La insoportable levedad de las razas perfectas

Tanto en la vida real como en la ficción hallamos un tema recurrente: el deseo de crear razas «superiores», bellas, eficientes y carentes de defectos (reales o imaginarios). Dichas razas serían más fuertes, adaptables, competitivas, y muchos querrían que reemplazaran a las «obsoletas», con todas sus lacras (reales o imaginarias). Sin ir más lejos, acuden a la memoria títulos de novelas como El sueño de hierro, de Norman Spinrad, que simula ser la novela que Hitler podría haber escrito en un universo alternativo en el que fuera autor de ciencia ficción en vez de dictador. O la famosa película GATTACA, que enlaza claramente con el concepto de eugenesia.

Eugenesia… Según el diccionario de la RAE, es el: «estudio y aplicación de las leyes biológicas de la herencia orientados al perfeccionamiento de la especie humana».

«Perfeccionamiento»… Ahí está el quid de la cuestión. No consideraremos aquí las tropelías cometidas en nombre de la eugenesia, ni cómo ha sido tratada en la literatura o el cine, pues daría para un sinfín de entradas del blog. En cambio, dediquémonos a especular, que es más divertido y, esperamos, ilustrativo. 🙂

Supongamos que los avances en Genética hacen posible que podamos manipular el genoma del ser humano, eliminar todas las «imperfecciones», incrementar nuestra eficiencia, esperanza de vida y todo eso, y logramos crear al humano «ideal». Pongamos que es rubio, alto, ojos azules, fuerte como un roble, listo… Y que toda la Humanidad acaba siendo así, una vez quitados de en medio los menos favorecidos. Qué porvenir tan esplendoroso se abre ante nuestros descendientes, ¿verdad?

Pues a lo mejor no. Quizá los hayamos condenado a la extinción.

Si algo caracteriza a las especies de seres vivos es la diversidad genética. Por supuesto, en esa diversidad hay de todo; bueno, regular y malo, en términos de posibilidades de supervivencia. Lo que estaríamos haciendo, en nombre de la eugenesia, es sustituir esa diversidad por una superraza, que en teoría podría resistir cualquier ataque, pero…

¿Han oído hablar de la ley de Murphy? O como bien sabemos los biólogos: cualquier cosa que pueda ser comida, tarde o temprano va a ser comida. 🙂

Fuente: pixabay.com

El mundo está lleno de bichos, hongos, bacterias y virus que no paran de mutar y evolucionar. Por muy fuerte y resistente que una raza sea, es ley de vida que tarde o temprano aparecerá algo capaz de atacarla. Y dado que en las razas «perfectas» se tiende a que todos los individuos sean más o menos iguales, si un patógeno puede liquidar a uno, será capaz de liquidarlos a todos. Los patógenos pueden hacer eso con una rapidez pasmosa, créanme. Y ríanse ustedes de la pandemia del coronavirus o la peste negra.

Por mucho que nuestro orgullo nos impulse a creernos lo mejor de lo mejor, el culmen de la creación, a virus, hongos y demás les va de maravilla sin necesidad de cerebro. Una tasa reproductiva astronómica, la capacidad de multiplicarse tanto sexual como asexualmente… Tarde o temprano, alguno eludirá las defensas de su víctima y adiós, muy buenas. 😦

¿Exageraciones? Para nada. Esto ha ocurrido y seguirá ocurriendo, como bien sabemos los que estudiamos las enfermedades de las plantas. Hagamos un poco de historia. ¿Han oído hablar de la revolución verde? Cita textual de la Wikipedia:

Revolución verde es la denominación usada internacionalmente para describir el importante incremento de la productividad agrícola y por tanto de alimentos entre 1960 y 1980 en Estados Unidos y extendida después por numerosos países. Consistió en la adopción de una serie de prácticas y tecnologías, entre las que se incluyen la siembra de variedades de cereal (trigo, maíz y arroz, principalmente) más resistentes a los climas extremos y a las plagas, nuevos métodos de cultivo (incluyendo la mecanización), así como el uso de fertilizantes, plaguicidas y riego por irrigación, que posibilitaron alcanzar altos rendimientos productivos.

Fuente: pixabay.com

Sin entrar en detalles de los diversos problemas causados por estos supercereales, centrémonos en lo que ocurrió. Se abandonó el cultivo de muchas variedades tradicionales, adaptadas a regiones concretas, dado su menor rendimiento, y fueron sustituidas por unas pocas variedades de cereales resistentes que daban unas cosechas magníficas. El futuro se prometía esplendoroso. Se podría acabar con el hambre en el mundo, nada menos.

El problema era la resistencia a plagas y enfermedades de esos cultivos. Tarde o temprano, algún parásito mutaría y sería capaz de atacarlos. Y dada su uniformidad genética, si una planta era sensible al parásito, las demás también caerían como un castillo de naipes. Y lo que tenía que pasar, pasó.

Pongamos un ejemplo clásico: el tizón foliar del maíz, año 1970.

Cochliobolus heterostrophus

Daños en una hoja de maíz causados por el hongo Cochliobolus heterostrophus. Fuente: Wikipedia.

Resumiendo, y sin emplear jerga técnica: durante la década de 1960 se obtuvieron nuevas variedades de maíz muy interesantes para los agricultores. Serían el equivalente vegetal al fulano rubio y de ojos azules, o al yerno perfecto para una suegra: una maravilla. 🙂 Crecían bien, eran fáciles de cultivar, resistentes y daban unos rendimientos portentosos. Extensiones enormes en los Estados Unidos fueron plantadas con ese maravilloso maíz, con todas sus plantas genéticamente idénticas. ¿Qué podía salir mal?

Cuando se ponen todos los huevos en la misma cesta, pues…

Un hongo que hasta la fecha no era demasiado problemático mutó. Su nombre: Cochliobolus heterostrophus. Puede que la mutación ocurriera en Filipinas. ¿O pudo darse en los mismos Estados Unidos? A saber. El caso era que este mutante, conocido como raza T, producía una toxina inofensiva para el maíz normal, de toda la vida… pero, oh, ironía, resultaba desastrosa para la «superraza» de maíz que los agricultores habían plantado a lo largo y ancho de Norteamérica. En condiciones favorables para el hongo, prácticamente podía dejar sin hojas a las pobres plantas.

Un inciso, amigo lector, que puedes saltarte si no te interesan los detalles técnicos: esa superraza de maíz era tan deseable para los agricultores porque poseía genes que provocaban esterilidad masculina. Aunque suene raro, en aquella época esto permitía abaratar los gastos de cosecha. Dichos genes no estaban en el núcleo de la célula, sino en las mitocondrias. Y la toxina T atacaba a ese nivel. A un maíz normal no le afectaba para nada, pero a los nuevos autoestériles, tan rentables ellos, los dejaba hechos unos zorros, pobrecitos.

Y en 1970 se dio la tormenta perfecta. Extensiones enormes de maíz genéticamente idéntico, un hongo capaz de tumbar sus defensas y las condiciones ambientales idóneas para la propagación de la enfermedad… El resultado:

Recapitulemos. El hongo llegó a los Estados Unidos, y ¿qué se encontró allí? Maíz al que podía atacar, maíz y más maíz, todo igualito, a su disposición, en medio del clima ideal. Me imagino al hongo relamiéndose, poniéndose un babero, agarrando tenedor y cuchillo y gritando: «¡Bufet libre!». 🙂 Los mapas anteriores reflejan lo que sucedió. Más de mil millones de dólares de 1970 de pérdidas. El 15 % de la producción, perdida, aunque en algunos lugares el desastre alcanzó el 100 %. Una catástrofe que se estudia en los libros de Fitopatología. Ah, y las otras razas de maíz se salvaron.

En verdad, la Agricultura moderna tiene un problema. La uniformidad genética es deseable para que las cosechas sean homogéneas y más rentables, pero a la vez es su talón de Aquiles…

A lo que íbamos. La moraleja del cuento es simple. Cuidado con querer diseñar una raza «perfecta» e imponerla sobre las demás. En un mundo cambiante, la uniformidad genética aboca a la calamidad. Sólo la biodiversidad puede salvarnos el pellejo. Y no decimos esto por quedar como políticamente correctos, a estas alturas. Es que la vida funciona así… 😉

De vacunas, ARN y ciencia ficción (I)

 

Como vimos en anteriores entradas, las vacunas son la forma más segura de adquirir inmunidad de rebaño frente a las enfermedades víricas. Combinadas con medidas de higiene y sentido común, son el arma más poderosa para defendernos del dichoso coronavirus. Ya estamos empezando a notar sus efectos; por ejemplo, en la caída de la mortandad en las residencias de ancianos. Claro, siempre habrá algún riesgo, y es difícil que la efectividad sea del 100 %, pero es lo mejor que tenemos. Y si alguien piensa que las vacunas son algo diabólico, ya habrá comprobado lo que significa vivir en un mundo en el que falta UNA vacuna.

