El santo y los astrólogos

Voy a contar una anécdota que me sucedió hace años. Desde niño me ha gustado observar el firmamento para reconocer constelaciones, identificar planetas… Antes de comprar un telescopio, es preferible iniciarse en la Astronomía con unos prismáticos 7×50 o 10×50. Así, un buen día fui a preguntar precios en tiendas de material óptico. En una de ellas, cuando le expliqué al dependiente qué tipo de prismáticos quería y lo que pretendía hacer con ellos, me dijo: «Ah, ¿le interesa a usted la Astrología. Yo, por cortesía, no lo corregí, aunque le dejé caer: «Sí, soy aficionado a la Astronomía». Acabé comprándolos en otro sitio (por el precio, no por el comentario). 🙂

Salvo que se indique otra cosa, las ilustraciones (libres de derechos) son de pixabay.com

Astronomía, Astrología… No es lo mismo. Cito de la Wikipedia:

La astronomía (del latín astronomĭa, y este del griego ἀστρονομία) es la ciencia que se ocupa del estudio de los cuerpos celestes del universo, incluidos los planetas y sus satélites, los cometas y meteoroides, las estrellas y la materia interestelar, los sistemas de materia oscura, gas y polvo llamados galaxias y los cúmulos de galaxias; por lo que estudia sus movimientos y los fenómenos ligados a ellos.

La astrología, en su acepción más amplia, es un conjunto de tradiciones y creencias que sostienen que es posible reconocer o construir un significado de los eventos celestes y de las constelaciones, basándose en la interpretación de su correlación con los sucesos terrenales; este paralelismo es usado como método de adivinación.

La diferencia salta a la vista. La Astronomía es una ciencia. Sus afirmaciones y teorías están sometidas al método científico, sobre el cual ya hemos hablado en otras entradas. En cambio, la Astrología es una pseudociencia que para adivinar el futuro recurre a los astros.

Mucha gente piensa que al inicio de la civilización, e incluso antes, Astrología y Astronomía eran la misma cosa (o, al menos, caminaban juntas), y que no se separaron hasta tiempos recientes. Es cierto que después de la revolución científica de Galileo, Kepler y Newton la Astronomía no ha dejado de progresar y asombrarnos. La Astrología, en cambio, siguió a lo suyo, haciendo horóscopos y tratando de leer el futuro. Sin embargo, desde la Antigüedad los sabios tuvieron claro que Astronomía y Astrología eran cosas bien distintas. La Astronomía era considerada algo útil y serio, mientras que la Astrología, a pesar de su popularidad, olía mal, por así decirlo.

Comprobémoslo, haciendo un poco de historia. Retrocedamos hasta la segunda mitad del siglo VI, en la España visigoda. Concretamente, en la ciudad de Cartagena (donde nací, dicho sea de paso, aunque bastantes siglos más tarde). 🙂

Allí residía el duque Severiano, cuyos hijos acabaron convirtiéndose en santos de las iglesias católica y ortodoxa: Leandro, Fulgencio, Florentina e Isidoro (los famosos cuatro santos cartageneros). A la familia le tocó vivir en tiempos convulsos, y tuvo que huir a Sevilla (Hispalis, en aquella época) por motivos políticos. Es conocida la tendencia de los visigodos a pelearse entre ellos y, por si faltaba algo, los bizantinos también andaban entrometiéndose, ocupando buena parte del sur peninsular. En el norte, cántabros, astures y vascones se dedicaban a incordiar, por no mencionar a los suevos en Galicia y norte de Portugal.

Isidor von SevillaSan Isidoro de Sevilla (fuente: es.wikipedia.org)

En aquella época turbulenta e insegura creció Isidoro (556-636), el menor de los hermanos. Unos afirman que nació en Cartagena, mientras que otros creen que vino al mundo una vez que su familia se instaló en Sevilla. Fue un hombre inteligente y estudioso, con una insaciable sed de conocimientos, que dominaba los idiomas griego y hebreo. Llegó a ser arzobispo de Sevilla, sucediendo a su hermano Leandro, y trabajó muy activamente en la conversión al catolicismo de los arrianos visigodos.

Como hemos comentado, le tocó vivir en tiempos difíciles. Él, como tantas personas cultas, tenía la sensación de asistir al derrumbe y pérdida del saber atesorado durante el añorado Imperio Romano. Las clases dominantes eran mayormente analfabetas y muy violentas, y los enemigos acechaban por doquier. Pero a diferencia de otros, Isidoro no se resignó a ver desaparecer lo que amaba, sino que consagró su vida al admirable propósito de conservarlo.

Etymologiae Vitr-14-3 f26vPágina de las Etimologías (Códice toledano; fuente: es.wikipedia.org)

Muchas son las obras que escribió durante su larga vida, y entre ellas abundan las enciclopedias. Ahí trató de recopilar todo el saber clásico, para que no se perdiera. Las más famosas son las Etimologías, que aparecieron en torno al año 630. Se trata de veinte libros en los que se ocupa de todo lo divino y lo humano, desde las jerarquías angélicas hasta los tipos de barcos. Su lectura resulta algo árida, pues las enciclopedias no se caracterizan precisamente por su brillantez literaria. No obstante, en las Etimologías hay un auténtico tesoro de información. No nos podemos hacer idea cabal de la importancia que supusieron en su momento y en los siglos posteriores. Se trataba de la obra de referencia para cualquier estudioso, un faro en la oscuridad.

Como biólogo, las Etimologías me interesaban por lo que enseñan sobre el conocimiento que en la Antigüedad tenían sobre animales y plantas. Y puestos ya, decidí leerme la obra entera. En concreto, he usado la edición bilingüe de las Etimologías en español y latín publicada en 2004 por la Biblioteca de Autores Cristianos. Todas las citas que se incluyen a continuación proceden de ella.

Puede que en el futuro redacte alguna entrada sobre los aspectos zoológicos y botánicos de las Etimologías. En la presente, en cambio, me ocuparé de las estrellas, pues Isidoro dedica bastantes páginas a hablarnos sobre ellas, los astrólogos y los astrónomos. Y para él, no son lo mismo. Ni de lejos. Consideremos sus palabras que, gracias a la magia de la escritura, nos llegan nítidas a través de un abismo de casi mil cuatrocientos años.

«Acerca de la astronomía» aparece en el libro III a partir del capítulo 24, donde encontramos esta definición:

«Astronomía» significa «ley de los astros», y estudia, hasta donde le es dado a la razón, el curso de los astros y las figuras y relaciones que las estrellas mantienen entre sí y con la tierra.

