De patógenos, virus, pandemias y disparates (I)

Hola, amigo lector. Habrás comprobado que el blog ha estado parado durante los últimos meses, más que nada por culpa de la pandemia que padecemos. Los profesores, como es el caso de quien esto escribe, hemos tenido que pasar un montón de horas delante del ordenador, dándole vueltas a la cabeza para ver cómo diantres lográbamos que nuestros estudiantes cursaran las asignaturas desde casa sin merma del rigor o la calidad de contenidos.

Ahora que el coronavirus nos concede una tregua en Europa (hasta el próximo rebrote), tenemos algo de tiempo libre para comentar temas de interés. ¿Por qué no la propia pandemia? O mejor aún, ciertas cosas que hemos tenido que leer o escuchar sobre ella; mayormente, disparates y cosas por el estilo.

Fuente:  ctxt.es

He visto noticias que me han hecho pensar que a lo mejor estaba soñando; o teniendo una pesadilla, mejor dicho. Tipos que afirman que podemos protegernos del coronavirus tapándonos el ombligo para que no entren energías negativas, o bebiendo un cubata de lejía, o generando pensamientos positivos, o rezando en vez de llevar mascarilla… También hay quienes postulan que los virus no existen, o que la culpa de todo la tienen la tecnología 5G y los chemtrails, o que el coronavirus es un invento del pérfido capitalismo para mantenernos oprimidos, o… Por no mencionar a los espabilados que piensan que tras la búsqueda de la vacuna se oculta un pérfido complot que involucra a Bill Gates, el IBEX35, la OMS, la Francmasonería y un comando romulano. Ah, y también Sauron; se me olvidaba. 🙂

En fin, sobre algunos de esos disparates volveremos en la siguiente entrada. Hoy me ocuparé de un aspecto que merece cierta reflexión, y nos puede servir de aperitivo antes de entrar de lleno en el tema de los virus y las vacunas.

Fuente:  www.eldiario.es

No sé, amigo lector, cómo habréis afrontado en tu país la pandemia. Aquí, en España, a mediados de marzo tuvimos que recluirnos en casa durante semanas. Tras la histeria inicial de los compradores compulsivos de papel higiénico, nos adaptamos a la nueva situación. Por norma general, hemos mantenido una disciplina y solidaridad notables. Obviamente, las medidas que debimos adoptar, de buen grado o por fuerza, son molestas, desagradables e incluso crueles. No poder visitar a tus seres queridos, o acompañarlos en sus últimos momentos, por ejemplo. Qué remedio, la mayoría lo aceptamos, y no sólo en nombre de nuestra salud, sino para proteger a los demás.

Claro, hubo quienes no lo vieron así. En las redes sociales he podido leer encendidos alegatos donde se quejaban amargamente de cómo las medidas de la cuarentena (confinamiento, mascarillas, guardar una distancia de seguridad, etc.) atentaban contra nuestra dignidad de seres humanos, la libertad y demás, y por eso había que rebelarse contra ellas.

Esas engorrosas medidas restringen nuestra libertad, nadie lo discute. Sin embargo, deberíamos ver las cosas con perspectiva, tratando de situarnos en la naturaleza y comprendiendo cómo funciona. Para eso, la ciencia nos ayuda, ya que nos muestra que no somos el centro del cosmos, sino más bien todo lo contrario. Por mucho que sufra nuesto orgullo, debemos ser conscientes de nuestra irrelevancia y asumirla.

Dejemos de momento los virus a un lado y pensemos en otras criaturas que pueden perjudicarnos, como bacterias y hongos. ¿Qué somos para ellos?

Para bacterias y hongos no somos los reyes de la creación, ni seres superiores, ni criaturas de luz, ni ángeles en potencia, ni custodios de valores sagrados, ni promesas henchidas de esperanzas, ni gaitas. No son políticamente correctos. No consideran esas cosas. Ni siquiera tienen cerebro, ni mente, ni falta que les hace.

Para bacterias y hongos, los seres humanos sólo somos cachos de carne con patas. Somos comida. Todos nosotros, sin distinciones. Y punto.

¿Quieres un ejemplo, amigo lector? Pues permíteme presentarte a Aspergillus fumigatus:

A. fumigatus es un moho bastante común. De hecho, esta microfoto se la tomamos a un cultivo aislado de una muestra de suelo de jardín. Como buen moho que es, se alimenta a base de descomponer materia orgánica. Emite enzimas que la pudren, y luego absorbe los resultados de esa especie de digestión externa. Simple y efectivo.

El mundo está lleno de mohos. Descomponen casi cualquier cosa que les pueda proporcionar nutrientes. Así, cuando afirmamos que un moho puede devorar un libro, hablamos literalmente: 🙂

A. fumigatus, como cualquier moho, se reproduce por medio de esporas microscópicas que se dispersan por el aire. Supongo, amigo lector, que ahora mismo estarás respirando (en caso contrario tendrías un problema serio, créeme). En cada inhalación, innumerables esporas fúngicas entran en tus pulmones. Es decir, van a parar a un lugar húmedo, calentito y hecho de materia orgánica: el paraíso para cualquier hongo.

¿Por qué esas esporas no germinan, permitiendo al moho crecer, pudrirte los pulmones y devorarte vivo? ¿Qué es lo que te protege? ¿Alguna energía cósmica especial? ¿Encasquetarte un gorro de papel de aluminio? ¿Cubrirte el ombligo con esparadrapo? ¿Recitar un mantra? ¿Tener los chakras bien alineados, en vez de al tresbolillo?

Lo que evita que hongos y bacterias te pudran lentamente y luego te maten es, básicamente, tu sistema inmunitario y demás defensas de tu cuerpo, tanto físicas como químicas. Medicinas, antibióticos y demás también ayudan, por supuesto, igual que las medidas de higiene, mantener un buen estado de salud, etc.

