El xenomorfo es un aficionado.

Natura artis magistra (la naturaleza es la maestra de las artes): así titulábamos una antigua entrada. Si observamos el mundo que nos rodea, hallaremos por doquier ejemplos inspiradores que harán las delicias de cualquier aficionado a la ciencia ficción. Los seres vivos son capaces de sorprender a la imaginación más desbocada.

Distintas fases vitales de un xenomorfo típico (fuente:  toywiz.com)

Consideremos la película Alien. El ciclo vital del xenomorfo, el icónico monstruo diseñado por H. G. Giger, se basa en el de ciertas avispas, aunque estas no son los únicos insectos que exhiben un comportamiento tan… en fin, cruel, desde nuestra perspectiva humana. Poner los huevos en el interior de sus presas sin matarlas, para que las larvas las devoren poco a poco, y luego brotar de la carcasa vacía de su víctima… Espeluznante. Es difícil ver un documental sobre el comportamiento de estos bichos sin estremecerse. Se pone uno en el pellejo (mejor dicho, en el exoesqueleto) de la pobre presa y… agh. 🙂

Estos peculiares insectos son muy frecuentes, aunque muchos de ellos son tan pequeñitos que no los vemos aunque los tengamos delante. Los biólogos nos referimos a ellos como parasitoides. Hay varios tipos; en concreto, el xenomorfo sería un endoparasitoide, pues se alimenta en el interior de su hospedante.

Si usted lo desea puede comprar parasitoides, ya que algunos son magníficos agentes de biocontrol para las plagas que afectan a los cultivos. Valga un ejemplo:

Los insectos no son los únicos organismos que podrían dar lecciones al xenomorfo a la hora de liquidar a su anfitrión. Ciertos hongos también son de armas tomar. En una de las primeras entradas del blog ya comentamos el caso del hongo de las hormigas zombis, Ophiocordyceps unilateralis, que inspiró el magnífico videojuego The Last of Us.

No es necesario salir fuera de casa para hallar otro hongo que nos recuerda al xenomorfo por su comportamiento. Se trata de Entomophthora muscae, una especie muy común. Sus víctimas suelen aparecer en los marcos de las ventanas o en los cristales. Están rodeadas de un polvillo blanco, que corresponde a las esporas del hongo.

Entomophthora muscae es un auténtico asesino de moscas (Musca domestica), aunque puede atacar a otros dípteros. Así, es frecuente que liquide a las ubicuas moscas del vinagre (Drosophila melanogaster). Ya, no es lo mismo asistir a la agonía de la tripulación de la Nostromo que a la de unas vulgares moscas, pero el proceso es similar. Veámoslo.

Supongamos que una espora del hongo llega a la infortunada mosca. Germina, entra en su cuerpo y comienza a crecer alimentándose de la hemolinfa, el equivalente a la sangre en los insectos. La pobre mosca está condenada; apenas le queda una semana de vida. Las hifas del hongo crecen por su cuerpo, devorándole los órganos, hasta que finalmente entran en su cerebro y controlan su comportamiento.

La mosca, ya muy enferma, se posará y, en su agonía, se sentirá impelida a trepar hacia arriba. Allí morirá, pero antes se despatarrará y extenderá las alas, lo que favorecerá la dispersión de las esporas fúngicas. Para ello, el hongo atravesará las articulaciones entre placas del exoesqueleto y expulsará las esporas, que quedarán como una mancha blanquecina alrededor del cadáver. El lugar, normalmente una pared o una ventana, es ideal para infectar a otras moscas.

Lo dicho: el xenomorfo podrá darnos miedo, pero Entomophthora muscae, igual que el hongo de las hormigas zombis, son auténticos profesionales, que llevan millones de años liquidando a sus víctimas. Por fortuna, no nos atacan a nosotros. Aún.

Es un buen momento para jugar a The Last of Us… 🙂

Inteligencias más o menos alienígenas (y IX)

Para terminar con esta serie de entradas, divirtámonos especulando. ¿Podríamos hallar inteligencia en animales sin cerebro? ¿O en otros seres que no sean animales? Los autores de ciencia ficción ya han escrito sobre eso, y nosotros no vamos a ser menos. Eso sí, nos apoyaremos en la Biología. Pero vayamos por partes. Mejor dicho, por niveles, y hablemos de la organización biológica.

La vida está organizada jerárquicamente, en niveles de organización que van de lo simple a lo complejo. Los elementos de un nivel son los ladrillos del nivel superior. Así, todos estamos compuestos de átomos. Estos, a su vez, forman moléculas, estas orgánulos, luego células, tejidos, órganos, sistemas, organismos, poblaciones, biocenosis, ecosistemas, hasta llegar a la biosfera, que es el conjunto de todos los ecosistemas en nuestro planeta.

Para entender un nivel es necesario fijarse en los niveles inferiores. Por ejemplo, nuestro organismo se compone de diversos órganos que funcionan coordinadamente para mantenernos vivos. A su vez, esos órganos son agrupaciones de células, cada una con vida propia, que trabajan conjuntamente, etc. Podríamos pensar en cualquier ser vivo como una máquina compuesta por piezas que a su vez están hechas por piezas cada vez más pequeñitas. Algo así postulaban los mecanicistas cartesianos, que veían a los seres vivos como autómatas complejos, pero autómatas al fin y al cabo.

Digesting Duck Fuente:  es.wikipedia.org

Sin embargo, en los seres vivos el todo es más que la mera suma de las partes. Por ejemplo, sabemos cómo funcionan las neuronas que componen el cerebro: ondas de despolarización, neurotransmisores… Pero para explicar la mente humana y comprender nuestro comportamiento necesitamos algo más que describir la apretura y cierre de canales de sodio y potasio en las membranas neuronales.

Cuando subimos de nivel en la jerarquía de la vida, aparecen propiedades que no se deducen de las de los niveles inferiores. La inteligencia no aparece en las neuronas individuales. Estas interactúan entre ellas y con el medio y voilà, surge el raciocinio en un nivel superior.

Fuente:  pixabay.com

O pensemos en un hormiguero o un termitero. Los hormigueros figuran entre las entidades más eficaces que podemos encontrar en la naturaleza. En cambio, las hormigas individuales no parecen gran cosa. Sus cerebros son pequeños, se guían por estímulos químicos, sus comportamientos son estereotipados… Pero cuando miramos el hormiguero, es mucho más que una simple suma de hormigas. Un hormiguero se comporta como una entidad capaz de someter a animales de gran tamaño, de soportar catástrofes ambientales, de expandirse, de multiplicarse… Algo que una hormiga aislada sería incapaz de hacer.

No hay nada de sobrenatural en las propiedades emergentes. A partir de las interacciones entre los componentes de los niveles inferiores se genera orden en los niveles superiores. Tiene que ver con la autoorganización, y se da bastante en la naturaleza. Realmente, la vida consiste en una jerarquía de niveles emergentes.

En fin, no profundizaremos en lo de las propiedades emergentes y demás. Es un tema propicio a especulación y controversia. Aquí nos quedaremos con esta idea sobre la que especular: si la inteligencia, la mente, es el resultado de propiedades emergentes, ¿no podría aparecer en otras circunstancias, cuando los sistemas alcanzan cierto grado de complejidad?

Aunque las hormigas de por sí no sean inteligentes, ¿podría serlo un hormiguero? ¿O un termitero? El tema no es nuevo. Puede que al lector le suene este libro: Gödel, Escher, Bach: un Eterno y Grácil Bucle, de Douglas R. Hofstadter. Es una obra ciertamente peculiar, que hace pensar sobre el origen de la autoconsciencia. En uno de sus capítulos (el 10º, concretamente), asistimos a una encantadora, delirante y profunda charla entre varios protagonistas (Aquiles, la Tortuga, el Cangrejo y el dr. Oso Hormiguero) sobre la inteligencia de los hormigueros y cómo se relacionan los distintos niveles que conforman los seres vivos. Recomendamos su lectura, aunque se corre el riesgo de quedarse aún más perplejo que antes. 🙂

Por supuesto, los escritores de ciencia ficción han jugado con la aparición de la consciencia como propiedad emergente. Veamos algunos ejemplos. Por tanto, ojo con los spoilers… 🙂

Bacterias vistas al microscopio (1250 x).

El gran Isaac Asimov, en su novela Némesis (1989), nos presenta un planeta que orbita en torno a una enana roja. En apariencia, la vida que alberga es primitiva, compuesta únicamente por bacterias. No obstante, el conjunto de todas ellas da lugar a una especie de superorganismo inteligente, telépata incluso. Es uno de los mejores ejemplos de propiedades emergentes: complejidad y autoorganización a partir de criaturas tan simples como las bacterias.