Fuente pixabay.com

La investigación sobre las vacunas ha progresado de manera increíble en los últimos años. Como siempre, una catástrofe como la de la covid-19 es el estímulo necesario para que los gobiernos inviertan en Ciencia. Los últimos avances superan los sueños de los autores de ciencia ficción. Las nuevas generaciones de vacunas son un magnífico ejemplo de hasta dónde puede llegar el ingenio humano. Pero antes de echarles un vistazo, no estará mal saber lo que ocurre en nuestro cuerpo cuando nos vacunan. Y no, no es que nos metan un microchip para que Bill Gates, la CIA y los kzinti controlen nuestras mentes. 🙂 En cambio, es mucho más interesante.

Revisemos cómo funcionan nuestras defensas. Es difícil explicarlo mejor que en aquella mítica serie de Érase una vez el cuerpo humano, pero lo intentaremos. 🙂

Cualquier cosa que haga reaccionar a nuestro sistema inmunitario se denomina antígeno. Por ejemplo, algunas moléculas de los virus. Supongamos que unos cuantos virus se nos cuelan dentro del cuerpo. ¿Qué ocurre a continuación?

Fuente: pixabay.com

Todo empieza con las CPA, las células presentadoras de antígenos (ACP, en inglés). Las CPA se comen cualquier antígeno que encuentran, lo procesan y se lo entregan, poco menos que envuelto en un lacito rosa, a otras células: los linfocitos T auxiliares. Estos estudian el regalo, se lo piensan y a continuación provocarán diversas respuestas inmunitarias.

AnticuerpoFuente: es.wikipedia.com

Por un lado, harán que otras células, los linfocitos B, produzcan anticuerpos. Los anticuerpos son unas moléculas, las inmunoglobulinas, que reconocerán específicamente a esos antígenos y se unirán a ellos como lapas. O mejor dicho, con la precisión de una llave y una cerradura. Cada anticuerpo reconocerá a su antígeno, y sólo a él. En el caso del virus, los anticuerpos bloquearán sus puntos de unión a las células y, además, lo marcarán como con un letrero para que otras células lo liquiden sin piedad.

Los linfocitos T auxiliares no se quedan ahí. También activarán a los linfocitos T citotóxicos, también llamados asesinos. Estos identificarán a las pobres células que ya hayan sido infectadas por los virus y las destruirán. Lo sentimos, chicas, pero os sacrificamos para salvar al resto. Se os honrará y recordará, pero sayonara, baby.

Luego llegarán otras células, los macrófagos, unos auténticos basureros, y se comerán los restos: virus con anticuerpos, células difuntas, etc.

Además, hay linfocitos B y T con una memoria de elefante, que pueden recordar los antígenos del virus durante mucho tiempo: meses, años, toda una vida… La próxima vez que llegue el virus, entrarán en acción.

Pero hay un problema: ¿y si el virus es más rápido que el sistema inmunitario? Puede enfermarnos, matarnos o dejarnos con graves secuelas antes de que se haya desarrollado la respuesta inmune. Para evitarlo se inventaron las vacunas.

Fuente: pixabay.com

Las vacunas son preventivas. Ponen en alerta nuestras defensas para que, cuando nos ataque el bicho, se encuentre con que lo están esperando, alerta y armadas hasta los dientes. Básicamente, las vacunas proporcionan al organismo antígenos del virus. Por supuesto, dichos antígenos han de ser inofensivos (virus atenuados, partes de ellos…). Así, las CPA no sufrirán daño, habrá tiempo de formar anticuerpos y, sobre todo, de crear linfocitos con memoria. No dejarán que el virus se multiplique a lo bestia en nuestro cuerpo.

Las vacunas clásicas utilizan virus atenuados o inactivados para tal menester. Son las más simples y bastante fiables, pero requieren producir un montón enorme de virus pochos para suministrárselos a la población, obviamente. Un ejemplo contra la Covid-19 es el de las vacunas de Sinopharm.

Esto es lo tradicional. Sin embargo, la Ciencia progresa, y nos permite hacer cosas impensables décadas atrás. Por ejemplo, las vacunas podrían llevar, en vez de virus atenuados, sólo las proteínas que provocan la respuesta inmune, o bien semivirus que imitan la estructura de los virus, pero sin material genético. Desgraciadamente son caras y difíciles de fabricar, por el momento.

Fuente: pixabay.com

No obstante, hay otra posibilidad. En vez de inyectarnos esos virus atenuados, ¿qué tal si logramos que nuestro propio cuerpo fabrique los antígenos del virus para activar la respuesta inmune? Para ello tenemos que enseñar a nuestras células a que produzcan pedacitos (inofensivos) del virus. Y es complicado porque, de por sí, las células no suelen hacer esas cosas.

Hay dos principales estrategias para lograrlo, y ambas parecen de ciencia ficción, pero funcionan. No obstante, una de ellas ocasionalmente provoca efectos secundarios y causa alarma social. Lo veremos en la segunda parte de la entrada. Y hablaremos algo de ciencia ficción, claro. 🙂

La actitud científica (y II)

Sigamos comentando el libro de McIntyre.

¿Hay quienes piensan que tienen actitud científica pero en realidad carecen de ella? Sin duda: es el caso de las pseudociencias y similares. Son bastante peligrosas, porque alcanzan una enorme difusión y algunas de sus afirmaciones pueden poner en riesgo las vidas humanas (lo estamos comprobando con la pandemia del coronavirus).

Salvo que se indique otra cosa, las imágenes (libres de derechos) proceden de pixabay.com

La pseudociencia quiere parecer ciencia, pero su metodología suele ser penosa. Además, se niega a cambiar sus creencias frente a las evidencias. Este es el gran problema, como ahora discutiremos: las pseudociencias y afines se basan, en el fondo, en creencias, en vez de evidencias. Y una actitud muy humana es la de aferrarnos a nuestras creencias a toda costa, defendiéndolas a capa y espada, negándonos a cambiarlas.

Hoy, con las redes sociales, uno puede encerrarse en foros donde sólo vea lo que le agrade o haga feliz, mientras a su alrededor los bulos hacen su agosto. Ahí radica la gran diferencia. En ciencia, se busca el grupo para que critique; en pseudociencias, para que reafirme. La científica es una comunidad de escrutinio crítico, no de apoyo mutuo. Como bien señalaba Carl Sagan, la ciencia es un equilibrio entre la apertura a nuevas ideas y el escepticismo. Tienes que estar abierto a lo nuevo, sin complejos, pero a la vez no has de creértelo todo, por muy atractivo que parezca.

A lo que íbamos. En una primera aproximación, podríamos distinguir entre pseudocientíficos, negacionistas y conspiranoicos, según cómo fallen en ese delicado equilibrio. Así, los escépticos están cerrados a las nuevas ideas; los pseudocientíficos fallan en el escepticismo; y los conspiranoicos fallan en ambas cosas.

Indudablemente, esta delimitación peca de simplista. Las fronteras entre pseudocientíficos, negacionistas y conspiranoicos suelen difuminarse. En cualquier caso, a todos les falta actitud científica. Empecemos por los negacionistas, aunque resulta difícil resumirlo mejor que en este tweet de Farmacia Enfurecida:

Para McIntyre, está claro que los negacionistas insisten en rechazar teorías científicas que gozan de evidencia abrumadora. En el fondo, no les gusta la ciencia, aunque digan basarse en ella. Sí, están abiertos a nuevas evidencias, pero sólo a aquellas que les convienen. Sus hipótesis se basan en la intuición, la fe o la ideología política, no en los hechos. En el fondo, los negacionistas tienen más en común con la conspiranoia que con el escepticismo honesto.

En efecto, su escepticismo es muy selectivo, pues usan y abusan del doble rasero. Exigen estándares imposibles a la ciencia cuando no está de acuerdo con ellos, pero no predican con el ejemplo, sino todo lo contrario. Así, pueden negarse a aceptar una teoría apoyada por la inmensa mayoría científica, aduciendo que no es fiable al 100%. Sin embargo, cuando se les pregunta en qué basan sus ideas, hacen referencia a uno o muy pocos artículos, que a lo mejor se publicaron en la Hoja Parroquial de Orejilla del Sordete, y les dan validez absoluta. Y pobre de ti si osas criticarlos…

Eso no es actitud científica, sino proteger tus creencias.

Fuente: lavanguardia.com

En ciencia nada está plenamente asentado, ni se necesitan acuerdos al 100% para seguir avanzando. La ciencia puede fallar, claro, pero el negacionismo decide de antemano lo que quiere que sea verdad y filtra selectivamente la evidencia. Aunque pueda haber resistencia entre científicos a las ideas rompedoras, al final la evidencia prevalece. Incluso pueden darse casos en que el individuo corrija al grupo, si la evidencia resulta ser lo bastante poderosa.

