Monstruos imposibles (III)

Para terminar con los gigantes que caminan sobre dos patas, dediquemos unas palabras a los realmente grandes. O sea, Godzilla. 🙂

Gojira 1954 Japanese posterFuente: es.wikipedia.org

En la Wikipedia leemos que las distintas versiones del entrañable monstruo japonés alcanzan de 50 a 108,2 m de altura, y pesan de 20.000 a 90.000 toneladas. Si tenemos en cuenta que el Titanic desplazaba 52.310 toneladas, imaginemos el peso de un transatlántico sostenido por dos patas…

Si el gigantismo impone limitaciones a los animales caminantes, peor lo tienen los voladores. Mientras que el peso sube en función del cubo, la superficie alar sólo lo hace al cuadrado. Por tanto, conforme se aumenta de tamaño crecen desmesuradamente los problemas de sustentación. Veámoslo con un ejemplo aeronáutico.

Consideremos un avión de dimensiones modestas, como el Bombardier CRJ200. Transporta 50 pasajeros. Mide 27,77 m de largo, su superficie alar es de 48,35 m2 y su peso máximo al despegar de 24.091 kg. Comparémoslo con un gigante: el Antonov An-225.

El An-225 (84 m) triplica la longitud del CRJ200. Su volumen se ajusta a lo que cabría esperar según la ley cuadrático-cúbica; el peso máximo al despegar es de 640.000 kg, nada menos. Pero el An-225 no es una mera copia aumentada de un avión más pequeño. En tal caso, no podría volar. Observemos la imagen siguiente, en la cual hemos reducido los dibujos de ambos aviones aproximadamente al mismo tamaño.

CRJ_AnFuente: Google imágenes.

Para sostener un peso casi 27 veces mayor, las alas tienen que aumentar su superficie desproporcionadamente. Compárenlas en el dibujo. Si el An-225 mantuviera las proporciones del CRJ200, su superficie alar sería de unos 435 m2. Sin embargo, en realidad es mucho mayor: 905 m2. E incluso eso es insuficiente para mantener al An-225 en el aire. Fue necesario ponerle más motores, y mucho más potentes.

Los seres vivos no tienen la posibilidad de añadir motores turbofán adicionales. El empuje que pueden generar los músculos es limitado. Un ave grande tiene que aumentar desproporcionadamente la superficie de sus alas, pero sólo hasta cierto punto. Le queda el recurso de intentar bajar peso sin perder resistencia; por ejemplo, con huesos huecos. Sin embargo, el tamaño no puede crecer indefinidamente. El ave voladora mayor de la que se tiene noticia fue Pelagornis sandersi, que vivió hace unos 25 millones de años. Tenía el aspecto de un albatros gigante. Su envergadura alar alcanzaba los 7,4 m, y su peso no excedía los 40 kg gracias a que, entre otras cosas, sus huesos eran huecos y había reducido la musculatura hasta el mínimo imprescindible.

 Quetzscale1Fuente: es.wikipedia.org

Los pterosaurios, con otro esquema corporal, alcanzaron dimensiones mayores, aunque no demasiado. Quetzalcoatlus northropi tenía una envergadura alar de 11 m, con un peso estimado de hasta 250 kg. Hay científicos que piensan que era incapaz de volar con esa masa. Estaba en el límite de lo que la naturaleza permite a un animal volador más pesado que el aire.

MothraMothra y Godzilla (fuente: popcultureaddict.com)

Por eso son imposibles las criaturas voladoras como Mothra, otro simpático monstruo japonés colega de Godzilla. En sus distintas versiones, según la Wikipedia, pesa de 15.000 a 25.000 toneladas. Para comparar, el mayor buque de la Armada Española, el Juan Carlos I, desplaza 26.000 toneladas. Pero Mothra tiene las proporciones de una polilla. Por más que la envergadura alar sea de 75 a 250 m, son insuficientes para sustentar tanto peso. Y no digamos si pretendía posarse en el suelo, con esas patitas que parecen alambres… 🙂

En resumen: un animal volador gigante no puede tener las proporciones de uno pequeño. Ha de cambiar su aspecto, pero eso tiene un límite. Para que pudieran existir monstruos como Mothra o Godzilla, habría que rediseñar completamente el cuerpo. O recurrir a la magia. O emplear otros materiales que no fueran músculos, huesos y tendones. O incorporar globos de algún gas más ligero que el aire.

Y para terminar esta serie de entradas veraniegas, en la última dejaremos los gigantes y nos ocuparemos de los enanos. 🙂

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El Blob es real

Natura artis magistra. En ocasiones, los escritores de ciencia ficción no tienen que calentarse la cabeza para inventar asombrosas criaturas alienígenas. Pululan a nuestro alrededor, y en ocasiones las pisamos o nos sentamos encima de ellas.

amebaAmeba vista al microscopio. La foto me salió algo movida porque la susodicha no paraba de formar pseudópodos. Las células más pequeñas y oscuras, con forma de grano de arroz, son bacterias.

Consideremos las amebas: protozoos unicelulares, sin pared rígida, que vagan por el agua emitiendo pseudópodos, fagocitando bacterias y otros microbios. Algún autor se ha inspirado en las amebas para imaginar masas de protoplasma semoviente, que engloban todo a su paso: el caos reptante, la destrucción sin mente. De hecho, en 1958 vio la luz una memorable película de terror, The Blob (en España, La masa devoradora; en América, La mancha voraz), protagonizada por un joven Steve McQueen que se enfrenta a un engendro ameboide que devora todo cuanto pilla. Hoy se ha convertido en uno de esos filmes de culto de los que la crítica abomina, pero que a todos nos divierte visionar. Por cierto, a McQueen sólo le pagaron 3000 dólares por interpretar su papel…

BLOB

Afortunadamente, las amebas son microscópicas y no van por ahí acosando a la gente.

¿Seguro? 🙂

Las amebas se reproducen por bipartición. El núcleo celular se divide, el citoplasma también… Resultado: dos amebas idénticas. Sencillo y efectivo. Pero hay amebas que se comportan de otra manera.

Amable lector, permite que te presentemos a los mixomicetes. O «mixos», como los llamamos afectuosamente los micólogos (en el pasado fueron tomados por hongos). Piensa en una ameba unicelular, cuyo núcleo se divide, pero no su citoplasma. Bien, eso origina una célula con dos núcleos. Éstos se dividen, y dan cuatro. Y luego ocho, dieciséis, treinta y dos… Puedes seguir calculando potencias de dos hasta que te canses. El caso es que obtenemos una sola célula ameboide muy, pero que muy grande con millones de núcleos. Y semejante criatura tiene que moverse y comer para no morirse de hambre.

plasmodioPlasmodio de mixomiceto sobre corteza de pino.

