Pasados que no fueron: 2001: Una Odisea del Espacio

2001: A Space Odyssey (1968) es una de las mejores películas de CF jamás filmadas. Los años no han hecho más que confirmar su carácter de obra maestra. Aunque ha envejecido bien, el tiempo pasa y no en vano. El futuro imaginado en 1968 por Arthur C. Clarke y Stanley Kubrick resultó ser muy distinto al actual. La Historia es como es, no como nos gustaría que fuera. No hay grandes estaciones en forma de rueda orbitando nuestro planeta, ni los seres humanos han llegado a Júpiter; puestos ya, ni siquiera tenemos colonias en la Luna. Tanto la Unión Soviética como la compañía aérea Pan Am quebraron en 1991, la carrera espacial perdió fuelle después del éxito de las misiones ApoloSic transit gloria mundi.

En esta entrada no nos centraremos en el futuro que no fue, sino en el pasado que imaginaron Clarke y Kubrick; un pasado que, de acuerdo con los conocimientos científicos actuales, tampoco ocurrió.

ATENCIÓN: spoilers (si es que a estas alturas queda alguien que no sepa de qué va esta película). 🙂

Después del espectacular inicio con los tres astros y la famosa fanfarria de Así habló Zaratustra, de Richard Strauss, se nos presenta la primera parte, The Dawn of Man (El Amanecer del Hombre). Retrocedemos tres millones de años en el pasado, a la sabana africana. En menos de diez minutos, que para algunos figuran entre los mejores de la historia del cine, nos muestra el origen de nuestra estirpe. Acaba con la memorable secuencia donde un hueso arrojado al aire se convierte en una nave espacial, conectando así la tecnología actual con nuestra herencia simiesca.

Al principio, el grupo de homínidos del que descendemos no parece muy prometedor. En pocas palabras, son los monos más desgraciados de la sabana. Los leopardos se los comen, otros homínidos los echan del bebedero… Su debilidad resulta manifiesta; son débiles, con todos los números para extinguirse, como tantos otros callejones sin salida de la evolución. Pero entonces aparece un extraño monolito y hace algo en sus mentes. El comportamiento de nuestros antepasados cambia. Es una modificación muy sutil, que a la larga nos hará dependientes de la tecnología.

El monolito nos enseña a usar nuestras primeras herramientas: las armas. Nos impulsa a convertirnos en depredadores. Ahí, según 2001, radica la clave de nuestro éxito como especie. Homo sapiens, el primate asesino. Las demás especies no tenían nada que hacer. Al principio blande un simple hueso. Poca cosa, sí, pero la semilla está plantada. El resto es Historia.

Clarke y Kubrick no se inventaron esta teoría del mono cazador y armado para añadir dramatismo a la película. Si algo la caracteriza, es una solidísima base científica, y no sólo en los aspectos que conciernen a la Astronáutica; también a la evolución humana. El guion recogió las teorías paleontológicas que imperaban en 1968. En concreto, se ciñó con gran fidelidad a la hipótesis de la cultura ODK, logrando la proeza de resumirla perfectamente (si le quitamos la intervención extraterrestre, claro está) en escasos minutos. Veamos en qué consiste, y por qué hoy ya no es (tan) aceptada.

ODK corresponde a las siglas en inglés de osteodontoquerática. O sea, de hueso, diente y cuerno. La hipótesis fue propuesta por Raymond Dart, el descubridor del Niño de Taung, primer fósil de Australopithecus, del que hablamos en otra entrada. Tras estudiar diversos restos fósiles encontrados en Sudáfrica, Dart propuso que nuestros ancestros australopitecos se convirtieron en eficaces carnívoros depredadores que incluso practicaban el canibalismo. Y lo lograron porque empezaron a usar armas.

En algunas cuevas se acumulaban cráneos fósiles de papiones que mostraban unas peculiares fracturas. Unos cuantos cráneos de australopitecos, por cierto, también presentaban daños similares. Según Dart (1949), tenían que haber sido producidos por algún tipo de arma, como huesos largos o astas de antílopes, blandida por nuestros agresivos ancestros. La imagen del simio carnívoro y asesino, incluso fratricida, se abría paso en la ciencia, y de ahí a la cultura popular. Mientras que otra rama del árbol evolutivo humano, la de los parántropos, se decantaba por el vegetarianismo, la nuestra aprendió a cazar y se hizo carnívora. Estaba claro cuál triunfaría a la larga.

Durante la década de 1950, Dart realizó diversas publicaciones donde defendía su hipótesis ODK, que alcanzó bastante popularidad. Tanta, que fue recogida  por Clarke y Kubrick, con el brillante resultado que conocemos. Además, quedaba bien para una película; muy dramática, muy potente.

Sin embargo, otros científicos no estaban de acuerdo con ella, y proponían explicaciones alternativas a la acumulación de restos óseos con presuntas marcas de armas. Por ejemplo, el antropólogo Sherwood Washburn estudió detenidamente los hábitos depredadores de leones y otros carnívoros, como las hienas, y llegó a la conclusión de que éstas, sobre todo, eran las responsables de las marcas en los fósiles. Para él, los australopitecos no eran los cazadores, sino los cazados. De nuevo volvíamos a ser el último mono.

Así progresa la Ciencia. Como es habitual, surgió el debate entre defensores y detractores de la cultura ODK. Los estudios se acumularon, y el resultado fue a la larga beneficioso para la Paleontología y la Paleoecología. Gracias a eso conocemos mejor cómo funcionaban los ecosistemas africanos de hace millones de años, y cómo se relacionaban los animales que en ellos vivían y morían. También se logró una mejor comprensión de cómo se modificaban los restos óseos después de llevar millones de años enterrados en una cueva.

En suma, las pruebas tumbaron la hipótesis ODK. Los huesos aparentemente golpeados por armas fueron el resultado de la labor depredadora de las hienas y otros carnívoros, como los leopardos, así como de los procesos naturales de fosilización. Los australopitecos no fueron monos asesinos, precisamente. En aquella época las hienas mataban mejor, y nosotros éramos sus víctimas.

Algo ha de quedar claro: el paso a una dieta basada en la carne impulsó la evolución en nuestra rama del árbol de la vida. Digerir hierba y otros alimentos vegetales es complicado; de hecho, los herbívoros gastan gran parte de sus energías en esta tarea. Para ello necesitan unos tubos digestivos complejos, y el procesado del alimento lleva su tiempo. En cambio, la carne es más fácil de asimilar. A un carnívoro le bastan unos intestinos más cortos para funcionar de maravilla. Eso implica que la energía empleada en hacer una digestión pesada queda disponible para otros menesteres. Desarrollar un cerebro grande, por ejemplo.

