H. G. Wells y la seta púrpura

H.G. Wells by BeresfordH. G. Wells (fuente: es.wikipedia.org)

Herbert George Wells (1866-1946) es uno de los padres de la ciencia ficción. Los títulos de algunas de sus novelas resultan muy familiares, y no sólo al aficionado a la literatura fantástica: La guerra de los mundos, La máquina del tiempo, La isla del doctor Moreau, El hombre invisible… En diversas ocasiones han sido llevadas a la gran pantalla, con mayor o menor fortuna, desde versiones fieles hasta otras cuyo parecido con el original es pura coincidencia. Eso daría para otra entrada en el blog, pero no es el propósito de la presente. Tampoco hablaremos de su ideología izquierdista, su preocupación por las injusticias sociales y el destino de la Humanidad… Hoy nos ocuparemos de lo que puede parecer un tema menor, aunque…

Además de novelas, H. G. Wells también escribió cuentos, cuya lectura es una delicia. Uno de ellos me agrada especialmente; más que nada porque un servidor de ustedes es micólogo, y la estrella del relato es una seta. El cuento se titula The Purple Pileus (1896). Puede leerse el original aquí. También se puede encontrar en formato de audiolibro, e incluso existe una versión para la TV; en concreto, un episodio de la miniserie The Nightmare Worlds of H. G. Wells.

Si no me equivoco, está traducido al español como El píleo rojo y figura en las antologías La historia de Plattner y otras narraciones (Valdemar) y El país de los ciegos y otros relatos (El Aleph). Confieso que sólo he leído la versión inglesa. No sé por qué en las españolas le cambian el color al píleo, de púrpura a rojo. Tendré que rascarme el bolsillo y comprar alguna de esas antologías, a ver.

Por cierto, la palabra «píleo», que alude a un tipo de gorra o capelo, se aplica en Micología al sombrerillo de las setas. De ahí el título del relato.

Aviso: spoilers (aunque no demasiados). 🙂

H. G. Wells nos presenta al señor Coombes, un hombre amargado que, después de años de matrimonio, es menospreciado por su mujer y los amigos de ésta. Sin exagerar, su autoestima está por los suelos. No ha cumplido sus sueños y nadie lo respeta.

Mientras pasea por el bosque, después de abandonar el hogar tras una discusión poco gloriosa, coquetea con la idea del suicidio. Entonces se tropieza con un grupo de extrañas setas, con toda la pinta de ser venenosas. Harto de la vida, se las zampa. Y de repente, lo ve todo de otra manera. Experimenta una gran euforia, que desea compartir con los demás. Recolecta varios tipos de setas, se las lleva a casa y… Bueno, para saber cómo acaba, léanse el cuento.

La historia es divertida, sin duda, pero los micólogos, además de disfrutarla, nos fijamos en algunas cosas que quizá pasen desapercibidas para otros lectores. Deformación profesional, qué se le va a hacer. Y ciertos detalles nos llevarán a cuestiones más profundas, preferencias culturales que se hunden en el abismo del tiempo.

Ante todo, la seta que devora el señor Coombes no existe. H. G. Wells se la inventó; por exigencias del guión creó un montruo de Frankenstein fúngico. Tiene un píleo púrpura brillante, exhala un olor agrio y, por si faltaba algo para confirmar su peligrosidad, la carne cambia de color al cortarla. Su sabor es muy picante, aunque no desagradable. Una cosa así ha de ser mortífera, fijo. Por eso Coombes la devora, para acabar con la melancolía que sufre.

 2012-07-12 Boletus erythropus 2 cropLa carne de Boletus erythropus azulea al corte. Esto no tiene nada que ver con la toxicidad, que puede existir o no. Esta seta, por ejemplo, es comestible si se cocina adecuadamente (fuente: commons.wikimedia.org).