Situémonos ahora en un hospital, en el caso de un enfermo muy débil, bien sea por su edad, por estar recibiendo algún tipo de tratamiento… y que como resultado, tenga el sistema inmunitario bajo mínimos. Supongamos que las esporas de A. fumigatus llegan hasta él a través de los sistemas de ventilación del edificio; los mohos son muy buenos a la hora de infiltrarse en cualquier rincón. Como el paciente aún respira, las esporas entran en los pulmones de un cuerpo indefenso. ¿Qué supone eso para el hongo?

Buffet libre. Comida gratis.

Suena cruel, lo sé, pero es lo que hay. Los mohos necesitan materia orgánica para alimentarse. Lo mismo les da que sea un trozo de pan abandonado en un cubo de basura que un cuerpo humano. Para ellos, sólo somos unos cuantos kilos de comida ambulante. De hecho, todos los años mueren algunos pacientes en los hospitales, atacados por A. fumigatus.

Y estamos hablando de mohos, que son descomponedores oportunistas. Luego están los parásitos profesionales. A un moho le resulta muy difícil penetrar en las defensas de una persona sana. Un parásito, seleccionado por millones de años de evolución, no tendrá problema en hacerlo.

Ah, otra cosa relacionada con todo lo anterior. He comprobado durante estos meses que muchos se rasgan las vestiduras cuando los expertos utilizan un lenguaje bélico para referirse a la lucha contra las enfermedades. ¿Por qué, oh, cielos, semejante incorrección política?

Pues porque se trata de una guerra, una que empezó hace miles de millones de años, entre parásitos y sus víctimas. La naturaleza no es políticamente correcta. Para ella, el bien y el mal no tienen sentido. No gira en torno a nosotros, adecuándose a nuestras ideologías y expectativas. Se limita a funcionar, mientras disponga de una fuente de energía. Podemos visualizarla como un escenario en el que se representa una obra coral, con innumerables actores. Nosotros somos uno más.

En ese escenario, los parásitos, tanto oportunistas como especializados, van a intentar usarnos como fuente de comida. Es una guerra que existirá mientras haya vida. Una guerra en la que los parásitos ni darán ni ofrecerán cuartel. Una guerra en la cual, si queremos mantener a raya al enemigo, tendremos que embarcarnos en una carrera de armamentos, combinando juiciosamente la tecnología, el buen sentido y la experiencia acumulada durante milenios de historia humana.

Por eso debemos adoptar, en situaciones excepcionales, medidas impopulares o desagradables, que restringen nuestra libertad. A nadie le gustan, pero la alternativa es infinitamente peor. Sólo hay que echar la vista atrás, y revisar lo que ocurrió en las pandemias del pasado.

Bueno, amigo lector, he aquí el escenario. Ahora toca hablar de unos de sus actores más notables: los virus. Pero eso será en la próxima entrada.

El xenomorfo es un aficionado.

Natura artis magistra (la naturaleza es la maestra de las artes): así titulábamos una antigua entrada. Si observamos el mundo que nos rodea, hallaremos por doquier ejemplos inspiradores que harán las delicias de cualquier aficionado a la ciencia ficción. Los seres vivos son capaces de sorprender a la imaginación más desbocada.

Distintas fases vitales de un xenomorfo típico (fuente:  toywiz.com)

Consideremos la película Alien. El ciclo vital del xenomorfo, el icónico monstruo diseñado por H. G. Giger, se basa en el de ciertas avispas, aunque estas no son los únicos insectos que exhiben un comportamiento tan… en fin, cruel, desde nuestra perspectiva humana. Poner los huevos en el interior de sus presas sin matarlas, para que las larvas las devoren poco a poco, y luego brotar de la carcasa vacía de su víctima… Espeluznante. Es difícil ver un documental sobre el comportamiento de estos bichos sin estremecerse. Se pone uno en el pellejo (mejor dicho, en el exoesqueleto) de la pobre presa y… agh. 🙂

Estos peculiares insectos son muy frecuentes, aunque muchos de ellos son tan pequeñitos que no los vemos aunque los tengamos delante. Los biólogos nos referimos a ellos como parasitoides. Hay varios tipos; en concreto, el xenomorfo sería un endoparasitoide, pues se alimenta en el interior de su hospedante.

Si usted lo desea puede comprar parasitoides, ya que algunos son magníficos agentes de biocontrol para las plagas que afectan a los cultivos. Valga un ejemplo:

Los insectos no son los únicos organismos que podrían dar lecciones al xenomorfo a la hora de liquidar a su anfitrión. Ciertos hongos también son de armas tomar. En una de las primeras entradas del blog ya comentamos el caso del hongo de las hormigas zombis, Ophiocordyceps unilateralis, que inspiró el magnífico videojuego The Last of Us.

No es necesario salir fuera de casa para hallar otro hongo que nos recuerda al xenomorfo por su comportamiento. Se trata de Entomophthora muscae, una especie muy común. Sus víctimas suelen aparecer en los marcos de las ventanas o en los cristales. Están rodeadas de un polvillo blanco, que corresponde a las esporas del hongo.

Entomophthora muscae es un auténtico asesino de moscas (Musca domestica), aunque puede atacar a otros dípteros. Así, es frecuente que liquide a las ubicuas moscas del vinagre (Drosophila melanogaster). Ya, no es lo mismo asistir a la agonía de la tripulación de la Nostromo que a la de unas vulgares moscas, pero el proceso es similar. Veámoslo.

