La actitud científica (y II)

Sigamos comentando el libro de McIntyre.

¿Hay quienes piensan que tienen actitud científica pero en realidad carecen de ella? Sin duda: es el caso de las pseudociencias y similares. Son bastante peligrosas, porque alcanzan una enorme difusión y algunas de sus afirmaciones pueden poner en riesgo las vidas humanas (lo estamos comprobando con la pandemia del coronavirus).

Salvo que se indique otra cosa, las imágenes (libres de derechos) proceden de pixabay.com

La pseudociencia quiere parecer ciencia, pero su metodología suele ser penosa. Además, se niega a cambiar sus creencias frente a las evidencias. Este es el gran problema, como ahora discutiremos: las pseudociencias y afines se basan, en el fondo, en creencias, en vez de evidencias. Y una actitud muy humana es la de aferrarnos a nuestras creencias a toda costa, defendiéndolas a capa y espada, negándonos a cambiarlas.

Hoy, con las redes sociales, uno puede encerrarse en foros donde sólo vea lo que le agrade o haga feliz, mientras a su alrededor los bulos hacen su agosto. Ahí radica la gran diferencia. En ciencia, se busca el grupo para que critique; en pseudociencias, para que reafirme. La científica es una comunidad de escrutinio crítico, no de apoyo mutuo. Como bien señalaba Carl Sagan, la ciencia es un equilibrio entre la apertura a nuevas ideas y el escepticismo. Tienes que estar abierto a lo nuevo, sin complejos, pero a la vez no has de creértelo todo, por muy atractivo que parezca.

A lo que íbamos. En una primera aproximación, podríamos distinguir entre pseudocientíficos, negacionistas y conspiranoicos, según cómo fallen en ese delicado equilibrio. Así, los escépticos están cerrados a las nuevas ideas; los pseudocientíficos fallan en el escepticismo; y los conspiranoicos fallan en ambas cosas.

Indudablemente, esta delimitación peca de simplista. Las fronteras entre pseudocientíficos, negacionistas y conspiranoicos suelen difuminarse. En cualquier caso, a todos les falta actitud científica. Empecemos por los negacionistas, aunque resulta difícil resumirlo mejor que en este tweet de Farmacia Enfurecida:

Para McIntyre, está claro que los negacionistas insisten en rechazar teorías científicas que gozan de evidencia abrumadora. En el fondo, no les gusta la ciencia, aunque digan basarse en ella. Sí, están abiertos a nuevas evidencias, pero sólo a aquellas que les convienen. Sus hipótesis se basan en la intuición, la fe o la ideología política, no en los hechos. En el fondo, los negacionistas tienen más en común con la conspiranoia que con el escepticismo honesto.

En efecto, su escepticismo es muy selectivo, pues usan y abusan del doble rasero. Exigen estándares imposibles a la ciencia cuando no está de acuerdo con ellos, pero no predican con el ejemplo, sino todo lo contrario. Así, pueden negarse a aceptar una teoría apoyada por la inmensa mayoría científica, aduciendo que no es fiable al 100%. Sin embargo, cuando se les pregunta en qué basan sus ideas, hacen referencia a uno o muy pocos artículos, que a lo mejor se publicaron en la Hoja Parroquial de Orejilla del Sordete, y les dan validez absoluta. Y pobre de ti si osas criticarlos…

Eso no es actitud científica, sino proteger tus creencias.

Fuente: lavanguardia.com

En ciencia nada está plenamente asentado, ni se necesitan acuerdos al 100% para seguir avanzando. La ciencia puede fallar, claro, pero el negacionismo decide de antemano lo que quiere que sea verdad y filtra selectivamente la evidencia. Aunque pueda haber resistencia entre científicos a las ideas rompedoras, al final la evidencia prevalece. Incluso pueden darse casos en que el individuo corrija al grupo, si la evidencia resulta ser lo bastante poderosa.

Ocupémonos ahora de los pseudocientíficos, que no cesan de acusar a la «ciencia oficial» de cerrazón mental, de coartar la imaginación, de perseguir a los heterodoxos, de… Según los pseudocientíficos, los corsés que impone la «ciencia oficial» contrastan con la maravillosa apertura mental de los heterodoxos. Sin embargo, ¿son tan abiertos de mente como predican? Por un lado, los pseudocientíficos tienden a ser muy crédulos, pero también se cierran a cualquier evidencia que contradiga sus teorías… al mismo tiempo que se quejan de que los científicos no tomen en cuenta las suyas. Ay, volvemos al doble rasero…

La ciencia no coarta la imaginación, ni persigue a la heterodoxia. Todo lo contrario. Lo que ocurre es que para asegurarte de no meter la pata, debes tener en cuenta la evidencia. Y luego, presentar tus ideas en el foro público, donde podrán ser criticadas. En cambio, los pseudocientíficos, a la más mínima crítica, rompen a llorar y acusan a la malvada «ciencia oficial» de mil y una perfidias y judeomasónicos contubernios. Eso, o se comparan con Galileo, haciendo que este se retuerza en su tumba. OK, Galileo (un científico, por cierto) fue perseguido por sus ideas por los poderes establecidos (la Iglesia, por cierto). Pero las teorías de Galileo se ajustaban a los hechos, a la evidencia. ¿Y las del pseudocientífico llorón? ¿Eh? 🙂

Cualquier teoría, por fantástica que sea, será aceptada si se ajusta a las evidencias. La comunidad científica no va a tratar de tapar o encubrir, al estilo conspiranoico, una hipótesis que lo ponga todo patas arriba. Pongamos un ejemplo que ya hemos comentado in extenso en el blog (para más detalles, basta con clicar la etiqueta «yeti» en la columna de la derecha).

Los criptozoólogos se enfadan o indignan porque la «ciencia oficial» no admite la existencia del yeti o del monstruo del lago Ness. Acusan a los «científicos oficiales» de cerrazón mental y qué sé yo más, con esa manía de negarse a admitir que hay grandes animales no catalogados. Es fácil rebatir esas afirmaciones. Si un científico tiene pruebas sólidas de la existencia de un bicho nuevo, correrá a publicarlas dándose con los talones en el trasero. 🙂 Pocas cosas hacen más ilusión a un científico que ver su nombre reconocido entre sus colegas. Y si su artículo pasa por el filtro de la revisión por pares de colmillo retorcido, habrá conseguido la fama y el reconocimiento buscados, que para muchos científicos es más importante incluso que el dinero. Pero claro, hay que tener pruebas sólidas.

Estatua de Bigfoot (fuente: es.wikipedia.org)

Por eso los científicos aceptaron algo tan fantástico como la existencia de una nueva especie humana, los denisovanos, a partir de unos pocos fósiles que cabían en una caja de cerillas. ¿Por qué? Porque contenían ADN que se pudo secuenciar. Hechos. Evidencias. ¿Por qué no se acepta la existencia del yeti? Porque no hay evidencias sólidas. Se han hecho estudios científicos sobre este presunto homínido, y ninguno ha hallado evidencia hasta la fecha. Ninguno. Tengan ustedes por seguro que si hubiera evidencias sólidas que respaldaran su existencia, tarde o temprano los científicos la aceptaríamos encantados. Pero ¿dónde están las evidencias pseudocientíficas? ¿Por qué no someten sus trabajos a dobles ciegos, o a la revisión por pares? Y en los casos en que envían sus artículos a una revista de prestigio y esta, tras pasar por la revisión por pares, los rechaza, ¿por qué se echan a llorar y se quejan de que los tratan como a Galileo? 🙂

En fin, según McIntyre, la pseudociencia es un ejemplo de pensamiento desiderativo. Y, dicho sea de paso, suele mover bastante dinero.

El creacionismo o el diseño inteligente son pseudociencias. ¿Por qué los científicos excluyen de las clases de Biología a las afirmaciones «científicas» creacionistas? Pues porque no son tales, ya que no concuerdan con los hechos. E insistimos: no hace falta que una teoría esté probada al 100% para que sea enseñada en las escuelas. El creacionismo es ideología disfrazada de ciencia. Le falta la evidencia. Además, no se pueden enseñar en las escuelas todas las teorías alternativas. Si tuvieran evidencias que ofrecer, pues habría que considerarlas, claro.

En resumen, se necesita tanto una teoría como evidencias que la sostengan (y que pueden ser usadas para modificarla). La ciencia no es 100% certeza, pero ¿existe un camino mejor para saber cómo funciona el mundo?

Fuente: awachupeich

Finalmente, coincidimos con McIntyre en que el análisis de lo que fracasa en la ciencia, así como de lo que pretende hacerse pasar por ella, resulta muy útil para comprenderla.

La actitud científica (I)

Últimamente el blog se ocupa más de ciencia que de ficción, aunque a veces la actualidad supere a esta última. Predominan las entradas de divulgación científica, así como la crítica de pseudociencias diversas. Qué se le va a hacer; lo consideramos casi una obligación.

Hoy asistimos al auge de negacionismos, conspiranoias, pseudociencias y similares. También constatamos un notable aumento de la censura, con la excusa de no ofender a nadie (pero esa es otra historia). Las redes sociales permiten la amplia difusión de todo tipo de bulos, teorías sin pies ni cabeza… Triste panorama. Ante tal avalancha, poseer una base científica ayuda a separar el grano de la paja. No obstante resulta difícil, sobre todo para quienes no estén familiarizados con la ciencia, distinguir esta de lo que no lo es.

Un libro muy interesante para reflexionar sobre lo anterior es La actitud científica, del filósofo Lee McIntyre, publicado en español en 2020 por Ed. Cátedra. Esta obra puede ayudar a comprender cómo vemos los científicos el mundo. Además, McIntyre trata de mostrar lo que NO es ciencia y sus errores.

Veamos cuál es la definición de ciencia según el DRAE:

Conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales con capacidad predictiva y comprobables experimentalmente.

