

Fuente: es.wikipedia.org

En el experimento de Rowbotham, el telescopio y la bandera estaban muy cerca del suelo, y la refracción atmosférica, al curvar la luz, podría explicar el resultado obtenido. Por tanto, la existencia de una Tierra plana no quedaba demostrada de manera clara. En suma, el experimento estaba mal diseñado.

No obstante, el libro de Rowbotham cautivó a muchos. Uno de sus más fervientes seguidores fue John Hampden, un creacionista acérrimo empeñado en que la Biblia afirmaba que la Tierra era plana. Tan convencido estaba que en 1870 lanzó un desafío: pagaría 500 libras a quien demostrara que la Tierra era redonda.

Y aquí llegó Wallace. Sin duda, pensó que ganar aquellas 500 libras era pan comido. Pidió consejo al mentor de Darwin, Charles Lyell, al cual también le pareció que sería fácil diseñar un experimento para demostrar, sin género de dudas, la redondez de la Tierra.

La idea de Wallace era brillante. Trataremos de explicarla con una figura creada con el Microsoft Paint, esa inestimable ayuda para los dibujantes torpes. 🙂

Para evitar los efectos de la refracción atmosférica, el telescopio deberá estar a varios metros de altura sobre la superficie del agua. Al otro extremo del canal pondremos un objeto “A” (una diana, por ejemplo), asegurándonos de que esté exactamente a la misma altura sobre el agua que el telescopio. Seguidamente, apuntamos con el telescopio hacia “A”. Finalmente, a medio camino ponemos otra diana “B”, a la misma altura sobre el agua que la anterior.

¿Qué resultado cabría esperar? Consideremos las distintas hipótesis:

  • Si la tierra fuera plana, al mirar por el telescopio veríamos ambas dianas a la misma altura, superpuestas.
  • Si la tierra fuera redonda, la curvatura de la superficie haría que “B” quedara algo por encima de “A”, al enfocar esta última con el telescopio.
  • Y puestos ya, si viviéramos dentro de una Tierra hueca, su superficie sería cóncava. En tal caso, al enfocar “A”, veríamos que “B” quedaría por debajo (dejamos al lector que haga el dibujo correspondiente). 🙂

En fin, el experimento está listo, y ya sólo queda mirar por el telescopio, a ver cuál de las hipótesis se cumple. Adivinen cuál. En efecto, la Tierra era redonda. Desde entonces, el experimento ha sido repetido en el mismo lugar por topógrafos y los resultados no dejan lugar a dudas.

Wallace, más contento que unas pascuas, se dispuso a cobrar sus 500 libras. Cualquier persona razonable llegaría a la conclusión, vistos los resultados, de que la Tierra era redonda, ¿no?

El problema era que Wallace no estaba tratando con personas razonables, sino con fanáticos. Y estos nunca dejarán que la evidencia les desmonte un buen prejuicio.

Para no reconocer su derrota, Hampden adujo que había fallos en el telescopio. Wallace dispuso las modificaciones requeridas por Hampden en el telescopio, buscó a testigos imparciales, repitió el experimento… y la Tierra siguió siendo redonda. Invitó a Hampden a comprobarlo, pero este se negó a mirar por el telescopio. Sintomático.

Wallace ganó la apuesta, pero ahí empezó su particular infierno (para conocer más detalles de la historia, véase esta página [en inglés]). Durante 15 años, Hampden se empeñó en una terrorífica campaña contra el científico, acosándolo, difamándolo, insultándolo, amenazándolo… Fue a la cárcel por eso, pero Wallace tuvo que devolver el dinero de la apuesta (aunque no por haberla perdido; cosas de la legislación británica). Acabó harto (y eso que Wallace era un tipo valiente y combativo), y sacó en claro algunas enseñanzas de todo el incidente:

  • La Tierra era redonda.
  • Un fanático nunca va a dejar que la realidad le estropee un buen prejuicio.
  • Si te enzarzas en pleitos con un fanático, puede pasar cualquier cosa.

