Solaris (y IV)

La última versión cinematográfica de Solaris (Steven Soderbergh, 2002) es la menos fiel a la novela de Lem, sin duda. Además, es la primera que procede de un país no eslavo.

Transcurrieron 30 años entre la película de Tarkovski y la de Soderbergh. Esta última es una obra de Hollywood, con James Cameron como uno de sus productores. Aparte del progreso en los efectos especiales, ha habido una adaptación a los gustos del público. Salvo Kelvin (George Clooney) y Gibarian (Ulrich Tukur), los demás protagonistas han cambiado sus nombres respecto a la novela. Hari es ahora Rheya (Natascha McElhone), Snaut es Snow (Jeremy Davies) y Sartorius se ha convertido, tras mudar sexo y raza, en la doctora Gordon (Viola Davis). Por corrección política, supongo.

Algo queda de la novela, pero buena parte se ha perdido o modificado. Veamos los tres aspectos que comentábamos en las entradas previas. He visionado la versión original subtitulada. Y ahora vienen spoilers

1.- Solaris y el sentido de la maravilla.

Olvídense del océano, las simetríadas y demás fantásticas creaciones de Lem. Aquí, Solaris es un cuerpo celeste de naturaleza indeterminada (¿un planeta?), envuelto en un sudario de jirones de niebla azul. Queda muy bonito, con unos efectos especiales sobrios y bien logrados, pero no es lo mismo. En cuanto a la estación, ya no se cierne sobre el océano planetario, sino que se limita a orbitar en torno a Solaris. Y de la Solarística y sus controversias académicas, ni rastro. En el fondo, el escenario futurista se ha convertido en el marco para contar un relato cuya fortaleza no recae en la ciencia ficción, precisamente.

2.- El ambiente malsano y opresivo de la estación.

Algo de eso hay a la llegada de Kelvin: soledad, sangre seca, un niño misterioso… Pero muy poco, si lo comparamos con la novela y las anteriores versiones cinematográficas.

SOLARIS THEATRICAL ONE SHEET MECHANICAL • ART MACHINE JOB# 5136 • 10/09/02

Queda claro que esta versión de Solaris se centra en la historia de amor…

3.- Enamorarse de un fantasma.

De eso va la película. Nada queda del confuso existencialismo de Tarkovski (1972) o del intento de divulgar el relato de Lem (versión soviética de 1968). Se trata tan sólo de una historia de amor, de arrepentimiento, de redención. Nada más y nada menos.

Reconozcámoslo: George Clooney reacciona de forma más creíble que Donatas Banionis (en la película de Tarkovski) cuando se topa con su esposa muerta. Sin duda, expresa mejor sus sentimientos. Hace lo normal en estos casos: llevarse un susto de muerte y salir corriendo. 🙂 Por su parte, la dra. Gordon cumple con su papel de emular a Sartorius en su recelo a los visitantes. En cuanto al joven Snow, actúa todo el rato como si estuviese drogado. O como si su objetivo fuera desconcertar a Kelvin.

Por cierto, tuve la impresión de que los personajes se empeñaban en susurrar, más que hablar. Puede que sean figuraciones mías, o que se deba a las características de la lengua inglesa, de fonética muy distinta a la rusa de las otras versiones.

El final me pareció satisfactorio, la conclusión adecuada para un relato que versa sobre el perdón, la redención y las segundas oportunidades. De hecho, el escenario de ciencia ficción es una excusa para poder contar una historia de amor sin intentar, como en el caso de Tarkovski, imitar a Dostoyevski y sus cuestiones sobre el sentido de la existencia y lo que significa ser humano.

En resumen, me ha gustado, aunque tampoco figurará entre mis favoritas. Desde luego, si alguien busca adentrarse en el universo literario de Lem gracias a esta película, mejor que pruebe con otra cosa.