Aunque lo que le interesa es la Astronomía, Isidoro también dedica unas palabras a la Astrología. Así, en el cap. 25 tenemos:

Los primeros que abordaron el estudio de la astronomía fueron los egipcios. Por su parte, los iniciadores de la astrología o del influjo de los astros en los hombres fueron los caldeos. El historiador Josefo asegura que Abrahán fue quien transmitió la astrología a los egipcios. Los griegos afirman que el iniciador de la astrología fue Atlante, y por ello se dice que estuvo sosteniendo el cielo. Pero quienquiera que fuera el inventor, lo cierto es que el hombre, empujado por su afán investigador y por el movimiento del cielo manifestado en los cambios temporales, en el curso inalterable y definido de los astros y en la duración fija de sus intervalos, comenzó a establecer ciertas medidas y números, y al ordenarlas mediante análisis y distinciones, descubrió la astrología.

En el cap. 26 habla de los maestros de la Astronomía y destaca a Ptolomeo, rey de Alejandría, que estableció las leyes por las que es posible determinar el curso de los astros. A continuación, en el cap. 27 nos habla de la diferencia entre Astronomía y Astrología:

En algo se diferencian la astronomía y la astrología. El contenido de la astronomía es el movimiento circular del cielo; el orto, la puesta y el movimiento de los astros; así como la razón de los nombres que éstos tienen. La astrología es, en parte, natural y, en parte, supersticiosa. Es natural en cuanto que sigue el curso del sol y de la luna, y la posición que, en épocas determinadas, presentan las estrellas. Pero es supersticiosa desde el momento en que los astrólogos tratan de encontrar augurios en las estrellas y descubrir qué es lo que los doce signos del zodíaco disponen para el alma o para los miembros del cuerpo, o cuando se afanan en predecir, por el curso de los astros, cómo va a ser el nacimiento y el carácter del hombre.

En los capítulos siguientes Isidoro trata sobre teoría astronómica, la esfera celeste, sus partes, los nombres de estrellas y planetas, el zodiaco, etc. Todo ello muy interesante, pero se escapa del propósito de esta entrada.

Según los sabios antiguos, los astrónomos se ocupaban de identificar los astros y estudiar sus movimientos. Esto era muy importante para unas sociedades que dependían de la Agricultura, pues había que determinar con precisión el momento de la siembra, la cosecha… Los astrólogos, aunque también estudiaban el sol y su posición entre las estrellas, lo hacían para buscar augurios. O sea, para actuar como adivinos. Isidoro lo deja aún más claro en el último capítulo del libro III. En 71, 37:

Pero sean cuales fueren las supersticiones que sobre ellas han forjado los hombres, lo cierto es que son cuerpos celestes que Dios creó en el principio del mundo y los organizó para que, teniendo en cuenta los ciclos establecidos, se pudieran determinar los tiempos.

Nótese la mentalidad antigua. El mundo había sido creado para que lo habitáramos; por tanto, la Naturaleza estaba a nuestro servicio. En concreto, los astros fueron puestos ahí para que aprendiéramos a medir el tiempo. O para admirar su belleza y dar gracias a Dios por crear algo tan magnífico. Y punto. El problema era que los astrólogos se pasaron de frenada, por así decirlo, y pretendían extraer del estudio del cielo algo inadecuado. Veamos lo que dice en 71, 38-39:

La observación de estos signos, la confección de horóscopos y otras supersticiones que están vinculadas al conocimiento de los astros (es decir, a la predicción de los hados), son, sin ningún género de dudas, contrarios a nuestra fe, y de tal manera han de ignorarlas los cristianos, que no deben aparecer ni escritas. Hubo quienes, atraídos por la belleza y el esplendor de los astros, cayeron ciegos de inteligencia en una falsa apreciación de las estrellas, hasta el punto de que intentaron poder predecir los acontecimientos futuros por medio de falsos cálculos, que reciben el nombre de astrología. Estas creencias no las condenaron solamente los doctores de la religión cristiana, sino también, entre los gentiles, Platón, Aristóteles y otros muchos, quienes, coincidiendo en su opinión, se vieron empujados por la verdad, llegando a afirmar que de tales creencias no puede emanar más que el confusionismo.

Más claro, imposible. El cielo es tan majestuoso, tan bello, y parece funcionar como una máquina perfecta, que los astrólogos pensaron que podía servir para adivinar el futuro. En cambio Isidoro, un sabio prudente, nos dice que si bien los astros nos permiten medir el tiempo, atribuirles otros poderes es una presunción infundada. Están para lo que están, y listo. Lo demás es ilusión, fantasía. Y, como muy bien indica, esta censura hacia la Astrología no es sólo cosa de cristianos. Los sabios gentiles pensaban lo mismo.

Pero hay algo más, de vital importancia, que provoca el rechazo de Isidoro hacia los astrólogos. En 71, 40:

Pues, si el género humano estuviera, por necesidad de su nacimiento, orientado obligatoriamente hacia determinadas acciones, ¿por qué los buenos van a ser merecedores de alabanza y los malos han de sufrir el castigo de las leyes? Aunque no estuvieron iluminados por la verdadera sabiduría, en favor de la verdad se sintieron obligados a combatir aquellos errores.

En efecto, los supuestos de la Astrología se oponen al libre albedrío humano. Los sabios, tanto cristianos como gentiles, creían que somos responsables de nuestros actos. Si metemos la pata o somos unos zoquetes, no culpemos a la posición de los planetas el día de nuestro nacimiento. Somos libres a la hora de tomar nuestras decisiones. Para un cristiano como Isidoro, somos nosotros quienes elegimos el camino al Cielo o al Infierno. Si nuestro destino está escrito en los astros o influenciado por ellos, ¿qué sentido tendría premiar a los buenos y castigar a los malos?

Por si quedaba alguna duda de lo que pensaba Isidoro, en el cap. 9 del libro VIII trata «Sobre los magos», a los que no tiene en muy buena consideración, precisamente. Describe los distintos tipos, y entre ellos figuran los astrólogos (9, 22), que hacen sus augurios fijándose en los astros. También define los horóscopos (9, 27), a los que:

se les dio este nombre porque examinan las horas en que tuvo lugar el nacimiento de las personas para descubrir su dispar y diverso destino.

En fin… Pese a las admoniciones de Isidoro, y en contra de toda evidencia, la Astrología siguió siendo popular. Hasta el mismo Kepler tuvo que ganarse la vida escribiendo horóscopos. Pero que algo sea popular no implica necesariamente que sea correcto. En la siguiente entrada explicaremos por qué los científicos no nos tomamos en serio pseudociencias como la Astrología. Mejor dicho, por qué no podemos tomarlas en serio.

Blavatsky y el miedo al mono (y VII)

Uno de los temas más controvertidos de la obra de H. P. Blavatsky es el que se refiere al origen y destino de las distintas razas humanas. ¿Era racista Blavatsky? Estoy convencido de que, en el contexto de su época, Blavatsky no lo era. La Teosofía tampoco, pues habla de concordia, igualdad y altruismo entre todos los hombres. Valga esta cita textual de La Doctrina Secreta:

Si mañana desapareciese Europa […] y si las tribus africanas se separasen y esparciesen sobre la superficie de la Tierra, dentro de cien mil años formarían ellas la masa de las naciones civilizadas. Los descendientes de nuestras naciones más cultas, que pudieran haber sobrevivido en alguna isla sin medios de cruzar los nuevos mares, serían los que caerían en un estado de relativo salvajismo. Así que la razón que se da para dividir a la humanidad en razas superiores e inferiores cae por tierra y se convierte en una ilusión.