Su amigo y colega Darwin era más listo. Darwin nunca se metió en pleitos públicos. Procuró rodearse de amigos, y no tocar las narices a nadie. Bastante hizo al publicar El origen de las especies, obra clave no sólo en Biología, pues cambió completamente nuestra concepción del lugar que ocupamos en la naturaleza.

Cuando algún tema indignaba o repugnaba a Darwin (por ejemplo, los espiritistas que estafaban a la gente sacando partido del dolor que causa la pérdida de un ser querido), animaba (y financiaba) a algún colega joven y con energías para que diera la batalla, pero él se mantenía en un discreto segundo plano. Astuto viejo, Darwin… 🙂

En fin, las tierras planas quedan en el ámbito de la ficción. Sigamos disfrutando los relatos del Mundodisco de Terry Pratchett, sin olvidarnos de mantener los pies en el suelo de un mundo redondo. 🙂

De mundodiscos y tierras planas (II)

Seguimos con el tema de la Tierra Plana, tras el descanso veraniego. 🙂

Antes de considerar lo que le ocurrió al bueno de Alfred R. Wallace cuando intentó llevarle la contraria a un terraplanista, merece la pena reseñar algo que vi en televisión este verano, y que algunos amigos han comentado en Facebook.

Se trata, como decíamos en la entrada anterior, del mito de la Tierra plana. Está muy extendido y hay quien lo cree a pies juntillas. ¿Un ejemplo actual? Véase este vídeo de un popular programa infantil, en principio destinado para educar a los niños. He aquí lo que los Lunnis tienen que decir sobre Cristóbal Colón:

Digámoslo claramente: Colón no pretendía demostrar que nuestro planeta era redondo. Eso ya lo sabía cualquier persona culta desde la época de los antiguos griegos. Sencillamente, Colón creía que la Tierra era más pequeña de lo que calculó Eratóstenes y, por tanto, que sería posible llegar desde España a Japón cruzando el Atlántico. Se equivocaba, pero acabó tropezando con América y eso cambió la Historia de la Humanidad.

En fin, un programa supuestamente educativo debería cuidar más sus contenidos y no divulgar malentendidos. Ay, con Barrio Sésamo no pasaba esto… 🙂

De mundodiscos y tierras planas (I)

Una de mis series favoritas de fantasía es la del Mundodisco, del genial Terry Pratchett. Desborda imaginación y sentido del humor por los cuatro costados, con referencias constantes a muchos clichés del género e incluso a obras maestras de la Literatura. Después de La Doctrina Secreta, de H. P. Blavatsky (véanse las entradas anteriores), puedo asegurar que Pratchett es un bálsamo para el alma. 🙂

Gran A’tuin y su carga (fuente: frikilogia.com)

Mundodisco es un mundo plano, sostenido por cuatro elefantes que a su vez se disponen sobre el caparazón de Gran A’Tuin, una colosal tortuga que vaga por el espacio sideral. Es, sin duda, un escenario que da mucho juego para los relatos fantásticos, pero que desde el punto de vista científico suena a un disparate tan colosal como las dimensiones de Gran A’Tuin.

¿O quizá no lo sea? Merece la pena pararse a considerar el tema de las tierras planas, pues nos permite reflexionar sobre el funcionamiento de la Ciencia. Y, de paso, entretenernos un poco. 🙂

A primera vista puede parecer que nuestro mundo es plano, pues su curvatura no se aprecia a primera vista. Sin embargo, las pruebas de que la Tierra es redonda están ahí, si uno sabe verlas. Aparecen resumidas en el siguiente vídeo (en inglés):

Y si la lengua de Shakespeare no es lo tuyo, amable lector, aquí tienes un enlace a una página web en español donde todo esto queda bien explicado. 🙂

Hoy, mucha gente cree que en la Antigüedad todo el mundo pensaba que la Tierra era plana, y no digamos en la Edad Media, esa época de oscurantismo religioso. Si los textos sagrados afirmaban que la Tierra era plana, nadie se planteaba contradecirlos, ¿verdad? Igualmente, muchos piensan que ese estado de cosas duró hasta que Colón, por fin, se empeñó en demostrar que la Tierra era redonda, que se podía llegar a Asia navegando hacia Poniente, etc.

