Blavatsky y el miedo al mono (II)

Confieso que leer La Doctrina Secreta de H. P. Blavatsky acabó siendo una tarea pesada. La extensión de la obra no facilita las cosas. Tampoco el estilo, con frecuencia confuso, que hace que el lector tenga que repasar varias veces el mismo párrafo para enterarse de algo (si es que se entera). Es fácil despistarse, más que nada porque en muchas ocasiones parece un batiburrillo, una acumulación desordenada de citas y datos sacados de contexto. A primera vista, da la impresión de ser un dechado de erudición, pero esta puede simularse si se utiliza el lenguaje adecuado. Como decía un sabio profesor mío, lo importante en esta vida no es saber, sino que parezca que sabes, y esto último resulta sencillo cuando conoces unos cuantos trucos.

Pero no adelantemos acontecimientos, y seamos positivos. Se pueden extraer muchas enseñanzas de La Doctrina Secreta, aunque me temo que no son las que la autora pretendía. Leer entre líneas nos incita a la reflexión sobre las distintas vías de búsqueda y transmisión del conocimiento, de lo que es Ciencia y lo que no. Sobre todo, nos muestra los miedos y anhelos de Blavatsky, un personaje fascinante. Y qué diantres, después de haberme tragado el libro con paciencia franciscana, al menos que el esfuerzo me sirva para sacar unas cuantas entradas del blog… 🙂

La edición en español que he utilizado es de dominio público. Consta de 6 tomos, agrupados en un archivo pdf. También pueden consultarse por separado en los enlaces externos que proporciona la Wikipedia. A veces, la traducción es mejorable y no aparecen ciertas ilustraciones originales. Por suerte, existe la posibilidad de acceder a la versión inglesa. En esa página pueden descargarse dos volúmenes, que corresponden a los cuatro primeros tomos en español. El tercer volumen en inglés, con los dos tomos restantes, puede consultarse aquí.

Sin entrar en detalles, según Blavatsky unos «Espíritus Planetarios» dejaron verdades reveladas a cada nueva raza humana. Dados los ciclos de auge y caída de las distintas razas (sí, en tiempos remotos existieron otras civilizaciones muchísimo más avanzadas que la nuestra), estas verdades caen en el olvido cada vez que el hombre se sume en la animalidad. Menos mal que siempre unos cuantos elegidos (los Adeptos) las irán transmitiendo de generación en generación. Al respecto, Blavatsky citará a lo largo de su obra las Estancias del Libro de Dzyan, un texto de origen tibetano que es mantenido fuera del alcance de ojos indebidos y que, por supuesto, ella pudo consultar.

Un inciso: muchos creen que el Libro de Dzyan es una invención de Blavatsky, pero el caso es que el nombre hizo fortuna y fue recogido en sus obras por escritores de la talla de H. P. Lovecraft.

H. P. Lovecraft, June 1934H. P. Lovecraft fue uno de los escritores influenciados por las obras de Blavatsky  (fuente: es.wikipedia.org)

Volvamos a La Doctrina Secreta. Los estudiosos de lo Oculto tendrán que aprender esas verdades reveladas poco a poco. Blavatsky afirma que sólo se limitó a dar unos apuntes, un esbozo. Los estudiosos podrán acceder a los saberes más enjundiosos cuando los propios Maestros (que están en otro plano de la existencia) den el visto bueno. Y, por supuesto, la voluntad de esos Maestros se manifestaba a través de Blavatsky. 🙂

Es interesante leer el apartado «Consideraciones sobre el sigilo» (tomo VI de la edición en español). Creo que resulta esclarecedor. ¿Por qué mantener los pormenores de la Doctrina en secreto? Da dos razones. La primera, que «la totalidad de la verdad es demasiado sagrada para que se exponga a todos». Y la segunda, que «el conocimiento de todos los pormenores […] es demasiado peligroso para que se ponga en manos profanas». Caramba. ¿La divulgación del saber es peligrosa? ¿Por qué?

El problema está en que hay estudiosos que se ponen del lado del Bien, y otros del Mal. Blavatsky compara el conocimiento con los venenos: a ciertas dosis, o combinados de determinada manera, pueden ser beneficiosos, pero en caso contrario matan. De ahí que estos saberes no puedan ser divulgados alegremente. La Humanidad no está preparada para ello. Además, los videntes e iniciados que conocen sus secretos son capaces de penetrar en otros planos de conciencia. Si comunicasen sus conocimientos el mundo no sería más sabio, porque los demás hombres no tienen experiencia en otras formas de percepción.