Sin embargo, no hace falta ser un feroz cazador que mata las presas a porrazos para consumir proteínas de origen animal. Existe la posibilidad de alimentarse de carroña: aprovechar lo que otros depredadores desperdician, o comerse los cadáveres de animales que mueren por causas naturales.

Nuestros antepasados se hicieron carnívoros, sí, pero del tipo carroñero, no del cazador agresivo, como proponía Dart. Podemos imaginar a aquellos homínidos de la película paseando por la orilla de un lago, encontrándose la carcasa medio podrida de un hipopótamo y dándose el gran banquete a toda prisa, mientras defendían su tesoro de los chacales y otros depredadores menores, pero huyendo a todo correr si una manada de hienas se acercaba. Es una imagen más realista de lo que pudo ocurrir aunque, hay que reconocerlo, la hipótesis ODK que se muestra en 2001 queda mucho más épica. 🙂

La mano no tan muerta de Platón (y II)

Como dijimos en la entrada anterior, el pensamiento esencialista ha sido durante siglos un lastre para el progreso de la Biología. Si hay un «tipo» o «esencia» de cada especie, eso implica que hay algo que no cambia, que es permanente. Por tanto, el concepto de «evolución» resulta absurdo. Como mucho, puede haber variaciones menores, pero nunca aparición de especies nuevas.

Por cierto, ¿qué es una especie? Ahí está el problema. La naturaleza se empeña en poner las cosas difíciles a quienes aman las definiciones claras, las esencias.

No existe una definición de “especie” universalmente aceptada. Por ejemplo, Linneo lo tenía claro (citamos de la Wikipedia):

«Contamos tantas especies cuantas formas distintas fueron creadas en el principio.»

Más esencialista, imposible. Recurramos de nuevo a la Wikipedia y veamos una definición más o menos consensuada de especie:

«En taxonomía, especie (del latín species), o más exactamente especie biológica, es la unidad básica de la clasificación biológica. Una especie se define a menudo como el conjunto de organismos o poblaciones naturales capaces de entrecruzarse y de producir descendencia fértil, pero no pueden hacerlo —o al menos no lo hacen habitualmente— con los miembros de poblaciones pertenecientes a otras especies.»

El problema es que en ocasiones resulta imposible establecer los límites entre especies, pues la inmensa mayoría de seres vivos no han leído a Platón y claro, tienden a comportarse de forma enojosa para los filósofos. 🙂

Un ejemplo nos ayudará a comprenderlo: el de la evolución de los idiomas. Sin ir más lejos, el español deriva del latín. Ambas lenguas son muy diferentes; un hispanohablante no entenderá un texto en latín, salvo que haya estudiado a fondo la lengua de Virgilio. ¿En qué momento el latín se convirtió en español? ¿Cuándo «cambió su esencia»? En realidad, nunca, pues cada nueva generación puede comprender el habla de sus padres. Sí, siempre hay algunas palabras que los jóvenes incorporan al vocabulario, y otras que tienden a usarse menos, pero apenas se nota. Nunca hubo alguien que dijera: «Cara uxor, quae linguae puero?» [«Querida esposa, ¿en qué idioma habla este niño?» Gracias, Google Translator]. 🙂 La frontera entre latín y español no puede trazarse en un momento concreto. Sólo al cabo de mucho tiempo, ambos idiomas resultan mutuamente ininteligibles, y podemos decir que son distintos.

anillo1Figura 1

En la naturaleza hallamos situaciones comparables, como es el caso de las «especies anillo» (ring species). La figura 1 representa un caso frecuente en la naturaleza. Hay varias poblaciones de una misma especie que se distribuyen a lo largo de un área geográfica (por ejemplo desde la base hasta la cima de una montaña). La población 1 es bastante parecida a la 2, y los individuos de ambas pueden aparearse sin problemas (o incluso con entusiasmo), y dan descendencia fértil. Nadie dudaría, por tanto, que pertenecen a la misma especie. Asimismo, la población 2 puede mezclarse con la 3, la 3 con la 4 y la 4 con la 5. Pero si intentamos juntar un individuo de la población 1 con otro de la 5, serán incapaces de tener descendencia fértil. Puede que sean tan diferentes que ni siquiera muestren interés en aparearse. Estaríamos hablando de especies distintas pero ¿dónde está la frontera entre ambas? Mejor dicho: ¿existe esa frontera?

anillo2Figura 2

La situación se complica en la figura 2. Si las poblaciones no se distribuyen en línea recta, sino que forman un anillo (por ejemplo, en torno a las costas de un océano como el Ártico o el Pacífico), puede que la población 1 y la 5 coexistan en el mismo lugar. Son tan diferentes que un biólogo las consideraría especies distintas, pero hay un montón de poblaciones interfértiles situadas entre ambas.

La naturaleza no es platónica. No siempre hay límites claros, sino que abundan las fronteras difusas, las transiciones, la evanescencia. Para que haya límites claros, es necesario que las formas de transición desaparezcan. ¿Por qué somos distintos de los grandes simios? Básicamente, porque todas las formas intermedias se han extinguido. Imaginemos (escritores de ciencia ficción, ahí tenéis una idea) un universo alternativo donde existieran multitud de poblaciones diversas de homínidos, con posibilidad de cruzamientos fértiles entre ellas. ¿Habría podido tener éxito un filósofo como Platón? ¿Nos consideraríamos algo especial?

El pensamiento darwinista es poblacional, no esencialista. La diferencia con el platonismo es radical. Resulta un fastidio que la naturaleza sea así, pues a los seres humanos nos gusta clasificar las cosas y tipificarlas para entender la complejidad del cosmos, pero es lo que hay. Parafraseando la canción de Serrat, «nunca es triste la verdad; lo que no tiene es remedio».

Por tanto, carece de sentido preguntarse por la cara que se le quedó a los padres australopitecos cuando tuvieron el primer niño del género Homo, o a mamá reptil cuando del huevo que estaba empollando nació la primera ave. Ese cambio brusco, esencial, nunca se dio. En la naturaleza no hay esencias platónicas; más bien encontramos ríos que fluyen. Sin embargo, seguimos usando los esquemas de pensamiento platónicos. La mano de Platón puede que esté muerta, pero aún pesa bastante.

P.S.: En la naturaleza, por supuesto, hay excepciones para todo. Pueden aparecer nuevas especies de golpe, como es el caso de la poliploidía (en algunas plantas y algas, sobre todo). Sin embargo, no es lo más normal.