Pues no, amable lector. Eso es el mito de la Tierra plana. En la Antigüedad Clásica y en la Edad Media casi todas las personas cultas, religiosas o seglares, pensaban que nuestro mundo era esférico. Para llegar a esa conclusión bastaba una atenta observación, y no había carencia de mentes despiertas en esas épocas.

De hecho, Eratóstenes calculó el tamaño de la Tierra hace más de dos milenios, y lo hizo con admirable precisión. Los antiguos aceptaban que nuestro mundo es redondo, aunque sí que discrepaban sobre sus dimensiones. Después de Eratóstenes, Posidonio volvió a calcular el diámetro de la Tierra y obtuvo una cifra mucho menor. Luego, Ptolomeo prefirió los resultados de Posidonio a los de Eratóstenes, y con ellos fue Cristóbal Colón a convencer a diversos reyes europeos de la viabilidad de su viaje. Con una Tierra más pequeña, no era un disparate la idea de ir desde Europa a Japón atravesando el Atlántico. En fin, ya se sabe cómo acabó la historia: Eratóstenes tenía razón, pero Colón se tropezó con América y…

No obstante, siempre ha habido gente empecinada en afirmar que la Tierra es plana. Sigue habiéndola, igual que hay quien cree que la evolución no existe o que la leche chocolateada sale de vacas marrones. Incluso existe una Sociedad de la Tierra Plana (Flat Earth Society). Como dijo aquel torero, «hay gente pa’ to’». 🙂

 Orlando-Ferguson-flat-earth-map editMapa de la Tierra plana de Orlando Ferguson, 1893 (fuente: en.wikipedia.org)

En una Tierra plana pasarían cosas muy curiosas con las leyes físicas; por ejemplo, con la gravedad, como puede verse en esta página. No obstante, con paciencia e ingenio puede proponerse una Física cuyas leyes expliquen los acontecimientos observables en una Tierra plana. O hueca. O con forma de rosquilla. O incluso una Física que funcione en un universo donde la Tierra sea el centro de todo.

Entonces, si es posible una Física de la Tierra plana, ¿por qué los científicos no se toman en serio las teorías terraplanistas? Pues por algo muy querido por la Ciencia: el principio de parsimonia, también conocido como navaja de Occam.

Ya lo discutimos en otras entradas del blog, como las dedicadas al yeti y otros críptidos. Recordemos: en igualdad de condiciones, la hipótesis más sencilla suele ser la más probable. Si no la tumban los hechos, pruebas y experimentos, nos quedaremos con ella. Tan sólo si cae ante la evidencia, la desecharemos y probaremos con otra hipótesis más complicada.

Podríamos comparar el funcionamiento de la Ciencia con una investigación forense. Supongamos que la Policía encuentra un cadáver con una herida en la cabeza, y a su lado a un tipo malencarado, pistola en mano. Los investigadores considerarán en primer lugar la hipótesis más probable: que aquel tipo haya asesinado de un tiro a la víctima. Se analizarán las pruebas; si confirman esa hipótesis, pues ya está: caso cerrado. En cambio, si hay algo que no cuadra, deberemos considerar otra hipótesis menos simple. Por ejemplo, un suicidio por arma de fuego, y que el presunto homicida sea en realidad un vulgar ladronzuelo que pasaba por allí y aprovechó para robar la pistola. A continuación veremos si las pruebas validan esta hipótesis o hay que buscar otra aún más compleja, etc.

