Doble ciego (y II)

Hay experimentos cuyos sujetos de estudio son seres humanos. Por ejemplo, supongamos que queremos averiguar qué marca de cerveza es la preferida en nuestro país. Para ello, primero hemos de elegir una muestra representativa entre la población. Luego, lo más sencillo sería pedir a los individuos que cataran cada cerveza y la puntuaran de 0 (horrible) a 10 (sublime). En este caso, estaríamos hablando de un ensayo o experimento abierto.

Fuente: pixabay.com

Lo malo es que los resultados no serían fiables, pues intervendría, sin duda, el «factor humano». O dicho más finamente, el sesgo del sujeto que participa en el experimento. Consciente o inconscientemente, habría quienes se verían influenciados al conocer la marca de la cerveza. Por ejemplo, alguien podría puntuar bajo a Heineken si no le caen bien los holandeses. O dar una nota ínfima a Cruzcampo por culpa de los chistes que circulan por Internet acerca de esta marca. O puntuar muy alto a Estrella de Levante porque la fábrica está cerca del Campus de Espinardo de la Universidad de Murcia, y el sujeto en cuestión estudió allí y le evoca buenos recuerdos de su juventud (este podría ser el caso de un servidor de ustedes). O calificar con un 10 a una cerveza artesanal (aunque sepa a rayos) por aquello de dárselas de entendido, o… En fin. 🙂

¿Cómo evitarlo? Podría pensarse que con un experimento simple ciego. O sea, no dejemos que los sujetos experimentales sepan qué marca de cerveza están catando. En tal caso usted, el experimentador, asignaría a cada cerveza un número distinto, y se la ofrecería a los sujetos. «Pruebe y puntúe, por favor, la cerveza nº 1… OK. A continuación, la nº 2…». Así, la marca cervecera no condicionaría las respuestas. Parece que hemos eliminado los problemas que causa el «factor humano», ¿verdad?

Pues no. ¿Han oído hablar del caso de Hans el Listo?

 Hans am TretbrettHans, el caballo matemático (fuente: es.wikipedia.org)

A principios del siglo XX un caballo (sí, un caballo) alemán llamado Hans era capaz, o así parecía, de realizar operaciones matemáticas sencillas, como sumar o multiplicar. Si se le pedía que calculara, por ejemplo, el resultado de 2 + 3, Hans daba 5 patadas en el suelo, para asombro general. El equino se convirtió en todo un espectáculo y, por supuesto, llamó la atención de los científicos. ¿En verdad un caballo poseía habilidades matemáticas? ¿O se trataba de un engaño?

Pues ni una cosa ni la otra. En realidad, el caso de Hans el Listo supuso un antes y un después a la hora de diseñar experimentos.

Los científicos descubrieron que Hans no era un genio matemático. Simplemente, podía leer el lenguaje corporal humano, igual que otros animales domésticos. Cuando se le pedía que sumara 2 + 3, él empezaba a patear el suelo. Conforme se acercaba al resultado correcto, quienes lo rodeaban se iban poniendo en tensión sin darse cuenta, pero el animal lo captaba. Y al dar la 5ª patada, Hans, muy pendiente de la actitud del público, sabía que debía pararse ahí.

Hans trinkt BierHans y su dueño, el profesor de Matemáticas Wilhelm von Osten (fuente: es.wikipedia.org)

Cuando los experimentadores evitaban que Hans pudiera ver a su adiestrador o al público, el pobre fallaba y se enfadaba. Más de un sabio se llevó un buen mordisco del frustrado caballo. La conclusión era obvia: podía existir un sesgo del experimentador, el cual, sin saberlo, podía contaminar el resultado del experimento. Daba pistas inconscientes a otros, animales o seres humanos, capaces de leer (a sabiendas o no) el lenguaje corporal.

Trasladémoslo a nuestro ejemplo cervecero. Supongamos que usted, el experimentador, planifica un experimento simple ciego. Le asigna un número a cada cerveza, pero usted es un ser humano que, como todos, tiene sus manías y prejuicios. Por ejemplo, sabe que la cerveza con el nº 2 es una marca blanca de hipermercado, barata ella, mientras que la nº 5 es una cerveza belga de las caras. Sería divertido que los participantes en el experimento opinaran que la nº 2 es una maravilla y la nº 5 una birria, ¿verdad? Pues aunque usted no lo pretenda, su lenguaje corporal, su actitud, puede traicionar sus pensamientos. Y hay personas capaces de leer, siquiera de forma inconsciente, ese lenguaje corporal. Y quizás eso influirá en su respuesta.

Sí, los seres humanos fallamos. Metemos la pata. Nos solemos guiar por las emociones. Damos pistas sin querer. Por eso se propuso el ensayo doble ciego. La idea es de una maravillosa simplicidad: las personas que diseñan el experimento y las que lo ejecutan son distintas y no se comunican entre ellas. Y ya está.

Fuente: pixabay.com

Volvamos a la cerveza. Usted asigna a cada marca un número, guarda esa información en un sobre cerrado y se retira del escenario. A continuación, otra persona dará la cerveza a los sujetos e interactuará con ellos. Esta persona no tiene ni idea de a qué marca corresponde cada número. Por tanto, no se le podrá escapar información sin querer.

Ah, por cierto: existen los ensayos en triple ciego. En este caso, los que tratan estadísticamente los datos de los experimentos son distintos a sus diseñadores o a los que interactúan con los sujetos. Lo dicho: los científicos saben que somos propensos a errar; por tanto, toda precaución es poca. Sobre todo, si se trata de ensayos sobre tratamientos médicos, para evitar el efecto placebo.

Se han hecho ensayos en doble ciego con gente que afirmaba poseer poderes paranormales. Por ejemplo, la capacidad de detectar agua subterránea o metales con una varita o similar. En este caso, los diseñadores del experimento acotaban una parcela de terreno y en ella enterraban diversas tuberías por las que fluía el agua, anotando cuidadosamente por dónde iba cada una. Luego, quienes interactuaban con los zahoríes no sabían por qué tuberías circulaba el agua; por tanto, no podían influir en los zahoríes. Ninguno de los cuales, por cierto, obtuvo unos resultados mejores que los atribuibles al simple azar. Véase:

En suma: un doble ciego bien diseñado ofrece garantías de fiabilidad y evita los sesgos por parte de experimentadores y sujetos de estudio. Si los defensores de lo paranormal logran superarlos, los científicos no tendrán problemas en aceptarlo. Todo lo contrario: sería fantástico, pues abriría nuevos y maravillosos campos de estudio.

Seguimos esperando. Y no, no valen excusas de que hay malas vibraciones o el ambiente es hostil. Si se quiere reconocimiento científico, hay que aceptar las reglas del juego. 🙂

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Doble ciego (I)

Hay personas que afirman poseer poderes o habilidades que podríamos llamar «paranormales»: videntes, zahoríes, espiritistas, cirujanos psíquicos, etc. No es raro que despotriquen contra la «Ciencia oficial» porque esta no les hace caso, tal vez por miedo a los asombrosos descubrimientos que, según ellas, podrían poner patas arriba nuestra visión del mundo.

NOTA: todas las imágenes de esta entrada (libres de derechos) proceden de pixabay.com

Eso sí, cuando los científicos se toman en serio estos temas y los someten a experimentos controlados y bien diseñados, las habilidades paranormales tienden a fallar o no se manifiestan. En tal caso, los adeptos a las pseudociencias se quejan de que el ambiente es hostil, que hay malas vibraciones… Pero que conste que lo suyo funciona, ¿eh? 🙂

Puede ser interesante reflexionar sobre cómo se realizan los experimentos científicos. Ello nos ayudará a comprender por qué las pseudociencias fracasan.

En contra de lo que muchos piensan, el poder de la Ciencia radica en su humildad. Los científicos somos conscientes de que nos equivocamos, que nuestra razón es falible, que tendemos a engañarnos a nosotros mismos, que deseamos que las pruebas validen nuestras creencias. Y, por supuesto, que también hay estafadores al acecho. Por eso existe el método científico. Puede variar, según la disciplina de que se trate, pero en esencia busca minimizar los fallos, controlar las variables dentro de lo posible, y que los experimentos puedan ser reproducidos. Para ello, por supuesto, hay que publicar la metodología utilizada (el inevitable apartado de «Material y métodos» de los artículos científicos), como ya comentamos en otras entradas del blog.

Intentar diseñar experimentos para evaluar los presuntos poderes paranormales es complicado, pero puede hacerse. No obstante, los científicos parten con desventaja: la naturaleza no juega sucio. En cambio, cuando se trabaja con personas, lo mismo puedes encontrarte con gente que actúe de buena fe que con timadores. Por supuesto, hay modos de cazar a los mentirosos, pero muchos científicos no están entrenados para ello. De hecho, no les cabe en la cabeza que alguien intente engañarlos así, a sangre fría.