Y eso es todo, amigos. De verdad, esto de comentar películas puede llegar a fatigar. En la próxima entrega cambiaremos de tema. 🙂

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Solaris (III)

Resulta difícil obviar ciertos prejuicios a la hora de comentar una película como Solaris (Солярис, 1972), de  Andréi Tarkovski. Muchos intelectuales la ensalzan; aparentemente, eres un zote si no caes rendido ante tamaña maravilla del séptimo arte. En cambio, otros piensan que es un tostón que aburre a las ovejas. No hay término medio.

Solyaris_ussr_posterSolaris, 1972 (fuente: en.wikipedia.org)

Es sabido que cierto sector de la intelectualidad europea tiende a loar la cinematografía que procede de cualquier país que no sea Estados Unidos. Y ahí me surge la duda. La veneración hacia la película de Tarkovski, ¿se debe a su calidad intrínseca, o a que es uno de los pocos filmes de ciencia ficción con pretensiones rodado en la URSS?

He intentado no dejarme influenciar por la polémica. Como indicamos en las entradas previas, primero me leí la novela de Lem y a continuación vi la película de Ishimbayeva y Nirenburg (1968). Con esos precedentes, me dispuse a enfrentarme a la que algunos consideran la respuesta soviética a 2001: A Space Odyssey.

Aquí, entre nosotros: me quedo con 2001. Argumentémoslo. 🙂

Ante todo, Solaris no me parece una mala película, aunque en algunos momentos me resulta lenta y cansina. Por otro lado, es algo menos fiel a Lem que la versión televisiva de 1968. Asimismo, comprendo perfectamente que si alguien la ve sin haber leído antes la novela, puede aburrirse o no entender nada.

De acuerdo, el lenguaje cinematográfico es diferente al literario. Sin embargo, mientras que la versión de 1968 trata de adaptar el relato de Lem sin otra pretensión que la de divulgarlo entre el gran público, me da la impresión de que Tarkovski, valiéndose de Lem, nos cuela su propia visión del cosmos y el sentido de la vida. Una visión que, por cierto, se me antoja confusa.

El archivo que he visionado (versión original en ruso subtitulada) dura 2 horas y 46 minutos, nada menos. Aviso: spoilers a porrillo a partir de ahora. 🙂

solaris_lagoEscena junto al lago, al inicio de la película (fuente: cinemasailor.com)

Mientras que la novela se inicia con la llegada de Kelvin a la estación de Solaris, en la película eso no ocurre hasta el minuto 43. O sea, casi tres cuartos de hora (que se dice pronto) transcurren en una dacha situada en medio del bosque. En ese espacio de tiempo, el protagonista pasa largos ratos contemplando el lago, o bien se expone a pillar una pulmonía o a que lo parta un rayo calándose bajo la tormenta, pensativo él. También hay un momento en que un personaje secundario (Berton) viaja en coche. Son casi 5 minutos de autopistas (filmadas en Japón, por cierto) y planos del interior del vehículo. Supongo que Tarkovski quería decirnos algo con todo eso. Yo no consigo pillarlo. Lo siento.

Lo mismo me ocurre con las escenas en las que sale un caballo. Supongo que tendrá un significado profundo, una simbología que me confieso incapaz de aprehender. O a lo mejor es que a Tarkovski le gustaban los caballos y le hacía ilusión que apareciera alguno en la película. A saber.

De todos modos, en este lento inicio se explica al espectador, mediante vídeos y programas de televisión, qué es el océano de Solaris y las controversias de la Solarística. Nos presenta una situación estancada: la Humanidad se enfrenta a una entidad alienígena, posiblemente inteligente, de dimensiones planetarias, pero la comunicación con ella parece imposible. La Solarística degenera. Es un resumen sucinto, pero adecuado, de las jugosas (y prolijas) discusiones académicas que aparecen en la novela.

