De patógenos, virus, pandemias y disparates (V)

Fuente: rebuscando por Facebook

Pocos pasatiempos hay tan divertidos, a la vez que desoladores, como curiosear por Internet y las redes sociales. Uno se lleva las manos a la cabeza cuando lee ciertas cosas y se topa con actitudes que sólo pueden conducir al desastre. Falta de cultura científica, pensamiento mágico, permitir que la ideología se imponga a los hechos… Las redes sociales propician hoy la difusión de disparates, y siempre habrá alguien que se los crea.

El problema se agrava cuando el disparate es difundido por algún famoso, político o personaje influyente. Entonces sí que la hemos liado. Recordemos el caso del presidente sudafricano que afirmaba que el sida se curaba con zumo de limón y ajo. 365.000 muertos costó la broma, que se sepa. Incluso en los países más avanzados, aún campa la sinrazón. En fin, comentemos algunas perlas de las que pululan por Internet…

Fuente: elconfidencial.com

O esta, más elaborada, pero que también rezuma bulos:

Fuente: maldita.es

Qué quieren que les diga… Por aquí llevamos bastante tiempo usando mascarilla, y seguimos respirando sin hiperventilar ni asfixiarnos. 🙂 Disparates aparte, lo que resulta singularmente patético es que la mascarilla «simboliza mutismo…». A la naturaleza no le preocupan nuestras ideologías, religiones, corrección política, ni nada. Le somos completamente indiferentes. Un virus no entiende de libertad, ni de derechos humanos. O lo combatimos o podemos darnos por jodidos, con perdón. Mientras no dispongamos de vacunas eficaces para lograr inmunidad de rebaño, o algún medicamento que se lo ponga muy difícil al virus, no queda otra que intentar evitar su propagación mediante cuarentenas, medidas de higiene, mascarillas… En fin, qué te vamos a contar, amigo lector; es lo que hay. Sólo nos puede salvar una combinación adecuada de conocimiento científico, disciplina y sentido común.

Nada nuevo bajo el sol… (fuente: rebuscando por Facebook)

En las redes sociales podemos ver anuncios de supuestos remedios para el coronavirus. Algunos incluso son divertidos:

Fuente: rebuscando por Twitter

Otros nos pueden servir para denunciar lo que ocurre cuando se carece de base científica. Que si el coronavirus se elimina tomando lejía, o impregnando las mascarillas con gasolina, o… Por ejemplo, detengámonos en esta joya:

Fuente: rebuscando por Facebook

Cualquiera con un conocimiento mínimo de química se dará cuenta de que el redactor de la octavilla no tiene ni idea de lo que es el pH. Indica la concentración de iones de hidrógeno en una solución y nos muestra su acidez o alcalinidad, en una escala que varía entre 0 y 14. Una solución neutra tiene un pH=7. Valores más bajos significan acidez, y los más altos alcalinidad. Los que aparecen en esa octavilla son disparatados y más falsos que una moneda de corcho. Por ejemplo, el zumo de naranja es ácido, con un pH=3,5, y no lo que pone ahí. Algo parecido ocurre con el de piña, que en la octavilla figura con un pH alcalino equivalente al de la lejía. No estaría mal para desatrancar cañerías. 🙂

Fuente:  toywiz.com

Aunque el colmo es el pH del aguacate. Teniendo en cuenta que el máximo de alcalinidad es 14, está que se sale… Así que si alguna vez es usted atacado por un xenomorfo, arrójele guacamole a las fauces. Lo achicharrará en el acto… 😀

Y ¿qué decir de los bulos? Más que los bulos en sí, lo triste es que haya quienes se traguen tales disparates:

Fuente:  huffingtonpost.es

A estas alturas, uno se pregunta de dónde sale esta manía de renegar de cualquier cosa que huela a ciencia, el rechazo a usar los conocimientos científicos para aliviar los males que nos afligen. No sé si será una especie de añoranza de un pasado más simple, donde las cosas no cambiaban tan rápido, una edad dorada e inocente de arcoíris y unicornios, sin la maléfica lacra del progreso, aunque…

Fuente:  redaccionmedica.com

¿Exagerado? Pues no. Recuerdo cuando visité en el museo una exposición sobre los antiguos iberos. ¿Saben cuál era la esperanza de vida de un hombre de la época? Unos treinta años. ¿Y de una mujer? Veintipocos, tal vez porque hace 2500 años muchas morían muy jóvenes, durante el parto. Qué quieren que les diga… Cualquier tiempo pasado no fue mejor. Actualmente, la esperanza de vida en España está en torno a 80 años para los hombres y 86 para las mujeres. En algo habrán ayudado las vacunas y otros avances científicos y médicos, me parece.