Supongamos que una espora del hongo llega a la infortunada mosca. Germina, entra en su cuerpo y comienza a crecer alimentándose de la hemolinfa, el equivalente a la sangre en los insectos. La pobre mosca está condenada; apenas le queda una semana de vida. Las hifas del hongo crecen por su cuerpo, devorándole los órganos, hasta que finalmente entran en su cerebro y controlan su comportamiento.

La mosca, ya muy enferma, se posará y, en su agonía, se sentirá impelida a trepar hacia arriba. Allí morirá, pero antes se despatarrará y extenderá las alas, lo que favorecerá la dispersión de las esporas fúngicas. Para ello, el hongo atravesará las articulaciones entre placas del exoesqueleto y expulsará las esporas, que quedarán como una mancha blanquecina alrededor del cadáver. El lugar, normalmente una pared o una ventana, es ideal para infectar a otras moscas.

Lo dicho: el xenomorfo podrá darnos miedo, pero Entomophthora muscae, igual que el hongo de las hormigas zombis, son auténticos profesionales, que llevan millones de años liquidando a sus víctimas. Por fortuna, no nos atacan a nosotros. Aún.

Es un buen momento para jugar a The Last of Us… 🙂

La noche europea de los investigadores 2016

Como todos los años, a finales de septiembre se celebra La noche europea de los investigadores. Se trata de una jornada dedicada a la divulgación científica, abierta a todos los públicos.

En Almería estaremos la tarde del viernes, 30 de septiembre, en la Av. Federico García Lorca. Es gratis, y se pueden visitar los distintos puestos al tiempo que se da un agradable paseo. Nosotros aportaremos nuestro granito de arena divulgando el fascinante mundo de los hongos. Más información aquí:

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Los hongos de Lovecraft

Como ya comentamos en otras entradas (véase la de H. G. Wells), los autores anglosajones han asociado a los hongos con lo siniestro, la putrefacción, el declive, lo anormal. Poco hay de positivo o agradable, en suma.

Ciñéndonos a lo fantástico, consideremos el caso de Howard Phillips Lovecraft (1890-1937). Buscar hongos en sus obras nos proporciona una buena excusa para releerlas. 🙂 Y lo tenemos fácil: una de ellas se titula Fungi from Yuggoth (Hongos de Yuggoth), que agrupa 36 sonetos escritos entre 1929 y 1930. Abarcan desde lo onírico hasta el horror cósmico, pasando por otros difícilmente clasificables.

Fungi_from_Yuggoth_1993Fuente: en.wikipedia.org

Veamos qué le sugerían los hongos a Lovecraft. Pese a lo prometedor del título de la obra, sólo aparecen en un verso del soneto XIV (Star-Winds):

[…] This is the hour when moonstruck poets know

What fungi sprout in Yuggoth, and what scents

And tints of flowers fill Nithon’s continents, […]

En el soneto, los hongos se asocian con el crepúsculo, el otoño, lo alienígeno, lo onírico y los poetas lunáticos. Hace que los contemplemos como si se tratara de criaturas raras, ajenas.

¿Qué es Yuggoth, y a qué hongos se refiere? Poco más se puede averiguar en el poema, así que tendremos que buscar en otra obra de Lovecraft: The Whisperer in Darkness (El que susurra en la oscuridad), escrita en 1930 y publicada en 1931.

El Yuggoth de The Whisperer in Darkness se nos presenta como un planeta situado más allá de la órbita de Neptuno. Lovecraft llega a identificarlo con Plutón, que precisamente fue descubierto mientras escribía este relato. El Yuggoth lovecraftiano no es el mundo aparentemente muerto que nos reveló la sonda New Horizons. En cambio, se trata de un lugar con extrañas ciudades, donde medra una colonia de criaturas extaterrestres de una raza conocida como Mi-go. ¿Y los hongos? Pues son los propios Mi-go; al menos, en parte.

Представник СтарцівPrimordial o Antiguo, enemigo de los Mi-go (fuente: en.wikipedia.org)

Los Mi-go son citados en otra novela de Lovecraft: At the Mountains of Madness (En las montañas de la locura), escrita en 1931 y publicada en 1936.  Esta obra se centra en otras criaturas lovecraftianas, como los Primordiales y los obscenos shoggoths. De los Mi-go se indica que se trata de una raza invasora del espacio exterior, la cual luchó contra los Primordiales mucho antes de la aparición de la especie humana.

Lovecraft,_Mountains_of_MadnessLos protagonistas de At the Mountains of Madness, perseguidos por un shoggoth.

Poco más se dice de ellos en At the Mountains of Madness; concretamente, que son una mezcla de crustáceos y hongos. Un servidor de ustedes solamente ha encontrado tal mezcla en la mesa de un restaurante, cuando ha pedido un revuelto de setas y gambas (sabroso plato, por cierto; aquí tienen unas cuantas recetas). Obviamente, no era esto lo que Lovecraft tenía en mente acerca de los Mi-go. 🙂 Por suerte, en The Whisperer in Darkness disponemos de bastante información sobre estas criaturas.

  MigoMi-go: medio cangrejo, medio hongo (fuente: en.wikipedia.org)

En cuanto a su aspecto físico, recuerdan a grandes cangrejos con patas articuladas armadas con garras. Poseen una cabeza sin ojos, llena de apéndices similares a antenas o tentáculos. También tienen alas, que les permiten desplazarse a través del éter del espacio (al parecer, Lovecraft aún creía en la existencia del éter, que no sobrevivió al triunfo de la teoría de la relatividad). Son extremadamente inteligentes, además de telépatas. Su dominio de la cirugía hace que, mediante una sencilla operación, puedan emitir sonidos con voz susurrante.

