El oso y el yeti

En julio de 2015 escribimos aquí una serie de 4 entradas tituladas «El yeti y la ciencia oficial». En ellas nos ocupábamos de la Criptozoología, una pseudociencia que trata de hallar animales (críptidos) cuya existencia aún no ha sido probada. Concretamente, nos centramos en el yeti y humanoides similares (bigfoot, sasquatcht…).

Debe quedar claro que es imposible demostrar la inexistencia de estas criaturas, igual que es imposible demostrar la inexistencia de dioses, ángeles, duendes, orcos, etc. Sus defensores siempre podrán aducir que nos falta fe, o no hemos buscado lo suficiente, o no queremos admitir las pruebas que nos presentan… Y si no logran convencernos, siempre se compararán con Galileo: «Si a él no le hicieron caso, pero resultó que tenía razón, entonces nosotros también tenemos razón». La verdad, se me escapa la lógica de este razonamiento. 🙂

En realidad, la carga de la prueba recae sobre quienes proponen la existencia de tales entes. Ocurre que la Ciencia requiere pruebas sólidas y, respecto al yeti, ninguna, repito, ninguna de las pruebas presentadas hasta la fecha soporta la hipótesis de la existencia de humanoides desconocidos que moren en las estribaciones del Himalaya, los bosques norteamericanos u otros lugares del mundo.

Los científicos, en contra de lo que proclaman pseudocientíficos, conspiranoicos y similares, están encantados de admitir la existencia de nuevas especies de homínidos. Eso sí, siempre que las pruebas lo ratifiquen. Baste el ejemplo de los denisovanos. Lo únicos restos conservados de esta especie humana caben en una caja de cerillas, pero se pudo secuenciar su ADN, y nadie discute los resultados: una especie nueva, próxima a los neandertales, algunos de cuyos genes están hoy presentes en diversas comunidades humanas.

La diferencia entre Ciencia y pseudociencia está en la metodología, no en lo fantásticas o cautivadoras que sean sus propuestas. Los científicos somos conscientes de nuestras limitaciones. Somos humanos. Tendemos a creer en lo que nos gusta, en lo que nos ilusiona, y a dejar de lado aquello que nos incomoda. También es fácil engañarnos. Por eso el método científico es riguroso y exigente, para intentar evitar fallos. En cuanto al método pseudocientífico… En fin. Por decirlo suavemente, riguroso, muy riguroso, no lo es. Véase lo que comentamos en aquellas entradas sobre el artículo pseudocientífico sobre el bigfoot de Ketchum et al. (2013).

La Ciencia «oficial» también se ha ocupado del yeti y sus parientes. Recordemos el artículo de Milinkovitch et al. (2004) en el que, con sentido del humor (el cual, por cierto, no está reñido con el rigor científico), se concluye que el ADN de una muestra de pelo de yeti coincidía con ADN de caballo. O el de Coltman & Davis (2006), en el que una muestra de pelo de sasquatch resultó coincidir con ADN de bisonte. Por otro lado, Lozier et al. (2009) aplicaban un modelo de nicho ecológico a los avistamientos del bigfoot o sasquatch en Norteamérica, y su área de distribución coincidía con la del oso negro.

El artículo más extenso era el de Sykes et al. (2014). Como vimos, analizaron 57 muestras de pelo atribuidas a yetis y similares. Algunas ni siquiera eran animales (fibra de vidrio, restos vegetales…). Pudieron extraer el ADN de 30… y ninguna de ellas correspondía a un homínido desconocido. Osos, cabras, tapires, caballos, mapaches, perros, vacas, ciervos, ovejas, puercoespines, seres humanos…

Pero la Ciencia progresa; en concreto, las técnicas de análisis de ADN mejoran a una velocidad pasmosa. Hay novedades que conciernen al yeti, reseñadas en los grandes medios de comunicación. Se trata del artículo de Lan et al. (2017), titulado: «Evolutionary history of enigmatic bears in the Tibetan Plateau-Himalaya region and the identity of the yeti» (Historia evolutiva de los osos enigmáticos en la región Meseta Tibetana – Himalaya y la identidad del yeti). Desde el punto de vista formal, el artículo es impecable, además de riguroso. Veamos qué nos cuenta.

 Tibetan Blue Bear - Ursus arctos pruinosus - Joseph SmitProbablemente, algunos avistamientos de yetis correspondan a ejemplares de oso azul del Tíbet (Ursus arctos pruinosus), una subespecie de oso pardo (fuente: es.wikipedia.org)

En contra de lo que pudiera parecer, el artículo no se centra en el yeti, sino en la evolución de los osos himalayos y tibetanos. Con las nuevas herramientas de que disponen, estudian 24 muestras procedentes de museos, trabajos previos, etc., y secuencian el mitogenoma (ADN mitocondrial) completo. Las muestras corresponden tanto a osos como a supuestos yetis.

Los resultados son concluyentes. Una de las muestras, un diente procedente del museo Reinhold Messner, es de un perro. Las otras 23 muestras, TODAS, tienen ADN de osos. He aquí la conclusión final, traducida del inglés:

Este estudio representa el análisis más riguroso hasta la fecha de las muestras sospechosas de derivar de criaturas anómalas o míticas similares a “homínidos”, sugiriendo con fuerza que la base biológica de la leyenda del yeti son los osos pardos y negros locales.

Los medios de comunicación se han centrado en esta conclusión, algo lógico, dados los ríos de tinta que se han vertido sobre el yeti. No obstante, y a título personal, el artículo me parece apasionante por otros motivos: cómo la Ciencia se va corrigiendo a sí misma, y la historia de los osos.

En el artículo de Sykes et al. (2014) se mencionaba que una de las muestras de yeti podía corresponder a un oso extraño, desconocido para la ciencia; quizás, un híbrido entre oso polar y pardo. Lan et al. (2017), con su secuenciación completa de mitogenomas, muestran que no es el caso. Ese supuesto yeti era, en efecto, un oso, pero de una subespecie ya conocida (concretamente, el oso pardo himalayo, Ursus arctos isabellinus). Así avanza la Ciencia. En el primer artículo, los autores describieron la metodología utilizada para que otros, en el futuro, pudieran repetir el experimento para ratificar o rectificar las conclusiones. Y así se ha hecho.

Medvěd plavý (Ursus arctos isabellinus)Muestras de ADN atribuidas al yeti corresponden en realidad al oso del Himalaya (Ursus arctos isabellinus), una subespecie de oso pardo (fuente: es.wikipedia.org)

Pero hay más. La comparación de genomas completos de distintos organismos no sólo nos permite identificarlos, sino también determinar el grado de parentesco, su historia evolutiva e incluso poder poner fechas aproximadas al momento en que unos linajes se separaron de otros. Así, Lan et al. (2017) averiguaron que la subespecie himalaya del oso pardo (Ursus arctos isabellinus) se separó bastante temprano del resto de la especie (hace unos 658.000 años), mientras que la subespecie tibetana (Ursus arctos pruinosus) lo hizo más tarde (hace unos 343.000 años). Ambas subespecies no se han mezclado debido a la compleja geografía de la zona. Asimismo, el oso negro himalayo (Ursus thibetanus laniger) pudo separarse de los osos negros asiáticos hace unos 475.000 años. Además, el hecho de que unas poblaciones quedaran aisladas y empezaran a evolucionar por su cuenta puede correlacionarse con las glaciaciones de la región.

 Himalayan bearOso negro del Himalaya (Ursus thibetanus laniger), otro candidato a yeti (fuente: en.wikipedia.org)

No sé a ustedes, pero a mí me maravilla que con unas muestras de ADN seamos capaces de reconstruir historias que se hunden en los abismos del tiempo. Es la metáfora que empleó Darwin, que considera la vida como un arbusto enmarañado del cual brotan constantemente nuevas ramas, dando lugar a formas maravillosas, mientras que otras van desapareciendo. Tanto da que los yetis resulten ser osos en vez de homínidos. Artículos como los que comentamos nos ayudan a conocer mejor el mundo en que vivimos, y nos impulsan a amarlo y querer conservarlo.

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Blavatsky y el miedo al mono (VI)

Para H. P. Blavatsky, la evolución humana también se regía por los ciclos y el nº 7 (véanse las entradas anteriores). En nuestro mundo (el 4º de la cadena septenaria) van a aparecer 7 «razas raíz» (root races) por separado, una tras otra. Respaldaba semejante afirmación basándose en diversas cosmogonías, e insistía en que tarde o temprano la Ciencia tendría que aceptar todas estas enseñanzas ocultistas.