La mano no tan muerta de Platón (I)

No hace falta ser filósofo para saber que Platón (427-347 a.C.) es una de los figuras más influyentes en el desarrollo de la cultura occidental. Además, fue maestro de Aristóteles (384-322 a.C.), otro peso pesado de la filosofía y la ciencia, y durante muchos siglos considerado la única referencia válida en el conocimiento de la naturaleza. Sin embargo, hay quien piensa que esa inmensa relevancia es inmerecida, y se debe más a circunstancias históricas que a méritos propios. En la Antigüedad Clásica hubo otros filósofos más apreciados que Platón, y que defendían unas ideas mucho más interesantes.

EpicuroEpicuro de Samos  (fuente: es.wikipedia.org)

Por ejemplo, Epicuro de Samos. Redactó más de 300 manuscritos, y no sólo sobre Ética o Teología, sino también sobre temas que hoy llamaríamos científicos: Física, Astronomía, Meteorología… mas casi todo eso se perdió. El surgimiento del Cristianismo y la caída del Imperio Romano significaron la destrucción sistemática de la práctica totalidad de la sabiduría antigua. De la ingente obra de Epicuro sólo se conservan tres cartas y una serie de máximas. Otros autores recogieron sus teorías, pero eso no evitó que su fama se eclipsara.

Platón fue el gran beneficiado. Su filosofía fue la menos mala para la triunfante Iglesia, la que mejor podía ajustarse a los dogmas cristianos. Eso hizo que sus obras se salvaran de la destrucción y, cuando el mundo occidental se vino abajo, aún quedaban bastantes manuscritos de él y su discípulo Aristóteles que fueron rescatados y traducidos por los eruditos árabes, los salvadores del saber clásico. El resto es Historia.

Nos guste o no, la influencia de Platón ha sido poderosa y duradera. Ha tenido aspectos positivos, por supuesto, pero también ha supuesto una rémora en el desarrollo de algunas ciencias. Por ejemplo, la Biología. Y todo por culpa del esencialismo.

AtenasLa escuela de Atenas, pintura de Rafael Sanzio, 1510-1512  (fuente: es.wikipedia.org). En esta parte del cuadro vemos a Platón (izquierda; el artista lo representó con la cara de Leonardo da Vinci) señalando a lo alto, al mundo de las ideas. A su lado, Aristóteles, con la palma de la mano hacia el suelo, parece indicarle que se fije por dónde pisa. 🙂

Platón y Aristóteles creían que detrás de todo cuanto percibimos existe una «realidad ideal» o «esencia» (recordemos la alegoría de la caverna, que tuvimos que estudiar de jóvenes en la asignatura de Filosofía). Las cosas mundanas son copias imperfectas de las realidades ideales. Éstas son reales, mientras que lo que percibimos a nuestro alrededor es una suerte de ilusión. Pocos conceptos hay tan poderosos como éste en la cultura occidental.

Esto de la idea o esencia parece válido cuando se aplica a las obras humanas. Un artesano puede construir un botijo a partir de un «botijo ideal». El problema surge cuando lo aplicamos a la naturaleza. Para el pensamiento platónico y aristotélico, las plantas y animales que nos rodean también son modelos «imperfectos» de tipos ideales. Hay, por ejemplo, una «idea» real de jirafa por ahí, flotando en algún sitio, y las jirafas que pululan por el mundo son ilusiones, sombras en la caverna.

Carl_von_LinnéLinneo  (fuente: es.wikipedia.org)

Con estas premisas, y desde la óptica cristiana, era lógico suponer que las diversas especies de seres vivos fueron en principio ideas distintas en la mente de Dios. Linneo (1707-1778) y los primeros naturalistas fueron tipologistas. O sea, buscaban el «espécimen tipo» de cada especie, que la definiera (si algún taxónomo lee esto, sabrá exactamente a que nos referimos). Por tanto, su noción de la naturaleza, conscientemente o no, era la de los esencialistas.

Obviamente, el concepto de evolución resultaba absurdo. Las ideas o esencias son inmutables, así que ¿cómo van a cambiar? Téngase en cuenta también que los escritos de Platón y Aristóteles se habían convertido en dogma, una actitud nada científica pero muy típica de las religiones organizadas. El que los contradijera se exponía a sufrir el rechazo de los sabios, cuando no la visita del inquisidor.

Por eso, la teoría de la evolución por selección natural de Darwin y Wallace fue un torpedo que impactó de lleno en la línea de flotación del pensamiento occidental. Resulta llamativo que Darwin no ocupe un lugar privilegiado en el temario de las asignaturas que tratan la Historia de la Filosofía. Que alguien nos lo explique, por favor.

En la próxima (y última) parte de esta entrada consideraremos las diferencias entre la visión platónica y la darwiniana de la naturaleza, y cómo esta última no ha sido bien comprendida. La mano muerta de Platón, que diría Richard Dawkins, sigue pesando mucho.

Espiritismo, ciencia y literatura (y III)

En la entrada anterior nos ocupamos de uno de los más notables defensores del espiritismo, el escritor Arthur Conan Doyle. Tratemos ahora otro aspecto interesante: ¿Cómo acogieron los científicos de la época victoriana al espiritismo?

Hubo división de opiniones. Si bien muchos fueron enemigos implacables del espiritismo, otros admitían los contactos con el mundo de los espíritus. Entre los creyentes destacan sabios tan respetados, como el químico William Crookes, el físico Oliver Lodge y el mismísimo Alfred R. Wallace. Merece la pena que nos centremos en este último, y comparemos su actitud con la de Charles Darwin.

Alfred_Russel_Wallace_Maull&Fox_BNF_GallicaAlfred Russel Wallace  (fuente: es.wikipedia.org)

Alfred Russel Wallace (1823-1913) fue un hombre genial que vivió en una época pletórica de hombres geniales; por desgracia, no es tan conocido por el gran público como debiera. Fue el codescubridor de la teoría de la evolución por selección natural, aunque Darwin se llevó la mayor parte de la fama. Sin embargo, no hubo rivalidad entre ambos naturalistas. Wallace admitía la paternidad de Darwin respecto a la selección natural, y Darwin respetaba la valía de su colega.

Los descubrimientos e intereses de Wallace fueron muchos y muy variados. Su biografía resulta apasionante. A diferencia de Darwin, no lo tuvo fácil para ganarse la vida. Nació en una familia pobre, y debió trabajar duro para prosperar. Logró pagarse sus exploraciones (inspiradas por El viaje del Beagle, de Darwin, por cierto) a costa de vender ejemplares de insectos a los coleccionistas, y siempre anduvo justo de dinero (según él, hacerse rico tenía más que ver con la desvergüenza que con la inteligencia; o sea, nunca fue rico). 🙂

Lo que jamás le faltó fue el coraje y la determinación. Exploró el Amazonas y el río Negro junto con Henry Bates de 1848 a 1852. Un incendio destruyó la multitud de ejemplares que había recogido, pero su ánimo no se hundió por eso. Se embarcó en una nueva expedición al archipiélago malayo (1845-1862), y allí se le ocurrió la idea de la evolución por selección natural, a la par que Darwin. Mientras que éste se basó en la selección artificial de animales domésticos, Wallace lo hizo estudiando la distribución natural de animales, vegetales y tribus humanas. Y por la lectura de Malthus, cómo no.

