Blavatsky y el miedo al mono (V)

No sé lo que pensarán los físicos, químicos y astrónomos al leer las teorías de H. P. Blavatsky, pero los biólogos nos quedamos patidifusos. Sobre todo, cuando llegamos a lo que otorga sentido a la Biología: la evolución.

Blavatsky creía que todo evolucionaba, pero era partidaria de una evolución ordenada, predecible, respetuosa con sus ciclos septenarios y plena de espiritualidad. Con razón abominaba del darwinismo, pues este era la antítesis de sus ideas.

Man is But a WormFuente: en.wikipedia.org

Blavatsky aborrecía el materialismo, más que nada porque negaba la existencia del misterioso «principio vital». En La Doctrina Secreta criticaba ferozmente las «repulsivas especulaciones de la ciencia materialista». El desdén que sentía hacia el materialismo era visceral; basta con fijarse en la forma de escribir y los epítetos que empleaba. En algunos momentos llega a ponerse melodramática, hablando de lo desesperados que están los científicos y de que «el misterio es la fatalidad de la Ciencia». Se quejaba de que los evolucionistas materialistas recibieran honores inmerecidos por teorías que podían ser efímeras. Incluso llegó a predecir la caída de la teoría de la selección natural. Tal como han ido las cosas, no iba para profeta, precisamente… 🙂

Como mucho, Blavatsky le concedía al darwinismo algo de exactitud en cuestiones secundarias. No negaba que el hombre físico fuera el simple producto de las fuerzas evolutivas de la Naturaleza, pero el interno, espiritual y psíquico no era cosa de los materialistas. Por cierto, en toda su obra destaca el empeño de casar los descubrimientos científicos con lo que aparece en los textos sagrados de diversas religiones.

Blavatsky, envidiosa quizá del prestigio de la Ciencia, removió cielo y tierra en busca de sabios que compartieran sus ideas o que pudieran ser utilizados para defenderlas. Según sus palabras, «Sabemos que los evolucionistas verdaderos y honrados están de acuerdo con nosotros». No hace falta ser un lince para adivinar a quiénes no consideraba honrados, e incluso los llegó a tachar de «asesinos intelectuales y morales de las generaciones futuras». En resumen, queda bien claro que le repugnaba la «fuerza ciega y falta de designio» de la selección natural.

Entre los científicos famosos a los que recurrió destaca A. R. Wallace, el padre, junto con Darwin, de la teoría de la evolución por selección natural. Como explicábamos en otra entrada, Wallace no podía explicar la aparición de algo tan complejo como el cerebro humano por selección natural, lo que le llevó a creer en el espiritismo. No obstante, da la impresión de que su favorito era Jean Louis de Quatrefages, hoy bastante olvidado. También le gustaba más Lamarck que Darwin. Es lógico; algunas ideas lamarckianas parecían compatibles con las ocultistas; sobre todo, la «tendencia a la perfección»:

Fuente: versión inglesa; puede descargarse en www.theosociety.org

Pero entremos en materia. Una de las virtudes de la Ciencia es que ha ido bajando al ser humano del pedestal en el que se había colocado, integrándolo en el cosmos. En cambio, buena parte de la tradición cultural occidental, y en eso Blavatsky no era una excepción, ha tendido a considerarnos algo aparte, algo especial. Sin embargo, los astrónomos, por mucho que le doliera a Blavatsky, nos demuestran que nuestro mundo está hecho de los mismos materiales que el resto del universo. Somos polvo de estrellas; nuestros átomos proceden de antiguos soles que estallaron en forma de supernova. Y Darwin nos vino a demostrar que tampoco somos algo aparte de los animales, sino otra especie más, producto de la contingencia evolutiva.

Fuente: www.darwinproject.ac.uk

Esto último era una completa abominación para Blavatsky. El hombre debía ser algo aparte, muy distinto a los groseros animales, ¿verdad? Para ella, nunca habíamos formado parte del reino animal.  Era una afrenta tan sólo planteárselo.

Veamos su visión de la evolución, y pido disculpas si resulta algo confusa. Lo primero que aparece en un planeta es el reino mineral, luego el vegetal y después la vida humana. Pongamos un ejemplo. En su cadena septenaria de mundos (véase la entrada anterior), primero se desarrolla el reino mineral en el globo A. Cuando está plenamente desarrollado, inunda y pasa al globo B. Entonces empieza el desarrollo vegetal en el A. Y luego la vida humana. Al irse completando, cada reino va pasando al globo siguiente. El mineral va con un globo de ventaja sobre el vegetal, y ésta sobre la vida humana.

O sea, y esto es muy importante, la aparición del hombre es MUY ANTIGUA, sólo precedida por los reinos mineral y vegetal. Para ello se apoyará en sabios como Quatrefages, y en el hecho de que en su época los científicos todavía no tenían métodos fiables para datar los fósiles o saber cuál era la edad de la Tierra.

Minerales, vegetales, hombres… ¿Y los animales?¿Cuándo aparecieron? ¿Y los monos, esos de los que los malvados darwinistas piensan que descendemos? 🙂

Punch, 18 May 1861, 'Monkeyana' Wellcome L0031419Fuente: commons.wikimedia.org

Pues resulta que, para Blavatsky, no descendemos por línea directa de antepasados muy antiguos, y no digamos de los monos. Es al revés. Ellos descienden de nosotros. En serio.

Asimismo, a lo largo de La Doctrina Secreta buscó desesperadamente cualquier indicio científico que ratificara la existencia de un insalvable abismo entre hombre y mono. Además, objetó que algunos seres no evolucionaban, ni se elevaban a un tipo más alto. Blavatsky pensaba que lo mismo ocurría con el hombre, que no variaba desde sus primeros restos fósiles.

Un problema al que se enfrentaron los primeros evolucionistas fue el de la fuente de variación en los seres vivos. La selección natural va escardando y permitiendo la supervivencia de los más adaptados, pero no explica cuál es el origen de las diferencias de los organismos. Hoy sabemos que se debe a mutaciones en el ADN, pero en aquella época no se tenía ni idea. Y cómo no, Blavatsky y los ocultistas tenían la respuesta que eludía a los científicos: la fuente de variación se debía a «los tipos-raíces primordiales procedentes de lo astral».