Volviendo a la forma de nuestro planeta, la hipótesis más probable, la que requiere unas leyes físicas más simples (y hay elegancia en esa simplicidad, dicho sea de paso), es la de la Tierra esférica. En cambio, las leyes físicas necesarias para justificar una Tierra plana son tan retorcidas, hay que hacer tanto encaje de bolillos para sostenerlas, que lo más sensato es probar primero la hipótesis de la esfericidad terrícola. Y esta hipótesis explica los hechos a la perfección. Por tanto, nos quedamos con ella. Es tan simple como eso. Navaja de Occam. 🙂

No obstante, los terraplanistas no cejan en su empeño, y podríamos contar algunas jugosas historias al respecto. Una de ellas implicó a Alfred R. Wallace, el padre, junto con Darwin, de la teoría de la evolución por selección natural. Nos ocuparemos de ella en la próxima entrada.

Blavatsky y el miedo al mono (y VII)

Uno de los temas más controvertidos de la obra de H. P. Blavatsky es el que se refiere al origen y destino de las distintas razas humanas. ¿Era racista Blavatsky? Estoy convencido de que, en el contexto de su época, Blavatsky no lo era. La Teosofía tampoco, pues habla de concordia, igualdad y altruismo entre todos los hombres. Valga esta cita textual de La Doctrina Secreta:

Si mañana desapareciese Europa […] y si las tribus africanas se separasen y esparciesen sobre la superficie de la Tierra, dentro de cien mil años formarían ellas la masa de las naciones civilizadas. Los descendientes de nuestras naciones más cultas, que pudieran haber sobrevivido en alguna isla sin medios de cruzar los nuevos mares, serían los que caerían en un estado de relativo salvajismo. Así que la razón que se da para dividir a la humanidad en razas superiores e inferiores cae por tierra y se convierte en una ilusión.

Sin embargo, y dada su popularidad en la segunda mitad del siglo XIX, paradójicamente pudo dar argumentos a los racistas. El hecho de que las distintas razas y subrazas humanas surgieran en distintos sitios y momentos podía interpretarse como que unas eran distintas de otras, o más avanzadas que otras; en suma, mejores que otras. No era lo mismo descender de la tercera raza raíz, tan propensa a los bestialismos, que ser un genuino ario de la quinta raza, pongamos por caso.

Pese a todo, había algunas razas a las que Blavatsky consideraba inferiores. Peor aún, incluso justificaba que se estuvieran extinguiendo.

Bathurst Island menAborígenes australianos (fuente: es.wikipedia.org)

Volvamos con la 3ª raza raíz, la que habitaba el continente de Lemuria. Según Blavatsky, algunas de sus subrazas se aparearon con hembras animales y dieron lugar a razas medio animales y a diversos tipos de monos. Recordemos:

Fuente: versión inglesa de La Doctrina Secreta; puede descargarse en www.theosociety.org

Pues bien, para ella, los aborígenes tasmanios y australianos eran descendientes de estas razas medio animales. Leyendo La Doctrina Secreta, me da la impresión de que no los consideraba auténticas personas. De hecho, dedicó páginas a discutir su esterilidad cuando se ponían en contacto con los europeos. Para la Filosofía Esotérica, esos aborígenes eran representantes seniles de naciones arcaicas desaparecidas. Y lo más siniestro es que Blavatsky no creía que su extinción se debiera a los abusos (por decirlo suavemente) de los colonos británicos. Simplemente, eran razas que habían terminado su carrera. Por eso, su extinción quedaba justificada; nada podía salvarlas. Blavatsky se apoyaba en su ley cíclica; podría hablarse de un «ciclo del destino».

O sea, aunque no se lo propusiera, estaba justificando una política de exterminio contra los aborígenes. Puesto que las leyes que regían el cosmos los condenaban a la extinción, en el fondo los colonos estaban ayudando al cumplimiento de dichas leyes. Y en cuanto a lo de la presunta esterilidad de los aborígenes, nos tememos que su causa era la política de exterminio que sufrían, y no otra cosa.