Fuente: versión inglesa; puede descargarse en www.theosociety.org

Los primeros hombres aparecieron hace 300 millones de años, nada menos (o sea, a finales del periodo Carbonífero). Al principio los hombres eran etéreos, pero en el ciclo descendente fueron haciéndose más materiales. Recordemos: los ciclos comienzan en lo etéreo y acaban en lo espiritual, en una doble línea de evolución física y moral. En un momento dado, lo espiritual y lo material se equilibrarán. Luego, en la fase ascendente del ciclo, el espíritu se irá afirmando a costa de lo físico, al tiempo que ganará experiencia y sabiduría. Algo así:

Según Blavaysky, la Primera Raza estaba compuesta por sombras astrales de sus Progenitores, hombres gigantescos, etéreos, que aún no conocían el sexo. Tampoco tenían mente, inteligencia ni voluntad. Surgió en un continente hoy desaparecido, la Tierra Sagrada Imperecedera.

La segunda raza raíz emanó de la primera y apareció en el continente de Hiperbórea, situado muy al norte (aunque su clima era bastante benigno). El cuerpo humano era todavía gigantesco y etéreo, aunque algo más condensado y menos inteligente que espiritual. Es una pena que seres tan etéreos no hayan podido dejar fósiles… 🙂

Tampoco tenían sexo, por cierto. ¿Cómo se reproducían? Pues… digamos que las ideas de Blavatsky eran un tanto peculiares. La lectura de La Doctrina Secreta deja perplejo al biólogo, en un caso palmario de comicidad no buscada. Además, para acabar de confundirnos, el proceso de reproducción tuvo también 7 etapas en cada Raza, e iba cambiando con el tiempo.

Blavatsky, basándose en las formas de vida más simples que hoy podemos ver, decía que al principio la reproducción era asexual, como la brotación inconsciente que ocurre en ciertas plantas o amebas. Más tarde los seres humanos pasarían a ser ovíparos, luego ovovivíparos, luego se desarrolló la placenta… Ah, los primeros seres humanos eran andróginos. La separación por sexos tardaría bastante en aparecer. Blavatsky veía una evolución lineal de la reproducción, que tendría los siguientes pasos: fisiparismo, brotación, esporas, hermafroditismo intermedio y unión verdaderamente sexual.

En resumen, la vida de las dos primeras razas raíz debió de ser de lo más aburrida. 🙂 De hecho, según Blavatsky, ni siquiera tuvieron historia propia, igual que tampoco el inicio de la tercera raza. Por tanto, ocupémonos de ésta, porque a partir de aquí las cosas se ponen interesantes.

Su origen estuvo en Lemuria, un continente cuyos restos actuales son Australia, Nueva Guinea, las islas Salomón… Esta raza ya poseía un cuerpo compacto de tamaño gigantesco. Se trataba de seres más astutos que espirituales, y al cabo del tiempo su estatura fue menguando y se hicieron más racionales. No obstante, no será hasta la cuarta raza raíz, la atlante, cuando desarrollen el intelecto y el lenguaje. Esta cuarta raza evolucionará en otro continente perdido, la Atlántida. Según Blavatsky, sólo se puede hablar de hombres a partir de la 1ª mitad de la raza atlante, pero no adelantemos acontecimientos. Centrémonos en la tercera raza, el origen de los simios… y el miedo al mono.

Map of Lemuria Mapa de Lemuria por William Scott-Elliot (fuente: en.wikipedia.org)

Es sabido que a Blavatsky (y no sólo a ella) le horrorizaba que pudiéramos proceder de algún mono. Por eso, insistía una y otra vez en que ocurrió al contrario. Los monos provenían de los hombres (de hecho, hablaba de la «descendencia antinatural» del hombre). Nosotros descendíamos de algo superior, pues lo superior no se originaba a partir de lo inferior.

Para reafirmar que no descendíamos de los monos, Blavatsky veía a los seres humanos como algo aparte de los animales. Intentó demostrar que la Anatomía Comparada no confirmaba el darwinismo. Afirmó que no había eslabones intermedios entre el hombre y el animal. Más aún, no nos veía como animales. Éramos otra cosa, más «noble». Para demostrarlo, buscó desesperadamente diferencias anatómicas entre ellos y nosotros y las exageró. Creía sinceramente que el salto del mono al hombre era insalvable.

 Quatrefages BNF GallicaJean Louis Armand de Quatrefages de Bréau (fuente: fr.wikipedia.org)

No es de extrañar que a Blavatsky le cayera tan bien Jean Louis Armand de Quatrefages (1810-1892). Este biólogo francés, hoy algo olvidado, dividió la naturaleza en cinco reinos separados: sideral, mineral, vegetal, animal y humano. No tenía nada en contra de la evolución, siempre que no se aplicara al ser humano al cual, como vemos, situaba en un reino aparte. O sea, música celestial para los oídos de Blavatsky. 🙂 No como el odioso Darwin y su teoría de que éramos parte de la naturaleza como cualquier otro ser vivo… Qué horror. 🙂

En serio, llama la atención cómo mucha gente se ofende cuando le dicen que Homo sapiens pertenece al Reino Animal. Pero no nos desviemos del tema.

Para sustentar sus afirmaciones, Blavatsky primero debía demostrar que nuestra especie existía desde tiempos muy remotos. Y, a continuación, que los seres de esos tiempos remotos eran más «perfectos» que los actuales. Así, dijo que el hombre primitivo conocido por la ciencia era superior en algunos aspectos al de ahora. O que el mono más antiguo conocido era menos antropoide que las especies modernas. Por tanto, el mono era un hombre degenerado, y no lo que pretendía el darwinismo. Más aún; predijo que nunca se hallarían formas de transición entre hombres y simios.

En fin, Blavatsky no iba para profeta… 🙂

También pensaba que el registro fósil demostraba que los animales de tiempos remotos eran mucho mayores que los actuales (compárese un dinosaurio con una lagartija…). Eran más complejos y “perfectos” que los de hoy. ¿Por qué no pudo pasar lo mismo con el hombre? También defiende que en tiempos remotos tuvieron que existir hombres gigantescos, para poder luchar con los enormes monstruos que entonces dominaban la Tierra. En épocas reicientes, en cambio, los animales gigantes fueron desapareciendo, y de ellos sólo quedan reliquias, como elefantes e hipopótamos.

¿Cómo se originaron los monos a partir de los hombres? Pues la culpa la tuvo la promiscuidad de los hombres irresponsables de la tercera raza, que dieron lugar al eslabón perdido que se convirtió en el antecesor del mono. Zoofilia, lujuria, bestialismo… Llámenlo ustedes como les plazca. En serio. 🙂

Bueno, en realidad los distintos tipos de simios y monos se originaron en diversos momentos por medio de distintos bestialismos de diversas subrazas humanas. Queda un poco lioso, la verdad. Las justificaciones de estos cruces contra natura, la viabilidad de los híbridos y demás afirmaciones blavatskianas harán las delicias de los biólogos:

Para disculpar estos accesos de bestialismo desenfrenado, Blavatsky comentaba que el hombre primitivo no tenía mente ni alma cuando engendró, con un monstruoso animal hembra, a los antepasados de una serie de monos. Así, los grandes simios poseían una chispa de la esencia puramente humana, pero el hombre no tenía ni una pizca de sangre de mono.

Blavatsky intentó proporcionar pruebas de que esos hombres gigantescos y bestiales existieron. Además de discutibles hallazgos científicos, se basó en textos antiguos, los bíblicos entre ellos, que aseguraban que antiguamente había gigantes. Y que les gustaban las hijas de otros más que las suyas.

Todo esto resultaría incluso divertido si no fuera por las derivaciones racistas que tiene. Para Blavatsky, existían algunas razas inferiores humanas que derivaban de estas razas medio animales. Incluso llegó a sugerir que su extinción frente a otras razas humanas más avanzadas era inevitable. Pero de eso nos ocuparemos en la próxima entrada.

Blavatsky y el miedo al mono (V)

No sé lo que pensarán los físicos, químicos y astrónomos al leer las teorías de H. P. Blavatsky, pero los biólogos nos quedamos patidifusos. Sobre todo, cuando llegamos a lo que otorga sentido a la Biología: la evolución.

Blavatsky creía que todo evolucionaba, pero era partidaria de una evolución ordenada, predecible, respetuosa con sus ciclos septenarios y plena de espiritualidad. Con razón abominaba del darwinismo, pues este era la antítesis de sus ideas.