Esta llamada al secretismo puede reflejar la pugna entre Blavatsky y sus rivales; véase el libro El mandril de madame Blavatsky, de Peter Washington. Si tú eres la única persona con la que se comunican esos Maestros del plano astral, te conviertes en imprescindible. Puedes pasar la información a quien te apetezca o creas conveniente. Tienes el control de tu organización. Te necesitan. Tienes poder. Puedes llamar farsantes o descarriados a los que busquen esos saberes ocultos al margen de ti. Y, por supuesto, resulta gratificante para el ego. Te siguen. Te admiran. Eres alguien importante. Tu mente es superior. El resto de los mortales  no está preparado para saber lo que tú sabes.

Control de la información, secretismo, fuentes que no se pueden consultar… Tal vez por eso a Blavatsky no le gustaba la Ciencia, porque funciona de manera completamente distinta; el antagonismo es manifiesto. El rechazo, la indignación que ella sentía hacia ciertos aspectos de la Ciencia resultan evidentes a lo largo y ancho de La Doctrina Secreta. Es incapaz de disimularlo. Es algo visceral; no hay más que ver los epítetos que utiliza, el tono que emplea. No pierde ocasión de recalcar que los conocimientos del Ocultismo son muy superiores a los de la Ciencia materialista. Y cuando se toca el tema del parentesco entre hombres y simios, el enfado se torna colosal.

¿Entendía Blavatsky qué es en realidad la Ciencia? ¿Por qué ese rechazo? ¿Qué tenía contra Darwin? ¿Por qué le disgustaba tanto que nos emparentaran con los monos? Nos ocuparemos de ello en la siguientes entradas, en las que trataremos asimismo de exponer su curiosa visión del universo y los seres vivos.

Anuncios

Blavatsky y el miedo al mono (I)

En una entrada anterior, cuando discutíamos las teorías pseudocientíficas que atribuyen la construcción de las grandes pirámides a antiguas civilizaciones, citamos a Helena Petrovna Blavatsky (1831-1891). Fue una de las principales impulsoras de la Teosofía, una doctrina bastante popular en la segunda mitad del siglo XIX. Su génesis, así como los distintos movimientos, seguidores y gurús que de ella derivan, aparecen muy bien relatados en el libro El mandril de Madame Blavatsky, de Peter Washington.

Helena Petrovna BlavatskyHelena Petrovna Blavatsky (fuente: es.wikipedia.org)

Así, picado por la curiosidad y porque es aconsejable acudir a los textos originales en vez de hablar de oídas o por referencias, busqué en Internet La doctrina secreta, obra cumbre de Blavatsky, donde se exponen en profundidad sus ideas. Como se trata de una obra antigua y descatalogada, puede encontrarse con facilidad en pdf, Y me la leí. Fue duro acabar sus 2783 páginas, como ya comenté entonces. 🙂

emb_logoEmblema de la Sociedad Teosófica, cofundada por H. P. Blavatsky (fuente: en.wikipedia.org)

Antes de considerar la visión pseudocientífica blavatskiana del cosmos, nos detendremos en algo que me llamó poderosamente la atención conforme leía capítulo tras capítulo de La doctrina secreta: ¿Por qué Blavatsky no podía soportar que el hombre descendiera del mono? Dicho de otro modo: ¿Qué hay de malo en que Homo sapiens haya evolucionado a partir de antepasados simiescos?

La publicación en 1859 de El origen de las especies supuso un antes y un después, y no sólo para la Biología. La obra de Charles Darwin, entre otras cosas, conectaba al ser humano con el resto de criaturas de la Tierra. Muchas personas aceptaron sin problemas la teoría de la evolución por selección natural, dado el rigor de las pruebas y los argumentos presentados por Darwin. Otras la rechazaron, incluso de forma vehemente. Blavatsky perteneció a este último grupo.

origin_of_species_title_pagePortada de la 1ª edición de El origen de las especies (fuente: es.wikipedia.org)

A lo largo de La doctrina secreta queda patente que su autora sentía una mezcla de repugnancia e indignación ante el darwinismo. Se lo tomaba casi como una afrenta. Podríamos decir que Blavatsky rebusca hasta debajo de las piedras para intentar hallar algo, lo que sea, que le permita rebatir que nuestra especie procede de unos simios. Al leerla me dio la impresión de que la reacción de la autora era visceral, basada en la emoción, aunque luego tratara de justificarla con supuestas pruebas.