Sí, paciente lector, ya sé que en la anterior entrada dije que esta sería la última, pero parece que el espíritu de madame Blavatsky se dedica a sabotear mis buenos propósitos. Necesitaremos una entrada más para explicar cómo es posible que los monos desciendan de nosotros. Se trata de una historia muy entretenida, plena de bestialismo, bajas pasiones, gigantes menguantes, distintas humanidades, continentes perdidos… Y quizá haga falta otra entrada para hablar del origen de las distintas «razas» humanas, pues no todas proceden de… Pero no adelantemos acontecimientos. 🙂

Blavatsky y el miedo al mono (IV)

A H. P. Blavatsky le encantaba el nº 7. Más bien le obsesionaba, pues su obra gira en torno a una concepción septenaria del cosmos. También defendía los ciclos de auge y caída, en una cosmovisión repleta de fuerza vital, espíritus y almas. Asimismo, buscaba desesperadamente paralelismos entre macro y microcosmos. Por fortuna, incluyó en sus obras diagramas que nos ayudan a comprenderla (o al menos a intentarlo):

Nota: todas las ilustraciones de esta entrada se han tomado de la versión inglesa; puede descargarse en www.theosociety.org

Fijémonos en la ilustración. Además del paralelismo manifiesto entre los principios humanos y la división planetaria, que comentaremos más adelante, queda claro que Blavatsky era vitalista.  Las almas y espíritus campan a sus anchas por La Doctrina Secreta, y se enfadaba cuando los científicos no los tenían en cuenta. Reprochaba a los físicos de su época que se quedaran en la cáscara, sin llegar nunca a la almendra. Al adoptar los átomos físicos, olvidaban que los átomos tenían alma (o lo que ella entendía por alma). A lo largo de su obra despotricó contra esas teorías físicas vacías de alma y espíritu, y afirmó que los antiguos iniciados sabían más de Física que todas las academias científicas. En concreto, creía que la Ciencia Moderna no es más que Pensamiento Antiguo desfigurado. El Ocultismo no necesitaba pruebas científicas. Al final, según ella, la Ciencia acabaría por aceptar lo que decía la Filosofía Oculta.

A lo largo de La Doctrina Secreta Blavatsky arremete contra el materialismo, aunque no era partidaria de las grandes religiones monoteístas. Estas le gustaban aún menos que la Ciencia, que ya es decir. Su visión no era monoteísta sino panteísta, con un principio original del que emanaba lo demás (aunque su redacción tendía a ser confusa, por lo que resulta difícil seguirla). De hecho, afirmaba que por deficientes, materialistas y erróneas que fueran las teorías científicas, estaban mil veces más cerca de la verdad que las vaguedades de la Teología. No obstante, cuando la Ciencia le llevaba la contraria a las creencias ocultistas, buenos palos le daba… 🙂

No vamos a reproducir aquí sus extrañas ideas sobre el átomo, la luz, el calor, las reacciones y elementos químicos (llega a afirmar que el helio tiene un peso atómico inferior al del hidrógeno), los principios de la fotografía, la gravitación (llegó a insinuar que correría la misma suerte que la teoría corpuscular de la luz)… Como ya dijimos, Blavatsky iba sacando de aquí y allá las noticias científicas que se adaptaban a su cosmovisión, valiéndose en muchos casos de «autoridades» hoy bastante olvidadas o bien muy antiguas, que incluso en su época estaban ya desacreditadas.

Blavatsky estaba de acuerdo en algo con los astrónomos: el universo es muy, muy grande y nuestros dioses, muy, muy pequeños. Por lo demás, los disparates astronómicos proliferan en La Doctrina Secreta. Dejando a un lado su concepción del éter (sustancia hipotética aceptada en su época, pero liquidado por la teoría de la relatividad), sus ideas sobre el sol y los planetas eran… en fin, corramos un tupido velo.:-)  Asimismo, pensaba que la materia de soles y cometas podía ser muy distinta a la de la tierra, con elementos desconocidos para la Ciencia. Hoy, con más elementos de juicio, sabemos que en realidad estamos hechos de polvo de estrellas. No somos algo aparte.

Centrémonos en nuestro rinconcito del universo, el Sistema Solar, y en algo que llama poderosamente la atención: las peculiares cadenas planetarias.

Para Blavatsky había innumerables cadenas circulares de mundos, compuestas de 7 globos situados en distintos planos. Sólo el inferior y más material se hallaba dentro de nuestro plano y lo podíamos percibir (véase la primera ilustración de esta entrada). Cada cadena de mundos era creación (o reencarnación) de otra, inferior y muerta. En nuestro caso, de la cadena de la Luna, la cual es más vieja que la Tierra. Los globos de la cadena septenaria lunar han dado vida a los correspondientes globos de la cadena terrestre, y a continuación mueren. Ah, Blavatsky también hablaba de la influencia maligna de la Luna sobre la Tierra en la actualidad. Parece que creía en la Astrología…

Como se ve en la ilustración, cuando el anillo o cadena planetaria llegaba a su última ronda pasaba su energía a otro planeta. En el caso de la Tierra, como en otros, debía vivir durante 7 rondas. En las tres primeras se formaba y consolidaba. En la cuarta se asentaba y endurecía. En las tres últimas se revertía esa tendencia y volvía a espiritualizarse. La humanidad se desarrollaba tan sólo en la 4ª ronda. O sea, para entendernos: hay un descenso de lo espiritual a lo material, y luego un ascenso a la inversa. Durante el proceso parece que se gana en sabiduría. O experiencia. O algo así.

¿Confuso? Hay quienes califican a los escritos de Blavatsky de «empanada mental». No obstante, hemos de reconocer que su obra tiene un punto de grandiosa. Llama la atención lo ordenado y majestuoso que es su cosmos, tan finalista y predecible. Tiende a funcionar como un mecanismo de relojería, igual que las antiguas esferas celestes.

En la próxima (y esperamos que última) entrada sobre el tema reflexionaremos sobre esta manía por el orden. Eso será después de comentar la que organizó Blavatsky al aplicar sus ciclos y cadenas a la evolución y al origen de nuestra especie, con su empeño en negar que descendiéramos de los monos; faltaría más.

Blavatsky y el miedo al mono (III)

¿Por qué H. P. Blavatsky se enfadaba tanto con la Ciencia y los científicos? Básicamente, por dos motivos. Primero, la forma de obtener el conocimiento científico era diametralmente opuesta a la ocultista. Y segundo, la Ciencia llegaba a unas conclusiones que a Blavatsky no le gustaban, e incluso se le antojaban abominables (por ejemplo, no podía soportar que descendiéramos de los monos).

Consideremos primero las diferencias metodológicas. Los seres humanos hemos buscado desde tiempo inmemorial respuestas a las grandes preguntas que nos plantea la naturaleza: nuestro origen, nuestro destino, nuestro papel en el cosmos… Para ello empleamos diversas herramientas: la Religión, la Filosofía, la Ciencia o el Ocultismo, entre otras.

ThinkingMan RodinFuente: es.wikipedia.org

En La Doctrina Secreta, el modo de hallar esas respuestas es sencillo: unos seres superiores las revelaron en el pasado. Punto. Por tanto, cualquier hecho tendrá que ser interpretado de forma que se adecue a las Verdades reveladas. El problema es que éstas sólo quedan al alcance de iniciados y adeptos, pues la mente de los simples mortales no está preparada para recibirlas. Si alguien quiere conocerlas, tendrá que someterse a la guía de los que saben. Hay un tufo aristocrático en esta forma de buscar el conocimiento. Por supuesto, Blavatsky se consideraba perteneciente a esa aristocracia que atesora las Respuestas Correctas.