Se pueden extraer más citas susceptibles de ser consideradas racistas. En su descargo, diremos que casi todos, incluso las mentes más privilegiadas, creían por aquel entonces que los blancos constituían la raza más perfecta o evolucionada. Blavatsky, consciente o inconscientemente, se limitó a reflejar el pensamiento de su época. Un ejemplo:

Los semitas, especialmente los árabes, son arios posteriores, degenerados en espiritualidad y perfectos en materialidad. A estos pertenecen todos los judíos y árabes.

En fin, dejemos el tema del racismo y veamos qué pasó con el resto de la Humanidad. Según La Doctrina Secreta, el hombre puede haber existido desde hace 300 millones de años, pero en un estado etéreo. El hombre físico y carnal apareció hace unos 18 millones de años, con los lemures, pero ya hemos visto qué mal talante tenían.

Seguir lo que pasó a partir de la 4ª raza raíz es un poco confuso, más que nada por todas las subrazas y subsubrazas que aparecen. Blavatsky lo trató de aclarar con una ilustración que incluso queda bonita; recuerda al conidióforo de algunos hongos (y exhibe su obsesión por el nº 7):

Fuente: versión inglesa de La Doctrina Secreta; puede descargarse en www.theosociety.org

Intentaremos resumir. La 4ª raza raíz surgió a partir de las subrazas más espirituales de lemures. Luego acabarían emigrando a la Atlántida, por lo que se les conoce como atlantes. En fin, Lemuria dejó paso a la Atlántida, los atlantes dieron origen a un montón de subrazas y una de ellas, la aria, se convertiría en la 5ª raza raíz.

Los primeros arios emigraron en busca de otras tierras, lo que fue un buen negocio, pues ya se sabe cómo acabó la Atlántida. Por cierto, buena parte de los esfuerzos de Blavatsky se centraron en buscar pruebas de la existencia de esos continentes sumergidos. Buscó pruebas geológicas, escudriñó en las tradiciones y textos sagrados de muchas culturas…

La primera subraza aria fue la hindú (y su primer idioma, el sánscrito), y de ahí derivaron las demás. Para no hacernos pesados con tanta raza y subraza, hay un resumen (en inglés) en la Wikipedia, que satisfará al lector curioso. Y según Blavatsky, precisamente ahora, a inicios del siglo XXI, la 6º raza raíz tendría que estar surgiendo a partir de los arios. En Norteamérica, concretamente, pero dejémoslo estar. 🙂

Una constante en la antropogénesis de Blavatsky es que los hombres han ido progresivamente decreciendo en estatura. Los de la tercera y cuarta raza eran gigantes (para ella, los dioses y héroes de la 4ª y 5ª Raza eran los hombres deificados de la 3ª), y no paró de buscar evidencias de su existencia. Afirmaba que de los últimos lemures quedaban unos pocos restos, algunos colosos rotos y cosas así. Por otro lado, los moáis de la isla de Pascua representaban a los gigantes de la 4ª Raza, y las comparó con otras estatuas colosales, habló de civilizaciones desaparecidas… ¿Nos suena?

 Moai Rano rarakuMoais en la isla de Pascua (fuente: es.wikipedia.org)

Sí, muchas de las teorías pseudocientíficas sobre antiguos dioses, civilizaciones desaparecidas, continentes sumergidos y demás arrancan en buena parte de la difusión de las teorías de Blavatsky. Defendió que era imposible que civilizaciones con tecnología de la Edad de Piedra o del Bronce construyeran algo como los moáis, Stonehenge, ruinas ciclópeas, etc. Para ella, la única explicación lógica era que aquellas maravillas fueran erigidas por gigantes, integrantes de civilizaciones hoy desaparecidas. Gigantes que incluso dominaban la Magia.

