La actitud científica (y II)

Sigamos comentando el libro de McIntyre.

¿Hay quienes piensan que tienen actitud científica pero en realidad carecen de ella? Sin duda: es el caso de las pseudociencias y similares. Son bastante peligrosas, porque alcanzan una enorme difusión y algunas de sus afirmaciones pueden poner en riesgo las vidas humanas (lo estamos comprobando con la pandemia del coronavirus).

Salvo que se indique otra cosa, las imágenes (libres de derechos) proceden de pixabay.com

La pseudociencia quiere parecer ciencia, pero su metodología suele ser penosa. Además, se niega a cambiar sus creencias frente a las evidencias. Este es el gran problema, como ahora discutiremos: las pseudociencias y afines se basan, en el fondo, en creencias, en vez de evidencias. Y una actitud muy humana es la de aferrarnos a nuestras creencias a toda costa, defendiéndolas a capa y espada, negándonos a cambiarlas.

Hoy, con las redes sociales, uno puede encerrarse en foros donde sólo vea lo que le agrade o haga feliz, mientras a su alrededor los bulos hacen su agosto. Ahí radica la gran diferencia. En ciencia, se busca el grupo para que critique; en pseudociencias, para que reafirme. La científica es una comunidad de escrutinio crítico, no de apoyo mutuo. Como bien señalaba Carl Sagan, la ciencia es un equilibrio entre la apertura a nuevas ideas y el escepticismo. Tienes que estar abierto a lo nuevo, sin complejos, pero a la vez no has de creértelo todo, por muy atractivo que parezca.

A lo que íbamos. En una primera aproximación, podríamos distinguir entre pseudocientíficos, negacionistas y conspiranoicos, según cómo fallen en ese delicado equilibrio. Así, los escépticos están cerrados a las nuevas ideas; los pseudocientíficos fallan en el escepticismo; y los conspiranoicos fallan en ambas cosas.

Indudablemente, esta delimitación peca de simplista. Las fronteras entre pseudocientíficos, negacionistas y conspiranoicos suelen difuminarse. En cualquier caso, a todos les falta actitud científica. Empecemos por los negacionistas, aunque resulta difícil resumirlo mejor que en este tweet de Farmacia Enfurecida:

Para McIntyre, está claro que los negacionistas insisten en rechazar teorías científicas que gozan de evidencia abrumadora. En el fondo, no les gusta la ciencia, aunque digan basarse en ella. Sí, están abiertos a nuevas evidencias, pero sólo a aquellas que les convienen. Sus hipótesis se basan en la intuición, la fe o la ideología política, no en los hechos. En el fondo, los negacionistas tienen más en común con la conspiranoia que con el escepticismo honesto.

En efecto, su escepticismo es muy selectivo, pues usan y abusan del doble rasero. Exigen estándares imposibles a la ciencia cuando no está de acuerdo con ellos, pero no predican con el ejemplo, sino todo lo contrario. Así, pueden negarse a aceptar una teoría apoyada por la inmensa mayoría científica, aduciendo que no es fiable al 100%. Sin embargo, cuando se les pregunta en qué basan sus ideas, hacen referencia a uno o muy pocos artículos, que a lo mejor se publicaron en la Hoja Parroquial de Orejilla del Sordete, y les dan validez absoluta. Y pobre de ti si osas criticarlos…

Eso no es actitud científica, sino proteger tus creencias.

Fuente: lavanguardia.com

En ciencia nada está plenamente asentado, ni se necesitan acuerdos al 100% para seguir avanzando. La ciencia puede fallar, claro, pero el negacionismo decide de antemano lo que quiere que sea verdad y filtra selectivamente la evidencia. Aunque pueda haber resistencia entre científicos a las ideas rompedoras, al final la evidencia prevalece. Incluso pueden darse casos en que el individuo corrija al grupo, si la evidencia resulta ser lo bastante poderosa.

