Espiritismo, ciencia y literatura (y III)

En la entrada anterior nos ocupamos de uno de los más notables defensores del espiritismo, el escritor Arthur Conan Doyle. Tratemos ahora otro aspecto interesante: ¿Cómo acogieron los científicos de la época victoriana al espiritismo?

Hubo división de opiniones. Si bien muchos fueron enemigos implacables del espiritismo, otros admitían los contactos con el mundo de los espíritus. Entre los creyentes destacan sabios tan respetados, como el químico William Crookes, el físico Oliver Lodge y el mismísimo Alfred R. Wallace. Merece la pena que nos centremos en este último, y comparemos su actitud con la de Charles Darwin.

Alfred_Russel_Wallace_Maull&Fox_BNF_GallicaAlfred Russel Wallace  (fuente: es.wikipedia.org)

Alfred Russel Wallace (1823-1913) fue un hombre genial que vivió en una época pletórica de hombres geniales; por desgracia, no es tan conocido por el gran público como debiera. Fue el codescubridor de la teoría de la evolución por selección natural, aunque Darwin se llevó la mayor parte de la fama. Sin embargo, no hubo rivalidad entre ambos naturalistas. Wallace admitía la paternidad de Darwin respecto a la selección natural, y Darwin respetaba la valía de su colega.

Los descubrimientos e intereses de Wallace fueron muchos y muy variados. Su biografía resulta apasionante. A diferencia de Darwin, no lo tuvo fácil para ganarse la vida. Nació en una familia pobre, y debió trabajar duro para prosperar. Logró pagarse sus exploraciones (inspiradas por El viaje del Beagle, de Darwin, por cierto) a costa de vender ejemplares de insectos a los coleccionistas, y siempre anduvo justo de dinero (según él, hacerse rico tenía más que ver con la desvergüenza que con la inteligencia; o sea, nunca fue rico). 🙂

Lo que jamás le faltó fue el coraje y la determinación. Exploró el Amazonas y el río Negro junto con Henry Bates de 1848 a 1852. Un incendio destruyó la multitud de ejemplares que había recogido, pero su ánimo no se hundió por eso. Se embarcó en una nueva expedición al archipiélago malayo (1845-1862), y allí se le ocurrió la idea de la evolución por selección natural, a la par que Darwin. Mientras que éste se basó en la selección artificial de animales domésticos, Wallace lo hizo estudiando la distribución natural de animales, vegetales y tribus humanas. Y por la lectura de Malthus, cómo no.

Wallace fue brillante, excéntrico, independiente y pionero en muchas ciencias. Descubrió un gran número de especies nuevas, fue autor de excelentes y amenos libros de viajes (igual que Darwin; según Conan Doyle, ambos naturalistas figuran entre los mejores prosistas en lengua inglesa), fue el primer europeo que estudió a un gran simio (el orangután) en condiciones de libertad, descubrió la línea de Wallace, que atraviesa Malasia y separa los animales derivados de Asia de los que evolucionaron en Australia… A diferencia de Darwin, se esforzó en aprender las lenguas tribales y familiarizarse con las costumbres y modos de pensar de aquellas gentes. O sea, fue un auténtico antropólogo de campo. Y se formó una elevada opinión de la moralidad de las «razas no civilizadas». Asimismo, fue un precursor de la hipótesis Gaia (la Tierra era un sistema único y complejo).

En cuanto al carácter, Darwin y Wallace fueron muy distintos. Darwin, tras sus aventuras en el viaje del Beagle,  se convirtió en un hombre enfermo. Tal vez eso contribuyó a hacerlo retraído y discreto. Además, supo rodearse de buenos amigos dentro del gremio científico, y siempre procuró no ofender a nadie a sabiendas. En cambio, Wallace fue siempre muy franco e imprudente al manifestar sus creencias religiosas y políticas. Muchos colegas quisieron desacreditarlo por su defensa del socialismo utópico, el pacifismo, la conservación de la naturaleza, los derechos femeninos, los fenómenos paranormales, la frenología, el espiritismo, su campaña contra la vacunación… Y conforme envejecía, defendía con mayor ahínco sus convicciones. Para muchos fue una auténtica mosca cojonera, con perdón. Sin embargo, Darwin y Wallace nunca perdieron su amistad y respeto mutuos. Pese a la resistencia de otros colegas, que estaban hartos de Wallace, Darwin (y Huxley) lucharon para que se le otorgara una pensión vitalicia (y lo lograron). De este modo, Wallace pudo disfrutar de una larga y combativa vejez. Por su parte, Wallace fue uno de los que portaron el féretro de Darwin en su funeral en la abadía de Wetsminster. Reconozcámoslo: los británicos saben honrar a sus científicos.