Sin embargo, y dada su popularidad en la segunda mitad del siglo XIX, paradójicamente pudo dar argumentos a los racistas. El hecho de que las distintas razas y subrazas humanas surgieran en distintos sitios y momentos podía interpretarse como que unas eran distintas de otras, o más avanzadas que otras; en suma, mejores que otras. No era lo mismo descender de la tercera raza raíz, tan propensa a los bestialismos, que ser un genuino ario de la quinta raza, pongamos por caso.

Pese a todo, había algunas razas a las que Blavatsky consideraba inferiores. Peor aún, incluso justificaba que se estuvieran extinguiendo.

Bathurst Island menAborígenes australianos (fuente: es.wikipedia.org)

Volvamos con la 3ª raza raíz, la que habitaba el continente de Lemuria. Según Blavatsky, algunas de sus subrazas se aparearon con hembras animales y dieron lugar a razas medio animales y a diversos tipos de monos. Recordemos:

Fuente: versión inglesa de La Doctrina Secreta; puede descargarse en www.theosociety.org

Pues bien, para ella, los aborígenes tasmanios y australianos eran descendientes de estas razas medio animales. Leyendo La Doctrina Secreta, me da la impresión de que no los consideraba auténticas personas. De hecho, dedicó páginas a discutir su esterilidad cuando se ponían en contacto con los europeos. Para la Filosofía Esotérica, esos aborígenes eran representantes seniles de naciones arcaicas desaparecidas. Y lo más siniestro es que Blavatsky no creía que su extinción se debiera a los abusos (por decirlo suavemente) de los colonos británicos. Simplemente, eran razas que habían terminado su carrera. Por eso, su extinción quedaba justificada; nada podía salvarlas. Blavatsky se apoyaba en su ley cíclica; podría hablarse de un «ciclo del destino».

O sea, aunque no se lo propusiera, estaba justificando una política de exterminio contra los aborígenes. Puesto que las leyes que regían el cosmos los condenaban a la extinción, en el fondo los colonos estaban ayudando al cumplimiento de dichas leyes. Y en cuanto a lo de la presunta esterilidad de los aborígenes, nos tememos que su causa era la política de exterminio que sufrían, y no otra cosa.

Se pueden extraer más citas susceptibles de ser consideradas racistas. En su descargo, diremos que casi todos, incluso las mentes más privilegiadas, creían por aquel entonces que los blancos constituían la raza más perfecta o evolucionada. Blavatsky, consciente o inconscientemente, se limitó a reflejar el pensamiento de su época. Un ejemplo:

Los semitas, especialmente los árabes, son arios posteriores, degenerados en espiritualidad y perfectos en materialidad. A estos pertenecen todos los judíos y árabes.

En fin, dejemos el tema del racismo y veamos qué pasó con el resto de la Humanidad. Según La Doctrina Secreta, el hombre puede haber existido desde hace 300 millones de años, pero en un estado etéreo. El hombre físico y carnal apareció hace unos 18 millones de años, con los lemures, pero ya hemos visto qué mal talante tenían.

Seguir lo que pasó a partir de la 4ª raza raíz es un poco confuso, más que nada por todas las subrazas y subsubrazas que aparecen. Blavatsky lo trató de aclarar con una ilustración que incluso queda bonita; recuerda al conidióforo de algunos hongos (y exhibe su obsesión por el nº 7):

Fuente: versión inglesa de La Doctrina Secreta; puede descargarse en www.theosociety.org

Intentaremos resumir. La 4ª raza raíz surgió a partir de las subrazas más espirituales de lemures. Luego acabarían emigrando a la Atlántida, por lo que se les conoce como atlantes. En fin, Lemuria dejó paso a la Atlántida, los atlantes dieron origen a un montón de subrazas y una de ellas, la aria, se convertiría en la 5ª raza raíz.

Los primeros arios emigraron en busca de otras tierras, lo que fue un buen negocio, pues ya se sabe cómo acabó la Atlántida. Por cierto, buena parte de los esfuerzos de Blavatsky se centraron en buscar pruebas de la existencia de esos continentes sumergidos. Buscó pruebas geológicas, escudriñó en las tradiciones y textos sagrados de muchas culturas…

La primera subraza aria fue la hindú (y su primer idioma, el sánscrito), y de ahí derivaron las demás. Para no hacernos pesados con tanta raza y subraza, hay un resumen (en inglés) en la Wikipedia, que satisfará al lector curioso. Y según Blavatsky, precisamente ahora, a inicios del siglo XXI, la 6º raza raíz tendría que estar surgiendo a partir de los arios. En Norteamérica, concretamente, pero dejémoslo estar. 🙂

Una constante en la antropogénesis de Blavatsky es que los hombres han ido progresivamente decreciendo en estatura. Los de la tercera y cuarta raza eran gigantes (para ella, los dioses y héroes de la 4ª y 5ª Raza eran los hombres deificados de la 3ª), y no paró de buscar evidencias de su existencia. Afirmaba que de los últimos lemures quedaban unos pocos restos, algunos colosos rotos y cosas así. Por otro lado, los moáis de la isla de Pascua representaban a los gigantes de la 4ª Raza, y las comparó con otras estatuas colosales, habló de civilizaciones desaparecidas… ¿Nos suena?

 Moai Rano rarakuMoais en la isla de Pascua (fuente: es.wikipedia.org)

Sí, muchas de las teorías pseudocientíficas sobre antiguos dioses, civilizaciones desaparecidas, continentes sumergidos y demás arrancan en buena parte de la difusión de las teorías de Blavatsky. Defendió que era imposible que civilizaciones con tecnología de la Edad de Piedra o del Bronce construyeran algo como los moáis, Stonehenge, ruinas ciclópeas, etc. Para ella, la única explicación lógica era que aquellas maravillas fueran erigidas por gigantes, integrantes de civilizaciones hoy desaparecidas. Gigantes que incluso dominaban la Magia.

Asimismo, para Blavatsky las civilizaciones de las naciones arcaicas, como los egipcios, eran herederas de otras anteriores. Así, las civilizaciones de la Antigüedad, como la egipcia, surgían ya maduras desde el principio, como si jamás hubiesen conocido la juventud. Las tribus ario-atlantes se habían establecido en Egipto, y fueron los atlantes quienes construyeron las primeras pirámides (cómo no, la Gran Pirámide es antiquísima). Además, los sacerdotes iniciados egipcios viajaron a otros sitios, dejando trazas de su sabiduría. Eso podría explicar que hubiera pirámides en otros lugares del planeta, por ejemplo.

