Blavatsky y el miedo al mono (III)

¿Por qué H. P. Blavatsky se enfadaba tanto con la Ciencia y los científicos? Básicamente, por dos motivos. Primero, la forma de obtener el conocimiento científico era diametralmente opuesta a la ocultista. Y segundo, la Ciencia llegaba a unas conclusiones que a Blavatsky no le gustaban, e incluso se le antojaban abominables (por ejemplo, no podía soportar que descendiéramos de los monos).

Consideremos primero las diferencias metodológicas. Los seres humanos hemos buscado desde tiempo inmemorial respuestas a las grandes preguntas que nos plantea la naturaleza: nuestro origen, nuestro destino, nuestro papel en el cosmos… Para ello empleamos diversas herramientas: la Religión, la Filosofía, la Ciencia o el Ocultismo, entre otras.

ThinkingMan RodinFuente: es.wikipedia.org

En La Doctrina Secreta, el modo de hallar esas respuestas es sencillo: unos seres superiores las revelaron en el pasado. Punto. Por tanto, cualquier hecho tendrá que ser interpretado de forma que se adecue a las Verdades reveladas. El problema es que éstas sólo quedan al alcance de iniciados y adeptos, pues la mente de los simples mortales no está preparada para recibirlas. Si alguien quiere conocerlas, tendrá que someterse a la guía de los que saben. Hay un tufo aristocrático en esta forma de buscar el conocimiento. Por supuesto, Blavatsky se consideraba perteneciente a esa aristocracia que atesora las Respuestas Correctas.

La Ciencia funciona de forma diametralmente opuesta. No hay Verdades reveladas. Si queremos respuestas, tenemos que sonsacar a la naturaleza, lo cual puede resultar complicado. Por ejemplo, muchas veces es difícil obtener respuestas claras, que además pueden aparecer en idiomas extraños. Y luego estamos nosotros, con nuestra tendencia a meter la pata.

Para la Ciencia no hay Grandes Iniciados. Los científicos son conscientes de que la mente humana es falible. Nos gusta que los hechos validen nuestros prejuicios. A veces engañamos a los demás, pero con mucha frecuencia nos engañamos a nosotros mismos. Por tanto, hay que buscar un modo de hacer preguntas a la naturaleza que tenga en cuenta nuestros puntos flacos, que minimice los errores. Es el método científico.

Ya lo comentamos en otra serie de entradas. Básicamente, los científicos proponen teorías, las cuales deben estar apoyadas por experimentos que sean reproducibles por otros colegas. Tienen, obviamente, que explicar los hechos conocidos o servir para hacer predicciones. Y si nuevos hechos o experimentos no encajan en la teoría, esta habrá de ser revisada, modificada o desechada.

PeerReview2Para publicar en una revista científica, hay que superar un proceso de revisión por pares (fuente: SCIENCE AND INK)

Por supuesto, los científicos son seres humanos, y como cualquier hijo de vecino tienen sus manías, sus amores, sus odios… Pero por muy influyente que sea un científico, por mucho poder político que detente, a larga, si la teoría que defiende no sirve para explicar los hechos o hacer predicciones comprobables, caerá. Por eso la Ciencia avanza. Porque es consciente de nuestros fallos. Porque es humilde. Y porque, en el fondo, es democrática. Para publicar un artículo científico hay que pasar por todo un calvario conocido como «revisión por pares».

Hay un chiste gráfico que circula mucho por Internet, y que ejemplifica estos dos puntos de vista. Sustitúyase «Creacionismo» y «Génesis» por «Ocultismo» y «Doctrina Secreta», respectivamente, y el chiste sigue siendo igual de certero:

Fuente: elcerebrodebroca.wordpress.com

A Blavatsky no le hacía gracia la Ciencia. Eso de que cualquiera pudiera proponer una teoría, sin estar sometido al control de los Iniciados… Qué horror. Sin embargo, la Ciencia tenía un prestigio que se había ganado a pulso. Funcionaba. Explicaba cosas. Realizaba predicciones. Daba respuestas, aunque (y ahí está el meollo del asunto) en muchas ocasiones las respuestas no fueran las buscadas.