Bueno, han pasado tres cuartos de hora y Kelvin ha llegado a la estación de Solaris. Consideremos los tres aspectos de la novela que comentábamos en la primera entrada de esta serie. ¿Qué es de ellos en la película?

solaris_oceanoEl océano de Solaris (fuente: cinemasailor.com)

El carácter extraño, alienígeno e inquietante del océano queda patente, aunque echo en falta que se hubieran gastado algo más en efectos especiales para mostrarnos alguna simetríada o estructuras similares capaces de despertar nuestro sentido de la maravilla, como ocurre en la novela. En los planos del océano sólo hay olas, discretos remolinos y nubes. ¿Problemas de presupuesto? En la versión de 1968 eso era justificable (al fin y al cabo, estaba pensada para la TV, en plan Estudio 1), pero aquí podrían haberse estirado un poco más. 2001, que vio la luz cuatro años antes, exhibía unos efectos especiales muy superiores a los de Solaris.

En segundo lugar, el ambiente malsano y desquiciado de la estación y sus moradores, tan logrado en la novela (y en la versión de 1968), aquí no es tan acusado. Se me antoja más extraño o absurdo que desasosegante. Supongo que es problema mío. Por algún motivo, me deja frío la interpretación de Donatas Banionis (Kelvin). No sé, es como si estuviera embotada su capacidad de expresar sentimientos.

Solaris_protagDonatas Banionis (Kelvin) y Natalia Bondarchuk (Hari) (fuente: http://www.clasicartfilms.com)

Por ejemplo, cuando despierta y se encuentra con su mujer, muerta diez años antes, apenas reacciona. En la versión de 1968, Kelvin, en cuanto se da cuenta de que no es un sueño, se lleva un susto monumental, pobrecillo. Lógico; no me negarán ustedes que la situación acojona. En cambio, aquí da la impresión de que se lo toma con cierta pachorra, valga la expresión. Tampoco parece muy afectado cuando se deshace de la copia de Hari en la cápsula, ni tampoco al final, cuando acaban definitivamente con ella. Y tenía que haberse quedado hecho polvo, ¿no? Otros actores expresan más emotividad en sus interpretaciones, a mi entender. Es el caso, por ejemplo, de Natalia Bondarchuk (Hari). Me impresionó su actuación en la escena del suicidio y la resurrección.

Más diferencias con la novela: se muestran abiertamente otros visitantes, aparte de Hari. Uno de ellos, la muchacha de azul que ronda la estación, no se parece en nada a la «monstruosa Afrodita negra» que describe Lem. En la novela, los visitantes son ominosos; aquí, simplemente pintorescos. Se pierde buena parte de la inquietud que transmite el texto original.

En tercer lugar, tenemos la interacción entre Kelvin y el fantasma de Hari, lo que más puede emocionar al espectador. En la versión de 1968 así lo entendieron, como ya comentamos. Aquí también, pero me temo que Tarkovski desvirtúa lo que Lem nos quería decir. O sea, se vale de los personajes de Lem como pretexto para endosarnos sus ideas y dudas sobre el sentido de la vida y otras profundas cuestiones metafísicas.

Hay escenas que no aparecen para nada en la novela, como la fiesta de cumpleaños de Snaut, con los llantos de Hari, los exabruptos de Sartorius, las inconsistencias de Snaut y una cierta indolencia de Kelvin. Los diálogos son mayormente de Tarkovski, no de Lem. Aquí, igual que en otras escenas de la última parte de la película, los personajes discuten sobre si los seres humanos han perdido el sentido de lo cósmico, se contrapone al amor frente a la ciencia (como si ambas cosas fueran necesariamente incompatibles…), filosofan sobre qué significa ser humano, etc. Confieso que en algún momento de esas discusiones me quedé perplejo, como cuando la cámara hace un zoom a la oreja de Kelvin hasta mostrarnos los pelillos, y se queda ahí un rato. Sigo sin pillar la simbología.