Los embaucadores suelen emplear trucos de ilusionismo y mentalismo para simular habilidades paranormales. Por tanto, es aconsejable que los científicos busquen el consejo de los magos profesionales. Estos se dedican a ilusionar a la gente. Cuando asistimos a un espectáculo de magia, ya sabemos que el mago no tiene poderes sobrenaturales. Somos conscientes de que nos va a engañar honradamente, y que disfrutaremos con su habilidad para hacerlo. De eso se trata. 🙂

A muchos magos les indigna que haya individuos sin escrúpulos que usen sus trucos para ganar dinero a costa de la angustia o el dolor del prójimo. Por ejemplo, fingiendo la capacidad de contactar con los espíritus de personas queridas. Por eso, un equipo de científicos y magos puede diseñar un protocolo experimental capaz de discriminar los estafadores y quienes realmente exhiban poderes paranormales.

Antes de seguir, debe quedar bien claro lo siguiente: no todos los que afirman poseer habilidades paranormales son embaucadores. Hay gente que actúa de buena fe, que cree sinceramente en lo que hace. Muchos desean de corazón ayudar a sus semejantes. Y quién sabe, puede que haya quien realmente tenga poderes. Por desgracia, nadie ha superado todavía los experimentos en condiciones controladas. Nadie. Y eso que incluso se han llegado a proponer jugosos premios para quienes demuestren sin ningún género de dudas que poseen habilidades paranormales. Véase, por ejemplo, el desafío del millón de dólares del mago y notorio escéptico James Randi.

Una pena. Sería maravilloso que alguien pudiera demostrar de modo fehaciente que es capaz de predecir el futuro, curar un cáncer por imposición de manos, mover objetos con el poder de la mente, leer el pensamiento o adivinar, sin verla, qué carta hemos sacado de una baraja. Eso abriría nuevos campos a la Ciencia, podría contribuir al bienestar de la Humanidad…

Pero hay que demostrarlo. Afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinaras. Y mientras, seguimos esperando. 🙂

Recapitulemos. De lo anterior se deduce que hemos de ser muy, pero que muy cuidadosos con el «factor humano» a la hora de diseñar un experimento. En la segunda (y última) parte de esta entrada trataremos de explicar cómo se procede en estos casos, y qué es eso del «doble ciego» que aparece en el título.

Medicina tradicional y espíritu crítico

Mucha gente es partidaria de los remedios que nos proporciona la medicina tradicional o popular (tanto occidental como de otras culturas), por considerarla más «natural» que lo que nos recetan los médicos «oficiales». Y lo natural es bueno, ¿no?

Nadie puede negar el gran valor del saber tradicional, producto de milenios de ensayos, aciertos y errores. Sin duda nos queda mucho que aprender del conocimiento acumulado por nuestros antepasados. Un saber que, por desgracia, se está perdiendo, y creo que tenemos el deber de preservarlo.

Sin embargo, la medicina tradicional, como cualquier otra actividad humana, también puede equivocarse. La fe ciega, tanto aquí como en otros aspectos de la vida, es peligrosísima. Conviene adoptar un sano espíritu crítico: ni negar por sistema, ni aceptarlo todo alegremente.

Volvamos a la medicina tradicional y a sus remedios. El hecho de que sean «naturales» ¿implica necesariamente que sean buenos para nosotros?

¿Hay algo más «natural» que las plantas silvestres, como el acónito? Pues bien, esta especie contiene alcaloides capaces de matar rápidamente a un ser humano. Incluso tocarla con las manos desnudas puede resultar peligroso.

Ante todo, habría que concretar qué entendemos por «natural». La definición más habitual es la de todo aquello que esté libre de ingredientes sintéticos, artificiales o de aditivos. Por tanto, nada de compuestos químicos sintetizados en el laboratorio que, según sus detractores, son malísimos, a diferencia de lo natural, que parece intrínsecamente beneficioso.

Bien, vayamos por partes. Las plantas, al igual que los hongos, llevan cientos de millones de años evolucionando, compitiendo con otros organismos y tratando de sobrevivir. Puesto que no tienen la movilidad de los animales, disponen de otras armas para defenderse… o atacar. Concretamente, de armas químicas. La evolución ha generado auténticos laboratorios vivos, capaces de producir moléculas increíbles. Algunas nos sirven de alimento. Otras nos curan. Pero otras pueden matarnos o hacer que deseemos estar muertos.

Amanita phalloides es un hongo beneficioso para la salud de los bosques, pues vive en simbiosis con las raíces de ciertos árboles. ¿Cabe pensar en algo más «natural»? Una sola de esas setas contiene suficiente veneno para convertir el hígado de un hombre adulto en una ruina.

Hay plantas y hongos de los que se pueden obtener productos «naturales» capaces de pudrirnos el hígado, dejarnos sin riñones, abrirnos llagas en la piel, provocarnos un paro cardíaco, volvernos locos… Como ejemplo, pueden consultarse estas entradas que escribí en el blog FdeT sobre los venenos de las setas. Y por otro lado, hay moléculas sintéticas, obtenidas en el laboratorio, que han bajado drásticamente la tasa de mortalidad infantil, que nos curan de las enfermedades, que nos hacen vivir más tiempo y mejor.

Las cosas no son buenas o malas por el mero hecho de ser naturales o sintéticas. Son buenas si mejoran nuestra calidad de vida, y malas si nos la desgracian o son peligrosas para el medio ambiente. Punto. Por tanto, a la hora de alabar o censurar algo, hay que aportar argumentos, no encerrarse en tópicos y consignas. A los seres humanos nos gusta simplificar el mundo que nos rodea, poner etiquetas, crear dicotomías. Sobre todo, para saber si algo es bueno o malo sin complicarnos la vida. Por desgracia, el cosmos no es solo en blanco y negro. Hay muchos más colores y matices de gris. Al respecto, amigo lector, permítenos un inciso. He aquí un enlace a un interesante artículo en el diario EL PAÍS acerca de esta manía humana de simplificar el mundo.

Por eso hay que ser cautos a la hora de confiar ciegamente en la medicina tradicional. Sí, nos proporciona remedios bastante buenos, pero nuestros antepasados también se equivocaban. Y cuando lo hacían, lo hacían a lo grande. 🙂

Los antiguos descubrieron muchos remedios para nuestros achaques a base de experimentar, de observar la naturaleza, de ensayos y errores, de éxitos y fracasos. Así, hallaron curas para la tos, para calmar el dolor, evitar infecciones, paliar síntomas… Pero no siempre los presuntos remedios y medicinas tenían ese origen. Y eso nos lleva a la teoría de las signaturas.

Esta teoría no es exclusiva de la civilización occidental, sino que se da en muchas culturas. Parte de la creencia de que el mundo fue creado para nuestro uso y disfrute; o sea, para servirnos. Los antiguos no creían en que las cosas ocurrieran por azar, sino que todo debía tener un propósito. Animales, plantas, hongos, minerales y demás debían estar ahí para algo. De ahí se derivaba que las divinidades, piadosas ellas, habían puesto signos en plantas, etc., para que los humanos supiéramos para qué servían.

Lobaria pulmonaria 010108aDebido a su aspecto, se creía que el liquen Lobaria pulmonaria podía ser un remedio para curar las enfermedades pulmonares (fuente: en.wikipedia.org)

Así, por ejemplo, las nueces serían buenas para el cerebro, dada su forma. O un liquen como Lobaria pulmonaria tendría que curar las dolencias pulmonares. O cualquier cosa con aspecto fálico debía servir para combatir la disfunción eréctil, tal como expliqué en esta entrada sobre el «hongo maltés» en el blog FdeT. 🙂

Como el lector habrá deducido, los remedios basados en la teoría de las signaturas sólo aciertan por casualidad. Las cosas pueden tener una forma similar sin que eso implique una relación entre ellas. Y animales, plantas y demás no han sido puestos ahí para que nos sirvan. Sintetizan compuestos químicos que pueden ser tanto beneficiosos como perjudiciales para nosotros. Conviene que seamos prudentes antes de utilizarlos.

Esto sería incluso divertido si no fuera porque conlleva consecuencias trágicas. Basándose en la teoría de las signaturas, la medicina oriental propugna que el cuerno de rinoceronte, por su forma, es un remedio ideal contra la impotencia. Esta creencia tradicional no tiene ninguna base. El cuerno está compuesto de queratina, igual que el pelo o las uñas. Pero esto está llevando a varias especies de rinocerontes a la extinción.

La medicina tradicional, igual que la «oficial», ha de ser sometida al escrutinio crítico. No debemos aceptar las cosas simplemente porque les hayamos puesto una determinada etiqueta. Y la Ciencia puede ayudarnos, pues suele ser la herramienta más adecuada para proporcionarnos datos con los que tomar decisiones informadas.

Críptidos y no tan críptidos

La Criptozoología es una pseudociencia que trata de hallar animales (los «críptidos») cuya existencia no ha sido probada. Los críptidos son muy diversos, e incluyen desde presuntos representantes vivos de especies extintas hasta criaturas que aparecen en las leyendas populares.