Wallace fue brillante, excéntrico, independiente y pionero en muchas ciencias. Descubrió un gran número de especies nuevas, fue autor de excelentes y amenos libros de viajes (igual que Darwin; según Conan Doyle, ambos naturalistas figuran entre los mejores prosistas en lengua inglesa), fue el primer europeo que estudió a un gran simio (el orangután) en condiciones de libertad, descubrió la línea de Wallace, que atraviesa Malasia y separa los animales derivados de Asia de los que evolucionaron en Australia… A diferencia de Darwin, se esforzó en aprender las lenguas tribales y familiarizarse con las costumbres y modos de pensar de aquellas gentes. O sea, fue un auténtico antropólogo de campo. Y se formó una elevada opinión de la moralidad de las «razas no civilizadas». Asimismo, fue un precursor de la hipótesis Gaia (la Tierra era un sistema único y complejo).

En cuanto al carácter, Darwin y Wallace fueron muy distintos. Darwin, tras sus aventuras en el viaje del Beagle,  se convirtió en un hombre enfermo. Tal vez eso contribuyó a hacerlo retraído y discreto. Además, supo rodearse de buenos amigos dentro del gremio científico, y siempre procuró no ofender a nadie a sabiendas. En cambio, Wallace fue siempre muy franco e imprudente al manifestar sus creencias religiosas y políticas. Muchos colegas quisieron desacreditarlo por su defensa del socialismo utópico, el pacifismo, la conservación de la naturaleza, los derechos femeninos, los fenómenos paranormales, la frenología, el espiritismo, su campaña contra la vacunación… Y conforme envejecía, defendía con mayor ahínco sus convicciones. Para muchos fue una auténtica mosca cojonera, con perdón. Sin embargo, Darwin y Wallace nunca perdieron su amistad y respeto mutuos. Pese a la resistencia de otros colegas, que estaban hartos de Wallace, Darwin (y Huxley) lucharon para que se le otorgara una pensión vitalicia (y lo lograron). De este modo, Wallace pudo disfrutar de una larga y combativa vejez. Por su parte, Wallace fue uno de los que portaron el féretro de Darwin en su funeral en la abadía de Wetsminster. Reconozcámoslo: los británicos saben honrar a sus científicos.

Pero centrémonos en el espiritismo. Es curioso que los dos padres de la teoría de la evolución por selección natural tuvieran ideas tan distintas al respecto. Wallace creía; de hecho, los espiritistas usaron su apoyo para adquirir respetabilidad. Darwin, en cambio, detestaba a los médiums. Igual que Conan Doyle, sabía lo que era el dolor de perder a un hijo, pero a él le indignaba que los espiritistas eligieran a sus víctimas entre las personas que sufrían. También le llamó la atención que parientes suyos siguieran creyendo en un médium, a pesar de que éste hubiera sido pillado in fraganti. Le pareció una curiosidad psicológica.

Darwin, discreto como era, combatió a los espiritistas en secreto, animando y pagando a colegas más jóvenes y fogosos para que desenmascararan a los embaucadores. De todos modos, a la hora de descubrir a un farsante, los magos profesionales, como Houdini, no tenían rival.

¿Por qué Darwin y Wallace pensaban de forma tan distinta sobre el espiritismo? Curiosamente, la propia teoría de la evolución fue la que los condujo por caminos separados.

Para los no científicos, repasemos brevemente los fundamentos de la teoría de la evolución por selección natural, una de las más elegantes de la ciencia, y que otorga sentido a la Biología. Parte de unos hechos incontestables:

  • Los seres vivos son superfecundos. Nacen muchos más de los que llegarán a la vida adulta. Un gran número morirá.
  • Dentro de una misma generación de seres vivos existe variabilidad.
  • Parte de esa variabilidad es heredable.

A partir de esos hechos, Darwin y Wallace infirieron que:

  • Aquellos seres vivos que por azar presenten variaciones que se adapten mejor a las condiciones ambientales que los rodean, tendrán mayor probabilidad de alcanzar la vida adulta y, por tanto, de reproducirse.
  • Puede que, a su vez, sus descendientes hereden esas variaciones. Generación tras generación, el medio irá seleccionando a los que mejor se adapten a él. A la larga, eso implicará la transformación y aparición de nuevas especies.

Como vemos, la selección natural es el principal moldeador de la evolución. No obstante, Darwin admitía que no era el único; podían haber otros. En cambio, Wallace era más darwinista que Darwin. Era panseleccionista: cualquier carácter de un ser vivo debía haber aparecido por selección natural. Y ahí Wallace se encontró con algo que no podía explicar: ¿cómo surgió el cerebro humano?

Wallace constató que tanto el salvaje más atrasado (según la mentalidad de su época) como el sabio europeo más culto poseían un cerebro similar. ¿Para qué necesitaba un salvaje un cerebro tan desarrollado? ¿Cómo pudo la selección natural dar lugar a un órgano tan exquisitamente complejo? Le pareció imposible, y dedujo que la aparición de nuestro cerebro debía tener un origen sobrenatural. Y de ahí al espiritismo había solo un paso. En cambio, Darwin no tuvo problemas para admitir una explicación natural para el origen del cerebro y del comportamiento humano complejo. Y como muchas personas que han perdido la fe religiosa, podía aceptar los reveses de la vida sin sumirse en la depresión.

Es curioso. Dos científicos excepcionales, partiendo de principios similares, llegaron a conclusiones diametralmente opuestas. El combativo Wallace se convirtió en defensor del espiritismo. El discreto Darwin se deslizó hacia el ateísmo. Y pese a todo, siguieron siendo amigos.

P.S.: Para redactar esta entrada hemos recurrido, entre otros textos, al excelente Diccionario de la Evolución, de Richard Milner. Es una fuente de curiosos datos y anécdotas sobre la ciencia y su relación con la sociedad.