Asimismo, para Blavatsky las civilizaciones de las naciones arcaicas, como los egipcios, eran herederas de otras anteriores. Así, las civilizaciones de la Antigüedad, como la egipcia, surgían ya maduras desde el principio, como si jamás hubiesen conocido la juventud. Las tribus ario-atlantes se habían establecido en Egipto, y fueron los atlantes quienes construyeron las primeras pirámides (cómo no, la Gran Pirámide es antiquísima). Además, los sacerdotes iniciados egipcios viajaron a otros sitios, dejando trazas de su sabiduría. Eso podría explicar que hubiera pirámides en otros lugares del planeta, por ejemplo.

Continentes tragados por las aguas, naciones antiguas que surgían ya desarrolladas prácticamente de la nada… Muchos amantes de las pseudociencias y la pseudohistoria defienden hoy la creencia en civilizaciones antiquísimas (o su variante moderna, los extraterrestres) que cedieron su sabiduría a nuestros antepasados. Sin embargo, en otra serie de entradas comentamos que civilizaciones como la egipcia no surgieron de la nada, que hubo toda una evolución hasta llegar a las grandes pirámides, y que nuestros ancestros eran más hábiles y espabilados de lo que muchos piensan.

En fin, dejando aparte la Teosofía, ese es el principal legado que nos dejó Blavatsky. En cambio, su intento por hundir en la miseria a Darwin y al darwinismo fracasó. Hoy, la teoría de la evolución está firmemente asentada, y es lo que da sentido a la Biología. Darwin es reconocido como uno de los sabios más influyentes de la Historia, pero pocos son los que recuerdan a la señora Blavatsky. Y de estos, son más los que se ríen de ella que quienes la respetan.

¿Qué opina un servidor de ustedes sobre Blavatsky? Dejando aparte que sus ideas sobre Ciencia no hay por donde agarrarlas, me parece un personaje fascinante, una singular e irrepetible mezcla de fraude, tesón, inteligencia e histrionismo. Se puede aprender mucho de ella, pues en gran medida compartimos buena parte de sus obsesiones. A todos nos gustaría que el cosmos estuviera hecho a nuestra medida, que fuera predecible. En cambio, la Ciencia nos ha ido desvelando que no es así, sino  que vivimos en un universo que en buena medida se rige por el azar, que somos más insignificantes de lo que podamos llegar a imaginar, y que todo va a seguir funcionando igual cuando nosotros no estemos.

Blavatsky diseñó un cosmos donde todo funcionaba cíclicamente, como un reloj, donde los seres humanos éramos especiales, algo aparte de los animales. Y ella, por supuesto, pertenecía a la élite de los más sabios, capaz de acceder a conocimientos velados a los demás. Era gratificante sentirse importante, controlando un mundo perfectamente ordenado y fiable. Probablemente, era lo que echaba de menos en su ajetreada y aventurera vida.

Si el mundo no te gusta, constrúyete uno. Usted lo hizo a lo grande, señora Blavatsky, y eso merece mis respetos. Por muy disparatado que sea.

Y se acabó, sufrido lector. En la próxima entrada trataremos temas menos áridos, algo de agradecer en este tórrido verano. 🙂

Blavatsky y el miedo al mono (VI)

Para H. P. Blavatsky, la evolución humana también se regía por los ciclos y el nº 7 (véanse las entradas anteriores). En nuestro mundo (el 4º de la cadena septenaria) van a aparecer 7 «razas raíz» (root races) por separado, una tras otra. Respaldaba semejante afirmación basándose en diversas cosmogonías, e insistía en que tarde o temprano la Ciencia tendría que aceptar todas estas enseñanzas ocultistas.