Fuente: rebuscando por Facebook

Entre el batiburrillo de negacionistas, sin duda merece destacarse a los antivacunas. Lo mejor que se puede decir contra sus tesis es que ahora mismo estamos viendo lo que significa vivir en un mundo donde falta UNA vacuna.

Las vacunas constituyen la mejor solución para que consigamos inmunidad de rebaño. Sin embargo, los antivacunas se siguen negando a aceptar lo obvio. Nunca dejarán que la realidad contradiga su ideología. Típico del negacionismo.

Ante todo, digamos que la base científica de los antivacunas no es excesivamente fiable:

Fuente: tresubresdobles.com

Otros argumentos contra las vacunas son salidas de pata de banco:

Fuente: arreunicornio.es

Algunos argumentos o memes antivacunas parecen tener más fuste, pero no resisten el examen crítico:

Fuente: boredpanda.es

No seguir los programas oficiales de vacunación sí que supone un peligro para la población. Cuando un virus llega a una persona vacunada, no puede infectarla, fracasa y se bloquea su propagación. En cambio, si entra en alguien no vacunado, se propaga, multiplica y convierte a ese individuo en una fuente de inóculo, que puede transmitir la enfermedad por doquier. Así, enfermedades que podrían estar erradicadas siguen persistiendo. Y son peligrosas, no sólo para los niños que se queden sin vacunar:

Fuente: molasaber.org

Muchas de estas enfermedades no son una broma. La poliomielitis, pongamos por caso, no es una broma. Hay enfermedades que, si no estás vacunado, pueden matarte o dejarte tullido. Ser padres implica una gran responsabilidad. Arriesgarse a arruinar la vida de un hijo, o quitársela, por una ideología… En fin, no me parece justificable.

Sigamos. Hay antivacunas que objetan lo siguiente: si la vacuna de la gripe es incapaz de acabar con la gripe, entonces la del coronavirus ¿acabaría con él? ¿Eh?

No todas las vacunas aspiran a acabar con la enfermedad. Hay casos en que es imposible, especialmente con las zoonosis, como vimos en otra entrada. Lo que sí hacen es proporcionarnos una aceptable inmunidad de rebaño. Mucha gente, sobre todo la más vulnerable (niños, ancianos…), no enfermará, ni quedará con secuelas, ni contagiará a otros; las urgencias médicas no colapsarán (y los hospitales podrán ocuparse de tratar adecuadamente a otros enfermos) y, en suma, la sociedad seguirá funcionando.

Ah, por cierto, a título de curiosidad: la vacuna de la rabia no ha acabado con la rabia, pero el índice de letalidad de este virus ronda el 100% si no te vacunas. Bueno es saberlo.

Fuente: rebelion.org

¿Tiene el movimiento antivacunas base científica? Sus integrantes así lo afirman, basándose en un famoso artículo publicado en 1998, donde se sugería que las vacunas pueden causar autismo. Ese artículo está hoy completamente desacreditado, pero merece la pena analizar este ejemplo de fraude científico, uno de los más dañinos de los últimos tiempos: el caso Wakefield. Eso sí, lo haremos en la próxima entrada, la última de la serie (esperamos).

De patógenos, virus, pandemias y disparates (IV)

Es difícil matar a los virus; más que nada, porque no están vivos. Como vimos, básicamente son nucleoproteínas con capacidad de infectar y usarnos como máquinas para fabricarlos en serie y dispersarlos. ¿Cómo se puede luchar contra algo semejante? Para ello se requiere conocer cómo funcionan los virus y cómo lo hacen sus víctimas (en este caso, nosotros). Y para ello, nuestra herramienta más poderosa es la ciencia, combinada con el buen sentido. No hay otra.

Salvo que se indique otra cosa, las imágenes de esta entrada son descargas gratuitas de pixabay.com

La primera estrategia defensiva es la más obvia: «soldado que huye, vale para otra guerra». 🙂 No habrá infección si evitamos entrar en contacto con el virus. Hace siglos que nuestros antepasados se dieron cuenta, y de ahí surgieron las cuarentenas. Son molestas, coartan nuestras libertades, evitan que veamos a nuestros seres queridos e incluso los confortemos en sus últimos momentos, fastidian la economía de los países… Pero la alternativa es peor. Una cuarentena puede evitar que colapsen los servicios sanitarios, que nuestros mayores mueran en masa… Y, sobre todo, nos permite ganar tiempo para buscar armas eficaces contra el enemigo. En fin, amigo lector, qué te voy a contar; en este 2020 lo habrás vivido en carne propia.