Muchos han tratado de definir con precisión a la ciencia según su metodología. Por tanto, ¿qué es el método científico? Podemos resumirlo en este diagrama tomado de la correspondiente entrada de la Wikipedia:

El problema es que no existe UN método científico. No es lo mismo la Física que, por ejemplo, la Biología, la cual depende de la evolución de seres vivos a lo largo de inmensos periodos de tiempo. Asimismo, una hipótesis puede surgir tras una investigación de fondo, como se ve en el diagrama, pero también a partir de un sueño (Kekulé y la fórmula del benceno), o al ver caer una manzana de un árbol, o bajo el efecto de setas alucinógenas, o… Y en el desarrollo de la hipótesis hasta convertirla en teoría pueden intervenir factores como la buena suerte, la improvisación…

Salvo que se indique otra cosa, las imágenes (libres de derechos) proceden de pixabay.com

No. Lo que puede definir a la ciencia es lo que se hace con las hipótesis después de formuladas. Por ejemplo, tal como indicaba Karl Popper, toda teoría debe ser falsable. O refutable; como prefieran. Citamos de la Wikipedia:

En filosofía de la ciencia, la falsabilidad o refutabilidad es la capacidad de una teoría o hipótesis de ser sometida a potenciales pruebas que la contradigan. Es uno de los dos pilares del método científico, siendo la reproducibilidad el otro.

Según el falsacionismo, toda proposición científica válida debe ser susceptible de ser falsada o refutada. Se puede usar este criterio para distinguir lo que es ciencia, de cualquier otro conocimiento que no lo sea. Este es el denominado criterio de demarcación de Karl Popper. Una de sus principales implicaciones es que la corroboración experimental de una teoría científicamente «probada» —aun la más fundamental de ellas— se mantiene siempre abierta a escrutinio.

De todos modos, como explica McIntyre, es difícil delimitar las fronteras de la ciencia. Sobre todo, le preocupa distinguir la ciencia de cosas como la pseudociencia, la conspiranoia, el negacionismo, el creacionismo, etc. Y tras darle unas cuantas vueltas al tema, desiste de hacerlo.

En cambio, como buen filósofo, busca una condición necesaria para que algo pueda ser llamado ciencia. Esa condición necesaria puede que no sea suficiente, pero ¿qué mas da? Lo que importa, perdón si me repito, es que su presencia sea necesaria para la ciencia, y su ausencia sea condición suficiente para que algo no pueda llamarse ciencia. Y esa condición necesaria no es el método, sino la actitud científica. O sea, qué hacen los científicos a la hora de enfrentar las hipótesis y teorías a la evidencia, a lo que ocurre en el mundo real.

Más que buscar la verdad absoluta, la ciencia pretende saber cómo funcionan las cosas. Para ello, cualquier teoría debe ser confrontada con los datos empíricos, y sin piedad. Si una teoría no se ajusta a ellos, debe ser modificada o arrumbada. Por supuesto, hay que ser prudentes si aparece algo que contradice una teoría sólida. Apresurarse a desecharla resultaría frívolo, como mínimo. Pero si se realizan más investigaciones y siguen apareciendo datos contradictorios, esa teoría, por muy aceptada que sea, tiene un problema…

Incluso si los datos validan una teoría, no podemos estar seguros de que sea cierta. Toda teoría científica es tentativa. No tiene por qué ser verdadera, y los científicos somos conscientes de ello. Mañana puede aparecer cualquier dato nuevo que la tumbe. Lo que importa es que funcione, que se ajuste a la evidencia, que intente explicarla, que busque desentrañar cómo funcionan las cosas… En suma, que sea fructífera.

McIntyre pone a la evolución por selección natural de Darwin como ejemplo de buena teoría científica. Lleva más de siglo y medio recibiendo palos por todos lados y ahí está, aguantando y fresca como una lechuga, permitiéndonos comprender cómo funciona la vida, diseñar experimentos falsables, realizar alguna que otra predicción comprobable… Pocas teorías pueden presumir de ser tan fructíferas.

La cantinela de que la evolución es sólo una teoría también puede aplicarse a la gravitación universal, o a que la Tierra es redonda, o a que los gérmenes provocan enfermedades… En realidad, en ciencia todo es sólo una teoría. La certeza absoluta es una meta imposible. ¿Entonces…? Sencillamente, la ciencia es una herramienta (muy poderosa, eso sí) para entender el universo que nos rodea. Para que una teoría científica esté fundamentada y sea útil, nos basta con que se ajuste a la evidencia. Por supuesto, esta puede cambiar con el paso del tiempo, conforme se vayan descubriendo cosas nuevas. Así, cada vez disponemos de más datos que pueden tumbar teorías establecidas o rescatar otras del olvido.

El conocimiento humano siempre será incompleto, pero eso no debe ser un freno para dejar de seguir elaborando teorías útiles. Hay que asumir la incertidumbre. No pasa nada. Calma… 🙂

McIntyre afirma que la actitud científica se basa en dos cosas. Por un lado, debemos preocuparnos por la evidencia, esté a favor o en contra de nuestras suposiciones o creencias más queridas. Aunque las socave, aunque nos siente como una patada en los mismísimos, debemos considerarla. En cambio, recolectar únicamente los hechos que reafirmen nuestras creencias y despreciar el resto no es una actitud científica. Por otro, debemos estar dispuestos a cambiar nuestras teorías si la evidencia así lo requiere. Aunque duela. Aunque nos machaque el orgullo. Eso marca la diferencia: la ciencia busca falsaciones; la pseudociencia, confirmaciones.

McIntyre no se preocupa demasiado del criterio de demarcación para definir con exactitud lo que es ciencia. En cambio, busca definir lo que no es ciencia; o sea, todo lo que carezca de actitud científica. Por supuesto, debe quedar muy claro que hay ramas del conocimiento humano que no son ciencia, ni falta que les hace. Las Matemáticas o la Lógica no son ciencias, estrictamente hablando, pues pueden funcionar sin preocuparse de la evidencia. Y nuestro mundo no podría funcionar sin Matemáticas; son esenciales. O ¿qué decir de la Filosofía, basada en la razón? O la Ética, la Religión, el Arte… No funcionan como la ciencia, pero son tan respetables como ella.

El problema radica en todo aquello que quiere hacerse pasar por ciencia, pero carece de la metodología o la actitud imprescindibles. No es lo mismo ser acientífico (como la Literatura) que pseudocientífico (como la Astrología). Un poeta, por ejemplo, no necesita tratar la evidencia al estilo científico para conmovernos con sus versos. Un pseudocientífico, en cambio, puede usar las evidencias, pero sin el rigor necesario.

La ciencia da lo mejor de sí a la hora de tratar los errores, chapuzas y fraudes. Creo que las dos cosas que mejor definen a la ciencia son la humildad y la democracia. Humildad para reconocer que nunca podremos saberlo todo, y que nos equivocamos, y que por eso necesitamos un método para interrogar a la naturaleza. Y democracia, porque la ciencia es una actividad tanto individual como colectiva.

Cuando formulas una teoría científica, debes soltarla en el foro público para que todos tus colegas puedan valorarla. Si sobrevive a las críticas será aceptada por la comunidad científica, hasta que nuevas evidencias puedan obligar a revisarla. Es lo que hay; si no te gustan estas reglas de juego, careces de actitud científica.

El foro público es esencial. ¿Por qué? Pues porque un análisis o crítica en grupo funciona mejor que individual. Los fallos pueden ser detectados si en ese foro hay mucha gente comentando e interactuando. Puede que alguien vea algo raro en la teoría, lo haga notar y eso genere una discusión útil, surjan nuevos experimentos, otras ideas… Al final, la teoría se verá reforzada, modificada o liquidada.

Por supuesto, para que la ciencia funcione, el foro público tiene que ser democrático, no aristocrático. Si hay popes o jefazos, los demás pueden tener miedo a contrariarlos o sentirse tentados a hacerles la pelota y claro, no habrá libre flujo de opiniones. El principio de autoridad es nefasto para la ciencia. En cambio, debe premiarse el pensamiento crítico así como la interactividad, e incluso fomentar que haya gente que haga de abogada del diablo.

En suma, bien sea que los científicos trabajen solos o en equipo, al final lo importante es que sus teorías deberán ser juzgadas y aceptadas por la comunidad científica. En eso se diferencia la ciencia de otras ramas del conocimiento humano: en la mentalidad crítica corporativa, la tradición de la crítica en grupo. La ciencia es un proceso público (nada de oscurantismos) y abierto.

Sin la revisión por pares no habría ciencia… (fuente: SCIENCE AND INK)

Otros hábitos científicos típicos se han comentado en el blog; la revisión por pares, por ejemplo. Para publicar en una revista científica mínimamente decente, el artículo ha de pasar al menos por dos revisores de colmillo retorcido. Por cierto, suelen trabajar gratis; simplemente, porque es nuestro deber como científicos. Al menos, a mí nunca me han pagado por revisar artículos. 🙂

El propósito es evitar errores y fraudes, sesgos inconscientes, correlaciones espurias, las prisas por publicar sin haber tomado todas las precauciones… La ciencia no es perfecta. Los científicos somos humanos. Fallamos, queremos que se confirmen nuestras teorías… Pero en ciencia, la humildad es imprescindible. De hecho, avanza porque aprende de los fallos. Pocas cosas hay más fructíferas que un buen error.

Para considerarte científico, debes estar dispuesto a cambiar tus teorías si aparece nueva evidencia. Asimismo, has de tener el pellejo curtido, y no echarte a llorar cuando tus teorías reciban palos hasta en el cielo de la boca. Por muy duras que sean, las críticas son necesarias. Y, por cierto, en ciencia también hay guardianes de los guardianes, críticos de los críticos. Eso habla mucho en su favor.

Podría decirse que, como institución, la ciencia es más objetiva que los propios científicos. Todos estos métodos de supervisión tratan de prever el sesgo individual. En suma, hablamos de humildad. Somos conscientes de que metemos la pata, queriendo o sin querer, y hay que buscar formas de evitarlo. Para McIntyre, lo que distingue a la ciencia es un ethos compartido por la comunidad. De hecho, la ciencia está tan cargada de valores como la no ciencia. Todo consiste en el tipo de valores de los que hablamos.

