Blavatsky y el miedo al mono (y VII)

Uno de los temas más controvertidos de la obra de H. P. Blavatsky es el que se refiere al origen y destino de las distintas razas humanas. ¿Era racista Blavatsky? Estoy convencido de que, en el contexto de su época, Blavatsky no lo era. La Teosofía tampoco, pues habla de concordia, igualdad y altruismo entre todos los hombres. Valga esta cita textual de La Doctrina Secreta:

Si mañana desapareciese Europa […] y si las tribus africanas se separasen y esparciesen sobre la superficie de la Tierra, dentro de cien mil años formarían ellas la masa de las naciones civilizadas. Los descendientes de nuestras naciones más cultas, que pudieran haber sobrevivido en alguna isla sin medios de cruzar los nuevos mares, serían los que caerían en un estado de relativo salvajismo. Así que la razón que se da para dividir a la humanidad en razas superiores e inferiores cae por tierra y se convierte en una ilusión.

Sin embargo, y dada su popularidad en la segunda mitad del siglo XIX, paradójicamente pudo dar argumentos a los racistas. El hecho de que las distintas razas y subrazas humanas surgieran en distintos sitios y momentos podía interpretarse como que unas eran distintas de otras, o más avanzadas que otras; en suma, mejores que otras. No era lo mismo descender de la tercera raza raíz, tan propensa a los bestialismos, que ser un genuino ario de la quinta raza, pongamos por caso.

Pese a todo, había algunas razas a las que Blavatsky consideraba inferiores. Peor aún, incluso justificaba que se estuvieran extinguiendo.

Bathurst Island menAborígenes australianos (fuente: es.wikipedia.org)

Volvamos con la 3ª raza raíz, la que habitaba el continente de Lemuria. Según Blavatsky, algunas de sus subrazas se aparearon con hembras animales y dieron lugar a razas medio animales y a diversos tipos de monos. Recordemos:

Fuente: versión inglesa de La Doctrina Secreta; puede descargarse en www.theosociety.org

Pues bien, para ella, los aborígenes tasmanios y australianos eran descendientes de estas razas medio animales. Leyendo La Doctrina Secreta, me da la impresión de que no los consideraba auténticas personas. De hecho, dedicó páginas a discutir su esterilidad cuando se ponían en contacto con los europeos. Para la Filosofía Esotérica, esos aborígenes eran representantes seniles de naciones arcaicas desaparecidas. Y lo más siniestro es que Blavatsky no creía que su extinción se debiera a los abusos (por decirlo suavemente) de los colonos británicos. Simplemente, eran razas que habían terminado su carrera. Por eso, su extinción quedaba justificada; nada podía salvarlas. Blavatsky se apoyaba en su ley cíclica; podría hablarse de un «ciclo del destino».

O sea, aunque no se lo propusiera, estaba justificando una política de exterminio contra los aborígenes. Puesto que las leyes que regían el cosmos los condenaban a la extinción, en el fondo los colonos estaban ayudando al cumplimiento de dichas leyes. Y en cuanto a lo de la presunta esterilidad de los aborígenes, nos tememos que su causa era la política de exterminio que sufrían, y no otra cosa.

Se pueden extraer más citas susceptibles de ser consideradas racistas. En su descargo, diremos que casi todos, incluso las mentes más privilegiadas, creían por aquel entonces que los blancos constituían la raza más perfecta o evolucionada. Blavatsky, consciente o inconscientemente, se limitó a reflejar el pensamiento de su época. Un ejemplo:

Los semitas, especialmente los árabes, son arios posteriores, degenerados en espiritualidad y perfectos en materialidad. A estos pertenecen todos los judíos y árabes.

En fin, dejemos el tema del racismo y veamos qué pasó con el resto de la Humanidad. Según La Doctrina Secreta, el hombre puede haber existido desde hace 300 millones de años, pero en un estado etéreo. El hombre físico y carnal apareció hace unos 18 millones de años, con los lemures, pero ya hemos visto qué mal talante tenían.

Seguir lo que pasó a partir de la 4ª raza raíz es un poco confuso, más que nada por todas las subrazas y subsubrazas que aparecen. Blavatsky lo trató de aclarar con una ilustración que incluso queda bonita; recuerda al conidióforo de algunos hongos (y exhibe su obsesión por el nº 7):

Fuente: versión inglesa de La Doctrina Secreta; puede descargarse en www.theosociety.org

Intentaremos resumir. La 4ª raza raíz surgió a partir de las subrazas más espirituales de lemures. Luego acabarían emigrando a la Atlántida, por lo que se les conoce como atlantes. En fin, Lemuria dejó paso a la Atlántida, los atlantes dieron origen a un montón de subrazas y una de ellas, la aria, se convertiría en la 5ª raza raíz.

Los primeros arios emigraron en busca de otras tierras, lo que fue un buen negocio, pues ya se sabe cómo acabó la Atlántida. Por cierto, buena parte de los esfuerzos de Blavatsky se centraron en buscar pruebas de la existencia de esos continentes sumergidos. Buscó pruebas geológicas, escudriñó en las tradiciones y textos sagrados de muchas culturas…

La primera subraza aria fue la hindú (y su primer idioma, el sánscrito), y de ahí derivaron las demás. Para no hacernos pesados con tanta raza y subraza, hay un resumen (en inglés) en la Wikipedia, que satisfará al lector curioso. Y según Blavatsky, precisamente ahora, a inicios del siglo XXI, la 6º raza raíz tendría que estar surgiendo a partir de los arios. En Norteamérica, concretamente, pero dejémoslo estar. 🙂

Una constante en la antropogénesis de Blavatsky es que los hombres han ido progresivamente decreciendo en estatura. Los de la tercera y cuarta raza eran gigantes (para ella, los dioses y héroes de la 4ª y 5ª Raza eran los hombres deificados de la 3ª), y no paró de buscar evidencias de su existencia. Afirmaba que de los últimos lemures quedaban unos pocos restos, algunos colosos rotos y cosas así. Por otro lado, los moáis de la isla de Pascua representaban a los gigantes de la 4ª Raza, y las comparó con otras estatuas colosales, habló de civilizaciones desaparecidas… ¿Nos suena?

 Moai Rano rarakuMoais en la isla de Pascua (fuente: es.wikipedia.org)

Sí, muchas de las teorías pseudocientíficas sobre antiguos dioses, civilizaciones desaparecidas, continentes sumergidos y demás arrancan en buena parte de la difusión de las teorías de Blavatsky. Defendió que era imposible que civilizaciones con tecnología de la Edad de Piedra o del Bronce construyeran algo como los moáis, Stonehenge, ruinas ciclópeas, etc. Para ella, la única explicación lógica era que aquellas maravillas fueran erigidas por gigantes, integrantes de civilizaciones hoy desaparecidas. Gigantes que incluso dominaban la Magia.

Asimismo, para Blavatsky las civilizaciones de las naciones arcaicas, como los egipcios, eran herederas de otras anteriores. Así, las civilizaciones de la Antigüedad, como la egipcia, surgían ya maduras desde el principio, como si jamás hubiesen conocido la juventud. Las tribus ario-atlantes se habían establecido en Egipto, y fueron los atlantes quienes construyeron las primeras pirámides (cómo no, la Gran Pirámide es antiquísima). Además, los sacerdotes iniciados egipcios viajaron a otros sitios, dejando trazas de su sabiduría. Eso podría explicar que hubiera pirámides en otros lugares del planeta, por ejemplo.