La Ciencia funciona de forma diametralmente opuesta. No hay Verdades reveladas. Si queremos respuestas, tenemos que sonsacar a la naturaleza, lo cual puede resultar complicado. Por ejemplo, muchas veces es difícil obtener respuestas claras, que además pueden aparecer en idiomas extraños. Y luego estamos nosotros, con nuestra tendencia a meter la pata.

Para la Ciencia no hay Grandes Iniciados. Los científicos son conscientes de que la mente humana es falible. Nos gusta que los hechos validen nuestros prejuicios. A veces engañamos a los demás, pero con mucha frecuencia nos engañamos a nosotros mismos. Por tanto, hay que buscar un modo de hacer preguntas a la naturaleza que tenga en cuenta nuestros puntos flacos, que minimice los errores. Es el método científico.

Ya lo comentamos en otra serie de entradas. Básicamente, los científicos proponen teorías, las cuales deben estar apoyadas por experimentos que sean reproducibles por otros colegas. Tienen, obviamente, que explicar los hechos conocidos o servir para hacer predicciones. Y si nuevos hechos o experimentos no encajan en la teoría, esta habrá de ser revisada, modificada o desechada.

PeerReview2Para publicar en una revista científica, hay que superar un proceso de revisión por pares (fuente: SCIENCE AND INK)

Por supuesto, los científicos son seres humanos, y como cualquier hijo de vecino tienen sus manías, sus amores, sus odios… Pero por muy influyente que sea un científico, por mucho poder político que detente, a larga, si la teoría que defiende no sirve para explicar los hechos o hacer predicciones comprobables, caerá. Por eso la Ciencia avanza. Porque es consciente de nuestros fallos. Porque es humilde. Y porque, en el fondo, es democrática. Para publicar un artículo científico hay que pasar por todo un calvario conocido como «revisión por pares».

Hay un chiste gráfico que circula mucho por Internet, y que ejemplifica estos dos puntos de vista. Sustitúyase «Creacionismo» y «Génesis» por «Ocultismo» y «Doctrina Secreta», respectivamente, y el chiste sigue siendo igual de certero:

Fuente: elcerebrodebroca.wordpress.com

A Blavatsky no le hacía gracia la Ciencia. Eso de que cualquiera pudiera proponer una teoría, sin estar sometido al control de los Iniciados… Qué horror. Sin embargo, la Ciencia tenía un prestigio que se había ganado a pulso. Funcionaba. Explicaba cosas. Realizaba predicciones. Daba respuestas, aunque (y ahí está el meollo del asunto) en muchas ocasiones las respuestas no fueran las buscadas.

Blavatsky afirmaba disponer de Verdades reveladas, y trataba de encajar en ellas los hechos, como en el chiste. Leyendo La Doctrina Secreta, se comprueba que en muchas ocasiones lo hacía a martillazo limpio, cuando no a base de contorsionismo. 🙂

Dado el prestigio de la Ciencia, Blavatsky se esforzó hasta límites increíbles por demostrar que los descubrimientos científicos en realidad ratificaban las enseñanzas ocultistas. Para ello, rebuscaba aquí y allá cualquier afirmación científica que se adecuara a las Verdades reveladas. Nadie puede discutir que Blavatsky era inteligente, poseía una envidiable cultura general y leyó bastantes obras científicas. Por desgracia, da la impresión de que no las entendía totalmente. Asimismo, tendía a citarlas fuera de contexto.

Pero ¿qué ocurría cuando las teorías científicas contradecían a Blavatsky? En tal caso tenían que estar equivocadas, y seguro que los descubrimientos futuros darían la razón a los ocultistas. En La Doctrina Secreta se repite ad nauseam que la Ciencia no puede negar que no existan las cosas que aún no ha descubierto. Por citar un ejemplo, no puede negar que hubiera hombres gigantes conviviendo con los dinosaurios, pues la ausencia de prueba no es prueba de ausencia. Nos tememos que Blavatsky se equivocaba acerca de a quién corresponde la carga de la prueba cuando se hacen afirmaciones de ese tipo. 🙂

Otro de sus argumentos favoritos para atacar a la Ciencia era poner de manifiesto una y otra vez cómo los científicos no paraban de proponer teorías contradictorias. ¡Menudo desorden, comparado con la Verdad incontestable y sin fisuras del Ocultismo! Nos tememos que Blavatsky no entendía lo que significa la palabra «teoría». Si consultamos los diccionarios, vemos que tiene varios significados. En el lenguaje coloquial, una teoría equivale a una explicación, una suposición personal, como cuando expresamos nuestra teoría sobre el motivo de que un futbolista rinda más en su equipo que en la selección nacional. Sin embargo, una teoría científica es otra cosa. Debe explicar los hechos conocidos. Debe hacer predicciones. Debe poderse verificar.

Hay algunos pasajes en La Doctrina Secreta que muestran que Blavatsky concebía a las teorías científicas como meras opiniones. Equiparaba a las  que no le gustaban con los mitos y, según ella, no deberían generar más confianza que las propias afirmaciones de Blavatsky. He aquí una cita esclarecedora (volumen IV, edición en español):

Una «teoría» es simplemente una hipótesis, una especulación, y no una ley. El decir otra cosa es una de las muchas libertades que se suelen tomar hoy en día nuestros hombres de ciencia. Presentan un absurdo, y luego lo ocultan tras el escudo de la Ciencia. Una deducción de una especulación teórica no es más que una especulación fundada en otra especulación.

Blavatsky no entendió qué era una teoría científica. O no quiso entenderlo.

¿Qué ocurría cuando una teoría científica contradecía abiertamente las doctrinas ocultistas? Pues Blavatsky escarbaba en las «terribles contradicciones» de los científicos hasta encontrar alguno que coincidiera con ella. No importaba que fuera muy antiguo, que se tratara de una publicación mediocre o de un fraude (como resultó ser el caso de J. E. W. Keely, tan alabado por ella). Asimismo, interpretaba la discrepancia, algo fundamental para el progreso científico, como ignorancia.

En el volumen II (libro I, en la edición inglesa) hay una addenda en la que contrasta la Ciencia moderna y la Doctrina Secreta. Resulta interesante para tratar de comprender el pensamiento de Blavatsky. Nos dice que hay que respetar a la Ciencia, salvo cuando ésta intenta penetrar en los arcanos del Ser. Ahí, la Ciencia saca los pies del tiesto, pues no puede descubrir el misterio del Universo. Para eso están los ocultistas. Y tiene su gracia, porque eso de  «ocultar» repugna a todo científico decente.

Qué quieren que les diga… Leyendo La Doctrina Secreta, más de una vez me vino una imagen a la cabeza. En ella se veía a madame Blavatsky sentada en su privilegiada atalaya, con ceño adusto, tratando de poner a los díscolos científicos en su sitio. 🙂

En la próxima entrada resumiremos la visión que Blavatsky tenía del cosmos, algo necesario para entender el motivo de su miedo y asco a la idea de que estuviéramos emparentados con los monos.