Man is But a WormFuente: en.wikipedia.org

Blavatsky aborrecía el materialismo, más que nada porque negaba la existencia del misterioso «principio vital». En La Doctrina Secreta criticaba ferozmente las «repulsivas especulaciones de la ciencia materialista». El desdén que sentía hacia el materialismo era visceral; basta con fijarse en la forma de escribir y los epítetos que empleaba. En algunos momentos llega a ponerse melodramática, hablando de lo desesperados que están los científicos y de que «el misterio es la fatalidad de la Ciencia». Se quejaba de que los evolucionistas materialistas recibieran honores inmerecidos por teorías que podían ser efímeras. Incluso llegó a predecir la caída de la teoría de la selección natural. Tal como han ido las cosas, no iba para profeta, precisamente… 🙂

Como mucho, Blavatsky le concedía al darwinismo algo de exactitud en cuestiones secundarias. No negaba que el hombre físico fuera el simple producto de las fuerzas evolutivas de la Naturaleza, pero el interno, espiritual y psíquico no era cosa de los materialistas. Por cierto, en toda su obra destaca el empeño de casar los descubrimientos científicos con lo que aparece en los textos sagrados de diversas religiones.

Blavatsky, envidiosa quizá del prestigio de la Ciencia, removió cielo y tierra en busca de sabios que compartieran sus ideas o que pudieran ser utilizados para defenderlas. Según sus palabras, «Sabemos que los evolucionistas verdaderos y honrados están de acuerdo con nosotros». No hace falta ser un lince para adivinar a quiénes no consideraba honrados, e incluso los llegó a tachar de «asesinos intelectuales y morales de las generaciones futuras». En resumen, queda bien claro que le repugnaba la «fuerza ciega y falta de designio» de la selección natural.

Entre los científicos famosos a los que recurrió destaca A. R. Wallace, el padre, junto con Darwin, de la teoría de la evolución por selección natural. Como explicábamos en otra entrada, Wallace no podía explicar la aparición de algo tan complejo como el cerebro humano por selección natural, lo que le llevó a creer en el espiritismo. No obstante, da la impresión de que su favorito era Jean Louis de Quatrefages, hoy bastante olvidado. También le gustaba más Lamarck que Darwin. Es lógico; algunas ideas lamarckianas parecían compatibles con las ocultistas; sobre todo, la «tendencia a la perfección»:

Fuente: versión inglesa; puede descargarse en www.theosociety.org

Pero entremos en materia. Una de las virtudes de la Ciencia es que ha ido bajando al ser humano del pedestal en el que se había colocado, integrándolo en el cosmos. En cambio, buena parte de la tradición cultural occidental, y en eso Blavatsky no era una excepción, ha tendido a considerarnos algo aparte, algo especial. Sin embargo, los astrónomos, por mucho que le doliera a Blavatsky, nos demuestran que nuestro mundo está hecho de los mismos materiales que el resto del universo. Somos polvo de estrellas; nuestros átomos proceden de antiguos soles que estallaron en forma de supernova. Y Darwin nos vino a demostrar que tampoco somos algo aparte de los animales, sino otra especie más, producto de la contingencia evolutiva.

Fuente: www.darwinproject.ac.uk

Esto último era una completa abominación para Blavatsky. El hombre debía ser algo aparte, muy distinto a los groseros animales, ¿verdad? Para ella, nunca habíamos formado parte del reino animal.  Era una afrenta tan sólo planteárselo.

Veamos su visión de la evolución, y pido disculpas si resulta algo confusa. Lo primero que aparece en un planeta es el reino mineral, luego el vegetal y después la vida humana. Pongamos un ejemplo. En su cadena septenaria de mundos (véase la entrada anterior), primero se desarrolla el reino mineral en el globo A. Cuando está plenamente desarrollado, inunda y pasa al globo B. Entonces empieza el desarrollo vegetal en el A. Y luego la vida humana. Al irse completando, cada reino va pasando al globo siguiente. El mineral va con un globo de ventaja sobre el vegetal, y ésta sobre la vida humana.

O sea, y esto es muy importante, la aparición del hombre es MUY ANTIGUA, sólo precedida por los reinos mineral y vegetal. Para ello se apoyará en sabios como Quatrefages, y en el hecho de que en su época los científicos todavía no tenían métodos fiables para datar los fósiles o saber cuál era la edad de la Tierra.

Minerales, vegetales, hombres… ¿Y los animales?¿Cuándo aparecieron? ¿Y los monos, esos de los que los malvados darwinistas piensan que descendemos? 🙂

Punch, 18 May 1861, 'Monkeyana' Wellcome L0031419Fuente: commons.wikimedia.org

Pues resulta que, para Blavatsky, no descendemos por línea directa de antepasados muy antiguos, y no digamos de los monos. Es al revés. Ellos descienden de nosotros. En serio.

Asimismo, a lo largo de La Doctrina Secreta buscó desesperadamente cualquier indicio científico que ratificara la existencia de un insalvable abismo entre hombre y mono. Además, objetó que algunos seres no evolucionaban, ni se elevaban a un tipo más alto. Blavatsky pensaba que lo mismo ocurría con el hombre, que no variaba desde sus primeros restos fósiles.

Un problema al que se enfrentaron los primeros evolucionistas fue el de la fuente de variación en los seres vivos. La selección natural va escardando y permitiendo la supervivencia de los más adaptados, pero no explica cuál es el origen de las diferencias de los organismos. Hoy sabemos que se debe a mutaciones en el ADN, pero en aquella época no se tenía ni idea. Y cómo no, Blavatsky y los ocultistas tenían la respuesta que eludía a los científicos: la fuente de variación se debía a «los tipos-raíces primordiales procedentes de lo astral».

Sí, paciente lector, ya sé que en la anterior entrada dije que esta sería la última, pero parece que el espíritu de madame Blavatsky se dedica a sabotear mis buenos propósitos. Necesitaremos una entrada más para explicar cómo es posible que los monos desciendan de nosotros. Se trata de una historia muy entretenida, plena de bestialismo, bajas pasiones, gigantes menguantes, distintas humanidades, continentes perdidos… Y quizá haga falta otra entrada para hablar del origen de las distintas «razas» humanas, pues no todas proceden de… Pero no adelantemos acontecimientos. 🙂

Blavatsky y el miedo al mono (I)

En una entrada anterior, cuando discutíamos las teorías pseudocientíficas que atribuyen la construcción de las grandes pirámides a antiguas civilizaciones, citamos a Helena Petrovna Blavatsky (1831-1891). Fue una de las principales impulsoras de la Teosofía, una doctrina bastante popular en la segunda mitad del siglo XIX. Su génesis, así como los distintos movimientos, seguidores y gurús que de ella derivan, aparecen muy bien relatados en el libro El mandril de Madame Blavatsky, de Peter Washington.

Helena Petrovna BlavatskyHelena Petrovna Blavatsky (fuente: es.wikipedia.org)

Así, picado por la curiosidad y porque es aconsejable acudir a los textos originales en vez de hablar de oídas o por referencias, busqué en Internet La doctrina secreta, obra cumbre de Blavatsky, donde se exponen en profundidad sus ideas. Como se trata de una obra antigua y descatalogada, puede encontrarse con facilidad en pdf, Y me la leí. Fue duro acabar sus 2783 páginas, como ya comenté entonces. 🙂

emb_logoEmblema de la Sociedad Teosófica, cofundada por H. P. Blavatsky (fuente: en.wikipedia.org)

Antes de considerar la visión pseudocientífica blavatskiana del cosmos, nos detendremos en algo que me llamó poderosamente la atención conforme leía capítulo tras capítulo de La doctrina secreta: ¿Por qué Blavatsky no podía soportar que el hombre descendiera del mono? Dicho de otro modo: ¿Qué hay de malo en que Homo sapiens haya evolucionado a partir de antepasados simiescos?

La publicación en 1859 de El origen de las especies supuso un antes y un después, y no sólo para la Biología. La obra de Charles Darwin, entre otras cosas, conectaba al ser humano con el resto de criaturas de la Tierra. Muchas personas aceptaron sin problemas la teoría de la evolución por selección natural, dado el rigor de las pruebas y los argumentos presentados por Darwin. Otras la rechazaron, incluso de forma vehemente. Blavatsky perteneció a este último grupo.

origin_of_species_title_pagePortada de la 1ª edición de El origen de las especies (fuente: es.wikipedia.org)

A lo largo de La doctrina secreta queda patente que su autora sentía una mezcla de repugnancia e indignación ante el darwinismo. Se lo tomaba casi como una afrenta. Podríamos decir que Blavatsky rebusca hasta debajo de las piedras para intentar hallar algo, lo que sea, que le permita rebatir que nuestra especie procede de unos simios. Al leerla me dio la impresión de que la reacción de la autora era visceral, basada en la emoción, aunque luego tratara de justificarla con supuestas pruebas.