Continentes tragados por las aguas, naciones antiguas que surgían ya desarrolladas prácticamente de la nada… Muchos amantes de las pseudociencias y la pseudohistoria defienden hoy la creencia en civilizaciones antiquísimas (o su variante moderna, los extraterrestres) que cedieron su sabiduría a nuestros antepasados. Sin embargo, en otra serie de entradas comentamos que civilizaciones como la egipcia no surgieron de la nada, que hubo toda una evolución hasta llegar a las grandes pirámides, y que nuestros ancestros eran más hábiles y espabilados de lo que muchos piensan.

En fin, dejando aparte la Teosofía, ese es el principal legado que nos dejó Blavatsky. En cambio, su intento por hundir en la miseria a Darwin y al darwinismo fracasó. Hoy, la teoría de la evolución está firmemente asentada, y es lo que da sentido a la Biología. Darwin es reconocido como uno de los sabios más influyentes de la Historia, pero pocos son los que recuerdan a la señora Blavatsky. Y de estos, son más los que se ríen de ella que quienes la respetan.

¿Qué opina un servidor de ustedes sobre Blavatsky? Dejando aparte que sus ideas sobre Ciencia no hay por donde agarrarlas, me parece un personaje fascinante, una singular e irrepetible mezcla de fraude, tesón, inteligencia e histrionismo. Se puede aprender mucho de ella, pues en gran medida compartimos buena parte de sus obsesiones. A todos nos gustaría que el cosmos estuviera hecho a nuestra medida, que fuera predecible. En cambio, la Ciencia nos ha ido desvelando que no es así, sino  que vivimos en un universo que en buena medida se rige por el azar, que somos más insignificantes de lo que podamos llegar a imaginar, y que todo va a seguir funcionando igual cuando nosotros no estemos.

Blavatsky diseñó un cosmos donde todo funcionaba cíclicamente, como un reloj, donde los seres humanos éramos especiales, algo aparte de los animales. Y ella, por supuesto, pertenecía a la élite de los más sabios, capaz de acceder a conocimientos velados a los demás. Era gratificante sentirse importante, controlando un mundo perfectamente ordenado y fiable. Probablemente, era lo que echaba de menos en su ajetreada y aventurera vida.

Si el mundo no te gusta, constrúyete uno. Usted lo hizo a lo grande, señora Blavatsky, y eso merece mis respetos. Por muy disparatado que sea.

Y se acabó, sufrido lector. En la próxima entrada trataremos temas menos áridos, algo de agradecer en este tórrido verano. 🙂

Blavatsky y el miedo al mono (VI)

Para H. P. Blavatsky, la evolución humana también se regía por los ciclos y el nº 7 (véanse las entradas anteriores). En nuestro mundo (el 4º de la cadena septenaria) van a aparecer 7 «razas raíz» (root races) por separado, una tras otra. Respaldaba semejante afirmación basándose en diversas cosmogonías, e insistía en que tarde o temprano la Ciencia tendría que aceptar todas estas enseñanzas ocultistas.

Fuente: versión inglesa; puede descargarse en www.theosociety.org

Los primeros hombres aparecieron hace 300 millones de años, nada menos (o sea, a finales del periodo Carbonífero). Al principio los hombres eran etéreos, pero en el ciclo descendente fueron haciéndose más materiales. Recordemos: los ciclos comienzan en lo etéreo y acaban en lo espiritual, en una doble línea de evolución física y moral. En un momento dado, lo espiritual y lo material se equilibrarán. Luego, en la fase ascendente del ciclo, el espíritu se irá afirmando a costa de lo físico, al tiempo que ganará experiencia y sabiduría. Algo así:

Según Blavaysky, la Primera Raza estaba compuesta por sombras astrales de sus Progenitores, hombres gigantescos, etéreos, que aún no conocían el sexo. Tampoco tenían mente, inteligencia ni voluntad. Surgió en un continente hoy desaparecido, la Tierra Sagrada Imperecedera.

La segunda raza raíz emanó de la primera y apareció en el continente de Hiperbórea, situado muy al norte (aunque su clima era bastante benigno). El cuerpo humano era todavía gigantesco y etéreo, aunque algo más condensado y menos inteligente que espiritual. Es una pena que seres tan etéreos no hayan podido dejar fósiles… 🙂

Tampoco tenían sexo, por cierto. ¿Cómo se reproducían? Pues… digamos que las ideas de Blavatsky eran un tanto peculiares. La lectura de La Doctrina Secreta deja perplejo al biólogo, en un caso palmario de comicidad no buscada. Además, para acabar de confundirnos, el proceso de reproducción tuvo también 7 etapas en cada Raza, e iba cambiando con el tiempo.

Blavatsky, basándose en las formas de vida más simples que hoy podemos ver, decía que al principio la reproducción era asexual, como la brotación inconsciente que ocurre en ciertas plantas o amebas. Más tarde los seres humanos pasarían a ser ovíparos, luego ovovivíparos, luego se desarrolló la placenta… Ah, los primeros seres humanos eran andróginos. La separación por sexos tardaría bastante en aparecer. Blavatsky veía una evolución lineal de la reproducción, que tendría los siguientes pasos: fisiparismo, brotación, esporas, hermafroditismo intermedio y unión verdaderamente sexual.

En resumen, la vida de las dos primeras razas raíz debió de ser de lo más aburrida. 🙂 De hecho, según Blavatsky, ni siquiera tuvieron historia propia, igual que tampoco el inicio de la tercera raza. Por tanto, ocupémonos de ésta, porque a partir de aquí las cosas se ponen interesantes.

Su origen estuvo en Lemuria, un continente cuyos restos actuales son Australia, Nueva Guinea, las islas Salomón… Esta raza ya poseía un cuerpo compacto de tamaño gigantesco. Se trataba de seres más astutos que espirituales, y al cabo del tiempo su estatura fue menguando y se hicieron más racionales. No obstante, no será hasta la cuarta raza raíz, la atlante, cuando desarrollen el intelecto y el lenguaje. Esta cuarta raza evolucionará en otro continente perdido, la Atlántida. Según Blavatsky, sólo se puede hablar de hombres a partir de la 1ª mitad de la raza atlante, pero no adelantemos acontecimientos. Centrémonos en la tercera raza, el origen de los simios… y el miedo al mono.

Map of Lemuria Mapa de Lemuria por William Scott-Elliot (fuente: en.wikipedia.org)

Es sabido que a Blavatsky (y no sólo a ella) le horrorizaba que pudiéramos proceder de algún mono. Por eso, insistía una y otra vez en que ocurrió al contrario. Los monos provenían de los hombres (de hecho, hablaba de la «descendencia antinatural» del hombre). Nosotros descendíamos de algo superior, pues lo superior no se originaba a partir de lo inferior.

Para reafirmar que no descendíamos de los monos, Blavatsky veía a los seres humanos como algo aparte de los animales. Intentó demostrar que la Anatomía Comparada no confirmaba el darwinismo. Afirmó que no había eslabones intermedios entre el hombre y el animal. Más aún, no nos veía como animales. Éramos otra cosa, más «noble». Para demostrarlo, buscó desesperadamente diferencias anatómicas entre ellos y nosotros y las exageró. Creía sinceramente que el salto del mono al hombre era insalvable.