Antes de analizar las peculiares propuestas blavatskianas sobre la evolución, merece la pena reflexionar sobre ese «miedo al mono» que, por cierto, no es exclusivo de Blavatsky. La cofundadora de la Sociedad Teosófica expresa algo muy extendido en el pensamiento occidental. En buena medida nuestra cultura, nuestra filosofía, se basan en que el hombre es algo especial, un ser aparte de las criaturas de la naturaleza. Hay un salto cuántico entre los demás animales y nosotros. De hecho, hay quien se ofende por el hecho de que los seres humanos seamos considerados meros animales.

elmonoLa famosa etiqueta del Anís del Mono ¿se mofa de Darwin?

¿Por qué nos creemos tan especiales? El supuesto abismo entre Homo sapiens y el resto se debe, más que nada, a que todas las especies próximas a la nuestra, como los neandertales o los denisovanos, se extinguieron hace miles de años. Probablemente, también influye que en el Mediterráneo Oriental, la zona donde nace nuestra tradición cultural (filosofía griega, creencias judeocristianas) no había grandes antropoides. Gorilas y chimpancés se parecen demasiado a nosotros, y pueden hacernos reflexionar sobre si realmente somos tan distintos.

Darwin lo puso todo patas arriba. No sólo propuso una teoría científica que explicaba la riqueza de la vida sin necesidad de recurrir a un Diseñador. Además, mostró cómo éramos una rama más del frondoso Árbol de la Vida y que todos los seres estábamos emparentados. Buceando en el océano del tiempo, siempre encontraríamos un antepasado común. Necesitaríamos retroceder unos seis millones de años para dar con el ancestro que compartimos con los chimpancés.  Nos separamos de la rama que dio origen a los dinosaurios y aves hace más de 320 millones de años. Para dar con el antepasado común de champiñones y seres humanos aún tendríamos que sumergirnos unos cuantos cientos de millones de años más. Pero tarde o temprano, el ancestro estará ahí.

Editorial cartoon depicting Charles Darwin as an ape (1871)Una de las más famosas caricaturas de Darwin (fuente: es.wikipedia.org)

A lo largo de los siglos, los científicos contribuyeron a enterrar la idea de que todo el cosmos giraba en torno al ser humano. Copérnico comenzó a cavar la fosa, al proponer que la Tierra no era el centro del Universo. William Herschel preparó un bonito ataúd, al observar el espacio profundo y mostrar que el Sistema Solar era uno más dentro de un universo de vastedad inconcebible. Y Darwin clavó la tapa, al indicar que la complejidad de la vida podía haber aparecido sin recurrir a causas sobrenaturales, y que nosotros éramos una especie más.

El orgullo humano, mejor dicho, el orgullo de muchos humanos no pudo digerir una píldora tan amarga. Queríamos seguir siendo especiales, únicos.  Quién sabe si Blavatsky construyó todo el edificio de la doctrina teosófica precisamente para eso, para sentir que pertenecía a algo especial, por encima del común de los mortales. Pero el darwinismo le recordaba que, quizá, no éramos tan gran cosa.

Finalizaremos con una anécdota. En su libro, Peter Washington cuenta que Blavatsky tenía una colección de animales disecados, entre los que destacaba un mandril vestido con chaqueta y corbata, que portaba el manuscrito de una conferencia sobre El origen de las especies. Desde luego, no perdía ocasión de despreciar al darwinismo.

En fin, el tiempo acaba por poner a cada uno en su sitio. Darwin es considerado hoy como uno de los científicos más insignes de todos los tiempos. En cambio, pocos recuerdan a Blavatsky, y la imagen que ha quedado de ella es más bien de embaucadora. Sic transit gloria mundi.

La mano no tan muerta de Platón (y II)

Como dijimos en la entrada anterior, el pensamiento esencialista ha sido durante siglos un lastre para el progreso de la Biología. Si hay un «tipo» o «esencia» de cada especie, eso implica que hay algo que no cambia, que es permanente. Por tanto, el concepto de «evolución» resulta absurdo. Como mucho, puede haber variaciones menores, pero nunca aparición de especies nuevas.

Por cierto, ¿qué es una especie? Ahí está el problema. La naturaleza se empeña en poner las cosas difíciles a quienes aman las definiciones claras, las esencias.

No existe una definición de “especie” universalmente aceptada. Por ejemplo, Linneo lo tenía claro (citamos de la Wikipedia):

«Contamos tantas especies cuantas formas distintas fueron creadas en el principio.»

Más esencialista, imposible. Recurramos de nuevo a la Wikipedia y veamos una definición más o menos consensuada de especie:

«En taxonomía, especie (del latín species), o más exactamente especie biológica, es la unidad básica de la clasificación biológica. Una especie se define a menudo como el conjunto de organismos o poblaciones naturales capaces de entrecruzarse y de producir descendencia fértil, pero no pueden hacerlo —o al menos no lo hacen habitualmente— con los miembros de poblaciones pertenecientes a otras especies.»