Antes de analizar las peculiares propuestas blavatskianas sobre la evolución, merece la pena reflexionar sobre ese «miedo al mono» que, por cierto, no es exclusivo de Blavatsky. La cofundadora de la Sociedad Teosófica expresa algo muy extendido en el pensamiento occidental. En buena medida nuestra cultura, nuestra filosofía, se basan en que el hombre es algo especial, un ser aparte de las criaturas de la naturaleza. Hay un salto cuántico entre los demás animales y nosotros. De hecho, hay quien se ofende por el hecho de que los seres humanos seamos considerados meros animales.

elmonoLa famosa etiqueta del Anís del Mono ¿se mofa de Darwin?

¿Por qué nos creemos tan especiales? El supuesto abismo entre Homo sapiens y el resto se debe, más que nada, a que todas las especies próximas a la nuestra, como los neandertales o los denisovanos, se extinguieron hace miles de años. Probablemente, también influye que en el Mediterráneo Oriental, la zona donde nace nuestra tradición cultural (filosofía griega, creencias judeocristianas) no había grandes antropoides. Gorilas y chimpancés se parecen demasiado a nosotros, y pueden hacernos reflexionar sobre si realmente somos tan distintos.

Darwin lo puso todo patas arriba. No sólo propuso una teoría científica que explicaba la riqueza de la vida sin necesidad de recurrir a un Diseñador. Además, mostró cómo éramos una rama más del frondoso Árbol de la Vida y que todos los seres estábamos emparentados. Buceando en el océano del tiempo, siempre encontraríamos un antepasado común. Necesitaríamos retroceder unos seis millones de años para dar con el ancestro que compartimos con los chimpancés.  Nos separamos de la rama que dio origen a los dinosaurios y aves hace más de 320 millones de años. Para dar con el antepasado común de champiñones y seres humanos aún tendríamos que sumergirnos unos cuantos cientos de millones de años más. Pero tarde o temprano, el ancestro estará ahí.

Editorial cartoon depicting Charles Darwin as an ape (1871)Una de las más famosas caricaturas de Darwin (fuente: es.wikipedia.org)

A lo largo de los siglos, los científicos contribuyeron a enterrar la idea de que todo el cosmos giraba en torno al ser humano. Copérnico comenzó a cavar la fosa, al proponer que la Tierra no era el centro del Universo. William Herschel preparó un bonito ataúd, al observar el espacio profundo y mostrar que el Sistema Solar era uno más dentro de un universo de vastedad inconcebible. Y Darwin clavó la tapa, al indicar que la complejidad de la vida podía haber aparecido sin recurrir a causas sobrenaturales, y que nosotros éramos una especie más.

El orgullo humano, mejor dicho, el orgullo de muchos humanos no pudo digerir una píldora tan amarga. Queríamos seguir siendo especiales, únicos.  Quién sabe si Blavatsky construyó todo el edificio de la doctrina teosófica precisamente para eso, para sentir que pertenecía a algo especial, por encima del común de los mortales. Pero el darwinismo le recordaba que, quizá, no éramos tan gran cosa.

Finalizaremos con una anécdota. En su libro, Peter Washington cuenta que Blavatsky tenía una colección de animales disecados, entre los que destacaba un mandril vestido con chaqueta y corbata, que portaba el manuscrito de una conferencia sobre El origen de las especies. Desde luego, no perdía ocasión de despreciar al darwinismo.

En fin, el tiempo acaba por poner a cada uno en su sitio. Darwin es considerado hoy como uno de los científicos más insignes de todos los tiempos. En cambio, pocos recuerdan a Blavatsky, y la imagen que ha quedado de ella es más bien de embaucadora. Sic transit gloria mundi.

¿Cuánto tardaría un mono en escribir el Quijote?

Dicen que todas las comparaciones son odiosas. Más aún: en algunos casos son tramposas o están mal planteadas.

Consideremos el darwinismo. Puesto que las mutaciones son la fuente de variabilidad necesaria para la evolución, y suelen ocurrir al azar, a ello se aferran los negacionistas para intentar desmontar esta teoría. Se valen de una comparación, inspirándose en el teorema del mono infinito. Copiamos de la Wikipedia:

El teorema del mono infinito afirma que un mono pulsando teclas al azar sobre un teclado durante un periodo de tiempo infinito casi seguramente podrá escribir finalmente cualquier texto dado. En el mundo angloparlante se suele utilizar el Hamlet de Shakespeare como ejemplo, mientras en el mundo hispanohablante se utiliza el Quijote de Cervantes.

Este teorema es más profundo de lo que parece, y sirve para ilustrarnos sobre las leyes estadísticas. De hecho, en un tiempo infinito el mono acabaría por teclear infinitas veces cualquier texto. Sin embargo, la edad de nuestro planeta no es infinita, y de ahí la aparente imposibilidad de que el orden se obtenga por azar, lo que invalidaría la teoría de la evolución.

Monkey-typingFuente: es.wikipedia.org

Empecemos por lo simple. Supongamos que tenemos una máquina de escribir con 27 teclas que corresponden a las letras del alfabeto español, y a un sufrido mono adiestrado para teclear al azar, a razón de una pulsación por segundo. La probabilidad de que acierte una letra concreta es de una entre 27.

Para calcular la probabilidad de que escriba por azar una palabra de dos letras, como por ejemplo «da», debemos multiplicar 1/27 x 1/27. Haciendo números, al mono le llevaría algo más de 12 minutos acertar. Si pensamos en una palabra de 3 letras, como «pez», le ocuparía casi 5 horas y media. Y si vamos añadiendo letras, la posibilidad de éxito va cayendo en picado.

Por ejemplo,  una palabra de 10 letras, como «darwinismo», le llevaría alrededor de 6,5 millones de años. Con una de 12 letras, como «incompetente», tardaría más de 4.759 millones de años (tiempo algo superior a la edad de la Tierra). Y una de 13 letras, como «perfectamente», le ocuparía unos 128.505 millones de años. O sea, más de 9 veces la edad estimada del universo.

Chimpanzee seated at typewriterFuente: en.wikipedia.org

Consideremos el Quijote. Rebuscando por Internet, nos enteramos de que tiene 2,034,611 caracteres con espacios, nada menos. Si teclear al azar una palabra larga ocuparía al mono mucho más de la edad del universo, da vértigo calcular lo que necesitaría para escribir el Quijote. Ni recurriendo a una legión de monos, cada uno encargado de una pequeña parte del libro, podría concluirse en un tiempo razonable. Necesitaríamos un tiempo infinito.

La evolución de los seres vivos depende de la aparición de mutaciones al azar. Muchos de los que niegan el darwinismo argumentan que, dada la improbabilidad de que el mono escribiera un simple cuento corto al azar en menos de trillones de años, ¿qué decir de algo como un ser vivo, mucho más complejo que un libro? Por tanto, la teoría de la evolución por selección natural ha de estar equivocada. ¿Verdad?

Eh, un momento. Recurrir al mono infinito para rebatir la evolución resulta problemático. La comparación, más que odiosa, es inválida, porque no tiene en cuenta algo esencial. Sí, la evolución se nutre de mutaciones azarosas, pero ¿dónde está en esa comparación el factor corrector que supone la selección natural?

La selección natural se ocupa de preservar a los más adaptados al medio. Su labor de escarda es bastante eficaz, y si la tenemos en cuenta a la hora de hacer una comparación simiesca, las cosas cambian un montón. Veamos cuánto tardaría nuestro mono en teclear al azar el Quijote si introducimos en la comparación algo equivalente a la selección natural. Pero antes, ocupémonos de su bienestar. ¿Es que nadie piensa en los monos? 🙂

monoarmarioFuente: arctarus.wordpress.com

Si ponemos a un pobre mono sentado delante de una máquina de escribir y lo obligamos a teclear sin cesar a razón de una pulsación por segundo, en pocos días tendremos un mono muerto. O en el mejor de los casos, un mono tan estresado que en cuanto nos vea intentará arrancarnos los testículos a mordiscos. Para evitar tan trágicos desenlaces, mejoraremos las condiciones laborales del mono. Al fin y al cabo, el pobre tendrá que comer, dormir, ir al baño…

Para facilitar los cálculos, emplearemos números redondos. ¿Qué tal si reducimos su jornada de trabajo a 10 horas al día? Y que sean 5 días por semana, que también tendrá derecho a visitar a la familia, hacer senderismo, salir de fiesta… Asimismo, le concederemos unas breves vacaciones. Pongamos que teclea 50 semanas al año, lo cual hace un total de 2500 horas. ¿Es un régimen laboral abusivo? Sin duda, aunque, por desgracia, muchísimos seres humanos trabajan en condiciones bastante peores.