 Quatrefages BNF GallicaJean Louis Armand de Quatrefages de Bréau (fuente: fr.wikipedia.org)

No es de extrañar que a Blavatsky le cayera tan bien Jean Louis Armand de Quatrefages (1810-1892). Este biólogo francés, hoy algo olvidado, dividió la naturaleza en cinco reinos separados: sideral, mineral, vegetal, animal y humano. No tenía nada en contra de la evolución, siempre que no se aplicara al ser humano al cual, como vemos, situaba en un reino aparte. O sea, música celestial para los oídos de Blavatsky. 🙂 No como el odioso Darwin y su teoría de que éramos parte de la naturaleza como cualquier otro ser vivo… Qué horror. 🙂

En serio, llama la atención cómo mucha gente se ofende cuando le dicen que Homo sapiens pertenece al Reino Animal. Pero no nos desviemos del tema.

Para sustentar sus afirmaciones, Blavatsky primero debía demostrar que nuestra especie existía desde tiempos muy remotos. Y, a continuación, que los seres de esos tiempos remotos eran más «perfectos» que los actuales. Así, dijo que el hombre primitivo conocido por la ciencia era superior en algunos aspectos al de ahora. O que el mono más antiguo conocido era menos antropoide que las especies modernas. Por tanto, el mono era un hombre degenerado, y no lo que pretendía el darwinismo. Más aún; predijo que nunca se hallarían formas de transición entre hombres y simios.

En fin, Blavatsky no iba para profeta… 🙂

También pensaba que el registro fósil demostraba que los animales de tiempos remotos eran mucho mayores que los actuales (compárese un dinosaurio con una lagartija…). Eran más complejos y “perfectos” que los de hoy. ¿Por qué no pudo pasar lo mismo con el hombre? También defiende que en tiempos remotos tuvieron que existir hombres gigantescos, para poder luchar con los enormes monstruos que entonces dominaban la Tierra. En épocas reicientes, en cambio, los animales gigantes fueron desapareciendo, y de ellos sólo quedan reliquias, como elefantes e hipopótamos.

¿Cómo se originaron los monos a partir de los hombres? Pues la culpa la tuvo la promiscuidad de los hombres irresponsables de la tercera raza, que dieron lugar al eslabón perdido que se convirtió en el antecesor del mono. Zoofilia, lujuria, bestialismo… Llámenlo ustedes como les plazca. En serio. 🙂

Bueno, en realidad los distintos tipos de simios y monos se originaron en diversos momentos por medio de distintos bestialismos de diversas subrazas humanas. Queda un poco lioso, la verdad. Las justificaciones de estos cruces contra natura, la viabilidad de los híbridos y demás afirmaciones blavatskianas harán las delicias de los biólogos:

Para disculpar estos accesos de bestialismo desenfrenado, Blavatsky comentaba que el hombre primitivo no tenía mente ni alma cuando engendró, con un monstruoso animal hembra, a los antepasados de una serie de monos. Así, los grandes simios poseían una chispa de la esencia puramente humana, pero el hombre no tenía ni una pizca de sangre de mono.

Blavatsky intentó proporcionar pruebas de que esos hombres gigantescos y bestiales existieron. Además de discutibles hallazgos científicos, se basó en textos antiguos, los bíblicos entre ellos, que aseguraban que antiguamente había gigantes. Y que les gustaban las hijas de otros más que las suyas.

Todo esto resultaría incluso divertido si no fuera por las derivaciones racistas que tiene. Para Blavatsky, existían algunas razas inferiores humanas que derivaban de estas razas medio animales. Incluso llegó a sugerir que su extinción frente a otras razas humanas más avanzadas era inevitable. Pero de eso nos ocuparemos en la próxima entrada.

Blavatsky y el miedo al mono (V)

No sé lo que pensarán los físicos, químicos y astrónomos al leer las teorías de H. P. Blavatsky, pero los biólogos nos quedamos patidifusos. Sobre todo, cuando llegamos a lo que otorga sentido a la Biología: la evolución.

Blavatsky creía que todo evolucionaba, pero era partidaria de una evolución ordenada, predecible, respetuosa con sus ciclos septenarios y plena de espiritualidad. Con razón abominaba del darwinismo, pues este era la antítesis de sus ideas.

Man is But a WormFuente: en.wikipedia.org

Blavatsky aborrecía el materialismo, más que nada porque negaba la existencia del misterioso «principio vital». En La Doctrina Secreta criticaba ferozmente las «repulsivas especulaciones de la ciencia materialista». El desdén que sentía hacia el materialismo era visceral; basta con fijarse en la forma de escribir y los epítetos que empleaba. En algunos momentos llega a ponerse melodramática, hablando de lo desesperados que están los científicos y de que «el misterio es la fatalidad de la Ciencia». Se quejaba de que los evolucionistas materialistas recibieran honores inmerecidos por teorías que podían ser efímeras. Incluso llegó a predecir la caída de la teoría de la selección natural. Tal como han ido las cosas, no iba para profeta, precisamente… 🙂

Como mucho, Blavatsky le concedía al darwinismo algo de exactitud en cuestiones secundarias. No negaba que el hombre físico fuera el simple producto de las fuerzas evolutivas de la Naturaleza, pero el interno, espiritual y psíquico no era cosa de los materialistas. Por cierto, en toda su obra destaca el empeño de casar los descubrimientos científicos con lo que aparece en los textos sagrados de diversas religiones.

Blavatsky, envidiosa quizá del prestigio de la Ciencia, removió cielo y tierra en busca de sabios que compartieran sus ideas o que pudieran ser utilizados para defenderlas. Según sus palabras, «Sabemos que los evolucionistas verdaderos y honrados están de acuerdo con nosotros». No hace falta ser un lince para adivinar a quiénes no consideraba honrados, e incluso los llegó a tachar de «asesinos intelectuales y morales de las generaciones futuras». En resumen, queda bien claro que le repugnaba la «fuerza ciega y falta de designio» de la selección natural.

Entre los científicos famosos a los que recurrió destaca A. R. Wallace, el padre, junto con Darwin, de la teoría de la evolución por selección natural. Como explicábamos en otra entrada, Wallace no podía explicar la aparición de algo tan complejo como el cerebro humano por selección natural, lo que le llevó a creer en el espiritismo. No obstante, da la impresión de que su favorito era Jean Louis de Quatrefages, hoy bastante olvidado. También le gustaba más Lamarck que Darwin. Es lógico; algunas ideas lamarckianas parecían compatibles con las ocultistas; sobre todo, la «tendencia a la perfección»:

Fuente: versión inglesa; puede descargarse en www.theosociety.org

Pero entremos en materia. Una de las virtudes de la Ciencia es que ha ido bajando al ser humano del pedestal en el que se había colocado, integrándolo en el cosmos. En cambio, buena parte de la tradición cultural occidental, y en eso Blavatsky no era una excepción, ha tendido a considerarnos algo aparte, algo especial. Sin embargo, los astrónomos, por mucho que le doliera a Blavatsky, nos demuestran que nuestro mundo está hecho de los mismos materiales que el resto del universo. Somos polvo de estrellas; nuestros átomos proceden de antiguos soles que estallaron en forma de supernova. Y Darwin nos vino a demostrar que tampoco somos algo aparte de los animales, sino otra especie más, producto de la contingencia evolutiva.

Fuente: www.darwinproject.ac.uk

Esto último era una completa abominación para Blavatsky. El hombre debía ser algo aparte, muy distinto a los groseros animales, ¿verdad? Para ella, nunca habíamos formado parte del reino animal.  Era una afrenta tan sólo planteárselo.

Veamos su visión de la evolución, y pido disculpas si resulta algo confusa. Lo primero que aparece en un planeta es el reino mineral, luego el vegetal y después la vida humana. Pongamos un ejemplo. En su cadena septenaria de mundos (véase la entrada anterior), primero se desarrolla el reino mineral en el globo A. Cuando está plenamente desarrollado, inunda y pasa al globo B. Entonces empieza el desarrollo vegetal en el A. Y luego la vida humana. Al irse completando, cada reino va pasando al globo siguiente. El mineral va con un globo de ventaja sobre el vegetal, y ésta sobre la vida humana.

