El virus que no cesa

Ay, quién iba a decirnos hace unos años que íbamos a vivir una pandemia causada por un virus letal, y poder contarlo. Bueno, seamos sinceros: algunos previeron que algo así podría ocurrir (véase Contagio, de David Quammen) pero, igual que a Casandra, nadie les hizo caso. Como se dice en Desastre, de Niall Ferguson, esta desgracia no era un cisne negro inesperado, sino un rinoceronte gris, bien grande y previsible, que se abalanzaba sobre nosotros. Preferimos no verlo, y así nos va…

Y aquí estamos intentando salir de esta, tal vez aprendiendo de los errores y poco a poco asomando la cabecita, como los caracoles después de la lluvia. No hemos sido arrojados a un escenario postapocalíptico, al estilo de la novela de Stephen King The Stand (en español, dependiendo de la edición: La danza de la muerte o Apocalipsis). Tampoco padecimos la escabechina de la mal llamada gripe española en 1918, que liquidó entre 50 y 100 millones de almas. O no digamos la peste negra medieval, que se llevó por delante a un tercio de la población europea. Toquemos madera.

Si muchos seguimos vivos, no ha sido precisamente gracias a la suerte o a la intercesión divina. Lo que nos ha salvado el pellejo ha sido la Ciencia, desarrollando vacunas en tiempo récord, más la abnegada labor de los profesionales sanitarios, algunos de los cuales se han quedado en el camino cumpliendo su obligación de ayudar a los demás. Asimismo, la responsabilidad de buena parte de la población, que ha soportado con paciencia las cuarentenas, el incordio de la mascarilla y demás, ha ralentizado la velocidad de transmisión de la enfermedad, salvado vidas y dado un respiro a la economía.

Sin embargo, el coronavirus dichoso parece empeñado en hacernos la puñeta, con perdón. Mientras escribo esto, la variante ómicron se expande cual avalancha, y a saber cuántas mutaciones más nos aguardarán en el próximo futuro. A este paso, cuando se acaben las letras del alfabeto griego para denominarlas, tendremos que recurrir a los kanjis… 😦

Imagen: pixabay.com

En la prensa menudean las opiniones pintorescas, como que el virus es más inteligente que nosotros. Pero no; de listo, nada. En la naturaleza, no hace falta tener cerebro para triunfar. Tampoco hay que buscar conspiraciones ocultas en la proliferación de cepas más contagiosas. Lo que estamos viendo es evolución darwiniana en tiempo real. Así que por un momento dejémonos de agobiarnos por la incertidumbre de la economía y de indignarnos por la irresponsabilidad criminal de los antivacunas, y tratemos de extraer algunas enseñanzas científicas sobre la calamidad que ha caído sobre nosotros.

Imagen: pixabay.com

La evolución por selección natural es fácil de comprender. Los seres vivos (y los no tan vivos, como los virus) se reproducen y producen gran cantidad de descendientes, la mayor parte de los cuales morirán antes de tener oportunidad de reproducirse. Asimismo, hay diversidad genética en las especies, bien sea por reproducción sexual, mutaciones… Pues bien, aquellos individuos que se adapten mejor al entorno tendrán más posibilidad de dejar descendencia y transmitir sus genes a la posteridad. Y así, a lo largo del tiempo, en un mundo que no cesa de cambiar, los seres vivos evolucionan.

Esto, amigo lector, también puede explicarse con música. De hecho, no hay nada mejor que una banda de metal (Nightwish, en este caso) para contar una historia: 🙂

El proceso suele ser lento, difícil de apreciar a escala humana. No obstante, hay organismos que funcionan a velocidad de vértigo, y nuestro coronavirus es uno de ellos. No importa si los virus están vivos o no; el caso es que pueden mutar y reproducirse. Por tanto, evolucionan.

Los coronavirus son virus con ARN. Su tasa de mutación es muy elevada, y no digamos la reproductora. Un único hospedante infectado se convierte en una fábrica de millones y millones de virus. Y en algunos de estos se dan errores de copia. Por supuesto, la inmensa mayoría de esas mutaciones serán auténticos fracasos y desaparecerán de la faz del mundo sin pena ni gloria. No obstante, de vez en cuando una de ellas hará que el virus cambie sutilmente, de forma que al sistema inmunitario le cueste reconocerlo, o se dispersará con mayor eficacia, o…

Imagen: pixabay.com

Y eso es todo lo que importa. Lo que prima en la evolución no es si eres bueno o malo, fuerte o flojo, solidario o asocial. Es que transmitas tus genes mejor y más rápido. Quienes lo consigan acabarán desplazando a la competencia.

Por otro lado, los virus son parásitos. Y algo que los profesores de Fitopatología (la disciplina que estudia las enfermedades de las plantas) explicamos a nuestros estudiantes es que, por lo general, los buenos parásitos son malos patógenos.

Aclaremos conceptos, pues no son sinónimos. Los parásitos viven a costa de otros. Los patógenos provocan enfermedad a otros. Si un parásito es muy agresivo, puede que acabe con su anfitrión demasiado pronto, y eso dificulte su propagación. En cambio, si el parásito no mata rápidamente al anfitrión, o no lo incapacita demasiado, podrá seguir usándolo como un agente propagador durante más tiempo. Eso supone una ventaja adaptativa.

Algo así puede estar pasando con los coronavirus. El responsable de la pandemia de covid-19 no es el primero que nos ataca. La epidemia del síndrome respiratorio agudo grave de 2002-2004 fue causada por un coronavirus más agresivo. Mató al 13 % de los infectados, pero se pudo contener, y tan sólo afectó a unas 8000 personas. Gracias a que los síntomas eran rápidos y graves, los enfermos podían ser aislados antes de que contagiasen a más gente. En cambio, el COVID-19 se lo toma con más calma. Los síntomas tardan más en aparecer. Eso, unido a los errores cometidos por las autoridades sanitarias al principio, generaron la pandemia que hoy nos aflige.

Indudablemente, si se confirma que la variante ómicron provoca síntomas más leves y se multiplica con más rapidez, puede acabar por desplazar a otras cepas más peligrosas, lo que tal vez sea bueno. A base de vacunas y medidas sanitarias inteligentes, podemos acabar adaptándonos al virus, conviviendo con él, igual que hacemos con la gripe.

Claro, siempre existirá la posibilidad de que aparezca una cepa extremadamente agresiva y rápida, y que todos acabemos como en la novela de Stephen King. Eso también será malo para el virus, que ya no podrá propagarse al haber acabado con sus anfitriones, pero la naturaleza es así. No vela por el bienestar o el éxito de las especies que la integran. La vida seguiría, aunque sin nosotros. Ya han ocurrido otras catástrofes peores en la biosfera. El cosmos es indiferente a los seres que lo habitan.

En fin, confiemos en que en esta ocasión las cepas víricas menos agresivas desplacen a las otras y nos otorguen un respiro, que buena falta nos hace. En cualquier caso, la pandemia habrá servido para bajarnos del pedestal. Hemos de comprender que por mucho que nos creamos el ombligo del universo, seguimos sujetos a sus leyes inexorables, sometidos a fuerzas mucho más poderosas de lo que podemos manejar. Ojalá sean clementes y nos veamos de nuevo de aquí a un año, amigo lector.

Que tengas un feliz 2022. 😉

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