Nosotros mismos, modestamente, abordamos el tema en nuestra novela corta El hongo que sabía demasiado (en la antología Vidas extrañas).

Aquí nos basamos en un hongo que existe en nuestro planeta, Armillaria ostoyae. El micelio de uno de estos hongos que vive en el suelo de un bosque de Oregón ocupa unos 9 km2, y probablemente supera los 2400 años de edad. Los finos filamentos que forman su cuerpo, las hifas, van de unos árboles a otros, conectándolos. Podríamos concebir al bosque como un superorganismo hecho a base de árboles y hongos interconectados. Si dejamos volar la imaginación, y pensamos en un bosque del tamaño de un continente, pues… ¿Podría comportarse como una entidad? ¿Sería lo bastante complejo como para adquirir autoconsciencia? 🙂

Pero para idea grandiosa, la del famoso astrónomo Fred Hoyle en su novela La nube negra (1957). En este caso, el superorganismo es una inmensa nube de polvo capaz de navegar entre las estrellas. Su inteligencia es mucho mayor que la nuestra, pero eso no impide que podamos llegar a comunicarnos con ella y… Bueno, no destriparemos el argumento. Animamos al aficionado a la ciencia ficción a que la lea. 🙂

En fin, podríamos seguir buscando más ejemplos literarios, o entrar en el fascinante mundo de la inteligencia artificial (¿podría surgir la inteligencia como propiedad emergente en una máquina?), pero lo dejaremos aquí para no cansarte, amigo lector. Nos basta con sugerir que lo que llamamos inteligencia podría brotar en lugares inesperados, y que puede que no la reconozcamos aunque la tengamos delante de las narices. 😉

Inteligencias más o menos alienígenas (VIII)

Hasta ahora hemos buscado inteligencia en vertebrados como nosotros, con un cerebro encerrado dentro de un cráneo… Variaciones sobre el mismo tema, en el fondo.

Ya en 1555, el naturalista Pierre Belon  ilustró lo similares que eran los esqueletos de humanos y pájaros, ambos vertebrados (fuente: en.wikipedia.org)

No obstante, en el Árbol de la Vida hay muchas otras ramas, ocupadas por seres muy diferentes a nosotros. Algunos de ellos son tan alienígenos que superan lo imaginado por los escritores de ciencia ficción. ¿Puede surgir la inteligencia en animales cuyo cuerpo (y su cerebro) sea completamente diferente?

A los seres humanos nos encantan las dicotomías: clasificar las cosas dividiéndolas de dos en dos. Blanco y negro, sin matices. La dicotomía más básica es la que distingue entre «nosotros» y «ellos». Por lo general, «nosotros» es un grupo bien descrito, con características bien definidas. Y todo lo que no quepa ahí va a parar al cajón de sastre de «ellos». Un cajón de sastre que suele ser mucho más amplio y heterogéneo que el reducido «nosotros».

Incluso hoy, en el siglo XXI, en los libros de texto se sigue dividiendo a los animales en vertebrados (como nosotros) e invertebrados.

He aquí un libro excelente para empezar a comprender a otras criaturas con mentes complejas pero muy distintas a la nuestra.

¿Qué son los invertebrados? Pues todos aquellos animales no vertebrados. 🙂 El problema es que ahí se incluyen seres tan diferentes como una esponja, un calamar, una medusa, una mariposa, una estrella de mar… Criaturas cuyos cuerpos y órganos, entre ellos el cerebro (si es que lo tienen), no se parecen en nada.

Hace mucho tiempo que los biólogos no tenemos en cuenta esa dicotomía a la hora de clasificar los animales. De hecho, el reino animal se divide en filos (en latín phylum, plural phyla). Cada filo corresponde a una forma diferente de organización corporal. Los vertebrados ni siquiera llegan a la categoría de filo, sino que son una parte del filo de los cordados. Y dentro de los invertebrados hay más de 30 filos diferentes. Ahí es nada… Algunos son muy reducidos y agrupan a seres minúsculos o extraños, de los que casi nadie ha oído hablar: micrognatozoos, ciclióforos, entoproctos, placozoos… Otros nos resultan más familiares: artrópodos (insectos, arácnidos, crustáceos…), equinodermos (estrellas y erizos de mar), cnidarios (medusas, corales), poríferos (esponjas), etc.

Por lo que sabemos, la separación entre los principales filos es antiquísima. Seguramente se dio antes de la explosión cámbrica, hace 541 MA. Desde entonces, cada filo ha evolucionado a su manera. Ya hemos visto que en el filo de los cordados aparecimos especies sociales, con cerebro grande. ¿Y en los demás?

La verdad, muchos de esos filos incluyen a animales pequeños, incluso microscópicos. Algunos, como los artrópodos (pensemos en los insectos) han tenido un éxito evolutivo enorme, pero este se basa en el pequeño tamaño y la alta tasa de reproducción, entre otras cosas. Nada de cerebros grandes en los filos de invertebrados… Excepto en uno.

La sepia o jibia es uno de los  moluscos más notables.

El filo de los moluscos es uno de los más exitosos y diversos. En el se distinguen hasta 7 clases que han sobrevivido hasta la actualidad. Centrándonos en las más conocidas, tenemos a los bivalvos: almejas, mejillones, berberechos… Viven bien protegidos por sus conchas, y ni siquiera necesitan cerebro. En serio: son animales descerebrados, literalmente hablando. A pesar de eso, les va bastante bien: mares, ríos y lagos están llenos de ellos.

Babosa o limaco.

Los gasterópodos incluyen a caracoles, babosas y similares. Tampoco es que tengan un cerebro enorme. De hecho, como en muchos invertebrados, el sistema nervioso está bastante «descentralizado». En vez de un cerebro grande, poseen numerosos ganglios repartidos por el cuerpo.

Pulpo.

Pero los cefalópodos son harina de otro costal. Calamares, pulpos, sepias… Ellos sí que tienen cerebros de buen tamaño. Para no extendernos demasiado, nos fijaremos en los pulpos (aunque las sepias también son bastante espabiladas).

Un pulpo tiene 3 corazones, sangre azul y 9 cerebros: el principal y uno en cada tentáculo (fuente:  voynetch.com)

Si hay criaturas realmente alienígenas en nuestro planeta, son los pulpos (orden: octópodos). Poseen unn cerebro con casi tantas neuronas como el de un perro, pero organizado de forma bien distinta, repartido en buena medida entre los tentáculos…

Fuente:  http://www.100cia.site

Los pulpos exhiben un comportamiento complejo. Son muy adaptables, tienen capacidad de aprender, de imitar a otros animales, pueden incluso manipular objetos o usarlos como herramientas…

Algunos pulpos pueden valerse de conchas e incluso de cocos para esconderse de los depredadores y tender emboscadas a sus presas (fuente:  pixabay.com)

Su cuerpo flexible puede meterse casi por cualquier sitio. La piel experimenta asombrosos cambios de textura y color que permiten expresar sus estados de ánimo y comunicarse con otros congéneres. Incluso parece que los pulpos sueñan.

En cautividad, los pulpos son capaces de abrir botes con tapón de rosca, superar laberintos, reconocer a sus cuidadores, apagar las luces que les molestan mediante chorros de agua… Otra lectura recomendable sobre las habilidades de los pulpos es:

¿Cómo puede haber surgido un cerebro tan grande en un animal más bien solitario y poco social?

Los cefalópodos más primitivos se movían por los mares protegidos por una concha en la que encerraban su cuerpo blando, pero en la línea evolutiva que llevó a los pulpos, esta concha desapareció, en aras de la rapidez y la flexibilidad.

Numerosos animales, entre ellos los seres humanos, opinan que los pulpos son un apetitoso manjar (fuente:  okdiario.com)

Los pulpos son depredadores que cazan presas muy diversas, desde cangrejos hasta peces. Por otra parte, en el mar hay muchas criaturas que comen pulpos: un bocado exquisito de carne blanda, desprotegida. Por tanto, los pulpos tuvieron que desarrollar un comportamiento muy flexible, tanto para cazar como para evitar ser cazados. A diferencia de otros moluscos, aquí si que ayuda tener un cerebro grande y complejo.

Los pulpos son inteligentes, mucho. Pero uno se pregunta de qué les sirven ese cerebro, esa inteligencia, si mueren a los 3 años de edad o poco más. Se reproducen y adiós. La esperanza de vida varía en las diversas especies de pulpo, pero suele oscilar entre 6 meses y 5 años.