Wells se equivoca al suponer que una seta con esas características tiene necesariamente que ser venenosa. El cambio de color de la carne al cortarla, por ejemplo. En ciertas especies del género Boletus vira a un azul intenso. Asusta, sí, pero no tiene nada que ver con el veneno; se trata de una inocua reacción de oxidación. También hay setas picantes (ciertas rúsulas y níscalos) que son comestibles (si a uno le gustan esas cosas) o, como mucho, pueden darnos dolor de tripa. Pero mortales, lo que se dice mortales, no son…

Am_muscaria2Ejemplares de Amanita muscaria

En cualquier caso, el hongo no mata a Coombes, sino que le cambia la conducta. A juzgar por los síntomas no se trata de una seta alucinógena, sino más bien euforizante: una suerte de borrachera en la que el individuo pierde sus inhibiciones. Recuerda algo al efecto de Amanita muscaria. De hecho, el señor Coombes recoge, con ánimo de compartir con familiares y amigos, varias setas distintas, las muscarias entre ellas, pero queda claro que la que lo pone como una moto, con perdón, es el misterioso píleo púrpura, no la muscaria.

Ya en casa, y a modo de fin de fiesta, Coombes acaba bebiéndose unas cuantas cervezas lo que, unido al efecto de la seta, provoca que duerma como un bendito. Por cierto, el alcohol de la cerveza es producido por otro hongo (una levadura, concretamente). 🙂

Dejando aparte el mayor o menor desconocimiento de H. G. Wells sobre las setas (al fin y al cabo, se admiten estas licencias en las obras de ficción), hay algo que debería llamarnos poderosamente la atención: la actitud de Wells hacia los hongos. Olvidémonos por un momento del cuento en sí, y leamos entre líneas.

Da la impresión de que le provocaban rechazo. Los trata con recelo. Cuando se refiere a ellos, emplea términos despectivos. Habla de hongos apestosos («evil-smelling fungi»), de un «púrpura de apariencia venenosa», de mortíferos venenos (se trata de una información transmitida de padres a hijos, como se enfatiza en el relato) y, al final, su hermano se pregunta para qué sirven tantos hongos…

Esa actitud negativa no es exclusiva de Wells. En general, los escritores de tradición anglosajona han visto los hongos con malos ojos. A cualquier aficionado al fantástico le sonarán descripciones donde estos seres están asociados a la podredumbre, al declive, al crepúsculo o a la muerte. Se les aplican epítetos como «obscenos», «enfermizos», «siniestros»

Esto no sería de extrañar si la aversión por los hongos fuera universal. Sin embargo, hay otros pueblos para los cuales los hongos no tienen nada de siniestro. Los rusos, sin ir más lejos.

¿Por qué?

Pues ya tenemos tema para otra entrada… 🙂

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Setas y tiempos de guerra

Después de la pausa por Semana Santa, estamos de vuelta con una entrada en la que relacionamos temas en apariencia tan dispares como las setas, el arte de escribir, el antisemitismo y la Segunda Guerra Mundial. Confiamos en que te entretenga, amigo internauta.

Todo puede usarse para hacer daño al enemigo, real o imaginado. Por raro que parezca, las setas han sido empleadas como armas de guerra y para fomentar el odio. El caso más notable fue Der Giftpilz (La seta venenosa):

toad1aPortada de Der Giftpilz  (fuente: www.jewishvirtuallibrary.org)

Este libro infantil fue publicado en 1938 por Julius Streicher. Se trata de uno de los textos de propaganda antisemita más infames jamás escritos, y usa a las pobrecillas setas como una herramienta para introducir en las cabezas de los niños el odio contra los judíos. O, al menos, sirven de excusa perfecta para iniciar el argumentario.

toad2aPágina de Der Giftpilz  (fuente: www.jewishvirtuallibrary.org)

En la imagen vemos a un niño ario, rubio e inocente él, que enseña a su madre una seta que cualquier aficionado reconocerá: la mortífera Amanita phalloides. Su mamá, también guapa y rubia, le explica que mezcladas con las setas comestibles hay especies venenosas, y para un ojo inexperto resulta difícil distinguirlas, pues pueden llegar a lucir muy bonitas y parecer inofensivas. Y eso da pie a la propaganda antisemita; igual que ocurre con las setas, entre los honestos arios se camuflan criaturas venenosas que pueden provocar graves daños: los judíos. El resto del libro consiste en una retahíla de tópicos racistas, para que los niños aprendan a distinguir a los judíos y a odiarlos. Sí, Der Giftpilz destila odio. Resulta difícil leerlo y permanecer impasible. En la mente impresionable de un niño de la época debía de resultar demoledor.