McIntyre también considera el complejo tema del fraude científico, y lo mal visto que está en ciencia. No es lo mismo que un error. De los errores se aprende. En cambio, el fraude es una traición a la actitud científica, y la ciencia no perdona a los traidores. Claro, a veces es difícil separar el fraude deliberado de la chapuza o el autoengaño. Mayormente, los fraudes no son deliberados (aunque los hay, y bien gordos, como vimos en la entrada sobre los antivacunas). Más bien buscan confirmar alguna hipótesis, o se deben a la arrogancia, a creerse en posesión de la verdad, y por eso se toman atajos. Eso es malo. De los errores honestos se aprende, pero de la arrogancia no. La ciencia tiene que ser humilde para no traicionarse.

En la segunda y última parte de esta entrada hablaremos de lo que quiere hacerse pasar por ciencia, pero no lo es.

De patógenos, virus, pandemias y disparates (y VI)

Ahora, a finales de agosto, quizás haya pasado desapercibida una noticia realmente importante, perdida entre los repuntes de la pandemia, la violencia racial en Estados Unidos o la movida de Messi y el Barça. Nos referimos a la erradicación de la polio en África.

La poliomielitis o parálisis infantil es una enfermedad cruel, que puede matar o dejar terribles secuelas. Hoy ha sido erradicada de la mayor parte de países. ¿Saben cómo? Gracias a las vacunas. Ya vimos en entradas anteriores que las vacunas figuran entre las herramientas más potentes para controlar e incluso eliminar enfermedades terribles. Millones de personas se han salvado gracias a ellas.

Fuente: rebuscando por Facebook

Entonces, ¿por qué hay gente que se niega a vacunarse, o impide que sus hijos se vacunen, arriesgándo su vida y la del prójimo?

Los movimientos antivacunas vienen de lejos… (Fuente: Escuela Andaluza de Salud Pública)

El rechazo a las vacunas es antiguo. De hecho, los movimientos antivacunas surgieron prácticamente al mismo tiempo que ellas. Hoy, gracias a que las redes sociales permiten que cualquier despropósito se difunda ampliamente, los antivacunas abundan. De hecho, este resurgir actual se apoya principalmente en un artículo publicado en 1998 por el dr. A. Wakefield y 12 coautores en la prestigiosa revista médica británica The Lancet.

Para formarse un criterio, es bueno consultar los documentos originales. El de Wakefield et al. (1998) aún puede verse en la web de la revista… con la palabra «RETRACTED» sobreimpresa una y otra vez. Ahí también puede descargarse en formato PDF; sólo ocupa 5 páginas. Conviene leerlo (aunque las grandes letras rojas de «RETRACTED» estorban un poco), pues pocos textos han causado tanto daño.

En pocas palabras, Wakefield et al. sugerían la existencia de un vínculo entre la vacuna triple vírica SPR y el comienzo del autismo. Muchos médicos y científicos pronto se dieron cuenta de que había algo raro en aquel artículo, tal como ahora veremos. Por desgracia, el daño ya estaba hecho. El artículo fue como maná del cielo para los antivacunas. En ciertos lugares bajó el número de vacunaciones. O sea, se puso en peligro la inmunidad de rebaño. Enfermedades más o menos controladas como el sarampión, la tosferina y la difteria resurgieron. Hubo una explosión de casos de sarampión en el mundo, uno de los virus más contagiosos.

Fuente: ar.pinterest.com

Los medios de comunicación tampoco ayudaron a frenar el disparate. Wakefield dio conferencias, era popular… Se empezó a hablar de «dos bandos» y «controversia», pero en realidad, el artículo de Wakefield et al. no era trigo limpio. De hecho, más de uno se preguntó como era posible que una revista seria como The Lancet lo hubiera publicado.

Fuente: Cuánto cabrón (disculpen, pero el sitio web se llama así…) 🙂

Analizándolo fríamente, para cualquier científico ese trabajo era una chapuza. Parece lógico que para llegar a una conclusión tan importante como relacionar una vacuna y el autismo se estudiaran muchos casos, ¿no? Pues lean el artículo y verán cuántos historiales clínicos de niños analizaron: doce . En serio: sólo 12.

Además, en el estudio no había grupo de control, ni doble ciego, ni nada de lo que se estila en estos casos. Los autores se limitaron a rebuscar hasta dar con 12 niños que casualmente tuvieran autismo y hubieran sido vacunados. Eso recibe un nombre: sesgo de selección. Ya comentamos el problema de las correlaciones espurias o forzadas en dos entradas. Además,  buena parte del estudio se basaba en una cronología breve entre la vacunación y la aparición de síntomas, que dependía de la memoria de los padres.

Fuente: Pandacurioso

Lo bueno de la Ciencia es que los estudios pueden ser reproducidos, para comprobar su veracidad. Así, en Finlandia, el análisis de dos millones de historiales de niños no encontró evidencia de que la triple vírica causara autismo. Hubo más estudios, y siguió sin aparecer esa relación entre triple vírica y autismo. Daba la impresión de que Wakefield et al. se habían limitado a escarbar hasta dar con casos en que, por casualidad, coincidieran autismo y vacuna.

Y había más cosas extrañas en el artículo, que empezaba a oler muy mal. En 2004 se descubrió que Wakefield había estado en nómina de un abogado que planteaba presentar una demanda contra la triple vírica. ¿Casualidad? Y casi la mitad de los niños del estudio habían llegado a Wakefield a través del abogado. Por si faltaba algo, justo antes de publicarlo se había presentado una patente de otra vacuna para competir con la triple vírica. El artículo, además de chapucero, hedía a conflicto de intereses.

Poco después, 10 de los coautores pidieron que se retirara su nombre del artículo. Me los imagino silbando disimuladamente y susurrando: «A mí no me miren, ¿eh? Tan sólo pasaba por aquí…». 🙂

Qué remedio, The Lancet retiró el artículo en 2010 (aunque, como ven, sigue ahí para poder ser leído, con el cartel de «REJECTED»), y Wakefield se quedó sin licencia para ejercer medicina en el Reino Unido. Pero el tema no acabó ahí. En 2011 apareció la prueba definitiva: el artículo, además de la chapuza y el conflicto de intereses, era un fraude.

El periodista Brian Deer pudo entrevistar a los padres de los niños del estudio y ver los historiales médicos. Ninguno de ellos estaba libre de informes erróneos o alteraciones. Una  importante revista médica, el British Medical Journal, publicó la investigación de Deer después de pasarla por una revisión por pares (los científicos sabemos la importancia que esto tiene). Puede leerse el artículo de Deer aquí. En resumen, el caso fue calificado de fraude elaborado, perpetrado por Wakefield. Probablemente es el montaje médico más dañino de los últimos 100 años.

Fuente: utero.pe

¿Cómo reaccionaron los antivacunas ante evidencias de fraude tan claras? Por supuesto, al modo conspiranoico: negándolas. Wakefield, por supuesto, era un mártir atacado injustamente por oscuros intereses de la Medicina oficial, etc. Nada nuevo bajo el sol. 😦

En fin, esa es la triste realidad a la que nos enfrentamos. Pese a todas las evidencias, los antivacunas siguen erre que erre poniéndose en peligro tanto ellos como a sus hijos como al resto de la sociedad, y sin argumentos válidos. Como mucho, suelen recurrir a frases lapidarias o imágenes que pretenden ser impactantes:

Fuente: Cabroworld

Dejando aparte que muchas vacunas se aplican conjuntamente en una dosis, y que bastantes se administran por vía oral, lo de poner una foto impactante para intentar convencer no vale. Más que nada, porque la alternativa a la vacunación infantil muy bien podría ser esta:

Fuente: Pandacurioso

Bien, amigo lector, con permiso del coronavirus y del virus del Nilo, y si los profesores sobrevivimos al inicio del curso, nos veremos en la próxima entrada. 😉

De patógenos, virus, pandemias y disparates (V)

Fuente: rebuscando por Facebook

Pocos pasatiempos hay tan divertidos, a la vez que desoladores, como curiosear por Internet y las redes sociales. Uno se lleva las manos a la cabeza cuando lee ciertas cosas y se topa con actitudes que sólo pueden conducir al desastre. Falta de cultura científica, pensamiento mágico, permitir que la ideología se imponga a los hechos… Las redes sociales propician hoy la difusión de disparates, y siempre habrá alguien que se los crea.

El problema se agrava cuando el disparate es difundido por algún famoso, político o personaje influyente. Entonces sí que la hemos liado. Recordemos el caso del presidente sudafricano que afirmaba que el sida se curaba con zumo de limón y ajo. 365.000 muertos costó la broma, que se sepa. Incluso en los países más avanzados, aún campa la sinrazón. En fin, comentemos algunas perlas de las que pululan por Internet…

Fuente: elconfidencial.com

O esta, más elaborada, pero que también rezuma bulos:

Fuente: maldita.es

Qué quieren que les diga… Por aquí llevamos bastante tiempo usando mascarilla, y seguimos respirando sin hiperventilar ni asfixiarnos. 🙂 Disparates aparte, lo que resulta singularmente patético es que la mascarilla «simboliza mutismo…». A la naturaleza no le preocupan nuestras ideologías, religiones, corrección política, ni nada. Le somos completamente indiferentes. Un virus no entiende de libertad, ni de derechos humanos. O lo combatimos o podemos darnos por jodidos, con perdón. Mientras no dispongamos de vacunas eficaces para lograr inmunidad de rebaño, o algún medicamento que se lo ponga muy difícil al virus, no queda otra que intentar evitar su propagación mediante cuarentenas, medidas de higiene, mascarillas… En fin, qué te vamos a contar, amigo lector; es lo que hay. Sólo nos puede salvar una combinación adecuada de conocimiento científico, disciplina y sentido común.