Continentes tragados por las aguas, naciones antiguas que surgían ya desarrolladas prácticamente de la nada… Muchos amantes de las pseudociencias y la pseudohistoria defienden hoy la creencia en civilizaciones antiquísimas (o su variante moderna, los extraterrestres) que cedieron su sabiduría a nuestros antepasados. Sin embargo, en otra serie de entradas comentamos que civilizaciones como la egipcia no surgieron de la nada, que hubo toda una evolución hasta llegar a las grandes pirámides, y que nuestros ancestros eran más hábiles y espabilados de lo que muchos piensan.

En fin, dejando aparte la Teosofía, ese es el principal legado que nos dejó Blavatsky. En cambio, su intento por hundir en la miseria a Darwin y al darwinismo fracasó. Hoy, la teoría de la evolución está firmemente asentada, y es lo que da sentido a la Biología. Darwin es reconocido como uno de los sabios más influyentes de la Historia, pero pocos son los que recuerdan a la señora Blavatsky. Y de estos, son más los que se ríen de ella que quienes la respetan.

¿Qué opina un servidor de ustedes sobre Blavatsky? Dejando aparte que sus ideas sobre Ciencia no hay por donde agarrarlas, me parece un personaje fascinante, una singular e irrepetible mezcla de fraude, tesón, inteligencia e histrionismo. Se puede aprender mucho de ella, pues en gran medida compartimos buena parte de sus obsesiones. A todos nos gustaría que el cosmos estuviera hecho a nuestra medida, que fuera predecible. En cambio, la Ciencia nos ha ido desvelando que no es así, sino  que vivimos en un universo que en buena medida se rige por el azar, que somos más insignificantes de lo que podamos llegar a imaginar, y que todo va a seguir funcionando igual cuando nosotros no estemos.

Blavatsky diseñó un cosmos donde todo funcionaba cíclicamente, como un reloj, donde los seres humanos éramos especiales, algo aparte de los animales. Y ella, por supuesto, pertenecía a la élite de los más sabios, capaz de acceder a conocimientos velados a los demás. Era gratificante sentirse importante, controlando un mundo perfectamente ordenado y fiable. Probablemente, era lo que echaba de menos en su ajetreada y aventurera vida.

Si el mundo no te gusta, constrúyete uno. Usted lo hizo a lo grande, señora Blavatsky, y eso merece mis respetos. Por muy disparatado que sea.

Y se acabó, sufrido lector. En la próxima entrada trataremos temas menos áridos, algo de agradecer en este tórrido verano. 🙂

Blavatsky y el miedo al mono (IV)

A H. P. Blavatsky le encantaba el nº 7. Más bien le obsesionaba, pues su obra gira en torno a una concepción septenaria del cosmos. También defendía los ciclos de auge y caída, en una cosmovisión repleta de fuerza vital, espíritus y almas. Asimismo, buscaba desesperadamente paralelismos entre macro y microcosmos. Por fortuna, incluyó en sus obras diagramas que nos ayudan a comprenderla (o al menos a intentarlo):

Nota: todas las ilustraciones de esta entrada se han tomado de la versión inglesa; puede descargarse en www.theosociety.org

Fijémonos en la ilustración. Además del paralelismo manifiesto entre los principios humanos y la división planetaria, que comentaremos más adelante, queda claro que Blavatsky era vitalista.  Las almas y espíritus campan a sus anchas por La Doctrina Secreta, y se enfadaba cuando los científicos no los tenían en cuenta. Reprochaba a los físicos de su época que se quedaran en la cáscara, sin llegar nunca a la almendra. Al adoptar los átomos físicos, olvidaban que los átomos tenían alma (o lo que ella entendía por alma). A lo largo de su obra despotricó contra esas teorías físicas vacías de alma y espíritu, y afirmó que los antiguos iniciados sabían más de Física que todas las academias científicas. En concreto, creía que la Ciencia Moderna no es más que Pensamiento Antiguo desfigurado. El Ocultismo no necesitaba pruebas científicas. Al final, según ella, la Ciencia acabaría por aceptar lo que decía la Filosofía Oculta.

A lo largo de La Doctrina Secreta Blavatsky arremete contra el materialismo, aunque no era partidaria de las grandes religiones monoteístas. Estas le gustaban aún menos que la Ciencia, que ya es decir. Su visión no era monoteísta sino panteísta, con un principio original del que emanaba lo demás (aunque su redacción tendía a ser confusa, por lo que resulta difícil seguirla). De hecho, afirmaba que por deficientes, materialistas y erróneas que fueran las teorías científicas, estaban mil veces más cerca de la verdad que las vaguedades de la Teología. No obstante, cuando la Ciencia le llevaba la contraria a las creencias ocultistas, buenos palos le daba… 🙂

No vamos a reproducir aquí sus extrañas ideas sobre el átomo, la luz, el calor, las reacciones y elementos químicos (llega a afirmar que el helio tiene un peso atómico inferior al del hidrógeno), los principios de la fotografía, la gravitación (llegó a insinuar que correría la misma suerte que la teoría corpuscular de la luz)… Como ya dijimos, Blavatsky iba sacando de aquí y allá las noticias científicas que se adaptaban a su cosmovisión, valiéndose en muchos casos de «autoridades» hoy bastante olvidadas o bien muy antiguas, que incluso en su época estaban ya desacreditadas.

Blavatsky estaba de acuerdo en algo con los astrónomos: el universo es muy, muy grande y nuestros dioses, muy, muy pequeños. Por lo demás, los disparates astronómicos proliferan en La Doctrina Secreta. Dejando a un lado su concepción del éter (sustancia hipotética aceptada en su época, pero liquidado por la teoría de la relatividad), sus ideas sobre el sol y los planetas eran… en fin, corramos un tupido velo.:-)  Asimismo, pensaba que la materia de soles y cometas podía ser muy distinta a la de la tierra, con elementos desconocidos para la Ciencia. Hoy, con más elementos de juicio, sabemos que en realidad estamos hechos de polvo de estrellas. No somos algo aparte.

Centrémonos en nuestro rinconcito del universo, el Sistema Solar, y en algo que llama poderosamente la atención: las peculiares cadenas planetarias.

Para Blavatsky había innumerables cadenas circulares de mundos, compuestas de 7 globos situados en distintos planos. Sólo el inferior y más material se hallaba dentro de nuestro plano y lo podíamos percibir (véase la primera ilustración de esta entrada). Cada cadena de mundos era creación (o reencarnación) de otra, inferior y muerta. En nuestro caso, de la cadena de la Luna, la cual es más vieja que la Tierra. Los globos de la cadena septenaria lunar han dado vida a los correspondientes globos de la cadena terrestre, y a continuación mueren. Ah, Blavatsky también hablaba de la influencia maligna de la Luna sobre la Tierra en la actualidad. Parece que creía en la Astrología…

Como se ve en la ilustración, cuando el anillo o cadena planetaria llegaba a su última ronda pasaba su energía a otro planeta. En el caso de la Tierra, como en otros, debía vivir durante 7 rondas. En las tres primeras se formaba y consolidaba. En la cuarta se asentaba y endurecía. En las tres últimas se revertía esa tendencia y volvía a espiritualizarse. La humanidad se desarrollaba tan sólo en la 4ª ronda. O sea, para entendernos: hay un descenso de lo espiritual a lo material, y luego un ascenso a la inversa. Durante el proceso parece que se gana en sabiduría. O experiencia. O algo así.