En fin, puede resultar interesante saber qué sucedió con los responsables del libro. El autor, Ernst Hiemer, y el dibujante, Philipp Rupprecht, murieron de viejos en la década de los 70. En cambio, el editor, Julius Streicher, fue capturado al finalizar la guerra, juzgado en Nuremberg por crímenes contra la Humanidad y condenado a muerte. Lo ahorcaron en 1946, y mal, por cierto. Tardó en morir. El internauta morboso puede leer en este enlace los detalles de las ejecuciones de los criminales de guerra condenados en Nuremberg.

Cambiemos de tercio y ocupémonos ahora de algo menos lúgubre. Amigo internauta, te presentamos una seta bastante corriente en nuestros campos. Su nombre científico es Coprinus comatus, conocida vulgarmente como barbuda o chipirón de monte:

Coprinus3Parece una seta de lo más normal y, de hecho, es una excelente comestible. En Internet pueden encontrarse numerosas recetas de cocina para prepararla (por ejemplo, éstas). Sin embargo, tiene un problema: es  muy efímera. Si no la consumes al poco de recolectarla, sucede esto:

Coprinus2Sus nombres vulgares en catalán (bolet de tinta) o en inglés (shaggy ink cup) nos dan una pista de lo ocurrido. Al madurar, esta seta se licúa y convierte en tinta. Literalmente:

tintaSic transit gloria mundi… Por si a alguien le interesa, puede fabricarse tinta para escribir a partir de ella, tal como se indica en este enlace. Y eso nos lleva a su empleo como arma de contraespionaje en la Segunda Guerra Mundial.

Entre los micólogos circula la historia, puede que cierta (y si no lo es, merecería serlo), de que en la Alemania nazi empleaban la tinta de Coprinus para frustrar las falsificaciones de los Aliados. La idea es simple, pero brillante. El espía aliado llega a Alemania con un documento falso (un salvoconducto, por ejemplo) tan primorosamente elaborado que es imposible distinguirlo de uno auténtico. Las autoridades sospechan y ¿qué hacen? Examinan la tinta. La del documento auténtico, elaborada a partir de la seta, llevará un montón de esporas de Coprinus, las cuales se ven perfectamente al microscopio. Si no hay esporas, se trata de una falsificación, y la carrera del espía habrá llegado a un triste final.

Para terminar con este anecdotario de setas y tiempos de guerra, veamos el único caso conocido de un micólogo profesional que haya muerto por comer setas venenosas. Sucedió en la Segunda Guerra Mundial. El especialista en cuestión, alemán él, se llamaba Julius Schäffer, y murió en 1944 por comerse esto:

Paxillus2Se trata de Paxillus involutus, una seta nada rara por nuestras latitudes. En otoño de 1944, con Alemania batiéndose en retirada ante la apisonadora soviética, era difícil obtener suministros y la gente pasaba bastante hambre. Es lógico que un experto en setas las buscase para tener algo que echar a la cazuela. Pero ¿una especie venenosa? ¿Tan desesperado estaba? Digamos en su descargo que Paxillus involutus se consideraba comestible en aquella época. Hoy sabemos, gracias a la muerte de Schäffer, que el consumo repetido de esta seta causa en algunas personas susceptibles una hemólisis autoinmune. Dicho de otro modo: el hongo posee un antígeno que hace que el sistema inmunitario de la víctima se lance como un kamikaze a destruir los glóbulos rojos de la sangre. Eso suele conllevar un fallo renal, de consecuencias a veces fatales.

La agonía de Julius Schäffer fue larga. Tardó 17 días en morir.

Podríamos contar más anécdotas de hongos y de otras guerras, pero lo dejaremos aquí para no cansarte, amigo internauta, pues a lo mejor tienes otras cosas que hacer. Comer un plato de setas, por ejemplo. 😉