Aquel hombre de bronce

Siempre resulta interesante leer (o releer) antiguas historias fantásticas o de aventuras. Dejando a un lado su calidad intrínseca (hay de todo, como en botica), nos muestran cómo éramos por aquel entonces. En nuestros días, tan políticamente correctos, ciertas ideas y actitudes que antaño se veían de lo más normal, hoy nos provocan la sonrisa o nos escandalizan. Hemos cambiado, y puede que para mejor.

DocsavageDoc Savage Magazine nº 1  (fuente: en.wikipedia.org)

Situémonos en el siglo XX, entre las dos guerras mundiales; concretamente, en 1933. Ese año vio la luz el primer número de la revista Doc Savage, donde se presentaba el personaje homónimo. Como indica el título de su primera novela, The Man of Bronze, Doc Savage era un hombre de piel y cabellera broncíneas cuya misión consistía en combatir el mal, ayudar a los necesitados y todo eso que hacen los buenos en las novelas de aventuras. No vamos a tratar aquí las numerosas apariciones de este icono de la cultura popular estadounidense en libros, radio o cine, que para eso está la Wikipedia como un buen punto de partida. Nos limitaremos a comentar algunos detalles que nos han llamado la atención de esa primera novela, donde se nos presenta al personaje en toda su gloria. Para ello, hemos releído una traducción al español que rescatamos de la pila de revistas y fanzines que solemos acumular en el armario, para solaz de lepismas y otros bichos que se alimentan de papel y cola de encuadernar. 🙂

Lo primero que nos choca es la personalidad del héroe. Es simple, monolítica; nada de sutilezas, dudas, dilemas morales o profunda vida interior. Desde pequeño, su padre lo educó para convertirlo en superhombre. Sí, tal como suena. Es un ejemplar perfecto de nuestra especie. Lo de «perfecto» no es una invención nuestra; el autor usa esa palabra varias veces a lo largo del relato. Nada hay de sobrenatural en ello; a base de un durísimo entrenamiento, ha llegado a convertirse en un hombre de músculos perfectos, agilidad perfecta, rapidez perfecta… Y no digamos sus habilidades mentales: nadie en el mundo lo supera en química, cirugía, pilotaje de todo tipo de vehículos, pericia detectivesca… A su lado, MacGyver es un patoso. 🙂

¿Había algo que este superhombre perfecto no se atreviera a abordar? El amor. El autor deja bien claro que Doc Savage no puede perder el tiempo en lances románticos (el sexo ni se menciona, por supuesto), pues su misión es mucho más importante que eso. Así, cuando la guapa princesa (siempre hay una guapa princesa en estas historias) se enamora de él nada más verlo (algo inevitable, dada la perfección del protagonista), Doc Savage hace un esfuerzo y evita cualquier intento de flirteo, y la princesa se queda con las ganas. Él se lo pierde.

 ManofbronzebamaEl hombre de bronce  (fuente: en.wikipedia.org)

Doc Savage no está solo en sus aventuras. Tiene cinco compañeros que son unos auténticos genios en varios campos (la química, la electricidad, la fuerza física, la abogacía, la arqueología, la lingüística…) pero cuya única misión, para qué engañarnos, es la de servir para mayor lucimiento del héroe. Doc Savage los supera en todas sus habilidades. Aunque no fuera la intención del autor, esto da lugar a situaciones que nos parecen bastante divertidas. Da la impresión de que a Doc Savage sólo le falta decir: «Anda, aparta de ahí y deja que me ocupe yo…» Cuando hay que perseguir a un malhechor, ninguno es más rápido que Doc. Si hay que sintetizar algún compuesto químico, nadie es más hábil en el laboratorio que Doc… Uno se pregunta: ¿para qué puñetas, con perdón, necesita a sus compañeros? Aparte de para rescatarlos cuando los malos los secuestran, claro. 🙂

Y luego está el tema del racismo. Aunque el autor fuera una bellísima persona, escribía en  una época donde las teorías racistas y la eugenesia estaban en boga. Incluso tenían respaldo científico; por tanto, ninguna persona mínimamente culta escapaba a su influencia. Ojo: en ningún momento se habla de eugenesia en la novela, pero se detecta un tufillo a ella, especialmente en el tono despectivo con que se refiere a los mestizos.

En apariencia, el autor no tiene nada en contra de las razas puras. Por ejemplo, hay un valle perdido en el que reside una sociedad de mayas puros, que escaparon de la Conquista. Son tratados con simpatía: se trata de personas de piel dorada y de naturaleza pacífica, amables aunque, eso sí, supersticiosos y fácilmente engañados (nos viene a la cabeza el mito del buen salvaje). Se nos insinúa que el rey y la princesa podrían incluso equipararse, por nivel cultural, a los norteamericanos (entiéndase como tales a los situados al norte del río Grande; nos tememos que, para el autor, México cae en Centroamérica). Contrasta esa simpatía hacia las razas puras, aunque no sean occidentales, con el disgusto que causan los mestizos y los degenerados. La mezcla de razas es un pecado abominable, aunque no se diga expresamente.

También se aprecia un cierto desdén hacia lo latinoamericano, mezclado con el desconocimiento y el aire de superioridad anglosajón. Parte de la acción transcurre en una república centroamericana inventada, situada cerca del Yucatán, y su descripción es una sarta de tópicos encadenados: la política se reduce a una pugna entre revolucionarios y bandidos, las ciudades son más bien pueblos atrasados, las mujeres van con mantilla, hay una clase alta de españoles (alguien debería explicarle al autor que hacía por lo menos un siglo que nos habían echado de allí)… Por no mencionar algún gazapo arqueológico, como el de unos malvados guerreros mayas que adoran a los dioses Kukulkán y Quetzalcóatl (por lo visto, para el autor mayas y aztecas eran lo mismo). Tópicos, prejuicios y desconocimiento de la realidad, sí, pero para el lector estadounidense de entreguerras se trataba de lugares exóticos donde transcurrían emocionantes aventuras, plenas de acción y maravilla. Y eso bastaba.

¿Evolucionó Doc Savage a lo largo del tiempo? Eso queda fuera del propósito de esta entrada. Aquí sólo pretendemos mostrar que la lectura de relatos antiguos proporciona una doble satisfacción. Junto al disfrute de un relato aventurero y fantástico, se nos abre una ventana al pasado, que nos muestra la forma de pensar de un tiempo que en muchos aspectos no fue mejor.

 

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2 comentarios en “Aquel hombre de bronce

  1. Bueno. Así es la cosa. Lovecraft era un racista y los primeros superhéroes eran unos machistas que para que te digo.
    Lo único incomodo es que este tipo de literatura se va quedando guardada de manera discreta y venenosa en la memoria colectiva de ciertos sectores de la población.

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    • Siempre habrá gente que se guíe por tópicos y prejuicios. Por otro lado, es interesante ver cómo ha ido cambiando lo “políticamente correcto” a lo largo del tiempo. Leer es como hacer arqueología: aprendemos del pasado.

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