Blavatsky y el miedo al mono (II)

Confieso que leer La Doctrina Secreta de H. P. Blavatsky acabó siendo una tarea pesada. La extensión de la obra no facilita las cosas. Tampoco el estilo, con frecuencia confuso, que hace que el lector tenga que repasar varias veces el mismo párrafo para enterarse de algo (si es que se entera). Es fácil despistarse, más que nada porque en muchas ocasiones parece un batiburrillo, una acumulación desordenada de citas y datos sacados de contexto. A primera vista, da la impresión de ser un dechado de erudición, pero esta puede simularse si se utiliza el lenguaje adecuado. Como decía un sabio profesor mío, lo importante en esta vida no es saber, sino que parezca que sabes, y esto último resulta sencillo cuando conoces unos cuantos trucos.

Pero no adelantemos acontecimientos, y seamos positivos. Se pueden extraer muchas enseñanzas de La Doctrina Secreta, aunque me temo que no son las que la autora pretendía. Leer entre líneas nos incita a la reflexión sobre las distintas vías de búsqueda y transmisión del conocimiento, de lo que es Ciencia y lo que no. Sobre todo, nos muestra los miedos y anhelos de Blavatsky, un personaje fascinante. Y qué diantres, después de haberme tragado el libro con paciencia franciscana, al menos que el esfuerzo me sirva para sacar unas cuantas entradas del blog… 🙂

La edición en español que he utilizado es de dominio público. Consta de 6 tomos, agrupados en un archivo pdf. También pueden consultarse por separado en los enlaces externos que proporciona la Wikipedia. A veces, la traducción es mejorable y no aparecen ciertas ilustraciones originales. Por suerte, existe la posibilidad de acceder a la versión inglesa. En esa página pueden descargarse dos volúmenes, que corresponden a los cuatro primeros tomos en español. El tercer volumen en inglés, con los dos tomos restantes, puede consultarse aquí.

Sin entrar en detalles, según Blavatsky unos «Espíritus Planetarios» dejaron verdades reveladas a cada nueva raza humana. Dados los ciclos de auge y caída de las distintas razas (sí, en tiempos remotos existieron otras civilizaciones muchísimo más avanzadas que la nuestra), estas verdades caen en el olvido cada vez que el hombre se sume en la animalidad. Menos mal que siempre unos cuantos elegidos (los Adeptos) las irán transmitiendo de generación en generación. Al respecto, Blavatsky citará a lo largo de su obra las Estancias del Libro de Dzyan, un texto de origen tibetano que es mantenido fuera del alcance de ojos indebidos y que, por supuesto, ella pudo consultar.

Un inciso: muchos creen que el Libro de Dzyan es una invención de Blavatsky, pero el caso es que el nombre hizo fortuna y fue recogido en sus obras por escritores de la talla de H. P. Lovecraft.

H. P. Lovecraft, June 1934H. P. Lovecraft fue uno de los escritores influenciados por las obras de Blavatsky  (fuente: es.wikipedia.org)

Volvamos a La Doctrina Secreta. Los estudiosos de lo Oculto tendrán que aprender esas verdades reveladas poco a poco. Blavatsky afirma que sólo se limitó a dar unos apuntes, un esbozo. Los estudiosos podrán acceder a los saberes más enjundiosos cuando los propios Maestros (que están en otro plano de la existencia) den el visto bueno. Y, por supuesto, la voluntad de esos Maestros se manifestaba a través de Blavatsky. 🙂

Es interesante leer el apartado «Consideraciones sobre el sigilo» (tomo VI de la edición en español). Creo que resulta esclarecedor. ¿Por qué mantener los pormenores de la Doctrina en secreto? Da dos razones. La primera, que «la totalidad de la verdad es demasiado sagrada para que se exponga a todos». Y la segunda, que «el conocimiento de todos los pormenores […] es demasiado peligroso para que se ponga en manos profanas». Caramba. ¿La divulgación del saber es peligrosa? ¿Por qué?

El problema está en que hay estudiosos que se ponen del lado del Bien, y otros del Mal. Blavatsky compara el conocimiento con los venenos: a ciertas dosis, o combinados de determinada manera, pueden ser beneficiosos, pero en caso contrario matan. De ahí que estos saberes no puedan ser divulgados alegremente. La Humanidad no está preparada para ello. Además, los videntes e iniciados que conocen sus secretos son capaces de penetrar en otros planos de conciencia. Si comunicasen sus conocimientos el mundo no sería más sabio, porque los demás hombres no tienen experiencia en otras formas de percepción.

Esta llamada al secretismo puede reflejar la pugna entre Blavatsky y sus rivales; véase el libro El mandril de madame Blavatsky, de Peter Washington. Si tú eres la única persona con la que se comunican esos Maestros del plano astral, te conviertes en imprescindible. Puedes pasar la información a quien te apetezca o creas conveniente. Tienes el control de tu organización. Te necesitan. Tienes poder. Puedes llamar farsantes o descarriados a los que busquen esos saberes ocultos al margen de ti. Y, por supuesto, resulta gratificante para el ego. Te siguen. Te admiran. Eres alguien importante. Tu mente es superior. El resto de los mortales  no está preparado para saber lo que tú sabes.

Control de la información, secretismo, fuentes que no se pueden consultar… Tal vez por eso a Blavatsky no le gustaba la Ciencia, porque funciona de manera completamente distinta; el antagonismo es manifiesto. El rechazo, la indignación que ella sentía hacia ciertos aspectos de la Ciencia resultan evidentes a lo largo y ancho de La Doctrina Secreta. Es incapaz de disimularlo. Es algo visceral; no hay más que ver los epítetos que utiliza, el tono que emplea. No pierde ocasión de recalcar que los conocimientos del Ocultismo son muy superiores a los de la Ciencia materialista. Y cuando se toca el tema del parentesco entre hombres y simios, el enfado se torna colosal.

¿Entendía Blavatsky qué es en realidad la Ciencia? ¿Por qué ese rechazo? ¿Qué tenía contra Darwin? ¿Por qué le disgustaba tanto que nos emparentaran con los monos? Nos ocuparemos de ello en la siguientes entradas, en las que trataremos asimismo de exponer su curiosa visión del universo y los seres vivos.

Blavatsky y el miedo al mono (I)

En una entrada anterior, cuando discutíamos las teorías pseudocientíficas que atribuyen la construcción de las grandes pirámides a antiguas civilizaciones, citamos a Helena Petrovna Blavatsky (1831-1891). Fue una de las principales impulsoras de la Teosofía, una doctrina bastante popular en la segunda mitad del siglo XIX. Su génesis, así como los distintos movimientos, seguidores y gurús que de ella derivan, aparecen muy bien relatados en el libro El mandril de Madame Blavatsky, de Peter Washington.