O sea, y esto es muy importante, la aparición del hombre es MUY ANTIGUA, sólo precedida por los reinos mineral y vegetal. Para ello se apoyará en sabios como Quatrefages, y en el hecho de que en su época los científicos todavía no tenían métodos fiables para datar los fósiles o saber cuál era la edad de la Tierra.

Minerales, vegetales, hombres… ¿Y los animales?¿Cuándo aparecieron? ¿Y los monos, esos de los que los malvados darwinistas piensan que descendemos? 🙂

Punch, 18 May 1861, 'Monkeyana' Wellcome L0031419Fuente: commons.wikimedia.org

Pues resulta que, para Blavatsky, no descendemos por línea directa de antepasados muy antiguos, y no digamos de los monos. Es al revés. Ellos descienden de nosotros. En serio.

Asimismo, a lo largo de La Doctrina Secreta buscó desesperadamente cualquier indicio científico que ratificara la existencia de un insalvable abismo entre hombre y mono. Además, objetó que algunos seres no evolucionaban, ni se elevaban a un tipo más alto. Blavatsky pensaba que lo mismo ocurría con el hombre, que no variaba desde sus primeros restos fósiles.

Un problema al que se enfrentaron los primeros evolucionistas fue el de la fuente de variación en los seres vivos. La selección natural va escardando y permitiendo la supervivencia de los más adaptados, pero no explica cuál es el origen de las diferencias de los organismos. Hoy sabemos que se debe a mutaciones en el ADN, pero en aquella época no se tenía ni idea. Y cómo no, Blavatsky y los ocultistas tenían la respuesta que eludía a los científicos: la fuente de variación se debía a «los tipos-raíces primordiales procedentes de lo astral».

Sí, paciente lector, ya sé que en la anterior entrada dije que esta sería la última, pero parece que el espíritu de madame Blavatsky se dedica a sabotear mis buenos propósitos. Necesitaremos una entrada más para explicar cómo es posible que los monos desciendan de nosotros. Se trata de una historia muy entretenida, plena de bestialismo, bajas pasiones, gigantes menguantes, distintas humanidades, continentes perdidos… Y quizá haga falta otra entrada para hablar del origen de las distintas «razas» humanas, pues no todas proceden de… Pero no adelantemos acontecimientos. 🙂

Blavatsky y el miedo al mono (IV)

A H. P. Blavatsky le encantaba el nº 7. Más bien le obsesionaba, pues su obra gira en torno a una concepción septenaria del cosmos. También defendía los ciclos de auge y caída, en una cosmovisión repleta de fuerza vital, espíritus y almas. Asimismo, buscaba desesperadamente paralelismos entre macro y microcosmos. Por fortuna, incluyó en sus obras diagramas que nos ayudan a comprenderla (o al menos a intentarlo):

Nota: todas las ilustraciones de esta entrada se han tomado de la versión inglesa; puede descargarse en www.theosociety.org

Fijémonos en la ilustración. Además del paralelismo manifiesto entre los principios humanos y la división planetaria, que comentaremos más adelante, queda claro que Blavatsky era vitalista.  Las almas y espíritus campan a sus anchas por La Doctrina Secreta, y se enfadaba cuando los científicos no los tenían en cuenta. Reprochaba a los físicos de su época que se quedaran en la cáscara, sin llegar nunca a la almendra. Al adoptar los átomos físicos, olvidaban que los átomos tenían alma (o lo que ella entendía por alma). A lo largo de su obra despotricó contra esas teorías físicas vacías de alma y espíritu, y afirmó que los antiguos iniciados sabían más de Física que todas las academias científicas. En concreto, creía que la Ciencia Moderna no es más que Pensamiento Antiguo desfigurado. El Ocultismo no necesitaba pruebas científicas. Al final, según ella, la Ciencia acabaría por aceptar lo que decía la Filosofía Oculta.

A lo largo de La Doctrina Secreta Blavatsky arremete contra el materialismo, aunque no era partidaria de las grandes religiones monoteístas. Estas le gustaban aún menos que la Ciencia, que ya es decir. Su visión no era monoteísta sino panteísta, con un principio original del que emanaba lo demás (aunque su redacción tendía a ser confusa, por lo que resulta difícil seguirla). De hecho, afirmaba que por deficientes, materialistas y erróneas que fueran las teorías científicas, estaban mil veces más cerca de la verdad que las vaguedades de la Teología. No obstante, cuando la Ciencia le llevaba la contraria a las creencias ocultistas, buenos palos le daba… 🙂

No vamos a reproducir aquí sus extrañas ideas sobre el átomo, la luz, el calor, las reacciones y elementos químicos (llega a afirmar que el helio tiene un peso atómico inferior al del hidrógeno), los principios de la fotografía, la gravitación (llegó a insinuar que correría la misma suerte que la teoría corpuscular de la luz)… Como ya dijimos, Blavatsky iba sacando de aquí y allá las noticias científicas que se adaptaban a su cosmovisión, valiéndose en muchos casos de «autoridades» hoy bastante olvidadas o bien muy antiguas, que incluso en su época estaban ya desacreditadas.

Blavatsky estaba de acuerdo en algo con los astrónomos: el universo es muy, muy grande y nuestros dioses, muy, muy pequeños. Por lo demás, los disparates astronómicos proliferan en La Doctrina Secreta. Dejando a un lado su concepción del éter (sustancia hipotética aceptada en su época, pero liquidado por la teoría de la relatividad), sus ideas sobre el sol y los planetas eran… en fin, corramos un tupido velo.:-)  Asimismo, pensaba que la materia de soles y cometas podía ser muy distinta a la de la tierra, con elementos desconocidos para la Ciencia. Hoy, con más elementos de juicio, sabemos que en realidad estamos hechos de polvo de estrellas. No somos algo aparte.

Centrémonos en nuestro rinconcito del universo, el Sistema Solar, y en algo que llama poderosamente la atención: las peculiares cadenas planetarias.

Para Blavatsky había innumerables cadenas circulares de mundos, compuestas de 7 globos situados en distintos planos. Sólo el inferior y más material se hallaba dentro de nuestro plano y lo podíamos percibir (véase la primera ilustración de esta entrada). Cada cadena de mundos era creación (o reencarnación) de otra, inferior y muerta. En nuestro caso, de la cadena de la Luna, la cual es más vieja que la Tierra. Los globos de la cadena septenaria lunar han dado vida a los correspondientes globos de la cadena terrestre, y a continuación mueren. Ah, Blavatsky también hablaba de la influencia maligna de la Luna sobre la Tierra en la actualidad. Parece que creía en la Astrología…

Como se ve en la ilustración, cuando el anillo o cadena planetaria llegaba a su última ronda pasaba su energía a otro planeta. En el caso de la Tierra, como en otros, debía vivir durante 7 rondas. En las tres primeras se formaba y consolidaba. En la cuarta se asentaba y endurecía. En las tres últimas se revertía esa tendencia y volvía a espiritualizarse. La humanidad se desarrollaba tan sólo en la 4ª ronda. O sea, para entendernos: hay un descenso de lo espiritual a lo material, y luego un ascenso a la inversa. Durante el proceso parece que se gana en sabiduría. O experiencia. O algo así.