Estatua de Bigfoot (fuente: es.wikipedia.org)

La Criptozoología no es una disciplina científica. Este rechazo no se debe a una supuesta estrechez de miras de los obtusos «científicos oficiales» (término que emplean los pseudocientíficos para referirse a nosotros, y que siempre me he preguntado qué significa). Tampoco a lo peculiar de su objeto de estudio, los animales desconocidos para la Ciencia. Por supuesto que existen animales (y plantas, y hongos…) que aún no han sido descritos y que aguardan a que los descubramos. Por desgracia, el deterioro que padece nuestro planeta por culpa de la sobrepesca, la contaminación o la destrucción de hábitats hará que muchas de estas especies se extingan de verdad antes de que lleguemos a encontrarlas.

Disculpa la digresión, amigo lector. Volvamos a la Criptozoología. Si se considera una pseudociencia es por su metodología, carente de rigor. Se fundamenta mayormente en la anécdota, en avistamientos más o menos fiables, pero no en pruebas sólidas. En cambio, la Ciencia se basa en un método riguroso, exigente. La Criptozoología no lo cumple ni de lejos.

Y que nadie venga con la monserga de los científicos de mentes estrechas que se niegan a admitir la existencia de lo maravilloso y bla, bla, bla. Eso es mentira. Los científicos estamos deseando hacer nuevos descubrimientos. Hallar una especie nueva nos entusiasma. Creo que en alguna entrada hemos comentado el ejemplo de los denisovanos. La existencia de una nueva especie humana, que llegó a convivir con nuestros antepasados e incluso se cruzó con ellos, fue deducida a partir de unos huesos diminutos, que caben en una caja de cerillas. Eso sí, de ellos se pudo extraer ADN, secuenciarlo y compararlo con el nuestro y el de los neandertales. Era una prueba tan sólida que todos la admitieron.

En otras entradas (1, 2, 3, 4 y 5) vimos por qué los zoólogos no acaban de creerse la existencia del yeti y similares. ¿Podrían existir? Pues sí, pero de momento ninguna prueba sólida lo avala. La mayor parte de avistamientos parecen corresponder a osos, y en cuanto al ADN de las muestras de yetis o de bigfoot, resulta ser de osos, perros, mapaches, bisontes, tapires…

Loch Ness monster viewsSilueta de algunos avistamientos de Nessie (fuente: es.wikipedia.org)

En cuanto a Nessie, un supuesto plesiosaurio que ha llegado hasta nuestros días en un lago escocés, tampoco hay pruebas de su existencia que resistan un análisis detallado. Además, resulta difícil creer que en un lago del tamaño del Ness haya peces suficientes para mantener con vida a una población de plesiosaurios, con lo grandes que son esos reptiles…

No obstante, los criptozoólogos no cejan en su empeño, y a veces recurren a trampas más o menos ingeniosas para tratar de convencer a los escépticos. Veamos una de ellas. Me la señaló un amigo y colega, el catedrático Juan F. Mota, zorro viejo en esto de enseñar a nuestros alumnos las diferencias entre Ciencia y pseudociencia. He aquí el libro:

¿Dónde está la trampa?

Fijémonos en algunos de los críptidos que aparecen en la portada. Tenemos los clásicos: el yeti, Nessie… Y un mamífero que parece el cruce entre un perro y un tigre. ¿Qué es?

Se trata del tilacino o lobo de Tasmania (Thylacinus cynocephalus). Es un marsupial como los canguros, aunque su dieta es carnívora. Uno de sus parientes vivos más cercanos es el demonio de Tasmania (Sarcophilus harrisii).

Poco hay de misterioso en el tilacino. Lamentablemente, al igual que otros grandes animales, fue cazado hasta la extinción. El último ejemplar conocido murió en un zoo en 1936. Hay vídeos en YouTube sobre él. De vez en cuando se informa de algún avistamiento en Tasmania de un tilacino, aunque sin pruebas concluyentes de que sigan vivos. Ojalá quede alguna población relicta, y podamos recuperar este magnífico animal.

Pero esto nos lleva a la portada del libro. El truco está en meter en el mismo saco al yeti, Nessie y el tilacino. Se trata de provocar una asociación de ideas en la cabeza del lector: «Hay gente que afirma haber visto ejemplares de esas tres especies. Y puesto que nadie duda de que el tilacino haya existido, los otros dos pueden existir también, ¿no?».

Pues no. El tilacino sí existió. No es un «animal imposible», como dice la portada del libro. El yeti y Nessie, en cambio, no pasan de hipotéticos. No es lo mismo. Pero los criptozoólogos ahí lo dejan, y si cuela…

El astrólogo que perdió la gracia del cielo (II)

Supongamos que usted celebra su cumpleaños a finales de marzo. Según los astrólogos, su signo del zodiaco es Aries. Eso parece indicar que en el momento de su nacimiento el Sol estaba en la constelación de Aries. Sin embargo, como vimos en la entrada anterior, los astrólogos suelen  equivocarse al situar al Sol y otros cuerpos celestes en el firmamento. ¿Por qué existe esta clamorosa discrepancia? Antes de responder a la pregunta, repasemos unos conceptos básicos.

Constelaciones y eclíptica (fuente: eppursimuovegalileo.wordpress.com)

Visto desde la Tierra, a lo largo del año el Sol recorre una trayectoria circular en el firmamento. A esa línea la llamamos eclíptica. El zodiaco es una banda del firmamento con 18º de anchura, por cuyo centro va la eclíptica. En el zodiaco hay varias constelaciones, 12 según los astrólogos, cuyos nombres nos son familiares: Aries, Tauro, Géminis…

He aquí una tabla donde comparamos en qué signo del zodiaco está el Sol en cada época del año según los astrólogos, y en qué constelación se halla en realidad (para averiguarlo basta con examinar el cielo o conseguir un buen planetario). Los datos astrológicos proceden de la Wikipedia; los astronómicos, de The Classroom Astronomer:

Signo del zodiaco (los «intrusos», en verde)
Fechas en las que el Sol está en ese signo, según la Astrología Fechas en las que el Sol realmente está en esa constelación
Nº días que el Sol pasa en esa constelación
Aries 24 mar. – 21 abr. 19 abr. – 13 may. 25
Tauro 22 abr. – 21 may. 14 may. – 19 jun. 37
Géminis 22 may. – 21 jun. 20 jun. – 20 jul. 31
Cáncer 22 jun. – 21 jul. 21 jul. – 9 ago. 20
Leo 22 jul. – 22 ago. 10 ago. – 15 sep. 37
Virgo 23 ago. – 21 sep. 16 sep. – 30 oct. 45
Libra 22 sep. – 21 oct. 31 oct. – 22 nov. 23
Escorpio 22 oct. – 22 nov. 23 nov. – 29 nov. 7
Ofiuco 30 nov. – 17 dic. 18
Sagitario 23 nov. – 21 dic. 18 dic. – 18 ene. 32
Capricornio 22 dic. – 21 ene. 19 ene. – 15 feb. 28
Acuario 22 ene. – 21 feb. 16 feb. – 11 mar. 24
Piscis 22 feb. – 23 mar. 12 mar. – 18 abr. 38
Cetus 14 mar. Unas pocas horas

Varias cosas llaman la atención en esta tabla. La más llamativa es la disparidad de fechas en las dos columnas centrales. Sin embargo, hay otros aspectos curiosos. Vayamos por partes.

Observen la columna de la derecha de la tabla. Según los astrólogos, el Sol pasa un mes en cada uno de los 12 signos. En cambio, en el universo real el Sol está mucho tiempo en algunas constelaciones y bien poco en otras. ¿Por qué el Sol sólo pasa una semana en Escorpio, y mes y medio en Virgo? ¿Le gustan unas constelaciones más que otras, o qué? 🙂

 Scorpius constellation mapEscorpio (fuente: es.wikipedia.org)

Hagamos un viaje mental. Situémonos a finales de junio en la costa andaluza, a medianoche, mirando al mar, hacia el sur, con un cielo despejado. Si las luces de las farolas no molestan demasiado, veremos que, en dirección a África, hay unas constelaciones preciosas en el firmamento. Sagitario, que alberga el núcleo de la Via Láctea, un monstruoso agujero negro del tamaño de millones de soles. Escorpio, una de las pocas constelaciones que se parece algo al animal que le da nombre: una cadena de estrellas con una supergigante roja, Antares, en el corazón del escorpión. Entre sus pinzas podemos ver a Libra, una constelación no tan espectacular. Y con suerte, dependiendo del año, puede que Marte, Júpiter o Saturno también estén presentes.

Obviamente, durante el verano el Sol no está en esas constelaciones. Pasará por Escorpio en otoño, pero no se quedará ahí un mes, sino sólo una semana. En cambio, estará mes y medio en Virgo, y más de un mes en Leo o Piscis. ¿Por qué?