El problema es que en ocasiones resulta imposible establecer los límites entre especies, pues la inmensa mayoría de seres vivos no han leído a Platón y claro, tienden a comportarse de forma enojosa para los filósofos. 🙂

Un ejemplo nos ayudará a comprenderlo: el de la evolución de los idiomas. Sin ir más lejos, el español deriva del latín. Ambas lenguas son muy diferentes; un hispanohablante no entenderá un texto en latín, salvo que haya estudiado a fondo la lengua de Virgilio. ¿En qué momento el latín se convirtió en español? ¿Cuándo «cambió su esencia»? En realidad, nunca, pues cada nueva generación puede comprender el habla de sus padres. Sí, siempre hay algunas palabras que los jóvenes incorporan al vocabulario, y otras que tienden a usarse menos, pero apenas se nota. Nunca hubo alguien que dijera: «Cara uxor, quae linguae puero?» [«Querida esposa, ¿en qué idioma habla este niño?» Gracias, Google Translator]. 🙂 La frontera entre latín y español no puede trazarse en un momento concreto. Sólo al cabo de mucho tiempo, ambos idiomas resultan mutuamente ininteligibles, y podemos decir que son distintos.

anillo1Figura 1

En la naturaleza hallamos situaciones comparables, como es el caso de las «especies anillo» (ring species). La figura 1 representa un caso frecuente en la naturaleza. Hay varias poblaciones de una misma especie que se distribuyen a lo largo de un área geográfica (por ejemplo desde la base hasta la cima de una montaña). La población 1 es bastante parecida a la 2, y los individuos de ambas pueden aparearse sin problemas (o incluso con entusiasmo), y dan descendencia fértil. Nadie dudaría, por tanto, que pertenecen a la misma especie. Asimismo, la población 2 puede mezclarse con la 3, la 3 con la 4 y la 4 con la 5. Pero si intentamos juntar un individuo de la población 1 con otro de la 5, serán incapaces de tener descendencia fértil. Puede que sean tan diferentes que ni siquiera muestren interés en aparearse. Estaríamos hablando de especies distintas pero ¿dónde está la frontera entre ambas? Mejor dicho: ¿existe esa frontera?

anillo2Figura 2

La situación se complica en la figura 2. Si las poblaciones no se distribuyen en línea recta, sino que forman un anillo (por ejemplo, en torno a las costas de un océano como el Ártico o el Pacífico), puede que la población 1 y la 5 coexistan en el mismo lugar. Son tan diferentes que un biólogo las consideraría especies distintas, pero hay un montón de poblaciones interfértiles situadas entre ambas.

La naturaleza no es platónica. No siempre hay límites claros, sino que abundan las fronteras difusas, las transiciones, la evanescencia. Para que haya límites claros, es necesario que las formas de transición desaparezcan. ¿Por qué somos distintos de los grandes simios? Básicamente, porque todas las formas intermedias se han extinguido. Imaginemos (escritores de ciencia ficción, ahí tenéis una idea) un universo alternativo donde existieran multitud de poblaciones diversas de homínidos, con posibilidad de cruzamientos fértiles entre ellas. ¿Habría podido tener éxito un filósofo como Platón? ¿Nos consideraríamos algo especial?

El pensamiento darwinista es poblacional, no esencialista. La diferencia con el platonismo es radical. Resulta un fastidio que la naturaleza sea así, pues a los seres humanos nos gusta clasificar las cosas y tipificarlas para entender la complejidad del cosmos, pero es lo que hay. Parafraseando la canción de Serrat, «nunca es triste la verdad; lo que no tiene es remedio».

Por tanto, carece de sentido preguntarse por la cara que se le quedó a los padres australopitecos cuando tuvieron el primer niño del género Homo, o a mamá reptil cuando del huevo que estaba empollando nació la primera ave. Ese cambio brusco, esencial, nunca se dio. En la naturaleza no hay esencias platónicas; más bien encontramos ríos que fluyen. Sin embargo, seguimos usando los esquemas de pensamiento platónicos. La mano de Platón puede que esté muerta, pero aún pesa bastante.

P.S.: En la naturaleza, por supuesto, hay excepciones para todo. Pueden aparecer nuevas especies de golpe, como es el caso de la poliploidía (en algunas plantas y algas, sobre todo). Sin embargo, no es lo más normal.