Suena trágico, pero la naturaleza es así. En el fondo, lo que importa es la capacidad de transmitir los genes a lo largo del tiempo. Los pulpos crecen muy rápido y se reproducen pronto. Las hembras ponen un montón de huevos que cuidan hasta que eclosionan y sus paralarvas se liberan al plancton. Luego, la hembra muere. Los machos también. Ya han cumplido.

En cuanto llega el momento de reproducirse, los pulpos están condenados a muerte. Los cambios hormonales que sufren conllevan un efecto secundario: las glándulas digestivas se inactivan. Ya no podrán alimentarse y morirán de inanición. El hecho de que hayan desarrollado un cerebro tan grande y que sean bastante inteligentes resulta irrelevante. A la naturaleza no le importa. Para ella, el bienestar de las criaturas individuales, sean pulpos, gallinas o seres humanos es indiferente.

Los pulpos contrastan con los seres humanos. En animales sociales, como nosotros, la experiencia de las abuelas cuenta mucho. Durante miles de siglos, su conocimiento ha sido la diferencia entre la vida y la muerte. La supervivencia de las abuelas hasta más allá de su periodo fértil incrementa la supervivencia del grupo. Se trata de una ventaja evolutiva, y así se ha seleccionado. Aparentemente, para los pulpos, criaturas más bien solitarias, la longevidad no aporta gran cosa a la supervivencia de la especie. Por tanto, no se ha seleccionado.

¿Podría hacerlo en el futuro? A saber. La evolución no prevé el futuro. Las mutaciones, los cambios, suceden al azar, y el medio selecciona. Es lo que hay.

¿Cómo evolucionarán los pulpos en el futuro? Cthulhu sabrá… 🙂 (fuente:  pixabay.com)

En la siguiente entrada terminaremos con esta serie de inteligencias más o menos alienígenas, palabra de honor. 🙂

Relaciones que no lo son (y II)

En la entrada anterior vimos la diferencia entre correlación y relación. Confundirlas conlleva caer en la falacia cum hoc ergo propter hoc. Citamos de la Wikipedia:

Cum hoc ergo propter hoc (en latín, ‘con esto, por tanto a causa de esto’) es una falacia que se comete al inferir que dos o más eventos están conectados causalmente porque se dan juntos. Esto es, la falacia consiste en inferir que existe una relación causal entre dos o más eventos por haberse observado una correlación estadística entre ellos. Esta falacia muchas veces se refuta mediante la frase «correlación no implica causalidad».

No podemos evitarlo, amigo lector; los seres humanos tendemos a pensar que si dos sucesos ocurren más o menos a la vez, uno de ellos causa el otro. Además, nos sentimos cómodos con la creencia de que todo ocurre con un propósito. Nos cuesta aceptar que las cosas suceden en muchas ocasiones por azar, que a la naturaleza le importan un comino nuestros prejuicios o que se cumplan nuestros anhelos.

En resumen, es difícil que se nos meta en la cabeza que dos sucesos pueden darse a la vez sin estar conectados. Cuando hay una correlación entre A y B, inmediatamente pensamos que existe una relación y que A es la causa de B. Pero puede que B sea la causa de A. O que haya un factor oculto (o más de uno) que conecte A y B. O que todo se deba al capricho del azar.

Por ejemplo, si calculáramos el coeficiente de correlación entre la calvicie masculina y la deforestación de la jungla en el sudeste asiático, probablemente obtendríamos un valor próximo a +1. En efecto, puede comprobarse que conforme nos vamos quedando calvos, la jungla va desapareciendo. ¿Quiere eso decir que la calvicie provoca la deforestación? ¿O es a la inversa? ¿Hay algún factor oculto que conecta ambos fenómenos? ¿O se debe a una simple casualidad? 🙂

Como siempre viene bien un poco de humor, recomendamos encarecidamente echar un vistazo al sitio web de Spurious Correlations (Correlaciones espurias), cuyo autor es Tyler Vigen. Asimismo, se puede adquirir el libro en papel o la versión Kindle.

La lectura de Correlaciones espurias es muy divertida, incluso hilarante. T. Vigen se dedicó a buscar correlaciones, a cuál más disparatada. Así, encontramos que hay una correlación positiva muy fuerte entre la cantidad de gente que se ahoga en una piscina y el nº de películas en las que aparece Nicholas Cage. O entre el consumo de queso y el nº de personas que mueren enredadas en las sábanas de su cama. O entre el nº de personas que mueren ahogadas al caerse de un barco de pesca y la tasa de matrimonios en Kentucky. O entre la tasa de divorcios en Maine y el consumo de margarina. O… 😀

Fuente: tylervigen.com/spurious-correlations

Divertido, sin duda, pero Correlaciones espurias debería hacernos meditar. T. Vigen nos advierte de que los seres humanos estamos biológicamente inclinados a reconocer patrones, pero que la correlación sólo significa que dos cosas varían juntas. No siempre las correlaciones tienen sentido. Peor aún: el autor señala el peligro del uso impropio de la Estadística.

No es demasiado complicado hallar correlaciones entre las cosas más extrañas. El método se llama «data dredging» (o «data fishing», que podría traducirse como pesca de datos). Se trata de comparar la serie de datos que nos interese con cientos (o miles) de otras series de datos. Comparamos y comparamos sin cesar, hasta tropezarnos con alguna correlación. Así, a lo bruto, en vez de diseñar experimentos cuidadosos que estudien esas comparaciones una a una (que es como debe hacerse).

Hoy, los ordenadores nos permiten manejar ingentes cantidades de datos, mediante algoritmos sencillos. Esto nos facilita hallar muchas correlaciones entre series de datos sin relación alguna (sobre todo, si el nº de datos que se comparan no es muy grande).

T. Vigen usó el «data dredging» para hallar correlaciones graciosas. Sin embargo, a pesar del humor, el libro tiene un lado muy serio. Las gráficas pueden mentir. Las correlaciones no tienen por qué indicar una conexión causal subyacente. Ay, el «data dredging» permite hallar muchas relaciones espurias… Las correlaciones pueden llevarnos por el mal camino si las empleamos incorrectamente. Incluso las gráficas pueden ser engañosas. La forma de representarlas no es tan inocente como parece.

Un ejemplo es el libro The Bell Curve (1994), de Richard J. Herrnstein y Charles Murray. Mucho debate ha habido sobre él, pues aborda un tema espinoso: relaciona el cociente intelectual (CI) con la raza. Y había una correlación: los negros americanos tenían un CI inferior al de los blancos.

Las críticas a The Bell Curve no se centran en su racismo más o menos explícito, sino en el uso tremendamente chapucero que hace de la Estadística para llegar a tales conclusiones. Dejando aparte si tiene sentido reducir algo tan complejo como la inteligencia humana a un único número (CI), y si nuestra especie puede dividirse en razas según el color de la piel (¿por qué no definimos las razas basándonos en la intolerancia a la lactosa, por ejemplo?), los autores caen en la falacia que hemos comentado antes: confunden correlación con causación. ¿Hay una correlación entre la raza y el CI? Pues ambos factores tienen que estar ligados, ¿no? Y de ahí a proponer que la inteligencia, igual que el color de la piel, están condicionados por los genes hay un paso muy pequeño.

Hay otras explicaciones a esa correlación. Por ejemplo, que a lo largo de los siglos, a ciertos grupos (negros, pobres, mujeres…) se les haya negado o dificultado el acceso a una educación de calidad. Algo que se puede arreglar, por cierto, con políticas de igualdad, que ofrezcan a todo el mundo las mismas oportunidades. Pero claro, si las diferencias de inteligencia tuvieran una base biológica, no merecería la pena gastar el dinero público en esas políticas, ¿verdad?

Como el lector habrá deducido, libros al estilo de The Bell Curve son del agrado de los sectores más reaccionarios, aquellos que quieren dejar las cosas tal como están, pues el statu quo es algo que les parece natural. Algún día hablaremos del darwinismo social, que repugnaba al propio Darwin. El uso de la Estadística puede no tener nada de inocente. Por eso es bueno adquirir unos conocimientos matemáticos básicos: hace más difícil que nos vendan milongas.

Actualmente, con el auge de las pseudociencias y el pensamiento mágico, cada dos por tres leemos en la prensa que los científicos han «descubierto» una relación entre algún aparato o alimento y ciertas enfermedades. Tratemos todas esas noticias con espíritu crítico.