Dejando aparte su aspecto cangrejoide, los Mi-go son más que nada hongos, o algo parecido. En un momento de la novela, el narrador se refiere a ellos como «los hongos vivientes de Yuggoth». Nos dice que son un tanto fungiformes, más vegetales que animales (en aquella época, los hongos se incluían todavía en el Reino Vegetal, aunque hoy sabemos que están más emparentados con los animales que con las plantas), que poseen una sustancia similar a la clorofila, pero con un peculiar sistema nutricional que los separa de los «hongos cormofíticos». Da la impresión de que Lovecraft no entendía bien lo que es un hongo, pues «hongo cormofítico» suena tan absurdo como «invertebrado con vértebras»; palabra de micólogo. 🙂

Los Mi-go no son abiertamente hostiles respecto a los humanos, pero van a lo suyo y si interferimos con sus intereses, no mostrarán piedad ni empatía. También hacen gala de algunas costumbres enojosas, como la de extraer los cerebros del prójimo y envasarlos en unos cilindros metálicos, que pueden ser conectados a máquinas y transportados donde fuere menester.

La intención de Lovecraft, expresada por el narrador en primera persona, es que los Mi-go provoquen miedo o inquietud, y sean vistos como algo alienígeno. Y una de las formas de lograrlo es identificarlos con los hongos. La raíz «fung-» suena exótica a un angloparlante. Fungoso, fúngico, fungiforme, fungosidad… Son palabras que contribuyen a generar extrañeza en el lector. Por eso, Yuggoth, residencia en el Sistema Solar de los Mi-go, es un planeta fúngico, como se sugiere más de una vez en la novela.

Sí, da la impresión de que para los escritores anglosajones, los hongos no son de este mundo. Qué diferencia si los comparamos con los rusos, que los consideran preciados frutos de la Madre Tierra. Pero esa ya es otra historia, que será contada en otra ocasión. 🙂

Nota final: leyendo a Lovecraft, parece evidente que era un hombre culto, preocupado por estar al día y documentarse. Cita a científicos como Wegener o Einstein (con el que sus personajes no están de acuerdo, por cierto), o a recopiladores de lo paranormal, como Charles Fort. A veces podía confundirse, como en el caso de los hongos, o adoptar teorías hoy desacreditadas, como que la Luna surgió del océano Pacífico o la existencia del éter. Lo que queda claro es que, desde el punto de vista intelectual, no vivía de espaldas al mundo.

El pedo de lobo lovecraftiano

Al comentar el cuento de H. G. Wells El píleo púrpura ya indicamos que, por lo general, los hongos tienen connotaciones negativas o siniestras para los autores de raíz anglosajona. Dejaremos para una futura entrada profundizar en el porqué. Ahora nos ocuparemos de un caso concreto, bastante divertido desde el punto de vista de un micólogo (como un servidor de ustedes).

A los aficionados al cómic y al cine fantásticos les sonará Hellboy. El personaje creado por Mike Mignola ha alcanzado una merecida popularidad. Como suele suceder con los personajes de éxito, al cabo del tiempo aparecieron series derivadas o secuelas (para los amantes de los anglicismos, spin-offs), de las cuales nos interesa una, la más popular: AIDP (en inglés: BPRD).

AIDP son las siglas de la Agencia de Investigación y Defensa Paranormal, de la cual formó parte el bueno de Hellboy. Muchas de las entidades a las que se enfrenta esta organización exhiben un aire acusadamente lovecraftiano. Y por supuesto, entre esas obscenas maldades no podía faltar un hongo. En el tercer álbum de la serie, por cierto, titulado: Una plaga de ranas. Ah, ojo: spoilers.

Rebuscando por Google Imágenes, he encontrado una viñeta con el hongo en cuestión:

AIDP1Traducción: «Hace seis semanas era del tamaño de la uña de mi pulgar. Estructuralmente hablando, es un hongo común, similar a Lycoperdon

Vale. Aquí es cuando el micólogo tiene uno de esos «momentos WTF», pero sigamos con la historia. El hongo parece inofensivo, encerrado en su contenedor, pero hay un sabotaje (como cabía esperar), el contenedor se rompe y pasa lo que tenía que pasar:

AIDP2

Al final, el tipo invadido por el hongo se convierte en… bueno, en esto:

AIDP3

El estropicio resultante se lo pueden ustedes imaginar. Sin embargo, mientras que el lector no científico quizá se estremezca de horror, es más probable que al micólogo le dé la risa floja, pensando: «¿Un Lycoperdon? ¿En serio?».

En fin… Miren ustedes que hay hongos agresivos y siniestros en el mundo. Sin ir más lejos, como explicamos en una antigua entrada, algunos parásitos, como Ophiocordyceps, pueden convertir a sus víctimas en zombis, e inspiraron el magnífico videojuego The Last of Us. Otros pueden devorar nuestro cerebro, convertir nuestros pulmones en una masa putrefacta o dejar nuestra carne con el aspecto de una hamburguesa cruda. Pero ¿un Lycoperdon?

LycoperdonCuerpos fructíferos de Lycoperdon perlatum en el suelo de un encinar.

Los hongos del género Lycoperdon son conocidos vulgarmente por el poco épico nombre de cuescos o pedos de lobo. Los análisis genéticos han demostrado que pertenecen a la familia de los agaricáceos, la misma que incluye al champiñón cultivado que solemos encontrar en los supermercados. Al igual que los champiñones, son saprofitos (es decir, se alimentan de materia orgánica en descomposición, reciclándola) y comestibles, al menos de jóvenes, con la carne aún blanca.

BovistaEmisión de esporas en un pedo de lobo (Bovista plumbea).

Lo de pedos de lobo le viene por su peculiar manera de liberar las esporas. A diferencia de los champiñones, las esporas maduran en el interior del cuerpo fructífero, que se convierte en una especie de bolsa llena de polvo. Al más mínimo golpecito (gotas de lluvia, la pisada de un animal, un micólogo curioso…), se libera una nube de miles de esporas que se dispersan por el aire.