Nada nuevo bajo el sol… (fuente: rebuscando por Facebook)

En las redes sociales podemos ver anuncios de supuestos remedios para el coronavirus. Algunos incluso son divertidos:

Fuente: rebuscando por Twitter

Otros nos pueden servir para denunciar lo que ocurre cuando se carece de base científica. Que si el coronavirus se elimina tomando lejía, o impregnando las mascarillas con gasolina, o… Por ejemplo, detengámonos en esta joya:

Fuente: rebuscando por Facebook

Cualquiera con un conocimiento mínimo de química se dará cuenta de que el redactor de la octavilla no tiene ni idea de lo que es el pH. Indica la concentración de iones de hidrógeno en una solución y nos muestra su acidez o alcalinidad, en una escala que varía entre 0 y 14. Una solución neutra tiene un pH=7. Valores más bajos significan acidez, y los más altos alcalinidad. Los que aparecen en esa octavilla son disparatados y más falsos que una moneda de corcho. Por ejemplo, el zumo de naranja es ácido, con un pH=3,5, y no lo que pone ahí. Algo parecido ocurre con el de piña, que en la octavilla figura con un pH alcalino equivalente al de la lejía. No estaría mal para desatrancar cañerías. 🙂

Fuente:  toywiz.com

Aunque el colmo es el pH del aguacate. Teniendo en cuenta que el máximo de alcalinidad es 14, está que se sale… Así que si alguna vez es usted atacado por un xenomorfo, arrójele guacamole a las fauces. Lo achicharrará en el acto… 😀

Y ¿qué decir de los bulos? Más que los bulos en sí, lo triste es que haya quienes se traguen tales disparates:

Fuente:  huffingtonpost.es

A estas alturas, uno se pregunta de dónde sale esta manía de renegar de cualquier cosa que huela a ciencia, el rechazo a usar los conocimientos científicos para aliviar los males que nos afligen. No sé si será una especie de añoranza de un pasado más simple, donde las cosas no cambiaban tan rápido, una edad dorada e inocente de arcoíris y unicornios, sin la maléfica lacra del progreso, aunque…

Fuente:  redaccionmedica.com

¿Exagerado? Pues no. Recuerdo cuando visité en el museo una exposición sobre los antiguos iberos. ¿Saben cuál era la esperanza de vida de un hombre de la época? Unos treinta años. ¿Y de una mujer? Veintipocos, tal vez porque hace 2500 años muchas morían muy jóvenes, durante el parto. Qué quieren que les diga… Cualquier tiempo pasado no fue mejor. Actualmente, la esperanza de vida en España está en torno a 80 años para los hombres y 86 para las mujeres. En algo habrán ayudado las vacunas y otros avances científicos y médicos, me parece.

Fuente: rebuscando por Facebook

Entre el batiburrillo de negacionistas, sin duda merece destacarse a los antivacunas. Lo mejor que se puede decir contra sus tesis es que ahora mismo estamos viendo lo que significa vivir en un mundo donde falta UNA vacuna.

Las vacunas constituyen la mejor solución para que consigamos inmunidad de rebaño. Sin embargo, los antivacunas se siguen negando a aceptar lo obvio. Nunca dejarán que la realidad contradiga su ideología. Típico del negacionismo.

Ante todo, digamos que la base científica de los antivacunas no es excesivamente fiable:

Fuente: tresubresdobles.com

Otros argumentos contra las vacunas son salidas de pata de banco:

Fuente: arreunicornio.es

Algunos argumentos o memes antivacunas parecen tener más fuste, pero no resisten el examen crítico:

Fuente: boredpanda.es

No seguir los programas oficiales de vacunación sí que supone un peligro para la población. Cuando un virus llega a una persona vacunada, no puede infectarla, fracasa y se bloquea su propagación. En cambio, si entra en alguien no vacunado, se propaga, multiplica y convierte a ese individuo en una fuente de inóculo, que puede transmitir la enfermedad por doquier. Así, enfermedades que podrían estar erradicadas siguen persistiendo. Y son peligrosas, no sólo para los niños que se queden sin vacunar:

Fuente: molasaber.org

Muchas de estas enfermedades no son una broma. La poliomielitis, pongamos por caso, no es una broma. Hay enfermedades que, si no estás vacunado, pueden matarte o dejarte tullido. Ser padres implica una gran responsabilidad. Arriesgarse a arruinar la vida de un hijo, o quitársela, por una ideología… En fin, no me parece justificable.

Sigamos. Hay antivacunas que objetan lo siguiente: si la vacuna de la gripe es incapaz de acabar con la gripe, entonces la del coronavirus ¿acabaría con él? ¿Eh?

No todas las vacunas aspiran a acabar con la enfermedad. Hay casos en que es imposible, especialmente con las zoonosis, como vimos en otra entrada. Lo que sí hacen es proporcionarnos una aceptable inmunidad de rebaño. Mucha gente, sobre todo la más vulnerable (niños, ancianos…), no enfermará, ni quedará con secuelas, ni contagiará a otros; las urgencias médicas no colapsarán (y los hospitales podrán ocuparse de tratar adecuadamente a otros enfermos) y, en suma, la sociedad seguirá funcionando.

Ah, por cierto, a título de curiosidad: la vacuna de la rabia no ha acabado con la rabia, pero el índice de letalidad de este virus ronda el 100% si no te vacunas. Bueno es saberlo.

Fuente: rebelion.org

¿Tiene el movimiento antivacunas base científica? Sus integrantes así lo afirman, basándose en un famoso artículo publicado en 1998, donde se sugería que las vacunas pueden causar autismo. Ese artículo está hoy completamente desacreditado, pero merece la pena analizar este ejemplo de fraude científico, uno de los más dañinos de los últimos tiempos: el caso Wakefield. Eso sí, lo haremos en la próxima entrada, la última de la serie (esperamos).

De patógenos, virus, pandemias y disparates (IV)

Es difícil matar a los virus; más que nada, porque no están vivos. Como vimos, básicamente son nucleoproteínas con capacidad de infectar y usarnos como máquinas para fabricarlos en serie y dispersarlos. ¿Cómo se puede luchar contra algo semejante? Para ello se requiere conocer cómo funcionan los virus y cómo lo hacen sus víctimas (en este caso, nosotros). Y para ello, nuestra herramienta más poderosa es la ciencia, combinada con el buen sentido. No hay otra.

Salvo que se indique otra cosa, las imágenes de esta entrada son descargas gratuitas de pixabay.com

La primera estrategia defensiva es la más obvia: «soldado que huye, vale para otra guerra». 🙂 No habrá infección si evitamos entrar en contacto con el virus. Hace siglos que nuestros antepasados se dieron cuenta, y de ahí surgieron las cuarentenas. Son molestas, coartan nuestras libertades, evitan que veamos a nuestros seres queridos e incluso los confortemos en sus últimos momentos, fastidian la economía de los países… Pero la alternativa es peor. Una cuarentena puede evitar que colapsen los servicios sanitarios, que nuestros mayores mueran en masa… Y, sobre todo, nos permite ganar tiempo para buscar armas eficaces contra el enemigo. En fin, amigo lector, qué te voy a contar; en este 2020 lo habrás vivido en carne propia.

La lucha contra los vectores también es una buena idea. Un vector es cualquier organismo (mosquitos, garrapatas…) que transmite agentes patógenos. Por desgracia, hay virus que no necesitan a esos vectores para conquistar el mundo. Somos nosotros, esparciendo mocos y saliva a diestro y siniestro, los que dispersamos a los virus del resfriado, gripe, covid…

Las medidas de higiene también son de gran ayuda para prevenir estas y otras enfermedades. Llevar mascarilla, lavarse las manos, mantener la distancia de seguridad… Un engorro, sin duda, pero todo lo que implique ponérselo difícil al virus para que llegue hasta nosotros es de agradecer.

Claro, cuarentenas e higiene previenen las infecciones, pero no te curan si el virus te ataca. ¿Existen medicamentos o sustancias que nos permitan combatir a los virus? Pues sí, las hay que ayudan, pero no en todos los casos.

De lo que debemos olvidarnos es de los antibióticos. Básicamente sirven para liquidar bacterias, pero los virus son otra cosa muy distinta. Cuando pillas, por ejemplo, un resfriado (enfermedad vírica), un antibiótico resulta inútil (salvo que al mismo tiempo tengas una infección bacteriana en el tracto respiratorio). Peor aún, el abuso de antibióticos acabará por seleccionar superbacterias resistentes. Pero esa es otra historia…

Por supuesto, hay medicamentos que pueden aliviar los síntomas, e incluso pueden reparar de algún modo los daños que los virus nos causan en el organismo, mas no en todos los casos. Ciertos virus son demasiado agresivos.

Pero aunque los virus no se puedan matar, ¿acaso no hay sustancias que los desactiven, que bloqueen sus mecanismos de acción? Hemos oído hablar de cosas como los antirretrovirales. ¿Por qué no usarlos?

Pues porque los virus son muy diversos. Ya vimos en otra entrada cuán diferente es, por ejemplo, un coronavirus, cuyo material genético es ARN mensajero, de un retrovirus, que encaja sus genes en nuestros cromosomas, o de un adenovirus, con ADN de doble cadena… Y a la hora de intentar combatirlos, los virus con ARNm, como los de la gripe o los coronavirus, son especialmente puñeteros, con perdón.

¿Es que no hay forma de acabar con ellos? Pues sí, la hay. Tenemos defensas: nuestro sistema inmunitario, que cuando identifica a una amenaza va y la machaca. Pero claro, nuestras defensas no son perfectas.

Ante todo, el sistema inmunitario tiene que ser selectivo. No puede atacar a todo lo que se menea, sino sólo al enemigo. Un sistema inmunitario que se propase causará problemas. Por ejemplo, si ataca a nuestras propias células provocará enfermedades autoinmunes, algunas de ellas bastante peligrosas. O ¿qué decir de las alergias, cuando sustancias inofensivas como el polen de olivo provocan una respuesta desmesurada? Por eso, el sistema inmunitario ha de estar muy bien ajustado, y debe saber distinguir lo propio de lo ajeno.