Helena Petrovna BlavatskyHelena Petrovna Blavatsky (fuente: es.wikipedia.org)

Así, picado por la curiosidad y porque es aconsejable acudir a los textos originales en vez de hablar de oídas o por referencias, busqué en Internet La doctrina secreta, obra cumbre de Blavatsky, donde se exponen en profundidad sus ideas. Como se trata de una obra antigua y descatalogada, puede encontrarse con facilidad en pdf, Y me la leí. Fue duro acabar sus 2783 páginas, como ya comenté entonces. 🙂

emb_logoEmblema de la Sociedad Teosófica, cofundada por H. P. Blavatsky (fuente: en.wikipedia.org)

Antes de considerar la visión pseudocientífica blavatskiana del cosmos, nos detendremos en algo que me llamó poderosamente la atención conforme leía capítulo tras capítulo de La doctrina secreta: ¿Por qué Blavatsky no podía soportar que el hombre descendiera del mono? Dicho de otro modo: ¿Qué hay de malo en que Homo sapiens haya evolucionado a partir de antepasados simiescos?

La publicación en 1859 de El origen de las especies supuso un antes y un después, y no sólo para la Biología. La obra de Charles Darwin, entre otras cosas, conectaba al ser humano con el resto de criaturas de la Tierra. Muchas personas aceptaron sin problemas la teoría de la evolución por selección natural, dado el rigor de las pruebas y los argumentos presentados por Darwin. Otras la rechazaron, incluso de forma vehemente. Blavatsky perteneció a este último grupo.

origin_of_species_title_pagePortada de la 1ª edición de El origen de las especies (fuente: es.wikipedia.org)

A lo largo de La doctrina secreta queda patente que su autora sentía una mezcla de repugnancia e indignación ante el darwinismo. Se lo tomaba casi como una afrenta. Podríamos decir que Blavatsky rebusca hasta debajo de las piedras para intentar hallar algo, lo que sea, que le permita rebatir que nuestra especie procede de unos simios. Al leerla me dio la impresión de que la reacción de la autora era visceral, basada en la emoción, aunque luego tratara de justificarla con supuestas pruebas.

Antes de analizar las peculiares propuestas blavatskianas sobre la evolución, merece la pena reflexionar sobre ese «miedo al mono» que, por cierto, no es exclusivo de Blavatsky. La cofundadora de la Sociedad Teosófica expresa algo muy extendido en el pensamiento occidental. En buena medida nuestra cultura, nuestra filosofía, se basan en que el hombre es algo especial, un ser aparte de las criaturas de la naturaleza. Hay un salto cuántico entre los demás animales y nosotros. De hecho, hay quien se ofende por el hecho de que los seres humanos seamos considerados meros animales.

elmonoLa famosa etiqueta del Anís del Mono ¿se mofa de Darwin?

¿Por qué nos creemos tan especiales? El supuesto abismo entre Homo sapiens y el resto se debe, más que nada, a que todas las especies próximas a la nuestra, como los neandertales o los denisovanos, se extinguieron hace miles de años. Probablemente, también influye que en el Mediterráneo Oriental, la zona donde nace nuestra tradición cultural (filosofía griega, creencias judeocristianas) no había grandes antropoides. Gorilas y chimpancés se parecen demasiado a nosotros, y pueden hacernos reflexionar sobre si realmente somos tan distintos.

Darwin lo puso todo patas arriba. No sólo propuso una teoría científica que explicaba la riqueza de la vida sin necesidad de recurrir a un Diseñador. Además, mostró cómo éramos una rama más del frondoso Árbol de la Vida y que todos los seres estábamos emparentados. Buceando en el océano del tiempo, siempre encontraríamos un antepasado común. Necesitaríamos retroceder unos seis millones de años para dar con el ancestro que compartimos con los chimpancés.  Nos separamos de la rama que dio origen a los dinosaurios y aves hace más de 320 millones de años. Para dar con el antepasado común de champiñones y seres humanos aún tendríamos que sumergirnos unos cuantos cientos de millones de años más. Pero tarde o temprano, el ancestro estará ahí.

Editorial cartoon depicting Charles Darwin as an ape (1871)Una de las más famosas caricaturas de Darwin (fuente: es.wikipedia.org)

A lo largo de los siglos, los científicos contribuyeron a enterrar la idea de que todo el cosmos giraba en torno al ser humano. Copérnico comenzó a cavar la fosa, al proponer que la Tierra no era el centro del Universo. William Herschel preparó un bonito ataúd, al observar el espacio profundo y mostrar que el Sistema Solar era uno más dentro de un universo de vastedad inconcebible. Y Darwin clavó la tapa, al indicar que la complejidad de la vida podía haber aparecido sin recurrir a causas sobrenaturales, y que nosotros éramos una especie más.

El orgullo humano, mejor dicho, el orgullo de muchos humanos no pudo digerir una píldora tan amarga. Queríamos seguir siendo especiales, únicos.  Quién sabe si Blavatsky construyó todo el edificio de la doctrina teosófica precisamente para eso, para sentir que pertenecía a algo especial, por encima del común de los mortales. Pero el darwinismo le recordaba que, quizá, no éramos tan gran cosa.

Finalizaremos con una anécdota. En su libro, Peter Washington cuenta que Blavatsky tenía una colección de animales disecados, entre los que destacaba un mandril vestido con chaqueta y corbata, que portaba el manuscrito de una conferencia sobre El origen de las especies. Desde luego, no perdía ocasión de despreciar al darwinismo.

En fin, el tiempo acaba por poner a cada uno en su sitio. Darwin es considerado hoy como uno de los científicos más insignes de todos los tiempos. En cambio, pocos recuerdan a Blavatsky, y la imagen que ha quedado de ella es más bien de embaucadora. Sic transit gloria mundi.

Una de gnomos (y II)

¿Hay alguna obra fantástica donde nos muestren unos humanoides diminutos con visos de credibilidad científica? Por supuesto, y entre ellas destaca la trilogía del éxodo de los gnomos (The Nome Trilogy), de Terry Pratchett (1948-2015). Aunque este autor británico sea conocido mayormente por sus novelas del Mundodisco, nos dio otros libros que también merece la pena leer.

10.12.12TerryPratchettByLuigiNovi1Sir Terence David John Pratchett  (fuente: es.wikipedia.org)

Debo confesar que la trilogía del éxodo de los gnomos es una mis obras fantásticas favoritas, junto a las de Tolkien y Vance. No obstante, aunque trate sobre unos pequeños seres asociados a los cuentos de hadas, en realidad se trata de ciencia ficción, y de la buena. Llama la atención que algunos la consideren una obra menor, por el mero hecho de ir dirigida a un público joven y rebosar sentido del humor por los cuatro costados.