¿Confuso? Hay quienes califican a los escritos de Blavatsky de «empanada mental». No obstante, hemos de reconocer que su obra tiene un punto de grandiosa. Llama la atención lo ordenado y majestuoso que es su cosmos, tan finalista y predecible. Tiende a funcionar como un mecanismo de relojería, igual que las antiguas esferas celestes.

En la próxima (y esperamos que última) entrada sobre el tema reflexionaremos sobre esta manía por el orden. Eso será después de comentar la que organizó Blavatsky al aplicar sus ciclos y cadenas a la evolución y al origen de nuestra especie, con su empeño en negar que descendiéramos de los monos; faltaría más.

Blavatsky y el miedo al mono (III)

¿Por qué H. P. Blavatsky se enfadaba tanto con la Ciencia y los científicos? Básicamente, por dos motivos. Primero, la forma de obtener el conocimiento científico era diametralmente opuesta a la ocultista. Y segundo, la Ciencia llegaba a unas conclusiones que a Blavatsky no le gustaban, e incluso se le antojaban abominables (por ejemplo, no podía soportar que descendiéramos de los monos).

Consideremos primero las diferencias metodológicas. Los seres humanos hemos buscado desde tiempo inmemorial respuestas a las grandes preguntas que nos plantea la naturaleza: nuestro origen, nuestro destino, nuestro papel en el cosmos… Para ello empleamos diversas herramientas: la Religión, la Filosofía, la Ciencia o el Ocultismo, entre otras.

ThinkingMan RodinFuente: es.wikipedia.org

En La Doctrina Secreta, el modo de hallar esas respuestas es sencillo: unos seres superiores las revelaron en el pasado. Punto. Por tanto, cualquier hecho tendrá que ser interpretado de forma que se adecue a las Verdades reveladas. El problema es que éstas sólo quedan al alcance de iniciados y adeptos, pues la mente de los simples mortales no está preparada para recibirlas. Si alguien quiere conocerlas, tendrá que someterse a la guía de los que saben. Hay un tufo aristocrático en esta forma de buscar el conocimiento. Por supuesto, Blavatsky se consideraba perteneciente a esa aristocracia que atesora las Respuestas Correctas.

La Ciencia funciona de forma diametralmente opuesta. No hay Verdades reveladas. Si queremos respuestas, tenemos que sonsacar a la naturaleza, lo cual puede resultar complicado. Por ejemplo, muchas veces es difícil obtener respuestas claras, que además pueden aparecer en idiomas extraños. Y luego estamos nosotros, con nuestra tendencia a meter la pata.

Para la Ciencia no hay Grandes Iniciados. Los científicos son conscientes de que la mente humana es falible. Nos gusta que los hechos validen nuestros prejuicios. A veces engañamos a los demás, pero con mucha frecuencia nos engañamos a nosotros mismos. Por tanto, hay que buscar un modo de hacer preguntas a la naturaleza que tenga en cuenta nuestros puntos flacos, que minimice los errores. Es el método científico.

Ya lo comentamos en otra serie de entradas. Básicamente, los científicos proponen teorías, las cuales deben estar apoyadas por experimentos que sean reproducibles por otros colegas. Tienen, obviamente, que explicar los hechos conocidos o servir para hacer predicciones. Y si nuevos hechos o experimentos no encajan en la teoría, esta habrá de ser revisada, modificada o desechada.

PeerReview2Para publicar en una revista científica, hay que superar un proceso de revisión por pares (fuente: SCIENCE AND INK)

Por supuesto, los científicos son seres humanos, y como cualquier hijo de vecino tienen sus manías, sus amores, sus odios… Pero por muy influyente que sea un científico, por mucho poder político que detente, a larga, si la teoría que defiende no sirve para explicar los hechos o hacer predicciones comprobables, caerá. Por eso la Ciencia avanza. Porque es consciente de nuestros fallos. Porque es humilde. Y porque, en el fondo, es democrática. Para publicar un artículo científico hay que pasar por todo un calvario conocido como «revisión por pares».

Hay un chiste gráfico que circula mucho por Internet, y que ejemplifica estos dos puntos de vista. Sustitúyase «Creacionismo» y «Génesis» por «Ocultismo» y «Doctrina Secreta», respectivamente, y el chiste sigue siendo igual de certero:

Fuente: elcerebrodebroca.wordpress.com

A Blavatsky no le hacía gracia la Ciencia. Eso de que cualquiera pudiera proponer una teoría, sin estar sometido al control de los Iniciados… Qué horror. Sin embargo, la Ciencia tenía un prestigio que se había ganado a pulso. Funcionaba. Explicaba cosas. Realizaba predicciones. Daba respuestas, aunque (y ahí está el meollo del asunto) en muchas ocasiones las respuestas no fueran las buscadas.

Blavatsky afirmaba disponer de Verdades reveladas, y trataba de encajar en ellas los hechos, como en el chiste. Leyendo La Doctrina Secreta, se comprueba que en muchas ocasiones lo hacía a martillazo limpio, cuando no a base de contorsionismo. 🙂

Dado el prestigio de la Ciencia, Blavatsky se esforzó hasta límites increíbles por demostrar que los descubrimientos científicos en realidad ratificaban las enseñanzas ocultistas. Para ello, rebuscaba aquí y allá cualquier afirmación científica que se adecuara a las Verdades reveladas. Nadie puede discutir que Blavatsky era inteligente, poseía una envidiable cultura general y leyó bastantes obras científicas. Por desgracia, da la impresión de que no las entendía totalmente. Asimismo, tendía a citarlas fuera de contexto.

Pero ¿qué ocurría cuando las teorías científicas contradecían a Blavatsky? En tal caso tenían que estar equivocadas, y seguro que los descubrimientos futuros darían la razón a los ocultistas. En La Doctrina Secreta se repite ad nauseam que la Ciencia no puede negar que no existan las cosas que aún no ha descubierto. Por citar un ejemplo, no puede negar que hubiera hombres gigantes conviviendo con los dinosaurios, pues la ausencia de prueba no es prueba de ausencia. Nos tememos que Blavatsky se equivocaba acerca de a quién corresponde la carga de la prueba cuando se hacen afirmaciones de ese tipo. 🙂

Otro de sus argumentos favoritos para atacar a la Ciencia era poner de manifiesto una y otra vez cómo los científicos no paraban de proponer teorías contradictorias. ¡Menudo desorden, comparado con la Verdad incontestable y sin fisuras del Ocultismo! Nos tememos que Blavatsky no entendía lo que significa la palabra «teoría». Si consultamos los diccionarios, vemos que tiene varios significados. En el lenguaje coloquial, una teoría equivale a una explicación, una suposición personal, como cuando expresamos nuestra teoría sobre el motivo de que un futbolista rinda más en su equipo que en la selección nacional. Sin embargo, una teoría científica es otra cosa. Debe explicar los hechos conocidos. Debe hacer predicciones. Debe poderse verificar.

