Debiluchos y cabezones

Un tópico de la ciencia ficción es imaginar a los seres humanos del futuro como seres con el cerebro más desarrollado que en la actualidad. Paralelamente, el resto del cuerpo ha perdido masa muscular. ¿El resultado? En el futuro, por lo visto, seremos más debiluchos y cabezones que ahora. Asimismo, ése es el aspecto que nos ofrecen los típicos alienígenas de muchas películas y series de TV: delgaditos y con unas cabezas desproporcionadamente grandes.

Fuente: commons.wikimedia.org

¿Por qué los imaginamos así? ¿Tiene algún fundamento científico? Para tratar de responder estas preguntas deberemos considerar algunos aspectos interesantes de la teoría evolutiva.

Charles Darwin tuvo un éxito arrollador a la hora de mostrar que la evolución de las especies es un hecho. Desde 1859, eso quedó claro para cualquier persona culta y bien informada. En cambio, algo muy distinto sucedió con los mecanismos que explican la evolución. Darwin propuso la selección natural, pero el concepto era demasiado rompedor, y se le atragantó a muchos biólogos. Había otras opciones más atractivas. El lamarckismo, por ejemplo. Sí; Lamarck podía estar desacreditado, pero casi todos pensaban como él.

Lamarck ha pasado al imaginario colectivo como el tipo que tenía unas ideas equivocadas sobre la herencia, y que propuso aquello tan gracioso del cuello de las jirafas. O hablando con propiedad: el desarrollo o atrofia de los órganos por uso y desuso, y la transmisión a la descendencia de los caracteres adquiridos. Es una injusticia. En su época, el mecanismo de la herencia se desconocía. Los científicos, Darwin incluido, pensaban como Lamarck. Lo que define al lamarckismo es lo siguiente: en los seres vivos hay una tendencia hacia el progreso, desde organismos simples hasta otros con sistemas nerviosos más complejos (con el hombre en la cima). Lamarck admitía la existencia de la selección natural, pero le otorgaba un papel secundario. Lo importante era la tendencia al progreso. La evolución tenía un sentido y una meta.

Una meta, sí: el progreso hacia la perfección. Y eso, ¿qué es?

Desde hace milenios, filósofos y religiosos han creído que la mente era superior a la materia. Los pensamientos elevados son superiores a la carne grosera. Por tanto, si la evolución tiende a la perfección, es lógico deducir que el motor del cambio evolutivo es el aumento de las capacidades mentales, en detrimento de la fuerza bruta. O sea, más cerebro y menos musculatura. Y si los alienígenas son «más evolucionados» que nosotros, pues les habrá pasado lo mismo, ¿no? Estarán en un estadio evolutivo superior, con mayor desarrollo de la mente (y del cerebro).

Bueno, hay mucho que objetar. Esta forma de entender la evolución es teleológica. Según el DRAE, la «teleología» es, en Filosofía, el estudio de las causas finales. También puede interpretarse como la atribución de finalidad u objetivo a algún proceso (en el caso que estamos considerando, a la evolución).

La teoría de la evolución por selección natural, tal como la propuso Darwin y es aceptada actualmente, no es teleológica. Para nada. Veamos. Es un hecho que la descendencia de los seres vivos muestra una cierta variación, salvo en el caso de los clones o los gemelos idénticos. Hoy sabemos que esa variación se debe a mutaciones en el ADN. Aquellos individuos cuyos rasgos les permitan una mejor adaptación al medio tendrán más posibilidades de dejar descendencia. A la larga, la acumulación de cambios de generación en generación dará lugar a la aparición de nuevas especies. Pero claro, si el medio ambiente cambia, puede que esas adaptaciones no sirvan para nada. Y dado que las mutaciones ocurren al azar, no hay lugar para la teleología.

Teilhard de Chardin (fuente: commons.wikimedia.org)

Sin embargo, igual que Lamarck, muchos buscan un propósito o finalidad en la evolución. Un caso llamativo es el del jesuita Teilhard de Chardin (1881-1955), preocupado por compatibilizar ciencia y cristianismo. No lo logró: la ciencia lo ignoró y la Iglesia lo repudió. Para Teilhard, la evolución era parte del plan divino. Nuestra especie seguiría evolucionando no sólo en lo biológico, sino también hacia un mayor nivel de conciencia. El resultado final sería el «punto Omega» (copiamos de la Wikipedia):

«Una colectividad armonizada de conciencias, que equivale a una especie de superconciencia. La Tierra cubriéndose no sólo de granos de pensamiento, contándose por miríadas, sino envolviéndose de una sola envoltura pensante hasta no formar precisamente más que un solo y amplio grano de pensamiento, a escala sideral. La pluralidad de las reflexiones individuales agrupándose y reforzándose en el acto de una sola reflexión unánime.»