Pensemos en un ejemplo hipotético: se ha hallado una correlación entre el uso de hornos microondas y el Alzheimer (me lo estoy inventando, insisto). En efecto, tras recopilar un montón de datos, se llega a la conclusión de que los países con más microondas per cápita tienen una mayor incidencia de Alzheimer. Ergo, hay una relación, nos aseguran, al tiempo que despotrican contra la vida moderna, las ondas electromagnéticas y mil cosas más.

Pues probablemente no. Comprar un microondas cuesta dinero. Por tanto, en los países más ricos es más fácil hacerse con un microondas. Y, por regla general, los países más ricos tienen también mejores servicios, son más seguros y disfrutan de un mejor sistema sanitario. Por tanto, la gente vive más tiempo. Y cuando la esperanza de vida es mayor,  es más probable morir de enfermedades asociadas a la edad, como el Alzheimer o el cáncer, que de otras más típicas de países pobres (enfermedades infecciosas, inanición, muertes violentas, etc.).

En fin, sabemos que fomentar el espíritu crítico no está de moda, pero no cejaremos en el empeño. 🙂

Feliz Año Nuevo, amigo lector.

NOTA: Salvo que se indique lo contrario, las imágenes han sido tomadas de pixabay.com, libres de derechos de autor.

 

Relaciones que no lo son (I)

Cada dos por tres nos encontramos en los medios de comunicación con noticias en las que se afirma que los científicos han hallado una relación entre el consumo de ciertos alimentos y diversas enfermedades, entre las líneas de alta tensión y el cáncer, entre el manejo de teléfonos móviles y problemas de salud, etc. Se trata, en muchos casos, de noticias sensacionalistas que buscan un titular impactante. Más aún: muchas de estas supuestas relaciones no son tales. Debemos aguzar nuestro sentido crítico. Por lo general, cuando los científicos leemos algo al estilo de «La Ciencia dice que…», nos echamos a temblar. 🙂

Lo que ocurre es que muchos estudios se limitan a detectar correlaciones, no relaciones. Y no es lo mismo; no, señor. O dicho más finamente, correlación no implica causalidad. Intentaremos explicarlo, porque las correlaciones las carga el diablo. 🙂

Empecemos por lo básico, citando, cómo no, de la Wikipedia:

En probabilidad y estadística, la correlación indica la fuerza y la dirección de una relación lineal y proporcionalidad entre dos variables estadísticas. Se considera que dos variables cuantitativas están correlacionadas cuando los valores de una de ellas varían sistemáticamente con respecto a los valores homónimos de la otra: si tenemos dos variables (A y B) existe correlación entre ellas si al disminuir los valores de A lo hacen también los de B y viceversa. La correlación entre dos variables no implica, por sí misma, ninguna relación de causalidad.

Aclarémoslo con un ejemplo hipotético. Se nos antoja averiguar si existe una correlación entre, pongamos por caso, el consumo de mermelada de pera y la distancia a la que somos capaces de escupir un hueso de aceituna (se han estudiado correlaciones más raras, palabra de honor). 🙂 Nos ponemos manos a la obra, convencemos a unos cuantos voluntarios para que participen y diseñamos unos experimentos en los que les damos determinadas cantidades (en gramos) de mermelada y luego medimos la distancia (en centímetros) a la que arrojan los huesos. Los resultados obtenidos podrían mostrarse en una gráfica:

Hay diversas formas de calcular la correlación entre variables. Una de ellas es el coeficiente de correlación de Pearson. Sin entrar en detalles, este coeficiente puede variar entre +1 y -1. Podría darse el caso de la Fig. 1: las dos variables se comportan de forma similar. Es decir, a mayor consumo de mermelada, más lejos se escupen las aceitunas, o viceversa. En este caso tendríamos un índice de correlación de +1: una correlación positiva perfecta.

En la Fig. 2 vemos lo que ocurriría si se diera el caso contrario: al aumentar el consumo de mermelada de pera, disminuye el vuelo de los huesos de aceituna. Hay una correlación negativa perfecta, con un índice de -1.

En la Fig. 3 nos encontramos con que cada una de las variables va a su aire. Al incrementar el consumo de mermelada, la distancia recorrida por los huesos puede aumentar o disminuir. No percibimos ningún patrón de comportamiento. El índice de correlación es 0. Eso indica que no existe una relación lineal entre ambas variables.

Por supuesto, podrían darse todos los casos intermedios, obteniéndose correlaciones positivas o negativas más o menos fuertes. En fin, el concepto de correlación es sencillo de comprender, ¿no?

Supongamos que el resultado obtenido en nuestro experimento es el que aparece en la Fig. 1: un índice de correlación de +1, o un valor muy próximo a este. Habríamos descubierto que existe una correlación entre ambas variables, sin duda. Y el periodista de turno publicaría en grandes titulares: «Los científicos descubren que hay una relación entre el consumo de mermelada de pera y la habilidad para escupir huesos de aceituna», o algo por el estilo.

¿Seguro? Recordemos la última frase de la definición de la Wikipedia, que resaltamos en rojo:

La correlación entre dos variables no implica, por sí misma, ninguna relación de causalidad.

De acuerdo, el índice de correlación nos indica que esta existe, pero nada más que eso. No nos dice el tipo de relación que hay entre ambas variables. En nuestro ejemplo hipotético, tal vez el consumo de mermelada permita escupir huesos de aceituna más lejos. O quizá sólo nos sugiere que a la gente aficionada a escupir huesos le gusta más la mermelada. O podría tratarse de una relación espuria, fruto de la casualidad, y que ambas cosas no tuvieran nada que ver la una con la otra.

Quédate con esta idea, amigo lector: el índice de correlación sólo nos dice si dos variables varían del mismo modo o no, pero no nos informa acerca de la relación entre ambas variables, ni si una influye en la otra o se trata de una casualidad… Para averiguar si cicha relación existe, necesitamos más estudios, tener en cuenta más factores, etc.

En la próxima entrada veremos algunos ejemplos hilarantes de correlaciones, en las que el azar nos juega malas pasadas. Pero la confusión entre correlación y relación también tiene un lado oscuro, y puede servir para justificar tremendas injusticias sociales o para estafar al prójimo.

Doble ciego (y II)

Hay experimentos cuyos sujetos de estudio son seres humanos. Por ejemplo, supongamos que queremos averiguar qué marca de cerveza es la preferida en nuestro país. Para ello, primero hemos de elegir una muestra representativa entre la población. Luego, lo más sencillo sería pedir a los individuos que cataran cada cerveza y la puntuaran de 0 (horrible) a 10 (sublime). En este caso, estaríamos hablando de un ensayo o experimento abierto.

Fuente: pixabay.com

Lo malo es que los resultados no serían fiables, pues intervendría, sin duda, el «factor humano». O dicho más finamente, el sesgo del sujeto que participa en el experimento. Consciente o inconscientemente, habría quienes se verían influenciados al conocer la marca de la cerveza. Por ejemplo, alguien podría puntuar bajo a Heineken si no le caen bien los holandeses. O dar una nota ínfima a Cruzcampo por culpa de los chistes que circulan por Internet acerca de esta marca. O puntuar muy alto a Estrella de Levante porque la fábrica está cerca del Campus de Espinardo de la Universidad de Murcia, y el sujeto en cuestión estudió allí y le evoca buenos recuerdos de su juventud (este podría ser el caso de un servidor de ustedes). O calificar con un 10 a una cerveza artesanal (aunque sepa a rayos) por aquello de dárselas de entendido, o… En fin. 🙂

¿Cómo evitarlo? Podría pensarse que con un experimento simple ciego. O sea, no dejemos que los sujetos experimentales sepan qué marca de cerveza están catando. En tal caso usted, el experimentador, asignaría a cada cerveza un número distinto, y se la ofrecería a los sujetos. «Pruebe y puntúe, por favor, la cerveza nº 1… OK. A continuación, la nº 2…». Así, la marca cervecera no condicionaría las respuestas. Parece que hemos eliminado los problemas que causa el «factor humano», ¿verdad?

Pues no. ¿Han oído hablar del caso de Hans el Listo?

 Hans am TretbrettHans, el caballo matemático (fuente: es.wikipedia.org)

A principios del siglo XX un caballo (sí, un caballo) alemán llamado Hans era capaz, o así parecía, de realizar operaciones matemáticas sencillas, como sumar o multiplicar. Si se le pedía que calculara, por ejemplo, el resultado de 2 + 3, Hans daba 5 patadas en el suelo, para asombro general. El equino se convirtió en todo un espectáculo y, por supuesto, llamó la atención de los científicos. ¿En verdad un caballo poseía habilidades matemáticas? ¿O se trataba de un engaño?