Hay algunos pasajes en La Doctrina Secreta que muestran que Blavatsky concebía a las teorías científicas como meras opiniones. Equiparaba a las  que no le gustaban con los mitos y, según ella, no deberían generar más confianza que las propias afirmaciones de Blavatsky. He aquí una cita esclarecedora (volumen IV, edición en español):

Una «teoría» es simplemente una hipótesis, una especulación, y no una ley. El decir otra cosa es una de las muchas libertades que se suelen tomar hoy en día nuestros hombres de ciencia. Presentan un absurdo, y luego lo ocultan tras el escudo de la Ciencia. Una deducción de una especulación teórica no es más que una especulación fundada en otra especulación.

Blavatsky no entendió qué era una teoría científica. O no quiso entenderlo.

¿Qué ocurría cuando una teoría científica contradecía abiertamente las doctrinas ocultistas? Pues Blavatsky escarbaba en las «terribles contradicciones» de los científicos hasta encontrar alguno que coincidiera con ella. No importaba que fuera muy antiguo, que se tratara de una publicación mediocre o de un fraude (como resultó ser el caso de J. E. W. Keely, tan alabado por ella). Asimismo, interpretaba la discrepancia, algo fundamental para el progreso científico, como ignorancia.

En el volumen II (libro I, en la edición inglesa) hay una addenda en la que contrasta la Ciencia moderna y la Doctrina Secreta. Resulta interesante para tratar de comprender el pensamiento de Blavatsky. Nos dice que hay que respetar a la Ciencia, salvo cuando ésta intenta penetrar en los arcanos del Ser. Ahí, la Ciencia saca los pies del tiesto, pues no puede descubrir el misterio del Universo. Para eso están los ocultistas. Y tiene su gracia, porque eso de  «ocultar» repugna a todo científico decente.

Qué quieren que les diga… Leyendo La Doctrina Secreta, más de una vez me vino una imagen a la cabeza. En ella se veía a madame Blavatsky sentada en su privilegiada atalaya, con ceño adusto, tratando de poner a los díscolos científicos en su sitio. 🙂

En la próxima entrada resumiremos la visión que Blavatsky tenía del cosmos, algo necesario para entender el motivo de su miedo y asco a la idea de que estuviéramos emparentados con los monos.

Mi primera novela de ciencia ficción

Es interesante volver la vista atrás y preguntarse: «¿Cuál fue el primer libro de ciencia ficción “moderna” que leí?». En mi caso, no lo he olvidado.

Ay, cómo pasa el tiempo. En España corrían los primeros años de la Transición, que coincidían, casualidades de la vida, con mi adolescencia en el instituto. Interesante época para forjarse la personalidad, con los nuevos aires de libertad que soplaban por el país y todo eso. Así salimos más de uno… 🙂

La década de 1970 también fue una excelente época para los partidarios de las pseudociencias. Un servidor de ustedes, como tantos otros jóvenes de mi generación, no se perdía un programa de Jiménez del Oso y devoraba los libros de J. J. Benítez, von Däniken y Kolosimo, compraba la revista Mundo Desconocido… Me creía a pies juntillas lo que tan doctos estudiosos afirmaban sobre ovnis tripulados por extraterrestres, antiguos dioses astronautas…

¿Y la ciencia ficción? Algunos de nosotros la mirábamos por encima del hombro, considerándola poco seria. No era como los libros de von Däniken y compañía, que nos parecían el colmo del rigor, y que la pérfida «ciencia oficial», a saber por qué oscura conspiración, no tomaba en serio. Creíamos que las pseudociencias (nosotros no las llamábamos así, obviamente) debían ganar respetabilidad y ser aceptadas. Que se las asociara con algo tan fantasioso como la ciencia ficción… En fin, era degradante.

Es curioso ese rechazo. Al fin y al cabo, de niño mi autor favorito fue Julio Verne. Leía y releía, mejor dicho, devoraba sus obras, y disfrutaba como un enano. Me transportaba a escenarios maravillosos, exóticos, y despertó en mí el interés por la ciencia, vista como algo positivo. Y a pesar de eso, tenía prejuicios contra la ciencia ficción «moderna». La edad del pavo, supongo. La verdad, si ahora dispusiera de una máquina del tiempo, regresaría para darme unas cuantas collejas a mí mismo (luego viajaría al futuro a enterarme del resultado de la quiniela de este fin de semana, pero no desvariemos). 🙂

Rotsler

Cosas de libreros, la ciencia ficción solía compartir estanterías con los ensayos ufológicos y parapsicológicos. Y cierto fatídico día, el título de una de esas novelas de ciencia ficción me chocó. Hacia el país del ángel eléctrico, de un tal William Rotsler, al cual no conocía de nada (supongo que tampoco les sonará a muchos de los que lean esto). En la portada (colección Edaf ciencia ficción), un demonio gigantesco transportado por tres naves miraba amenazante al lector. No me la compré, por supuesto. Todavía había clases.

Pero el libro seguía ahí, en la estantería, tentándome con ese título y esa portada, el puñetero. Resistí hasta el 10 de agosto de 1977 (en esa época tenía la manía de apuntar la fecha en los libros que compraba). Al final, sintiéndome culpable, claudiqué. 175 pesetas me costó la broma.

Lo leí. Me encantó. Lo releí. Un mundo fascinante se abrió ante mí: aventura, viaje al futuro, luchas religiosas, romance… Hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien con un libro.

Estaba condenado. 🙂

Seguí leyendo ciencia ficción. Aprendí que había obras que aburrían a las ostras, pero otras eran simplemente magníficas, y despertaban el sentido de la maravilla. Descubrí a Asimov, Clarke, Niven, Vance, Dick, Lem, Heinlein y tantos otros. También a la revista Nueva Dimensión, a través de la cual conocí a Guillem Sánchez, con quien acabé escribiendo historias de ciencia ficción a dúo. Y aquí estamos…

¿Y mi afición por las pseudociencias? Agonizó y murió algo más tarde, durante mis días en la universidad. Allí descubrí que la ciencia, con su equilibrio entre sano escepticismo y sentido de la maravilla, es igualmente capaz de ilusionarnos y carece de rival a la hora de intentar explicar cómo funciona el universo.

La diferencia radica en la metodología. La ciencia es humilde; de ahí su fuerza. Puesto que somos conscientes de que el universo no funciona de acuerdo con nuestros deseos ni nos va a poner fácil el desentrañar sus secretos, seguimos un método que nos permite sortear trampas y evita que metamos la pata demasiado a menudo. Las pseudociencias carecen de ese método. Algunos de sus defensores se forran a base de vender libros y emitir programas de radio y TV, pero ésa es otra historia.