El gran problema es que el sistema inmunitario no reacciona automáticamente cuando se enfrenta con algo nuevo. Primero tiene que conocerlo, fabricar anticuerpos para que el cuerpo lo reconozca como enemigo y se defienda… Y eso lleva su tiempo.

Por eso, cuando nos topamos con un virus novedoso, como el causante de la covid-19, en un primer momento estamos indefensos. Si sobrevivimos a su ataque, dispondremos de anticuerpos que lo reconocerán. Así, la próxima vez que ose atacarnos, nuestras defensas le darán la del pulpo. A eso se le llama adquirir inmunidad.

A la larga, en una población habrá suficientes individuos inmunes para romper la cadena de contagios y evitar que la enfermedad se propague; entonces hablamos de inmunidad de grupo o de rebaño. El problema es que el precio para alcanzarla puede ser demasiado alto. Piensen en la mal llamada gripe española de 1918. Cuando dejó de ser un problema grave, habían muerto entre 50 y 100 millones de personas. O pensemos en este mismo año, cuando algunos países, como el Reino Unido, trataron de conseguir inmunidad de rebaño alegremente, buscando no dañar la economía del país. Al final se saturaron sus servicios sanitarios, y tuvieron que comerse la inmunidad de rebaño con papas fritas. 😦

Ahí está el dilema, amigo lector. Con las cuarentenas y medidas higiénicas, podemos evitar una masacre y no saturamos el sistema sanitario, a costa de perjudicar a nuestra economía y nuestras libertades. Y si buscamos inmunidad de rebaño por las bravas, pues habrá muchos muertos, las urgencias de los hospitales colapsarán (con lo cual, morirá mucha más gente de otras enfermedades que podrían haber sido tratadas de disponer de médicos y camas hospitalarias)…

¿Es que no hay nada que pueda ayudarnos a adquirir inmunidad de rebaño sin provocar una catástrofe?

Lo hay. Se trata de las vacunas.

El concepto de vacuna es más simple que el mecanismo de un chupete, pero es una de las ideas más geniales que haya parido la Humanidad. Enfrentemos al sistema inmunitario con un virus desactivado, incapaz de causar enfermedad, para que lo reconozca y fabrique anticuerpos. Así, cuando entren en contacto con el virus de verdad, nuestros linfocitos podrán ponerse en plan Harry el Sucio, y decirle al patógeno: «Alégrame el día». 🙂

Fuente: gfycat.com

Es alucinante ver cómo ha progresado la obtención de vacunas desde los tiempos de Pasteur. Una vacuna puede consistir en virus atenuados, o inactivados, o simplemente cachitos de virus que provoquen la fabricación de anticuerpos. Pero también podemos inyectar ADN o ARNm a la célula para que sea ella la que fabrique algunas proteínas del virus.

Por ejemplo, la proteína S del coronavirus (la que forma esas espinitas tan curiosas y típicas) le sirve para reconocer a nuestras células. De por sí solas son inofensivas, pero en cuanto nuestro sistema inmunitario las detecte fabricará anticuerpos, y estaremos inmunizados (o eso esperamos). Ese ADN o ARNm se puede introducir en la célula de muy diversos modos, incluso recurriendo a otros virus domesticados, que funcionan como vectores de genes. No nos extenderemos aquí en los detalles, para no resultar pesados. En el nº 525 (junio de 2020) de la revista Investigación y Ciencia, el lector interesado hallará información al respecto.

No todos los virus son iguales, insistimos. Algunas vacunas proporcionan inmunidad de por vida, como la del sarampión. Otros virus, como en el caso de las zoonosis (véase la entrada anterior), nos lo ponen más complicado, porque sobreviven en reservorios animales. Allí pueden mutar y dar lugar a cepas diferentes, que sorprenderán a nuestro sistema inmunitario. ¿Un ejemplo? La gripe. Es una batalla constante en la que no podemos bajar la guardia.

En fin, nos guste o no, es lo que hay. Mientras no haya vacunas efectivas contra el coronavirus, las vamos a pasar canutas. Contra un virus nuevo, no hay otra defensa para adquirir inmunidad de rebaño.

En el momento de escribir esto, llevamos meses viviendo en un mundo extraño. Un mundo en el que, para no enfermar o morir, tenemos que encerrarnos. Un mundo en el que los más débiles, los más ancianos, los más pobres, los más desfavorecidos, caen como moscas. Un mundo con la economía paralizada. Un mundo encerrado en sí mismo. Un mundo con miedo. Es el mundo soñado por los antivacunas. Un mundo en el que no merece la pena vivir.

Caramba, esta serie de artículos se está alargando más de lo previsto. Te pones a escribir, a contar cosas, a reflexionar… En fin, a ver si acabamos en el próximo, que dedicaremos a antivacunas y disparates surtidos.

De patógenos, virus, pandemias y disparates (III)

Antes de considerar posibles métodos de lucha contra los virus, convendría aclarar unos conceptos básicos; ante todo, el de zoonosis. He aquí la definición del Diccionario de la RAE: «Enfermedad o infección que se da en los animales y que es transmisible a las personas en condiciones naturales».

A mucha gente le sonará raro que las enfermedades salten de otros animales a nosotros y viceversa, pero es un fenómeno frecuente. De hecho, ha condicionado la Historia de la Humanidad. Al respecto, aconsejamos leer el clásico de Jared Diamond Armas, gérmenes y acero. Un ejemplo: ¿por qué los europeos arrasaron a los nativos americanos después de 1492? Entre otras cosas que ya explicamos en esta entrada, la mayor disponibilidad de animales domésticos propició las zoonosis epidémicas, y los supervivientes adquirieron una mayor resistencia a diversas enfermedades.

Las zoonosis pueden estar causadas por priones, virus, bacterias, hongos, protozoos o gusanos. Todos ellos tienen la capacidad (o la suerte) de saltar entre especies. No siempre estamos nosotros en el bando receptor; también podemos contagiar a otros animales. Para saber más de las zoonosis, hay un libro altamente recomendable:

Muchos parásitos son bastante específicos, incapaces de penetrar las defensas de seres distintos a sus anfitriones, pero de vez en cuando la barrera interespecífica se supera. Si eso ocurre, dependiendo del factor suerte, se pueden originar pandemias devastadoras. En las últimas cuatro décadas, las zoonosis han acabado con más de 30 millones de personas. Como muchas de ellas ocurren en países lejanos no les prestamos atención. Hasta que llegó un coronavirus a la puerta de nuestras casas, claro.

En torno al 60% de las enfermedades infecciosas que nos afligen son zoonosis. Gripe, ébola, sida… ¿Por qué es tan difícil erradicarlas, como se hizo con la viruela? Pues porque la viruela no es una zoonosis. Es una enfermedad restringida al ser humano, y a base de prevención y vacunas se pudo acabar con ella. En cambio, la gripe, o las epidemias causadas por coronavirus, son harina de otro costal. Los virus siempre podrán refugiarse en otros animales, acechar desde ahí, aguardar el momento para retornar de su exilio.

Diversas especies de murciélagos funcionan como reservorios de virus (fuente: pixabay.com)

Estas otras especies que albergan de forma natural al virus reciben el nombre de reservorios. Siempre existe el riesgo de que el virus vuelva a saltar desde un hospedante reservorio hasta nosotros, y empezar a propagarse. La posibilidad de generar una epidemia dependerá, por un lado, de la suerte; por otro, de las medidas que tomemos para contener la enfermedad.

El problema al que nos enfrentamos ahora mismo es que cada vez será más probable que las zoonosis nos afecten y se conviertan en epidemias e incluso pandemias. Esto es debido a varios factores.

En primer lugar, cada vez somos más. Vamos camino de los 8000 millones de personas en el mundo, y cada vez viajamos más y más lejos. Por tanto, las posibilidades de transmisión de un patógeno son mucho mayores que en el pasado. Y si entonces, con menor densidad de población, la peste negra o la gripe española arrasaron, pues imagínense ahora…

Hablando de la gripe española (la cual, por cierto, no se originó en España), he aquí un libro recomendable:

Por otro lado, el hecho de que nuestra población aumente provoca que tengamos que esquilmar más recursos de la naturaleza. Por tanto, invadimos ecosistemas que hasta ahora habían estado a salvo de nuestra presencia. Destruimos o fragmentamos selvas tropicales que, aparte del daño ambiental manifiesto, conlleva otro riesgo: entramos en contacto con bichos que estaban ahí tan tranquilos, alejados de nosotros… y pueden ser reservorios de virus.

Los pobres pangolines también pueden ser reservorios de virus (fuente: pixabay.com)

Asimismo, los ecosistemas son cada vez más frágiles, más pequeños, más fragmentados. Su capacidad de amortiguar las zoonosis disminuye. Nos estamos disparando en el pie, si seguimos con esta manía de buscar sólo el beneficio a corto plazo. Destruir el medio ambiente es suicida.

También hay costumbres sociales peligrosas. En ciertos países, se considera un símbolo de prestigio, de sofisticación, de estatus, comer carne de animales exóticos; cuanto más raros, mejor. Eso incrementa la posibilidad de zamparse una chuleta de reservorio vírico…

¿Estamos exagerando? No. Por ejemplo, gracias a la secuenciación de un sinfín de muestras de virus del sida, hoy hemos deducido su genealogía, o sea, el parentesco entre las distintas cepas. Por lo visto, se trata de una zoonosis que saltó de chimpancés a humanos. Lo más probable es que ocurriera en torno a 1908, en el sureste de Camerún, y todo porque a alguien se le ocurrió hacer filetes de un chimpancé infectado por el virus, y se contaminó. Más detalles, en el libro Contagio, de D. Quammen, que citamos antes.

Las enfermedades en humanos causadas por coronavirus también son zoonosis. La comparación entre los genomas de los virus que nos atacan y los de otras especies no deja lugar a dudas, y acaba con muchas teorías conspiranoicas. Los reservorios pueden ser murciélagos, pangolines, otros mamíferos… A saber. Lo que importa es que los coronavirus están ahí. Al tratarse de virus con ARN, su capacidad de mutar es enorme. Por tanto, es muy probable que, si nos zampamos un hospedante reservorio, alguno de esos virus pueda ser capaz de entrar a saco en nuestras células. El resto… Bien, ya hemos visto lo que sucede.