La lucha contra los vectores también es una buena idea. Un vector es cualquier organismo (mosquitos, garrapatas…) que transmite agentes patógenos. Por desgracia, hay virus que no necesitan a esos vectores para conquistar el mundo. Somos nosotros, esparciendo mocos y saliva a diestro y siniestro, los que dispersamos a los virus del resfriado, gripe, covid…

Las medidas de higiene también son de gran ayuda para prevenir estas y otras enfermedades. Llevar mascarilla, lavarse las manos, mantener la distancia de seguridad… Un engorro, sin duda, pero todo lo que implique ponérselo difícil al virus para que llegue hasta nosotros es de agradecer.

Claro, cuarentenas e higiene previenen las infecciones, pero no te curan si el virus te ataca. ¿Existen medicamentos o sustancias que nos permitan combatir a los virus? Pues sí, las hay que ayudan, pero no en todos los casos.

De lo que debemos olvidarnos es de los antibióticos. Básicamente sirven para liquidar bacterias, pero los virus son otra cosa muy distinta. Cuando pillas, por ejemplo, un resfriado (enfermedad vírica), un antibiótico resulta inútil (salvo que al mismo tiempo tengas una infección bacteriana en el tracto respiratorio). Peor aún, el abuso de antibióticos acabará por seleccionar superbacterias resistentes. Pero esa es otra historia…

Por supuesto, hay medicamentos que pueden aliviar los síntomas, e incluso pueden reparar de algún modo los daños que los virus nos causan en el organismo, mas no en todos los casos. Ciertos virus son demasiado agresivos.

Pero aunque los virus no se puedan matar, ¿acaso no hay sustancias que los desactiven, que bloqueen sus mecanismos de acción? Hemos oído hablar de cosas como los antirretrovirales. ¿Por qué no usarlos?

Pues porque los virus son muy diversos. Ya vimos en otra entrada cuán diferente es, por ejemplo, un coronavirus, cuyo material genético es ARN mensajero, de un retrovirus, que encaja sus genes en nuestros cromosomas, o de un adenovirus, con ADN de doble cadena… Y a la hora de intentar combatirlos, los virus con ARNm, como los de la gripe o los coronavirus, son especialmente puñeteros, con perdón.

¿Es que no hay forma de acabar con ellos? Pues sí, la hay. Tenemos defensas: nuestro sistema inmunitario, que cuando identifica a una amenaza va y la machaca. Pero claro, nuestras defensas no son perfectas.

Ante todo, el sistema inmunitario tiene que ser selectivo. No puede atacar a todo lo que se menea, sino sólo al enemigo. Un sistema inmunitario que se propase causará problemas. Por ejemplo, si ataca a nuestras propias células provocará enfermedades autoinmunes, algunas de ellas bastante peligrosas. O ¿qué decir de las alergias, cuando sustancias inofensivas como el polen de olivo provocan una respuesta desmesurada? Por eso, el sistema inmunitario ha de estar muy bien ajustado, y debe saber distinguir lo propio de lo ajeno.

El gran problema es que el sistema inmunitario no reacciona automáticamente cuando se enfrenta con algo nuevo. Primero tiene que conocerlo, fabricar anticuerpos para que el cuerpo lo reconozca como enemigo y se defienda… Y eso lleva su tiempo.

Por eso, cuando nos topamos con un virus novedoso, como el causante de la covid-19, en un primer momento estamos indefensos. Si sobrevivimos a su ataque, dispondremos de anticuerpos que lo reconocerán. Así, la próxima vez que ose atacarnos, nuestras defensas le darán la del pulpo. A eso se le llama adquirir inmunidad.

A la larga, en una población habrá suficientes individuos inmunes para romper la cadena de contagios y evitar que la enfermedad se propague; entonces hablamos de inmunidad de grupo o de rebaño. El problema es que el precio para alcanzarla puede ser demasiado alto. Piensen en la mal llamada gripe española de 1918. Cuando dejó de ser un problema grave, habían muerto entre 50 y 100 millones de personas. O pensemos en este mismo año, cuando algunos países, como el Reino Unido, trataron de conseguir inmunidad de rebaño alegremente, buscando no dañar la economía del país. Al final se saturaron sus servicios sanitarios, y tuvieron que comerse la inmunidad de rebaño con papas fritas. 😦

Ahí está el dilema, amigo lector. Con las cuarentenas y medidas higiénicas, podemos evitar una masacre y no saturamos el sistema sanitario, a costa de perjudicar a nuestra economía y nuestras libertades. Y si buscamos inmunidad de rebaño por las bravas, pues habrá muchos muertos, las urgencias de los hospitales colapsarán (con lo cual, morirá mucha más gente de otras enfermedades que podrían haber sido tratadas de disponer de médicos y camas hospitalarias)…

¿Es que no hay nada que pueda ayudarnos a adquirir inmunidad de rebaño sin provocar una catástrofe?