En suma, los cuescos de lobo no son precisamente unos horrores lovecraftianos. Incluso tienen virtudes medicinales, y tradicionalmente se han colocado sobre las heridas para cortar hemorragias y por sus propiedades antisépticas (producen compuestos químicos de acción antibiótica). Por eso alzamos nuestra voz en su defensa. Que tan nobles criaturas no sean mancilladas por la calumnia. 🙂

H. G. Wells y la seta púrpura

H.G. Wells by BeresfordH. G. Wells (fuente: es.wikipedia.org)

Herbert George Wells (1866-1946) es uno de los padres de la ciencia ficción. Los títulos de algunas de sus novelas resultan muy familiares, y no sólo al aficionado a la literatura fantástica: La guerra de los mundos, La máquina del tiempo, La isla del doctor Moreau, El hombre invisible… En diversas ocasiones han sido llevadas a la gran pantalla, con mayor o menor fortuna, desde versiones fieles hasta otras cuyo parecido con el original es pura coincidencia. Eso daría para otra entrada en el blog, pero no es el propósito de la presente. Tampoco hablaremos de su ideología izquierdista, su preocupación por las injusticias sociales y el destino de la Humanidad… Hoy nos ocuparemos de lo que puede parecer un tema menor, aunque…

Además de novelas, H. G. Wells también escribió cuentos, cuya lectura es una delicia. Uno de ellos me agrada especialmente; más que nada porque un servidor de ustedes es micólogo, y la estrella del relato es una seta. El cuento se titula The Purple Pileus (1896). Puede leerse el original aquí. También se puede encontrar en formato de audiolibro, e incluso existe una versión para la TV; en concreto, un episodio de la miniserie The Nightmare Worlds of H. G. Wells.

Si no me equivoco, está traducido al español como El píleo rojo y figura en las antologías La historia de Plattner y otras narraciones (Valdemar) y El país de los ciegos y otros relatos (El Aleph). Confieso que sólo he leído la versión inglesa. No sé por qué en las españolas le cambian el color al píleo, de púrpura a rojo. Tendré que rascarme el bolsillo y comprar alguna de esas antologías, a ver.

Por cierto, la palabra «píleo», que alude a un tipo de gorra o capelo, se aplica en Micología al sombrerillo de las setas. De ahí el título del relato.

Aviso: spoilers (aunque no demasiados). 🙂

H. G. Wells nos presenta al señor Coombes, un hombre amargado que, después de años de matrimonio, es menospreciado por su mujer y los amigos de ésta. Sin exagerar, su autoestima está por los suelos. No ha cumplido sus sueños y nadie lo respeta.

Mientras pasea por el bosque, después de abandonar el hogar tras una discusión poco gloriosa, coquetea con la idea del suicidio. Entonces se tropieza con un grupo de extrañas setas, con toda la pinta de ser venenosas. Harto de la vida, se las zampa. Y de repente, lo ve todo de otra manera. Experimenta una gran euforia, que desea compartir con los demás. Recolecta varios tipos de setas, se las lleva a casa y… Bueno, para saber cómo acaba, léanse el cuento.

La historia es divertida, sin duda, pero los micólogos, además de disfrutarla, nos fijamos en algunas cosas que quizá pasen desapercibidas para otros lectores. Deformación profesional, qué se le va a hacer. Y ciertos detalles nos llevarán a cuestiones más profundas, preferencias culturales que se hunden en el abismo del tiempo.

Ante todo, la seta que devora el señor Coombes no existe. H. G. Wells se la inventó; por exigencias del guión creó un montruo de Frankenstein fúngico. Tiene un píleo púrpura brillante, exhala un olor agrio y, por si faltaba algo para confirmar su peligrosidad, la carne cambia de color al cortarla. Su sabor es muy picante, aunque no desagradable. Una cosa así ha de ser mortífera, fijo. Por eso Coombes la devora, para acabar con la melancolía que sufre.

 2012-07-12 Boletus erythropus 2 cropLa carne de Boletus erythropus azulea al corte. Esto no tiene nada que ver con la toxicidad, que puede existir o no. Esta seta, por ejemplo, es comestible si se cocina adecuadamente (fuente: commons.wikimedia.org).

Wells se equivoca al suponer que una seta con esas características tiene necesariamente que ser venenosa. El cambio de color de la carne al cortarla, por ejemplo. En ciertas especies del género Boletus vira a un azul intenso. Asusta, sí, pero no tiene nada que ver con el veneno; se trata de una inocua reacción de oxidación. También hay setas picantes (ciertas rúsulas y níscalos) que son comestibles (si a uno le gustan esas cosas) o, como mucho, pueden darnos dolor de tripa. Pero mortales, lo que se dice mortales, no son…

Am_muscaria2Ejemplares de Amanita muscaria

En cualquier caso, el hongo no mata a Coombes, sino que le cambia la conducta. A juzgar por los síntomas no se trata de una seta alucinógena, sino más bien euforizante: una suerte de borrachera en la que el individuo pierde sus inhibiciones. Recuerda algo al efecto de Amanita muscaria. De hecho, el señor Coombes recoge, con ánimo de compartir con familiares y amigos, varias setas distintas, las muscarias entre ellas, pero queda claro que la que lo pone como una moto, con perdón, es el misterioso píleo púrpura, no la muscaria.

Ya en casa, y a modo de fin de fiesta, Coombes acaba bebiéndose unas cuantas cervezas lo que, unido al efecto de la seta, provoca que duerma como un bendito. Por cierto, el alcohol de la cerveza es producido por otro hongo (una levadura, concretamente). 🙂

Dejando aparte el mayor o menor desconocimiento de H. G. Wells sobre las setas (al fin y al cabo, se admiten estas licencias en las obras de ficción), hay algo que debería llamarnos poderosamente la atención: la actitud de Wells hacia los hongos. Olvidémonos por un momento del cuento en sí, y leamos entre líneas.