Fuente: versión inglesa; puede descargarse en www.theosociety.org

Los primeros hombres aparecieron hace 300 millones de años, nada menos (o sea, a finales del periodo Carbonífero). Al principio los hombres eran etéreos, pero en el ciclo descendente fueron haciéndose más materiales. Recordemos: los ciclos comienzan en lo etéreo y acaban en lo espiritual, en una doble línea de evolución física y moral. En un momento dado, lo espiritual y lo material se equilibrarán. Luego, en la fase ascendente del ciclo, el espíritu se irá afirmando a costa de lo físico, al tiempo que ganará experiencia y sabiduría. Algo así:

Según Blavaysky, la Primera Raza estaba compuesta por sombras astrales de sus Progenitores, hombres gigantescos, etéreos, que aún no conocían el sexo. Tampoco tenían mente, inteligencia ni voluntad. Surgió en un continente hoy desaparecido, la Tierra Sagrada Imperecedera.

La segunda raza raíz emanó de la primera y apareció en el continente de Hiperbórea, situado muy al norte (aunque su clima era bastante benigno). El cuerpo humano era todavía gigantesco y etéreo, aunque algo más condensado y menos inteligente que espiritual. Es una pena que seres tan etéreos no hayan podido dejar fósiles… 🙂

Tampoco tenían sexo, por cierto. ¿Cómo se reproducían? Pues… digamos que las ideas de Blavatsky eran un tanto peculiares. La lectura de La Doctrina Secreta deja perplejo al biólogo, en un caso palmario de comicidad no buscada. Además, para acabar de confundirnos, el proceso de reproducción tuvo también 7 etapas en cada Raza, e iba cambiando con el tiempo.

Blavatsky, basándose en las formas de vida más simples que hoy podemos ver, decía que al principio la reproducción era asexual, como la brotación inconsciente que ocurre en ciertas plantas o amebas. Más tarde los seres humanos pasarían a ser ovíparos, luego ovovivíparos, luego se desarrolló la placenta… Ah, los primeros seres humanos eran andróginos. La separación por sexos tardaría bastante en aparecer. Blavatsky veía una evolución lineal de la reproducción, que tendría los siguientes pasos: fisiparismo, brotación, esporas, hermafroditismo intermedio y unión verdaderamente sexual.

En resumen, la vida de las dos primeras razas raíz debió de ser de lo más aburrida. 🙂 De hecho, según Blavatsky, ni siquiera tuvieron historia propia, igual que tampoco el inicio de la tercera raza. Por tanto, ocupémonos de ésta, porque a partir de aquí las cosas se ponen interesantes.

Su origen estuvo en Lemuria, un continente cuyos restos actuales son Australia, Nueva Guinea, las islas Salomón… Esta raza ya poseía un cuerpo compacto de tamaño gigantesco. Se trataba de seres más astutos que espirituales, y al cabo del tiempo su estatura fue menguando y se hicieron más racionales. No obstante, no será hasta la cuarta raza raíz, la atlante, cuando desarrollen el intelecto y el lenguaje. Esta cuarta raza evolucionará en otro continente perdido, la Atlántida. Según Blavatsky, sólo se puede hablar de hombres a partir de la 1ª mitad de la raza atlante, pero no adelantemos acontecimientos. Centrémonos en la tercera raza, el origen de los simios… y el miedo al mono.

Map of Lemuria Mapa de Lemuria por William Scott-Elliot (fuente: en.wikipedia.org)

Es sabido que a Blavatsky (y no sólo a ella) le horrorizaba que pudiéramos proceder de algún mono. Por eso, insistía una y otra vez en que ocurrió al contrario. Los monos provenían de los hombres (de hecho, hablaba de la «descendencia antinatural» del hombre). Nosotros descendíamos de algo superior, pues lo superior no se originaba a partir de lo inferior.

Para reafirmar que no descendíamos de los monos, Blavatsky veía a los seres humanos como algo aparte de los animales. Intentó demostrar que la Anatomía Comparada no confirmaba el darwinismo. Afirmó que no había eslabones intermedios entre el hombre y el animal. Más aún, no nos veía como animales. Éramos otra cosa, más «noble». Para demostrarlo, buscó desesperadamente diferencias anatómicas entre ellos y nosotros y las exageró. Creía sinceramente que el salto del mono al hombre era insalvable.