Ante todo, ocupémonos de los aspectos científicos. Habrá algún spoiler, qué remedio, pero poca cosa. El lector ya se dará cuenta de qué va la historia al cabo de unos pocos capítulos, y no voy a destripar el argumento. 🙂

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En la primera parte de esta entrada vimos que un mamiferoide pequeñito que mantenga las proporciones corporales humanas resulta inviable. Pratchett soluciona el problema haciendo que sus gnomos no tengan las mismas proporciones que nosotros. De acuerdo, son bípedos, con dos brazos y una cabeza, pero son mucho más anchos y rechonchos. Podríamos objetar que unos gnomos con extremidades más gráciles serían más funcionales, pero lo que importa es que Pratchett vio claro que un gnomo de un palmo de alto no puede tener un cuerpo como el nuestro. El cambio de tamaño requiere un cambio de forma, pues así lo impone la inexorable ley cuadrático-cúbica de Galileo.

Por otro lado, los gnomos son mucho, pero que mucho más rápidos que nosotros. Su metabolismo también. Nos ven como criaturas rematadamente lentas, y los humanos son incapaces de captarlos a ellos de tan veloces que son. Su metabolismo también funciona a toda pastilla: más o menos, diez veces más rápido. Por ello, sus vidas son mucho más cortas. Con diez años, un gnomo ya es viejo. Es algo corriente en la naturaleza. Los mamíferos pequeñitos llevan un ritmo más frenético y viven menos que los grandes, como Homo sapiens.

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Sin embargo, subjetivamente viven tanto como nosotros. Su percepción del tiempo es distinta, adaptada a su acelerado ritmo de vida. En cierto modo habitamos mundos distintos, que coexisten pero no conviven. Ellos creen que somos animales lerdos y estúpidos; nosotros no los vemos o no queremos verlos, y los consideramos criaturas de cuentos de hadas. Nos ignoramos.

¿Cómo pueden haber surgido los gnomos en nuestro planeta? La solución es simple: son extraterrestres. Eso nos deja el problema de cómo unas criaturas que evolucionaron en otro mundo pueden alimentarse y asimilar nuestras biomoléculas, pero no nos pongamos demasiado quisquillosos.

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Por supuesto, aunque los biólogos nos podemos fijar en los aspectos científicos de una obra fantástica, eso no quiere decir que seamos unos tipos insensibles, incapaces de apreciar una buena historia. Si me encanta la trilogía de los gnomos es por los valores que transmite y lo muy divertida que resulta su lectura. Es una obra con lo mejor del humor de Pratchett, algo que suelen menospreciar aquéllos que confunden ser serio con ser triste. Y es que, en el fondo, los gnomos se ocupan de temas muy serios. La trilogía nos induce a reflexionar sobre la Religión y las creencias. Por otro lado, es un canto a valores como la lealtad, la perseverancia, la solidaridad, la curiosidad, el amor a la ciencia; hay emoción, aventuras… ¿Qué más se puede pedir?

Sí, se trata de una trilogía que puede parecer destinada a un público juvenil, pero que tiene una segunda lectura que hace que los mas viejos del lugar disfrutemos con ella como… bueno, como enanos. 🙂

En memoria de Henry James

Hay autores de los que se habla poco, pero que marcaron la diferencia entre lo vulgar y lo excelente. Su obra es fundamental para el género fantástico y por este motivo le dedico unas líneas:

henry_james_by_sargent_1913Nació en Nueva York en 1843 en una acaudalada familia de origen irlandés. Con sus padres se acostumbró de joven a viajar por Europa, continente por el que sintió una verdadera pasión a lo largo de su vida. Estudió en distintas ciudades de Europa, como Ginebra y París, y posteriormente inició la carrera de Derecho en la Universidad de Harvard, sin embargo abandonó los estudios oficiales por su descontento con el envaramiento del mundo académico. A partir de entonces su formación sería autodidacta.

En 1869 inició otro viaje por Europa, durante el cual tomaría conciencia del abismo cultural que entonces aún separaba ambos continentes. De esta sensación interior de saberse un americano en Europa surgiría Un peregrino apasionado y otros cuentos (A passionate pilgrim and other tales, 1875) donde estetiza este sentimiento y empieza su carrera literaria.

En 1875 viaja de nuevo a París, donde conocería, inmerso en el bullicioso ambiente creativo de la capital francesa, a algunos de los mejores escritores de su tiempo: Zola, Flaubert, Daudet y el también escritor de temas fantásticos Guy de Maupassant. Con ellos pudo conversar como un igual, pues James ya se había ganado un cierto prestigio literario, tanto por sus relatos en Américo como por El americano (The american, 1877) y Los europeos (The europeans, 1878), en donde abundaría en su visión de las diferencias internacionales. Esta fama que tenía en los cenáculos parisinos no se correspondía con el éxito popular, pues su obra se separaba de los gustos imperantes en su época y complacía solo a los más refinados lectores contemporáneos. Destacó como escritor y crítico literario y fue enormemente prolífico, con veinte novelas, más de un centenar de relatos y varias obras de teatro, aunque estas no tuvieron el éxito que el autor esperaba.

Pasó el resto de su vida viajando entre los Estados Unidos e Inglaterra, donde falleció en 1916, un año después de obtener la nacionalidad británica. Durante estos años vio cada vez más acrecentada su fama entre pequeños grupos de seguidores de su obra.

Obra:

13_cuentosEl estudio de la abundante y compleja narrativa de Henry James es un tema apasionante, sin duda, pero se escapa del tema tratado en este artículo. Así pues menciono solo lo más importante, aun sabiendo que caigo en un exceso de simplificación.

Los estudiosos dividen su obra en tres etapas debido a los cambios formales y de temática que experimentaron sus ficciones a lo largo de su vida.

Estas etapas son:

  • Las diferencias culturales entre América y Europa, o el tema internacional. En esta época James emplea sus vivencias personales y su experiencia viajando para afrontar la relación entre ambos mundos, y poner de manifiesto el impacto que la cultura europea provocaba en los americanos que conocían nuestro continente.
  • Obra experimental con inquietudes socio-políticas: es en esta segunda etapa cuando emplea a fondo la técnica narrativa del punto de vista subjetivo. Con esta técnica James redefine al narrador como un elemento más de la trama, dotándolo de una subjetividad propia de un personaje, que él siempre escoge con esmero por el “ángulo” que puede aportar a la narración. Como se ve, James era muy adelantado a su época, donde triunfaban todavía las descripciones explícitas y vibrantes del naturalismo. Esta etapa experimental le costó sacrificar parte de sus argumentos, tanto en complejidad como en ritmo, que se fue haciendo más lento. Centraba su prosa en la descripción minuciosa y sutil de los personajes. James es un precursor del monólogo interior.
  • Novelas de madurez: en esta época regresa a los temas del principio de su carrera, pero empleando las capacidades adquiridas durante su época experimental para hacerlo desde un punto de vista interior y a menudo moral.