Da la impresión de que le provocaban rechazo. Los trata con recelo. Cuando se refiere a ellos, emplea términos despectivos. Habla de hongos apestosos («evil-smelling fungi»), de un «púrpura de apariencia venenosa», de mortíferos venenos (se trata de una información transmitida de padres a hijos, como se enfatiza en el relato) y, al final, su hermano se pregunta para qué sirven tantos hongos…

Esa actitud negativa no es exclusiva de Wells. En general, los escritores de tradición anglosajona han visto los hongos con malos ojos. A cualquier aficionado al fantástico le sonarán descripciones donde estos seres están asociados a la podredumbre, al declive, al crepúsculo o a la muerte. Se les aplican epítetos como «obscenos», «enfermizos», «siniestros»

Esto no sería de extrañar si la aversión por los hongos fuera universal. Sin embargo, hay otros pueblos para los cuales los hongos no tienen nada de siniestro. Los rusos, sin ir más lejos.

¿Por qué?

Pues ya tenemos tema para otra entrada… 🙂

Parece de ciencia ficción…

Permítenos, amable lector, incluir un inciso entre armas, gérmenes y acero.

Cuando releemos algunos relatos de ciencia ficción que escribimos años atrás, constatamos cómo ciertas «predicciones» en ocasiones se cumplen en elmundo real. A veces son divertidas; otras, no tanto.

Vidas

Vamos primero con una de las pintorescas. Hace tiempo publicamos una novela corta, El hongo que sabía demasiado (aparece incluida en la antología Vidas extrañas). En ella relatamos las peripecias de un inexperto diplomático al que envían a un planeta donde todo gira en torno a los hongos. Éstos son fuente de alimento, se emplean como herramientas, e incluso las viviendas se construyen con sus micelios.

¿Exagerado? Quizá no tanto. Los hongos pueden cultivarse para fabricar materiales de construcción. En serio. En el sitio web de Mycoworks nos enseñan cómo se fabrican ladrillos fúngicos, ligeros y resistentes. Qué cosas. Natura artis magistra. 🙂

Otras «predicciones» resultan más sombrías.

Linea

Muchos de nuestros relatos giran en torno a la guerra. Nos guste o no, ha acompañado a la Humanidad desde el principio, y nos tememos que seguirá con nosotros durante mucho tiempo. En ella se muestra lo mejor y lo peor del ser humano, y da mucho juego a los escritores, que pueden contar historias que van desde lo sórdido hasta lo épico.

En las novelas de ciencia ficción es frecuente especular sobre el armamento del futuro. Desde que empezamos a escribir a dúo, hace ya algunos lustros, nos pareció lógico que en el futuro se emplearan cazabombarderos no tripulados, dirigidos a distancia. Tienen muchas ventajas; sobre todo, no llevan un frágil piloto de carne y hueso en su interior, por lo que pueden efectuar maniobras con mucha mayor libertad. Además, si el enemigo derriba uno, no puede exhibir o torturar a los pilotos.

Al inicio de una de nuestras primeras novelas, Tras la línea imaginaria (publicada en 2004, pero los primeros borradores son de la década anterior) relatamos la angustia y el miedo que experimentan unos pilotos humanos, a bordo de interceptores obsoletos, que deben enfrentarse a unos cazabombarderos no tripulados de última generación. Saben que van a morir. Su única obsesión es derribar uno solo de aquellos monstruos mecánicos, demostrar que no son invencibles, obtener una victoria moral.

En fin, ahí están los drones. Feos, prosaicos y de una eficacia letal. Bienvenidos al futuro.

Más cosas. En muchos relatos dimos por sentado que las sociedades futuras avanzadas están dispuestas a ceder libertad a cambio de seguridad. Suena familiar, ¿verdad?

A veces, al releer lo que escribimos, nos asustamos. Ojalá que no se cumplan ciertas cosas. Por suerte, el futuro no está escrito.

Y ahora, a continuar con la serie de entradas sobre el origen de la desigualdad humana.

Natura Artis Magistra

«La naturaleza es la maestra de las artes»: tal es el lema del zoo de Amsterdam. Se trata de una gran verdad, que también se puede aplicar a la ciencia ficción. El mundo animal, sin ir más lejos, esconde maravillas que han inspirado a escritores y cineastas amantes de los fantástico. Un ejemplo bien conocido es el de la saga Alien; el ciclo vital de la criatura está inspirado en el de las avispas icneumónidas. Asimismo, en la literatura de CF podemos encontrar sociedades extraterrestres inspiradas en los insectos sociales, animales coloniales, felinos, feroces depredadores…

Aunque no suelen llamar la atención tanto como los animales o las plantas, los hongos también nos asombran y pueden darnos ideas a la hora de diseñar escenarios alienígenas donde ubicar los relatos. Bueno, también influye que quien escribe estas líneas sea micólogo, y le fascinen estos peculiares organismos… 🙂

 Armillaria3Armilaria de color miel (Armillaria mellea)

Veamos uno de mis ejemplos favoritos. Un género de hongos muy corriente, tanto en Europa como en América, es Armillaria. No es raro encontrar estas setas, frecuentemente en grandes manojos, asociadas a troncos de árboles. Pobres de estos últimos, pues las armilarias pueden convertirse en parásitos feroces. La especie más representativa es A. mellea, la armilaria de color miel. Cocinada del modo adecuado, es comestible (doy fe de ello).