Ocupémonos ahora de los pseudocientíficos, que no cesan de acusar a la «ciencia oficial» de cerrazón mental, de coartar la imaginación, de perseguir a los heterodoxos, de… Según los pseudocientíficos, los corsés que impone la «ciencia oficial» contrastan con la maravillosa apertura mental de los heterodoxos. Sin embargo, ¿son tan abiertos de mente como predican? Por un lado, los pseudocientíficos tienden a ser muy crédulos, pero también se cierran a cualquier evidencia que contradiga sus teorías… al mismo tiempo que se quejan de que los científicos no tomen en cuenta las suyas. Ay, volvemos al doble rasero…

La ciencia no coarta la imaginación, ni persigue a la heterodoxia. Todo lo contrario. Lo que ocurre es que para asegurarte de no meter la pata, debes tener en cuenta la evidencia. Y luego, presentar tus ideas en el foro público, donde podrán ser criticadas. En cambio, los pseudocientíficos, a la más mínima crítica, rompen a llorar y acusan a la malvada «ciencia oficial» de mil y una perfidias y judeomasónicos contubernios. Eso, o se comparan con Galileo, haciendo que este se retuerza en su tumba. OK, Galileo (un científico, por cierto) fue perseguido por sus ideas por los poderes establecidos (la Iglesia, por cierto). Pero las teorías de Galileo se ajustaban a los hechos, a la evidencia. ¿Y las del pseudocientífico llorón? ¿Eh? 🙂

Cualquier teoría, por fantástica que sea, será aceptada si se ajusta a las evidencias. La comunidad científica no va a tratar de tapar o encubrir, al estilo conspiranoico, una hipótesis que lo ponga todo patas arriba. Pongamos un ejemplo que ya hemos comentado in extenso en el blog (para más detalles, basta con clicar la etiqueta «yeti» en la columna de la derecha).

Los criptozoólogos se enfadan o indignan porque la «ciencia oficial» no admite la existencia del yeti o del monstruo del lago Ness. Acusan a los «científicos oficiales» de cerrazón mental y qué sé yo más, con esa manía de negarse a admitir que hay grandes animales no catalogados. Es fácil rebatir esas afirmaciones. Si un científico tiene pruebas sólidas de la existencia de un bicho nuevo, correrá a publicarlas dándose con los talones en el trasero. 🙂 Pocas cosas hacen más ilusión a un científico que ver su nombre reconocido entre sus colegas. Y si su artículo pasa por el filtro de la revisión por pares de colmillo retorcido, habrá conseguido la fama y el reconocimiento buscados, que para muchos científicos es más importante incluso que el dinero. Pero claro, hay que tener pruebas sólidas.

Estatua de Bigfoot (fuente: es.wikipedia.org)

Por eso los científicos aceptaron algo tan fantástico como la existencia de una nueva especie humana, los denisovanos, a partir de unos pocos fósiles que cabían en una caja de cerillas. ¿Por qué? Porque contenían ADN que se pudo secuenciar. Hechos. Evidencias. ¿Por qué no se acepta la existencia del yeti? Porque no hay evidencias sólidas. Se han hecho estudios científicos sobre este presunto homínido, y ninguno ha hallado evidencia hasta la fecha. Ninguno. Tengan ustedes por seguro que si hubiera evidencias sólidas que respaldaran su existencia, tarde o temprano los científicos la aceptaríamos encantados. Pero ¿dónde están las evidencias pseudocientíficas? ¿Por qué no someten sus trabajos a dobles ciegos, o a la revisión por pares? Y en los casos en que envían sus artículos a una revista de prestigio y esta, tras pasar por la revisión por pares, los rechaza, ¿por qué se echan a llorar y se quejan de que los tratan como a Galileo? 🙂

En fin, según McIntyre, la pseudociencia es un ejemplo de pensamiento desiderativo. Y, dicho sea de paso, suele mover bastante dinero.

El creacionismo o el diseño inteligente son pseudociencias. ¿Por qué los científicos excluyen de las clases de Biología a las afirmaciones «científicas» creacionistas? Pues porque no son tales, ya que no concuerdan con los hechos. E insistimos: no hace falta que una teoría esté probada al 100% para que sea enseñada en las escuelas. El creacionismo es ideología disfrazada de ciencia. Le falta la evidencia. Además, no se pueden enseñar en las escuelas todas las teorías alternativas. Si tuvieran evidencias que ofrecer, pues habría que considerarlas, claro.

En resumen, se necesita tanto una teoría como evidencias que la sostengan (y que pueden ser usadas para modificarla). La ciencia no es 100% certeza, pero ¿existe un camino mejor para saber cómo funciona el mundo?

Fuente: awachupeich

Finalmente, coincidimos con McIntyre en que el análisis de lo que fracasa en la ciencia, así como de lo que pretende hacerse pasar por ella, resulta muy útil para comprenderla.

La actitud científica (I)

Últimamente el blog se ocupa más de ciencia que de ficción, aunque a veces la actualidad supere a esta última. Predominan las entradas de divulgación científica, así como la crítica de pseudociencias diversas. Qué se le va a hacer; lo consideramos casi una obligación.

Hoy asistimos al auge de negacionismos, conspiranoias, pseudociencias y similares. También constatamos un notable aumento de la censura, con la excusa de no ofender a nadie (pero esa es otra historia). Las redes sociales permiten la amplia difusión de todo tipo de bulos, teorías sin pies ni cabeza… Triste panorama. Ante tal avalancha, poseer una base científica ayuda a separar el grano de la paja. No obstante resulta difícil, sobre todo para quienes no estén familiarizados con la ciencia, distinguir esta de lo que no lo es.

Un libro muy interesante para reflexionar sobre lo anterior es La actitud científica, del filósofo Lee McIntyre, publicado en español en 2020 por Ed. Cátedra. Esta obra puede ayudar a comprender cómo vemos los científicos el mundo. Además, McIntyre trata de mostrar lo que NO es ciencia y sus errores.

Veamos cuál es la definición de ciencia según el DRAE:

Conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales con capacidad predictiva y comprobables experimentalmente.

Muchos han tratado de definir con precisión a la ciencia según su metodología. Por tanto, ¿qué es el método científico? Podemos resumirlo en este diagrama tomado de la correspondiente entrada de la Wikipedia:

El problema es que no existe UN método científico. No es lo mismo la Física que, por ejemplo, la Biología, la cual depende de la evolución de seres vivos a lo largo de inmensos periodos de tiempo. Asimismo, una hipótesis puede surgir tras una investigación de fondo, como se ve en el diagrama, pero también a partir de un sueño (Kekulé y la fórmula del benceno), o al ver caer una manzana de un árbol, o bajo el efecto de setas alucinógenas, o… Y en el desarrollo de la hipótesis hasta convertirla en teoría pueden intervenir factores como la buena suerte, la improvisación…

Salvo que se indique otra cosa, las imágenes (libres de derechos) proceden de pixabay.com

No. Lo que puede definir a la ciencia es lo que se hace con las hipótesis después de formuladas. Por ejemplo, tal como indicaba Karl Popper, toda teoría debe ser falsable. O refutable; como prefieran. Citamos de la Wikipedia:

En filosofía de la ciencia, la falsabilidad o refutabilidad es la capacidad de una teoría o hipótesis de ser sometida a potenciales pruebas que la contradigan. Es uno de los dos pilares del método científico, siendo la reproducibilidad el otro.

Según el falsacionismo, toda proposición científica válida debe ser susceptible de ser falsada o refutada. Se puede usar este criterio para distinguir lo que es ciencia, de cualquier otro conocimiento que no lo sea. Este es el denominado criterio de demarcación de Karl Popper. Una de sus principales implicaciones es que la corroboración experimental de una teoría científicamente «probada» —aun la más fundamental de ellas— se mantiene siempre abierta a escrutinio.

De todos modos, como explica McIntyre, es difícil delimitar las fronteras de la ciencia. Sobre todo, le preocupa distinguir la ciencia de cosas como la pseudociencia, la conspiranoia, el negacionismo, el creacionismo, etc. Y tras darle unas cuantas vueltas al tema, desiste de hacerlo.

En cambio, como buen filósofo, busca una condición necesaria para que algo pueda ser llamado ciencia. Esa condición necesaria puede que no sea suficiente, pero ¿qué mas da? Lo que importa, perdón si me repito, es que su presencia sea necesaria para la ciencia, y su ausencia sea condición suficiente para que algo no pueda llamarse ciencia. Y esa condición necesaria no es el método, sino la actitud científica. O sea, qué hacen los científicos a la hora de enfrentar las hipótesis y teorías a la evidencia, a lo que ocurre en el mundo real.

Más que buscar la verdad absoluta, la ciencia pretende saber cómo funcionan las cosas. Para ello, cualquier teoría debe ser confrontada con los datos empíricos, y sin piedad. Si una teoría no se ajusta a ellos, debe ser modificada o arrumbada. Por supuesto, hay que ser prudentes si aparece algo que contradice una teoría sólida. Apresurarse a desecharla resultaría frívolo, como mínimo. Pero si se realizan más investigaciones y siguen apareciendo datos contradictorios, esa teoría, por muy aceptada que sea, tiene un problema…

Incluso si los datos validan una teoría, no podemos estar seguros de que sea cierta. Toda teoría científica es tentativa. No tiene por qué ser verdadera, y los científicos somos conscientes de ello. Mañana puede aparecer cualquier dato nuevo que la tumbe. Lo que importa es que funcione, que se ajuste a la evidencia, que intente explicarla, que busque desentrañar cómo funcionan las cosas… En suma, que sea fructífera.