Pues ni una cosa ni la otra. En realidad, el caso de Hans el Listo supuso un antes y un después a la hora de diseñar experimentos.

Los científicos descubrieron que Hans no era un genio matemático. Simplemente, podía leer el lenguaje corporal humano, igual que otros animales domésticos. Cuando se le pedía que sumara 2 + 3, él empezaba a patear el suelo. Conforme se acercaba al resultado correcto, quienes lo rodeaban se iban poniendo en tensión sin darse cuenta, pero el animal lo captaba. Y al dar la 5ª patada, Hans, muy pendiente de la actitud del público, sabía que debía pararse ahí.

Hans trinkt BierHans y su dueño, el profesor de Matemáticas Wilhelm von Osten (fuente: es.wikipedia.org)

Cuando los experimentadores evitaban que Hans pudiera ver a su adiestrador o al público, el pobre fallaba y se enfadaba. Más de un sabio se llevó un buen mordisco del frustrado caballo. La conclusión era obvia: podía existir un sesgo del experimentador, el cual, sin saberlo, podía contaminar el resultado del experimento. Daba pistas inconscientes a otros, animales o seres humanos, capaces de leer (a sabiendas o no) el lenguaje corporal.

Trasladémoslo a nuestro ejemplo cervecero. Supongamos que usted, el experimentador, planifica un experimento simple ciego. Le asigna un número a cada cerveza, pero usted es un ser humano que, como todos, tiene sus manías y prejuicios. Por ejemplo, sabe que la cerveza con el nº 2 es una marca blanca de hipermercado, barata ella, mientras que la nº 5 es una cerveza belga de las caras. Sería divertido que los participantes en el experimento opinaran que la nº 2 es una maravilla y la nº 5 una birria, ¿verdad? Pues aunque usted no lo pretenda, su lenguaje corporal, su actitud, puede traicionar sus pensamientos. Y hay personas capaces de leer, siquiera de forma inconsciente, ese lenguaje corporal. Y quizás eso influirá en su respuesta.

Sí, los seres humanos fallamos. Metemos la pata. Nos solemos guiar por las emociones. Damos pistas sin querer. Por eso se propuso el ensayo doble ciego. La idea es de una maravillosa simplicidad: las personas que diseñan el experimento y las que lo ejecutan son distintas y no se comunican entre ellas. Y ya está.

Fuente: pixabay.com

Volvamos a la cerveza. Usted asigna a cada marca un número, guarda esa información en un sobre cerrado y se retira del escenario. A continuación, otra persona dará la cerveza a los sujetos e interactuará con ellos. Esta persona no tiene ni idea de a qué marca corresponde cada número. Por tanto, no se le podrá escapar información sin querer.

Ah, por cierto: existen los ensayos en triple ciego. En este caso, los que tratan estadísticamente los datos de los experimentos son distintos a sus diseñadores o a los que interactúan con los sujetos. Lo dicho: los científicos saben que somos propensos a errar; por tanto, toda precaución es poca. Sobre todo, si se trata de ensayos sobre tratamientos médicos, para evitar el efecto placebo.

Se han hecho ensayos en doble ciego con gente que afirmaba poseer poderes paranormales. Por ejemplo, la capacidad de detectar agua subterránea o metales con una varita o similar. En este caso, los diseñadores del experimento acotaban una parcela de terreno y en ella enterraban diversas tuberías por las que fluía el agua, anotando cuidadosamente por dónde iba cada una. Luego, quienes interactuaban con los zahoríes no sabían por qué tuberías circulaba el agua; por tanto, no podían influir en los zahoríes. Ninguno de los cuales, por cierto, obtuvo unos resultados mejores que los atribuibles al simple azar. Véase:

En suma: un doble ciego bien diseñado ofrece garantías de fiabilidad y evita los sesgos por parte de experimentadores y sujetos de estudio. Si los defensores de lo paranormal logran superarlos, los científicos no tendrán problemas en aceptarlo. Todo lo contrario: sería fantástico, pues abriría nuevos y maravillosos campos de estudio.

Seguimos esperando. Y no, no valen excusas de que hay malas vibraciones o el ambiente es hostil. Si se quiere reconocimiento científico, hay que aceptar las reglas del juego. 🙂

Doble ciego (I)

Hay personas que afirman poseer poderes o habilidades que podríamos llamar «paranormales»: videntes, zahoríes, espiritistas, cirujanos psíquicos, etc. No es raro que despotriquen contra la «Ciencia oficial» porque esta no les hace caso, tal vez por miedo a los asombrosos descubrimientos que, según ellas, podrían poner patas arriba nuestra visión del mundo.

NOTA: todas las imágenes de esta entrada (libres de derechos) proceden de pixabay.com

Eso sí, cuando los científicos se toman en serio estos temas y los someten a experimentos controlados y bien diseñados, las habilidades paranormales tienden a fallar o no se manifiestan. En tal caso, los adeptos a las pseudociencias se quejan de que el ambiente es hostil, que hay malas vibraciones… Pero que conste que lo suyo funciona, ¿eh? 🙂

Puede ser interesante reflexionar sobre cómo se realizan los experimentos científicos. Ello nos ayudará a comprender por qué las pseudociencias fracasan.

En contra de lo que muchos piensan, el poder de la Ciencia radica en su humildad. Los científicos somos conscientes de que nos equivocamos, que nuestra razón es falible, que tendemos a engañarnos a nosotros mismos, que deseamos que las pruebas validen nuestras creencias. Y, por supuesto, que también hay estafadores al acecho. Por eso existe el método científico. Puede variar, según la disciplina de que se trate, pero en esencia busca minimizar los fallos, controlar las variables dentro de lo posible, y que los experimentos puedan ser reproducidos. Para ello, por supuesto, hay que publicar la metodología utilizada (el inevitable apartado de «Material y métodos» de los artículos científicos), como ya comentamos en otras entradas del blog.

Intentar diseñar experimentos para evaluar los presuntos poderes paranormales es complicado, pero puede hacerse. No obstante, los científicos parten con desventaja: la naturaleza no juega sucio. En cambio, cuando se trabaja con personas, lo mismo puedes encontrarte con gente que actúe de buena fe que con timadores. Por supuesto, hay modos de cazar a los mentirosos, pero muchos científicos no están entrenados para ello. De hecho, no les cabe en la cabeza que alguien intente engañarlos así, a sangre fría.

Los embaucadores suelen emplear trucos de ilusionismo y mentalismo para simular habilidades paranormales. Por tanto, es aconsejable que los científicos busquen el consejo de los magos profesionales. Estos se dedican a ilusionar a la gente. Cuando asistimos a un espectáculo de magia, ya sabemos que el mago no tiene poderes sobrenaturales. Somos conscientes de que nos va a engañar honradamente, y que disfrutaremos con su habilidad para hacerlo. De eso se trata. 🙂

A muchos magos les indigna que haya individuos sin escrúpulos que usen sus trucos para ganar dinero a costa de la angustia o el dolor del prójimo. Por ejemplo, fingiendo la capacidad de contactar con los espíritus de personas queridas. Por eso, un equipo de científicos y magos puede diseñar un protocolo experimental capaz de discriminar los estafadores y quienes realmente exhiban poderes paranormales.

Antes de seguir, debe quedar bien claro lo siguiente: no todos los que afirman poseer habilidades paranormales son embaucadores. Hay gente que actúa de buena fe, que cree sinceramente en lo que hace. Muchos desean de corazón ayudar a sus semejantes. Y quién sabe, puede que haya quien realmente tenga poderes. Por desgracia, nadie ha superado todavía los experimentos en condiciones controladas. Nadie. Y eso que incluso se han llegado a proponer jugosos premios para quienes demuestren sin ningún género de dudas que poseen habilidades paranormales. Véase, por ejemplo, el desafío del millón de dólares del mago y notorio escéptico James Randi.

Una pena. Sería maravilloso que alguien pudiera demostrar de modo fehaciente que es capaz de predecir el futuro, curar un cáncer por imposición de manos, mover objetos con el poder de la mente, leer el pensamiento o adivinar, sin verla, qué carta hemos sacado de una baraja. Eso abriría nuevos campos a la Ciencia, podría contribuir al bienestar de la Humanidad…

Pero hay que demostrarlo. Afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinaras. Y mientras, seguimos esperando. 🙂

Recapitulemos. De lo anterior se deduce que hemos de ser muy, pero que muy cuidadosos con el «factor humano» a la hora de diseñar un experimento. En la segunda (y última) parte de esta entrada trataremos de explicar cómo se procede en estos casos, y qué es eso del «doble ciego» que aparece en el título.