Puede que en este momento, amigo internauta, te hagas la siguiente reflexión: «OK, una seta. Pero en cuanto a lo de servir de inspiración para un relato de ciencia ficción, qué quiere que le diga. Aquí, entre nosotros, no se me antoja una criatura muy expresiva o sugerente…» Sin embargo, bajo su humilde apariencia, las armilarias son unos organismos asombrosos.

 himenioLas setas sólo son las plataformas lanzadoras de esporas de ciertos hongos. El cuerpo de éstos permanece invisible a los ojos.

Ante todo, hay que tener en cuenta que una seta no es un organismo completo. Se trata simplemente de la punta del iceberg: la fructificación de un ser vivo mucho más vasto, que se desarrolla oculto a la vista. Y lo más importante: los hongos nada tienen que ver con las plantas.

Desde el punto de vista evolutivo, los hongos son un grupo hermano de los animales. Tanto ellos como nosotros nos alimentamos de materia orgánica, a la que debemos digerir para poder asimilarla. Los animales solemos ingerir la comida; es decir, la introducimos dentro del cuerpo y allí, en nuestras tripas, realizamos la digestión. El problema es que, en la naturaleza, a veces la comida no quiere ser devorada, y suele salir corriendo, o se defiende, se camufla o te pone una demanda por acoso… Por ello, para no morirse de hambre y hacerse con la esquiva comida, los animales hemos evolucionado desarrollando cuerpos complejos, con músculos, órganos de los sentidos, sistema nervioso… Nos hemos convertido en eficaces máquinas para buscar y capturar el alimento.

03mucor02Vista al microscopio del micelio (cuerpo filamentoso) de un hongo

Los hongos siguieron otra vía evolutiva. En vez de ingerir el alimento, se limitan a crecer dentro de él, segregando enzimas digestivas que lo descomponen, y luego se limitan a absorberlo. Sus cuerpos son simples; mayormente, los hongos son seres filamentosos, como pelusas vivas, más sutiles que las hebras de una telaraña. Su cuerpo recibe el nombre de micelio, y su tamaño oscila de unos milímetros cuadrados hasta… Bien, hasta límites increíbles, como en ciertas armilarias.

En Norteamérica existe una especie, Armillaria solidipes (también conocida como Armillaria ostoyae) que alcanza tamaños de récord. Por ejemplo, en abril de 2003 se publicó que un individuo de este hongo, hallado en un bosque del estado de Oregón, ocupaba una extensión de suelo de 8,9 kilómetros cuadrados. Se estimó su edad en 2400 años, y su peso en 605 toneladas. Ahí queda eso.

Imaginémoslo. La espora microscópica que dio origen a este monstruo había germinado unos cuatro siglos antes de que la República Romana muriera de agotamiento y diera paso al Imperio con Octavio Augusto. Su micelio crecía invisible en el suelo del bosque, con la implacable perseverancia de los hongos, alimentándose de materia orgánica, como una inmensa telaraña. Si se tropezaba con algún árbol debilitado, aprovechaba la ocasión y, como todas las armilarias, se convertía en un asesino inmisericorde. Quizá, sus filamentos conectaban unos árboles con otros, convirtiendo todo el bosque en un único organismo vivo. Lo que ocurre bajo nuestros pies nos es tan desconocido y ajeno como la superficie de otro planeta.

Un organismo inspirador para los escritores fantásticos, sin duda. A su lado, la ballena azul o los dinosaurios son unos auténticos pitufos. De hecho, nosotros escribimos una novela corta de CF (El hongo que sabía demasiado) ambientada en un planeta donde todo gira en torno a los hongos. Todos los extraños organismos que en ella se describían (hongos con sistema de mira fotosensible que funciona por fibra óptica, depredadores que cazan animales con lazo, etc.) son imágenes de otros que existen a nuestro alrededor, tal vez ocultos en la tierra de una maceta o medrando en una boñiga de vaca. Sólo hay que saber descubrirlos. 🙂

Natura artis magistra.

De hongos y ciencia ficción

Que una obra de ciencia ficción posea una sólida base científica no es garantía de éxito. Además, tiene que enganchar, despertar el sentido de la maravilla o lograr que sintamos empatía hacia los personajes.

Habitualmente, al pensar en ciencia ficción nos vienen a la mente novelas, cuentos, películas o series de televisión. Sin embargo, el mundo de los videojuegos también ha de ser tenido en cuenta, siquiera por el volumen de negocio que supone. En bastantes ocasiones, el aporte de la ciencia ficción es poco más que estético: sirve para ambientar un shooter o un survival, y ahí se queda. El escenario puede resultar muy futurista, galáctico o postapocalíptico, pero lo que realmente importa al jugador es la habilidad del personaje para disparar y salvar el pellejo. Se trata, por tanto, de obras con elementos de ciencia ficción, más que de ciencia ficción.

Por fortuna, hay videojuegos que se valen de la ciencia ficción para narrar una gran historia (sin olvidar la jugabilidad, por supuesto). Y en algunos de ellos hay muy buena ciencia detrás. Un ejemplo notable es The Last of Us (2013), uno de los mejores juegos creados para PS3, y remasterizado para PS4 en 2014.

The Last of Us es un juego redondo. Los gráficos sacan todo el partido posible a la PS3, la ambientación es magnífica, la banda sonora no le va a la zaga, la historia está muy bien llevada y pronto les tomas cariño a los personajes. Y por si le faltara algo, tiene una base científica sólida, que lleva a una extrapolación inquietante. En este caso, tiene que ver con la Micología, la disciplina científica que se ocupa de los hongos. Puesto que uno de nosotros es micólogo de profesión, se decidió a comprar el juego y completarlo. Todo sea por el interés científico (a ver si cuela…). 🙂

¿De qué va The Last of Us? Quédense tranquilos los que piensen jugarlo; aquí no vamos a soltar spoilers, sino que nos limitaremos a comentar a grandes rasgos el argumento, y nos centraremos en la parte de extrapolación científica. Se trata de una historia que, en principio suena poco original: una enfermedad diezma a la Humanidad, y los supervivientes las pasan canutas en un mundo lleno de peligros, infectados, represión… La excelencia de The Last of Us radica en la manera de contarla, los personajes, la cuidada ambientación… y el agente causal de la enfermedad, un hongo que existe en el mundo real, y es capaz de modificar la conducta de sus víctimas, convirtiéndolas en zombis. Cordyceps, se llama la criatura.