 Typing monkeyFuente: de.wikipedia.org

Ocupémonos de la máquina de escribir. Estamos en el siglo XXI, caramba. Empleemos un ordenador, a ser posible con un teclado adaptado al mono. Puesto que éste sólo sabe pulsar una tecla a la vez, le sería imposible escribir las mayúsculas, las vocales acentuadas o algunos signos de puntuación. Por tanto, démosle un teclado con 100 teclas que incluya mayúsculas, minúsculas, cifras, signos, barra espaciadora… Claro, con tantas teclas, la posibilidad de que el mono acierte al azar es aún más baja, una de cada cien. Y si encima tiene vacaciones y todo eso, necesitaríamos todavía más tiempo…

Pero ¿qué ocurre si entra en juego la selección natural?

Necesitamos algo que nos permita preservar los aciertos y descartar los fallos, y para eso está el ordenador. Cada vez que el mono se equivoque al teclear, el carácter se borrará. En cambio, cada vez que acierte, el carácter se grabará y conservará. Más o menos, como la selección natural. Bien, hagamos números ahora.

Por término medio, el mono acertará una de cada 100 pulsaciones. Pongamos que cada 100 segundos logra que se grabe una letra (o una cifra, o un espacio; lo que toque). Eso quiere decir que al cabo de una hora habrá grabado 36 aciertos. Y con el régimen laboral que tiene, en un año habrá guardado 90.000 caracteres con espacios.

Y así, preservando los aciertos y descartando los errores, en aproximadamente 22,6 años el mono habrá escrito el Quijote de cabo a rabo. En nuestro hipotético ejemplo, entra dentro de lo posible. Un chimpancé puede vivir más de 40 años, y confiamos en no haberle hecho esa vida demasiado miserable. Más aún: si repartimos el trabajo entre varios monos, acabarán mucho antes (y el mono no se sentirá tan solo). 🙂

monosimpsonFuente: elpais.com

En resumen: ojo con las comparaciones simplistas o traídas por los pelos. Suelen ser bastante tramposas. Por otro lado, no infravaloremos el papel de la selección natural. Nuestro planeta ha tenido más de 4000 millones de años para ir escardando y preservando las adaptaciones más eficaces, y seguirá haciéndolo. Gracias a eso estamos aquí.

Pirámides (I)

Como es sabido, algunos pueblos de la Antigüedad construyeron enormes pirámides que hoy siguen despertando nuestra admiración. Sus artífices vivieron en los albores de la civilización, en lugares tan distantes como Egipto y Mesoamérica.

Centrémonos en los egipcios y los mayas. Monumentos similares en distintos continentes, sociedades con un nivel tecnológico de la Edad del Bronce… Por eso, hay quienes piensan que sus pirámides forzosamente deben tener un origen común. Alguien enseñó a esos pueblos «primitivos» a edificar tan imponentes edificios de piedra. Los candidatos son diversos: extraterrestres, civilizaciones perdidas como la Atlántida… Otros opinan que fueron los propios egipcios, poseedores de una tecnología hoy perdida, quienes viajaron hasta América para enseñar a los mayas. Son teorías atractivas, y muchos libros pseudocientíficos se han publicado al respeto. Por supuesto, más de un autor de ciencia ficción las ha recogido como argumento para sus novelas (o películas, o series de TV).

giza_alienFuente: www.ancient-code.com

Como el internauta curioso podrá comprobar, proliferan los sitios donde se «demuestra» que es imposible que nuestros antepasados pudieran construir unas pirámides tan enormes. Más aún: si civilizaciones tan separadas constuyeron edificios similares, debe deberse a un origen común, ¿no? ¿O hay otra alternativa?

Bien, vayamos por partes. Ocupémonos primero del problema del origen común. Puede ser interesante considerarlo desde el punto de vista de un biólogo. 🙂

Al igual que egipcios y mayas tienen en común las pirámides, en la naturaleza vemos que hay muchos seres vivos que comparten caracteres similares. Por ejemplo, el esqueleto de nuestros brazos y piernas es similar al de aves, anfibios o reptiles: un hueso que las conecta al cuerpo, a continuación dos huesos y al final un montón de huesecillos que forman las manos o los pies. Véase:

Homology vertebrates-esFuente: es.wikipedia.org

Como nos indica el registro fósil, estas similitudes se deben a que han sido heredadas de un antepasado común. En este caso, hablamos de homologías. Así, nuestras piernas y las patas de una salamandra son homólogas, pues ambas proceden de un antiguo ancestro: un vertebrado tetrápodo.

Estupendo, dirán los piramidólogos: eso apoyaría la idea de que las pirámides egipcias y mayas son homólogas, con un origen común (atlante o extraterrestre, a elegir). ¿Verdad?

No necesariamente. Existe otra posibilidad.

En la Naturaleza, los parecidos no siempre se deben a la herencia común. En tal caso no hablamos de homologías, sino de analogías. Los caracteres similares pueden adquirirse de forma independiente; por ejemplo, debido a que el medio ambiente somete a animales, plantas y demás seres a presiones selectivas parecidas.

Veamos un ejemplo. Hay muchos animales voladores, capaces de desplazarse por el aire gracias a sus alas. Por lo que sabemos, éstas surgieron de forma independiente al menos cuatro veces a lo largo de la Historia de la Vida: en los insectos, pterodáctilos, aves y murciélagos. Sí, en esos cuatro casos encontramos alas, pero no han sido heredadas de un antepasado común. En cada uno de esos grupos zoológicos la evolución propició, a su manera, la habilidad de volar. Sus alas son análogas, no homólogas.

Baste otro ejemplo, esta vez vegetal. Las cactáceas (o sea, los cactus) son plantas magníficamente adaptadas a la sequía:

cactus

No obstante, hubo plantas de familias diferentes, no emparentadas estrechamente con los cactus, que se enfrentaron a similares condiciones ambientales (calor, escasez de agua…). La selección natural hizo que, de forma independiente, adoptaran un aspecto parecido al de los cactus. Por ejemplo, algunas euforbiáceas:

euforbia

O algunas asclepiadoideas:

asclepia

Parecen cactus pero, insistamos, no lo son. No heredaron los tallos carnosos y las espinas de un antepasado común. En cada familia botánica los obtuvieron por su cuenta.

En resumen, los parecidos no implican obligatoriamente un origen común. Entonces, ¿son las pirámides egipcias y mayas homólogas o análogas? En la próxima entrada lo discutiremos.

Halloween y el falso hongo

Cada año oímos la misma cantinela a finales de octubre: Halloween, esa celebración pagana importada de Estados Unidos, se va imponiendo a la religiosidad tradicional asociada al Día de Todos los Santos. Es interesante reflexionar al respecto. La historia es curiosa, e implica a antiguos dioses, falsos hongos y la evolución por selección natural. Ah, y a los irlandeses y al valle de Toluca, por supuesto. 🙂

Halloween1Hipermercado Carrefour a finales de octubre. 🙂

En Europa, honrar a los difuntos en otoño no es un invento cristiano. Milenios atrás, los pueblos celtas celebraban la fiesta del Samhain o Samaín cuando acababa el tiempo de la cosecha y los días se acortaban. Empezaba un nuevo año y justo en ese punto, a medio camino entre el equinoccio y el solsticio, la frontera entre el mundo de los vivos y el de los muertos se tornaba más débil. Los espíritus podían visitarnos. Convenía mantener contentos a los benignos… y evitar que los malignos pulularan entre nosotros. Por ejemplo, asustándolos con disfraces.

El cristianismo intentó erradicar las costumbres paganas y quedarse reinando. Los viejos dioses fueron convertidos en demonios, sus seguidores perseguidos como brujas, y la antigua cultura liquidada. Sin embargo, ciertas costumbres muy arraigadas se resistían a desaparecer, sobre todo en zonas de raigambre celta, como Irlanda o Galicia. Allí, algo de la vieja magia sobrevivía.