El santo y los astrólogos

Voy a contar una anécdota que me sucedió hace años. Desde niño me ha gustado observar el firmamento para reconocer constelaciones, identificar planetas… Antes de comprar un telescopio, es preferible iniciarse en la Astronomía con unos prismáticos 7×50 o 10×50. Así, un buen día fui a preguntar precios en tiendas de material óptico. En una de ellas, cuando le expliqué al dependiente qué tipo de prismáticos quería y lo que pretendía hacer con ellos, me dijo: «Ah, ¿le interesa a usted la Astrología. Yo, por cortesía, no lo corregí, aunque le dejé caer: «Sí, soy aficionado a la Astronomía». Acabé comprándolos en otro sitio (por el precio, no por el comentario). 🙂

Salvo que se indique otra cosa, las ilustraciones (libres de derechos) son de pixabay.com

Astronomía, Astrología… No es lo mismo. Cito de la Wikipedia:

La astronomía (del latín astronomĭa, y este del griego ἀστρονομία) es la ciencia que se ocupa del estudio de los cuerpos celestes del universo, incluidos los planetas y sus satélites, los cometas y meteoroides, las estrellas y la materia interestelar, los sistemas de materia oscura, gas y polvo llamados galaxias y los cúmulos de galaxias; por lo que estudia sus movimientos y los fenómenos ligados a ellos.

La astrología, en su acepción más amplia, es un conjunto de tradiciones y creencias que sostienen que es posible reconocer o construir un significado de los eventos celestes y de las constelaciones, basándose en la interpretación de su correlación con los sucesos terrenales; este paralelismo es usado como método de adivinación.

La diferencia salta a la vista. La Astronomía es una ciencia. Sus afirmaciones y teorías están sometidas al método científico, sobre el cual ya hemos hablado en otras entradas. En cambio, la Astrología es una pseudociencia que para adivinar el futuro recurre a los astros.

Mucha gente piensa que al inicio de la civilización, e incluso antes, Astrología y Astronomía eran la misma cosa (o, al menos, caminaban juntas), y que no se separaron hasta tiempos recientes. Es cierto que después de la revolución científica de Galileo, Kepler y Newton la Astronomía no ha dejado de progresar y asombrarnos. La Astrología, en cambio, siguió a lo suyo, haciendo horóscopos y tratando de leer el futuro. Sin embargo, desde la Antigüedad los sabios tuvieron claro que Astronomía y Astrología eran cosas bien distintas. La Astronomía era considerada algo útil y serio, mientras que la Astrología, a pesar de su popularidad, olía mal, por así decirlo.

Comprobémoslo, haciendo un poco de historia. Retrocedamos hasta la segunda mitad del siglo VI, en la España visigoda. Concretamente, en la ciudad de Cartagena (donde nací, dicho sea de paso, aunque bastantes siglos más tarde). 🙂

Allí residía el duque Severiano, cuyos hijos acabaron convirtiéndose en santos de las iglesias católica y ortodoxa: Leandro, Fulgencio, Florentina e Isidoro (los famosos cuatro santos cartageneros). A la familia le tocó vivir en tiempos convulsos, y tuvo que huir a Sevilla (Hispalis, en aquella época) por motivos políticos. Es conocida la tendencia de los visigodos a pelearse entre ellos y, por si faltaba algo, los bizantinos también andaban entrometiéndose, ocupando buena parte del sur peninsular. En el norte, cántabros, astures y vascones se dedicaban a incordiar, por no mencionar a los suevos en Galicia y norte de Portugal.

Isidor von SevillaSan Isidoro de Sevilla (fuente: es.wikipedia.org)

En aquella época turbulenta e insegura creció Isidoro (556-636), el menor de los hermanos. Unos afirman que nació en Cartagena, mientras que otros creen que vino al mundo una vez que su familia se instaló en Sevilla. Fue un hombre inteligente y estudioso, con una insaciable sed de conocimientos, que dominaba los idiomas griego y hebreo. Llegó a ser arzobispo de Sevilla, sucediendo a su hermano Leandro, y trabajó muy activamente en la conversión al catolicismo de los arrianos visigodos.

Como hemos comentado, le tocó vivir en tiempos difíciles. Él, como tantas personas cultas, tenía la sensación de asistir al derrumbe y pérdida del saber atesorado durante el añorado Imperio Romano. Las clases dominantes eran mayormente analfabetas y muy violentas, y los enemigos acechaban por doquier. Pero a diferencia de otros, Isidoro no se resignó a ver desaparecer lo que amaba, sino que consagró su vida al admirable propósito de conservarlo.

Etymologiae Vitr-14-3 f26vPágina de las Etimologías (Códice toledano; fuente: es.wikipedia.org)

Muchas son las obras que escribió durante su larga vida, y entre ellas abundan las enciclopedias. Ahí trató de recopilar todo el saber clásico, para que no se perdiera. Las más famosas son las Etimologías, que aparecieron en torno al año 630. Se trata de veinte libros en los que se ocupa de todo lo divino y lo humano, desde las jerarquías angélicas hasta los tipos de barcos. Su lectura resulta algo árida, pues las enciclopedias no se caracterizan precisamente por su brillantez literaria. No obstante, en las Etimologías hay un auténtico tesoro de información. No nos podemos hacer idea cabal de la importancia que supusieron en su momento y en los siglos posteriores. Se trataba de la obra de referencia para cualquier estudioso, un faro en la oscuridad.

Como biólogo, las Etimologías me interesaban por lo que enseñan sobre el conocimiento que en la Antigüedad tenían sobre animales y plantas. Y puestos ya, decidí leerme la obra entera. En concreto, he usado la edición bilingüe de las Etimologías en español y latín publicada en 2004 por la Biblioteca de Autores Cristianos. Todas las citas que se incluyen a continuación proceden de ella.

Puede que en el futuro redacte alguna entrada sobre los aspectos zoológicos y botánicos de las Etimologías. En la presente, en cambio, me ocuparé de las estrellas, pues Isidoro dedica bastantes páginas a hablarnos sobre ellas, los astrólogos y los astrónomos. Y para él, no son lo mismo. Ni de lejos. Consideremos sus palabras que, gracias a la magia de la escritura, nos llegan nítidas a través de un abismo de casi mil cuatrocientos años.

«Acerca de la astronomía» aparece en el libro III a partir del capítulo 24, donde encontramos esta definición:

«Astronomía» significa «ley de los astros», y estudia, hasta donde le es dado a la razón, el curso de los astros y las figuras y relaciones que las estrellas mantienen entre sí y con la tierra.

Aunque lo que le interesa es la Astronomía, Isidoro también dedica unas palabras a la Astrología. Así, en el cap. 25 tenemos:

Los primeros que abordaron el estudio de la astronomía fueron los egipcios. Por su parte, los iniciadores de la astrología o del influjo de los astros en los hombres fueron los caldeos. El historiador Josefo asegura que Abrahán fue quien transmitió la astrología a los egipcios. Los griegos afirman que el iniciador de la astrología fue Atlante, y por ello se dice que estuvo sosteniendo el cielo. Pero quienquiera que fuera el inventor, lo cierto es que el hombre, empujado por su afán investigador y por el movimiento del cielo manifestado en los cambios temporales, en el curso inalterable y definido de los astros y en la duración fija de sus intervalos, comenzó a establecer ciertas medidas y números, y al ordenarlas mediante análisis y distinciones, descubrió la astrología.

En el cap. 26 habla de los maestros de la Astronomía y destaca a Ptolomeo, rey de Alejandría, que estableció las leyes por las que es posible determinar el curso de los astros. A continuación, en el cap. 27 nos habla de la diferencia entre Astronomía y Astrología:

En algo se diferencian la astronomía y la astrología. El contenido de la astronomía es el movimiento circular del cielo; el orto, la puesta y el movimiento de los astros; así como la razón de los nombres que éstos tienen. La astrología es, en parte, natural y, en parte, supersticiosa. Es natural en cuanto que sigue el curso del sol y de la luna, y la posición que, en épocas determinadas, presentan las estrellas. Pero es supersticiosa desde el momento en que los astrólogos tratan de encontrar augurios en las estrellas y descubrir qué es lo que los doce signos del zodíaco disponen para el alma o para los miembros del cuerpo, o cuando se afanan en predecir, por el curso de los astros, cómo va a ser el nacimiento y el carácter del hombre.