Milner

¿Quién domesticó a quién? (I)

En innumerables ocasiones, los escritores de ciencia ficción han especulado acerca de las relaciones entre especies alienígenas y la nuestra. Hay un sinfín de escenarios posibles: colaboración, dominación, conflicto, tolerancia, parasitismo… La imaginación, sobre todo si se apoya en los conocimientos científicos, ha producido obras geniales. Sin embargo, el mundo real nos ofrece ejemplos tanto o más llamativos. Natura artis magistra. 🙂

Puede resultar interesante considerar las relaciones de la especie humana con otras de nuestro entorno, pero modificando el punto de vista del observador. En vez de centrarnos en nosotros mismos, cual si fuésemos los reyes de la creación, pongámonos en la piel (o el exoesqueleto) de un biólogo alienígeno. Examinemos uno de los más notables casos en los que la interacción entre especies muy diferentes puede cambiar el mundo hasta dejarlo irreconocible.

Retrocedamos unos 90 millones de años. Por aquel entonces, bajo los pies de los dinosaurios, comenzaba a medrar la familia de plantas que los botánicos denominan Poaceae: las gramíneas. Desde luego, nada hacía presagiar el futuro que les aguardaba. Comparadas con otros vegetales, las gramíneas eran muy poquita cosa. Frente a la majestuosidad de las grandes coníferas, o la exuberancia de otras angiospermas (plantas con flores), las gramíneas solían ser hierbas escuchimizadas, poco vistosas. En cierto modo, daban la impresión de ser un paso atrás en la evolución. Mientras que otras angiospermas exhibían bellas y aromáticas flores para atraer a los insectos, las gramíneas habían vuelto a dispersar el polen al estilo primitivo: mediante el viento. Tampoco formaban grandes troncos que se alzaran hasta el cielo. Medraban a ras de suelo, pobres, en un mundo dominado por especies más llamativas y exitosas. Nadie las habría mirado dos veces en aquella época, ni apostado por ellas a la hora de dominar el paisaje.

T1esparto1Inflorescencias de esparto (Stipa tenacissima). Las gramíneas dispersan el polen por medio del viento, para desgracia de los alérgicos…

Para sus competidoras, fue un error subestimarlas.

En la actualidad, las gramíneas dominan el paisaje vegetal en buen número de ecosistemas, así como en gran parte del paisaje que nos rodea: sabanas, estepas, pastos, cultivos de cereales, céspedes… En cambio, los bosques, con sus altos y orgullosos árboles, están en recesión. ¿Cómo se las apañaron unas plantas tan pequeñas y de aspecto simple para triunfar?

Hordeum2Las gramíneas dominarán el mundo… 🙂

No entraremos aquí en prolijos detalles anatómicos y fisiológicos, amigo internauta. Un cuerpo sencillo (aunque esa sencillez sea sólo aparente), unido a una eficacia reproductora alta, pueden ser la clave del éxito. Que se lo digan a las bacterias y hongos, anatómicamente más simples que el mecanismo de una chupeta, pero que son auténticas máquinas de supervivencia y triunfo evolutivo. Además, las gramíneas establecieron relaciones simbióticas con otros organismos (hongos microscópicos, sobre todo), para mutuo beneficio. Pero aquí nos interesaremos por otro aspecto más llamativo.

Algunas gramíneas empezaron a reclutar animales para que eliminaran a sus competidores.

Un inciso: por supuesto, cuando usamos expresiones como «subestimar» o «reclutar» estamos empleando metáforas. Las plantas no piensan, ni la evolución prevé el futuro. Los cambios en los genes se dan al azar. El medio selecciona aquéllos que maximizan el éxito reproductivo; a la larga, eso conlleva el cambio y la aparición de especies nuevas. Pero repetir esto una y otra vez en un texto aburriría a las ovejas. Por ello empleamos símiles y metáforas en beneficio del lector; que nadie las tome al pie de la letra, por favor. 🙂

Para comprender cómo las gramíneas manipulan a sus sicarios animales (¡toma ya, metáfora!) debemos conocer cómo crecen las plantas. Es bastante curioso: lo hacen gracias a unos tejidos especiales, los meristemos, donde las células se dividen con frenesí. Posteriormente, esas células se diferenciarán y formarán los diversos tejidos del vegetal. En la mayoría de las plantas, los meristemos responsables del crecimiento de sus partes aéreas están en los extremos de tallos y ramas. Si tú cortas la punta de un tallo, éste no crecerá más. Otros tallos secundarios podrán tomar el relevo para que la planta siga creciendo, pero si vas cortando todos los ápices de ramas y tallos, la planta dejará de crecer y morirá. Interesante, sin duda, pero ¿qué tiene esto que ver con el éxito de las gramíneas?

grama1Grama (Cynodon dactylon).

Las gramíneas suelen tener los meristemos en la base de las hojas, a ras de suelo. Gracias a eso acabarían por dominar la tierra.

Imaginemos a una vaca hambrienta, que va comiendo cualquier planta que encuentra a su paso. Sus incisivos siegan la hierba como una máquina cortacésped, dejando tan sólo la raíz y unos pocos milímetros de planta por encima de la tierra. Las gramíneas podrán volver a crecer, puesto que sus meristemos no fueron dañados por los dientes del herbívoro. En cambio, otras especies de plantas con los meristemos en el extremo de los tallos habrán pasado a mejor vida.

Ésa es la estrategia que siguieron muchas gramíneas. Se hicieron apetitosas para los herbívoros. Les lanzaron un mensaje claro: «comednos, a nosotras y a todo lo que nos rodea. Las otras morirán. Nosotras renaceremos y nos apropiaremos del terreno.» Y así, poco a poco, con la ayuda de los animales herbívoros, las praderas y sabanas de gramíneas fueron ganando terreno a los bosques.

Por supuesto, las demás familias de plantas también evolucionaban, y poseían sus propias estrategias de supervivencia. De acuerdo con factores geográficos, climáticos, etc., distintos ecosistemas fueron configurándose en nuestro planeta. En unos dominaban las gramíneas, mientras que en otros triunfaban los árboles.

Hasta que un buen día, a ciertas gramíneas se les ocurrió reclutar a un animal que no era exactamente un herbívoro. Se trataba de los cereales, y el pobre animal al que reclutaron era el Homo sapiens. En la próxima entrada analizaremos lo que sucedió.

 

Debiluchos y cabezones

Un tópico de la ciencia ficción es imaginar a los seres humanos del futuro como seres con el cerebro más desarrollado que en la actualidad. Paralelamente, el resto del cuerpo ha perdido masa muscular. ¿El resultado? En el futuro, por lo visto, seremos más debiluchos y cabezones que ahora. Asimismo, ése es el aspecto que nos ofrecen los típicos alienígenas de muchas películas y series de TV: delgaditos y con unas cabezas desproporcionadamente grandes.