Pero centrémonos en el espiritismo. Es curioso que los dos padres de la teoría de la evolución por selección natural tuvieran ideas tan distintas al respecto. Wallace creía; de hecho, los espiritistas usaron su apoyo para adquirir respetabilidad. Darwin, en cambio, detestaba a los médiums. Igual que Conan Doyle, sabía lo que era el dolor de perder a un hijo, pero a él le indignaba que los espiritistas eligieran a sus víctimas entre las personas que sufrían. También le llamó la atención que parientes suyos siguieran creyendo en un médium, a pesar de que éste hubiera sido pillado in fraganti. Le pareció una curiosidad psicológica.

Darwin, discreto como era, combatió a los espiritistas en secreto, animando y pagando a colegas más jóvenes y fogosos para que desenmascararan a los embaucadores. De todos modos, a la hora de descubrir a un farsante, los magos profesionales, como Houdini, no tenían rival.

¿Por qué Darwin y Wallace pensaban de forma tan distinta sobre el espiritismo? Curiosamente, la propia teoría de la evolución fue la que los condujo por caminos separados.

Para los no científicos, repasemos brevemente los fundamentos de la teoría de la evolución por selección natural, una de las más elegantes de la ciencia, y que otorga sentido a la Biología. Parte de unos hechos incontestables:

  • Los seres vivos son superfecundos. Nacen muchos más de los que llegarán a la vida adulta. Un gran número morirá.
  • Dentro de una misma generación de seres vivos existe variabilidad.
  • Parte de esa variabilidad es heredable.

A partir de esos hechos, Darwin y Wallace infirieron que:

  • Aquellos seres vivos que por azar presenten variaciones que se adapten mejor a las condiciones ambientales que los rodean, tendrán mayor probabilidad de alcanzar la vida adulta y, por tanto, de reproducirse.
  • Puede que, a su vez, sus descendientes hereden esas variaciones. Generación tras generación, el medio irá seleccionando a los que mejor se adapten a él. A la larga, eso implicará la transformación y aparición de nuevas especies.

Como vemos, la selección natural es el principal moldeador de la evolución. No obstante, Darwin admitía que no era el único; podían haber otros. En cambio, Wallace era más darwinista que Darwin. Era panseleccionista: cualquier carácter de un ser vivo debía haber aparecido por selección natural. Y ahí Wallace se encontró con algo que no podía explicar: ¿cómo surgió el cerebro humano?

Wallace constató que tanto el salvaje más atrasado (según la mentalidad de su época) como el sabio europeo más culto poseían un cerebro similar. ¿Para qué necesitaba un salvaje un cerebro tan desarrollado? ¿Cómo pudo la selección natural dar lugar a un órgano tan exquisitamente complejo? Le pareció imposible, y dedujo que la aparición de nuestro cerebro debía tener un origen sobrenatural. Y de ahí al espiritismo había solo un paso. En cambio, Darwin no tuvo problemas para admitir una explicación natural para el origen del cerebro y del comportamiento humano complejo. Y como muchas personas que han perdido la fe religiosa, podía aceptar los reveses de la vida sin sumirse en la depresión.

Es curioso. Dos científicos excepcionales, partiendo de principios similares, llegaron a conclusiones diametralmente opuestas. El combativo Wallace se convirtió en defensor del espiritismo. El discreto Darwin se deslizó hacia el ateísmo. Y pese a todo, siguieron siendo amigos.

P.S.: Para redactar esta entrada hemos recurrido, entre otros textos, al excelente Diccionario de la Evolución, de Richard Milner. Es una fuente de curiosos datos y anécdotas sobre la ciencia y su relación con la sociedad.

Milner

Anuncios

3 comentarios en “Espiritismo, ciencia y literatura (y III)

  1. Pingback: Blavatsky y el miedo al mono (V) | Lo Fantástico

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s