Seamos más precisos. Cordyceps es un género de hongos ascomicetos que incluye varios cientos de especies, muchas de ellas parásitas de insectos y otros artrópodos (aunque las hay que atacan a otros hongos).  Algunas tienen interés medicinal, tanto en la farmacopea tradicional china como en la obtención de antibióticos. Hasta hace poco se incluía en la familia Clavicipitaceae (la misma a la que pertenece el famoso cornezuelo del centeno), aunque ahora se ubica en su propia familia, Cordycipitaceae. Ciertas especies de Cordyceps se han separado en un nuevo género, Ophiocordyceps (qué se le va a hacer; de algo tienen que vivir los taxónomos, porque peor es de robar…). 😉

El hongo que se dedica a escabechar a la Humanidad en The Last of Us está basado en el de las hormigas zombis, que actualmente se denomina Ophiocordyceps unilateralis. Lo de «hormigas zombis» suena a película de serie B, pero es real. O. unilateralis toma el control del cerebro del insecto y lo obliga a modificar su comportamiento para incrementar la posibilidad de infectar a más hormigas. Podemos verlo en este vídeo de la BBC, narrado por el gran divulgador David Attenborough:

Una hormiga afectada por O. unilateralis cambia drásticamente su comportamiento. El hongo toma el control del cerebro del insecto, y hace que éste suba por el tallo de una planta hasta alcanzar una posición elevada, y se aferre a ella con las mandíbulas. Poco después, la hormiga muere. Una vez que el hongo ha consumido el contenido del insecto, forma un estroma alargado, en el cual se producen los peritecios (diminutos cuerpos fructíferos en cuyo interior se desarrollan las esporas, las cuales se dispersan por el aire). Desde esa plataforma, O. unilateralis tiene más posibilidades de infectar a posibles anfitriones.

Los guionistas de The Last of Us se inspiraron en este ciclo vital y propusieron una especulación razonable. Uno de estos Cordyceps muta y ataca a los seres humanos. Al igual que O. unilateralis, modifica la conducta de los infectados. En este caso, pierden el control de sus actos y atacan a otros seres humanos, mordiéndoles (esto no ocurre sólo en los hongos; el virus de la rabia, sin ir más lejos, provoca este cambio de comportamiento en un perro, como es bien sabido). De este modo, el hongo se propaga con mayor eficacia. Por si faltaba algo, la enfermedad no tiene cura; cuando el hongo se instala en el cerebro, no hay forma de sacarlo de ahí. Se desencadena así una pandemia fúngica que conduce a un escenario postapocalíptico. Y quien quiera saber más, que pruebe a jugarlo o, en su defecto, échele un vistazo a algún let’s play de los que abundan en YouTube. Éste es bueno:

Por cierto, una anécdota: en los títulos que aparecen a partir del minuto 22, hay imágenes de diversos hongos. Pueden distinguirse plasmodios de mixomicetos, esporangios de Pilobolus… En cualquier caso, impresionan. 🙂

Parásitos que toman el control del cerebro de sus anfitriones… O. unilateralis y el virus de la rabia no son los únicos. Obviamente, cuando empleamos expresiones como «tomar el control» o «convertir en zombis» da la impresión de que los parásitos son unos seres maquiavélicos, dotados de una inteligencia perversa que emplean para lograr sus horrendos fines. Por supuesto, ni los hongos ni los virus piensan (de hecho, los virus ni siquiera son seres vivos, pero ésa es otra historia). Estos comportamientos tan complejos, por mucho que nos maravillen, nada tienen de sobrenaturales. Pueden explicarse mediante la evolución por selección natural.

En los parásitos, como en cualquier hijo de vecino, existe diversidad genética. Si alguno de ellos, por azar, posee genes que provoquen un pequeño cambio en el comportamiento del anfitrión (por ejemplo, esos genes pueden codificar la producción de algún metabolito que interfiera con la transmisión del impulso nervioso en sus víctimas), y dicho cambio mejora la dispersión de las esporas del parásito… Bien, eso supondría que aumentarían las probabilidades de dejar más descendencia frente a otros individuos de la misma especie. Si disponemos de mucho, pero que mucho tiempo (y la vida en la Tierra surgió hace 3800 millones de años, si no antes), el medio irá seleccionando generación tras generación a los individuos con genomas que maximicen su éxito reproductor. ¿El resultado? Comportamientos que despiertan en nosotros sentimientos de maravilla, asombro, miedo o asco, pero que son, a fin de cuentas, adaptaciones al medio. Darwin dixit.

Para terminar este post, cabe mencionar que Cordyceps y similares no son los únicos hongos que se dedican a «martirizar» animales. Los hay que cazan gusanos con trampas adhesivas o en forma de lazo. Otros son auténticos asesinos de insectos, como el hongo de las moscas. Por cierto, y permítannos un poco de autopropaganda (que para eso es nuestro blog), en nuestra novela Tras la línea imaginaria nos inspiramos en el comportamiento del hongo de las moscas para poner las cosas difíciles a los personajes. 😉

En fin, que la ciencia ficción, además de hacernos pasar buenos ratos, también nos permite aprender ciencia.