McIntyre pone a la evolución por selección natural de Darwin como ejemplo de buena teoría científica. Lleva más de siglo y medio recibiendo palos por todos lados y ahí está, aguantando y fresca como una lechuga, permitiéndonos comprender cómo funciona la vida, diseñar experimentos falsables, realizar alguna que otra predicción comprobable… Pocas teorías pueden presumir de ser tan fructíferas.

La cantinela de que la evolución es sólo una teoría también puede aplicarse a la gravitación universal, o a que la Tierra es redonda, o a que los gérmenes provocan enfermedades… En realidad, en ciencia todo es sólo una teoría. La certeza absoluta es una meta imposible. ¿Entonces…? Sencillamente, la ciencia es una herramienta (muy poderosa, eso sí) para entender el universo que nos rodea. Para que una teoría científica esté fundamentada y sea útil, nos basta con que se ajuste a la evidencia. Por supuesto, esta puede cambiar con el paso del tiempo, conforme se vayan descubriendo cosas nuevas. Así, cada vez disponemos de más datos que pueden tumbar teorías establecidas o rescatar otras del olvido.

El conocimiento humano siempre será incompleto, pero eso no debe ser un freno para dejar de seguir elaborando teorías útiles. Hay que asumir la incertidumbre. No pasa nada. Calma… 🙂

McIntyre afirma que la actitud científica se basa en dos cosas. Por un lado, debemos preocuparnos por la evidencia, esté a favor o en contra de nuestras suposiciones o creencias más queridas. Aunque las socave, aunque nos siente como una patada en los mismísimos, debemos considerarla. En cambio, recolectar únicamente los hechos que reafirmen nuestras creencias y despreciar el resto no es una actitud científica. Por otro, debemos estar dispuestos a cambiar nuestras teorías si la evidencia así lo requiere. Aunque duela. Aunque nos machaque el orgullo. Eso marca la diferencia: la ciencia busca falsaciones; la pseudociencia, confirmaciones.

McIntyre no se preocupa demasiado del criterio de demarcación para definir con exactitud lo que es ciencia. En cambio, busca definir lo que no es ciencia; o sea, todo lo que carezca de actitud científica. Por supuesto, debe quedar muy claro que hay ramas del conocimiento humano que no son ciencia, ni falta que les hace. Las Matemáticas o la Lógica no son ciencias, estrictamente hablando, pues pueden funcionar sin preocuparse de la evidencia. Y nuestro mundo no podría funcionar sin Matemáticas; son esenciales. O ¿qué decir de la Filosofía, basada en la razón? O la Ética, la Religión, el Arte… No funcionan como la ciencia, pero son tan respetables como ella.

El problema radica en todo aquello que quiere hacerse pasar por ciencia, pero carece de la metodología o la actitud imprescindibles. No es lo mismo ser acientífico (como la Literatura) que pseudocientífico (como la Astrología). Un poeta, por ejemplo, no necesita tratar la evidencia al estilo científico para conmovernos con sus versos. Un pseudocientífico, en cambio, puede usar las evidencias, pero sin el rigor necesario.

La ciencia da lo mejor de sí a la hora de tratar los errores, chapuzas y fraudes. Creo que las dos cosas que mejor definen a la ciencia son la humildad y la democracia. Humildad para reconocer que nunca podremos saberlo todo, y que nos equivocamos, y que por eso necesitamos un método para interrogar a la naturaleza. Y democracia, porque la ciencia es una actividad tanto individual como colectiva.

Cuando formulas una teoría científica, debes soltarla en el foro público para que todos tus colegas puedan valorarla. Si sobrevive a las críticas será aceptada por la comunidad científica, hasta que nuevas evidencias puedan obligar a revisarla. Es lo que hay; si no te gustan estas reglas de juego, careces de actitud científica.

El foro público es esencial. ¿Por qué? Pues porque un análisis o crítica en grupo funciona mejor que individual. Los fallos pueden ser detectados si en ese foro hay mucha gente comentando e interactuando. Puede que alguien vea algo raro en la teoría, lo haga notar y eso genere una discusión útil, surjan nuevos experimentos, otras ideas… Al final, la teoría se verá reforzada, modificada o liquidada.

Por supuesto, para que la ciencia funcione, el foro público tiene que ser democrático, no aristocrático. Si hay popes o jefazos, los demás pueden tener miedo a contrariarlos o sentirse tentados a hacerles la pelota y claro, no habrá libre flujo de opiniones. El principio de autoridad es nefasto para la ciencia. En cambio, debe premiarse el pensamiento crítico así como la interactividad, e incluso fomentar que haya gente que haga de abogada del diablo.

En suma, bien sea que los científicos trabajen solos o en equipo, al final lo importante es que sus teorías deberán ser juzgadas y aceptadas por la comunidad científica. En eso se diferencia la ciencia de otras ramas del conocimiento humano: en la mentalidad crítica corporativa, la tradición de la crítica en grupo. La ciencia es un proceso público (nada de oscurantismos) y abierto.

Sin la revisión por pares no habría ciencia… (fuente: SCIENCE AND INK)

Otros hábitos científicos típicos se han comentado en el blog; la revisión por pares, por ejemplo. Para publicar en una revista científica mínimamente decente, el artículo ha de pasar al menos por dos revisores de colmillo retorcido. Por cierto, suelen trabajar gratis; simplemente, porque es nuestro deber como científicos. Al menos, a mí nunca me han pagado por revisar artículos. 🙂

El propósito es evitar errores y fraudes, sesgos inconscientes, correlaciones espurias, las prisas por publicar sin haber tomado todas las precauciones… La ciencia no es perfecta. Los científicos somos humanos. Fallamos, queremos que se confirmen nuestras teorías… Pero en ciencia, la humildad es imprescindible. De hecho, avanza porque aprende de los fallos. Pocas cosas hay más fructíferas que un buen error.

Para considerarte científico, debes estar dispuesto a cambiar tus teorías si aparece nueva evidencia. Asimismo, has de tener el pellejo curtido, y no echarte a llorar cuando tus teorías reciban palos hasta en el cielo de la boca. Por muy duras que sean, las críticas son necesarias. Y, por cierto, en ciencia también hay guardianes de los guardianes, críticos de los críticos. Eso habla mucho en su favor.

Podría decirse que, como institución, la ciencia es más objetiva que los propios científicos. Todos estos métodos de supervisión tratan de prever el sesgo individual. En suma, hablamos de humildad. Somos conscientes de que metemos la pata, queriendo o sin querer, y hay que buscar formas de evitarlo. Para McIntyre, lo que distingue a la ciencia es un ethos compartido por la comunidad. De hecho, la ciencia está tan cargada de valores como la no ciencia. Todo consiste en el tipo de valores de los que hablamos.

McIntyre también considera el complejo tema del fraude científico, y lo mal visto que está en ciencia. No es lo mismo que un error. De los errores se aprende. En cambio, el fraude es una traición a la actitud científica, y la ciencia no perdona a los traidores. Claro, a veces es difícil separar el fraude deliberado de la chapuza o el autoengaño. Mayormente, los fraudes no son deliberados (aunque los hay, y bien gordos, como vimos en la entrada sobre los antivacunas). Más bien buscan confirmar alguna hipótesis, o se deben a la arrogancia, a creerse en posesión de la verdad, y por eso se toman atajos. Eso es malo. De los errores honestos se aprende, pero de la arrogancia no. La ciencia tiene que ser humilde para no traicionarse.

En la segunda y última parte de esta entrada hablaremos de lo que quiere hacerse pasar por ciencia, pero no lo es.

De patógenos, virus, pandemias y disparates (III)

Antes de considerar posibles métodos de lucha contra los virus, convendría aclarar unos conceptos básicos; ante todo, el de zoonosis. He aquí la definición del Diccionario de la RAE: «Enfermedad o infección que se da en los animales y que es transmisible a las personas en condiciones naturales».

A mucha gente le sonará raro que las enfermedades salten de otros animales a nosotros y viceversa, pero es un fenómeno frecuente. De hecho, ha condicionado la Historia de la Humanidad. Al respecto, aconsejamos leer el clásico de Jared Diamond Armas, gérmenes y acero. Un ejemplo: ¿por qué los europeos arrasaron a los nativos americanos después de 1492? Entre otras cosas que ya explicamos en esta entrada, la mayor disponibilidad de animales domésticos propició las zoonosis epidémicas, y los supervivientes adquirieron una mayor resistencia a diversas enfermedades.

Las zoonosis pueden estar causadas por priones, virus, bacterias, hongos, protozoos o gusanos. Todos ellos tienen la capacidad (o la suerte) de saltar entre especies. No siempre estamos nosotros en el bando receptor; también podemos contagiar a otros animales. Para saber más de las zoonosis, hay un libro altamente recomendable:

Muchos parásitos son bastante específicos, incapaces de penetrar las defensas de seres distintos a sus anfitriones, pero de vez en cuando la barrera interespecífica se supera. Si eso ocurre, dependiendo del factor suerte, se pueden originar pandemias devastadoras. En las últimas cuatro décadas, las zoonosis han acabado con más de 30 millones de personas. Como muchas de ellas ocurren en países lejanos no les prestamos atención. Hasta que llegó un coronavirus a la puerta de nuestras casas, claro.