Blavatsky afirmaba disponer de Verdades reveladas, y trataba de encajar en ellas los hechos, como en el chiste. Leyendo La Doctrina Secreta, se comprueba que en muchas ocasiones lo hacía a martillazo limpio, cuando no a base de contorsionismo. 🙂

Dado el prestigio de la Ciencia, Blavatsky se esforzó hasta límites increíbles por demostrar que los descubrimientos científicos en realidad ratificaban las enseñanzas ocultistas. Para ello, rebuscaba aquí y allá cualquier afirmación científica que se adecuara a las Verdades reveladas. Nadie puede discutir que Blavatsky era inteligente, poseía una envidiable cultura general y leyó bastantes obras científicas. Por desgracia, da la impresión de que no las entendía totalmente. Asimismo, tendía a citarlas fuera de contexto.

Pero ¿qué ocurría cuando las teorías científicas contradecían a Blavatsky? En tal caso tenían que estar equivocadas, y seguro que los descubrimientos futuros darían la razón a los ocultistas. En La Doctrina Secreta se repite ad nauseam que la Ciencia no puede negar que no existan las cosas que aún no ha descubierto. Por citar un ejemplo, no puede negar que hubiera hombres gigantes conviviendo con los dinosaurios, pues la ausencia de prueba no es prueba de ausencia. Nos tememos que Blavatsky se equivocaba acerca de a quién corresponde la carga de la prueba cuando se hacen afirmaciones de ese tipo. 🙂

Otro de sus argumentos favoritos para atacar a la Ciencia era poner de manifiesto una y otra vez cómo los científicos no paraban de proponer teorías contradictorias. ¡Menudo desorden, comparado con la Verdad incontestable y sin fisuras del Ocultismo! Nos tememos que Blavatsky no entendía lo que significa la palabra «teoría». Si consultamos los diccionarios, vemos que tiene varios significados. En el lenguaje coloquial, una teoría equivale a una explicación, una suposición personal, como cuando expresamos nuestra teoría sobre el motivo de que un futbolista rinda más en su equipo que en la selección nacional. Sin embargo, una teoría científica es otra cosa. Debe explicar los hechos conocidos. Debe hacer predicciones. Debe poderse verificar.

Hay algunos pasajes en La Doctrina Secreta que muestran que Blavatsky concebía a las teorías científicas como meras opiniones. Equiparaba a las  que no le gustaban con los mitos y, según ella, no deberían generar más confianza que las propias afirmaciones de Blavatsky. He aquí una cita esclarecedora (volumen IV, edición en español):

Una «teoría» es simplemente una hipótesis, una especulación, y no una ley. El decir otra cosa es una de las muchas libertades que se suelen tomar hoy en día nuestros hombres de ciencia. Presentan un absurdo, y luego lo ocultan tras el escudo de la Ciencia. Una deducción de una especulación teórica no es más que una especulación fundada en otra especulación.

Blavatsky no entendió qué era una teoría científica. O no quiso entenderlo.

¿Qué ocurría cuando una teoría científica contradecía abiertamente las doctrinas ocultistas? Pues Blavatsky escarbaba en las «terribles contradicciones» de los científicos hasta encontrar alguno que coincidiera con ella. No importaba que fuera muy antiguo, que se tratara de una publicación mediocre o de un fraude (como resultó ser el caso de J. E. W. Keely, tan alabado por ella). Asimismo, interpretaba la discrepancia, algo fundamental para el progreso científico, como ignorancia.

En el volumen II (libro I, en la edición inglesa) hay una addenda en la que contrasta la Ciencia moderna y la Doctrina Secreta. Resulta interesante para tratar de comprender el pensamiento de Blavatsky. Nos dice que hay que respetar a la Ciencia, salvo cuando ésta intenta penetrar en los arcanos del Ser. Ahí, la Ciencia saca los pies del tiesto, pues no puede descubrir el misterio del Universo. Para eso están los ocultistas. Y tiene su gracia, porque eso de  «ocultar» repugna a todo científico decente.

Qué quieren que les diga… Leyendo La Doctrina Secreta, más de una vez me vino una imagen a la cabeza. En ella se veía a madame Blavatsky sentada en su privilegiada atalaya, con ceño adusto, tratando de poner a los díscolos científicos en su sitio. 🙂

En la próxima entrada resumiremos la visión que Blavatsky tenía del cosmos, algo necesario para entender el motivo de su miedo y asco a la idea de que estuviéramos emparentados con los monos.

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