¿Confuso? Hay quienes califican a los escritos de Blavatsky de «empanada mental». No obstante, hemos de reconocer que su obra tiene un punto de grandiosa. Llama la atención lo ordenado y majestuoso que es su cosmos, tan finalista y predecible. Tiende a funcionar como un mecanismo de relojería, igual que las antiguas esferas celestes.

En la próxima (y esperamos que última) entrada sobre el tema reflexionaremos sobre esta manía por el orden. Eso será después de comentar la que organizó Blavatsky al aplicar sus ciclos y cadenas a la evolución y al origen de nuestra especie, con su empeño en negar que descendiéramos de los monos; faltaría más.

Blavatsky y el miedo al mono (III)

¿Por qué H. P. Blavatsky se enfadaba tanto con la Ciencia y los científicos? Básicamente, por dos motivos. Primero, la forma de obtener el conocimiento científico era diametralmente opuesta a la ocultista. Y segundo, la Ciencia llegaba a unas conclusiones que a Blavatsky no le gustaban, e incluso se le antojaban abominables (por ejemplo, no podía soportar que descendiéramos de los monos).

Consideremos primero las diferencias metodológicas. Los seres humanos hemos buscado desde tiempo inmemorial respuestas a las grandes preguntas que nos plantea la naturaleza: nuestro origen, nuestro destino, nuestro papel en el cosmos… Para ello empleamos diversas herramientas: la Religión, la Filosofía, la Ciencia o el Ocultismo, entre otras.

ThinkingMan RodinFuente: es.wikipedia.org

En La Doctrina Secreta, el modo de hallar esas respuestas es sencillo: unos seres superiores las revelaron en el pasado. Punto. Por tanto, cualquier hecho tendrá que ser interpretado de forma que se adecue a las Verdades reveladas. El problema es que éstas sólo quedan al alcance de iniciados y adeptos, pues la mente de los simples mortales no está preparada para recibirlas. Si alguien quiere conocerlas, tendrá que someterse a la guía de los que saben. Hay un tufo aristocrático en esta forma de buscar el conocimiento. Por supuesto, Blavatsky se consideraba perteneciente a esa aristocracia que atesora las Respuestas Correctas.

La Ciencia funciona de forma diametralmente opuesta. No hay Verdades reveladas. Si queremos respuestas, tenemos que sonsacar a la naturaleza, lo cual puede resultar complicado. Por ejemplo, muchas veces es difícil obtener respuestas claras, que además pueden aparecer en idiomas extraños. Y luego estamos nosotros, con nuestra tendencia a meter la pata.

Para la Ciencia no hay Grandes Iniciados. Los científicos son conscientes de que la mente humana es falible. Nos gusta que los hechos validen nuestros prejuicios. A veces engañamos a los demás, pero con mucha frecuencia nos engañamos a nosotros mismos. Por tanto, hay que buscar un modo de hacer preguntas a la naturaleza que tenga en cuenta nuestros puntos flacos, que minimice los errores. Es el método científico.

Ya lo comentamos en otra serie de entradas. Básicamente, los científicos proponen teorías, las cuales deben estar apoyadas por experimentos que sean reproducibles por otros colegas. Tienen, obviamente, que explicar los hechos conocidos o servir para hacer predicciones. Y si nuevos hechos o experimentos no encajan en la teoría, esta habrá de ser revisada, modificada o desechada.

PeerReview2Para publicar en una revista científica, hay que superar un proceso de revisión por pares (fuente: SCIENCE AND INK)

Por supuesto, los científicos son seres humanos, y como cualquier hijo de vecino tienen sus manías, sus amores, sus odios… Pero por muy influyente que sea un científico, por mucho poder político que detente, a larga, si la teoría que defiende no sirve para explicar los hechos o hacer predicciones comprobables, caerá. Por eso la Ciencia avanza. Porque es consciente de nuestros fallos. Porque es humilde. Y porque, en el fondo, es democrática. Para publicar un artículo científico hay que pasar por todo un calvario conocido como «revisión por pares».

Hay un chiste gráfico que circula mucho por Internet, y que ejemplifica estos dos puntos de vista. Sustitúyase «Creacionismo» y «Génesis» por «Ocultismo» y «Doctrina Secreta», respectivamente, y el chiste sigue siendo igual de certero:

Fuente: elcerebrodebroca.wordpress.com

A Blavatsky no le hacía gracia la Ciencia. Eso de que cualquiera pudiera proponer una teoría, sin estar sometido al control de los Iniciados… Qué horror. Sin embargo, la Ciencia tenía un prestigio que se había ganado a pulso. Funcionaba. Explicaba cosas. Realizaba predicciones. Daba respuestas, aunque (y ahí está el meollo del asunto) en muchas ocasiones las respuestas no fueran las buscadas.

Blavatsky afirmaba disponer de Verdades reveladas, y trataba de encajar en ellas los hechos, como en el chiste. Leyendo La Doctrina Secreta, se comprueba que en muchas ocasiones lo hacía a martillazo limpio, cuando no a base de contorsionismo. 🙂

Dado el prestigio de la Ciencia, Blavatsky se esforzó hasta límites increíbles por demostrar que los descubrimientos científicos en realidad ratificaban las enseñanzas ocultistas. Para ello, rebuscaba aquí y allá cualquier afirmación científica que se adecuara a las Verdades reveladas. Nadie puede discutir que Blavatsky era inteligente, poseía una envidiable cultura general y leyó bastantes obras científicas. Por desgracia, da la impresión de que no las entendía totalmente. Asimismo, tendía a citarlas fuera de contexto.

Pero ¿qué ocurría cuando las teorías científicas contradecían a Blavatsky? En tal caso tenían que estar equivocadas, y seguro que los descubrimientos futuros darían la razón a los ocultistas. En La Doctrina Secreta se repite ad nauseam que la Ciencia no puede negar que no existan las cosas que aún no ha descubierto. Por citar un ejemplo, no puede negar que hubiera hombres gigantes conviviendo con los dinosaurios, pues la ausencia de prueba no es prueba de ausencia. Nos tememos que Blavatsky se equivocaba acerca de a quién corresponde la carga de la prueba cuando se hacen afirmaciones de ese tipo. 🙂

Otro de sus argumentos favoritos para atacar a la Ciencia era poner de manifiesto una y otra vez cómo los científicos no paraban de proponer teorías contradictorias. ¡Menudo desorden, comparado con la Verdad incontestable y sin fisuras del Ocultismo! Nos tememos que Blavatsky no entendía lo que significa la palabra «teoría». Si consultamos los diccionarios, vemos que tiene varios significados. En el lenguaje coloquial, una teoría equivale a una explicación, una suposición personal, como cuando expresamos nuestra teoría sobre el motivo de que un futbolista rinda más en su equipo que en la selección nacional. Sin embargo, una teoría científica es otra cosa. Debe explicar los hechos conocidos. Debe hacer predicciones. Debe poderse verificar.

Hay algunos pasajes en La Doctrina Secreta que muestran que Blavatsky concebía a las teorías científicas como meras opiniones. Equiparaba a las  que no le gustaban con los mitos y, según ella, no deberían generar más confianza que las propias afirmaciones de Blavatsky. He aquí una cita esclarecedora (volumen IV, edición en español):

Una «teoría» es simplemente una hipótesis, una especulación, y no una ley. El decir otra cosa es una de las muchas libertades que se suelen tomar hoy en día nuestros hombres de ciencia. Presentan un absurdo, y luego lo ocultan tras el escudo de la Ciencia. Una deducción de una especulación teórica no es más que una especulación fundada en otra especulación.