En torno al 60% de las enfermedades infecciosas que nos afligen son zoonosis. Gripe, ébola, sida… ¿Por qué es tan difícil erradicarlas, como se hizo con la viruela? Pues porque la viruela no es una zoonosis. Es una enfermedad restringida al ser humano, y a base de prevención y vacunas se pudo acabar con ella. En cambio, la gripe, o las epidemias causadas por coronavirus, son harina de otro costal. Los virus siempre podrán refugiarse en otros animales, acechar desde ahí, aguardar el momento para retornar de su exilio.

Diversas especies de murciélagos funcionan como reservorios de virus (fuente: pixabay.com)

Estas otras especies que albergan de forma natural al virus reciben el nombre de reservorios. Siempre existe el riesgo de que el virus vuelva a saltar desde un hospedante reservorio hasta nosotros, y empezar a propagarse. La posibilidad de generar una epidemia dependerá, por un lado, de la suerte; por otro, de las medidas que tomemos para contener la enfermedad.

El problema al que nos enfrentamos ahora mismo es que cada vez será más probable que las zoonosis nos afecten y se conviertan en epidemias e incluso pandemias. Esto es debido a varios factores.

En primer lugar, cada vez somos más. Vamos camino de los 8000 millones de personas en el mundo, y cada vez viajamos más y más lejos. Por tanto, las posibilidades de transmisión de un patógeno son mucho mayores que en el pasado. Y si entonces, con menor densidad de población, la peste negra o la gripe española arrasaron, pues imagínense ahora…

Hablando de la gripe española (la cual, por cierto, no se originó en España), he aquí un libro recomendable:

Por otro lado, el hecho de que nuestra población aumente provoca que tengamos que esquilmar más recursos de la naturaleza. Por tanto, invadimos ecosistemas que hasta ahora habían estado a salvo de nuestra presencia. Destruimos o fragmentamos selvas tropicales que, aparte del daño ambiental manifiesto, conlleva otro riesgo: entramos en contacto con bichos que estaban ahí tan tranquilos, alejados de nosotros… y pueden ser reservorios de virus.

Los pobres pangolines también pueden ser reservorios de virus (fuente: pixabay.com)

Asimismo, los ecosistemas son cada vez más frágiles, más pequeños, más fragmentados. Su capacidad de amortiguar las zoonosis disminuye. Nos estamos disparando en el pie, si seguimos con esta manía de buscar sólo el beneficio a corto plazo. Destruir el medio ambiente es suicida.

También hay costumbres sociales peligrosas. En ciertos países, se considera un símbolo de prestigio, de sofisticación, de estatus, comer carne de animales exóticos; cuanto más raros, mejor. Eso incrementa la posibilidad de zamparse una chuleta de reservorio vírico…

¿Estamos exagerando? No. Por ejemplo, gracias a la secuenciación de un sinfín de muestras de virus del sida, hoy hemos deducido su genealogía, o sea, el parentesco entre las distintas cepas. Por lo visto, se trata de una zoonosis que saltó de chimpancés a humanos. Lo más probable es que ocurriera en torno a 1908, en el sureste de Camerún, y todo porque a alguien se le ocurrió hacer filetes de un chimpancé infectado por el virus, y se contaminó. Más detalles, en el libro Contagio, de D. Quammen, que citamos antes.

Las enfermedades en humanos causadas por coronavirus también son zoonosis. La comparación entre los genomas de los virus que nos atacan y los de otras especies no deja lugar a dudas, y acaba con muchas teorías conspiranoicas. Los reservorios pueden ser murciélagos, pangolines, otros mamíferos… A saber. Lo que importa es que los coronavirus están ahí. Al tratarse de virus con ARN, su capacidad de mutar es enorme. Por tanto, es muy probable que, si nos zampamos un hospedante reservorio, alguno de esos virus pueda ser capaz de entrar a saco en nuestras células. El resto… Bien, ya hemos visto lo que sucede.

Vaya, nos hemos extendido en esta entrada más de lo que pretendíamos. Quedémonos con lo esencial: las zoonosis existen, son peligrosas, y debido a que cada vez somos más y nos estamos cargando las selvas tropicales, y a que comemos cosas que no deberíamos, la probabilidad de que las zoonosis evolucionen a pandemias será cada vez mayor. Es el mundo que nos aguarda, y al que tendremos que adaptarnos, por la cuenta que nos trae.

Y en la próxima entrada, ahora sí, hablaremos de las medidas contra los virus, tanto de las que funcionan como de las disparatadas.

El xenomorfo es un aficionado.

Natura artis magistra (la naturaleza es la maestra de las artes): así titulábamos una antigua entrada. Si observamos el mundo que nos rodea, hallaremos por doquier ejemplos inspiradores que harán las delicias de cualquier aficionado a la ciencia ficción. Los seres vivos son capaces de sorprender a la imaginación más desbocada.

Distintas fases vitales de un xenomorfo típico (fuente:  toywiz.com)

Consideremos la película Alien. El ciclo vital del xenomorfo, el icónico monstruo diseñado por H. G. Giger, se basa en el de ciertas avispas, aunque estas no son los únicos insectos que exhiben un comportamiento tan… en fin, cruel, desde nuestra perspectiva humana. Poner los huevos en el interior de sus presas sin matarlas, para que las larvas las devoren poco a poco, y luego brotar de la carcasa vacía de su víctima… Espeluznante. Es difícil ver un documental sobre el comportamiento de estos bichos sin estremecerse. Se pone uno en el pellejo (mejor dicho, en el exoesqueleto) de la pobre presa y… agh. 🙂

Estos peculiares insectos son muy frecuentes, aunque muchos de ellos son tan pequeñitos que no los vemos aunque los tengamos delante. Los biólogos nos referimos a ellos como parasitoides. Hay varios tipos; en concreto, el xenomorfo sería un endoparasitoide, pues se alimenta en el interior de su hospedante.

Si usted lo desea puede comprar parasitoides, ya que algunos son magníficos agentes de biocontrol para las plagas que afectan a los cultivos. Valga un ejemplo:

Los insectos no son los únicos organismos que podrían dar lecciones al xenomorfo a la hora de liquidar a su anfitrión. Ciertos hongos también son de armas tomar. En una de las primeras entradas del blog ya comentamos el caso del hongo de las hormigas zombis, Ophiocordyceps unilateralis, que inspiró el magnífico videojuego The Last of Us.

No es necesario salir fuera de casa para hallar otro hongo que nos recuerda al xenomorfo por su comportamiento. Se trata de Entomophthora muscae, una especie muy común. Sus víctimas suelen aparecer en los marcos de las ventanas o en los cristales. Están rodeadas de un polvillo blanco, que corresponde a las esporas del hongo.

Entomophthora muscae es un auténtico asesino de moscas (Musca domestica), aunque puede atacar a otros dípteros. Así, es frecuente que liquide a las ubicuas moscas del vinagre (Drosophila melanogaster). Ya, no es lo mismo asistir a la agonía de la tripulación de la Nostromo que a la de unas vulgares moscas, pero el proceso es similar. Veámoslo.

Supongamos que una espora del hongo llega a la infortunada mosca. Germina, entra en su cuerpo y comienza a crecer alimentándose de la hemolinfa, el equivalente a la sangre en los insectos. La pobre mosca está condenada; apenas le queda una semana de vida. Las hifas del hongo crecen por su cuerpo, devorándole los órganos, hasta que finalmente entran en su cerebro y controlan su comportamiento.

La mosca, ya muy enferma, se posará y, en su agonía, se sentirá impelida a trepar hacia arriba. Allí morirá, pero antes se despatarrará y extenderá las alas, lo que favorecerá la dispersión de las esporas fúngicas. Para ello, el hongo atravesará las articulaciones entre placas del exoesqueleto y expulsará las esporas, que quedarán como una mancha blanquecina alrededor del cadáver. El lugar, normalmente una pared o una ventana, es ideal para infectar a otras moscas.

Lo dicho: el xenomorfo podrá darnos miedo, pero Entomophthora muscae, igual que el hongo de las hormigas zombis, son auténticos profesionales, que llevan millones de años liquidando a sus víctimas. Por fortuna, no nos atacan a nosotros. Aún.

Es un buen momento para jugar a The Last of Us… 🙂

Inteligencias más o menos alienígenas (y IX)

Para terminar con esta serie de entradas, divirtámonos especulando. ¿Podríamos hallar inteligencia en animales sin cerebro? ¿O en otros seres que no sean animales? Los autores de ciencia ficción ya han escrito sobre eso, y nosotros no vamos a ser menos. Eso sí, nos apoyaremos en la Biología. Pero vayamos por partes. Mejor dicho, por niveles, y hablemos de la organización biológica.