Vaya, nos hemos extendido en esta entrada más de lo que pretendíamos. Quedémonos con lo esencial: las zoonosis existen, son peligrosas, y debido a que cada vez somos más y nos estamos cargando las selvas tropicales, y a que comemos cosas que no deberíamos, la probabilidad de que las zoonosis evolucionen a pandemias será cada vez mayor. Es el mundo que nos aguarda, y al que tendremos que adaptarnos, por la cuenta que nos trae.

Y en la próxima entrada, ahora sí, hablaremos de las medidas contra los virus, tanto de las que funcionan como de las disparatadas.

De patógenos, virus, pandemias y disparates (II)

En la entrada anterior vimos que, pese a creernos el centro del cosmos, desde el punto de vista de parásitos como hongos y bacterias sólo somos comida ambulante. No viene mal una cura de humildad de vez en cuando; sobre todo, si queremos sobrevivir como especie.

Fuente:  www.coronaviral.es

Para los virus, ni siquiera somos comida. De hecho, no necesitan alimentarse; más que nada, porque no están vivos. A pesar de eso, figuran entre los agentes infecciosos más eficaces y letales que existen. Aquí intentaremos explicar cómo funcionan de forma sencilla y, esperamos, amena. Si tienes conocimientos en Biología, amigo lector, puedes saltarte unos cuantos párrafos. Para hacerte una idea de la diversidad vírica y su clasificación, es aconsejable visitar el sitio de ViralZone.

Ah, un inciso antes de entrar en materia. Los virus, al igual que bacterias, hongos y demás, son imprescindibles para el funcionamiento de los ecosistemas. Muchos de ellos son, incluso, beneficiosos para nuestra salud, y moriríamos si desaparecieran. En el fondo, los peligrosos sólo suponen un porcentaje mínimo del total. Por eso, la estrategia de «¡acabad con todos ellos!» sería suicida. Y dicho esto…

Los virus son parásitos obligados que pasan por dos fases. Cuando se hallan fuera de las células a las que atacan están quietos, inactivos; pueden llegar incluso a cristalizar. En este estado reciben el nombre de viriones.

Muchos viriones son tan simples como esto (sí, ya sé que no me gano la vida dibujando…): 🙂

Un virión consiste, básicamente, en una o varias moléculas de ácido nucleico, que son su genoma; o sea, las instrucciones para que el virus funcione. Hay una gran diversidad de virus, y el genoma que presentan puede variar: ADN o ARN, tanto de cadena sencilla como doble. Eso condicionará su comportamiento, como luego veremos.

El ácido nucleico está protegido por una especie de «caja» llamada cápsida o cápside. Está hecha de proteínas y no es continua, sino que está formada por unos «ladrillos», los capsómeros. La forma de la cápsida es muy diversa: alargada, icosaédrica… Además de proteger al genoma, la cápsida puede servir para reconocer a la célula hospedante y pegarse a ella. El conjunto de ácido nucleico y cápsida se denomina nucleocápsida.

Muchos viriones no tienen nada más, aparte de ácido nucleico y cápsida; se denominan viriones desnudos. Sin embargo, otros pueden llevar otras cosas:

Hay virus que presentan una envoltura en torno a la cápsida. Dicha envoltura suele haber sido robada a la propia célula parasitada, aunque puede estar acompañada de glucoproteínas (por ejemplo, esas «púas» tan llamativas de los coronavirus están formadas por glucoproteínas). A los virus le sirve para reconocer al anfitrión y pegarse a él, además de evadir el sistema inmunitario. Algunos virus pueden incluir dentro de la cápsida diversas enzimas que ayuden en su funcionamiento.

Bien, eso es un virión, lo que podríamos llamar el hardware del virus, lo que vemos en las fotos al microscopio electrónico. No está vivo. En realidad es un amasijo de moléculas que permanece ahí, sin hacer nada, con la infinita paciencia de lo inanimado, esperando a que alguien o algo lo mueva por el mundo y lo acerque a un hospedante susceptible. Si se da esta circunstancia, gracias a las moléculas de la cápsida y la envoltura podrá traspasar las defensas de su víctima y reconocer sus células. Y entonces, el monstruo despierta. El virión se pega a una célula y le inyecta su genoma.

En esta fase intracelular, de actividad frenética, el virus como entidad física no existe. Es puro software, un programa que se valdrá de la célula para fabricar más virus. Pero ¿cómo lo hace? Y ¿cómo se dejan las células hospedantes invadir de ese modo?

Nuestras células, amigo lector, funcionan grosso modo de la siguiente manera:

Nuestro genoma, que contiene la información que nos hace ser como somos, está almacenado en los cromosomas del núcleo de la célula, en forma de moléculas de ADN. Cada vez que una célula se divide, el ADN se copia para que cada una de sus hijas reciba un genoma completo. Este proceso se denomina replicación.

El ADN no da instrucciones directamente a la célula para que esta sepa qué hacer. Podríamos comparar a los cromosomas con una biblioteca llena de libros de gran valor. Los bibliotecarios, por motivos de seguridad, no van a dejar que nos los llevemos a casa para estudiarlos. En cambio, nos permitirán sacar fotocopias, pasando la información a un soporte más sufrido: el ARN mensajero (ARNm). Este proceso se denomina transcripción.

Ahora sí, podemos sacar las «fotocopias» de ARNm de la biblioteca del núcleo y llevarlas al citoplasma de la célula; en concreto, a unos orgánulos llamados ribosomas. En ellos, mediante el proceso conocido como traducción, gracias a la información que hemos traído se fabricarán proteínas, que son las que van a hacer que la vida funcione: proteínas estructurales, enzimas que catalizan reacciones… Las proteínas son las auténticas obreras de la célula.

Por cierto, todo esto de la transcripción y la traducción lo explicaban a la perfección en aquella maravillosa serie de dibujos animados, Érase una vez el cuerpo humano. Fuente: blogdelaboratorio.com

La clave de todo el proceso está en el ARNm, o sea, en la información que reciben los ribosomas. Si les proporcionas unas instrucciones en un lenguaje que entiendan, las ejecutarán, aunque les ordenen matar a la célula. Los ribosomas sólo saben cumplir órdenes, cual burócratas perfectos. No pueden prever las consecuencias de sus actos; al fin y al cabo, son simples moléculas, no criaturas inteligentes. Estamos hablando de máquinas biológicas, y las máquinas pueden fallar o ser mal guiadas.

En resumen, los virus suministran a la célula instrucciones en el lenguaje adecuado y, por tanto, serán ejecutadas. Así, en vez de hacer las cosas que tiene que hacer, la célula fabricará los componentes de los virus, que luego se ensamblarán y saldrán al exterior, bien por las buenas, sin matar a su anfitriona, o bien a lo bestia, reventándola.

Fuente:  pixabay.com

Hay distintos tipos de virus, y cada uno engaña a las células a su manera. Los más simples son aquellos cuyo genoma es idéntico a un ARNm. Lo meten en la célula, esta se cree que procede del núcleo, y empezará a fabricar proteínas… del virus. Muchos virus que atacan a las plantas funcionan así. También algunos de los que afectan a los seres humanos, como los tristemente famosos coronavirus.

Otros, como los adenovirus, tienen un genoma de ADN. Se las apañan para introducirlo en el núcleo celular y allí se comporta como si fuera el de un cromosoma: puede transcribirse, fabricar su propio ARNm, y… En fin, amigo lector, imagínate el resto.

Los retrovirus, como el del sida, son más retorcidos. Aunque su genoma sea de ARN, no se comportan como los coronavirus. En cambio, hacen algo insólito: una transcripción inversa. O sea, fabrican ADN a partir de ARN. El mundo al revés… Pues bien, ese ADN viaja al núcleo y allí se integra en los cromosomas, como un gen más. El problema es que se dedicará a fabricar virus, sin prisa, y de paso a provocarnos enfermedades, como el sida, ciertos cánceres… Por otro lado, parte de nuestro ADN procede de estos retrovirus. Mayormente no sabemos para qué sirve, ni qué información contiene, o si sólo es ADN basura. Pero eso es otra historia. 🙂

Fuente:  pixabay.com

En cualquier caso, amigo lector, debe quedarte clara una cosa. Para los virus, no somos comida, como en el caso de hongos y bacterias. Somos herramientas. Simplemente eso: herramientas útiles para fabricar más virus y dispersarlos por el mundo. Les da igual que seas creyente o ateo, listo o tonto, hombre o mujer, blanco o negro, adepto a las pseudociencias o escéptico… Herramientas. Nada más.

Por supuesto, estamos recurriendo a metáforas. Los virus no son conscientes, ni distinguen entre el bien y el mal. Tampoco surgieron con un propósito. Aparecieron por accidente, simplemente. Quizá un cacho de ácido nucleico se escapó de su organismo, y resultó que otros podían replicarlo y dispersarlo. Y puesto que los virus no son perfectos y sufren mutaciones, sobre ellos actuó la selección natural, eliminando a los menos efectivos y preservando a los que mejor se replicaban y se dispersaban. Su éxito fue y es tremendo. Cualquier ser vivo puede ser atacado por virus: bacterias, hongos, plantas, protozoos, algas, animales… Incluso hay virus que parasitan a otros virus, pero dejémoslo estar. 🙂

Bien, amigo lector, llegados hasta aquí quizá te preguntes: si los virus sólo nos usan para fabricar más virus y dispersarlos, ¿por qué nos enferman e incluso nos matan? ¿No es eso contraproducente para ellos? ¿Qué ganan liquidándonos?

Para un virus, somos meras herramientas. Pues bien, ¿cómo usamos las herramientas nosotros?