En los capítulos siguientes Isidoro trata sobre teoría astronómica, la esfera celeste, sus partes, los nombres de estrellas y planetas, el zodiaco, etc. Todo ello muy interesante, pero se escapa del propósito de esta entrada.

Según los sabios antiguos, los astrónomos se ocupaban de identificar los astros y estudiar sus movimientos. Esto era muy importante para unas sociedades que dependían de la Agricultura, pues había que determinar con precisión el momento de la siembra, la cosecha… Los astrólogos, aunque también estudiaban el sol y su posición entre las estrellas, lo hacían para buscar augurios. O sea, para actuar como adivinos. Isidoro lo deja aún más claro en el último capítulo del libro III. En 71, 37:

Pero sean cuales fueren las supersticiones que sobre ellas han forjado los hombres, lo cierto es que son cuerpos celestes que Dios creó en el principio del mundo y los organizó para que, teniendo en cuenta los ciclos establecidos, se pudieran determinar los tiempos.

Nótese la mentalidad antigua. El mundo había sido creado para que lo habitáramos; por tanto, la Naturaleza estaba a nuestro servicio. En concreto, los astros fueron puestos ahí para que aprendiéramos a medir el tiempo. O para admirar su belleza y dar gracias a Dios por crear algo tan magnífico. Y punto. El problema era que los astrólogos se pasaron de frenada, por así decirlo, y pretendían extraer del estudio del cielo algo inadecuado. Veamos lo que dice en 71, 38-39:

La observación de estos signos, la confección de horóscopos y otras supersticiones que están vinculadas al conocimiento de los astros (es decir, a la predicción de los hados), son, sin ningún género de dudas, contrarios a nuestra fe, y de tal manera han de ignorarlas los cristianos, que no deben aparecer ni escritas. Hubo quienes, atraídos por la belleza y el esplendor de los astros, cayeron ciegos de inteligencia en una falsa apreciación de las estrellas, hasta el punto de que intentaron poder predecir los acontecimientos futuros por medio de falsos cálculos, que reciben el nombre de astrología. Estas creencias no las condenaron solamente los doctores de la religión cristiana, sino también, entre los gentiles, Platón, Aristóteles y otros muchos, quienes, coincidiendo en su opinión, se vieron empujados por la verdad, llegando a afirmar que de tales creencias no puede emanar más que el confusionismo.

Más claro, imposible. El cielo es tan majestuoso, tan bello, y parece funcionar como una máquina perfecta, que los astrólogos pensaron que podía servir para adivinar el futuro. En cambio Isidoro, un sabio prudente, nos dice que si bien los astros nos permiten medir el tiempo, atribuirles otros poderes es una presunción infundada. Están para lo que están, y listo. Lo demás es ilusión, fantasía. Y, como muy bien indica, esta censura hacia la Astrología no es sólo cosa de cristianos. Los sabios gentiles pensaban lo mismo.

Pero hay algo más, de vital importancia, que provoca el rechazo de Isidoro hacia los astrólogos. En 71, 40:

Pues, si el género humano estuviera, por necesidad de su nacimiento, orientado obligatoriamente hacia determinadas acciones, ¿por qué los buenos van a ser merecedores de alabanza y los malos han de sufrir el castigo de las leyes? Aunque no estuvieron iluminados por la verdadera sabiduría, en favor de la verdad se sintieron obligados a combatir aquellos errores.

En efecto, los supuestos de la Astrología se oponen al libre albedrío humano. Los sabios, tanto cristianos como gentiles, creían que somos responsables de nuestros actos. Si metemos la pata o somos unos zoquetes, no culpemos a la posición de los planetas el día de nuestro nacimiento. Somos libres a la hora de tomar nuestras decisiones. Para un cristiano como Isidoro, somos nosotros quienes elegimos el camino al Cielo o al Infierno. Si nuestro destino está escrito en los astros o influenciado por ellos, ¿qué sentido tendría premiar a los buenos y castigar a los malos?

Por si quedaba alguna duda de lo que pensaba Isidoro, en el cap. 9 del libro VIII trata «Sobre los magos», a los que no tiene en muy buena consideración, precisamente. Describe los distintos tipos, y entre ellos figuran los astrólogos (9, 22), que hacen sus augurios fijándose en los astros. También define los horóscopos (9, 27), a los que:

se les dio este nombre porque examinan las horas en que tuvo lugar el nacimiento de las personas para descubrir su dispar y diverso destino.

En fin… Pese a las admoniciones de Isidoro, y en contra de toda evidencia, la Astrología siguió siendo popular. Hasta el mismo Kepler tuvo que ganarse la vida escribiendo horóscopos. Pero que algo sea popular no implica necesariamente que sea correcto. En la siguiente entrada explicaremos por qué los científicos no nos tomamos en serio pseudociencias como la Astrología. Mejor dicho, por qué no podemos tomarlas en serio.

De mundodiscos y tierras planas (y III)

Veamos lo que le aconteció a Alfred R. Wallace, uno de los padres de la teoría de la evolución por selección natural, cuando se le ocurrió demostrar que la Tierra era redonda. Hagamos historia.

Samuel B. Rowbotham, un inventor inglés, realizó en 1838 un experimento que, según él, demostraba que la Tierra era plana. Publicó sus resultados en 1849 y en 1865 escribió un libro al respecto, bajo el pseudónimo de Parallax, titulado: Zetetic Astronomy. Earth not a Globe! (Astronomía zetética. ¡La Tierra no es una esfera!). El pdf puede descargarse aquí.

Veamos el experimento de Rowbotham. La imagen que lo ilustra ha sido tomada del susodicho pdf.

El lugar elegido para el experimento fue un largo y recto canal de drenaje de 6 millas (casi 10 km). Rowbotham puso un telescopio en el canal, a apenas 20 cm por encima del agua. Una barca con una bandera fue alejándose del telescopio a golpe de remo, metro a metro. Si la tierra fuera redonda (figura superior), llegaría un momento en que su curvatura impediría ver la bandera. Sin embargo, eso no sucedió. Podía seguir viendo la bandera a varios km de distancia, a pesar de que no se elevaba mucho sobre el agua. Por tanto, dedujo que la Tierra era plana (figura inferior).

Rowbotham no tuvo en cuenta un factor: la refracción atmosférica. La diferente densidad del aire conforme nos alejamos del suelo hace que los rayos luminosos se curven. De hecho, así se originan los espejismos. Este fenómeno es bien conocido por los astrónomos. Por ejemplo, en un atardecer, aunque los rayos de luz se curven, nuestro cerebro interpreta que viajan en línea recta y nos hace creer que el Sol está encima del horizonte (en la imagen, posición S’) cuando realmente está por debajo (posición S).

Fuente: es.wikipedia.org

En el experimento de Rowbotham, el telescopio y la bandera estaban muy cerca del suelo, y la refracción atmosférica, al curvar la luz, podría explicar el resultado obtenido. Por tanto, la existencia de una Tierra plana no quedaba demostrada de manera clara. En suma, el experimento estaba mal diseñado.

No obstante, el libro de Rowbotham cautivó a muchos. Uno de sus más fervientes seguidores fue John Hampden, un creacionista acérrimo empeñado en que la Biblia afirmaba que la Tierra era plana. Tan convencido estaba que en 1870 lanzó un desafío: pagaría 500 libras a quien demostrara que la Tierra era redonda.

Y aquí llegó Wallace. Sin duda, pensó que ganar aquellas 500 libras era pan comido. Pidió consejo al mentor de Darwin, Charles Lyell, al cual también le pareció que sería fácil diseñar un experimento para demostrar, sin género de dudas, la redondez de la Tierra.

La idea de Wallace era brillante. Trataremos de explicarla con una figura creada con el Microsoft Paint, esa inestimable ayuda para los dibujantes torpes. 🙂

Para evitar los efectos de la refracción atmosférica, el telescopio deberá estar a varios metros de altura sobre la superficie del agua. Al otro extremo del canal pondremos un objeto “A” (una diana, por ejemplo), asegurándonos de que esté exactamente a la misma altura sobre el agua que el telescopio. Seguidamente, apuntamos con el telescopio hacia “A”. Finalmente, a medio camino ponemos otra diana “B”, a la misma altura sobre el agua que la anterior.