Constelaciones y eclíptica (fuente: edadcelestial.blogspot.com.es)

La respuesta es fácil. Las constelaciones tienen formas y tamaños diversos. Al fin y al cabo, son divisiones arbitrarias del cielo, como se ve en la imagen anterior. Escorpio es una constelación alargada y estrecha, como los escorpiones, y el Sol la atraviesa de lado a lado, no de cabeza a cola. El camino de la eclíptica en Virgo, en cambio, es mucho más largo.

Sigamos con otros aspectos que llaman la atención en la tabla. Según la Astrología, hay 12 signos del zodiaco. Sin embargo, el Sol, en su viaje por la eclíptica, pasa por 14 constelaciones, no 12. Yo, que toda mi vida creí que era Sagitario, resulta que, por los pelos, soy Ofiuco, el portador o cazador de serpientes. Qué cosas. De hecho, el Sol pasa más tiempo en Ofiuco (18 días) que en Escorpio. Y si usted nació un 14 de marzo, según la hora a la que vino al mundo puede que sea Cetus. O sea, una ballena. O un monstruo marino, según otros. No sé lo que pasará en un año bisiesto. 🙂

Además, tenemos la disparidad de fechas entre las dos columnas centrales de la tabla. Si se dan cuenta, los signos del zodiaco llevan casi un mes de retraso respecto a las correspondientes constelaciones. ¿Por qué?

La respuesta también es sencilla. Por mucho que los astrólogos digan que nuestro futuro está en las estrellas, su zodiaco ya no tiene nada que ver con el cielo real. Perdonen que nos repitamos tanto, pero hace mucho tiempo que los astrólogos dejaron de mirar a las estrellas.

La clave radica en que no es lo mismo signo del zodiaco que constelación. Hay que tener esto claro para evitar confusiones. Lo comprenderemos mejor si estudiamos atentamente una carta astral, como la que obtuvimos de www.astrotheme.com:

Si se fijan, verán ustedes que los 360º del círculo (la eclíptica, para entendernos) están divididos en 12 partes iguales de 30º, que corresponden a los 12 signos zodiacales. Todos ocupan exactamente el mismo espacio; por tanto, el Sol, a lo largo del año, estará un mes en cada signo. Nada que ver con las constelaciones, cada una de las cuales presenta una forma y tamaño diferentes.

El propósito primero de la Astrología es adivinar el futuro. Así, no es de extrañar que el zodiaco de los astrólogos funcione como una maquinaria de relojería. Bonita, ostentosa y ante todo previsible, pero qué quieren que les diga… En el fondo me parece una cosa muerta; una construcción artificial, inanimada. No tiene nada que ver con las estrellas, con el universo, que están vivos, que cambian, laten, evolucionan, mutan, nacen y mueren.

En cualquier caso, al inicio de la Astrología, cada signo del zodiaco, grosso modo, coincidía con su constelación correspondiente. Sin embargo, en la tabla vemos que hay casi un mes de desfase. ¿Por qué?

 Precesión punto equinoccial vernal constelación PiscisFuente: es.wikipedia.org

Los cielos cambian; ya no son los mismos que en la Antigüedad. Esto se debe a un fenómeno: la precesión de los equinoccios. La orientación del eje de rotación de la Tierra cambia con el tiempo, lo que hace que la fecha de solsticios y equinoccios varíe a lo largo de los años. Si el equinoccio de primavera se situaba en Aries hace varios milenios, hoy está en Piscis, y va camino de Acuario. De ahí el desfase entre los signos zodiacales y sus constelaciones.

En resumen: si hace milenios la Astrología tuvo algo que ver con el cielo, hoy no. Los intentos de los astrólogos modernos para encajar los 12 signos zodiacales con 13 constelaciones (o 14, si tenemos en cuenta el pequeño cachito de Cetus por el que pasa la eclíptica), que además están donde no deberían son, como mínimo, confusos. Asimismo, nos dejan con una duda: ¿estaban equivocados todos los horóscopos de los antiguos, que no sabían de la existencia de Urano, Neptuno, Plutón o la precesión de los equinoccios, y que jamás habrían pensado en un número tan «feo» como el 13 para las constelaciones del zodiaco?

En la entrada final de esta serie reflexionaremos acerca de por qué la gente sigue creyendo en la Astrología, cuando esta no tiene base científica.

El astrólogo que perdió la gracia del cielo (I)

Perdónenos el lector por haber parafraseado el título de la novela de Yukio Mishima, pero nos parece adecuado: hace mucho tiempo que los astrólogos dejaron de mirar a las estrellas.

Como comentamos en una entrada anterior, mientras que la Astronomía es una ciencia, la Astrología trata de averiguar cómo somos o qué nos depara el futuro según la posición de los astros en el momento de nuestro nacimiento. Para ello, es muy útil conocer en qué constelación se halla cada planeta.

Por si el lector no tiene claro lo que es una constelación, el D.R.A.E. da esta definición:

Conjunto de estrellas que, mediante trazos imaginarios, forman un dibujo que evoca una figura determinada.

Las estrellas que forman parte de una constelación no tienen por qué estar próximas en la galaxia, sino que suelen hallarse a muchos años luz de distancia, sin relación entre ellas. Además, cada pueblo ha imaginado constelaciones diferentes según su experiencia y tradiciones. En 1930 los astrónomos acordaron dividir el cielo en 88 constelaciones. Cualquier punto en el firmamento puede situarse en una de ellas. Eso sí, tengamos siempre presente que las constelaciones son completamente arbitrarias. He aquí la división de la esfera celeste en 88 constelaciones, tomada de la Wikipedia:

Celestial chart (only areas) (esp)

Aunque las estrellas van moviéndose por la galaxia, a escala humana parecen fijas en el firmamento. No obstante, hay objetos celestes que se mueven en ese telón de fondo estrellado, y van desplazándose de una constelación a otra. A estos astros se les denominó «planetas», palabra que deriva del griego y significa «errantes». Antiguamente, cuando se pensaba que la Tierra era el centro del universo, se consideraba al Sol y a la Luna como planetas. Hoy, a efectos prácticos, los astrólogos siguen manteniendo ese punto de vista geocéntrico. Cuando en esta entrada hablemos de «planetas» entre comillas y en cursiva lo haremos en ese sentido amplio, de astros errantes.

Puesto que está feo criticar sin molestarse en estudiar lo criticado, busqué en Internet algunas páginas astrológicas de referencia, como www.astro.com o www.astrotheme.com. Allí, el internauta curioso puede, entre otras cosas, conseguir su propia carta astral. El D.R.A.E. la define así:

Representación de la posición de los astros al nacer una persona, con la que el astrólogo pretende predecir su futuro.

O sea que, ante todo, una carta astral debe mostrarnos dónde estaban los planetas en un momento dado. Usted mismo puede hacerse su carta astral disponiendo de las correspondientes efemérides astrológicas, sabiendo la hora y fecha exacta de su nacimiento, y la latitud y longitud del lugar donde vino al mundo. Por fortuna, hay muchos sitios web que facilitan el proceso. Basta con rellenar un formulario, y se obtiene una carta astral bellamente coloreada.

A lo que íbamos. Por curiosidad, en www.astrotheme.com consulté la situación de los planetas en una fecha concreta: el 8 de marzo de 2018, a las 12:36, hora peninsular española. Esta es una captura de pantalla con la carta astral obtenida:

Los símbolos de los «planetas» pueden consultarse en esta página. El único diferente es el que representa a Plutón (el símbolo rojo con el circulito y la cruz que hay arriba a la izquierda). Y en esta otra están los símbolos de los signos del zodiaco. Hay otros símbolos en la carta que no corresponden a astros, por lo que no los trataremos aquí. Si queda usted algo confundido por tanto símbolo, amigo lector, no se preocupe. Más abajo proporcionamos una tabla con la información más relevante. Antes, permítanos unas observaciones.

Es curioso ver cómo se han modernizado los astrólogos.  En la Antigüedad sólo se conocían siete «planetas»: Sol, Luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. Desde que William Herschel descubrió Urano en 1781, los astrólogos han ido aceptando cuerpos celestes que antes no se sabía que existían pero que, según ellos, resulta que también nos influyen. Eso nos deja con una duda: las cartas astrales antiguas, de cuando no se conocían esos «planetas», ¿están todas equivocadas? 🙂

Volvamos a nuestra carta astral moderna. Aparte del Sol, la Luna y los planetas auténticos, vemos que los astrólogos consideran importantes más astros del Sistema Solar. En concreto, dos planetas enanos: Plutón y Ceres. Sin embargo, no tienen en cuenta otros como Eris (mayor que Plutón), Makemake o Haumea (por no citar a otros cuerpos transneptunianos, como Sedna). ¿Por qué?

