Blavatsky y el miedo al mono (IV)

A H. P. Blavatsky le encantaba el nº 7. Más bien le obsesionaba, pues su obra gira en torno a una concepción septenaria del cosmos. También defendía los ciclos de auge y caída, en una cosmovisión repleta de fuerza vital, espíritus y almas. Asimismo, buscaba desesperadamente paralelismos entre macro y microcosmos. Por fortuna, incluyó en sus obras diagramas que nos ayudan a comprenderla (o al menos a intentarlo):

Nota: todas las ilustraciones de esta entrada se han tomado de la versión inglesa; puede descargarse en www.theosociety.org

Fijémonos en la ilustración. Además del paralelismo manifiesto entre los principios humanos y la división planetaria, que comentaremos más adelante, queda claro que Blavatsky era vitalista.  Las almas y espíritus campan a sus anchas por La Doctrina Secreta, y se enfadaba cuando los científicos no los tenían en cuenta. Reprochaba a los físicos de su época que se quedaran en la cáscara, sin llegar nunca a la almendra. Al adoptar los átomos físicos, olvidaban que los átomos tenían alma (o lo que ella entendía por alma). A lo largo de su obra despotricó contra esas teorías físicas vacías de alma y espíritu, y afirmó que los antiguos iniciados sabían más de Física que todas las academias científicas. En concreto, creía que la Ciencia Moderna no es más que Pensamiento Antiguo desfigurado. El Ocultismo no necesitaba pruebas científicas. Al final, según ella, la Ciencia acabaría por aceptar lo que decía la Filosofía Oculta.

A lo largo de La Doctrina Secreta Blavatsky arremete contra el materialismo, aunque no era partidaria de las grandes religiones monoteístas. Estas le gustaban aún menos que la Ciencia, que ya es decir. Su visión no era monoteísta sino panteísta, con un principio original del que emanaba lo demás (aunque su redacción tendía a ser confusa, por lo que resulta difícil seguirla). De hecho, afirmaba que por deficientes, materialistas y erróneas que fueran las teorías científicas, estaban mil veces más cerca de la verdad que las vaguedades de la Teología. No obstante, cuando la Ciencia le llevaba la contraria a las creencias ocultistas, buenos palos le daba… 🙂

No vamos a reproducir aquí sus extrañas ideas sobre el átomo, la luz, el calor, las reacciones y elementos químicos (llega a afirmar que el helio tiene un peso atómico inferior al del hidrógeno), los principios de la fotografía, la gravitación (llegó a insinuar que correría la misma suerte que la teoría corpuscular de la luz)… Como ya dijimos, Blavatsky iba sacando de aquí y allá las noticias científicas que se adaptaban a su cosmovisión, valiéndose en muchos casos de «autoridades» hoy bastante olvidadas o bien muy antiguas, que incluso en su época estaban ya desacreditadas.

Blavatsky estaba de acuerdo en algo con los astrónomos: el universo es muy, muy grande y nuestros dioses, muy, muy pequeños. Por lo demás, los disparates astronómicos proliferan en La Doctrina Secreta. Dejando a un lado su concepción del éter (sustancia hipotética aceptada en su época, pero liquidado por la teoría de la relatividad), sus ideas sobre el sol y los planetas eran… en fin, corramos un tupido velo.:-)  Asimismo, pensaba que la materia de soles y cometas podía ser muy distinta a la de la tierra, con elementos desconocidos para la Ciencia. Hoy, con más elementos de juicio, sabemos que en realidad estamos hechos de polvo de estrellas. No somos algo aparte.

Centrémonos en nuestro rinconcito del universo, el Sistema Solar, y en algo que llama poderosamente la atención: las peculiares cadenas planetarias.

Para Blavatsky había innumerables cadenas circulares de mundos, compuestas de 7 globos situados en distintos planos. Sólo el inferior y más material se hallaba dentro de nuestro plano y lo podíamos percibir (véase la primera ilustración de esta entrada). Cada cadena de mundos era creación (o reencarnación) de otra, inferior y muerta. En nuestro caso, de la cadena de la Luna, la cual es más vieja que la Tierra. Los globos de la cadena septenaria lunar han dado vida a los correspondientes globos de la cadena terrestre, y a continuación mueren. Ah, Blavatsky también hablaba de la influencia maligna de la Luna sobre la Tierra en la actualidad. Parece que creía en la Astrología…

Como se ve en la ilustración, cuando el anillo o cadena planetaria llegaba a su última ronda pasaba su energía a otro planeta. En el caso de la Tierra, como en otros, debía vivir durante 7 rondas. En las tres primeras se formaba y consolidaba. En la cuarta se asentaba y endurecía. En las tres últimas se revertía esa tendencia y volvía a espiritualizarse. La humanidad se desarrollaba tan sólo en la 4ª ronda. O sea, para entendernos: hay un descenso de lo espiritual a lo material, y luego un ascenso a la inversa. Durante el proceso parece que se gana en sabiduría. O experiencia. O algo así.

¿Confuso? Hay quienes califican a los escritos de Blavatsky de «empanada mental». No obstante, hemos de reconocer que su obra tiene un punto de grandiosa. Llama la atención lo ordenado y majestuoso que es su cosmos, tan finalista y predecible. Tiende a funcionar como un mecanismo de relojería, igual que las antiguas esferas celestes.

En la próxima (y esperamos que última) entrada sobre el tema reflexionaremos sobre esta manía por el orden. Eso será después de comentar la que organizó Blavatsky al aplicar sus ciclos y cadenas a la evolución y al origen de nuestra especie, con su empeño en negar que descendiéramos de los monos; faltaría más.

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