¿Cómo lo hace? El modo más eficiente es adoptar forma de abanico, con un frente de ataque que va fagocitando bacterias y levaduras a su paso, y unas venas por las que el citoplasma circula de un lado a otro. A esta ameba hipertrofiada la llamamos plasmodio. Suelen pasar desapercibidos, pero algunos exhiben colores brillantes y alcanzan gran tamaño. Y llegan a asustar.

plasmodio2Plasmodio de respetable tamaño. Algunos lo denominan «vómito de perro».

Tranquilos, son inofensivos. En un momento dado, el plasmodio siente que ha llegado la hora de reproducirse y forma esporas agrupadas en esporangios, o bien en estructuras más grandes e irregulares, los etalios. La forma de dispersar las esporas nos recuerda a la de ciertos hongos, como los cuescos de lobo.

LeocarpusEsporangios inmaduros de Leocarpus fragilis.

El problema surge cuando, en la vida real, te encuentras en tu jardín una extraña masa, con pinta de vómito canino, y descubres que va poco a poco creciendo y moviéndose. Además, huele raro. Y si tratas de eliminarla a manguerazo limpio, descubres que su interior está repleto de una sustancia pulverulenta. Hay quien ha llamado a la policía, creyendo que el Blob trataba de invadir nuestro planeta… 🙂

Relajémonos. Se trata de las esporas que se forman a partir de etalios de gran tamaño, como los de Fuligo septica. Puede ser molesto y feo pero, insistimos, nos hallamos ante una criatura inofensiva.

LycogalaAlgunos mixos, como Lycogala epidendrum, producen grandes estructuras almohadilladas, los etalios. Al madurar se tornan de color oscuro y encierran millones de esporas microscópicas.

Más bien son los mixos los que deben temernos a nosotros. Según hemos leído, Enteridium lycoperdon, conocido en algunos lugares de México como caca de luna (poético nombre…) produce plasmodios comestibles, una vez fritos. Sobre gustos… 🙂

EnteridiumCaca de luna (Enteridium lycoperdon).

Para terminar, a título de curiosidad, Physarum polycephalum, un mixo de los grandes, tipo Blob, se ha convertido en un organismo estrella para muchos investigadores. Una excursión por Internet nos ilustrará sobre experimentos en los cuales este mixo ayuda a diseñar redes ferroviarias en Japón o de carreteras en la Península Ibérica, puede generar música a partir de impulsos eléctricos…

No sólo la ciencia ficción despierta el sentido de la maravilla. La naturaleza siempre nos sorprenderá.

Solaris (y IV)

La última versión cinematográfica de Solaris (Steven Soderbergh, 2002) es la menos fiel a la novela de Lem, sin duda. Además, es la primera que procede de un país no eslavo.

Transcurrieron 30 años entre la película de Tarkovski y la de Soderbergh. Esta última es una obra de Hollywood, con James Cameron como uno de sus productores. Aparte del progreso en los efectos especiales, ha habido una adaptación a los gustos del público. Salvo Kelvin (George Clooney) y Gibarian (Ulrich Tukur), los demás protagonistas han cambiado sus nombres respecto a la novela. Hari es ahora Rheya (Natascha McElhone), Snaut es Snow (Jeremy Davies) y Sartorius se ha convertido, tras mudar sexo y raza, en la doctora Gordon (Viola Davis). Por corrección política, supongo.

Algo queda de la novela, pero buena parte se ha perdido o modificado. Veamos los tres aspectos que comentábamos en las entradas previas. He visionado la versión original subtitulada. Y ahora vienen spoilers

1.- Solaris y el sentido de la maravilla.

Olvídense del océano, las simetríadas y demás fantásticas creaciones de Lem. Aquí, Solaris es un cuerpo celeste de naturaleza indeterminada (¿un planeta?), envuelto en un sudario de jirones de niebla azul. Queda muy bonito, con unos efectos especiales sobrios y bien logrados, pero no es lo mismo. En cuanto a la estación, ya no se cierne sobre el océano planetario, sino que se limita a orbitar en torno a Solaris. Y de la Solarística y sus controversias académicas, ni rastro. En el fondo, el escenario futurista se ha convertido en el marco para contar un relato cuya fortaleza no recae en la ciencia ficción, precisamente.

2.- El ambiente malsano y opresivo de la estación.

Algo de eso hay a la llegada de Kelvin: soledad, sangre seca, un niño misterioso… Pero muy poco, si lo comparamos con la novela y las anteriores versiones cinematográficas.

SOLARIS THEATRICAL ONE SHEET MECHANICAL • ART MACHINE JOB# 5136 • 10/09/02

Queda claro que esta versión de Solaris se centra en la historia de amor…

3.- Enamorarse de un fantasma.

De eso va la película. Nada queda del confuso existencialismo de Tarkovski (1972) o del intento de divulgar el relato de Lem (versión soviética de 1968). Se trata tan sólo de una historia de amor, de arrepentimiento, de redención. Nada más y nada menos.

Reconozcámoslo: George Clooney reacciona de forma más creíble que Donatas Banionis (en la película de Tarkovski) cuando se topa con su esposa muerta. Sin duda, expresa mejor sus sentimientos. Hace lo normal en estos casos: llevarse un susto de muerte y salir corriendo. 🙂 Por su parte, la dra. Gordon cumple con su papel de emular a Sartorius en su recelo a los visitantes. En cuanto al joven Snow, actúa todo el rato como si estuviese drogado. O como si su objetivo fuera desconcertar a Kelvin.

Por cierto, tuve la impresión de que los personajes se empeñaban en susurrar, más que hablar. Puede que sean figuraciones mías, o que se deba a las características de la lengua inglesa, de fonética muy distinta a la rusa de las otras versiones.

El final me pareció satisfactorio, la conclusión adecuada para un relato que versa sobre el perdón, la redención y las segundas oportunidades. De hecho, el escenario de ciencia ficción es una excusa para poder contar una historia de amor sin intentar, como en el caso de Tarkovski, imitar a Dostoyevski y sus cuestiones sobre el sentido de la existencia y lo que significa ser humano.

En resumen, me ha gustado, aunque tampoco figurará entre mis favoritas. Desde luego, si alguien busca adentrarse en el universo literario de Lem gracias a esta película, mejor que pruebe con otra cosa.

Y eso es todo, amigos. De verdad, esto de comentar películas puede llegar a fatigar. En la próxima entrega cambiaremos de tema. 🙂

Solaris (III)

Resulta difícil obviar ciertos prejuicios a la hora de comentar una película como Solaris (Солярис, 1972), de  Andréi Tarkovski. Muchos intelectuales la ensalzan; aparentemente, eres un zote si no caes rendido ante tamaña maravilla del séptimo arte. En cambio, otros piensan que es un tostón que aburre a las ovejas. No hay término medio.

Solyaris_ussr_posterSolaris, 1972 (fuente: en.wikipedia.org)

Es sabido que cierto sector de la intelectualidad europea tiende a loar la cinematografía que procede de cualquier país que no sea Estados Unidos. Y ahí me surge la duda. La veneración hacia la película de Tarkovski, ¿se debe a su calidad intrínseca, o a que es uno de los pocos filmes de ciencia ficción con pretensiones rodado en la URSS?