En cuanto a los asteroides (recordemos que Ceres fue ascendido de asteroide a planeta enano), también existen ausencias notables. Los astrólogos se fijan en las posiciones de Palas (545 km de diámetro), Vesta (530 km de diámetro) y Juno (233,9 km de diámetro). En cambio, a saber por qué, ignoran a Hygiea (o Higía), un asteroide de considerable tamaño (407,1 km de diámetro), mucho mayor que Juno. Asimismo, consideran a importante a Quirón, un asteroide más pequeño (206 km de diámetro) del tipo de los centauros, que orbita entre Saturno y Urano. ¿Por qué? En fin, misterios de la Astrología. 🙂

Constelaciones y eclíptica (fuente: eppursimuovegalileo.wordpress.com)

Situemos ahora a todos esos «planetas» en la esfera celeste. Por fortuna, no aparecen en cualquier sitio. Dado que casi todos esos astros giran en torno al sol en un mismo plano, el de la eclíptica, eso implica que desde la Tierra los vemos moverse en una estrecha banda del cielo: el zodiaco. En él se sitúan las 12 constelaciones cuyos nombres nos son tan familiares: Aries, Tauro, Géminis, etc.

Puede uno pensar que la carta astral sitúa correctamente a los planetas en las constelaciones que ocupan en determinado momento. Bien, eso es fácil de comprobar: basta con mirar al cielo. Claro, hay un problema. A la hora en que conseguí la carta, poco después del mediodía, no se iban a ver muchas estrellas en el firmamento, precisamente. 🙂

Por fortuna, hay recursos que nos permiten saber dónde está cada cuerpo celeste, incluso a plena luz del día. Además, son gratis, y algunos de ellos excelentes. El aficionado a la Astronomía tiene a su disposición apps para teléfono móvil como Sky Map, así como programas de ordenador como Stellarium o Celestia. Si no quiere instalarlos, siempre puede acceder a planetarios online, como In-The-Sky.org. Hemos utilizado este último para buscar los «planetas» y saber dónde están realmente.

Comparemos sus posiciones según la carta astral y el planetario. ¿En qué constelaciones estaban a esa hora? Véase la tabla:

«PLANETA» CARTA ASTRAL PLANETARIO
Sol Piscis Acuario
Luna Sagitario Libra
Mercurio Aries Piscis
Venus Aries Piscis
Marte Sagitario Ofiuco
Júpiter Escorpio Libra
Saturno Capricornio Sagitario
Urano Aries Piscis
Neptuno Piscis Acuario
Plutón Capricornio Sagitario
Ceres Leo Cáncer
Palas Tauro Erídano
Vesta Sagitario Ofiuco
Juno Piscis Acuario
Quirón Piscis Piscis

Gensanta, que diría Forges (Q.E.P.D.). La carta astral sólo acertó uno de quince… 🙂 Además, algunos de esos «planetas» aparecen en constelaciones que no son las 12 del zodiaco, como Erídano u Ofiuco. ¿Qué ocurre aquí? ¿A qué puede deberse un fallo tan estrepitoso de la Astrología?

Hay varios motivos, a nuestro entender, que discutiremos en la próxima entrada. Valga un anticipo: no es lo mismo constelación que signo zodiacal. Y otro, quizás el más importante: como sugerimos al principio, hace muchos siglos que los astrólogos dejaron de mirar a las estrellas.

El santo y los astrólogos

Voy a contar una anécdota que me sucedió hace años. Desde niño me ha gustado observar el firmamento para reconocer constelaciones, identificar planetas… Antes de comprar un telescopio, es preferible iniciarse en la Astronomía con unos prismáticos 7×50 o 10×50. Así, un buen día fui a preguntar precios en tiendas de material óptico. En una de ellas, cuando le expliqué al dependiente qué tipo de prismáticos quería y lo que pretendía hacer con ellos, me dijo: «Ah, ¿le interesa a usted la Astrología. Yo, por cortesía, no lo corregí, aunque le dejé caer: «Sí, soy aficionado a la Astronomía». Acabé comprándolos en otro sitio (por el precio, no por el comentario). 🙂

Salvo que se indique otra cosa, las ilustraciones (libres de derechos) son de pixabay.com

Astronomía, Astrología… No es lo mismo. Cito de la Wikipedia:

La astronomía (del latín astronomĭa, y este del griego ἀστρονομία) es la ciencia que se ocupa del estudio de los cuerpos celestes del universo, incluidos los planetas y sus satélites, los cometas y meteoroides, las estrellas y la materia interestelar, los sistemas de materia oscura, gas y polvo llamados galaxias y los cúmulos de galaxias; por lo que estudia sus movimientos y los fenómenos ligados a ellos.

La astrología, en su acepción más amplia, es un conjunto de tradiciones y creencias que sostienen que es posible reconocer o construir un significado de los eventos celestes y de las constelaciones, basándose en la interpretación de su correlación con los sucesos terrenales; este paralelismo es usado como método de adivinación.

La diferencia salta a la vista. La Astronomía es una ciencia. Sus afirmaciones y teorías están sometidas al método científico, sobre el cual ya hemos hablado en otras entradas. En cambio, la Astrología es una pseudociencia que para adivinar el futuro recurre a los astros.

Mucha gente piensa que al inicio de la civilización, e incluso antes, Astrología y Astronomía eran la misma cosa (o, al menos, caminaban juntas), y que no se separaron hasta tiempos recientes. Es cierto que después de la revolución científica de Galileo, Kepler y Newton la Astronomía no ha dejado de progresar y asombrarnos. La Astrología, en cambio, siguió a lo suyo, haciendo horóscopos y tratando de leer el futuro. Sin embargo, desde la Antigüedad los sabios tuvieron claro que Astronomía y Astrología eran cosas bien distintas. La Astronomía era considerada algo útil y serio, mientras que la Astrología, a pesar de su popularidad, olía mal, por así decirlo.

Comprobémoslo, haciendo un poco de historia. Retrocedamos hasta la segunda mitad del siglo VI, en la España visigoda. Concretamente, en la ciudad de Cartagena (donde nací, dicho sea de paso, aunque bastantes siglos más tarde). 🙂

Allí residía el duque Severiano, cuyos hijos acabaron convirtiéndose en santos de las iglesias católica y ortodoxa: Leandro, Fulgencio, Florentina e Isidoro (los famosos cuatro santos cartageneros). A la familia le tocó vivir en tiempos convulsos, y tuvo que huir a Sevilla (Hispalis, en aquella época) por motivos políticos. Es conocida la tendencia de los visigodos a pelearse entre ellos y, por si faltaba algo, los bizantinos también andaban entrometiéndose, ocupando buena parte del sur peninsular. En el norte, cántabros, astures y vascones se dedicaban a incordiar, por no mencionar a los suevos en Galicia y norte de Portugal.

Isidor von SevillaSan Isidoro de Sevilla (fuente: es.wikipedia.org)

En aquella época turbulenta e insegura creció Isidoro (556-636), el menor de los hermanos. Unos afirman que nació en Cartagena, mientras que otros creen que vino al mundo una vez que su familia se instaló en Sevilla. Fue un hombre inteligente y estudioso, con una insaciable sed de conocimientos, que dominaba los idiomas griego y hebreo. Llegó a ser arzobispo de Sevilla, sucediendo a su hermano Leandro, y trabajó muy activamente en la conversión al catolicismo de los arrianos visigodos.

Como hemos comentado, le tocó vivir en tiempos difíciles. Él, como tantas personas cultas, tenía la sensación de asistir al derrumbe y pérdida del saber atesorado durante el añorado Imperio Romano. Las clases dominantes eran mayormente analfabetas y muy violentas, y los enemigos acechaban por doquier. Pero a diferencia de otros, Isidoro no se resignó a ver desaparecer lo que amaba, sino que consagró su vida al admirable propósito de conservarlo.

Etymologiae Vitr-14-3 f26vPágina de las Etimologías (Códice toledano; fuente: es.wikipedia.org)

Muchas son las obras que escribió durante su larga vida, y entre ellas abundan las enciclopedias. Ahí trató de recopilar todo el saber clásico, para que no se perdiera. Las más famosas son las Etimologías, que aparecieron en torno al año 630. Se trata de veinte libros en los que se ocupa de todo lo divino y lo humano, desde las jerarquías angélicas hasta los tipos de barcos. Su lectura resulta algo árida, pues las enciclopedias no se caracterizan precisamente por su brillantez literaria. No obstante, en las Etimologías hay un auténtico tesoro de información. No nos podemos hacer idea cabal de la importancia que supusieron en su momento y en los siglos posteriores. Se trataba de la obra de referencia para cualquier estudioso, un faro en la oscuridad.

Como biólogo, las Etimologías me interesaban por lo que enseñan sobre el conocimiento que en la Antigüedad tenían sobre animales y plantas. Y puestos ya, decidí leerme la obra entera. En concreto, he usado la edición bilingüe de las Etimologías en español y latín publicada en 2004 por la Biblioteca de Autores Cristianos. Todas las citas que se incluyen a continuación proceden de ella.