Fuente: commons.wikimedia.org

¿Por qué los imaginamos así? ¿Tiene algún fundamento científico? Para tratar de responder estas preguntas deberemos considerar algunos aspectos interesantes de la teoría evolutiva.

Charles Darwin tuvo un éxito arrollador a la hora de mostrar que la evolución de las especies es un hecho. Desde 1859, eso quedó claro para cualquier persona culta y bien informada. En cambio, algo muy distinto sucedió con los mecanismos que explican la evolución. Darwin propuso la selección natural, pero el concepto era demasiado rompedor, y se le atragantó a muchos biólogos. Había otras opciones más atractivas. El lamarckismo, por ejemplo. Sí; Lamarck podía estar desacreditado, pero casi todos pensaban como él.

Lamarck ha pasado al imaginario colectivo como el tipo que tenía unas ideas equivocadas sobre la herencia, y que propuso aquello tan gracioso del cuello de las jirafas. O hablando con propiedad: el desarrollo o atrofia de los órganos por uso y desuso, y la transmisión a la descendencia de los caracteres adquiridos. Es una injusticia. En su época, el mecanismo de la herencia se desconocía. Los científicos, Darwin incluido, pensaban como Lamarck. Lo que define al lamarckismo es lo siguiente: en los seres vivos hay una tendencia hacia el progreso, desde organismos simples hasta otros con sistemas nerviosos más complejos (con el hombre en la cima). Lamarck admitía la existencia de la selección natural, pero le otorgaba un papel secundario. Lo importante era la tendencia al progreso. La evolución tenía un sentido y una meta.

Una meta, sí: el progreso hacia la perfección. Y eso, ¿qué es?

Desde hace milenios, filósofos y religiosos han creído que la mente era superior a la materia. Los pensamientos elevados son superiores a la carne grosera. Por tanto, si la evolución tiende a la perfección, es lógico deducir que el motor del cambio evolutivo es el aumento de las capacidades mentales, en detrimento de la fuerza bruta. O sea, más cerebro y menos musculatura. Y si los alienígenas son «más evolucionados» que nosotros, pues les habrá pasado lo mismo, ¿no? Estarán en un estadio evolutivo superior, con mayor desarrollo de la mente (y del cerebro).

Bueno, hay mucho que objetar. Esta forma de entender la evolución es teleológica. Según el DRAE, la «teleología» es, en Filosofía, el estudio de las causas finales. También puede interpretarse como la atribución de finalidad u objetivo a algún proceso (en el caso que estamos considerando, a la evolución).

La teoría de la evolución por selección natural, tal como la propuso Darwin y es aceptada actualmente, no es teleológica. Para nada. Veamos. Es un hecho que la descendencia de los seres vivos muestra una cierta variación, salvo en el caso de los clones o los gemelos idénticos. Hoy sabemos que esa variación se debe a mutaciones en el ADN. Aquellos individuos cuyos rasgos les permitan una mejor adaptación al medio tendrán más posibilidades de dejar descendencia. A la larga, la acumulación de cambios de generación en generación dará lugar a la aparición de nuevas especies. Pero claro, si el medio ambiente cambia, puede que esas adaptaciones no sirvan para nada. Y dado que las mutaciones ocurren al azar, no hay lugar para la teleología.

Teilhard de Chardin (fuente: commons.wikimedia.org)

Sin embargo, igual que Lamarck, muchos buscan un propósito o finalidad en la evolución. Un caso llamativo es el del jesuita Teilhard de Chardin (1881-1955), preocupado por compatibilizar ciencia y cristianismo. No lo logró: la ciencia lo ignoró y la Iglesia lo repudió. Para Teilhard, la evolución era parte del plan divino. Nuestra especie seguiría evolucionando no sólo en lo biológico, sino también hacia un mayor nivel de conciencia. El resultado final sería el «punto Omega» (copiamos de la Wikipedia):

«Una colectividad armonizada de conciencias, que equivale a una especie de superconciencia. La Tierra cubriéndose no sólo de granos de pensamiento, contándose por miríadas, sino envolviéndose de una sola envoltura pensante hasta no formar precisamente más que un solo y amplio grano de pensamiento, a escala sideral. La pluralidad de las reflexiones individuales agrupándose y reforzándose en el acto de una sola reflexión unánime.»

En fin, prevalecería el pensamiento sobre la materia; una idea muy extendida y que ha sido recogida por la ciencia ficción. La evolución progresa gracias al aumento del cerebro en detrimento del resto del cuerpo, hasta alcanzar la pura conciencia descarnada.

Muy bonito, sí, pero pensemos como Darwin. Para que un rasgo tenga éxito y se afiance en una población, tendrá que transmitirse de una generación a otra de forma preferente, ¿verdad? Pues bien, a la hora de buscar pareja con la que aparearse, ¿cuál resulta más atractiva? ¿La de mente poderosa, pero de cuerpo débil y propensión a tener cabeza gorda? ¿O la guapa, bronceada y saludable, aunque su inteligencia sea manifiestamente mejorable?

¿Por quién apostarían ustedes a la hora de transmitir sus genes? 🙂

Escalas, cadenas y árboles (y III)

Si la metáfora de la evolución es la de un arbusto ramificado, cuyas ramas divergen de forma más y más compleja a lo largo del tiempo, ¿por qué se ha popularizado tanto la escala lineal de progreso? Como vimos en la primera entrada de esta serie, el icono de la evolución humana es una procesión de criaturas que marchan en fila india, como si anduvieran camino de la perfección.

Esto ha sucedido porque nuestra especie, Homo sapiens, es la única superviviente (que sepamos) de un linaje que fue muy diverso en el pasado. Hoy, qué se le va a hacer, sólo quedamos nosotros. Y hasta hace unas décadas, los fósiles de nuestros ancestros eran más bien escasos. Por cierto, algo parecido ocurre con la evolución de animales que nos son familiares, como el caballo.

Con  una sencilla ilustración nos explicaremos mejor. Observa, amigo internauta:

cla1En este esquema representamos la historia evolutiva de unos organismos cualesquiera. A partir de un antepasado común, situado en la base, a lo largo del tiempo fueron apareciendo y extinguiéndose numerosas especies. De ellas, sólo una sobrevive en la actualidad (F). Los paleontólogos, por desgracia, a duras penas han logrado desenterrar unos pocos fósiles de tan frondoso árbol (de mayor a menor antigüedad: A, B, C, D, E). Obsérvese que pertenecen a ramas distintas del árbol. Su relación es la de parientes más o menos lejanos, no de padres e hijos.