En general podemos decir de él que fue un maestro en el misterio desde todos los puntos de vista. Sus obras acostumbran a estar teñidas de ambigüedad y el estilo destaca por su gran refinamiento formal. Fue un adelantado a su tiempo tanto por la naturaleza de sus obras como por las técnicas narrativas empleadas.

Por desgracia gran parte de su producción es de temas muy diferentes a los que nos ocupan. Hay, sin embargo, una novela que por ella sola ya permite escribir el nombre de Henry James con letras de oro en el libro de lo fantástico: Otra vuelta de tuerca (The Turn of the Screw, 1898) Esta es una obra donde James demuestra todo lo que hemos dicho de él en los párrafos anteriores. Está considerada por muchos como una de las mejores novelas de terror jamás escritas y emplea a fondo su capacidad de introspección, el juego narrativo con el punto de vista del narrador, y la psicología de los personajes. Es un ejemplo magnífico de la característica ambigüedad del relato fantástico, pues admite diversas interpretaciones, desde psicológicas a sobrenaturales.

Otros relatos recomendables de este autor son Sir Edmund Orme (Sir Edmund Orme, 1892), El fantasma que pagaba alquiler  (The ghostly rental, 1876), y Los amigos de los amigos (The Friends of the Friends, 1896). Mención aparte merece una de sus últimas novelas, La fontana sagrada (The Sacred Fount, 1901), que comparte el estilo y la calidad de Otra vuelta de tuerca, con una ambientación vagamente parecida.

Algunas de sus obras:

  • El fantasma que pagaba alquiler (The ghostly rental, 1876).
  • Sir Edmund Orme (Sir Edmund Orme, 1892).
  • Los amigos de los amigos (The Friends of the Friends, 1896).
  • Otra vuelta de tuerca (The Turn of the Screw, 1898).
  • La fontana sagrada (The Sacred Fount, 1901).

Existen numerosas antologías que recopilan sus mejores escritos fantásticos, entre ellas la extensa “13 cuentos de fantasmas” (Valdemar. Madrid, 2010) que incluye la novela Vuelta de tuerca.

Una de gnomos (I)

Hadas, gnomos, duendes, elfos, pitufos… A todos nos resultan familiares estas y otras criaturas que protagonizan innumerables cuentos populares, leyendas tradicionales y, cómo no, multitud de obras de literatura fantástica. Las hay bondadosas, malévolas, traviesas, etéreas, siniestras…

 GnomoGnomo  (fuente: es.wikipedia.org)

Por lo general se trata de seres de pequeño tamaño, de un palmo de altura o incluso menos, y en muchos casos están asociados a los bosques umbríos y a las setas. Incluso en tiempos modernos hay gente que cree en ellos. Ya comentamos el notable caso de Arthur Conan Doyle y las hadas de Cottingley. Por desgracia, y pese a que a muchos nos gustaría que existieran, desde el punto de vista biológico son inviables.

Por supuesto, cuando leemos un cuento de hadas o duendes suspendemos temporalmente el sentido de la incredulidad y tratamos de disfrutar de la historia; de lo contrario seríamos unos auténticos desaboridos. 🙂 Sin embargo, las leyes de la Física (en concreto, la famosa ley cuadrático-cúbica de Galileo) impiden la existencia de criaturas de aspecto humano de dimensiones excepcionales, tanto gigantescas como diminutas. Ya tratamos el tema en otras entradas, por lo que no insistiremos demasiado aquí.

Ay, parece que la ciencia, prosaica ella, está reñida con la fantasía. Sin embargo, de algunas obras fantásticas se pueden extraer jugosas reflexiones de índole científica.

 Wieliczka-colorJardín de gnomos en las minas de sal de Wieliczka  (fuente: en.wikipedia.org)

Consideremos los gnomos o nomos. He aquí la correspondiente definición del DRAE:

1. m. Ser fantástico, reputado por los cabalistas como espíritu o genio de la tierra, y que después se ha imaginado en forma de enano que guardaba o trabajaba los veneros de las minas.

2. m. En los cuentos infantiles, geniecillo o enano.

La imagen que solemos tener de los gnomos, al menos en España, debe mucho a una serie muy popular de dibujos animados que empezó a emitirse en 1985: David el Gnomo”. Seguro que a los que tenemos una cierta edad todavía nos suena la cancioncilla de los títulos de crédito: «Soy un gnomo». ¿A que sí? Confiéselo, amigo lector… 🙂 Estos dibujos animados estaban basados en El libro secreto de los gnomos, una serie de libros ilustrados de los holandeses Wil Huygen y Rien Poortvliet.

gnomosCompárese el tamaño de David el Gnomo con el de un zorro  (fuente: filmotech.com)

Repasemos someramente las características de estos seres. Unos 15 cm de altura, con un cucurucho por sombrero, gran fortaleza física (recordemos la letra de la canción: «soy siete veces más fuerte que tú») y notablemente longevos (hasta cuatro siglos de vida). Por lo demás, y aunque un tanto rechonchos, estos gnomos tienen unas proporciones corporales similares a las nuestras.

Y ahí está el problema. Tamaño y forma… Ya sé que nos ponemos un poco pesados con lo de la ley cuadrático-cúbica, pero al disminuir el tamaño, las superficies lo hacen en función del cuadrado y el volumen en función del cubo. Con las proporciones corporales de un ser humano, las superficies de intercambio de gases y nutrientes (pulmones, intestinos, riñones…) se tornan enormes en proporción a la masa corporal. El metabolismo sería increíblemente acelerado. Un humanoide de 15 cm, tal como comentábamos aquí, duraría muy poco. Prácticamente se quemaría como una cerilla.

Fijémonos en los mamíferos pequeños, como ratones o musarañas. Son rápidos y vivarachos, pero sus vidas son cortas. Además, sus extremidades tienden a ser delgadas y frágiles; tampoco necesitan más para sostener el peso del cuerpo. Todo lo contrario que los brazos y piernas gruesos de un gnomo.

Sin embargo, el ingenio de los escritores fantásticos no se deja amilanar por tan severas leyes físicas. Algunos han imaginado gnomos más viables desde el punto de vista biológico que el bueno de David. Y sobre todos ellos destaca una obra escrita por uno de los mejores autores de literatura fantástica: Terry Pratchett. En la segunda y última parte de esta entrada nos ocuparemos de su trilogía de los gnomos. Puede que no sea tan conocida como su serie de novelas del Mundodisco pero merece la pena leerla. Además de ser una magnífica historia, muy bien contada, de ella se pueden extraer notables enseñanzas científicas.

¿Cuánto tardaría un mono en escribir el Quijote?

Dicen que todas las comparaciones son odiosas. Más aún: en algunos casos son tramposas o están mal planteadas.