Blavatsky no entendió qué era una teoría científica. O no quiso entenderlo.

¿Qué ocurría cuando una teoría científica contradecía abiertamente las doctrinas ocultistas? Pues Blavatsky escarbaba en las «terribles contradicciones» de los científicos hasta encontrar alguno que coincidiera con ella. No importaba que fuera muy antiguo, que se tratara de una publicación mediocre o de un fraude (como resultó ser el caso de J. E. W. Keely, tan alabado por ella). Asimismo, interpretaba la discrepancia, algo fundamental para el progreso científico, como ignorancia.

En el volumen II (libro I, en la edición inglesa) hay una addenda en la que contrasta la Ciencia moderna y la Doctrina Secreta. Resulta interesante para tratar de comprender el pensamiento de Blavatsky. Nos dice que hay que respetar a la Ciencia, salvo cuando ésta intenta penetrar en los arcanos del Ser. Ahí, la Ciencia saca los pies del tiesto, pues no puede descubrir el misterio del Universo. Para eso están los ocultistas. Y tiene su gracia, porque eso de  «ocultar» repugna a todo científico decente.

Qué quieren que les diga… Leyendo La Doctrina Secreta, más de una vez me vino una imagen a la cabeza. En ella se veía a madame Blavatsky sentada en su privilegiada atalaya, con ceño adusto, tratando de poner a los díscolos científicos en su sitio. 🙂

En la próxima entrada resumiremos la visión que Blavatsky tenía del cosmos, algo necesario para entender el motivo de su miedo y asco a la idea de que estuviéramos emparentados con los monos.

Blavatsky y el miedo al mono (II)

Confieso que leer La Doctrina Secreta de H. P. Blavatsky acabó siendo una tarea pesada. La extensión de la obra no facilita las cosas. Tampoco el estilo, con frecuencia confuso, que hace que el lector tenga que repasar varias veces el mismo párrafo para enterarse de algo (si es que se entera). Es fácil despistarse, más que nada porque en muchas ocasiones parece un batiburrillo, una acumulación desordenada de citas y datos sacados de contexto. A primera vista, da la impresión de ser un dechado de erudición, pero esta puede simularse si se utiliza el lenguaje adecuado. Como decía un sabio profesor mío, lo importante en esta vida no es saber, sino que parezca que sabes, y esto último resulta sencillo cuando conoces unos cuantos trucos.

Pero no adelantemos acontecimientos, y seamos positivos. Se pueden extraer muchas enseñanzas de La Doctrina Secreta, aunque me temo que no son las que la autora pretendía. Leer entre líneas nos incita a la reflexión sobre las distintas vías de búsqueda y transmisión del conocimiento, de lo que es Ciencia y lo que no. Sobre todo, nos muestra los miedos y anhelos de Blavatsky, un personaje fascinante. Y qué diantres, después de haberme tragado el libro con paciencia franciscana, al menos que el esfuerzo me sirva para sacar unas cuantas entradas del blog… 🙂

La edición en español que he utilizado es de dominio público. Consta de 6 tomos, agrupados en un archivo pdf. También pueden consultarse por separado en los enlaces externos que proporciona la Wikipedia. A veces, la traducción es mejorable y no aparecen ciertas ilustraciones originales. Por suerte, existe la posibilidad de acceder a la versión inglesa. En esa página pueden descargarse dos volúmenes, que corresponden a los cuatro primeros tomos en español. El tercer volumen en inglés, con los dos tomos restantes, puede consultarse aquí.

Sin entrar en detalles, según Blavatsky unos «Espíritus Planetarios» dejaron verdades reveladas a cada nueva raza humana. Dados los ciclos de auge y caída de las distintas razas (sí, en tiempos remotos existieron otras civilizaciones muchísimo más avanzadas que la nuestra), estas verdades caen en el olvido cada vez que el hombre se sume en la animalidad. Menos mal que siempre unos cuantos elegidos (los Adeptos) las irán transmitiendo de generación en generación. Al respecto, Blavatsky citará a lo largo de su obra las Estancias del Libro de Dzyan, un texto de origen tibetano que es mantenido fuera del alcance de ojos indebidos y que, por supuesto, ella pudo consultar.

Un inciso: muchos creen que el Libro de Dzyan es una invención de Blavatsky, pero el caso es que el nombre hizo fortuna y fue recogido en sus obras por escritores de la talla de H. P. Lovecraft.

H. P. Lovecraft, June 1934H. P. Lovecraft fue uno de los escritores influenciados por las obras de Blavatsky  (fuente: es.wikipedia.org)

Volvamos a La Doctrina Secreta. Los estudiosos de lo Oculto tendrán que aprender esas verdades reveladas poco a poco. Blavatsky afirma que sólo se limitó a dar unos apuntes, un esbozo. Los estudiosos podrán acceder a los saberes más enjundiosos cuando los propios Maestros (que están en otro plano de la existencia) den el visto bueno. Y, por supuesto, la voluntad de esos Maestros se manifestaba a través de Blavatsky. 🙂

Es interesante leer el apartado «Consideraciones sobre el sigilo» (tomo VI de la edición en español). Creo que resulta esclarecedor. ¿Por qué mantener los pormenores de la Doctrina en secreto? Da dos razones. La primera, que «la totalidad de la verdad es demasiado sagrada para que se exponga a todos». Y la segunda, que «el conocimiento de todos los pormenores […] es demasiado peligroso para que se ponga en manos profanas». Caramba. ¿La divulgación del saber es peligrosa? ¿Por qué?

El problema está en que hay estudiosos que se ponen del lado del Bien, y otros del Mal. Blavatsky compara el conocimiento con los venenos: a ciertas dosis, o combinados de determinada manera, pueden ser beneficiosos, pero en caso contrario matan. De ahí que estos saberes no puedan ser divulgados alegremente. La Humanidad no está preparada para ello. Además, los videntes e iniciados que conocen sus secretos son capaces de penetrar en otros planos de conciencia. Si comunicasen sus conocimientos el mundo no sería más sabio, porque los demás hombres no tienen experiencia en otras formas de percepción.

Esta llamada al secretismo puede reflejar la pugna entre Blavatsky y sus rivales; véase el libro El mandril de madame Blavatsky, de Peter Washington. Si tú eres la única persona con la que se comunican esos Maestros del plano astral, te conviertes en imprescindible. Puedes pasar la información a quien te apetezca o creas conveniente. Tienes el control de tu organización. Te necesitan. Tienes poder. Puedes llamar farsantes o descarriados a los que busquen esos saberes ocultos al margen de ti. Y, por supuesto, resulta gratificante para el ego. Te siguen. Te admiran. Eres alguien importante. Tu mente es superior. El resto de los mortales  no está preparado para saber lo que tú sabes.

Control de la información, secretismo, fuentes que no se pueden consultar… Tal vez por eso a Blavatsky no le gustaba la Ciencia, porque funciona de manera completamente distinta; el antagonismo es manifiesto. El rechazo, la indignación que ella sentía hacia ciertos aspectos de la Ciencia resultan evidentes a lo largo y ancho de La Doctrina Secreta. Es incapaz de disimularlo. Es algo visceral; no hay más que ver los epítetos que utiliza, el tono que emplea. No pierde ocasión de recalcar que los conocimientos del Ocultismo son muy superiores a los de la Ciencia materialista. Y cuando se toca el tema del parentesco entre hombres y simios, el enfado se torna colosal.