 Quatrefages BNF GallicaJean Louis Armand de Quatrefages de Bréau (fuente: fr.wikipedia.org)

No es de extrañar que a Blavatsky le cayera tan bien Jean Louis Armand de Quatrefages (1810-1892). Este biólogo francés, hoy algo olvidado, dividió la naturaleza en cinco reinos separados: sideral, mineral, vegetal, animal y humano. No tenía nada en contra de la evolución, siempre que no se aplicara al ser humano al cual, como vemos, situaba en un reino aparte. O sea, música celestial para los oídos de Blavatsky. 🙂 No como el odioso Darwin y su teoría de que éramos parte de la naturaleza como cualquier otro ser vivo… Qué horror. 🙂

En serio, llama la atención cómo mucha gente se ofende cuando le dicen que Homo sapiens pertenece al Reino Animal. Pero no nos desviemos del tema.

Para sustentar sus afirmaciones, Blavatsky primero debía demostrar que nuestra especie existía desde tiempos muy remotos. Y, a continuación, que los seres de esos tiempos remotos eran más «perfectos» que los actuales. Así, dijo que el hombre primitivo conocido por la ciencia era superior en algunos aspectos al de ahora. O que el mono más antiguo conocido era menos antropoide que las especies modernas. Por tanto, el mono era un hombre degenerado, y no lo que pretendía el darwinismo. Más aún; predijo que nunca se hallarían formas de transición entre hombres y simios.

En fin, Blavatsky no iba para profeta… 🙂

También pensaba que el registro fósil demostraba que los animales de tiempos remotos eran mucho mayores que los actuales (compárese un dinosaurio con una lagartija…). Eran más complejos y “perfectos” que los de hoy. ¿Por qué no pudo pasar lo mismo con el hombre? También defiende que en tiempos remotos tuvieron que existir hombres gigantescos, para poder luchar con los enormes monstruos que entonces dominaban la Tierra. En épocas reicientes, en cambio, los animales gigantes fueron desapareciendo, y de ellos sólo quedan reliquias, como elefantes e hipopótamos.

¿Cómo se originaron los monos a partir de los hombres? Pues la culpa la tuvo la promiscuidad de los hombres irresponsables de la tercera raza, que dieron lugar al eslabón perdido que se convirtió en el antecesor del mono. Zoofilia, lujuria, bestialismo… Llámenlo ustedes como les plazca. En serio. 🙂

Bueno, en realidad los distintos tipos de simios y monos se originaron en diversos momentos por medio de distintos bestialismos de diversas subrazas humanas. Queda un poco lioso, la verdad. Las justificaciones de estos cruces contra natura, la viabilidad de los híbridos y demás afirmaciones blavatskianas harán las delicias de los biólogos:

Para disculpar estos accesos de bestialismo desenfrenado, Blavatsky comentaba que el hombre primitivo no tenía mente ni alma cuando engendró, con un monstruoso animal hembra, a los antepasados de una serie de monos. Así, los grandes simios poseían una chispa de la esencia puramente humana, pero el hombre no tenía ni una pizca de sangre de mono.

Blavatsky intentó proporcionar pruebas de que esos hombres gigantescos y bestiales existieron. Además de discutibles hallazgos científicos, se basó en textos antiguos, los bíblicos entre ellos, que aseguraban que antiguamente había gigantes. Y que les gustaban las hijas de otros más que las suyas.

Todo esto resultaría incluso divertido si no fuera por las derivaciones racistas que tiene. Para Blavatsky, existían algunas razas inferiores humanas que derivaban de estas razas medio animales. Incluso llegó a sugerir que su extinción frente a otras razas humanas más avanzadas era inevitable. Pero de eso nos ocuparemos en la próxima entrada.