He intentado no dejarme influenciar por la polémica. Como indicamos en las entradas previas, primero me leí la novela de Lem y a continuación vi la película de Ishimbayeva y Nirenburg (1968). Con esos precedentes, me dispuse a enfrentarme a la que algunos consideran la respuesta soviética a 2001: A Space Odyssey.

Aquí, entre nosotros: me quedo con 2001. Argumentémoslo. 🙂

Ante todo, Solaris no me parece una mala película, aunque en algunos momentos me resulta lenta y cansina. Por otro lado, es algo menos fiel a Lem que la versión televisiva de 1968. Asimismo, comprendo perfectamente que si alguien la ve sin haber leído antes la novela, puede aburrirse o no entender nada.

De acuerdo, el lenguaje cinematográfico es diferente al literario. Sin embargo, mientras que la versión de 1968 trata de adaptar el relato de Lem sin otra pretensión que la de divulgarlo entre el gran público, me da la impresión de que Tarkovski, valiéndose de Lem, nos cuela su propia visión del cosmos y el sentido de la vida. Una visión que, por cierto, se me antoja confusa.

El archivo que he visionado (versión original en ruso subtitulada) dura 2 horas y 46 minutos, nada menos. Aviso: spoilers a porrillo a partir de ahora. 🙂

solaris_lagoEscena junto al lago, al inicio de la película (fuente: cinemasailor.com)

Mientras que la novela se inicia con la llegada de Kelvin a la estación de Solaris, en la película eso no ocurre hasta el minuto 43. O sea, casi tres cuartos de hora (que se dice pronto) transcurren en una dacha situada en medio del bosque. En ese espacio de tiempo, el protagonista pasa largos ratos contemplando el lago, o bien se expone a pillar una pulmonía o a que lo parta un rayo calándose bajo la tormenta, pensativo él. También hay un momento en que un personaje secundario (Berton) viaja en coche. Son casi 5 minutos de autopistas (filmadas en Japón, por cierto) y planos del interior del vehículo. Supongo que Tarkovski quería decirnos algo con todo eso. Yo no consigo pillarlo. Lo siento.

Lo mismo me ocurre con las escenas en las que sale un caballo. Supongo que tendrá un significado profundo, una simbología que me confieso incapaz de aprehender. O a lo mejor es que a Tarkovski le gustaban los caballos y le hacía ilusión que apareciera alguno en la película. A saber.

De todos modos, en este lento inicio se explica al espectador, mediante vídeos y programas de televisión, qué es el océano de Solaris y las controversias de la Solarística. Nos presenta una situación estancada: la Humanidad se enfrenta a una entidad alienígena, posiblemente inteligente, de dimensiones planetarias, pero la comunicación con ella parece imposible. La Solarística degenera. Es un resumen sucinto, pero adecuado, de las jugosas (y prolijas) discusiones académicas que aparecen en la novela.

Bueno, han pasado tres cuartos de hora y Kelvin ha llegado a la estación de Solaris. Consideremos los tres aspectos de la novela que comentábamos en la primera entrada de esta serie. ¿Qué es de ellos en la película?

solaris_oceanoEl océano de Solaris (fuente: cinemasailor.com)

El carácter extraño, alienígeno e inquietante del océano queda patente, aunque echo en falta que se hubieran gastado algo más en efectos especiales para mostrarnos alguna simetríada o estructuras similares capaces de despertar nuestro sentido de la maravilla, como ocurre en la novela. En los planos del océano sólo hay olas, discretos remolinos y nubes. ¿Problemas de presupuesto? En la versión de 1968 eso era justificable (al fin y al cabo, estaba pensada para la TV, en plan Estudio 1), pero aquí podrían haberse estirado un poco más. 2001, que vio la luz cuatro años antes, exhibía unos efectos especiales muy superiores a los de Solaris.

En segundo lugar, el ambiente malsano y desquiciado de la estación y sus moradores, tan logrado en la novela (y en la versión de 1968), aquí no es tan acusado. Se me antoja más extraño o absurdo que desasosegante. Supongo que es problema mío. Por algún motivo, me deja frío la interpretación de Donatas Banionis (Kelvin). No sé, es como si estuviera embotada su capacidad de expresar sentimientos.

Solaris_protagDonatas Banionis (Kelvin) y Natalia Bondarchuk (Hari) (fuente: http://www.clasicartfilms.com)

Por ejemplo, cuando despierta y se encuentra con su mujer, muerta diez años antes, apenas reacciona. En la versión de 1968, Kelvin, en cuanto se da cuenta de que no es un sueño, se lleva un susto monumental, pobrecillo. Lógico; no me negarán ustedes que la situación acojona. En cambio, aquí da la impresión de que se lo toma con cierta pachorra, valga la expresión. Tampoco parece muy afectado cuando se deshace de la copia de Hari en la cápsula, ni tampoco al final, cuando acaban definitivamente con ella. Y tenía que haberse quedado hecho polvo, ¿no? Otros actores expresan más emotividad en sus interpretaciones, a mi entender. Es el caso, por ejemplo, de Natalia Bondarchuk (Hari). Me impresionó su actuación en la escena del suicidio y la resurrección.

Más diferencias con la novela: se muestran abiertamente otros visitantes, aparte de Hari. Uno de ellos, la muchacha de azul que ronda la estación, no se parece en nada a la «monstruosa Afrodita negra» que describe Lem. En la novela, los visitantes son ominosos; aquí, simplemente pintorescos. Se pierde buena parte de la inquietud que transmite el texto original.

En tercer lugar, tenemos la interacción entre Kelvin y el fantasma de Hari, lo que más puede emocionar al espectador. En la versión de 1968 así lo entendieron, como ya comentamos. Aquí también, pero me temo que Tarkovski desvirtúa lo que Lem nos quería decir. O sea, se vale de los personajes de Lem como pretexto para endosarnos sus ideas y dudas sobre el sentido de la vida y otras profundas cuestiones metafísicas.

Hay escenas que no aparecen para nada en la novela, como la fiesta de cumpleaños de Snaut, con los llantos de Hari, los exabruptos de Sartorius, las inconsistencias de Snaut y una cierta indolencia de Kelvin. Los diálogos son mayormente de Tarkovski, no de Lem. Aquí, igual que en otras escenas de la última parte de la película, los personajes discuten sobre si los seres humanos han perdido el sentido de lo cósmico, se contrapone al amor frente a la ciencia (como si ambas cosas fueran necesariamente incompatibles…), filosofan sobre qué significa ser humano, etc. Confieso que en algún momento de esas discusiones me quedé perplejo, como cuando la cámara hace un zoom a la oreja de Kelvin hasta mostrarnos los pelillos, y se queda ahí un rato. Sigo sin pillar la simbología.