¿Qué resultado cabría esperar? Consideremos las distintas hipótesis:

  • Si la tierra fuera plana, al mirar por el telescopio veríamos ambas dianas a la misma altura, superpuestas.
  • Si la tierra fuera redonda, la curvatura de la superficie haría que “B” quedara algo por encima de “A”, al enfocar esta última con el telescopio.
  • Y puestos ya, si viviéramos dentro de una Tierra hueca, su superficie sería cóncava. En tal caso, al enfocar “A”, veríamos que “B” quedaría por debajo (dejamos al lector que haga el dibujo correspondiente). 🙂

En fin, el experimento está listo, y ya sólo queda mirar por el telescopio, a ver cuál de las hipótesis se cumple. Adivinen cuál. En efecto, la Tierra era redonda. Desde entonces, el experimento ha sido repetido en el mismo lugar por topógrafos y los resultados no dejan lugar a dudas.

Wallace, más contento que unas pascuas, se dispuso a cobrar sus 500 libras. Cualquier persona razonable llegaría a la conclusión, vistos los resultados, de que la Tierra era redonda, ¿no?

El problema era que Wallace no estaba tratando con personas razonables, sino con fanáticos. Y estos nunca dejarán que la evidencia les desmonte un buen prejuicio.

Para no reconocer su derrota, Hampden adujo que había fallos en el telescopio. Wallace dispuso las modificaciones requeridas por Hampden en el telescopio, buscó a testigos imparciales, repitió el experimento… y la Tierra siguió siendo redonda. Invitó a Hampden a comprobarlo, pero este se negó a mirar por el telescopio. Sintomático.

Wallace ganó la apuesta, pero ahí empezó su particular infierno (para conocer más detalles de la historia, véase esta página [en inglés]). Durante 15 años, Hampden se empeñó en una terrorífica campaña contra el científico, acosándolo, difamándolo, insultándolo, amenazándolo… Fue a la cárcel por eso, pero Wallace tuvo que devolver el dinero de la apuesta (aunque no por haberla perdido; cosas de la legislación británica). Acabó harto (y eso que Wallace era un tipo valiente y combativo), y sacó en claro algunas enseñanzas de todo el incidente:

  • La Tierra era redonda.
  • Un fanático nunca va a dejar que la realidad le estropee un buen prejuicio.
  • Si te enzarzas en pleitos con un fanático, puede pasar cualquier cosa.

Su amigo y colega Darwin era más listo. Darwin nunca se metió en pleitos públicos. Procuró rodearse de amigos, y no tocar las narices a nadie. Bastante hizo al publicar El origen de las especies, obra clave no sólo en Biología, pues cambió completamente nuestra concepción del lugar que ocupamos en la naturaleza.

Cuando algún tema indignaba o repugnaba a Darwin (por ejemplo, los espiritistas que estafaban a la gente sacando partido del dolor que causa la pérdida de un ser querido), animaba (y financiaba) a algún colega joven y con energías para que diera la batalla, pero él se mantenía en un discreto segundo plano. Astuto viejo, Darwin… 🙂

En fin, las tierras planas quedan en el ámbito de la ficción. Sigamos disfrutando los relatos del Mundodisco de Terry Pratchett, sin olvidarnos de mantener los pies en el suelo de un mundo redondo. 🙂

Blavatsky y el miedo al mono (IV)

A H. P. Blavatsky le encantaba el nº 7. Más bien le obsesionaba, pues su obra gira en torno a una concepción septenaria del cosmos. También defendía los ciclos de auge y caída, en una cosmovisión repleta de fuerza vital, espíritus y almas. Asimismo, buscaba desesperadamente paralelismos entre macro y microcosmos. Por fortuna, incluyó en sus obras diagramas que nos ayudan a comprenderla (o al menos a intentarlo):

Nota: todas las ilustraciones de esta entrada se han tomado de la versión inglesa; puede descargarse en www.theosociety.org

Fijémonos en la ilustración. Además del paralelismo manifiesto entre los principios humanos y la división planetaria, que comentaremos más adelante, queda claro que Blavatsky era vitalista.  Las almas y espíritus campan a sus anchas por La Doctrina Secreta, y se enfadaba cuando los científicos no los tenían en cuenta. Reprochaba a los físicos de su época que se quedaran en la cáscara, sin llegar nunca a la almendra. Al adoptar los átomos físicos, olvidaban que los átomos tenían alma (o lo que ella entendía por alma). A lo largo de su obra despotricó contra esas teorías físicas vacías de alma y espíritu, y afirmó que los antiguos iniciados sabían más de Física que todas las academias científicas. En concreto, creía que la Ciencia Moderna no es más que Pensamiento Antiguo desfigurado. El Ocultismo no necesitaba pruebas científicas. Al final, según ella, la Ciencia acabaría por aceptar lo que decía la Filosofía Oculta.

A lo largo de La Doctrina Secreta Blavatsky arremete contra el materialismo, aunque no era partidaria de las grandes religiones monoteístas. Estas le gustaban aún menos que la Ciencia, que ya es decir. Su visión no era monoteísta sino panteísta, con un principio original del que emanaba lo demás (aunque su redacción tendía a ser confusa, por lo que resulta difícil seguirla). De hecho, afirmaba que por deficientes, materialistas y erróneas que fueran las teorías científicas, estaban mil veces más cerca de la verdad que las vaguedades de la Teología. No obstante, cuando la Ciencia le llevaba la contraria a las creencias ocultistas, buenos palos le daba… 🙂

No vamos a reproducir aquí sus extrañas ideas sobre el átomo, la luz, el calor, las reacciones y elementos químicos (llega a afirmar que el helio tiene un peso atómico inferior al del hidrógeno), los principios de la fotografía, la gravitación (llegó a insinuar que correría la misma suerte que la teoría corpuscular de la luz)… Como ya dijimos, Blavatsky iba sacando de aquí y allá las noticias científicas que se adaptaban a su cosmovisión, valiéndose en muchos casos de «autoridades» hoy bastante olvidadas o bien muy antiguas, que incluso en su época estaban ya desacreditadas.

Blavatsky estaba de acuerdo en algo con los astrónomos: el universo es muy, muy grande y nuestros dioses, muy, muy pequeños. Por lo demás, los disparates astronómicos proliferan en La Doctrina Secreta. Dejando a un lado su concepción del éter (sustancia hipotética aceptada en su época, pero liquidado por la teoría de la relatividad), sus ideas sobre el sol y los planetas eran… en fin, corramos un tupido velo.:-)  Asimismo, pensaba que la materia de soles y cometas podía ser muy distinta a la de la tierra, con elementos desconocidos para la Ciencia. Hoy, con más elementos de juicio, sabemos que en realidad estamos hechos de polvo de estrellas. No somos algo aparte.

Centrémonos en nuestro rinconcito del universo, el Sistema Solar, y en algo que llama poderosamente la atención: las peculiares cadenas planetarias.

Para Blavatsky había innumerables cadenas circulares de mundos, compuestas de 7 globos situados en distintos planos. Sólo el inferior y más material se hallaba dentro de nuestro plano y lo podíamos percibir (véase la primera ilustración de esta entrada). Cada cadena de mundos era creación (o reencarnación) de otra, inferior y muerta. En nuestro caso, de la cadena de la Luna, la cual es más vieja que la Tierra. Los globos de la cadena septenaria lunar han dado vida a los correspondientes globos de la cadena terrestre, y a continuación mueren. Ah, Blavatsky también hablaba de la influencia maligna de la Luna sobre la Tierra en la actualidad. Parece que creía en la Astrología…

Como se ve en la ilustración, cuando el anillo o cadena planetaria llegaba a su última ronda pasaba su energía a otro planeta. En el caso de la Tierra, como en otros, debía vivir durante 7 rondas. En las tres primeras se formaba y consolidaba. En la cuarta se asentaba y endurecía. En las tres últimas se revertía esa tendencia y volvía a espiritualizarse. La humanidad se desarrollaba tan sólo en la 4ª ronda. O sea, para entendernos: hay un descenso de lo espiritual a lo material, y luego un ascenso a la inversa. Durante el proceso parece que se gana en sabiduría. O experiencia. O algo así.

¿Confuso? Hay quienes califican a los escritos de Blavatsky de «empanada mental». No obstante, hemos de reconocer que su obra tiene un punto de grandiosa. Llama la atención lo ordenado y majestuoso que es su cosmos, tan finalista y predecible. Tiende a funcionar como un mecanismo de relojería, igual que las antiguas esferas celestes.

En la próxima (y esperamos que última) entrada sobre el tema reflexionaremos sobre esta manía por el orden. Eso será después de comentar la que organizó Blavatsky al aplicar sus ciclos y cadenas a la evolución y al origen de nuestra especie, con su empeño en negar que descendiéramos de los monos; faltaría más.