Solaris_SartoriusAnatoli Solonitsyn (Sartorius) (fuente: gizmodo.com)

Sí, Tarkovski usa a Lem para contarnos la historia que le interesa. Y francamente, prefiero lo que Lem nos ofrece. Dicho sea de paso, una vez que me vi la película y redacté el borrador de esta entrada, y mientras buscaba por Internet datos sobre los actores y demás, me enteré de que el propio Lem manifestó que no le gustaba la versión de Tarkovski. No me extraña. Según el escritor polaco, el cineasta había intentado hacer una obra en plan Dostoyevski, y eso no era lo que él quería contar. Y no digamos el final…

En fin, concluyamos. ¿Me ha gustado la película? Pues sí, aunque no figurará entre mis favoritas. Tiene aspectos interesantes, y en algunos puntos es fiel a Lem, pero en ocasiones resulta muy lenta, y cuando Tarkovski empieza a divagar sobre el sentido de la vida me parece prolija y confusa. Supongo que, como no soy intelectual ni crítico de cine, lo que para mí es confusión para otros será profundidad. Me gusta Tarkovski sólo en los momentos en que sigue a Lem. Qué se le va a hacer.

Bueno, y ahora, a por la de Soderbergh (2002). Ay, qué largo se me está haciendo esto… 🙂

Solaris (II)

Buen año, 1968. En él se estrenó 2001: A Space Odyssey, que ya comentamos en otra entrada. Si comparamos la maravilla de Kubrick y Clarke con la versión de Solaris (Солярис, 1968) dirigida por los soviéticos Lidia Ishimbayeva y Borís Nirenburg, la diferencia es abismal. Sin embargo, dicha comparación carece de sentido. Estamos hablando de cosas completamente distintas.

Solaris1968Solaris, 1968 (fuente: en.wikipedia.org)

Solaris  no es una película concebida para proyectarse en un cine. Se trata de una obra en dos partes, de algo más de dos horas en total, destinada a la pequeña pantalla. Sí, la televisión de la época, en blanco y negro. En Internet se puede encontrar la versión original en ruso y, rebuscando un poco, también un archivo .srt con los subtítulos en español, redactado con más entusiasmo que respeto por la ortografía. 🙂

Visionándola, sentí una punzada de nostalgia. Los más viejos de los lectores españoles recordarán los míticos programas de Estudio 1 de las década de 1960 y 1970. Blanco y negro, decorados sencillos y excelentes actores, que convirtieron los platós televisivos en escenarios teatrales. Así fue cómo algunos, de niños, conocimos grandes clásicos de la literatura española y universal: Lope de Vega, Galdós, Chéjov, Wilde, Shakespeare…

actores_Solaris68De izquierda a derecha, los actores Vladímir Etush (Snaut), Víctor Zozulin (Sartorius) y Vasili Lanovoy (Kelvin). Una duda: la calva de Sartorius ¿es natural o postiza? 🙂 (fuente: http://www.divxclasico.com)

En esta versión de Solaris ocurre algo similar. Con la penuria de medios consustancial a estas adaptaciones televisivas, se presentó al público soviético una notable obra literaria. Estudios con decorados de cartón piedra, efectos especiales inexistentes (por ejemplo, el aterrizaje en la estación se resuelve enfocando todo el rato la cámara en el rostro de Kelvin, y ya está)… Tan sólo hay un par de escenas brevísimas en las que se muestra un cohete, y punto. La «tecnología de ciencia ficción» es de los años 1960 (o incluso anterior, a juzgar por la pinta que tiene). Lo que importa es la interpretación de los actores, más propia del teatro que del cine. Por fortuna, el carácter claustrofóbico de la novela de Lem permite que pueda llevarse a la pantalla sin grandes medios técnicos.

actrizSolaris68La perturbadora mirada de la actriz Antonina Pilyus (Harey) (fuente: e-ciencia.com)

Opino que esta adaptación es la más fiel a la novela. Los directores no se empecinan en contar «su» historia al espectador, sino que se limitan a adaptar la obra de Lem a la pequeña pantalla. Creo que logran su objetivo. Uno se hace una idea cabal de Solaris con ella.