La vida está organizada jerárquicamente, en niveles de organización que van de lo simple a lo complejo. Los elementos de un nivel son los ladrillos del nivel superior. Así, todos estamos compuestos de átomos. Estos, a su vez, forman moléculas, estas orgánulos, luego células, tejidos, órganos, sistemas, organismos, poblaciones, biocenosis, ecosistemas, hasta llegar a la biosfera, que es el conjunto de todos los ecosistemas en nuestro planeta.

Para entender un nivel es necesario fijarse en los niveles inferiores. Por ejemplo, nuestro organismo se compone de diversos órganos que funcionan coordinadamente para mantenernos vivos. A su vez, esos órganos son agrupaciones de células, cada una con vida propia, que trabajan conjuntamente, etc. Podríamos pensar en cualquier ser vivo como una máquina compuesta por piezas que a su vez están hechas por piezas cada vez más pequeñitas. Algo así postulaban los mecanicistas cartesianos, que veían a los seres vivos como autómatas complejos, pero autómatas al fin y al cabo.

Digesting Duck Fuente:  es.wikipedia.org

Sin embargo, en los seres vivos el todo es más que la mera suma de las partes. Por ejemplo, sabemos cómo funcionan las neuronas que componen el cerebro: ondas de despolarización, neurotransmisores… Pero para explicar la mente humana y comprender nuestro comportamiento necesitamos algo más que describir la apretura y cierre de canales de sodio y potasio en las membranas neuronales.

Cuando subimos de nivel en la jerarquía de la vida, aparecen propiedades que no se deducen de las de los niveles inferiores. La inteligencia no aparece en las neuronas individuales. Estas interactúan entre ellas y con el medio y voilà, surge el raciocinio en un nivel superior.

Fuente:  pixabay.com

O pensemos en un hormiguero o un termitero. Los hormigueros figuran entre las entidades más eficaces que podemos encontrar en la naturaleza. En cambio, las hormigas individuales no parecen gran cosa. Sus cerebros son pequeños, se guían por estímulos químicos, sus comportamientos son estereotipados… Pero cuando miramos el hormiguero, es mucho más que una simple suma de hormigas. Un hormiguero se comporta como una entidad capaz de someter a animales de gran tamaño, de soportar catástrofes ambientales, de expandirse, de multiplicarse… Algo que una hormiga aislada sería incapaz de hacer.

No hay nada de sobrenatural en las propiedades emergentes. A partir de las interacciones entre los componentes de los niveles inferiores se genera orden en los niveles superiores. Tiene que ver con la autoorganización, y se da bastante en la naturaleza. Realmente, la vida consiste en una jerarquía de niveles emergentes.

En fin, no profundizaremos en lo de las propiedades emergentes y demás. Es un tema propicio a especulación y controversia. Aquí nos quedaremos con esta idea sobre la que especular: si la inteligencia, la mente, es el resultado de propiedades emergentes, ¿no podría aparecer en otras circunstancias, cuando los sistemas alcanzan cierto grado de complejidad?

Aunque las hormigas de por sí no sean inteligentes, ¿podría serlo un hormiguero? ¿O un termitero? El tema no es nuevo. Puede que al lector le suene este libro: Gödel, Escher, Bach: un Eterno y Grácil Bucle, de Douglas R. Hofstadter. Es una obra ciertamente peculiar, que hace pensar sobre el origen de la autoconsciencia. En uno de sus capítulos (el 10º, concretamente), asistimos a una encantadora, delirante y profunda charla entre varios protagonistas (Aquiles, la Tortuga, el Cangrejo y el dr. Oso Hormiguero) sobre la inteligencia de los hormigueros y cómo se relacionan los distintos niveles que conforman los seres vivos. Recomendamos su lectura, aunque se corre el riesgo de quedarse aún más perplejo que antes. 🙂

Por supuesto, los escritores de ciencia ficción han jugado con la aparición de la consciencia como propiedad emergente. Veamos algunos ejemplos. Por tanto, ojo con los spoilers… 🙂

Bacterias vistas al microscopio (1250 x).

El gran Isaac Asimov, en su novela Némesis (1989), nos presenta un planeta que orbita en torno a una enana roja. En apariencia, la vida que alberga es primitiva, compuesta únicamente por bacterias. No obstante, el conjunto de todas ellas da lugar a una especie de superorganismo inteligente, telépata incluso. Es uno de los mejores ejemplos de propiedades emergentes: complejidad y autoorganización a partir de criaturas tan simples como las bacterias.

Nosotros mismos, modestamente, abordamos el tema en nuestra novela corta El hongo que sabía demasiado (en la antología Vidas extrañas).

Aquí nos basamos en un hongo que existe en nuestro planeta, Armillaria ostoyae. El micelio de uno de estos hongos que vive en el suelo de un bosque de Oregón ocupa unos 9 km2, y probablemente supera los 2400 años de edad. Los finos filamentos que forman su cuerpo, las hifas, van de unos árboles a otros, conectándolos. Podríamos concebir al bosque como un superorganismo hecho a base de árboles y hongos interconectados. Si dejamos volar la imaginación, y pensamos en un bosque del tamaño de un continente, pues… ¿Podría comportarse como una entidad? ¿Sería lo bastante complejo como para adquirir autoconsciencia? 🙂

Pero para idea grandiosa, la del famoso astrónomo Fred Hoyle en su novela La nube negra (1957). En este caso, el superorganismo es una inmensa nube de polvo capaz de navegar entre las estrellas. Su inteligencia es mucho mayor que la nuestra, pero eso no impide que podamos llegar a comunicarnos con ella y… Bueno, no destriparemos el argumento. Animamos al aficionado a la ciencia ficción a que la lea. 🙂

En fin, podríamos seguir buscando más ejemplos literarios, o entrar en el fascinante mundo de la inteligencia artificial (¿podría surgir la inteligencia como propiedad emergente en una máquina?), pero lo dejaremos aquí para no cansarte, amigo lector. Nos basta con sugerir que lo que llamamos inteligencia podría brotar en lugares inesperados, y que puede que no la reconozcamos aunque la tengamos delante de las narices. 😉

Inteligencias más o menos alienígenas (VIII)

Hasta ahora hemos buscado inteligencia en vertebrados como nosotros, con un cerebro encerrado dentro de un cráneo… Variaciones sobre el mismo tema, en el fondo.

Ya en 1555, el naturalista Pierre Belon  ilustró lo similares que eran los esqueletos de humanos y pájaros, ambos vertebrados (fuente: en.wikipedia.org)

No obstante, en el Árbol de la Vida hay muchas otras ramas, ocupadas por seres muy diferentes a nosotros. Algunos de ellos son tan alienígenos que superan lo imaginado por los escritores de ciencia ficción. ¿Puede surgir la inteligencia en animales cuyo cuerpo (y su cerebro) sea completamente diferente?

A los seres humanos nos encantan las dicotomías: clasificar las cosas dividiéndolas de dos en dos. Blanco y negro, sin matices. La dicotomía más básica es la que distingue entre «nosotros» y «ellos». Por lo general, «nosotros» es un grupo bien descrito, con características bien definidas. Y todo lo que no quepa ahí va a parar al cajón de sastre de «ellos». Un cajón de sastre que suele ser mucho más amplio y heterogéneo que el reducido «nosotros».

Incluso hoy, en el siglo XXI, en los libros de texto se sigue dividiendo a los animales en vertebrados (como nosotros) e invertebrados.

He aquí un libro excelente para empezar a comprender a otras criaturas con mentes complejas pero muy distintas a la nuestra.

¿Qué son los invertebrados? Pues todos aquellos animales no vertebrados. 🙂 El problema es que ahí se incluyen seres tan diferentes como una esponja, un calamar, una medusa, una mariposa, una estrella de mar… Criaturas cuyos cuerpos y órganos, entre ellos el cerebro (si es que lo tienen), no se parecen en nada.

Hace mucho tiempo que los biólogos no tenemos en cuenta esa dicotomía a la hora de clasificar los animales. De hecho, el reino animal se divide en filos (en latín phylum, plural phyla). Cada filo corresponde a una forma diferente de organización corporal. Los vertebrados ni siquiera llegan a la categoría de filo, sino que son una parte del filo de los cordados. Y dentro de los invertebrados hay más de 30 filos diferentes. Ahí es nada… Algunos son muy reducidos y agrupan a seres minúsculos o extraños, de los que casi nadie ha oído hablar: micrognatozoos, ciclióforos, entoproctos, placozoos… Otros nos resultan más familiares: artrópodos (insectos, arácnidos, crustáceos…), equinodermos (estrellas y erizos de mar), cnidarios (medusas, corales), poríferos (esponjas), etc.

Por lo que sabemos, la separación entre los principales filos es antiquísima. Seguramente se dio antes de la explosión cámbrica, hace 541 MA. Desde entonces, cada filo ha evolucionado a su manera. Ya hemos visto que en el filo de los cordados aparecimos especies sociales, con cerebro grande. ¿Y en los demás?

La verdad, muchos de esos filos incluyen a animales pequeños, incluso microscópicos. Algunos, como los artrópodos (pensemos en los insectos) han tenido un éxito evolutivo enorme, pero este se basa en el pequeño tamaño y la alta tasa de reproducción, entre otras cosas. Nada de cerebros grandes en los filos de invertebrados… Excepto en uno.