Fuente:  pixabay.com

Pensemos en un ejemplo simple. Cucharas, tenedores, cuchillos… Herramientas que nos sirven para comer. Hay varias posibilidades. Podemos usarlas durante muchos años si las cuidamos, las lavamos, las guardamos en sus cajones… Incluso una buena cubertería puede pasar de padres a hijos y durar generaciones. Hay virus que nos tratan de esa manera. Les va bien que duremos mucho tiempo, y que vayamos diseminándolos por ahí. Unos son más cuidadosos, otros menos, pero la estrategia de cuidar de las herramientas funciona. Les va bien; por eso siguen existiendo.

Fuente:  pixabay.com

También podemos comprar cubiertos de plástico, de un solo uso, y tirarlos cuando ya no sirven. Ahorra trabajo, y es ideal en fiestas infantiles o excursiones al campo, ¿no? Pues hay virus que nos tratan como herramientas desechables. Una vez que nos hayan utilizado para multiplicarlos y dispersarlos, lo que nos ocurra después es irrelevante. Si para fabricar virus han tenido que reventar nuestras células, pues qué se le va a hacer. Es una estrategia que también funciona. Les va bien; por eso siguen existiendo.

Cuando hablamos de virus patógenos, tal que así es el enemigo al que nos enfrentamos, señoras y señores. En la próxima entrada nos ocuparemos de cómo combatirlo. O, al menos, de cómo intentarlo.

De patógenos, virus, pandemias y disparates (I)

Hola, amigo lector. Habrás comprobado que el blog ha estado parado durante los últimos meses, más que nada por culpa de la pandemia que padecemos. Los profesores, como es el caso de quien esto escribe, hemos tenido que pasar un montón de horas delante del ordenador, dándole vueltas a la cabeza para ver cómo diantres lográbamos que nuestros estudiantes cursaran las asignaturas desde casa sin merma del rigor o la calidad de contenidos.

Ahora que el coronavirus nos concede una tregua en Europa (hasta el próximo rebrote), tenemos algo de tiempo libre para comentar temas de interés. ¿Por qué no la propia pandemia? O mejor aún, ciertas cosas que hemos tenido que leer o escuchar sobre ella; mayormente, disparates y cosas por el estilo.

Fuente:  ctxt.es

He visto noticias que me han hecho pensar que a lo mejor estaba soñando; o teniendo una pesadilla, mejor dicho. Tipos que afirman que podemos protegernos del coronavirus tapándonos el ombligo para que no entren energías negativas, o bebiendo un cubata de lejía, o generando pensamientos positivos, o rezando en vez de llevar mascarilla… También hay quienes postulan que los virus no existen, o que la culpa de todo la tienen la tecnología 5G y los chemtrails, o que el coronavirus es un invento del pérfido capitalismo para mantenernos oprimidos, o… Por no mencionar a los espabilados que piensan que tras la búsqueda de la vacuna se oculta un pérfido complot que involucra a Bill Gates, el IBEX35, la OMS, la Francmasonería y un comando romulano. Ah, y también Sauron; se me olvidaba. 🙂

En fin, sobre algunos de esos disparates volveremos en la siguiente entrada. Hoy me ocuparé de un aspecto que merece cierta reflexión, y nos puede servir de aperitivo antes de entrar de lleno en el tema de los virus y las vacunas.

Fuente:  www.eldiario.es

No sé, amigo lector, cómo habréis afrontado en tu país la pandemia. Aquí, en España, a mediados de marzo tuvimos que recluirnos en casa durante semanas. Tras la histeria inicial de los compradores compulsivos de papel higiénico, nos adaptamos a la nueva situación. Por norma general, hemos mantenido una disciplina y solidaridad notables. Obviamente, las medidas que debimos adoptar, de buen grado o por fuerza, son molestas, desagradables e incluso crueles. No poder visitar a tus seres queridos, o acompañarlos en sus últimos momentos, por ejemplo. Qué remedio, la mayoría lo aceptamos, y no sólo en nombre de nuestra salud, sino para proteger a los demás.

Claro, hubo quienes no lo vieron así. En las redes sociales he podido leer encendidos alegatos donde se quejaban amargamente de cómo las medidas de la cuarentena (confinamiento, mascarillas, guardar una distancia de seguridad, etc.) atentaban contra nuestra dignidad de seres humanos, la libertad y demás, y por eso había que rebelarse contra ellas.

Esas engorrosas medidas restringen nuestra libertad, nadie lo discute. Sin embargo, deberíamos ver las cosas con perspectiva, tratando de situarnos en la naturaleza y comprendiendo cómo funciona. Para eso, la ciencia nos ayuda, ya que nos muestra que no somos el centro del cosmos, sino más bien todo lo contrario. Por mucho que sufra nuesto orgullo, debemos ser conscientes de nuestra irrelevancia y asumirla.

Dejemos de momento los virus a un lado y pensemos en otras criaturas que pueden perjudicarnos, como bacterias y hongos. ¿Qué somos para ellos?

Para bacterias y hongos no somos los reyes de la creación, ni seres superiores, ni criaturas de luz, ni ángeles en potencia, ni custodios de valores sagrados, ni promesas henchidas de esperanzas, ni gaitas. No son políticamente correctos. No consideran esas cosas. Ni siquiera tienen cerebro, ni mente, ni falta que les hace.

Para bacterias y hongos, los seres humanos sólo somos cachos de carne con patas. Somos comida. Todos nosotros, sin distinciones. Y punto.

¿Quieres un ejemplo, amigo lector? Pues permíteme presentarte a Aspergillus fumigatus:

A. fumigatus es un moho bastante común. De hecho, esta microfoto se la tomamos a un cultivo aislado de una muestra de suelo de jardín. Como buen moho que es, se alimenta a base de descomponer materia orgánica. Emite enzimas que la pudren, y luego absorbe los resultados de esa especie de digestión externa. Simple y efectivo.

El mundo está lleno de mohos. Descomponen casi cualquier cosa que les pueda proporcionar nutrientes. Así, cuando afirmamos que un moho puede devorar un libro, hablamos literalmente: 🙂

A. fumigatus, como cualquier moho, se reproduce por medio de esporas microscópicas que se dispersan por el aire. Supongo, amigo lector, que ahora mismo estarás respirando (en caso contrario tendrías un problema serio, créeme). En cada inhalación, innumerables esporas fúngicas entran en tus pulmones. Es decir, van a parar a un lugar húmedo, calentito y hecho de materia orgánica: el paraíso para cualquier hongo.

¿Por qué esas esporas no germinan, permitiendo al moho crecer, pudrirte los pulmones y devorarte vivo? ¿Qué es lo que te protege? ¿Alguna energía cósmica especial? ¿Encasquetarte un gorro de papel de aluminio? ¿Cubrirte el ombligo con esparadrapo? ¿Recitar un mantra? ¿Tener los chakras bien alineados, en vez de al tresbolillo?

Lo que evita que hongos y bacterias te pudran lentamente y luego te maten es, básicamente, tu sistema inmunitario y demás defensas de tu cuerpo, tanto físicas como químicas. Medicinas, antibióticos y demás también ayudan, por supuesto, igual que las medidas de higiene, mantener un buen estado de salud, etc.

Situémonos ahora en un hospital, en el caso de un enfermo muy débil, bien sea por su edad, por estar recibiendo algún tipo de tratamiento… y que como resultado, tenga el sistema inmunitario bajo mínimos. Supongamos que las esporas de A. fumigatus llegan hasta él a través de los sistemas de ventilación del edificio; los mohos son muy buenos a la hora de infiltrarse en cualquier rincón. Como el paciente aún respira, las esporas entran en los pulmones de un cuerpo indefenso. ¿Qué supone eso para el hongo?

Buffet libre. Comida gratis.

Suena cruel, lo sé, pero es lo que hay. Los mohos necesitan materia orgánica para alimentarse. Lo mismo les da que sea un trozo de pan abandonado en un cubo de basura que un cuerpo humano. Para ellos, sólo somos unos cuantos kilos de comida ambulante. De hecho, todos los años mueren algunos pacientes en los hospitales, atacados por A. fumigatus.

Y estamos hablando de mohos, que son descomponedores oportunistas. Luego están los parásitos profesionales. A un moho le resulta muy difícil penetrar en las defensas de una persona sana. Un parásito, seleccionado por millones de años de evolución, no tendrá problema en hacerlo.

Ah, otra cosa relacionada con todo lo anterior. He comprobado durante estos meses que muchos se rasgan las vestiduras cuando los expertos utilizan un lenguaje bélico para referirse a la lucha contra las enfermedades. ¿Por qué, oh, cielos, semejante incorrección política?

Pues porque se trata de una guerra, una que empezó hace miles de millones de años, entre parásitos y sus víctimas. La naturaleza no es políticamente correcta. Para ella, el bien y el mal no tienen sentido. No gira en torno a nosotros, adecuándose a nuestras ideologías y expectativas. Se limita a funcionar, mientras disponga de una fuente de energía. Podemos visualizarla como un escenario en el que se representa una obra coral, con innumerables actores. Nosotros somos uno más.

En ese escenario, los parásitos, tanto oportunistas como especializados, van a intentar usarnos como fuente de comida. Es una guerra que existirá mientras haya vida. Una guerra en la que los parásitos ni darán ni ofrecerán cuartel. Una guerra en la cual, si queremos mantener a raya al enemigo, tendremos que embarcarnos en una carrera de armamentos, combinando juiciosamente la tecnología, el buen sentido y la experiencia acumulada durante milenios de historia humana.

Por eso debemos adoptar, en situaciones excepcionales, medidas impopulares o desagradables, que restringen nuestra libertad. A nadie le gustan, pero la alternativa es infinitamente peor. Sólo hay que echar la vista atrás, y revisar lo que ocurrió en las pandemias del pasado.

Bueno, amigo lector, he aquí el escenario. Ahora toca hablar de unos de sus actores más notables: los virus. Pero eso será en la próxima entrada.

El xenomorfo es un aficionado.

Natura artis magistra (la naturaleza es la maestra de las artes): así titulábamos una antigua entrada. Si observamos el mundo que nos rodea, hallaremos por doquier ejemplos inspiradores que harán las delicias de cualquier aficionado a la ciencia ficción. Los seres vivos son capaces de sorprender a la imaginación más desbocada.