Solaris_SartoriusAnatoli Solonitsyn (Sartorius) (fuente: gizmodo.com)

Sí, Tarkovski usa a Lem para contarnos la historia que le interesa. Y francamente, prefiero lo que Lem nos ofrece. Dicho sea de paso, una vez que me vi la película y redacté el borrador de esta entrada, y mientras buscaba por Internet datos sobre los actores y demás, me enteré de que el propio Lem manifestó que no le gustaba la versión de Tarkovski. No me extraña. Según el escritor polaco, el cineasta había intentado hacer una obra en plan Dostoyevski, y eso no era lo que él quería contar. Y no digamos el final…

En fin, concluyamos. ¿Me ha gustado la película? Pues sí, aunque no figurará entre mis favoritas. Tiene aspectos interesantes, y en algunos puntos es fiel a Lem, pero en ocasiones resulta muy lenta, y cuando Tarkovski empieza a divagar sobre el sentido de la vida me parece prolija y confusa. Supongo que, como no soy intelectual ni crítico de cine, lo que para mí es confusión para otros será profundidad. Me gusta Tarkovski sólo en los momentos en que sigue a Lem. Qué se le va a hacer.

Bueno, y ahora, a por la de Soderbergh (2002). Ay, qué largo se me está haciendo esto… 🙂

Solaris (II)

Buen año, 1968. En él se estrenó 2001: A Space Odyssey, que ya comentamos en otra entrada. Si comparamos la maravilla de Kubrick y Clarke con la versión de Solaris (Солярис, 1968) dirigida por los soviéticos Lidia Ishimbayeva y Borís Nirenburg, la diferencia es abismal. Sin embargo, dicha comparación carece de sentido. Estamos hablando de cosas completamente distintas.

Solaris1968Solaris, 1968 (fuente: en.wikipedia.org)

Solaris  no es una película concebida para proyectarse en un cine. Se trata de una obra en dos partes, de algo más de dos horas en total, destinada a la pequeña pantalla. Sí, la televisión de la época, en blanco y negro. En Internet se puede encontrar la versión original en ruso y, rebuscando un poco, también un archivo .srt con los subtítulos en español, redactado con más entusiasmo que respeto por la ortografía. 🙂

Visionándola, sentí una punzada de nostalgia. Los más viejos de los lectores españoles recordarán los míticos programas de Estudio 1 de las década de 1960 y 1970. Blanco y negro, decorados sencillos y excelentes actores, que convirtieron los platós televisivos en escenarios teatrales. Así fue cómo algunos, de niños, conocimos grandes clásicos de la literatura española y universal: Lope de Vega, Galdós, Chéjov, Wilde, Shakespeare…

actores_Solaris68De izquierda a derecha, los actores Vladímir Etush (Snaut), Víctor Zozulin (Sartorius) y Vasili Lanovoy (Kelvin). Una duda: la calva de Sartorius ¿es natural o postiza? 🙂 (fuente: http://www.divxclasico.com)

En esta versión de Solaris ocurre algo similar. Con la penuria de medios consustancial a estas adaptaciones televisivas, se presentó al público soviético una notable obra literaria. Estudios con decorados de cartón piedra, efectos especiales inexistentes (por ejemplo, el aterrizaje en la estación se resuelve enfocando todo el rato la cámara en el rostro de Kelvin, y ya está)… Tan sólo hay un par de escenas brevísimas en las que se muestra un cohete, y punto. La «tecnología de ciencia ficción» es de los años 1960 (o incluso anterior, a juzgar por la pinta que tiene). Lo que importa es la interpretación de los actores, más propia del teatro que del cine. Por fortuna, el carácter claustrofóbico de la novela de Lem permite que pueda llevarse a la pantalla sin grandes medios técnicos.

actrizSolaris68La perturbadora mirada de la actriz Antonina Pilyus (Harey) (fuente: e-ciencia.com)

Opino que esta adaptación es la más fiel a la novela. Los directores no se empecinan en contar «su» historia al espectador, sino que se limitan a adaptar la obra de Lem a la pequeña pantalla. Creo que logran su objetivo. Uno se hace una idea cabal de Solaris con ella.

Por supuesto, hay cambios. El lenguaje narrativo de la televisión y del libro son distintos. De los tres aspectos destacados de la novela que comentamos en la entrada anterior, (imposibilidad de entendimiento con el océano, ambiente malsano e historia de amor con un fantasma), se resalta la historia de amor, el ambiente desquiciado, el conflicto emocional. La fascinante descripción del océano que hace Lem, y los problemas de entenderlo, brillan por su ausencia o quedan un tanto marginados. Asimismo, algunos diálogos se han cambiado para dar mayor dramatismo a las escenas y resaltar los sentimientos, además de hacer la obra más digerible para el espectador. Teniendo en cuenta todo lo anterior, es razonablemente fiel al original.

En suma, me ha gustado. Y ahora, a por Tarkovski. 🙂

Pasados que no fueron: 2001: Una Odisea del Espacio

2001: A Space Odyssey (1968) es una de las mejores películas de CF jamás filmadas. Los años no han hecho más que confirmar su carácter de obra maestra. Aunque ha envejecido bien, el tiempo pasa y no en vano. El futuro imaginado en 1968 por Arthur C. Clarke y Stanley Kubrick resultó ser muy distinto al actual. La Historia es como es, no como nos gustaría que fuera. No hay grandes estaciones en forma de rueda orbitando nuestro planeta, ni los seres humanos han llegado a Júpiter; puestos ya, ni siquiera tenemos colonias en la Luna. Tanto la Unión Soviética como la compañía aérea Pan Am quebraron en 1991, la carrera espacial perdió fuelle después del éxito de las misiones ApoloSic transit gloria mundi.

En esta entrada no nos centraremos en el futuro que no fue, sino en el pasado que imaginaron Clarke y Kubrick; un pasado que, de acuerdo con los conocimientos científicos actuales, tampoco ocurrió.

ATENCIÓN: spoilers (si es que a estas alturas queda alguien que no sepa de qué va esta película). 🙂

Después del espectacular inicio con los tres astros y la famosa fanfarria de Así habló Zaratustra, de Richard Strauss, se nos presenta la primera parte, The Dawn of Man (El Amanecer del Hombre). Retrocedemos tres millones de años en el pasado, a la sabana africana. En menos de diez minutos, que para algunos figuran entre los mejores de la historia del cine, nos muestra el origen de nuestra estirpe. Acaba con la memorable secuencia donde un hueso arrojado al aire se convierte en una nave espacial, conectando así la tecnología actual con nuestra herencia simiesca.

Al principio, el grupo de homínidos del que descendemos no parece muy prometedor. En pocas palabras, son los monos más desgraciados de la sabana. Los leopardos se los comen, otros homínidos los echan del bebedero… Su debilidad resulta manifiesta; son débiles, con todos los números para extinguirse, como tantos otros callejones sin salida de la evolución. Pero entonces aparece un extraño monolito y hace algo en sus mentes. El comportamiento de nuestros antepasados cambia. Es una modificación muy sutil, que a la larga nos hará dependientes de la tecnología.