La sepia o jibia es uno de los  moluscos más notables.

El filo de los moluscos es uno de los más exitosos y diversos. En el se distinguen hasta 7 clases que han sobrevivido hasta la actualidad. Centrándonos en las más conocidas, tenemos a los bivalvos: almejas, mejillones, berberechos… Viven bien protegidos por sus conchas, y ni siquiera necesitan cerebro. En serio: son animales descerebrados, literalmente hablando. A pesar de eso, les va bastante bien: mares, ríos y lagos están llenos de ellos.

Babosa o limaco.

Los gasterópodos incluyen a caracoles, babosas y similares. Tampoco es que tengan un cerebro enorme. De hecho, como en muchos invertebrados, el sistema nervioso está bastante «descentralizado». En vez de un cerebro grande, poseen numerosos ganglios repartidos por el cuerpo.

Pulpo.

Pero los cefalópodos son harina de otro costal. Calamares, pulpos, sepias… Ellos sí que tienen cerebros de buen tamaño. Para no extendernos demasiado, nos fijaremos en los pulpos (aunque las sepias también son bastante espabiladas).

Un pulpo tiene 3 corazones, sangre azul y 9 cerebros: el principal y uno en cada tentáculo (fuente:  voynetch.com)

Si hay criaturas realmente alienígenas en nuestro planeta, son los pulpos (orden: octópodos). Poseen unn cerebro con casi tantas neuronas como el de un perro, pero organizado de forma bien distinta, repartido en buena medida entre los tentáculos…

Fuente:  http://www.100cia.site

Los pulpos exhiben un comportamiento complejo. Son muy adaptables, tienen capacidad de aprender, de imitar a otros animales, pueden incluso manipular objetos o usarlos como herramientas…

Algunos pulpos pueden valerse de conchas e incluso de cocos para esconderse de los depredadores y tender emboscadas a sus presas (fuente:  pixabay.com)

Su cuerpo flexible puede meterse casi por cualquier sitio. La piel experimenta asombrosos cambios de textura y color que permiten expresar sus estados de ánimo y comunicarse con otros congéneres. Incluso parece que los pulpos sueñan.

En cautividad, los pulpos son capaces de abrir botes con tapón de rosca, superar laberintos, reconocer a sus cuidadores, apagar las luces que les molestan mediante chorros de agua… Otra lectura recomendable sobre las habilidades de los pulpos es:

¿Cómo puede haber surgido un cerebro tan grande en un animal más bien solitario y poco social?

Los cefalópodos más primitivos se movían por los mares protegidos por una concha en la que encerraban su cuerpo blando, pero en la línea evolutiva que llevó a los pulpos, esta concha desapareció, en aras de la rapidez y la flexibilidad.

Numerosos animales, entre ellos los seres humanos, opinan que los pulpos son un apetitoso manjar (fuente:  okdiario.com)

Los pulpos son depredadores que cazan presas muy diversas, desde cangrejos hasta peces. Por otra parte, en el mar hay muchas criaturas que comen pulpos: un bocado exquisito de carne blanda, desprotegida. Por tanto, los pulpos tuvieron que desarrollar un comportamiento muy flexible, tanto para cazar como para evitar ser cazados. A diferencia de otros moluscos, aquí si que ayuda tener un cerebro grande y complejo.

Los pulpos son inteligentes, mucho. Pero uno se pregunta de qué les sirven ese cerebro, esa inteligencia, si mueren a los 3 años de edad o poco más. Se reproducen y adiós. La esperanza de vida varía en las diversas especies de pulpo, pero suele oscilar entre 6 meses y 5 años.

Suena trágico, pero la naturaleza es así. En el fondo, lo que importa es la capacidad de transmitir los genes a lo largo del tiempo. Los pulpos crecen muy rápido y se reproducen pronto. Las hembras ponen un montón de huevos que cuidan hasta que eclosionan y sus paralarvas se liberan al plancton. Luego, la hembra muere. Los machos también. Ya han cumplido.

En cuanto llega el momento de reproducirse, los pulpos están condenados a muerte. Los cambios hormonales que sufren conllevan un efecto secundario: las glándulas digestivas se inactivan. Ya no podrán alimentarse y morirán de inanición. El hecho de que hayan desarrollado un cerebro tan grande y que sean bastante inteligentes resulta irrelevante. A la naturaleza no le importa. Para ella, el bienestar de las criaturas individuales, sean pulpos, gallinas o seres humanos es indiferente.

Los pulpos contrastan con los seres humanos. En animales sociales, como nosotros, la experiencia de las abuelas cuenta mucho. Durante miles de siglos, su conocimiento ha sido la diferencia entre la vida y la muerte. La supervivencia de las abuelas hasta más allá de su periodo fértil incrementa la supervivencia del grupo. Se trata de una ventaja evolutiva, y así se ha seleccionado. Aparentemente, para los pulpos, criaturas más bien solitarias, la longevidad no aporta gran cosa a la supervivencia de la especie. Por tanto, no se ha seleccionado.

¿Podría hacerlo en el futuro? A saber. La evolución no prevé el futuro. Las mutaciones, los cambios, suceden al azar, y el medio selecciona. Es lo que hay.

¿Cómo evolucionarán los pulpos en el futuro? Cthulhu sabrá… 🙂 (fuente:  pixabay.com)

En la siguiente entrada terminaremos con esta serie de inteligencias más o menos alienígenas, palabra de honor. 🙂

Relaciones que no lo son (y II)

En la entrada anterior vimos la diferencia entre correlación y relación. Confundirlas conlleva caer en la falacia cum hoc ergo propter hoc. Citamos de la Wikipedia:

Cum hoc ergo propter hoc (en latín, ‘con esto, por tanto a causa de esto’) es una falacia que se comete al inferir que dos o más eventos están conectados causalmente porque se dan juntos. Esto es, la falacia consiste en inferir que existe una relación causal entre dos o más eventos por haberse observado una correlación estadística entre ellos. Esta falacia muchas veces se refuta mediante la frase «correlación no implica causalidad».

No podemos evitarlo, amigo lector; los seres humanos tendemos a pensar que si dos sucesos ocurren más o menos a la vez, uno de ellos causa el otro. Además, nos sentimos cómodos con la creencia de que todo ocurre con un propósito. Nos cuesta aceptar que las cosas suceden en muchas ocasiones por azar, que a la naturaleza le importan un comino nuestros prejuicios o que se cumplan nuestros anhelos.

En resumen, es difícil que se nos meta en la cabeza que dos sucesos pueden darse a la vez sin estar conectados. Cuando hay una correlación entre A y B, inmediatamente pensamos que existe una relación y que A es la causa de B. Pero puede que B sea la causa de A. O que haya un factor oculto (o más de uno) que conecte A y B. O que todo se deba al capricho del azar.

Por ejemplo, si calculáramos el coeficiente de correlación entre la calvicie masculina y la deforestación de la jungla en el sudeste asiático, probablemente obtendríamos un valor próximo a +1. En efecto, puede comprobarse que conforme nos vamos quedando calvos, la jungla va desapareciendo. ¿Quiere eso decir que la calvicie provoca la deforestación? ¿O es a la inversa? ¿Hay algún factor oculto que conecta ambos fenómenos? ¿O se debe a una simple casualidad? 🙂

Como siempre viene bien un poco de humor, recomendamos encarecidamente echar un vistazo al sitio web de Spurious Correlations (Correlaciones espurias), cuyo autor es Tyler Vigen. Asimismo, se puede adquirir el libro en papel o la versión Kindle.

La lectura de Correlaciones espurias es muy divertida, incluso hilarante. T. Vigen se dedicó a buscar correlaciones, a cuál más disparatada. Así, encontramos que hay una correlación positiva muy fuerte entre la cantidad de gente que se ahoga en una piscina y el nº de películas en las que aparece Nicholas Cage. O entre el consumo de queso y el nº de personas que mueren enredadas en las sábanas de su cama. O entre el nº de personas que mueren ahogadas al caerse de un barco de pesca y la tasa de matrimonios en Kentucky. O entre la tasa de divorcios en Maine y el consumo de margarina. O… 😀

Fuente: tylervigen.com/spurious-correlations

Divertido, sin duda, pero Correlaciones espurias debería hacernos meditar. T. Vigen nos advierte de que los seres humanos estamos biológicamente inclinados a reconocer patrones, pero que la correlación sólo significa que dos cosas varían juntas. No siempre las correlaciones tienen sentido. Peor aún: el autor señala el peligro del uso impropio de la Estadística.

No es demasiado complicado hallar correlaciones entre las cosas más extrañas. El método se llama «data dredging» (o «data fishing», que podría traducirse como pesca de datos). Se trata de comparar la serie de datos que nos interese con cientos (o miles) de otras series de datos. Comparamos y comparamos sin cesar, hasta tropezarnos con alguna correlación. Así, a lo bruto, en vez de diseñar experimentos cuidadosos que estudien esas comparaciones una a una (que es como debe hacerse).