La Iglesia recurrió al plan B: si no puedes destruirlo, disimúlalo. Cristianizó el Samaín, convirtiéndolo en la festividad de Todos los Santos (en inglés, «All Hallow’s Eve»; de ahí Halloween). La celebración pagana, dominada ahora por la simbología cristiana, podía tolerarse. Y así seguiría para siempre. A la larga, lo pagano acabaría por diluirse y extinguirse, y la Iglesia prevalecería, tal como debía ser. Adiós, antiguos dioses.

Pero…

He aquí un esquema de los reinos de los seres vivos. Siendo muy conservadores, podríamos dejarlos en seis, como en este esquema tomado de la Wikipedia:

Fijémonos en el cajón de sastre de los protistas. Se trata de seres con células eucariotas (poseen un núcleo donde se encierran los cromosomas), pero sus cuerpos no son tan complejos como los de animales, plantas u hongos. Muchos de ellos son microscópicos, y suelen pasar desapercibidos.

En los protistas hay varias ramas evolutivas (que algunos consideran reinos aparte) de algas. Algunas son microscópicas, mientras que otras, como las algas pardas, pueden llegar a medir más de 80 metros de largo y formar praderas submarinas. Sin embargo, ciertos parientes suyos no hacen la fotosíntesis. Carecen de clorofila. Por tanto, se dedican a descomponer materia orgánica. En ocasiones, incluso pudren en vida a otros seres, convirtiéndose en parásitos.

pezLos peces de acuario sufren con frecuencia el ataque de los falsos hongos.

A lo largo de millones de años, estos organismos, llamados oomicetos, evolucionaron hasta parecerse a los hongos verdaderos, aunque ni de lejos están emparentados con ellos. Así, presentan cuerpos filamentosos, que se alimentan por absorción. No obstante, en el fondo, estos falsos hongos siguen siendo algas. Necesitan el agua para que sus esporas naden y se dispersen.

vesiculaLos falsos hongos, como este Pythium, forman sus esporas dentro de los esporangios. Cuando éstos se rompen, las esporas se liberan y nadan por el agua con sus flagelos.

Lo tenían difícil para colonizar la tierra firme, pero algunos lo lograron, imitando las estrategias de los hongos verdaderos. Una posiblidad es la de vivir en el suelo húmedo. Otra, parasitar plantas. Para ello, no es necesario desarrollar cuerpos complejos, con estructuras de soporte como los esqueletos o los troncos.

Fijémonos en los parásitos de plantas. A la hora de colonizar tierra firme, los hongos parten con ventaja respecto a los oomicetos, ya que  pueden dispersar sus esporas por el viento. De este modo, son capaces de propagarse a enormes distancias. En cambio, las esporas de los oomicetos necesitan agua para nadar. Pueden moverse por el suelo húmedo, y muchos lo siguen haciendo hoy, pero ¿cómo conquistar el aire?

Los seres vivos no han sido diseñados, sino que evolucionan. Tienen que apañarse con lo que heredan de sus antepasados, adaptándose al medio cambiante generación tras generación. Por desgracia, en ocasiones esa herencia supone un freno al desarrollo futuro. Por ejemplo, los insectos jamás podrán alcanzar tamaños enormes, pese a lo que vemos en algunas películas de ciencia ficción. Su exoesqueleto, así como su peculiar sistema respiratorio, lo impiden. Para alcanzar grandes tamaños tendrían que rediseñar completamente su cuerpo, y la evolución no funciona así.

Podría parecer que las esporas nadadoras de los falsos hongos impedirían su transmisión a gran distancia, pero la evolución improvisa. Algo surgido para cumplir determinada función puede acabar sirviendo para otra muy diferente. Así, la selección natural favoreció la aparición de las plumas en algunos dinosaurios porque contribuían a mantener la temperatura corporal. Luego resultó que también servían para volar, qué cosas. Los caminos de la evolución son retorcidos e imprevisibles.

Volvamos a los falsos hongos. Sus esporas mueren si las sacas del agua. No son capaces de propagarse por el aire ellas solas, pero ¿y los esporangios?

PeronosporaAunque las esporas de este mildiu (Peronospora farinosa) necesitan agua para moverse, los esporangios (las células ovoides teñidas de rosa en esta preparación microscópica) pueden ser arrastrados por el viento y dispersarse a grandes distancias.

Los esporangios son las bolsitas microscópicas donde se originan las esporas. En principio, no son agentes de dispersión pero, cosas del azar, resultó que el viento podía transportarlos y depositarlos en lugares húmedos, o encima de vegetales cubiertos de rocío, donde las esporas podían buscarse la vida. De acuerdo, es una chapuza, pero sirvió para que ciertos oomicetos se convirtieran en parásitos de plantas sumamente eficaces: los mildius (en inglés, downy mildews). Para tratarse de algas sin clorofila, les fue de maravilla.

En su origen, los mildius se alimentaban de plantas silvestres. No obstante, cuando el Homo sapiens inventó la agricultura, los mildius prosperaron. Qué amable era aquel estrafalario primate, poniendo tanta comida gratis a su disposición… 🙂

PseudoperonosporaNecrosis foliares causadas por el mildiu Pseudoperonospora cubensis, parásito de pepinos, melones y otras cucurbitáceas.

La evolución siguió su curso. En lo que hoy es el valle de Toluca (México) surgió Phytophthora infestans, un mildiu que atacaba a plantas de la familia de las solanáceas. A ésta pertenece la patata o papa, originaria de los Andes. A partir del siglo XVI, su cultivo se extendió por el mundo. Era cuestión de tiempo que llegara al valle de Toluca y se encontrara con P. infestans. Al mildiu le encantó; otra planta más de la que alimentarse. En los cultivos de patata causó una enfermedad conocida como tizón tardío.

Corría el año 1844 en Irlanda. Como consecuencia de la ocupación inglesa y su política agraria, la dieta de muchos campesinos irlandeses dependía casi exclusivamente de las patatas. Peor aún: de una sola variedad de ellas (Irish Lumper), por lo que la diversidad genética de este cultivo era muy baja. En años anteriores, una cepa agresiva del mildiu había infestado los cultivos de Norteamérica. Probablemente viajó de polizón en algún barco que transportaba tubérculos contaminados hasta las Islas Británicas, y allí se asentó. Era el sueño de cualquier parásito; había patatas de sobra, todas de una variedad a la que podía atacar. En unos pocos años, el tizón tardío prácticamente no dejó una sana.

¿El resultado? En Irlanda se conoce como la Gran Hambruna. El efecto sobre el país fue demoledor. Cambió su historia para siempre. La demografía cambió drásticamente, y el resentimiento que generó hacia los amos ingleses contribuyó sin duda a que, décadas más tarde, la República de Irlanda se independizara de la corona británica.

A corto plazo, y privados de su principal fuente de alimentación, bastantes irlandeses se vieron ante un dilema: morirse de hambre o emigrar. La población de Irlanda cayó un 25%, entre la muerte y la diáspora.

Muchos viajaron a Estados Unidos y allí se establecieron, influyendo en el desarrollo de la joven nación americana. Entre otras cosas, llevaron consigo su versión de Halloween, heredera del Samaín. A lo largo del siglo XX se popularizó en Norteamérica y, por obra y gracia de Hollywood, fue divulgada al resto del mundo. En otros países gustó y fue copiada por la gente joven. Y así, la vieja festividad celta retornó con fuerza inusitada a recuperar lo que era suyo. Cambiada, más secularizada y lúdica, se abrió camino entre disfraces, sacudiéndose siglos de dominación cristiana.

Halloween2Ni en el Mercadona del barrio nos libramos del dichoso Halloween… 🙂

En algún lugar, los viejos dioses tienen que estar riéndose. El Destino exhibe un peculiar sentido del humor. Justicia poética. 🙂

A la larga, ¿vencerá lo secular a lo religioso? Al mildiu le da lo mismo. Sigue devorando patatas por el mundo, ajeno a las tribulaciones humanas.

Pasados que no fueron: 2001: Una Odisea del Espacio

2001: A Space Odyssey (1968) es una de las mejores películas de CF jamás filmadas. Los años no han hecho más que confirmar su carácter de obra maestra. Aunque ha envejecido bien, el tiempo pasa y no en vano. El futuro imaginado en 1968 por Arthur C. Clarke y Stanley Kubrick resultó ser muy distinto al actual. La Historia es como es, no como nos gustaría que fuera. No hay grandes estaciones en forma de rueda orbitando nuestro planeta, ni los seres humanos han llegado a Júpiter; puestos ya, ni siquiera tenemos colonias en la Luna. Tanto la Unión Soviética como la compañía aérea Pan Am quebraron en 1991, la carrera espacial perdió fuelle después del éxito de las misiones ApoloSic transit gloria mundi.