¿Entendía Blavatsky qué es en realidad la Ciencia? ¿Por qué ese rechazo? ¿Qué tenía contra Darwin? ¿Por qué le disgustaba tanto que nos emparentaran con los monos? Nos ocuparemos de ello en la siguientes entradas, en las que trataremos asimismo de exponer su curiosa visión del universo y los seres vivos.

Blavatsky y el miedo al mono (I)

En una entrada anterior, cuando discutíamos las teorías pseudocientíficas que atribuyen la construcción de las grandes pirámides a antiguas civilizaciones, citamos a Helena Petrovna Blavatsky (1831-1891). Fue una de las principales impulsoras de la Teosofía, una doctrina bastante popular en la segunda mitad del siglo XIX. Su génesis, así como los distintos movimientos, seguidores y gurús que de ella derivan, aparecen muy bien relatados en el libro El mandril de Madame Blavatsky, de Peter Washington.

Helena Petrovna BlavatskyHelena Petrovna Blavatsky (fuente: es.wikipedia.org)

Así, picado por la curiosidad y porque es aconsejable acudir a los textos originales en vez de hablar de oídas o por referencias, busqué en Internet La doctrina secreta, obra cumbre de Blavatsky, donde se exponen en profundidad sus ideas. Como se trata de una obra antigua y descatalogada, puede encontrarse con facilidad en pdf, Y me la leí. Fue duro acabar sus 2783 páginas, como ya comenté entonces. 🙂

emb_logoEmblema de la Sociedad Teosófica, cofundada por H. P. Blavatsky (fuente: en.wikipedia.org)

Antes de considerar la visión pseudocientífica blavatskiana del cosmos, nos detendremos en algo que me llamó poderosamente la atención conforme leía capítulo tras capítulo de La doctrina secreta: ¿Por qué Blavatsky no podía soportar que el hombre descendiera del mono? Dicho de otro modo: ¿Qué hay de malo en que Homo sapiens haya evolucionado a partir de antepasados simiescos?

La publicación en 1859 de El origen de las especies supuso un antes y un después, y no sólo para la Biología. La obra de Charles Darwin, entre otras cosas, conectaba al ser humano con el resto de criaturas de la Tierra. Muchas personas aceptaron sin problemas la teoría de la evolución por selección natural, dado el rigor de las pruebas y los argumentos presentados por Darwin. Otras la rechazaron, incluso de forma vehemente. Blavatsky perteneció a este último grupo.

origin_of_species_title_pagePortada de la 1ª edición de El origen de las especies (fuente: es.wikipedia.org)

A lo largo de La doctrina secreta queda patente que su autora sentía una mezcla de repugnancia e indignación ante el darwinismo. Se lo tomaba casi como una afrenta. Podríamos decir que Blavatsky rebusca hasta debajo de las piedras para intentar hallar algo, lo que sea, que le permita rebatir que nuestra especie procede de unos simios. Al leerla me dio la impresión de que la reacción de la autora era visceral, basada en la emoción, aunque luego tratara de justificarla con supuestas pruebas.

Antes de analizar las peculiares propuestas blavatskianas sobre la evolución, merece la pena reflexionar sobre ese «miedo al mono» que, por cierto, no es exclusivo de Blavatsky. La cofundadora de la Sociedad Teosófica expresa algo muy extendido en el pensamiento occidental. En buena medida nuestra cultura, nuestra filosofía, se basan en que el hombre es algo especial, un ser aparte de las criaturas de la naturaleza. Hay un salto cuántico entre los demás animales y nosotros. De hecho, hay quien se ofende por el hecho de que los seres humanos seamos considerados meros animales.

elmonoLa famosa etiqueta del Anís del Mono ¿se mofa de Darwin?

¿Por qué nos creemos tan especiales? El supuesto abismo entre Homo sapiens y el resto se debe, más que nada, a que todas las especies próximas a la nuestra, como los neandertales o los denisovanos, se extinguieron hace miles de años. Probablemente, también influye que en el Mediterráneo Oriental, la zona donde nace nuestra tradición cultural (filosofía griega, creencias judeocristianas) no había grandes antropoides. Gorilas y chimpancés se parecen demasiado a nosotros, y pueden hacernos reflexionar sobre si realmente somos tan distintos.

Darwin lo puso todo patas arriba. No sólo propuso una teoría científica que explicaba la riqueza de la vida sin necesidad de recurrir a un Diseñador. Además, mostró cómo éramos una rama más del frondoso Árbol de la Vida y que todos los seres estábamos emparentados. Buceando en el océano del tiempo, siempre encontraríamos un antepasado común. Necesitaríamos retroceder unos seis millones de años para dar con el ancestro que compartimos con los chimpancés.  Nos separamos de la rama que dio origen a los dinosaurios y aves hace más de 320 millones de años. Para dar con el antepasado común de champiñones y seres humanos aún tendríamos que sumergirnos unos cuantos cientos de millones de años más. Pero tarde o temprano, el ancestro estará ahí.

Editorial cartoon depicting Charles Darwin as an ape (1871)Una de las más famosas caricaturas de Darwin (fuente: es.wikipedia.org)

A lo largo de los siglos, los científicos contribuyeron a enterrar la idea de que todo el cosmos giraba en torno al ser humano. Copérnico comenzó a cavar la fosa, al proponer que la Tierra no era el centro del Universo. William Herschel preparó un bonito ataúd, al observar el espacio profundo y mostrar que el Sistema Solar era uno más dentro de un universo de vastedad inconcebible. Y Darwin clavó la tapa, al indicar que la complejidad de la vida podía haber aparecido sin recurrir a causas sobrenaturales, y que nosotros éramos una especie más.

El orgullo humano, mejor dicho, el orgullo de muchos humanos no pudo digerir una píldora tan amarga. Queríamos seguir siendo especiales, únicos.  Quién sabe si Blavatsky construyó todo el edificio de la doctrina teosófica precisamente para eso, para sentir que pertenecía a algo especial, por encima del común de los mortales. Pero el darwinismo le recordaba que, quizá, no éramos tan gran cosa.

Finalizaremos con una anécdota. En su libro, Peter Washington cuenta que Blavatsky tenía una colección de animales disecados, entre los que destacaba un mandril vestido con chaqueta y corbata, que portaba el manuscrito de una conferencia sobre El origen de las especies. Desde luego, no perdía ocasión de despreciar al darwinismo.

En fin, el tiempo acaba por poner a cada uno en su sitio. Darwin es considerado hoy como uno de los científicos más insignes de todos los tiempos. En cambio, pocos recuerdan a Blavatsky, y la imagen que ha quedado de ella es más bien de embaucadora. Sic transit gloria mundi.

Una de gnomos (y II)

¿Hay alguna obra fantástica donde nos muestren unos humanoides diminutos con visos de credibilidad científica? Por supuesto, y entre ellas destaca la trilogía del éxodo de los gnomos (The Nome Trilogy), de Terry Pratchett (1948-2015). Aunque este autor británico sea conocido mayormente por sus novelas del Mundodisco, nos dio otros libros que también merece la pena leer.

10.12.12TerryPratchettByLuigiNovi1Sir Terence David John Pratchett  (fuente: es.wikipedia.org)

Debo confesar que la trilogía del éxodo de los gnomos es una mis obras fantásticas favoritas, junto a las de Tolkien y Vance. No obstante, aunque trate sobre unos pequeños seres asociados a los cuentos de hadas, en realidad se trata de ciencia ficción, y de la buena. Llama la atención que algunos la consideren una obra menor, por el mero hecho de ir dirigida a un público joven y rebosar sentido del humor por los cuatro costados.