El monolito nos enseña a usar nuestras primeras herramientas: las armas. Nos impulsa a convertirnos en depredadores. Ahí, según 2001, radica la clave de nuestro éxito como especie. Homo sapiens, el primate asesino. Las demás especies no tenían nada que hacer. Al principio blande un simple hueso. Poca cosa, sí, pero la semilla está plantada. El resto es Historia.

Clarke y Kubrick no se inventaron esta teoría del mono cazador y armado para añadir dramatismo a la película. Si algo la caracteriza, es una solidísima base científica, y no sólo en los aspectos que conciernen a la Astronáutica; también a la evolución humana. El guion recogió las teorías paleontológicas que imperaban en 1968. En concreto, se ciñó con gran fidelidad a la hipótesis de la cultura ODK, logrando la proeza de resumirla perfectamente (si le quitamos la intervención extraterrestre, claro está) en escasos minutos. Veamos en qué consiste, y por qué hoy ya no es (tan) aceptada.

ODK corresponde a las siglas en inglés de osteodontoquerática. O sea, de hueso, diente y cuerno. La hipótesis fue propuesta por Raymond Dart, el descubridor del Niño de Taung, primer fósil de Australopithecus, del que hablamos en otra entrada. Tras estudiar diversos restos fósiles encontrados en Sudáfrica, Dart propuso que nuestros ancestros australopitecos se convirtieron en eficaces carnívoros depredadores que incluso practicaban el canibalismo. Y lo lograron porque empezaron a usar armas.

En algunas cuevas se acumulaban cráneos fósiles de papiones que mostraban unas peculiares fracturas. Unos cuantos cráneos de australopitecos, por cierto, también presentaban daños similares. Según Dart (1949), tenían que haber sido producidos por algún tipo de arma, como huesos largos o astas de antílopes, blandida por nuestros agresivos ancestros. La imagen del simio carnívoro y asesino, incluso fratricida, se abría paso en la ciencia, y de ahí a la cultura popular. Mientras que otra rama del árbol evolutivo humano, la de los parántropos, se decantaba por el vegetarianismo, la nuestra aprendió a cazar y se hizo carnívora. Estaba claro cuál triunfaría a la larga.

Durante la década de 1950, Dart realizó diversas publicaciones donde defendía su hipótesis ODK, que alcanzó bastante popularidad. Tanta, que fue recogida  por Clarke y Kubrick, con el brillante resultado que conocemos. Además, quedaba bien para una película; muy dramática, muy potente.

Sin embargo, otros científicos no estaban de acuerdo con ella, y proponían explicaciones alternativas a la acumulación de restos óseos con presuntas marcas de armas. Por ejemplo, el antropólogo Sherwood Washburn estudió detenidamente los hábitos depredadores de leones y otros carnívoros, como las hienas, y llegó a la conclusión de que éstas, sobre todo, eran las responsables de las marcas en los fósiles. Para él, los australopitecos no eran los cazadores, sino los cazados. De nuevo volvíamos a ser el último mono.

Así progresa la Ciencia. Como es habitual, surgió el debate entre defensores y detractores de la cultura ODK. Los estudios se acumularon, y el resultado fue a la larga beneficioso para la Paleontología y la Paleoecología. Gracias a eso conocemos mejor cómo funcionaban los ecosistemas africanos de hace millones de años, y cómo se relacionaban los animales que en ellos vivían y morían. También se logró una mejor comprensión de cómo se modificaban los restos óseos después de llevar millones de años enterrados en una cueva.

En suma, las pruebas tumbaron la hipótesis ODK. Los huesos aparentemente golpeados por armas fueron el resultado de la labor depredadora de las hienas y otros carnívoros, como los leopardos, así como de los procesos naturales de fosilización. Los australopitecos no fueron monos asesinos, precisamente. En aquella época las hienas mataban mejor, y nosotros éramos sus víctimas.

Algo ha de quedar claro: el paso a una dieta basada en la carne impulsó la evolución en nuestra rama del árbol de la vida. Digerir hierba y otros alimentos vegetales es complicado; de hecho, los herbívoros gastan gran parte de sus energías en esta tarea. Para ello necesitan unos tubos digestivos complejos, y el procesado del alimento lleva su tiempo. En cambio, la carne es más fácil de asimilar. A un carnívoro le bastan unos intestinos más cortos para funcionar de maravilla. Eso implica que la energía empleada en hacer una digestión pesada queda disponible para otros menesteres. Desarrollar un cerebro grande, por ejemplo.

Sin embargo, no hace falta ser un feroz cazador que mata las presas a porrazos para consumir proteínas de origen animal. Existe la posibilidad de alimentarse de carroña: aprovechar lo que otros depredadores desperdician, o comerse los cadáveres de animales que mueren por causas naturales.

Nuestros antepasados se hicieron carnívoros, sí, pero del tipo carroñero, no del cazador agresivo, como proponía Dart. Podemos imaginar a aquellos homínidos de la película paseando por la orilla de un lago, encontrándose la carcasa medio podrida de un hipopótamo y dándose el gran banquete a toda prisa, mientras defendían su tesoro de los chacales y otros depredadores menores, pero huyendo a todo correr si una manada de hienas se acercaba. Es una imagen más realista de lo que pudo ocurrir aunque, hay que reconocerlo, la hipótesis ODK que se muestra en 2001 queda mucho más épica. 🙂

Ciencia, ignorancia y viejas películas de ciencia ficción (y III)

En una entrada anterior comentamos que el cine fue utilizado en determinado momento para menoscabar la figura del científico, pues éste, en muchas ocasiones, suele mostrar un espíritu crítico, hace preguntas incómodas, da respuestas que no agradan a los poderes establecidos, mete el dedo en la llaga… Pero incluso sin ese interés expreso en desprestigiar, el caso es que el cine (y por extensión, la TV, la prensa diaria y los videojuegos) casi nunca da una imagen adecuada de la ciencia y los científicos.

sabio_locoEl cliché del científico loco  (fuente: es.wikipedia.org)

La ciencia es la herramienta más eficaz que poseemos para obtener respuestas del mundo que nos rodea. Por desgracia (o por suerte), el universo es mucho más complejo de lo que podríamos llegar a imaginar y no funciona según nuestros deseos. Más aún; en ocasiones se comporta en contra del «sentido común»: es contraintuitivo. Por eso, los descubrimientos y conceptos científicos suelen requerir una explicación pausada para ser comprendidos. Asimismo, la labor del científico es, en su mayor parte, lenta, metódica y ordenada.