Ocupémonos ahora de los pseudocientíficos, que no cesan de acusar a la «ciencia oficial» de cerrazón mental, de coartar la imaginación, de perseguir a los heterodoxos, de… Según los pseudocientíficos, los corsés que impone la «ciencia oficial» contrastan con la maravillosa apertura mental de los heterodoxos. Sin embargo, ¿son tan abiertos de mente como predican? Por un lado, los pseudocientíficos tienden a ser muy crédulos, pero también se cierran a cualquier evidencia que contradiga sus teorías… al mismo tiempo que se quejan de que los científicos no tomen en cuenta las suyas. Ay, volvemos al doble rasero…

La ciencia no coarta la imaginación, ni persigue a la heterodoxia. Todo lo contrario. Lo que ocurre es que para asegurarte de no meter la pata, debes tener en cuenta la evidencia. Y luego, presentar tus ideas en el foro público, donde podrán ser criticadas. En cambio, los pseudocientíficos, a la más mínima crítica, rompen a llorar y acusan a la malvada «ciencia oficial» de mil y una perfidias y judeomasónicos contubernios. Eso, o se comparan con Galileo, haciendo que este se retuerza en su tumba. OK, Galileo (un científico, por cierto) fue perseguido por sus ideas por los poderes establecidos (la Iglesia, por cierto). Pero las teorías de Galileo se ajustaban a los hechos, a la evidencia. ¿Y las del pseudocientífico llorón? ¿Eh? 🙂

Cualquier teoría, por fantástica que sea, será aceptada si se ajusta a las evidencias. La comunidad científica no va a tratar de tapar o encubrir, al estilo conspiranoico, una hipótesis que lo ponga todo patas arriba. Pongamos un ejemplo que ya hemos comentado in extenso en el blog (para más detalles, basta con clicar la etiqueta «yeti» en la columna de la derecha).

Los criptozoólogos se enfadan o indignan porque la «ciencia oficial» no admite la existencia del yeti o del monstruo del lago Ness. Acusan a los «científicos oficiales» de cerrazón mental y qué sé yo más, con esa manía de negarse a admitir que hay grandes animales no catalogados. Es fácil rebatir esas afirmaciones. Si un científico tiene pruebas sólidas de la existencia de un bicho nuevo, correrá a publicarlas dándose con los talones en el trasero. 🙂 Pocas cosas hacen más ilusión a un científico que ver su nombre reconocido entre sus colegas. Y si su artículo pasa por el filtro de la revisión por pares de colmillo retorcido, habrá conseguido la fama y el reconocimiento buscados, que para muchos científicos es más importante incluso que el dinero. Pero claro, hay que tener pruebas sólidas.

Estatua de Bigfoot (fuente: es.wikipedia.org)

Por eso los científicos aceptaron algo tan fantástico como la existencia de una nueva especie humana, los denisovanos, a partir de unos pocos fósiles que cabían en una caja de cerillas. ¿Por qué? Porque contenían ADN que se pudo secuenciar. Hechos. Evidencias. ¿Por qué no se acepta la existencia del yeti? Porque no hay evidencias sólidas. Se han hecho estudios científicos sobre este presunto homínido, y ninguno ha hallado evidencia hasta la fecha. Ninguno. Tengan ustedes por seguro que si hubiera evidencias sólidas que respaldaran su existencia, tarde o temprano los científicos la aceptaríamos encantados. Pero ¿dónde están las evidencias pseudocientíficas? ¿Por qué no someten sus trabajos a dobles ciegos, o a la revisión por pares? Y en los casos en que envían sus artículos a una revista de prestigio y esta, tras pasar por la revisión por pares, los rechaza, ¿por qué se echan a llorar y se quejan de que los tratan como a Galileo? 🙂

En fin, según McIntyre, la pseudociencia es un ejemplo de pensamiento desiderativo. Y, dicho sea de paso, suele mover bastante dinero.

El creacionismo o el diseño inteligente son pseudociencias. ¿Por qué los científicos excluyen de las clases de Biología a las afirmaciones «científicas» creacionistas? Pues porque no son tales, ya que no concuerdan con los hechos. E insistimos: no hace falta que una teoría esté probada al 100% para que sea enseñada en las escuelas. El creacionismo es ideología disfrazada de ciencia. Le falta la evidencia. Además, no se pueden enseñar en las escuelas todas las teorías alternativas. Si tuvieran evidencias que ofrecer, pues habría que considerarlas, claro.

En resumen, se necesita tanto una teoría como evidencias que la sostengan (y que pueden ser usadas para modificarla). La ciencia no es 100% certeza, pero ¿existe un camino mejor para saber cómo funciona el mundo?

Fuente: awachupeich

Finalmente, coincidimos con McIntyre en que el análisis de lo que fracasa en la ciencia, así como de lo que pretende hacerse pasar por ella, resulta muy útil para comprenderla.

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