Puede que en el futuro redacte alguna entrada sobre los aspectos zoológicos y botánicos de las Etimologías. En la presente, en cambio, me ocuparé de las estrellas, pues Isidoro dedica bastantes páginas a hablarnos sobre ellas, los astrólogos y los astrónomos. Y para él, no son lo mismo. Ni de lejos. Consideremos sus palabras que, gracias a la magia de la escritura, nos llegan nítidas a través de un abismo de casi mil cuatrocientos años.

«Acerca de la astronomía» aparece en el libro III a partir del capítulo 24, donde encontramos esta definición:

«Astronomía» significa «ley de los astros», y estudia, hasta donde le es dado a la razón, el curso de los astros y las figuras y relaciones que las estrellas mantienen entre sí y con la tierra.

Aunque lo que le interesa es la Astronomía, Isidoro también dedica unas palabras a la Astrología. Así, en el cap. 25 tenemos:

Los primeros que abordaron el estudio de la astronomía fueron los egipcios. Por su parte, los iniciadores de la astrología o del influjo de los astros en los hombres fueron los caldeos. El historiador Josefo asegura que Abrahán fue quien transmitió la astrología a los egipcios. Los griegos afirman que el iniciador de la astrología fue Atlante, y por ello se dice que estuvo sosteniendo el cielo. Pero quienquiera que fuera el inventor, lo cierto es que el hombre, empujado por su afán investigador y por el movimiento del cielo manifestado en los cambios temporales, en el curso inalterable y definido de los astros y en la duración fija de sus intervalos, comenzó a establecer ciertas medidas y números, y al ordenarlas mediante análisis y distinciones, descubrió la astrología.

En el cap. 26 habla de los maestros de la Astronomía y destaca a Ptolomeo, rey de Alejandría, que estableció las leyes por las que es posible determinar el curso de los astros. A continuación, en el cap. 27 nos habla de la diferencia entre Astronomía y Astrología:

En algo se diferencian la astronomía y la astrología. El contenido de la astronomía es el movimiento circular del cielo; el orto, la puesta y el movimiento de los astros; así como la razón de los nombres que éstos tienen. La astrología es, en parte, natural y, en parte, supersticiosa. Es natural en cuanto que sigue el curso del sol y de la luna, y la posición que, en épocas determinadas, presentan las estrellas. Pero es supersticiosa desde el momento en que los astrólogos tratan de encontrar augurios en las estrellas y descubrir qué es lo que los doce signos del zodíaco disponen para el alma o para los miembros del cuerpo, o cuando se afanan en predecir, por el curso de los astros, cómo va a ser el nacimiento y el carácter del hombre.

En los capítulos siguientes Isidoro trata sobre teoría astronómica, la esfera celeste, sus partes, los nombres de estrellas y planetas, el zodiaco, etc. Todo ello muy interesante, pero se escapa del propósito de esta entrada.

Según los sabios antiguos, los astrónomos se ocupaban de identificar los astros y estudiar sus movimientos. Esto era muy importante para unas sociedades que dependían de la Agricultura, pues había que determinar con precisión el momento de la siembra, la cosecha… Los astrólogos, aunque también estudiaban el sol y su posición entre las estrellas, lo hacían para buscar augurios. O sea, para actuar como adivinos. Isidoro lo deja aún más claro en el último capítulo del libro III. En 71, 37:

Pero sean cuales fueren las supersticiones que sobre ellas han forjado los hombres, lo cierto es que son cuerpos celestes que Dios creó en el principio del mundo y los organizó para que, teniendo en cuenta los ciclos establecidos, se pudieran determinar los tiempos.

Nótese la mentalidad antigua. El mundo había sido creado para que lo habitáramos; por tanto, la Naturaleza estaba a nuestro servicio. En concreto, los astros fueron puestos ahí para que aprendiéramos a medir el tiempo. O para admirar su belleza y dar gracias a Dios por crear algo tan magnífico. Y punto. El problema era que los astrólogos se pasaron de frenada, por así decirlo, y pretendían extraer del estudio del cielo algo inadecuado. Veamos lo que dice en 71, 38-39:

La observación de estos signos, la confección de horóscopos y otras supersticiones que están vinculadas al conocimiento de los astros (es decir, a la predicción de los hados), son, sin ningún género de dudas, contrarios a nuestra fe, y de tal manera han de ignorarlas los cristianos, que no deben aparecer ni escritas. Hubo quienes, atraídos por la belleza y el esplendor de los astros, cayeron ciegos de inteligencia en una falsa apreciación de las estrellas, hasta el punto de que intentaron poder predecir los acontecimientos futuros por medio de falsos cálculos, que reciben el nombre de astrología. Estas creencias no las condenaron solamente los doctores de la religión cristiana, sino también, entre los gentiles, Platón, Aristóteles y otros muchos, quienes, coincidiendo en su opinión, se vieron empujados por la verdad, llegando a afirmar que de tales creencias no puede emanar más que el confusionismo.

Más claro, imposible. El cielo es tan majestuoso, tan bello, y parece funcionar como una máquina perfecta, que los astrólogos pensaron que podía servir para adivinar el futuro. En cambio Isidoro, un sabio prudente, nos dice que si bien los astros nos permiten medir el tiempo, atribuirles otros poderes es una presunción infundada. Están para lo que están, y listo. Lo demás es ilusión, fantasía. Y, como muy bien indica, esta censura hacia la Astrología no es sólo cosa de cristianos. Los sabios gentiles pensaban lo mismo.

Pero hay algo más, de vital importancia, que provoca el rechazo de Isidoro hacia los astrólogos. En 71, 40:

Pues, si el género humano estuviera, por necesidad de su nacimiento, orientado obligatoriamente hacia determinadas acciones, ¿por qué los buenos van a ser merecedores de alabanza y los malos han de sufrir el castigo de las leyes? Aunque no estuvieron iluminados por la verdadera sabiduría, en favor de la verdad se sintieron obligados a combatir aquellos errores.

En efecto, los supuestos de la Astrología se oponen al libre albedrío humano. Los sabios, tanto cristianos como gentiles, creían que somos responsables de nuestros actos. Si metemos la pata o somos unos zoquetes, no culpemos a la posición de los planetas el día de nuestro nacimiento. Somos libres a la hora de tomar nuestras decisiones. Para un cristiano como Isidoro, somos nosotros quienes elegimos el camino al Cielo o al Infierno. Si nuestro destino está escrito en los astros o influenciado por ellos, ¿qué sentido tendría premiar a los buenos y castigar a los malos?

Por si quedaba alguna duda de lo que pensaba Isidoro, en el cap. 9 del libro VIII trata «Sobre los magos», a los que no tiene en muy buena consideración, precisamente. Describe los distintos tipos, y entre ellos figuran los astrólogos (9, 22), que hacen sus augurios fijándose en los astros. También define los horóscopos (9, 27), a los que:

se les dio este nombre porque examinan las horas en que tuvo lugar el nacimiento de las personas para descubrir su dispar y diverso destino.

En fin… Pese a las admoniciones de Isidoro, y en contra de toda evidencia, la Astrología siguió siendo popular. Hasta el mismo Kepler tuvo que ganarse la vida escribiendo horóscopos. Pero que algo sea popular no implica necesariamente que sea correcto. En la siguiente entrada explicaremos por qué los científicos no nos tomamos en serio pseudociencias como la Astrología. Mejor dicho, por qué no podemos tomarlas en serio.

El oso y el yeti

En julio de 2015 escribimos aquí una serie de 4 entradas tituladas «El yeti y la ciencia oficial». En ellas nos ocupábamos de la Criptozoología, una pseudociencia que trata de hallar animales (críptidos) cuya existencia aún no ha sido probada. Concretamente, nos centramos en el yeti y humanoides similares (bigfoot, sasquatcht…).

Debe quedar claro que es imposible demostrar la inexistencia de estas criaturas, igual que es imposible demostrar la inexistencia de dioses, ángeles, duendes, orcos, etc. Sus defensores siempre podrán aducir que nos falta fe, o no hemos buscado lo suficiente, o no queremos admitir las pruebas que nos presentan… Y si no logran convencernos, siempre se compararán con Galileo: «Si a él no le hicieron caso, pero resultó que tenía razón, entonces nosotros también tenemos razón». La verdad, se me escapa la lógica de este razonamiento. 🙂

En realidad, la carga de la prueba recae sobre quienes proponen la existencia de tales entes. Ocurre que la Ciencia requiere pruebas sólidas y, respecto al yeti, ninguna, repito, ninguna de las pruebas presentadas hasta la fecha soporta la hipótesis de la existencia de humanoides desconocidos que moren en las estribaciones del Himalaya, los bosques norteamericanos u otros lugares del mundo.

