De patógenos, virus, pandemias y disparates (IV)

Es difícil matar a los virus; más que nada, porque no están vivos. Como vimos, básicamente son nucleoproteínas con capacidad de infectar y usarnos como máquinas para fabricarlos en serie y dispersarlos. ¿Cómo se puede luchar contra algo semejante? Para ello se requiere conocer cómo funcionan los virus y cómo lo hacen sus víctimas (en este caso, nosotros). Y para ello, nuestra herramienta más poderosa es la ciencia, combinada con el buen sentido. No hay otra.

Salvo que se indique otra cosa, las imágenes de esta entrada son descargas gratuitas de pixabay.com

La primera estrategia defensiva es la más obvia: «soldado que huye, vale para otra guerra». 🙂 No habrá infección si evitamos entrar en contacto con el virus. Hace siglos que nuestros antepasados se dieron cuenta, y de ahí surgieron las cuarentenas. Son molestas, coartan nuestras libertades, evitan que veamos a nuestros seres queridos e incluso los confortemos en sus últimos momentos, fastidian la economía de los países… Pero la alternativa es peor. Una cuarentena puede evitar que colapsen los servicios sanitarios, que nuestros mayores mueran en masa… Y, sobre todo, nos permite ganar tiempo para buscar armas eficaces contra el enemigo. En fin, amigo lector, qué te voy a contar; en este 2020 lo habrás vivido en carne propia.

La lucha contra los vectores también es una buena idea. Un vector es cualquier organismo (mosquitos, garrapatas…) que transmite agentes patógenos. Por desgracia, hay virus que no necesitan a esos vectores para conquistar el mundo. Somos nosotros, esparciendo mocos y saliva a diestro y siniestro, los que dispersamos a los virus del resfriado, gripe, covid…

Las medidas de higiene también son de gran ayuda para prevenir estas y otras enfermedades. Llevar mascarilla, lavarse las manos, mantener la distancia de seguridad… Un engorro, sin duda, pero todo lo que implique ponérselo difícil al virus para que llegue hasta nosotros es de agradecer.

Claro, cuarentenas e higiene previenen las infecciones, pero no te curan si el virus te ataca. ¿Existen medicamentos o sustancias que nos permitan combatir a los virus? Pues sí, las hay que ayudan, pero no en todos los casos.

De lo que debemos olvidarnos es de los antibióticos. Básicamente sirven para liquidar bacterias, pero los virus son otra cosa muy distinta. Cuando pillas, por ejemplo, un resfriado (enfermedad vírica), un antibiótico resulta inútil (salvo que al mismo tiempo tengas una infección bacteriana en el tracto respiratorio). Peor aún, el abuso de antibióticos acabará por seleccionar superbacterias resistentes. Pero esa es otra historia…

Por supuesto, hay medicamentos que pueden aliviar los síntomas, e incluso pueden reparar de algún modo los daños que los virus nos causan en el organismo, mas no en todos los casos. Ciertos virus son demasiado agresivos.

Pero aunque los virus no se puedan matar, ¿acaso no hay sustancias que los desactiven, que bloqueen sus mecanismos de acción? Hemos oído hablar de cosas como los antirretrovirales. ¿Por qué no usarlos?

Pues porque los virus son muy diversos. Ya vimos en otra entrada cuán diferente es, por ejemplo, un coronavirus, cuyo material genético es ARN mensajero, de un retrovirus, que encaja sus genes en nuestros cromosomas, o de un adenovirus, con ADN de doble cadena… Y a la hora de intentar combatirlos, los virus con ARNm, como los de la gripe o los coronavirus, son especialmente puñeteros, con perdón.

¿Es que no hay forma de acabar con ellos? Pues sí, la hay. Tenemos defensas: nuestro sistema inmunitario, que cuando identifica a una amenaza va y la machaca. Pero claro, nuestras defensas no son perfectas.

Ante todo, el sistema inmunitario tiene que ser selectivo. No puede atacar a todo lo que se menea, sino sólo al enemigo. Un sistema inmunitario que se propase causará problemas. Por ejemplo, si ataca a nuestras propias células provocará enfermedades autoinmunes, algunas de ellas bastante peligrosas. O ¿qué decir de las alergias, cuando sustancias inofensivas como el polen de olivo provocan una respuesta desmesurada? Por eso, el sistema inmunitario ha de estar muy bien ajustado, y debe saber distinguir lo propio de lo ajeno.

El gran problema es que el sistema inmunitario no reacciona automáticamente cuando se enfrenta con algo nuevo. Primero tiene que conocerlo, fabricar anticuerpos para que el cuerpo lo reconozca como enemigo y se defienda… Y eso lleva su tiempo.