Tras observar detenidamente un determinado fenómeno, el científico elabora una hipótesis que puede explicarlo, pero para que sea aceptada por los colegas debe ser probada. Así, se diseñan experimentos y los resultados obtenidos pueden confirmar la hipótesis, o bien refutarla. Si la hipótesis resiste los experimentos y explica bien el fenómeno, puede acabar convirtiéndose en ley. Sin embargo, nunca será considerada una verdad absoluta. Quizá, tarde o temprano, algún hecho contradiga esa teoría, la cual tendrá que ser modificada o reemplazada por otra. Así progresa la ciencia.

Más aún: publicar un trabajo científico en una revista de postín tampoco es fácil. Debe pasar por una «revisión entre pares» (muchos de los cuales tienen el colmillo retorcido) y, algo esencial, debe indicar la metodología usada, para que cualquier otro científico pueda repetir el experimento (verificando o refutando así la teoría).

Por lo demás, salvo las excepciones que hay en cualquier otra profesión, los científicos suelen ser gente normal, con las mismas aficiones y preocupaciones que cualquier ciudadano. Un servidor de ustedes es científico (biólogo, concretamente), y puedo asegurarles que cuando nos reunimos varios colegas es más frecuente que hablemos de fútbol, política, cultura o el clima, como cualquier hijo de vecino, que… En fin, la idea que el cine da sobre los científicos suele estar a años luz de la realidad. 😦

Hasta cierto punto, es lógico. El cine, sobre todo el más taquillero, requiere espectacularidad, inmediatez, que el público no se duerma en la butaca o se largue de la sala a mitad de la sesión. Todo lo contrario que la vida cotidiana del científico. Una existencia más o menos tranquila, en muchos casos impartiendo clases en la universidad, o rellenando solicitudes de financiación para poder investigar… ¿Quién pagaría por ver algo así? Por eso, al cine de siempre le ha resultado mucho más atractiva la magia que la ciencia. La magia es algo inmediato; no como la ciencia, que requiere una larga serie de pasos intermedios para obtener fruto (y no siempre). En magia basta con un poco de entrenamiento para empezar a conseguir resultados tangibles. Asimismo, también es más asequible para el espectador. En vez de prolijas explicaciones, recurres a la fuerza, al mana, a poderes místicos, y todos contentos. El espectáculo puede continuar.

Uno de los motivos que hacen tan popular a la serie Star Wars es esa mezcla entre ciencia, tecnología y magia (porque lo de la Fuerza, a pesar del intento de explicación con los midiclorianos esos, es pura magia). Y esta última es la que queda como más importante y espectacular. No importa que para acabar con los enemigos, un drone armado con unos cuantos misiles Hellfire sea mucho más efectivo que una espada láser. Al público le gusta más esta última. La magia genera más simpatías que la tecnología.

La magia es poderosa, y un mago experto puede convertirse en una amenaza terrible. Éste es el argumento de muchos relatos y películas. El problema es que en el fondo todos sabemos que la magia y lo sobrenatural no existen. En cambio, la ciencia sí, y desde el siglo de las Luces ha ido adquiriendo cada vez más prestigio. De hecho, a mucha gente le fascina. No obstante, como puede ser complicada o aburrida para el gran público, los cineastas la han modificado. Dan una imagen falsa de ella, donde la ciencia parece magia y los científicos hechiceros. O, al menos, bichos raros.

Llegados a este punto, nos viene a la mente la tercera ley de Clarke: «Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia». Sin embargo, no son lo mismo. En la ciencia importa mucho el camino a seguir, las relaciones entre causas y efectos, los pasos intermedios. Al cine, igual que al periodismo sensacionalista, le importa más el resultado, el titular espectacular, captar la atención.

Igual que el mago, el científico de ficción quiere jugar a ser dios. Emplea conocimientos arcanos y prohibidos para salirse con la suya, sin importarle las consecuencias. Carece de empatía; le da igual que la gente sufra, sea desgraciada o muera por culpa de sus investigaciones. Lo peor del caso es que ese cliché ha calado hondo en la sociedad, gracias a la influencia del cine fantástico y de CF. La imagen del sabio loco, carente de empatía, es la que mucha gente tiene en mente. Un ejemplo actual podemos verlo en el videojuego The Evil Within (y sus contenidos descargables). Aunque el encanto principal del juego reside en su atmósfera gore y la habilidad para esquivar a los diversos monstruos que quieren matar de forma horrible al personaje, merece la pena detenerse en algunas de las parrafadas que los «científicos» largan de vez en cuando. Nos muestran a unos individuos inhumanos, carentes de compasión, para los que el fin justifica los medios, cual crueles brujos diabólicos. Véase, por ejemplo, del minuto 5:00 al 7:30.

Qué ironía… Si nos paramos a pensarlo, las desgracias que aquejan al mundo actual no son obra de los científicos, sino en buena medida de políticos y dirigentes que habitualmente no son científicos y usan la ciencia y la tecnología sin comprender sus implicaciones ni pensar a largo plazo. Y así nos va. En muchos casos, los científicos están en el otro bando, denunciando los desastres que se cometen.

Pero volvamos al cine y la TV. Puesto que el trabajo cotidiano del científico puede ser tan tedioso como contemplar el proceso de secado de una pared recién pintada, el cine ha tratado de retocarlo para que el público se divierta. No hay que dejar que la realidad te estropee una buena historia. Eso ha producido unos cuantos clichés, que a todos nos serán familiares:

  • Desde niño, el científico es un bicho raro: una criatura inadaptada, incapaz de relacionarse con los demás de modo «normal», inmaduro emocionalmente, excéntrico… En el fondo, su papel queda reducido al de bufón para que, al compararlos con él, los protagonistas caigan más simpáticos al espectador, ya que son guapos, simpáticos, ligan más…
  • Ese comportamiento infantil continúa en la edad adulta. Cuando no se convierte en un malvado, el científico puede ser presentado como un excéntrico o como alguien un tanto ridículo. Aparte de El profesor chiflado, hay innumerables ejemplos. Seguro que a ti también te vienen a la mente unos cuantos, amigo internauta.
  • Los conocimientos adquiridos por el científico le permiten saber de todo. Más o menos, como los protagonistas de C.S.I., que lo mismo saben hacer una PCR (a velocidad de vértigo; en la vida real, se lleva su tiempo) que una cromatografía de gases, conocen al dedillo la anatomía humana, dominan la Botánica, la Entomología, saben disparar cualquier arma… En suma, alcanzan un nivel de omnisciencia equiparable al de algunos tertulianos radiofónicos. 🙂
  • Y podríamos seguir con más clichés y tópicos, pero preferimos dejarlo aquí, para no resultar demasiado prolijos. Por supuesto, hay notables excepciones: excelentes películas donde la ciencia es tratada con rigor (nada de ruidosas explosiones en el vacío, atentados flagrantes contra las leyes de Newton, etc.), pero lo dejaremos para otra ocasión.