Los científicos, en contra de lo que proclaman pseudocientíficos, conspiranoicos y similares, están encantados de admitir la existencia de nuevas especies de homínidos. Eso sí, siempre que las pruebas lo ratifiquen. Baste el ejemplo de los denisovanos. Lo únicos restos conservados de esta especie humana caben en una caja de cerillas, pero se pudo secuenciar su ADN, y nadie discute los resultados: una especie nueva, próxima a los neandertales, algunos de cuyos genes están hoy presentes en diversas comunidades humanas.

La diferencia entre Ciencia y pseudociencia está en la metodología, no en lo fantásticas o cautivadoras que sean sus propuestas. Los científicos somos conscientes de nuestras limitaciones. Somos humanos. Tendemos a creer en lo que nos gusta, en lo que nos ilusiona, y a dejar de lado aquello que nos incomoda. También es fácil engañarnos. Por eso el método científico es riguroso y exigente, para intentar evitar fallos. En cuanto al método pseudocientífico… En fin. Por decirlo suavemente, riguroso, muy riguroso, no lo es. Véase lo que comentamos en aquellas entradas sobre el artículo pseudocientífico sobre el bigfoot de Ketchum et al. (2013).

La Ciencia «oficial» también se ha ocupado del yeti y sus parientes. Recordemos el artículo de Milinkovitch et al. (2004) en el que, con sentido del humor (el cual, por cierto, no está reñido con el rigor científico), se concluye que el ADN de una muestra de pelo de yeti coincidía con ADN de caballo. O el de Coltman & Davis (2006), en el que una muestra de pelo de sasquatch resultó coincidir con ADN de bisonte. Por otro lado, Lozier et al. (2009) aplicaban un modelo de nicho ecológico a los avistamientos del bigfoot o sasquatch en Norteamérica, y su área de distribución coincidía con la del oso negro.

El artículo más extenso era el de Sykes et al. (2014). Como vimos, analizaron 57 muestras de pelo atribuidas a yetis y similares. Algunas ni siquiera eran animales (fibra de vidrio, restos vegetales…). Pudieron extraer el ADN de 30… y ninguna de ellas correspondía a un homínido desconocido. Osos, cabras, tapires, caballos, mapaches, perros, vacas, ciervos, ovejas, puercoespines, seres humanos…

Pero la Ciencia progresa; en concreto, las técnicas de análisis de ADN mejoran a una velocidad pasmosa. Hay novedades que conciernen al yeti, reseñadas en los grandes medios de comunicación. Se trata del artículo de Lan et al. (2017), titulado: «Evolutionary history of enigmatic bears in the Tibetan Plateau-Himalaya region and the identity of the yeti» (Historia evolutiva de los osos enigmáticos en la región Meseta Tibetana – Himalaya y la identidad del yeti). Desde el punto de vista formal, el artículo es impecable, además de riguroso. Veamos qué nos cuenta.

 Tibetan Blue Bear - Ursus arctos pruinosus - Joseph SmitProbablemente, algunos avistamientos de yetis correspondan a ejemplares de oso azul del Tíbet (Ursus arctos pruinosus), una subespecie de oso pardo (fuente: es.wikipedia.org)

En contra de lo que pudiera parecer, el artículo no se centra en el yeti, sino en la evolución de los osos himalayos y tibetanos. Con las nuevas herramientas de que disponen, estudian 24 muestras procedentes de museos, trabajos previos, etc., y secuencian el mitogenoma (ADN mitocondrial) completo. Las muestras corresponden tanto a osos como a supuestos yetis.

Los resultados son concluyentes. Una de las muestras, un diente procedente del museo Reinhold Messner, es de un perro. Las otras 23 muestras, TODAS, tienen ADN de osos. He aquí la conclusión final, traducida del inglés:

Este estudio representa el análisis más riguroso hasta la fecha de las muestras sospechosas de derivar de criaturas anómalas o míticas similares a “homínidos”, sugiriendo con fuerza que la base biológica de la leyenda del yeti son los osos pardos y negros locales.

Los medios de comunicación se han centrado en esta conclusión, algo lógico, dados los ríos de tinta que se han vertido sobre el yeti. No obstante, y a título personal, el artículo me parece apasionante por otros motivos: cómo la Ciencia se va corrigiendo a sí misma, y la historia de los osos.

En el artículo de Sykes et al. (2014) se mencionaba que una de las muestras de yeti podía corresponder a un oso extraño, desconocido para la ciencia; quizás, un híbrido entre oso polar y pardo. Lan et al. (2017), con su secuenciación completa de mitogenomas, muestran que no es el caso. Ese supuesto yeti era, en efecto, un oso, pero de una subespecie ya conocida (concretamente, el oso pardo himalayo, Ursus arctos isabellinus). Así avanza la Ciencia. En el primer artículo, los autores describieron la metodología utilizada para que otros, en el futuro, pudieran repetir el experimento para ratificar o rectificar las conclusiones. Y así se ha hecho.

Medvěd plavý (Ursus arctos isabellinus)Muestras de ADN atribuidas al yeti corresponden en realidad al oso del Himalaya (Ursus arctos isabellinus), una subespecie de oso pardo (fuente: es.wikipedia.org)

Pero hay más. La comparación de genomas completos de distintos organismos no sólo nos permite identificarlos, sino también determinar el grado de parentesco, su historia evolutiva e incluso poder poner fechas aproximadas al momento en que unos linajes se separaron de otros. Así, Lan et al. (2017) averiguaron que la subespecie himalaya del oso pardo (Ursus arctos isabellinus) se separó bastante temprano del resto de la especie (hace unos 658.000 años), mientras que la subespecie tibetana (Ursus arctos pruinosus) lo hizo más tarde (hace unos 343.000 años). Ambas subespecies no se han mezclado debido a la compleja geografía de la zona. Asimismo, el oso negro himalayo (Ursus thibetanus laniger) pudo separarse de los osos negros asiáticos hace unos 475.000 años. Además, el hecho de que unas poblaciones quedaran aisladas y empezaran a evolucionar por su cuenta puede correlacionarse con las glaciaciones de la región.

 Himalayan bearOso negro del Himalaya (Ursus thibetanus laniger), otro candidato a yeti (fuente: en.wikipedia.org)

No sé a ustedes, pero a mí me maravilla que con unas muestras de ADN seamos capaces de reconstruir historias que se hunden en los abismos del tiempo. Es la metáfora que empleó Darwin, que considera la vida como un arbusto enmarañado del cual brotan constantemente nuevas ramas, dando lugar a formas maravillosas, mientras que otras van desapareciendo. Tanto da que los yetis resulten ser osos en vez de homínidos. Artículos como los que comentamos nos ayudan a conocer mejor el mundo en que vivimos, y nos impulsan a amarlo y querer conservarlo.

Mundos perdidos y tierras huecas (y V)

Para terminar con los mundos huecos, hay quienes han dado un paso más allá. ¿Y si en realidad vivimos dentro de una Tierra hueca, y no lo sabemos? ¿Y si hemos estado engañados todo este tiempo? Nuestro universo se parecería a una esfera de Dyson (en miniatura, claro), escenario de tantas obras de ciencia ficción… Puede parecer una ocurrencia absurda, pero merece la pena considerarla.

Martin Gardner (fuente: magonia.com)

Para ello recurriremos al excelente divulgador y fustigador de las pseudociencias que fue Martin Gardner (1914-2010). En concreto, a dos de sus libros que se ocupan de aspectos más o menos extraños o estrafalarios que bordean las fronteras de la Ciencia. Sobre la Tierra hueca, véanse los capítulos Flat and Hollow (en: Fads and Fallacies in the Name of Science, 1957) y Occam’s Razor and the Nutshell Earth (en: On the Wild Side, 1992).

Cyrus TeedCyrus Reed Teed (fuente: en.wikipedia.org)

La idea de que vivimos no en el exterior de la Tierra, sino en su interior, fue propuesta por Cyrus R. Teed (1839.1908) en 1870, con el pseudónimo de Koresh. Para él, el hecho de que creamos vivir en el exterior de un mundo redondo se debe a una ilusión óptica. La Tierra es como una cáscara de huevo y nosotros habitamos su interior. En el universo no hay nada más. Y sí, ante el escaso eco que su teoría tuvo entre la comunidad científica, también se comparaba con Galileo, como tantos pseudocientíficos que en el mundo han sido. 🙂 Al final acabó fundando su propio culto en Florida. Los detalles de su peculiar vida, obra y legado pueden  consultarse en los citados libros de Gardner y en la entrada de la Wikipedia.