Ante todo, ocupémonos de los aspectos científicos. Habrá algún spoiler, qué remedio, pero poca cosa. El lector ya se dará cuenta de qué va la historia al cabo de unos pocos capítulos, y no voy a destripar el argumento. 🙂

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En la primera parte de esta entrada vimos que un mamiferoide pequeñito que mantenga las proporciones corporales humanas resulta inviable. Pratchett soluciona el problema haciendo que sus gnomos no tengan las mismas proporciones que nosotros. De acuerdo, son bípedos, con dos brazos y una cabeza, pero son mucho más anchos y rechonchos. Podríamos objetar que unos gnomos con extremidades más gráciles serían más funcionales, pero lo que importa es que Pratchett vio claro que un gnomo de un palmo de alto no puede tener un cuerpo como el nuestro. El cambio de tamaño requiere un cambio de forma, pues así lo impone la inexorable ley cuadrático-cúbica de Galileo.

Por otro lado, los gnomos son mucho, pero que mucho más rápidos que nosotros. Su metabolismo también. Nos ven como criaturas rematadamente lentas, y los humanos son incapaces de captarlos a ellos de tan veloces que son. Su metabolismo también funciona a toda pastilla: más o menos, diez veces más rápido. Por ello, sus vidas son mucho más cortas. Con diez años, un gnomo ya es viejo. Es algo corriente en la naturaleza. Los mamíferos pequeñitos llevan un ritmo más frenético y viven menos que los grandes, como Homo sapiens.

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Sin embargo, subjetivamente viven tanto como nosotros. Su percepción del tiempo es distinta, adaptada a su acelerado ritmo de vida. En cierto modo habitamos mundos distintos, que coexisten pero no conviven. Ellos creen que somos animales lerdos y estúpidos; nosotros no los vemos o no queremos verlos, y los consideramos criaturas de cuentos de hadas. Nos ignoramos.

¿Cómo pueden haber surgido los gnomos en nuestro planeta? La solución es simple: son extraterrestres. Eso nos deja el problema de cómo unas criaturas que evolucionaron en otro mundo pueden alimentarse y asimilar nuestras biomoléculas, pero no nos pongamos demasiado quisquillosos.

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Por supuesto, aunque los biólogos nos podemos fijar en los aspectos científicos de una obra fantástica, eso no quiere decir que seamos unos tipos insensibles, incapaces de apreciar una buena historia. Si me encanta la trilogía de los gnomos es por los valores que transmite y lo muy divertida que resulta su lectura. Es una obra con lo mejor del humor de Pratchett, algo que suelen menospreciar aquéllos que confunden ser serio con ser triste. Y es que, en el fondo, los gnomos se ocupan de temas muy serios. La trilogía nos induce a reflexionar sobre la Religión y las creencias. Por otro lado, es un canto a valores como la lealtad, la perseverancia, la solidaridad, la curiosidad, el amor a la ciencia; hay emoción, aventuras… ¿Qué más se puede pedir?

Sí, se trata de una trilogía que puede parecer destinada a un público juvenil, pero que tiene una segunda lectura que hace que los mas viejos del lugar disfrutemos con ella como… bueno, como enanos. 🙂

Una de gnomos (I)

Hadas, gnomos, duendes, elfos, pitufos… A todos nos resultan familiares estas y otras criaturas que protagonizan innumerables cuentos populares, leyendas tradicionales y, cómo no, multitud de obras de literatura fantástica. Las hay bondadosas, malévolas, traviesas, etéreas, siniestras…

 GnomoGnomo  (fuente: es.wikipedia.org)

Por lo general se trata de seres de pequeño tamaño, de un palmo de altura o incluso menos, y en muchos casos están asociados a los bosques umbríos y a las setas. Incluso en tiempos modernos hay gente que cree en ellos. Ya comentamos el notable caso de Arthur Conan Doyle y las hadas de Cottingley. Por desgracia, y pese a que a muchos nos gustaría que existieran, desde el punto de vista biológico son inviables.

Por supuesto, cuando leemos un cuento de hadas o duendes suspendemos temporalmente el sentido de la incredulidad y tratamos de disfrutar de la historia; de lo contrario seríamos unos auténticos desaboridos. 🙂 Sin embargo, las leyes de la Física (en concreto, la famosa ley cuadrático-cúbica de Galileo) impiden la existencia de criaturas de aspecto humano de dimensiones excepcionales, tanto gigantescas como diminutas. Ya tratamos el tema en otras entradas, por lo que no insistiremos demasiado aquí.

Ay, parece que la ciencia, prosaica ella, está reñida con la fantasía. Sin embargo, de algunas obras fantásticas se pueden extraer jugosas reflexiones de índole científica.

 Wieliczka-colorJardín de gnomos en las minas de sal de Wieliczka  (fuente: en.wikipedia.org)

Consideremos los gnomos o nomos. He aquí la correspondiente definición del DRAE:

1. m. Ser fantástico, reputado por los cabalistas como espíritu o genio de la tierra, y que después se ha imaginado en forma de enano que guardaba o trabajaba los veneros de las minas.

2. m. En los cuentos infantiles, geniecillo o enano.

La imagen que solemos tener de los gnomos, al menos en España, debe mucho a una serie muy popular de dibujos animados que empezó a emitirse en 1985: David el Gnomo”. Seguro que a los que tenemos una cierta edad todavía nos suena la cancioncilla de los títulos de crédito: «Soy un gnomo». ¿A que sí? Confiéselo, amigo lector… 🙂 Estos dibujos animados estaban basados en El libro secreto de los gnomos, una serie de libros ilustrados de los holandeses Wil Huygen y Rien Poortvliet.

gnomosCompárese el tamaño de David el Gnomo con el de un zorro  (fuente: filmotech.com)

Repasemos someramente las características de estos seres. Unos 15 cm de altura, con un cucurucho por sombrero, gran fortaleza física (recordemos la letra de la canción: «soy siete veces más fuerte que tú») y notablemente longevos (hasta cuatro siglos de vida). Por lo demás, y aunque un tanto rechonchos, estos gnomos tienen unas proporciones corporales similares a las nuestras.

Y ahí está el problema. Tamaño y forma… Ya sé que nos ponemos un poco pesados con lo de la ley cuadrático-cúbica, pero al disminuir el tamaño, las superficies lo hacen en función del cuadrado y el volumen en función del cubo. Con las proporciones corporales de un ser humano, las superficies de intercambio de gases y nutrientes (pulmones, intestinos, riñones…) se tornan enormes en proporción a la masa corporal. El metabolismo sería increíblemente acelerado. Un humanoide de 15 cm, tal como comentábamos aquí, duraría muy poco. Prácticamente se quemaría como una cerilla.

Fijémonos en los mamíferos pequeños, como ratones o musarañas. Son rápidos y vivarachos, pero sus vidas son cortas. Además, sus extremidades tienden a ser delgadas y frágiles; tampoco necesitan más para sostener el peso del cuerpo. Todo lo contrario que los brazos y piernas gruesos de un gnomo.

Sin embargo, el ingenio de los escritores fantásticos no se deja amilanar por tan severas leyes físicas. Algunos han imaginado gnomos más viables desde el punto de vista biológico que el bueno de David. Y sobre todos ellos destaca una obra escrita por uno de los mejores autores de literatura fantástica: Terry Pratchett. En la segunda y última parte de esta entrada nos ocuparemos de su trilogía de los gnomos. Puede que no sea tan conocida como su serie de novelas del Mundodisco pero merece la pena leerla. Además de ser una magnífica historia, muy bien contada, de ella se pueden extraer notables enseñanzas científicas.