Claro, con tan pocas especies, es muy difícil, si no imposible, deducir la forma del árbol evolutivo. Y aquí, para intentar disimular nuestra ignorancia, recurrimos, sin quererlo, a ideas que nada tienen de darwinianas. La Scala naturae, la gran cadena de los seres (véase la entrada anterior), yace agazapada en nuestra cultura, condicionando nuestra manera de entender el mundo. Además, tenemos la atractiva teoría lamarckiana de la evolución como progreso hacia la complejidad. La tentación es demasiada: ordenamos esos pocos fósiles en una cadena que enlaza los más antiguos con los más modernos, de simples a complejos, de «menos evolucionados» a «más evolucionados», y así hasta la actualidad:

cla2

De este modo (¡ta-chan!) ilustramos la evolución como una suerte de camino inevitable que lleva al triunfo de la especie F cuando, en realidad, sucedió algo muy distinto. La especie F es la única superviviente de un complicado árbol genealógico, pero no necesariamente porque fuera la mejor. Quizá tuvo suerte, simplemente. Un meteorito que cae y se cepilla a la competencia, un oportuno cambio climático…

Eso ha pasado con la evolución del ser humano. Cuando disponíamos de pocos fósiles, quedaba muy elegante disponerlos en plan: «Fulano engendró a Mengano que engendró a Zutano que…» Así, de Ardipithecus se originó Australopithecus, del cual procedía Homo habilis, de éste H. erectus y de éste H. sapiens. Se admitía, eso sí, alguna rama lateral que se extinguió sin descendencia, como los «hombres cascanueces» (Paranthropus spp.) o los neandertales, pero la imagen del desfile triunfal que iba de los ardipitecos hasta nosotros se mantenía.

Hoy, por suerte, sabemos mucho más. Las nuevas generaciones de paleontólogos han aprendido dónde buscar, y cada año se descubren nuevos fósiles de homínidos que nos muestran lo simplista que era la visión que acabamos de comentar. El arbusto se nos está empezando a desvelar en toda su gloria,  diabólicamente retorcido a la vez que maravillosamente interesante. A Darwin le habría encantado. 🙂

En cualquier caso, la idea de una evolución lineal y finalista sigue viva en la sociedad, y es probablemente la que más influye sobre comunicadores, escritores y otros artistas. Pero eso ya lo discutiremos en otra ocasión, amigo internauta.

Escalas, cadenas y árboles (II)

En la entrada anterior comentábamos que la visión mayoritaria del proceso evolutivo es la de una cadena, en la que cada eslabón representa a una especie más moderna y «evolucionada» que la precedente. La imagen parece un sendero hacia la perfección, construido al estilo de: «Fulano engendró a Mengano, el cual engendró a Zutano, el cual engendró a…» En cambio, la metáfora que está en la mente de los biólogos evolutivos actuales es la de un arbusto enmarañado, donde la idea de «progreso hacia la perfección» no aparece por sitio alguno.

Para hallar el origen de esta contradicción, debemos retroceder en el tiempo, más allá de la revolución científica, incluso más allá del triunfo del cristianismo, hasta llegar a la gran cadena de los seres. Este concepto, también conocido como Scala Naturae, es uno de los más poderosos (y persistentes) que los naturalistas heredaron de la Antigüedad clásica y los tiempos medievales, y ha condicionado mucho a las teorías evolutivas modernas.

La Scala Naturae arranca de filósofos griegos como Platón y Aristóteles, y fue aceptada por los pensadores cristianos, entre los que destacó Santo Tomás de Aquino (muy aristotélico, él). En la Scala Naturae, todo cuanto existe en el universo está dispuesto jerárquicamente, de abajo arriba, de lo vil a lo noble, de la imperfección a la perfección. La gran cadena de los seres comprende tanto a lo inanimado (hay metales viles y nobles como el plomo o el oro, respectivamente) como a lo animado. Entre las criaturas vivas, el hombre es la más noble; todas las demás ocupan eslabones intermedios en la cadena. Por encima de nosotros sólo están los seres espirituales, con Dios en la cúspide. Incluso los seres espirituales están jerarquizados. Según Santo Tomás de Aquino, existen nueve coros celestiales divididos en triadas, que giran en órbitas concéntricas alrededor del trono de Dios. De mayor a menor categoría son: Serafines, Querubines, Tronos, Dominaciones, Virtudes, Potestades, Principados, Arcángeles y Ángeles. Estos últimos son los encargados de mediar con los hombres. Pueden connsultarse los detalles en la Wikipedia (en inglés).

La gran cadena de los seres (fuente: commons.wikimedia.org)

Esta cadena sustentaba el orden social tradicional (con el rey en la cima, seguido de los señores feudales, etc.). Además, era ideal para justificar el racismo y la dominación de unas gentes sobre otras.

En el estudio de la naturaleza, la potente imagen mental de esta cadena se mantuvo. Así, el empleo de los términos superior e inferior referidos a distintos grupos zoológicos o botánicos se popularizó (y aún sigue; por ejemplo, todavía hablamos de «hongos inferiores» para referirnos a los que presentan estructuras reproductoras más simples). Los primeros evolucionistas, como Lamarck o Erasmus Darwin, también experimentaron su influjo: convirtieron la Scala Naturae en una escalera o rampa mecánica, al estilo de los grandes almacenes, al ligarla a las ideas de complejidad y de progreso. Por cierto, quizá algún día nos animemos a publicar entradas sobre estos dos científicos. Erasmus Darwin, el abuelo de Charles Darwin, es un personaje fascinante. En cuanto a Lamarck, ha pasado a la Historia como «el tipo que dijo algo equivocado sobre el cuello de las jirafas.» Esto supone una gran injusticia para uno de los mejores naturalistas de su época.

Disculpa la digresión, amigo internauta. A lo que íbamos: Charles Darwin se dio cuenta de que el concepto de cadena no explicaba bien la naturaleza, e intentó evitar esos términos, pese a lo difícil que era vencer una tradición intelectual tan arraigada. No lo logró del todo. En la próxima entrada nos centraremos en la evolución humana, y veremos cómo un arbusto enmarañado puede convertirse en una escalera mecánica, por donde los fósiles de nuestros ancestros ascienden hasta la perfección. 😉

Escalas, cadenas y árboles (I)

Es probable, amigo lector, que cuando oigas hablar de evolución te venga a la mente una imagen similar a ésta:

La evolución humana vista como una cadena de progreso lineal (fuente: commons.wikimedia.org)

Podríamos decir que se ha convertido en un icono de la evolución, dibujado hasta la saciedad y con multitud de variantes: cómicas, satíricas… Pero fijémonos bien en él. ¿Qué nos sugiere? Avance de lo primitivo a lo moderno. Progreso. Una carrera. Una meta al final. Un propósito, quizá.