Esperamos que estas reflexiones un tanto desordenadas sobre la percepción de la ciencia y su relación con el cine te hayan resultado amenas. Un libro interesante para profundizar en el tema, y sobre todo en el papel de los medios de comunicación en el desprestigio de lo científico, es La razón estrangulada, de Carlos Elías. El autor conoce bien el tema, ya que es químico a la vez que periodista. Un aviso: si eres de letras, este libro podría herir tu sensibilidad. Avisado quedas, amigo internauta. 😉

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Ciencia, ignorancia y viejas películas de ciencia ficción (II)

En el siglo XIX, la ciencia se consideraba indispensable para el progreso y el bienestar social. Gozaba de buena imagen, pero esa percepción cambió en el siglo XX. La confianza en el progreso empezó a hundirse, igual que el Titanic en 1912. De hecho, este naufragio se convirtió en todo un símbolo. La ciencia y la tecnología no eran omnipotentes. Quizás estábamos pecando de exceso de confianza en las posibilidades de la ciencia y la tecnología.

La I Guerra Mundial supuso otro golpe a la confianza en la ciencia como motor de progreso. Los militares, con una concepción de la guerra todavía anclada en el XIX (grandes ofensivas a bayoneta calada, al estilo napoleónico…) se encontraron con que la tecnología (progreso en artillería, la ametralladora, gases tóxicos…) convirtió los frentes de batalla en una picadora de carne que degeneró en pudridero. Y no digamos la II Guerra Mundial, con el horror nuclear de Hiroshima y Nagasaki. La ciencia, ahora, asustaba.

El cine recogió esa desconfianza, ese miedo al progreso, ya desde las primeras décadas del siglo XX. Un progreso que, entre otras cosas, podía llevar a la deshumanización y a aumentar la brecha entre las clases sociales. Recordemos, por ejemplo, la película de ciencia ficción Metrópolis (1927).

Asimismo, la gran pantalla popularizó el cliché del científico loco; normalmente un hombre de raza blanca, pues por aquel entonces ni a las mujeres ni a otras razas se las consideraba lo bastante inteligentes como para hacer ciencia de alto nivel. Algunos empleaban sus conocimientos para adquirir poder (hasta que el bueno de la película frustraba sus planes y se llevaba a la chica). Incluso cuando no tenía ese afán de dominación, al científico loco le importaban bien poco las consecuencias de sus actos. Sólo quería saber más, salirse con la suya a cualquier precio. Nos viene a la mente la versión cinematográfica de 1931 de Frankenstein. Menudo estropicio organiza el doctor, con su manía de crear vida, sin pensar en los daños colaterales que su soberbia como científico podía generar…

Pero llegó la Guerra Fría, con el enfrentamiento entre los bloques capitalista y comunista, y la ciencia siguió viéndose como algo bueno. En aquella carrera entre dos maneras de entender el mundo, tanto capitalistas como comunistas apoyaban la investigación científica. El progreso económico y el industrial (y el bélico) dependían de los avances científicos. Pero lo importante era que la sociedad pensaba que la ciencia ayudaba a mejorar las condiciones de vida, a alcanzar una mayor comodidad.

Por tanto, los poderes públicos apoyaron la investigación científica, cuyo máximo exponente fue la carrera espacial. Hoy resulta casi impensable que un gobierno se anime a librar los fondos necesarios para llevar astronautas (o cosmonautas, o taikonautas) a la Luna. En la década de 1960, en cambio, con una tecnología más rudimentaria que la actual, se logró. Había una carrera entre EEUU y la URSS, y debía ganarse a cualquier precio. Fue una buena época para la ciencia, ensalzada por la propaganda y popularizada.

Pero había un problema: los científicos. Éstos, con su particular método de hacer preguntas a la naturaleza, podían ser problemáticos. Muchos eran insumisos; no aceptaban el principio de la autoridad, y cuestionaban todo aquello que les parecía cuestionable. A los poderes políticos, ideológicos y religiosos no les hacía gracia esa independencia. Por tanto, aunque la ciencia fuese útil, había que desprestigiar a los científicos, pararles los pies, ponerlos en su sitio. No se les podía permitir que alcanzaran demasiado poder. ¿Qué se habían creído?

El cine ayudó mucho a fomentar el desprestigio de los científicos. Sobre todo, el cine de ciencia ficción. Además del omnipresente científico loco, con su presunta incapacidad para asumir las consecuencias de sus actos, los cineastas pergeñaron películas donde quedaba claro que los científicos eran incapaces de lidiar con los problemas, pobrecillos, y debían dejar el paso a los militares, que ellos sí que sabían cómo actuar para salvar el día. Tenemos un ejemplo en la famosa película de ciencia ficción El enigma de otro mundo (1951).

Tiene narices la cosa, con perdón. En la vida real, son los militares o los políticos (que no suelen ser gente de ciencia) los que emplean los descubrimientos científicos y los avances tecnológicos sin saber lo que se traen entre manos ni las consecuencias de sus actos. No entienden cómo funciona la naturaleza, y así nos va… Por lo general, los científicos poseen más elementos de juicio con los que pronosticar lo que pueda ocurrir; para eso han recibido una formación académica. Pero la propaganda hizo que fueran vistos como los malos de la película, nunca mejor dicho.

La edad de oro del apoyo institucional a la ciencia empezó a declinar después de que se llegara a la Luna en 1969. Occidente había ganado la carrera más prestigiosa. El dinero podía gastarse en otras cosas. Pero la campaña paralela de desprestigio hacia la figura del científico no se detuvo. El cine (y en buena parte, el de ciencia ficción), a partir de la década de 1970, siguió siendo claramente anticientífico o, al menos, no mostraba la verdadera cara de la ciencia. Y así hasta hoy.

En la próxima entrada terminaremos estas reflexiones sobre cine, ciencia y CF, centrándonos en la actualidad. Para desdramatizar, puede ser interesante echar un vistazo a estos enlaces, donde se muestran, con humor, las diferencias entre la ciencia real y la peliculera: 🙂

real vs movie scientist

peopleinwhitecoats

La mujer alta

Muchos de nosotros, cuando cursábamos estudios de bachillerato (me refiero al antiguo BUP, no al actual), tuvimos que leer y comentar la obra más famosa del escritor accitano (sí, ése es el gentilicio de Guadix, en la provincia de Granada, España) Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891), El sombrero de tres picos (1874). Se trata de una excelente novela corta, muestra de la maestría narrativa de este autor.

Pedro Antonio Joaquín Melitón de Alarcón y Ariza (fuente: commons.wikimedia.org)

Alarcón se asocia a la corriente realista de la literatura española, si bien se inició como escritor de corte romántico. De su pluma salieron obras costumbristas, libros de viajes… Su producción literaria, por fortuna para el lector, ha sido digitalizada y puede leerse en Internet.