En fin, prevalecería el pensamiento sobre la materia; una idea muy extendida y que ha sido recogida por la ciencia ficción. La evolución progresa gracias al aumento del cerebro en detrimento del resto del cuerpo, hasta alcanzar la pura conciencia descarnada.

Muy bonito, sí, pero pensemos como Darwin. Para que un rasgo tenga éxito y se afiance en una población, tendrá que transmitirse de una generación a otra de forma preferente, ¿verdad? Pues bien, a la hora de buscar pareja con la que aparearse, ¿cuál resulta más atractiva? ¿La de mente poderosa, pero de cuerpo débil y propensión a tener cabeza gorda? ¿O la guapa, bronceada y saludable, aunque su inteligencia sea manifiestamente mejorable?

¿Por quién apostarían ustedes a la hora de transmitir sus genes? 🙂

Rehacer los relatos

Recientemente he revisionado algunas viejas películas de terror. Entre ellas, cómo no, estaban algunas sobre nuestro monstruo favorito: la criatura de Frankenstein.

Probablemente la mejor película sobre el tema sea la de 1931, dirigida por James Whale y estrenada en España con el título «El doctor Frankenstein».  No menos buena es la divertida parodia «El jovencito Frankenstein», dirigida por Mel Brooks en 1974.

Naturalmente se trata en ambos casos de adaptaciones bastante libres de la novela de Mary Shelley. Y aquí es donde surge lo interesante: ¿Quién y qué es Frankenstein en las películas, y por qué? Se trata de un Doctor, un médico (Neurocirujano en el caso de la película de Mel Brooks). En cuanto a su criatura, se nos presenta como un ser monstruoso, un delincuente, debido a que se equivocan de cerebro al crearlo (sic), poniéndole el de un criminal, en un caso, y un cerebro «anormal» en el segundo. De cualquier manera en las películas la criatura es una masa embrutecida, un ser hecho de trozos de cadáver recosidos o atornillados. Normalmente actúa como un deficiente mental y las películas dan de él una imagen de cabeza cosida, con tuercas y de ralo pelo negro sobre una frente demasiado alta.

En la novela todo es distinto: Frankenstein no es un doctor, pues ni tan siquiera termina la carrera al huir después de haber dado vida a la criatura en su cuarto, cuando todavía es un estudiante. ¿Por qué la posteridad le ha regalado un título académico del que carece? También es frecuente que se refieran a él como médico, cuando en la novela es un estudiante de química. ¿Por qué cambian la ciencia? La criatura por su parte no ha sido hecha «a pedazos» en la novela, y no tiene ninguna anomalía cerebral de ningún tipo. ¿Por qué la posteridad ha convertido a la criatura en un deficiente mental? Aunque las diferencias son numerosas, sólo una más: en todas las películas e ilustraciones que recuerdo la criatura es de pelo negro o calva, cuando el único detalle de su aspecto físico que se describe en el libro, junto con su gran tamaño, es que tiene una larga cabellera rubia.

Parece que con el tiempo cada generación ha adaptado la historia de Frankenstein a su manera, y la imagen que perdura y domina sobre las demás es la que nos ofrece, más de cien años después de haberse escrito el libro, el cine de terror.

El joven estudiante que abandona la carrera se convierte así en doctor. ¿Para darle más credibilidad intelectual al personaje, tal vez? La química, ciencia que estaba de moda en el momento de escribirse la novela, se convierte en medicina. ¿Es más creíble para el espectador moderno? Los útiles químicos que emplea en su habitación el joven estudiante se convierten en chisporroteantes artilugios eléctricos en la torre de un castillo, probablemente porque quedaba mejor en pantalla. El monstruo se tiñe su pelo rubio y se nos convierte en moreno. ¿Para los anglosajones de principios del siglo XX era inadmisible que el monstruo deforme, física y moralmente, que redibujan tenga aspecto nórdico? Y lo más curioso de todo; el ser inteligente, sensible, que ha leído «El paraíso perdido» de Milton, y ha llorado «Las Penas Del Joven Werther» al leer a Goethe, se vuelve un deficiente que, en lugar de tratar de convencer a su creador con inteligentes razonamientos, capaces de conmover al lector, apenas sabe emitir un gruñido.

No solo se ha adaptado la historia que se relata en la novela: prevalecen en el imaginario popular unos sucesos, personajes y situaciones completamente diferentes. La brillante novela de Mary Shelley, que nos hablaba de ciencia, teología, filosofía y también de familia y soledad, la hemos convertido en algo completamente distinto. Que sea mejor o peor da lo mismo, pero es evidente que rehacemos continuamente las historias que más nos impresionan.