En suma, la evolución se concibe como un proceso lineal, de progreso. También trae a la mente la imagen de una cadena, donde cada especie es un eslabón. Sí, una cadena que va desde lo simple a lo complejo. Es una idea fácil de asimilar, con la que podemos sentirnos cómodos.

Esta visión de la evolución como una cadena de progreso no es nueva. Podemos comprobarlo en esta ilustración del gran biólogo alemán Ernst Haeckel:

De la ameba al hombre: E. Haeckel, 1874 (fuente: commons.wikimedia.org)

Estas cadenas evolutivas no sólo se han propuesto para ilustrar el origen de nuestra especie. También nos son familiares otras como, por ejemplo, la que muestra el origen del caballo, desde un mamífero del tamaño de un perro hasta los magníficos equinos de hoy;

La evolución del caballo interpretada como una cadena de progreso (fuente: commons.wikimedia.org)

Derivado del concepto de cadena evolutiva tenemos el de eslabón perdido. ¿Cuántas veces habremos leído noticias o comentarios acerca del hallazgo (o la ausencia) de un eslabón que nos conecta con los simios?

Sólo hay un problema: la evolución no es así. Los esquemas lineales de progreso no reflejan la realidad. La distorsionan.

Cuando Charles Darwin publicó El Origen de las Especies (1859), sólo incluyó una ilustración en todo el libro, para mostrar cómo entendía el proceso evolutivo. Sólo una. Y no era una cadena, sino un árbol:

(fuente: commons.wikimedia.org)

Darwin tenía muy claro que la mejor metáfora de la evolución, la que permitía visualizarla adecuadamente, era un árbol. Llevaba más de veinte años pensando en ello:

Esbozo de un árbol evolutivo. Aparece en un cuaderno de Darwin fechado en 1837 (fuente: commons.wikimedia.org)

Nada de un camino sencillo y ascendente, con nosotros al final. Un árbol se compone de múltiples ramas divergentes, y una no tiene por qué ser más importante que otra. Imaginemos la historia de la Vida como un árbol o, mejor aún, un arbusto enmarañado que se va ramificando más y más con el tiempo. Sí, estamos en el extremo de una rama, pero al final de las otras, tan largas y complicadas como la nuestra, hay moscas, champiñones, pinos, tiburones, mohos, tulipanes, arañas… Ninguna es mejor o peor que las demás. Las ramas vivas se alternan con las muertas. No se aprecia una cadena de progreso por lado alguno.

Entonces, ¿por qué se ha popularizado esta imagen lineal, de cadena, de escala de lo simple a lo complejo? Una imagen, insistimos, que es la más popular, la que ejemplifica el proceso evolutivo para la inmensa mayoría de la gente (entre ellos, los autores de ciencia ficción)…

Trataremos de explicarlo en la segunda parte de esta entrada. 🙂

Evolución, ciencia y ficción

Sin duda, amigo internauta, te habrás topado muchas veces con expresiones al estilo de: «El hombre desciende del mono», «Los mamíferos son más evolucionados que los reptiles», «La supervivencia del más apto», «En la sociedad sólo prevalecen los más fuertes, como dijo Darwin», etc. Estas sentencias, clichés más bien, forman parte de nuestra cultura. Las asumimos como lo más natural del mundo, pero no siempre fue así. Ni lo es actualmente, ya que mucha gente reniega de todo aquello que huela a darwinismo.

1859 es una fecha clave para la cultura occidental. En ese año se publicó la primera edición de El origen de las especies, la obra más conocida del naturalista inglés Charles Darwin. Hoy es difícil hacerse una idea cabal de la convulsión que supuso ese libro para la Ciencia, la Filosofía o la Religión de la época. En verdad, el Origen fue (y es) un torpedo directo a la línea de flotación de ciertos valores considerados sagrados por el pensamiento judeocristiano. No obstante, muchas personas lograron compatibilizar su fe religiosa con la aceptación de las tesis darwinistas. Quizá esto se deba a que no alcanzaron a comprender sus implicaciones más profundas.

La teoría de la evolución, tal como fue concebida por Darwin (e interpretada y modificada por sus seguidores) proporcionó una visión novedosa, radicalmente distinta, del origen de las especies y del propio ser humano. De ser el culmen de la Creación, el hombre pasó a considerarse como otro animal más, emparentado con los viles simios. Este golpe al orgullo humano ha sido comparado en ocasiones con el que propinó Copérnico siglos atrás, al proponer que la Tierra no era el centro del universo. Pero las consecuencias del darwinismo son mucho más serias. Por primera vez, alguien sugería un modo coherente de explicar la complejidad de la naturaleza en el que Dios era prescindible. Las controversias y discusiones que han tenido lugar desde 1859 han enriquecido nuestro acervo cultural, a la vez que nos han abierto nuevos horizontes de pensamiento e investigación. Desde entonces, la Biología no ha sido la misma. El mundo vivo cobra sentido a la luz de la evolución.

El darwinismo o, mejor dicho, el pensamiento evolucionista, ha invadido otras áreas del saber más allá de la Biología con éxito dispar. En ocasiones se ha empleado como una excusa aureolada de rigor científico para justificar atrocidades tales como la eugenesia o el recorte de ayudas sociales a los desfavorecidos. El llamado darwinismo social pretendía demostrar que las desigualdades entre razas o clases tenían un origen biológico. En tal caso, ¿para qué molestarse en dedicar tiempo y recursos, si la supervivencia del más apto era una ley natural? ¿Inspiró realmente el darwinismo a los nazis? ¿Y a los comunistas? ¿Cuántas personas sufrieron o murieron por culpa de estas teorías?

La Literatura, por supuesto, también ha recogido el guante de la evolución. Por sus especiales características, la ciencia ficción incluye novelas y cuentos donde la evolución es el eje central de la trama: culturas «más o menos evolucionadas» que otras, evolución en entornos alienígenas, regresiones evolutivas… Por desgracia, lo que aparece en muchas de estas obras demuestra que los autores no han aprehendido la peligrosa idea de Darwin (como la calificó Daniel Dennett).

Y es que, en suma, el darwinismo y otras teorías evolutivas no han sido adecuadamente entendidas por la gente. Abundan las ideas falsas y frivolidades al respecto. Con la evolución pasa como con la Ecología: es una palabra que se aplica a cualquier cosa, en muchas ocasiones sin demasiado fuste ni conocimiento de causa. Por eso, queremos aportar nuestro granito de arena a la divulgación de un tema tan importante, con múltiples implicaciones sociales y culturales.

En próximas entradas iremos tratando diversos aspectos de la teoría evolutiva y sus conexiones con la sociedad, la literatura, etc. Confiamos, amigo internauta, en que sean de tu agrado e interés.