Por eso, cuando nos topamos con un virus novedoso, como el causante de la covid-19, en un primer momento estamos indefensos. Si sobrevivimos a su ataque, dispondremos de anticuerpos que lo reconocerán. Así, la próxima vez que ose atacarnos, nuestras defensas le darán la del pulpo. A eso se le llama adquirir inmunidad.

A la larga, en una población habrá suficientes individuos inmunes para romper la cadena de contagios y evitar que la enfermedad se propague; entonces hablamos de inmunidad de grupo o de rebaño. El problema es que el precio para alcanzarla puede ser demasiado alto. Piensen en la mal llamada gripe española de 1918. Cuando dejó de ser un problema grave, habían muerto entre 50 y 100 millones de personas. O pensemos en este mismo año, cuando algunos países, como el Reino Unido, trataron de conseguir inmunidad de rebaño alegremente, buscando no dañar la economía del país. Al final se saturaron sus servicios sanitarios, y tuvieron que comerse la inmunidad de rebaño con papas fritas. 😦

Ahí está el dilema, amigo lector. Con las cuarentenas y medidas higiénicas, podemos evitar una masacre y no saturamos el sistema sanitario, a costa de perjudicar a nuestra economía y nuestras libertades. Y si buscamos inmunidad de rebaño por las bravas, pues habrá muchos muertos, las urgencias de los hospitales colapsarán (con lo cual, morirá mucha más gente de otras enfermedades que podrían haber sido tratadas de disponer de médicos y camas hospitalarias)…

¿Es que no hay nada que pueda ayudarnos a adquirir inmunidad de rebaño sin provocar una catástrofe?

Lo hay. Se trata de las vacunas.

El concepto de vacuna es más simple que el mecanismo de un chupete, pero es una de las ideas más geniales que haya parido la Humanidad. Enfrentemos al sistema inmunitario con un virus desactivado, incapaz de causar enfermedad, para que lo reconozca y fabrique anticuerpos. Así, cuando entren en contacto con el virus de verdad, nuestros linfocitos podrán ponerse en plan Harry el Sucio, y decirle al patógeno: «Alégrame el día». 🙂

Fuente: gfycat.com

Es alucinante ver cómo ha progresado la obtención de vacunas desde los tiempos de Pasteur. Una vacuna puede consistir en virus atenuados, o inactivados, o simplemente cachitos de virus que provoquen la fabricación de anticuerpos. Pero también podemos inyectar ADN o ARNm a la célula para que sea ella la que fabrique algunas proteínas del virus.

Por ejemplo, la proteína S del coronavirus (la que forma esas espinitas tan curiosas y típicas) le sirve para reconocer a nuestras células. De por sí solas son inofensivas, pero en cuanto nuestro sistema inmunitario las detecte fabricará anticuerpos, y estaremos inmunizados (o eso esperamos). Ese ADN o ARNm se puede introducir en la célula de muy diversos modos, incluso recurriendo a otros virus domesticados, que funcionan como vectores de genes. No nos extenderemos aquí en los detalles, para no resultar pesados. En el nº 525 (junio de 2020) de la revista Investigación y Ciencia, el lector interesado hallará información al respecto.

No todos los virus son iguales, insistimos. Algunas vacunas proporcionan inmunidad de por vida, como la del sarampión. Otros virus, como en el caso de las zoonosis (véase la entrada anterior), nos lo ponen más complicado, porque sobreviven en reservorios animales. Allí pueden mutar y dar lugar a cepas diferentes, que sorprenderán a nuestro sistema inmunitario. ¿Un ejemplo? La gripe. Es una batalla constante en la que no podemos bajar la guardia.

En fin, nos guste o no, es lo que hay. Mientras no haya vacunas efectivas contra el coronavirus, las vamos a pasar canutas. Contra un virus nuevo, no hay otra defensa para adquirir inmunidad de rebaño.

En el momento de escribir esto, llevamos meses viviendo en un mundo extraño. Un mundo en el que, para no enfermar o morir, tenemos que encerrarnos. Un mundo en el que los más débiles, los más ancianos, los más pobres, los más desfavorecidos, caen como moscas. Un mundo con la economía paralizada. Un mundo encerrado en sí mismo. Un mundo con miedo. Es el mundo soñado por los antivacunas. Un mundo en el que no merece la pena vivir.

Caramba, esta serie de artículos se está alargando más de lo previsto. Te pones a escribir, a contar cosas, a reflexionar… En fin, a ver si acabamos en el próximo, que dedicaremos a antivacunas y disparates surtidos.

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