Por supuesto, hay cambios. El lenguaje narrativo de la televisión y del libro son distintos. De los tres aspectos destacados de la novela que comentamos en la entrada anterior, (imposibilidad de entendimiento con el océano, ambiente malsano e historia de amor con un fantasma), se resalta la historia de amor, el ambiente desquiciado, el conflicto emocional. La fascinante descripción del océano que hace Lem, y los problemas de entenderlo, brillan por su ausencia o quedan un tanto marginados. Asimismo, algunos diálogos se han cambiado para dar mayor dramatismo a las escenas y resaltar los sentimientos, además de hacer la obra más digerible para el espectador. Teniendo en cuenta todo lo anterior, es razonablemente fiel al original.

En suma, me ha gustado. Y ahora, a por Tarkovski. 🙂

Solaris (I)

Confieso que, pese a mi afición por la ciencia ficción, no había leído Solaris, la famosa novela de Stanisław Lem. Tampoco había visto la renombrada adaptación al cine de Tarkovski. Es curioso, pues Lem es un autor que me gusta, aunque algunas de sus obras no acaban de engancharme. No sé; el desinterés quizá se debiera a mi rechazo hacia la actitud de algunos intelectuales, que ensalzan Solaris (novela y película), al mismo tiempo que desprecian a muchos grandes clásicos de la ciencia ficción estadounidense.

Es notorio el tradicional antiamericanismo en cierto sector de la intelectualidad española, paralelo a su adoración por las obras provenientes del difunto bloque soviético. ¿Ha sido Solaris sobrevalorada por su origen (polaco, en este caso), en vez de por su calidad intrínseca? Por otro lado, tal vez me equivocara. ¿Y si me estuviera perdiendo una obra en verdad excelente?

Sólo había una forma de salir de dudas. Sin pararme a ojear críticas y reseñas que me influenciaran, decidí leerme la novela de Lem (1961) y, acto seguido, visionar las tres películas que sobre ella se hicieron, dirigidas por Nirenburg e Ishimbayeva (1968), Tarkovski (1972) y Soderbergh (2002). Por supuesto, no de una sentada; el cuerpo humano tiene sus limites… 🙂

A continuación, paso a exponer mis impresiones.

LA NOVELA (1961):

Solaris

He leído el ejemplar de Solaris que tenía olvidado en la biblioteca (¿cuándo lo compraría?), publicado por Minotauro (Argentina, 1977). Lo primero que me llamó la atención fue la traducción, manifiestamente mejorable. Eché un vistazo a los datos que figuran en la página 6, y me encontré con una referencia al «original inglés». ¿Inglés? O sea, se trata de la traducción de una traducción, circunstancia harto frecuente en las obras de autores eslavos. Existe una edición española traducida directamente del polaco pero, puesto que tenía a mano la de Minotauro, preferí ahorrarme unos euros. 🙂

Me ha gustado Solaris. La considero una buena novela de ciencia ficción, o incluso una buena novela, a secas. No obstante, comprendo que pueda haber lectores a quienes les resulte pesada. Y a partir de aquí, habrá spoilers por todos lados. Avisado quedas, amigo internauta.

SolarisEl océano de Solaris y sus dos soles (fuente: es.wikipedia.org; ilustración de Dominique Signoret)

El argumento se resume pronto. En torno a un sistema binario orbita el planeta Solaris. Casi toda su superficie está ocupada por un vasto océano, pero no de agua, sino de una materia que parece orgánica. Más aún: se sospecha que este océano puede ser una entidad inteligente, de dimensiones planetarias. Ríete tú de la hipótesis de Gaia… 🙂

Sobre el océano existe una estación dedicada a su estudio. A ella llega Kelvin, el protagonista (la novela está narrada en primera persona). Seremos testigos de todo lo que sucede a través de sus ojos, con una percepción quizá distorsionada. También constataremos cómo piensa, cuáles son sus miedos.

Yo destacaría tres aspectos de la novela:

1º) ¿Es posible entenderse con una inteligencia alienígena?