La mano no tan muerta de Platón (I)

No hace falta ser filósofo para saber que Platón (427-347 a.C.) es una de los figuras más influyentes en el desarrollo de la cultura occidental. Además, fue maestro de Aristóteles (384-322 a.C.), otro peso pesado de la filosofía y la ciencia, y durante muchos siglos considerado la única referencia válida en el conocimiento de la naturaleza. Sin embargo, hay quien piensa que esa inmensa relevancia es inmerecida, y se debe más a circunstancias históricas que a méritos propios. En la Antigüedad Clásica hubo otros filósofos más apreciados que Platón, y que defendían unas ideas mucho más interesantes.

EpicuroEpicuro de Samos  (fuente: es.wikipedia.org)

Por ejemplo, Epicuro de Samos. Redactó más de 300 manuscritos, y no sólo sobre Ética o Teología, sino también sobre temas que hoy llamaríamos científicos: Física, Astronomía, Meteorología… mas casi todo eso se perdió. El surgimiento del Cristianismo y la caída del Imperio Romano significaron la destrucción sistemática de la práctica totalidad de la sabiduría antigua. De la ingente obra de Epicuro sólo se conservan tres cartas y una serie de máximas. Otros autores recogieron sus teorías, pero eso no evitó que su fama se eclipsara.

Platón fue el gran beneficiado. Su filosofía fue la menos mala para la triunfante Iglesia, la que mejor podía ajustarse a los dogmas cristianos. Eso hizo que sus obras se salvaran de la destrucción y, cuando el mundo occidental se vino abajo, aún quedaban bastantes manuscritos de él y su discípulo Aristóteles que fueron rescatados y traducidos por los eruditos árabes, los salvadores del saber clásico. El resto es Historia.

Nos guste o no, la influencia de Platón ha sido poderosa y duradera. Ha tenido aspectos positivos, por supuesto, pero también ha supuesto una rémora en el desarrollo de algunas ciencias. Por ejemplo, la Biología. Y todo por culpa del esencialismo.

AtenasLa escuela de Atenas, pintura de Rafael Sanzio, 1510-1512  (fuente: es.wikipedia.org). En esta parte del cuadro vemos a Platón (izquierda; el artista lo representó con la cara de Leonardo da Vinci) señalando a lo alto, al mundo de las ideas. A su lado, Aristóteles, con la palma de la mano hacia el suelo, parece indicarle que se fije por dónde pisa. 🙂

Platón y Aristóteles creían que detrás de todo cuanto percibimos existe una «realidad ideal» o «esencia» (recordemos la alegoría de la caverna, que tuvimos que estudiar de jóvenes en la asignatura de Filosofía). Las cosas mundanas son copias imperfectas de las realidades ideales. Éstas son reales, mientras que lo que percibimos a nuestro alrededor es una suerte de ilusión. Pocos conceptos hay tan poderosos como éste en la cultura occidental.

Esto de la idea o esencia parece válido cuando se aplica a las obras humanas. Un artesano puede construir un botijo a partir de un «botijo ideal». El problema surge cuando lo aplicamos a la naturaleza. Para el pensamiento platónico y aristotélico, las plantas y animales que nos rodean también son modelos «imperfectos» de tipos ideales. Hay, por ejemplo, una «idea» real de jirafa por ahí, flotando en algún sitio, y las jirafas que pululan por el mundo son ilusiones, sombras en la caverna.

Carl_von_LinnéLinneo  (fuente: es.wikipedia.org)

Con estas premisas, y desde la óptica cristiana, era lógico suponer que las diversas especies de seres vivos fueron en principio ideas distintas en la mente de Dios. Linneo (1707-1778) y los primeros naturalistas fueron tipologistas. O sea, buscaban el «espécimen tipo» de cada especie, que la definiera (si algún taxónomo lee esto, sabrá exactamente a que nos referimos). Por tanto, su noción de la naturaleza, conscientemente o no, era la de los esencialistas.

Obviamente, el concepto de evolución resultaba absurdo. Las ideas o esencias son inmutables, así que ¿cómo van a cambiar? Téngase en cuenta también que los escritos de Platón y Aristóteles se habían convertido en dogma, una actitud nada científica pero muy típica de las religiones organizadas. El que los contradijera se exponía a sufrir el rechazo de los sabios, cuando no la visita del inquisidor.

Por eso, la teoría de la evolución por selección natural de Darwin y Wallace fue un torpedo que impactó de lleno en la línea de flotación del pensamiento occidental. Resulta llamativo que Darwin no ocupe un lugar privilegiado en el temario de las asignaturas que tratan la Historia de la Filosofía. Que alguien nos lo explique, por favor.

En la próxima (y última) parte de esta entrada consideraremos las diferencias entre la visión platónica y la darwiniana de la naturaleza, y cómo esta última no ha sido bien comprendida. La mano muerta de Platón, que diría Richard Dawkins, sigue pesando mucho.