Hojeo de nuevo el viejo libro de Edaf CF. Hacía décadas que no lo tocaba, salvo para reordenar la biblioteca. Caray, sigue gustándome. Y vuelvo a quedar atrapado. 🙂

El yeti y la ciencia oficial (y IV)

El último artículo científico Q1 que queremos comentar es el de Lozier et al. (2009): Predicting the distribution of Sasquatch in western North America: anything goes with ecological niche modelling (La predicción de la distribución de Sasquatch en el oeste de Norteamérica: todo vale con el modelado de nicho ecológico). Puede descargarse aquí en PDF.

Hoy existe software potente y fácil de manejar para obtener modelos de nichos ecológicos. Dicho de otro modo, podemos deducir el área que ocupa una especie determinada (y, por tanto, las amenazas que se ciernen sobre ella), tomando los datos de avistamientos de esa especie (que en muchos casos están disponibles en bases de datos accesibles al público) e introduciéndolos en el programa adecuado.

El artículo reflexiona sobre los problemas de estos programas, sobre todo si en ellos se introducen datos equivocados, como las malas identificaciones. Para ejemplificarlo, los autores van a una base de datos de avistamientos del bigfoot (hay de todo en Internet…) y tratan los datos con el software MAXENT. De este modo calculan el área de distribución del bigfoot (o sasquatch) en los estados de Washington, Oregón y California. Black bear large

Oso negro (Ursus americanus) (fuente: es.wikipedia.org)

Pues bien, el área de distribución del bigfoot coincide con la del oso negro (Ursus americanus). Con prudencia, los autores sugieren que los avistamientos de bigfoot podrían, en ocasiones, ser de osos.

Esto es, grosso modo, lo que la «ciencia oficial» nos dice sobre el yeti y sus parientes. Para ser justos, deberíamos hacer referencia a algún artículo del bando de los criptozoólogos, comparándolo con los anteriores. Quizás, el más significativo es el de Ketchum et al. (2013): Novel North American Hominins, Next Generation Sequencing of Three Whole Genomes and Associated Studies (Nuevos homininos norteamericanos, secuenciación de nueva generación de tres genomas completos y estudios asociados) . Fue publicado en la revista DeNovo.

En esa página web descubrimos que hay que pagar 30 dólares para conseguirlo y, francamente, pensamos que hay mejores formas de invertir ese dinero, sobre todo ahora en verano (en cerveza y tapas, básicamente). Al menos, se facilita gratis un resumen del trabajo. Por curiosidad, intentamos averiguar la categoría de la revista DeNovo. Resultado: no hay ni rastro de ella en los índices de calidad científica. Pie_Grande

Bigfoot (fuente: es.wikipedia.org)

Por suerte, la autora principal del trabajo tiene una página web, The Sasquatch Genome Project, donde puede descargarse un PDF con el texto del artículo, así como diversos anejos.

En suma, Ketchum et al. analizaron nada menos que 111 muestras biológicas y, tras lo que parece un exhaustivo trabajo de secuención del ADN, llegaron a la conclusión de que el sasquatch o bigfoot es un híbrido entre el ser humano (por parte de madre) y una especie desconocida de primate (por parte de padre). Esta afirmación es asombrosa; de ser cierta, revolucionaría nuestros conocimientos de la evolución de los homínidos.

Entonces, ¿por qué la «ciencia oficial» no le ha hecho (con perdón) ni puñetero caso? ¿Se debe a un contubernio entre malvados científicos resentidos, que desean sabotear los logros de estos modernos émulos de Galileo? Y que conste: lo del «efecto Galileo» no nos lo hemos inventado para mofarnos. Lo tomamos de la página inicial de The Sasquatch Genome Project.

Nada de oscuras conspiraciones. Como de costumbre, lo que tumba a los artículos pseudocientíficos es la metodología.

PeerReview2Para publicar en una revista científica, hay que superar un proceso de revisión por pares (peer review) en ocasiones despiadado, pero siempre necesario (fuente: SCIENCE AND INK)

Queda claro que los autores intentaron publicar el artículo sobre el sasquatch en revistas científicas. El problema es que ninguna dio el visto bueno. Melba Ketchum tuvo el detalle de colgar en esa web las observaciones que los árbitros o evaluadores (referees) hicieron, así como sus réplicas y contrarréplicas. Leyéndolas, un servidor de ustedes ha disfrutado como un cerdo en un maizal. Pocas cosas muestran mejor que esta cómo funciona la ciencia.

Alguna revista de postín, como PLOS ONE (categoría: Q1), ni siquiera envió el manuscrito a los revisores, para enfado de la autora principal. En cambio, la prestigiosa Nature (Q1), lo remitió nada menos que a 4 referees distintos. Al repasar sus objeciones al artículo, vienen a la mente imágenes de una manada de depredadores atacando a una presa débil. Los golpes son bellos, precisos y letales.

Como indican algunos referees, las afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias, y en ningún momento Ketchum et al. las aportan. No sólo eso, sino que los resultados podrían explicarse por una mala manipulación o contaminación de las muestras de ADN. Por otro lado, la exposición de la metodología es muy confusa. En conciencia, ninguna revista seria puede aceptar un trabajo así.

En la web de The Sasquatch Genome Project, Ketchum se queja  con amargura de la actitud de las revistas hacia su artículo, pero es lo que hay. La vida es dura. Todos los que hemos logrado publicar en una revista Q1 hemos pasado por el duro trance de la revisión por pares, y en ocasiones hemos albergado pensamientos asesinos hacia algunos referees. Sin embargo, es necesario y lo aceptamos. Sobrevivir al proceso de revisión otorga una cierta garantía de calidad y credibilidad. Así funciona la ciencia.

¿Qué sucedió con el trabajo después de sufrir varios rechazos? Según leemos en la web antes citada, hartos de la negativa a publicar por parte de las revistas científicas, los autores decidieron crear la suya propia (DeNovo). Y así se acabaron los problemas con los referees, aunque no con la credibilidad. 🙂 El internauta curioso podrá encontrar aquí una visión crítica sobre la publicación del artículo de Ketchum et al. (2013).

Bueno, amigo internauta, esperamos haberte ilustrado no sólo sobre el yeti y sus parientes, sino acerca del funcionamiento básico de la comunicación científica. Te deseamos que pases un buen mes de agosto y que todos sobrevivamos al calor veraniego (o al frío invernal, si vives en el hemisferio austral).