Hoy, los ordenadores nos permiten manejar ingentes cantidades de datos, mediante algoritmos sencillos. Esto nos facilita hallar muchas correlaciones entre series de datos sin relación alguna (sobre todo, si el nº de datos que se comparan no es muy grande).

T. Vigen usó el «data dredging» para hallar correlaciones graciosas. Sin embargo, a pesar del humor, el libro tiene un lado muy serio. Las gráficas pueden mentir. Las correlaciones no tienen por qué indicar una conexión causal subyacente. Ay, el «data dredging» permite hallar muchas relaciones espurias… Las correlaciones pueden llevarnos por el mal camino si las empleamos incorrectamente. Incluso las gráficas pueden ser engañosas. La forma de representarlas no es tan inocente como parece.

Un ejemplo es el libro The Bell Curve (1994), de Richard J. Herrnstein y Charles Murray. Mucho debate ha habido sobre él, pues aborda un tema espinoso: relaciona el cociente intelectual (CI) con la raza. Y había una correlación: los negros americanos tenían un CI inferior al de los blancos.

Las críticas a The Bell Curve no se centran en su racismo más o menos explícito, sino en el uso tremendamente chapucero que hace de la Estadística para llegar a tales conclusiones. Dejando aparte si tiene sentido reducir algo tan complejo como la inteligencia humana a un único número (CI), y si nuestra especie puede dividirse en razas según el color de la piel (¿por qué no definimos las razas basándonos en la intolerancia a la lactosa, por ejemplo?), los autores caen en la falacia que hemos comentado antes: confunden correlación con causación. ¿Hay una correlación entre la raza y el CI? Pues ambos factores tienen que estar ligados, ¿no? Y de ahí a proponer que la inteligencia, igual que el color de la piel, están condicionados por los genes hay un paso muy pequeño.

Hay otras explicaciones a esa correlación. Por ejemplo, que a lo largo de los siglos, a ciertos grupos (negros, pobres, mujeres…) se les haya negado o dificultado el acceso a una educación de calidad. Algo que se puede arreglar, por cierto, con políticas de igualdad, que ofrezcan a todo el mundo las mismas oportunidades. Pero claro, si las diferencias de inteligencia tuvieran una base biológica, no merecería la pena gastar el dinero público en esas políticas, ¿verdad?

Como el lector habrá deducido, libros al estilo de The Bell Curve son del agrado de los sectores más reaccionarios, aquellos que quieren dejar las cosas tal como están, pues el statu quo es algo que les parece natural. Algún día hablaremos del darwinismo social, que repugnaba al propio Darwin. El uso de la Estadística puede no tener nada de inocente. Por eso es bueno adquirir unos conocimientos matemáticos básicos: hace más difícil que nos vendan milongas.

Actualmente, con el auge de las pseudociencias y el pensamiento mágico, cada dos por tres leemos en la prensa que los científicos han «descubierto» una relación entre algún aparato o alimento y ciertas enfermedades. Tratemos todas esas noticias con espíritu crítico.

Pensemos en un ejemplo hipotético: se ha hallado una correlación entre el uso de hornos microondas y el Alzheimer (me lo estoy inventando, insisto). En efecto, tras recopilar un montón de datos, se llega a la conclusión de que los países con más microondas per cápita tienen una mayor incidencia de Alzheimer. Ergo, hay una relación, nos aseguran, al tiempo que despotrican contra la vida moderna, las ondas electromagnéticas y mil cosas más.

Pues probablemente no. Comprar un microondas cuesta dinero. Por tanto, en los países más ricos es más fácil hacerse con un microondas. Y, por regla general, los países más ricos tienen también mejores servicios, son más seguros y disfrutan de un mejor sistema sanitario. Por tanto, la gente vive más tiempo. Y cuando la esperanza de vida es mayor,  es más probable morir de enfermedades asociadas a la edad, como el Alzheimer o el cáncer, que de otras más típicas de países pobres (enfermedades infecciosas, inanición, muertes violentas, etc.).

En fin, sabemos que fomentar el espíritu crítico no está de moda, pero no cejaremos en el empeño. 🙂

Feliz Año Nuevo, amigo lector.

NOTA: Salvo que se indique lo contrario, las imágenes han sido tomadas de pixabay.com, libres de derechos de autor.

 

Relaciones que no lo son (I)

Cada dos por tres nos encontramos en los medios de comunicación con noticias en las que se afirma que los científicos han hallado una relación entre el consumo de ciertos alimentos y diversas enfermedades, entre las líneas de alta tensión y el cáncer, entre el manejo de teléfonos móviles y problemas de salud, etc. Se trata, en muchos casos, de noticias sensacionalistas que buscan un titular impactante. Más aún: muchas de estas supuestas relaciones no son tales. Debemos aguzar nuestro sentido crítico. Por lo general, cuando los científicos leemos algo al estilo de «La Ciencia dice que…», nos echamos a temblar. 🙂

Lo que ocurre es que muchos estudios se limitan a detectar correlaciones, no relaciones. Y no es lo mismo; no, señor. O dicho más finamente, correlación no implica causalidad. Intentaremos explicarlo, porque las correlaciones las carga el diablo. 🙂

Empecemos por lo básico, citando, cómo no, de la Wikipedia:

En probabilidad y estadística, la correlación indica la fuerza y la dirección de una relación lineal y proporcionalidad entre dos variables estadísticas. Se considera que dos variables cuantitativas están correlacionadas cuando los valores de una de ellas varían sistemáticamente con respecto a los valores homónimos de la otra: si tenemos dos variables (A y B) existe correlación entre ellas si al disminuir los valores de A lo hacen también los de B y viceversa. La correlación entre dos variables no implica, por sí misma, ninguna relación de causalidad.

Aclarémoslo con un ejemplo hipotético. Se nos antoja averiguar si existe una correlación entre, pongamos por caso, el consumo de mermelada de pera y la distancia a la que somos capaces de escupir un hueso de aceituna (se han estudiado correlaciones más raras, palabra de honor). 🙂 Nos ponemos manos a la obra, convencemos a unos cuantos voluntarios para que participen y diseñamos unos experimentos en los que les damos determinadas cantidades (en gramos) de mermelada y luego medimos la distancia (en centímetros) a la que arrojan los huesos. Los resultados obtenidos podrían mostrarse en una gráfica:

Hay diversas formas de calcular la correlación entre variables. Una de ellas es el coeficiente de correlación de Pearson. Sin entrar en detalles, este coeficiente puede variar entre +1 y -1. Podría darse el caso de la Fig. 1: las dos variables se comportan de forma similar. Es decir, a mayor consumo de mermelada, más lejos se escupen las aceitunas, o viceversa. En este caso tendríamos un índice de correlación de +1: una correlación positiva perfecta.

En la Fig. 2 vemos lo que ocurriría si se diera el caso contrario: al aumentar el consumo de mermelada de pera, disminuye el vuelo de los huesos de aceituna. Hay una correlación negativa perfecta, con un índice de -1.

En la Fig. 3 nos encontramos con que cada una de las variables va a su aire. Al incrementar el consumo de mermelada, la distancia recorrida por los huesos puede aumentar o disminuir. No percibimos ningún patrón de comportamiento. El índice de correlación es 0. Eso indica que no existe una relación lineal entre ambas variables.

Por supuesto, podrían darse todos los casos intermedios, obteniéndose correlaciones positivas o negativas más o menos fuertes. En fin, el concepto de correlación es sencillo de comprender, ¿no?

Supongamos que el resultado obtenido en nuestro experimento es el que aparece en la Fig. 1: un índice de correlación de +1, o un valor muy próximo a este. Habríamos descubierto que existe una correlación entre ambas variables, sin duda. Y el periodista de turno publicaría en grandes titulares: «Los científicos descubren que hay una relación entre el consumo de mermelada de pera y la habilidad para escupir huesos de aceituna», o algo por el estilo.

¿Seguro? Recordemos la última frase de la definición de la Wikipedia, que resaltamos en rojo:

La correlación entre dos variables no implica, por sí misma, ninguna relación de causalidad.

De acuerdo, el índice de correlación nos indica que esta existe, pero nada más que eso. No nos dice el tipo de relación que hay entre ambas variables. En nuestro ejemplo hipotético, tal vez el consumo de mermelada permita escupir huesos de aceituna más lejos. O quizá sólo nos sugiere que a la gente aficionada a escupir huesos le gusta más la mermelada. O podría tratarse de una relación espuria, fruto de la casualidad, y que ambas cosas no tuvieran nada que ver la una con la otra.

Quédate con esta idea, amigo lector: el índice de correlación sólo nos dice si dos variables varían del mismo modo o no, pero no nos informa acerca de la relación entre ambas variables, ni si una influye en la otra o se trata de una casualidad… Para averiguar si cicha relación existe, necesitamos más estudios, tener en cuenta más factores, etc.

En la próxima entrada veremos algunos ejemplos hilarantes de correlaciones, en las que el azar nos juega malas pasadas. Pero la confusión entre correlación y relación también tiene un lado oscuro, y puede servir para justificar tremendas injusticias sociales o para estafar al prójimo.