En esta entrada no nos centraremos en el futuro que no fue, sino en el pasado que imaginaron Clarke y Kubrick; un pasado que, de acuerdo con los conocimientos científicos actuales, tampoco ocurrió.

ATENCIÓN: spoilers (si es que a estas alturas queda alguien que no sepa de qué va esta película). 🙂

Después del espectacular inicio con los tres astros y la famosa fanfarria de Así habló Zaratustra, de Richard Strauss, se nos presenta la primera parte, The Dawn of Man (El Amanecer del Hombre). Retrocedemos tres millones de años en el pasado, a la sabana africana. En menos de diez minutos, que para algunos figuran entre los mejores de la historia del cine, nos muestra el origen de nuestra estirpe. Acaba con la memorable secuencia donde un hueso arrojado al aire se convierte en una nave espacial, conectando así la tecnología actual con nuestra herencia simiesca.

Al principio, el grupo de homínidos del que descendemos no parece muy prometedor. En pocas palabras, son los monos más desgraciados de la sabana. Los leopardos se los comen, otros homínidos los echan del bebedero… Su debilidad resulta manifiesta; son débiles, con todos los números para extinguirse, como tantos otros callejones sin salida de la evolución. Pero entonces aparece un extraño monolito y hace algo en sus mentes. El comportamiento de nuestros antepasados cambia. Es una modificación muy sutil, que a la larga nos hará dependientes de la tecnología.

El monolito nos enseña a usar nuestras primeras herramientas: las armas. Nos impulsa a convertirnos en depredadores. Ahí, según 2001, radica la clave de nuestro éxito como especie. Homo sapiens, el primate asesino. Las demás especies no tenían nada que hacer. Al principio blande un simple hueso. Poca cosa, sí, pero la semilla está plantada. El resto es Historia.

Clarke y Kubrick no se inventaron esta teoría del mono cazador y armado para añadir dramatismo a la película. Si algo la caracteriza, es una solidísima base científica, y no sólo en los aspectos que conciernen a la Astronáutica; también a la evolución humana. El guion recogió las teorías paleontológicas que imperaban en 1968. En concreto, se ciñó con gran fidelidad a la hipótesis de la cultura ODK, logrando la proeza de resumirla perfectamente (si le quitamos la intervención extraterrestre, claro está) en escasos minutos. Veamos en qué consiste, y por qué hoy ya no es (tan) aceptada.

ODK corresponde a las siglas en inglés de osteodontoquerática. O sea, de hueso, diente y cuerno. La hipótesis fue propuesta por Raymond Dart, el descubridor del Niño de Taung, primer fósil de Australopithecus, del que hablamos en otra entrada. Tras estudiar diversos restos fósiles encontrados en Sudáfrica, Dart propuso que nuestros ancestros australopitecos se convirtieron en eficaces carnívoros depredadores que incluso practicaban el canibalismo. Y lo lograron porque empezaron a usar armas.

En algunas cuevas se acumulaban cráneos fósiles de papiones que mostraban unas peculiares fracturas. Unos cuantos cráneos de australopitecos, por cierto, también presentaban daños similares. Según Dart (1949), tenían que haber sido producidos por algún tipo de arma, como huesos largos o astas de antílopes, blandida por nuestros agresivos ancestros. La imagen del simio carnívoro y asesino, incluso fratricida, se abría paso en la ciencia, y de ahí a la cultura popular. Mientras que otra rama del árbol evolutivo humano, la de los parántropos, se decantaba por el vegetarianismo, la nuestra aprendió a cazar y se hizo carnívora. Estaba claro cuál triunfaría a la larga.

Durante la década de 1950, Dart realizó diversas publicaciones donde defendía su hipótesis ODK, que alcanzó bastante popularidad. Tanta, que fue recogida  por Clarke y Kubrick, con el brillante resultado que conocemos. Además, quedaba bien para una película; muy dramática, muy potente.

Sin embargo, otros científicos no estaban de acuerdo con ella, y proponían explicaciones alternativas a la acumulación de restos óseos con presuntas marcas de armas. Por ejemplo, el antropólogo Sherwood Washburn estudió detenidamente los hábitos depredadores de leones y otros carnívoros, como las hienas, y llegó a la conclusión de que éstas, sobre todo, eran las responsables de las marcas en los fósiles. Para él, los australopitecos no eran los cazadores, sino los cazados. De nuevo volvíamos a ser el último mono.

Así progresa la Ciencia. Como es habitual, surgió el debate entre defensores y detractores de la cultura ODK. Los estudios se acumularon, y el resultado fue a la larga beneficioso para la Paleontología y la Paleoecología. Gracias a eso conocemos mejor cómo funcionaban los ecosistemas africanos de hace millones de años, y cómo se relacionaban los animales que en ellos vivían y morían. También se logró una mejor comprensión de cómo se modificaban los restos óseos después de llevar millones de años enterrados en una cueva.

En suma, las pruebas tumbaron la hipótesis ODK. Los huesos aparentemente golpeados por armas fueron el resultado de la labor depredadora de las hienas y otros carnívoros, como los leopardos, así como de los procesos naturales de fosilización. Los australopitecos no fueron monos asesinos, precisamente. En aquella época las hienas mataban mejor, y nosotros éramos sus víctimas.

Algo ha de quedar claro: el paso a una dieta basada en la carne impulsó la evolución en nuestra rama del árbol de la vida. Digerir hierba y otros alimentos vegetales es complicado; de hecho, los herbívoros gastan gran parte de sus energías en esta tarea. Para ello necesitan unos tubos digestivos complejos, y el procesado del alimento lleva su tiempo. En cambio, la carne es más fácil de asimilar. A un carnívoro le bastan unos intestinos más cortos para funcionar de maravilla. Eso implica que la energía empleada en hacer una digestión pesada queda disponible para otros menesteres. Desarrollar un cerebro grande, por ejemplo.

Sin embargo, no hace falta ser un feroz cazador que mata las presas a porrazos para consumir proteínas de origen animal. Existe la posibilidad de alimentarse de carroña: aprovechar lo que otros depredadores desperdician, o comerse los cadáveres de animales que mueren por causas naturales.

Nuestros antepasados se hicieron carnívoros, sí, pero del tipo carroñero, no del cazador agresivo, como proponía Dart. Podemos imaginar a aquellos homínidos de la película paseando por la orilla de un lago, encontrándose la carcasa medio podrida de un hipopótamo y dándose el gran banquete a toda prisa, mientras defendían su tesoro de los chacales y otros depredadores menores, pero huyendo a todo correr si una manada de hienas se acercaba. Es una imagen más realista de lo que pudo ocurrir aunque, hay que reconocerlo, la hipótesis ODK que se muestra en 2001 queda mucho más épica. 🙂

La mano no tan muerta de Platón (y II)

Como dijimos en la entrada anterior, el pensamiento esencialista ha sido durante siglos un lastre para el progreso de la Biología. Si hay un «tipo» o «esencia» de cada especie, eso implica que hay algo que no cambia, que es permanente. Por tanto, el concepto de «evolución» resulta absurdo. Como mucho, puede haber variaciones menores, pero nunca aparición de especies nuevas.

Por cierto, ¿qué es una especie? Ahí está el problema. La naturaleza se empeña en poner las cosas difíciles a quienes aman las definiciones claras, las esencias.

No existe una definición de “especie” universalmente aceptada. Por ejemplo, Linneo lo tenía claro (citamos de la Wikipedia):

«Contamos tantas especies cuantas formas distintas fueron creadas en el principio.»

Más esencialista, imposible. Recurramos de nuevo a la Wikipedia y veamos una definición más o menos consensuada de especie:

«En taxonomía, especie (del latín species), o más exactamente especie biológica, es la unidad básica de la clasificación biológica. Una especie se define a menudo como el conjunto de organismos o poblaciones naturales capaces de entrecruzarse y de producir descendencia fértil, pero no pueden hacerlo —o al menos no lo hacen habitualmente— con los miembros de poblaciones pertenecientes a otras especies.»