Distintas fases vitales de un xenomorfo típico (fuente:  toywiz.com)

Consideremos la película Alien. El ciclo vital del xenomorfo, el icónico monstruo diseñado por H. G. Giger, se basa en el de ciertas avispas, aunque estas no son los únicos insectos que exhiben un comportamiento tan… en fin, cruel, desde nuestra perspectiva humana. Poner los huevos en el interior de sus presas sin matarlas, para que las larvas las devoren poco a poco, y luego brotar de la carcasa vacía de su víctima… Espeluznante. Es difícil ver un documental sobre el comportamiento de estos bichos sin estremecerse. Se pone uno en el pellejo (mejor dicho, en el exoesqueleto) de la pobre presa y… agh. 🙂

Estos peculiares insectos son muy frecuentes, aunque muchos de ellos son tan pequeñitos que no los vemos aunque los tengamos delante. Los biólogos nos referimos a ellos como parasitoides. Hay varios tipos; en concreto, el xenomorfo sería un endoparasitoide, pues se alimenta en el interior de su hospedante.

Si usted lo desea puede comprar parasitoides, ya que algunos son magníficos agentes de biocontrol para las plagas que afectan a los cultivos. Valga un ejemplo:

Los insectos no son los únicos organismos que podrían dar lecciones al xenomorfo a la hora de liquidar a su anfitrión. Ciertos hongos también son de armas tomar. En una de las primeras entradas del blog ya comentamos el caso del hongo de las hormigas zombis, Ophiocordyceps unilateralis, que inspiró el magnífico videojuego The Last of Us.

No es necesario salir fuera de casa para hallar otro hongo que nos recuerda al xenomorfo por su comportamiento. Se trata de Entomophthora muscae, una especie muy común. Sus víctimas suelen aparecer en los marcos de las ventanas o en los cristales. Están rodeadas de un polvillo blanco, que corresponde a las esporas del hongo.

Entomophthora muscae es un auténtico asesino de moscas (Musca domestica), aunque puede atacar a otros dípteros. Así, es frecuente que liquide a las ubicuas moscas del vinagre (Drosophila melanogaster). Ya, no es lo mismo asistir a la agonía de la tripulación de la Nostromo que a la de unas vulgares moscas, pero el proceso es similar. Veámoslo.

Supongamos que una espora del hongo llega a la infortunada mosca. Germina, entra en su cuerpo y comienza a crecer alimentándose de la hemolinfa, el equivalente a la sangre en los insectos. La pobre mosca está condenada; apenas le queda una semana de vida. Las hifas del hongo crecen por su cuerpo, devorándole los órganos, hasta que finalmente entran en su cerebro y controlan su comportamiento.

La mosca, ya muy enferma, se posará y, en su agonía, se sentirá impelida a trepar hacia arriba. Allí morirá, pero antes se despatarrará y extenderá las alas, lo que favorecerá la dispersión de las esporas fúngicas. Para ello, el hongo atravesará las articulaciones entre placas del exoesqueleto y expulsará las esporas, que quedarán como una mancha blanquecina alrededor del cadáver. El lugar, normalmente una pared o una ventana, es ideal para infectar a otras moscas.

Lo dicho: el xenomorfo podrá darnos miedo, pero Entomophthora muscae, igual que el hongo de las hormigas zombis, son auténticos profesionales, que llevan millones de años liquidando a sus víctimas. Por fortuna, no nos atacan a nosotros. Aún.

Es un buen momento para jugar a The Last of Us… 🙂

Inteligencias más o menos alienígenas (y IX)

Para terminar con esta serie de entradas, divirtámonos especulando. ¿Podríamos hallar inteligencia en animales sin cerebro? ¿O en otros seres que no sean animales? Los autores de ciencia ficción ya han escrito sobre eso, y nosotros no vamos a ser menos. Eso sí, nos apoyaremos en la Biología. Pero vayamos por partes. Mejor dicho, por niveles, y hablemos de la organización biológica.

La vida está organizada jerárquicamente, en niveles de organización que van de lo simple a lo complejo. Los elementos de un nivel son los ladrillos del nivel superior. Así, todos estamos compuestos de átomos. Estos, a su vez, forman moléculas, estas orgánulos, luego células, tejidos, órganos, sistemas, organismos, poblaciones, biocenosis, ecosistemas, hasta llegar a la biosfera, que es el conjunto de todos los ecosistemas en nuestro planeta.

Para entender un nivel es necesario fijarse en los niveles inferiores. Por ejemplo, nuestro organismo se compone de diversos órganos que funcionan coordinadamente para mantenernos vivos. A su vez, esos órganos son agrupaciones de células, cada una con vida propia, que trabajan conjuntamente, etc. Podríamos pensar en cualquier ser vivo como una máquina compuesta por piezas que a su vez están hechas por piezas cada vez más pequeñitas. Algo así postulaban los mecanicistas cartesianos, que veían a los seres vivos como autómatas complejos, pero autómatas al fin y al cabo.

Digesting Duck Fuente:  es.wikipedia.org

Sin embargo, en los seres vivos el todo es más que la mera suma de las partes. Por ejemplo, sabemos cómo funcionan las neuronas que componen el cerebro: ondas de despolarización, neurotransmisores… Pero para explicar la mente humana y comprender nuestro comportamiento necesitamos algo más que describir la apretura y cierre de canales de sodio y potasio en las membranas neuronales.

Cuando subimos de nivel en la jerarquía de la vida, aparecen propiedades que no se deducen de las de los niveles inferiores. La inteligencia no aparece en las neuronas individuales. Estas interactúan entre ellas y con el medio y voilà, surge el raciocinio en un nivel superior.

Fuente:  pixabay.com

O pensemos en un hormiguero o un termitero. Los hormigueros figuran entre las entidades más eficaces que podemos encontrar en la naturaleza. En cambio, las hormigas individuales no parecen gran cosa. Sus cerebros son pequeños, se guían por estímulos químicos, sus comportamientos son estereotipados… Pero cuando miramos el hormiguero, es mucho más que una simple suma de hormigas. Un hormiguero se comporta como una entidad capaz de someter a animales de gran tamaño, de soportar catástrofes ambientales, de expandirse, de multiplicarse… Algo que una hormiga aislada sería incapaz de hacer.

No hay nada de sobrenatural en las propiedades emergentes. A partir de las interacciones entre los componentes de los niveles inferiores se genera orden en los niveles superiores. Tiene que ver con la autoorganización, y se da bastante en la naturaleza. Realmente, la vida consiste en una jerarquía de niveles emergentes.

En fin, no profundizaremos en lo de las propiedades emergentes y demás. Es un tema propicio a especulación y controversia. Aquí nos quedaremos con esta idea sobre la que especular: si la inteligencia, la mente, es el resultado de propiedades emergentes, ¿no podría aparecer en otras circunstancias, cuando los sistemas alcanzan cierto grado de complejidad?

Aunque las hormigas de por sí no sean inteligentes, ¿podría serlo un hormiguero? ¿O un termitero? El tema no es nuevo. Puede que al lector le suene este libro: Gödel, Escher, Bach: un Eterno y Grácil Bucle, de Douglas R. Hofstadter. Es una obra ciertamente peculiar, que hace pensar sobre el origen de la autoconsciencia. En uno de sus capítulos (el 10º, concretamente), asistimos a una encantadora, delirante y profunda charla entre varios protagonistas (Aquiles, la Tortuga, el Cangrejo y el dr. Oso Hormiguero) sobre la inteligencia de los hormigueros y cómo se relacionan los distintos niveles que conforman los seres vivos. Recomendamos su lectura, aunque se corre el riesgo de quedarse aún más perplejo que antes. 🙂

Por supuesto, los escritores de ciencia ficción han jugado con la aparición de la consciencia como propiedad emergente. Veamos algunos ejemplos. Por tanto, ojo con los spoilers… 🙂

Bacterias vistas al microscopio (1250 x).

El gran Isaac Asimov, en su novela Némesis (1989), nos presenta un planeta que orbita en torno a una enana roja. En apariencia, la vida que alberga es primitiva, compuesta únicamente por bacterias. No obstante, el conjunto de todas ellas da lugar a una especie de superorganismo inteligente, telépata incluso. Es uno de los mejores ejemplos de propiedades emergentes: complejidad y autoorganización a partir de criaturas tan simples como las bacterias.

Nosotros mismos, modestamente, abordamos el tema en nuestra novela corta El hongo que sabía demasiado (en la antología Vidas extrañas).

Aquí nos basamos en un hongo que existe en nuestro planeta, Armillaria ostoyae. El micelio de uno de estos hongos que vive en el suelo de un bosque de Oregón ocupa unos 9 km2, y probablemente supera los 2400 años de edad. Los finos filamentos que forman su cuerpo, las hifas, van de unos árboles a otros, conectándolos. Podríamos concebir al bosque como un superorganismo hecho a base de árboles y hongos interconectados. Si dejamos volar la imaginación, y pensamos en un bosque del tamaño de un continente, pues… ¿Podría comportarse como una entidad? ¿Sería lo bastante complejo como para adquirir autoconsciencia? 🙂

Pero para idea grandiosa, la del famoso astrónomo Fred Hoyle en su novela La nube negra (1957). En este caso, el superorganismo es una inmensa nube de polvo capaz de navegar entre las estrellas. Su inteligencia es mucho mayor que la nuestra, pero eso no impide que podamos llegar a comunicarnos con ella y… Bueno, no destriparemos el argumento. Animamos al aficionado a la ciencia ficción a que la lea. 🙂

En fin, podríamos seguir buscando más ejemplos literarios, o entrar en el fascinante mundo de la inteligencia artificial (¿podría surgir la inteligencia como propiedad emergente en una máquina?), pero lo dejaremos aquí para no cansarte, amigo lector. Nos basta con sugerir que lo que llamamos inteligencia podría brotar en lugares inesperados, y que puede que no la reconozcamos aunque la tengamos delante de las narices. 😉