Model of the universe according to the Koreshans.Modelo del universo según Cyrus Teed (fuente: en.wikipedia.org)

Otros defendieron la posibilidad de que vivamos dentro de un mundo hueco, y entre ellos merece destacarse al egipcio Mostafa A. Abdelkader. Este le dio un soporte matemático a la teoría, y lo realiza de forma impecable, mediante una inversión. El artículo original (en inglés) puede consultarse aquí. Con unas operaciones sencillas, cada punto del exterior de una esfera puede intercambiarse con uno en el interior, y viceversa. Así, el centro de la esfera correspondería al infinito. Después, Abdelkader aplica la misma inversión a todas las leyes de la Física, que habrán de modificarse para acomodarse a este nuevo escenario. La luz se movería en arcos circulares, y su velocidad tendería a cero conforme nos acercáramos al centro de la Tierra hueca. Una nave espacial que viajara hacia ese centro iría cada vez más lenta y se haría más y más pequeña. De hecho, ese centro sería una singularidad en la que el tiempo se detendría, y el tamaño y la velocidad serían cero. Las ecuaciones físicas resultarían increíblemente complejas, pero explicarían los fenómenos observables. Además, tendríamos una Física consistente.

Entonces, ¿por qué los científicos no se toman en serio la teoría de que vivimos dentro de una Tierra hueca?

La respuesta se llama principio de parsimonia. O sea, la vieja navaja de Occam. Ya ha aparecido en otras entradas del blog, y siempre a cuenta de lo mismo. Si hay varias maneras de explicar algo, quedémonos en principio con la más simple, pues será la más probable. Si los experimentos o los hechos la tumban, pues buscamos otra, pero mientras nos sirva y dé buena cuenta de los hechos, la mantendremos.

De acuerdo, los hechos observables podrían explicarse también si viviéramos dentro de una Tierra hueca. O en una plana. O con forma de butifarra. O en un universo geocéntrico, donde todo lo demás girara a nuestro alrededor. El problema es que las ecuaciones necesarias para explicar las leyes físicas en escenarios así son enrevesadas y complejísimas, comparadas con las que se requieren si suponemos que nuestro mundo es redondo y que vivimos encima de él.

Martin Gardner pensaba que quienes proponían que vivimos dentro de un planeta hueco tal vez se sentían abrumados frente a la inmensidad del cosmos y nuestra pequeñez, y subconscientemente deseaban retornar al útero materno. Interesante reflexión.

Vayamos acabando. Si suponemos que las leyes físicas son sencillas, entonces, igual que en el caso de la hipótesis de la Tierra plana, las pruebas en contra de la existencia de una Tierra hueca son abrumadoras. Y con algo tan simple como el experimento de Wallace, que comentamos en otra entrada, puede salirse de dudas.

Mundos perdidos y tierras huecas (IV)

¿Cómo sería la fuerza de la gravedad en una Tierra hueca al estilo de la saga de Pellucidar? Tan sólo necesitaremos unos conocimientos básicos de Física y Matemáticas, la calculadora y hagamos números. 🙂

Veamos primero cómo afectaría el hecho de que la Tierra fuese hueca a la fuerza de la gravedad que experimentaríamos los habitantes de su superficie exterior. Recordemos la fórmula para calcular la fuerza con que se atraen la Tierra y un objeto cualquiera:

F= G·M·m / d2

G es una constante que pudo ser calculada gracias a Cavendish y la balanza de torsión. M es la masa de la Tierra, m la masa del objeto en cuestión y d la distancia entre ambos. En el caso de que el objeto esté en la superficie de la Tierra, d sería igual al radio del planeta. Por cierto, el radio medio de la Tierra es de 6371 km. Este y otros datos de las características físicas de nuestro mundo pueden consultarse en la Wikipedia.

En las novelas de Pellucidar, Burroughs nos dice que el grosor de la corteza terrestre es exactamente de 500 millas; o sea, unos 805 km. Calcular el volumen que ocupa esta cáscara hueca es sencillo. El volumen de una esfera es:

V= 4·π·r3 / 3

Simplemente, al volumen de la Tierra hay que restar el que ocuparía el hueco central (radio= 6371 – 805 km). Para no cansar al lector con números larguísimos, resumamos: el volumen de esa cáscara es aproximadamente un tercio del de la Tierra.

Si a una esfera maciza le quitamos dos tercios de su volumen, eso tendría que notarse en la fuerza de gravedad. Por lo pronto, los habitantes de la superficie pesaríamos mucho menos (pues el peso es la medida de la fuerza gravitatoria que actúa sobre un objeto). Sin embargo, los partidarios de la Tierra hueca podrían aducir que si la corteza de Pellucidar fuera más densa, eso compensaría.

En efecto, podemos considerar que la masa de un objeto es el producto de su densidad por su volumen. Así, si este último baja a un tercio, pues subamos la densidad al triple y entonces pesaríamos lo mismo que con una Tierra maciza, ¿no?

La densidad de la Tierra ya fue calculada con la balanza de torsión, y es de 5,515 g/cm3. Si la triplicamos, sería de 16,545g/cm3. O sea, más densa que el plomo (11,3 g/cm3) o el mercurio (13,6 g/cm3 ). Más o menos, sería tan densa como el tántalo o tantalio (16,65 g/cm3 ), un metal raro y muy duro. Pero en las novelas se nos dice que el topo mecánico de nuestros héroes sólo atraviesa una corteza de roca y hielo; nada de masas metálicas densas e impenetrables, que hubieran destrozado el taladro. Y la densidad de un medio así es baja. Por ejemplo, la densidad de la corteza continental de nuestro planeta es sólo de 2,7 g/cm3. Si además hay capas de hielo (0,9 g/cm3 ), tal como señala Burroughs, la densidad bajaría aún más.

O sea, tendríamos un volumen de sólo un tercio del terrestre, con una densidad de menos de la mitad… ¿El resultado? Una masa bastante baja, y pesaríamos muy poquito. Pero la realidad es tozuda. 🙂

Eso no desanima a los partidarios de la Tierra hueca. Así, algunos intentan suplir la masa que le faltaría a la Tierra con el sol central que ilumina a Pellucidar. No obstante, en la entrada anterior vimos que un objeto así es imposible. Para generar un sol, aunque sea modesto, haría falta una masa 80 veces superior a la de Júpiter, como mínimo. Pero incluso suponiendo que el sol de Pellucidar fuese un objeto misterioso, originado por procesos desconocidos para la Ciencia, no podría evitar verse afectado por el tirón gravitatorio de nuestra Luna. Empezaría a moverse, a oscilar, a dar tumbos y acabaría chocando una y otra vez con la superficie de Pellucidar, que quedaría hecha una pena.

Bueno, ocupémonos ahora de los moradores de Pellucidar. Supongamos que, gracias a algún milagro, su sol se mantiene ahí, en el centro, y que, contra toda lógica, el interior del planeta no se ha convertido en una abrasadora olla a presión. ¿Qué pasa con la fuerza de la gravedad dentro de una esfera hueca?

Echemos un vistazo a la siguiente imagen, que ya pusimos en la entrada anterior, pues exhibe un error garrafal:

Modelo de Tierra hueca con un sol central (fuente: pellucidarskartaris.blogspot.com.es)

En este dibujo, el centro de gravedad, representado por una línea discontinua, aparece como un plano dispuesto justo hacia la mitad de la corteza terrestre. De ello se deduciría que la atracción gravitatoria se sentiría más o menos igual en el exterior que en el interior de la Tierra. Parece obvio, ¿verdad?

Pues no. El centro de gravedad no es un plano o una capa. ES UN PUNTO. Y en el caso de una esfera hueca, está situado en el centro, precisamente. Entonces, ¿hacia dónde se sentiría el tirón gravitatorio en Pellucidar? Para averiguarlo disponemos de la ley de Gauss. Puede verse una explicación bastante amena en este vídeo:

Todo aquello que no estuviese sujeto al suelo de Pellucidar flotaría ingrávido. O peor aún: dado que hay un sol central, éste atraería a los objetos como una trampa eléctrica a los insectos, y… 🙂

Fuente: ebay

¿Podría la fuerza centrífuga rotación terrestre crear algo parecido a la gravedad? En tal caso variaría desde un máximo en el ecuador hasta nada en los polos. Además, incluso en el ecuador sería muy débil, lo que contradice a lo que pasa en las novelas. Los protagonistas se mueven tranquilamente por Pellucidar, sin sufrir cambios de peso ni tener que agarrarse al suelo para evitar salir volando y morir achicharrados en el sol central.

Qué se le va a hacer… El modelo de la Tierra hueca queda muy novelesco, pero hace aguas por todos lados.  Además, deja sin explicar diversos fenómenos, cosa que sí hace el modelo de la Tierra maciza, con un manto rocoso y un núcleo metálico:

  • ¿Cómo se explican la deriva continental y la tectónica de placas en una Tierra hueca?
  • ¿Y el comportamiento de las ondas generadas tras un terremoto, registradas por los sismógrafos?
  • ¿Y el origen del campo magnético terrestre?
  • ¿El vulcanismo?
  • Etc.

Así pues, ¿no queda algún resquicio que permita defender la existencia de una Tierra hueca? ¿O de una Tierra plana, puestos ya? Lo consideraremos en la próxima entrada, la última de esta serie.