El problema es que en ocasiones resulta imposible establecer los límites entre especies, pues la inmensa mayoría de seres vivos no han leído a Platón y claro, tienden a comportarse de forma enojosa para los filósofos. 🙂

Un ejemplo nos ayudará a comprenderlo: el de la evolución de los idiomas. Sin ir más lejos, el español deriva del latín. Ambas lenguas son muy diferentes; un hispanohablante no entenderá un texto en latín, salvo que haya estudiado a fondo la lengua de Virgilio. ¿En qué momento el latín se convirtió en español? ¿Cuándo «cambió su esencia»? En realidad, nunca, pues cada nueva generación puede comprender el habla de sus padres. Sí, siempre hay algunas palabras que los jóvenes incorporan al vocabulario, y otras que tienden a usarse menos, pero apenas se nota. Nunca hubo alguien que dijera: «Cara uxor, quae linguae puero?» [«Querida esposa, ¿en qué idioma habla este niño?» Gracias, Google Translator]. 🙂 La frontera entre latín y español no puede trazarse en un momento concreto. Sólo al cabo de mucho tiempo, ambos idiomas resultan mutuamente ininteligibles, y podemos decir que son distintos.

anillo1Figura 1

En la naturaleza hallamos situaciones comparables, como es el caso de las «especies anillo» (ring species). La figura 1 representa un caso frecuente en la naturaleza. Hay varias poblaciones de una misma especie que se distribuyen a lo largo de un área geográfica (por ejemplo desde la base hasta la cima de una montaña). La población 1 es bastante parecida a la 2, y los individuos de ambas pueden aparearse sin problemas (o incluso con entusiasmo), y dan descendencia fértil. Nadie dudaría, por tanto, que pertenecen a la misma especie. Asimismo, la población 2 puede mezclarse con la 3, la 3 con la 4 y la 4 con la 5. Pero si intentamos juntar un individuo de la población 1 con otro de la 5, serán incapaces de tener descendencia fértil. Puede que sean tan diferentes que ni siquiera muestren interés en aparearse. Estaríamos hablando de especies distintas pero ¿dónde está la frontera entre ambas? Mejor dicho: ¿existe esa frontera?

anillo2Figura 2

La situación se complica en la figura 2. Si las poblaciones no se distribuyen en línea recta, sino que forman un anillo (por ejemplo, en torno a las costas de un océano como el Ártico o el Pacífico), puede que la población 1 y la 5 coexistan en el mismo lugar. Son tan diferentes que un biólogo las consideraría especies distintas, pero hay un montón de poblaciones interfértiles situadas entre ambas.

La naturaleza no es platónica. No siempre hay límites claros, sino que abundan las fronteras difusas, las transiciones, la evanescencia. Para que haya límites claros, es necesario que las formas de transición desaparezcan. ¿Por qué somos distintos de los grandes simios? Básicamente, porque todas las formas intermedias se han extinguido. Imaginemos (escritores de ciencia ficción, ahí tenéis una idea) un universo alternativo donde existieran multitud de poblaciones diversas de homínidos, con posibilidad de cruzamientos fértiles entre ellas. ¿Habría podido tener éxito un filósofo como Platón? ¿Nos consideraríamos algo especial?

El pensamiento darwinista es poblacional, no esencialista. La diferencia con el platonismo es radical. Resulta un fastidio que la naturaleza sea así, pues a los seres humanos nos gusta clasificar las cosas y tipificarlas para entender la complejidad del cosmos, pero es lo que hay. Parafraseando la canción de Serrat, «nunca es triste la verdad; lo que no tiene es remedio».

Por tanto, carece de sentido preguntarse por la cara que se le quedó a los padres australopitecos cuando tuvieron el primer niño del género Homo, o a mamá reptil cuando del huevo que estaba empollando nació la primera ave. Ese cambio brusco, esencial, nunca se dio. En la naturaleza no hay esencias platónicas; más bien encontramos ríos que fluyen. Sin embargo, seguimos usando los esquemas de pensamiento platónicos. La mano de Platón puede que esté muerta, pero aún pesa bastante.

P.S.: En la naturaleza, por supuesto, hay excepciones para todo. Pueden aparecer nuevas especies de golpe, como es el caso de la poliploidía (en algunas plantas y algas, sobre todo). Sin embargo, no es lo más normal.

La mano no tan muerta de Platón (I)

No hace falta ser filósofo para saber que Platón (427-347 a.C.) es una de los figuras más influyentes en el desarrollo de la cultura occidental. Además, fue maestro de Aristóteles (384-322 a.C.), otro peso pesado de la filosofía y la ciencia, y durante muchos siglos considerado la única referencia válida en el conocimiento de la naturaleza. Sin embargo, hay quien piensa que esa inmensa relevancia es inmerecida, y se debe más a circunstancias históricas que a méritos propios. En la Antigüedad Clásica hubo otros filósofos más apreciados que Platón, y que defendían unas ideas mucho más interesantes.

EpicuroEpicuro de Samos  (fuente: es.wikipedia.org)

Por ejemplo, Epicuro de Samos. Redactó más de 300 manuscritos, y no sólo sobre Ética o Teología, sino también sobre temas que hoy llamaríamos científicos: Física, Astronomía, Meteorología… mas casi todo eso se perdió. El surgimiento del Cristianismo y la caída del Imperio Romano significaron la destrucción sistemática de la práctica totalidad de la sabiduría antigua. De la ingente obra de Epicuro sólo se conservan tres cartas y una serie de máximas. Otros autores recogieron sus teorías, pero eso no evitó que su fama se eclipsara.

Platón fue el gran beneficiado. Su filosofía fue la menos mala para la triunfante Iglesia, la que mejor podía ajustarse a los dogmas cristianos. Eso hizo que sus obras se salvaran de la destrucción y, cuando el mundo occidental se vino abajo, aún quedaban bastantes manuscritos de él y su discípulo Aristóteles que fueron rescatados y traducidos por los eruditos árabes, los salvadores del saber clásico. El resto es Historia.

Nos guste o no, la influencia de Platón ha sido poderosa y duradera. Ha tenido aspectos positivos, por supuesto, pero también ha supuesto una rémora en el desarrollo de algunas ciencias. Por ejemplo, la Biología. Y todo por culpa del esencialismo.

AtenasLa escuela de Atenas, pintura de Rafael Sanzio, 1510-1512  (fuente: es.wikipedia.org). En esta parte del cuadro vemos a Platón (izquierda; el artista lo representó con la cara de Leonardo da Vinci) señalando a lo alto, al mundo de las ideas. A su lado, Aristóteles, con la palma de la mano hacia el suelo, parece indicarle que se fije por dónde pisa. 🙂

Platón y Aristóteles creían que detrás de todo cuanto percibimos existe una «realidad ideal» o «esencia» (recordemos la alegoría de la caverna, que tuvimos que estudiar de jóvenes en la asignatura de Filosofía). Las cosas mundanas son copias imperfectas de las realidades ideales. Éstas son reales, mientras que lo que percibimos a nuestro alrededor es una suerte de ilusión. Pocos conceptos hay tan poderosos como éste en la cultura occidental.

Esto de la idea o esencia parece válido cuando se aplica a las obras humanas. Un artesano puede construir un botijo a partir de un «botijo ideal». El problema surge cuando lo aplicamos a la naturaleza. Para el pensamiento platónico y aristotélico, las plantas y animales que nos rodean también son modelos «imperfectos» de tipos ideales. Hay, por ejemplo, una «idea» real de jirafa por ahí, flotando en algún sitio, y las jirafas que pululan por el mundo son ilusiones, sombras en la caverna.

Carl_von_LinnéLinneo  (fuente: es.wikipedia.org)

Con estas premisas, y desde la óptica cristiana, era lógico suponer que las diversas especies de seres vivos fueron en principio ideas distintas en la mente de Dios. Linneo (1707-1778) y los primeros naturalistas fueron tipologistas. O sea, buscaban el «espécimen tipo» de cada especie, que la definiera (si algún taxónomo lee esto, sabrá exactamente a que nos referimos). Por tanto, su noción de la naturaleza, conscientemente o no, era la de los esencialistas.

Obviamente, el concepto de evolución resultaba absurdo. Las ideas o esencias son inmutables, así que ¿cómo van a cambiar? Téngase en cuenta también que los escritos de Platón y Aristóteles se habían convertido en dogma, una actitud nada científica pero muy típica de las religiones organizadas. El que los contradijera se exponía a sufrir el rechazo de los sabios, cuando no la visita del inquisidor.

Por eso, la teoría de la evolución por selección natural de Darwin y Wallace fue un torpedo que impactó de lleno en la línea de flotación del pensamiento occidental. Resulta llamativo que Darwin no ocupe un lugar privilegiado en el temario de las asignaturas que tratan la Historia de la Filosofía. Que alguien nos lo explique, por favor.

En la próxima (y última) parte de esta entrada consideraremos las diferencias entre la visión platónica y la darwiniana de la naturaleza, y cómo esta última no ha sido bien comprendida. La mano muerta de Platón, que diría Richard Dawkins, sigue pesando mucho.