Lo hay. Se trata de las vacunas.

El concepto de vacuna es más simple que el mecanismo de un chupete, pero es una de las ideas más geniales que haya parido la Humanidad. Enfrentemos al sistema inmunitario con un virus desactivado, incapaz de causar enfermedad, para que lo reconozca y fabrique anticuerpos. Así, cuando entren en contacto con el virus de verdad, nuestros linfocitos podrán ponerse en plan Harry el Sucio, y decirle al patógeno: «Alégrame el día». 🙂

Fuente: gfycat.com

Es alucinante ver cómo ha progresado la obtención de vacunas desde los tiempos de Pasteur. Una vacuna puede consistir en virus atenuados, o inactivados, o simplemente cachitos de virus que provoquen la fabricación de anticuerpos. Pero también podemos inyectar ADN o ARNm a la célula para que sea ella la que fabrique algunas proteínas del virus.

Por ejemplo, la proteína S del coronavirus (la que forma esas espinitas tan curiosas y típicas) le sirve para reconocer a nuestras células. De por sí solas son inofensivas, pero en cuanto nuestro sistema inmunitario las detecte fabricará anticuerpos, y estaremos inmunizados (o eso esperamos). Ese ADN o ARNm se puede introducir en la célula de muy diversos modos, incluso recurriendo a otros virus domesticados, que funcionan como vectores de genes. No nos extenderemos aquí en los detalles, para no resultar pesados. En el nº 525 (junio de 2020) de la revista Investigación y Ciencia, el lector interesado hallará información al respecto.

No todos los virus son iguales, insistimos. Algunas vacunas proporcionan inmunidad de por vida, como la del sarampión. Otros virus, como en el caso de las zoonosis (véase la entrada anterior), nos lo ponen más complicado, porque sobreviven en reservorios animales. Allí pueden mutar y dar lugar a cepas diferentes, que sorprenderán a nuestro sistema inmunitario. ¿Un ejemplo? La gripe. Es una batalla constante en la que no podemos bajar la guardia.

En fin, nos guste o no, es lo que hay. Mientras no haya vacunas efectivas contra el coronavirus, las vamos a pasar canutas. Contra un virus nuevo, no hay otra defensa para adquirir inmunidad de rebaño.

En el momento de escribir esto, llevamos meses viviendo en un mundo extraño. Un mundo en el que, para no enfermar o morir, tenemos que encerrarnos. Un mundo en el que los más débiles, los más ancianos, los más pobres, los más desfavorecidos, caen como moscas. Un mundo con la economía paralizada. Un mundo encerrado en sí mismo. Un mundo con miedo. Es el mundo soñado por los antivacunas. Un mundo en el que no merece la pena vivir.

Caramba, esta serie de artículos se está alargando más de lo previsto. Te pones a escribir, a contar cosas, a reflexionar… En fin, a ver si acabamos en el próximo, que dedicaremos a antivacunas y disparates surtidos.

Primer contacto (V)

En efecto, no basta con la Agricultura para erigir una civilización compleja. Es necesario domesticar animales.

Nuestro primer compañero de fatigas fue el perro. Camina y ladra (y defeca) a nuestro lado desde mucho antes de que nos hiciéramos agricultores, cuando vagábamos nómadas por la Tierra, y ha contribuido a hacernos más humanos. Sin embargo, lo que sostiene a una civilización compleja no son los carnívoros, ni las aves de corral. Según Jared Diamond, son los grandes mamíferos herbívoros; animales que viven en manadas con cierto grado de jerarquía interna, como los caballos, vacas, cabras, ovejas…

Los grandes herbívoros son una fuente segura de carne, es decir, de proteínas de gran valor nutritivo, pero no sólo eso. Proporcionan leche, cuero, lana, estiércol y, sobre todo, trabajan para nosotros.