Te preguntarás, amable lector, por qué hablamos de Alarcón en un blog dedicado a lo fantástico. Pues bien, este autor, como muchos otros colegas en la España de la segunda mitad del siglo XIX, leyó a Edgar Allan Poe, lo disfrutó… y fue influenciado por el genial escritor americano. Al menos, ésa es la impresión que da la lectura de El clavo (1853), una de las primeras (si no la primera) novelas policíacas en nuestro idioma. No destriparemos aquí el argumento; simplemente, recomendamos su lectura. Por cierto, se rodó una película sobre ella en 1944, e incluso hubo una adaptación para Televisión Española (protagonizada por Mónica Randall en 1971, creemos; si alguien la localiza en algún recoveco de Internet, le agradeceríamos que nos lo hiciera saber).

Más aún. En su antología Narraciones inverosímiles encontramos un par de cuentos que pueden ser de interés para los amigos de la literatura fantástica. Por un lado, tenemos El amigo de la muerte (1852), cuyo título ya nos indica de qué va. Dejando de lado algún párrafo sensiblero, se lee con agrado y logra sorprendernos al final. Sin embargo, la obra más notable, la que nos ha motivado a escribir esta entrada, es La mujer alta (1881). Algunos estudiosos opinan que es el mejor cuento de terror escrito en lengua española. ¿Exagerado? Es el lector quien debe juzgarlo. Si nos pides nuestra opinión, amigo internauta, nos parece un relato magnífico, que inquieta y logra transmitir desasosiego, aparte de estar muy bien escrito. Te animamos a disfrutarlo, si no lo conoces.

Debiluchos y cabezones

Un tópico de la ciencia ficción es imaginar a los seres humanos del futuro como seres con el cerebro más desarrollado que en la actualidad. Paralelamente, el resto del cuerpo ha perdido masa muscular. ¿El resultado? En el futuro, por lo visto, seremos más debiluchos y cabezones que ahora. Asimismo, ése es el aspecto que nos ofrecen los típicos alienígenas de muchas películas y series de TV: delgaditos y con unas cabezas desproporcionadamente grandes.

Fuente: commons.wikimedia.org

¿Por qué los imaginamos así? ¿Tiene algún fundamento científico? Para tratar de responder estas preguntas deberemos considerar algunos aspectos interesantes de la teoría evolutiva.

Charles Darwin tuvo un éxito arrollador a la hora de mostrar que la evolución de las especies es un hecho. Desde 1859, eso quedó claro para cualquier persona culta y bien informada. En cambio, algo muy distinto sucedió con los mecanismos que explican la evolución. Darwin propuso la selección natural, pero el concepto era demasiado rompedor, y se le atragantó a muchos biólogos. Había otras opciones más atractivas. El lamarckismo, por ejemplo. Sí; Lamarck podía estar desacreditado, pero casi todos pensaban como él.

Lamarck ha pasado al imaginario colectivo como el tipo que tenía unas ideas equivocadas sobre la herencia, y que propuso aquello tan gracioso del cuello de las jirafas. O hablando con propiedad: el desarrollo o atrofia de los órganos por uso y desuso, y la transmisión a la descendencia de los caracteres adquiridos. Es una injusticia. En su época, el mecanismo de la herencia se desconocía. Los científicos, Darwin incluido, pensaban como Lamarck. Lo que define al lamarckismo es lo siguiente: en los seres vivos hay una tendencia hacia el progreso, desde organismos simples hasta otros con sistemas nerviosos más complejos (con el hombre en la cima). Lamarck admitía la existencia de la selección natural, pero le otorgaba un papel secundario. Lo importante era la tendencia al progreso. La evolución tenía un sentido y una meta.

Una meta, sí: el progreso hacia la perfección. Y eso, ¿qué es?

Desde hace milenios, filósofos y religiosos han creído que la mente era superior a la materia. Los pensamientos elevados son superiores a la carne grosera. Por tanto, si la evolución tiende a la perfección, es lógico deducir que el motor del cambio evolutivo es el aumento de las capacidades mentales, en detrimento de la fuerza bruta. O sea, más cerebro y menos musculatura. Y si los alienígenas son «más evolucionados» que nosotros, pues les habrá pasado lo mismo, ¿no? Estarán en un estadio evolutivo superior, con mayor desarrollo de la mente (y del cerebro).

Bueno, hay mucho que objetar. Esta forma de entender la evolución es teleológica. Según el DRAE, la «teleología» es, en Filosofía, el estudio de las causas finales. También puede interpretarse como la atribución de finalidad u objetivo a algún proceso (en el caso que estamos considerando, a la evolución).

La teoría de la evolución por selección natural, tal como la propuso Darwin y es aceptada actualmente, no es teleológica. Para nada. Veamos. Es un hecho que la descendencia de los seres vivos muestra una cierta variación, salvo en el caso de los clones o los gemelos idénticos. Hoy sabemos que esa variación se debe a mutaciones en el ADN. Aquellos individuos cuyos rasgos les permitan una mejor adaptación al medio tendrán más posibilidades de dejar descendencia. A la larga, la acumulación de cambios de generación en generación dará lugar a la aparición de nuevas especies. Pero claro, si el medio ambiente cambia, puede que esas adaptaciones no sirvan para nada. Y dado que las mutaciones ocurren al azar, no hay lugar para la teleología.

Teilhard de Chardin (fuente: commons.wikimedia.org)

Sin embargo, igual que Lamarck, muchos buscan un propósito o finalidad en la evolución. Un caso llamativo es el del jesuita Teilhard de Chardin (1881-1955), preocupado por compatibilizar ciencia y cristianismo. No lo logró: la ciencia lo ignoró y la Iglesia lo repudió. Para Teilhard, la evolución era parte del plan divino. Nuestra especie seguiría evolucionando no sólo en lo biológico, sino también hacia un mayor nivel de conciencia. El resultado final sería el «punto Omega» (copiamos de la Wikipedia):

«Una colectividad armonizada de conciencias, que equivale a una especie de superconciencia. La Tierra cubriéndose no sólo de granos de pensamiento, contándose por miríadas, sino envolviéndose de una sola envoltura pensante hasta no formar precisamente más que un solo y amplio grano de pensamiento, a escala sideral. La pluralidad de las reflexiones individuales agrupándose y reforzándose en el acto de una sola reflexión unánime.»

En fin, prevalecería el pensamiento sobre la materia; una idea muy extendida y que ha sido recogida por la ciencia ficción. La evolución progresa gracias al aumento del cerebro en detrimento del resto del cuerpo, hasta alcanzar la pura conciencia descarnada.

Muy bonito, sí, pero pensemos como Darwin. Para que un rasgo tenga éxito y se afiance en una población, tendrá que transmitirse de una generación a otra de forma preferente, ¿verdad? Pues bien, a la hora de buscar pareja con la que aparearse, ¿cuál resulta más atractiva? ¿La de mente poderosa, pero de cuerpo débil y propensión a tener cabeza gorda? ¿O la guapa, bronceada y saludable, aunque su inteligencia sea manifiestamente mejorable?

¿Por quién apostarían ustedes a la hora de transmitir sus genes? 🙂