Consideremos el darwinismo. Puesto que las mutaciones son la fuente de variabilidad necesaria para la evolución, y suelen ocurrir al azar, a ello se aferran los negacionistas para intentar desmontar esta teoría. Se valen de una comparación, inspirándose en el teorema del mono infinito. Copiamos de la Wikipedia:

El teorema del mono infinito afirma que un mono pulsando teclas al azar sobre un teclado durante un periodo de tiempo infinito casi seguramente podrá escribir finalmente cualquier texto dado. En el mundo angloparlante se suele utilizar el Hamlet de Shakespeare como ejemplo, mientras en el mundo hispanohablante se utiliza el Quijote de Cervantes.

Este teorema es más profundo de lo que parece, y sirve para ilustrarnos sobre las leyes estadísticas. De hecho, en un tiempo infinito el mono acabaría por teclear infinitas veces cualquier texto. Sin embargo, la edad de nuestro planeta no es infinita, y de ahí la aparente imposibilidad de que el orden se obtenga por azar, lo que invalidaría la teoría de la evolución.

Monkey-typingFuente: es.wikipedia.org

Empecemos por lo simple. Supongamos que tenemos una máquina de escribir con 27 teclas que corresponden a las letras del alfabeto español, y a un sufrido mono adiestrado para teclear al azar, a razón de una pulsación por segundo. La probabilidad de que acierte una letra concreta es de una entre 27.

Para calcular la probabilidad de que escriba por azar una palabra de dos letras, como por ejemplo «da», debemos multiplicar 1/27 x 1/27. Haciendo números, al mono le llevaría algo más de 12 minutos acertar. Si pensamos en una palabra de 3 letras, como «pez», le ocuparía casi 5 horas y media. Y si vamos añadiendo letras, la posibilidad de éxito va cayendo en picado.

Por ejemplo,  una palabra de 10 letras, como «darwinismo», le llevaría alrededor de 6,5 millones de años. Con una de 12 letras, como «incompetente», tardaría más de 4.759 millones de años (tiempo algo superior a la edad de la Tierra). Y una de 13 letras, como «perfectamente», le ocuparía unos 128.505 millones de años. O sea, más de 9 veces la edad estimada del universo.

Chimpanzee seated at typewriterFuente: en.wikipedia.org

Consideremos el Quijote. Rebuscando por Internet, nos enteramos de que tiene 2,034,611 caracteres con espacios, nada menos. Si teclear al azar una palabra larga ocuparía al mono mucho más de la edad del universo, da vértigo calcular lo que necesitaría para escribir el Quijote. Ni recurriendo a una legión de monos, cada uno encargado de una pequeña parte del libro, podría concluirse en un tiempo razonable. Necesitaríamos un tiempo infinito.

La evolución de los seres vivos depende de la aparición de mutaciones al azar. Muchos de los que niegan el darwinismo argumentan que, dada la improbabilidad de que el mono escribiera un simple cuento corto al azar en menos de trillones de años, ¿qué decir de algo como un ser vivo, mucho más complejo que un libro? Por tanto, la teoría de la evolución por selección natural ha de estar equivocada. ¿Verdad?

Eh, un momento. Recurrir al mono infinito para rebatir la evolución resulta problemático. La comparación, más que odiosa, es inválida, porque no tiene en cuenta algo esencial. Sí, la evolución se nutre de mutaciones azarosas, pero ¿dónde está en esa comparación el factor corrector que supone la selección natural?

La selección natural se ocupa de preservar a los más adaptados al medio. Su labor de escarda es bastante eficaz, y si la tenemos en cuenta a la hora de hacer una comparación simiesca, las cosas cambian un montón. Veamos cuánto tardaría nuestro mono en teclear al azar el Quijote si introducimos en la comparación algo equivalente a la selección natural. Pero antes, ocupémonos de su bienestar. ¿Es que nadie piensa en los monos? 🙂

monoarmarioFuente: arctarus.wordpress.com

Si ponemos a un pobre mono sentado delante de una máquina de escribir y lo obligamos a teclear sin cesar a razón de una pulsación por segundo, en pocos días tendremos un mono muerto. O en el mejor de los casos, un mono tan estresado que en cuanto nos vea intentará arrancarnos los testículos a mordiscos. Para evitar tan trágicos desenlaces, mejoraremos las condiciones laborales del mono. Al fin y al cabo, el pobre tendrá que comer, dormir, ir al baño…

Para facilitar los cálculos, emplearemos números redondos. ¿Qué tal si reducimos su jornada de trabajo a 10 horas al día? Y que sean 5 días por semana, que también tendrá derecho a visitar a la familia, hacer senderismo, salir de fiesta… Asimismo, le concederemos unas breves vacaciones. Pongamos que teclea 50 semanas al año, lo cual hace un total de 2500 horas. ¿Es un régimen laboral abusivo? Sin duda, aunque, por desgracia, muchísimos seres humanos trabajan en condiciones bastante peores.

 Typing monkeyFuente: de.wikipedia.org

Ocupémonos de la máquina de escribir. Estamos en el siglo XXI, caramba. Empleemos un ordenador, a ser posible con un teclado adaptado al mono. Puesto que éste sólo sabe pulsar una tecla a la vez, le sería imposible escribir las mayúsculas, las vocales acentuadas o algunos signos de puntuación. Por tanto, démosle un teclado con 100 teclas que incluya mayúsculas, minúsculas, cifras, signos, barra espaciadora… Claro, con tantas teclas, la posibilidad de que el mono acierte al azar es aún más baja, una de cada cien. Y si encima tiene vacaciones y todo eso, necesitaríamos todavía más tiempo…

Pero ¿qué ocurre si entra en juego la selección natural?

Necesitamos algo que nos permita preservar los aciertos y descartar los fallos, y para eso está el ordenador. Cada vez que el mono se equivoque al teclear, el carácter se borrará. En cambio, cada vez que acierte, el carácter se grabará y conservará. Más o menos, como la selección natural. Bien, hagamos números ahora.

Por término medio, el mono acertará una de cada 100 pulsaciones. Pongamos que cada 100 segundos logra que se grabe una letra (o una cifra, o un espacio; lo que toque). Eso quiere decir que al cabo de una hora habrá grabado 36 aciertos. Y con el régimen laboral que tiene, en un año habrá guardado 90.000 caracteres con espacios.

Y así, preservando los aciertos y descartando los errores, en aproximadamente 22,6 años el mono habrá escrito el Quijote de cabo a rabo. En nuestro hipotético ejemplo, entra dentro de lo posible. Un chimpancé puede vivir más de 40 años, y confiamos en no haberle hecho esa vida demasiado miserable. Más aún: si repartimos el trabajo entre varios monos, acabarán mucho antes (y el mono no se sentirá tan solo). 🙂

monosimpsonFuente: elpais.com

En resumen: ojo con las comparaciones simplistas o traídas por los pelos. Suelen ser bastante tramposas. Por otro lado, no infravaloremos el papel de la selección natural. Nuestro planeta ha tenido más de 4000 millones de años para ir escardando y preservando las adaptaciones más eficaces, y seguirá haciéndolo. Gracias a eso estamos aquí.