La domesticación de caballos y bueyes supuso un salto cuántico para nuestra especie, el impulso que necesitaba la civilización. Al poder arrastrar un arado, incrementaron la eficacia agrícola: se podían roturar más tierras de manera más rápida. También podían tirar de un carro y llevar cargas imposibles de transportar para un ser humano. Incluso podíamos cabalgar sobre ellos, viajar más rápido que nunca, o convertirlos en armas de guerra.

Claro, no todos los herbívoros se dejan domesticar, o su cría resulta rentable. Algunos tienen un carácter irascible, o tímido, o muerden, o cocean, o se niegan a comer si los encierras. Muchos intentos de domesticación terminaron en fracaso. Jared Diamond hizo cuentas, y afirma que nuestros antepasados tuvieron éxito en 14 ocasiones: cabras, vacas, ovejas, yaks… Pues bien, sólo uno de estos animales fue domesticado originariamente en América: la llama. En Norteamérica y Mesoamérica, ninguno. Los otros 13 casos de domesticación tuvieron lugar en el Viejo Mundo.

olakaseLa llama, único gran herbívoro domesticado en América antes de la Conquista (fuente: http://www.tumblr.com)

¿Por qué?

La respuesta es simple: mala suerte.

Después de las glaciaciones y de que los cazadores-recolectores acabaran con buena parte de la megafauna, los primeros ganaderos tuvieron que probar suerte con los animales que había en las regiones que habitaban. Y por azares de la geografía y la fauna, la mayor parte de grandes herbívoros domesticables se habían quedado en Eurasia. La única excepción fue la llama sudamericana.

Sin grandes herbívoros mansos a su disposición, los americanos partieron con una desventaja insalvable, y no sólo por la mayor dificultad para abastecerse de proteínas. Pongámonos en el lugar de los aztecas, por ejemplo. Sus éxitos de domesticación se redujeron al perro y al pavo. Sin bestias para tirar del arado (es inviable arar un campo con una yunta de pavos o perros), la siembra debía hacerse a mano, con una eficiencia mucho menor. Muchos terrenos son imposibles de roturar sin la potencia muscular de una yunta de bueyes. El rendimiento y, por tanto, los excedentes son menores. La densidad de población que pueden sustentar las cosechas se reduce.

Y sin animales de tiro, ¿qué sentido tenía construir carros con ruedas? Las mercancías debían transportarse a hombros humanos o mediante parihuelas. Tampoco había caballos para montar sobre ellos. Los grandes herbívoros permitieron a las culturas euroasiáticas disponer de una capacidad de trabajo que las precolombinas no podían ni soñar, acarrear cómodamente grandes cargas, viajar más rápido.

Asimismo, no disponer de grandes herbívoros domésticos mató a más del 90% de los americanos.

Como ya dijimos en anteriores entradas, lo que liquidó a la mayor parte de la población nativa no fue el acero, sino la enfermedad. Plagas como la viruela o el sarampión diezmaron a los indígenas americanos, facilitando la conquista europea. Carecían de defensas frente a ellas.

¿Por qué?

La respuesta está en el ganado.

Muchas enfermedades, como la gripe sin ir más lejos, se originan en animales domésticos, mutan y saltan a los seres humanos. Durante milenios, en Eurasia nuestros antepasados convivían con vacas, cabras, pollos y cerdos, muchas veces en las propias casas. Además, la densidad de población era alta, dado que la civilización se había desarrollado antes, permitiendo el surgimiento de ciudades donde la gente vivía hacinada.

Era el entorno ideal para la propagación de epidemias, que podían llegar a convertirse en pandemias. Bacterias y virus saltaban alegremente de los animales a las personas, y se propagaban con rapidez y eficacia.

Burying Plague Victims of TournaiEntierro de víctimas de la peste (fuente: es.wikipedia.org)

Desde que existen registros históricos, Eurasia se ha visto afligida por terribles pandemias. Baste un ejemplo: la peste negra pudo matar al 60% de los europeos en el siglo XIV. Lógicamente, en toda población con diversidad genética habrá individuos más resistentes a las enfermedades que otros. Los supervivientes transmitirán sus genes a la descendencia. Por tanto, a la larga, la exposición a las enfermedades acabará seleccionando a los individuos resistentes. Darwinismo puro y duro.

En América, al carecer de ganado doméstico y con una menor densidad de población, no se dieron las circunstancias para la proliferación de las epidemias. Por tanto, no hubo ocasión para que se seleccionaran los genes de resistencia. Cuando llegó la viruela a América, no halló oposición.

En fin, los americanos tenían todas las de perder. Y por si faltaba algo, la geografía también se conjuró contra ellos. Lo estudiaremos en la próxima (y última) entrada de esta serie.