El portentoso océano de Solaris genera una disciplina científica consagrada a su estudio: la solariología. A lo largo de la novela, no sólo se nos describe la belleza y complejidad del océano, sino que Lem se explaya acerca de las distintas teorías de los solaristas, escuelas de pensamiento, controversias académicas… A mí, como científico, me encantan esas disquisiciones, pero comprendo que haya lectores que se aburran con ellas. Por decirlo en lenguaje coloquial, cortan el rollo. Qué se le va a hacer; es inevitable. No se puede contentar a todo el mundo todo el tiempo.

 Symmetriad 3Las simetríadas son unas misteriosas formaciones generadas por el océano de Solaris (fuente: es.wikipedia.org; ilustración de Dominique Signoret)

La estación se encarga de estudiar el comportamiento del océano. El problema radica en que éste resulta incomprensible. Unas veces parece obrar con propósito, mientras que otras muestra una aleatoriedad desmoralizante. No hay manera dehallarle algún sentido. Y aquí está lo que más me gusta de la novela. Las descripciones de Lem despiertan nuestro sentido de la maravilla, pero no sólo eso. Solaris es una lúcida reflexión sobre la dificultad (o imposibilidad) de comprensión mutua entre inteligencias que hayan evolucionado en mundos distintos.

Muchos científicos piensan que es posible comunicarse con criaturas alienígenas pensantes mediante un lenguaje que todos comprenderán: el de las matemáticas. Lem, en cambio, no es tan optimista. Tal vez estemos pecando de chovinismo. ¿Y si es imposible entenderse? Más aún: ¿y si somos incapaces de detectar una inteligencia alienígena? Lo que a nosotros nos parece lógico, tal vez no lo sea para otras mentes, sobre todo si son tan distintas como la de Solaris, de escala planetaria. Lem nos da una lección de humildad, y me temo que puede estar en lo cierto.

2º) ¿Por qué el ambiente de la estación es tan desquiciado?

Desde el momento en que Kelvin llega a la estación, el lector se da cuenta de que allí pasa algo raro. Muy raro. La atmósfera es extraña, rayana en lo absurdo, y se va tornando ominosa conforme avanzamos en la novela. Además, los dos sabios que quedan vivos en la estación, Snaut y Sartorius, no actúan con normalidad. Más bien da la impresión de que están como cabras. Responden con evasivas, no hablan claramente… Parecen guardar secretos, estar ofuscados o ambas cosas. Esa actitud se va contagiando a Kelvin, que al principio no sabe muy bien qué ocurre, y poco a poco se va contagiando del humor general. Y para empeorarlo, por los pasillos vagan seres que no deberían estar ahí. A mi entender, esa atmósfera inquietante, esa incertidumbre, está magníficamente lograda.

Y es que no sólo los humanos están experimentando, tratando de averiguar cómo comunicarse con el océano. Puede que éste haga lo mismo, pero de un modo extraño, incluso cruel: enfrentando a los habitantes de la estación con sus propios fantasmas. No es de extrañar que actúen como actúan. O quizá ya tenían problemas antes de llegar a la estación, y Solaris se ha limitado a hacerlos emerger. Desde luego, todos guardaban esqueletos en los armarios.

3º) ¿Qué ocurre si te enamoras de un fantasma, a sabiendas de que lo es?

Desde luego, esto no suele acabar bien, pero es lo que ocurre cuando tomamos decisiones importantes cegados por los sentimientos. Prefiero no entrar en detalles para no revelar el final (la última frase es memorable, por cierto). Simplemente, digamos que la conclusión es una especie de esperanza desesperanzada. O al revés. 🙂

En resumen, se trata de una novela recomendable, aunque puede que no guste a todo el mundo. Obviamente, se trata de la opinión personal de un mero aficionado a la ciencia ficción (y a la literatura, en general), sin mayores pretensiones.

En la próxima entrada hablaremos de las películas, empezando por la de Nirenburg e Ishimbayeva (1968).