P.S.: Muchos trabajos científicos llevan al final una sección de agradecimientos, y aquí no podíamos ser menos. La idea de escribir estas entradas sobre el yeti surgió en un máster sobre actualización científica que imparto junto al catedrático de Botánica de la Universidad de Almería, Dr. Juan F. Mota. Fue él quien utilizó alguno de los artículos que hemos visto para mostrar la diferencia entre ciencia y pseudociencia a nuestros alumnos. Me pareció divertido e interesante, y profundicé en ello. Gracias, Juan. Te debo una cerveza. 🙂

El yeti y la ciencia oficial (III)

En la entrada anterior comentamos el artículo de Sykes et al. (2014), donde se analizaban 30 muestras de pelo atribuidas al yeti, bigfoot y similares. Como vimos, ninguna correspondía a un «primate anómalo». Sin embargo, este trabajo científico no fue el primero, sino que tuvo unos ilustres precedentes.

El precursor en el análisis genético de muestras atribuidas al yeti fue el de Milinkovitch et al. (2004): Molecular phylogenetic analyses indicate extensive morphological convergence between the ‘‘yeti’’ and primates (Análisis filogenéticos moleculares indican una amplia convergencia morfológica entre el yeti y los primates). Puede descargarse aquí en PDF.

Ante todo, la metodología empleada por los autores es científicamente irreprochable. Por otra parte, se trata de un trabajo pensado para el día de los inocentes (April Fools’ Day), que supura ironía por todos sus párrafos. Pero, insistimos, su rigor científico es máximo, propio de una revista Q1.

tintin

En resumen, los autores parten de la hipótesis de que el yeti existe, y sus características son las mostradas en Tintín en el Tíbet. Consiguieron una muestra de pelo de yeti, secuenciaron un fragmento de ARNr y lo compararon con el de otros mamíferos (para eso está GenBank, como ya dijimos): unos cuantos équidos (caballo, burro, asno salvaje, cebra…), varias especies de rinoceronte, un tapir, unos primates (ser humano, chimpancé, gorila), un cachalote y una vaca. Una vez obtenida la secuencia génica, elaboraron un cladograma (un diagrama que muestra las relaciones filogenéticas entre organismos, de acuerdo con los principios de la cladística), para ver a qué rama del Árbol de la Vida podría adscribirse el yeti.

Coincidía 100% con los caballos.

Los autores, con ánimo festivo, dan por sentado que la descripción del yeti que aparece en Tintín en el Tíbet es cierta (dada la autoridad del capitán Haddock). Por tanto, la única explicación para los resultados es la siguiente: hay un tipo de caballo que ha sufrido un fenómeno de evolución convergente con los primates, hasta adoptar un aspecto similar (más o menos, como en el caso de los delfines y los tiburones).

mlp_fim__lyraSegún Milinkovitch et al. (2004), los resultados obtenidos son coherentes con la hipótesis de que el yeti podría ser algún tipo de caballo que hubiera experimentado un fenómeno de convergencia evolutiva con los homínidos (fuente: hoodie-stalker.deviantart.com) 🙂

El artículo, insistimos, es de alta calidad científica, aunque se nota mucho que los autores están bromeando. Cualquiera que sepa leer entre líneas puede captar el mensaje, alto y claro: «Tío, esto es pelo de caballo». 🙂

Un trabajo similar en otra revista Q1, igual de divertido aunque con un lenguaje algo más comedido, es el de Coltman & Davis (2006): Molecular cryptozoology meets the Sasquatch (La criptozoología molecular se encuentra con el sasquatch). Puede descargarse aquí en PDF.

En 2005 hubo un avistamiento de un sasquatch en Yukón (Canadá), y se recogieron pelos de la criatura en cuestión. Un especialista los examinó y determinó que posiblemente eran de bisonte. Los autores decidieron investigarlo, sometiendo la muestra a un test de ADN. Se comparó con el de diversos mamíferos… y la secuencia de genes coincidía con la del bisonte.

dancing_buffaloAsimismo, para Coltman & Davis (2006), el sasquatch podría ser algún tipo de bisonte que también hubiera experimentado un fenómeno de convergencia evolutiva con los homínidos (fuente: phillipfga.deviantart.com) 🙂

El último párrafo del artículo merece ser leído, pues expresa cómo es el pensamiento científico. Los autores dicen que hay varias posibles explicaciones para los resultados. Una, que, al igual que sugerían Milinkovitch et al. (2004), exista un ungulado (en este caso, similar al bisonte) con una asombrosa convergencia morfológica con los primates. Y otra, que la muestra sea de pelo de bisonte, y punto. Como muy bien indican, si se aplica el principio de parsimonia (o sea, la navaja de Ockham), tan querido por la ciencia, tendríamos que quedarnos con la hipótesis más simple: la segunda, en este caso. En igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la correcta.

En la próxima entrada terminaremos con el tema, palabra de honor. 🙂

El yeti y la ciencia oficial (II)

Como decíamos en la entrada anterior, a veces la ciencia se ocupa de los mismos temas que las pseudociencias; en este caso, la Criptozoología. Rebuscando por Internet hemos hallado 4 artículos científicos interesantes sobre el yeti y sus parientes. Aquí nos ocuparemos del más reciente (Sykes et al., 2014): Genetic analysis of hair samples attributed to yeti, bigfoot and other anomalous primates (Análisis de muestras de pelo atribuidas al yeti, bigfoot y otros primates anómalos). Puede descargarse el artículo completo en PDF.

El artículo de Sykes et al. (2014) es buena ciencia, créannos. La revista donde se publicó (Proceedings of the Royal Society) es seria. Muy rigurosa. ¿Cómo lo sabemos? Pues viendo su índice de impacto; por ejemplo, en la web de SCImago.

PeerReview2Es complicado publicar en una revista Q1… (fuente: SCIENCE AND INK)

Según su índice de impacto, una revista científica puede caer dentro de cuatro cuartiles. Q1 es el mejor. Se supone que una revista Q1 cuida mucho lo que publica. Los artículos son revisados por árbitros de colmillo retorcido, o sea, científicos expertos en el tema en cuestión que no dejarán pasar un fallo. A veces se cuelan birrias o fraudes en estas revistas, pero no es lo habitual, y acaban por ser detectados y denunciados. A una revista Q1 se le supone seriedad.

Centrémonos en Sykes et al. (2014). El artículo se ciñe al canon de una comunicación científica. Es un excelente ejemplo para mostrar cómo funciona la ciencia. Además, si sabemos leer entre líneas, se nota que los autores se han divertido haciéndolo.

El artículo comienza con un resumen, algo muy de agradecer. Así, el lector ocupado puede, de un vistazo, determinar si el tema le interesa o no. Y ya desde el principio, queda claro que los resultados no van a gustar a los criptozoólogos.

Le sigue la introducción, donde los autores explican los motivos e interés de realizar este trabajo. Inciden en lo que ya comentamos en la entrada anterior sobre la Criptozoología y el elusivo yeti, y recogen las quejas de los criptozoólogos (los científicos no les hacen caso). A continuación, señalan algo de importancia capital: la ciencia no puede aceptar ni rechazar nada sin antes examinar la evidencia. Y eso hicieron: examinar con rigor las mejores evidencias disponibles.

El siguiente apartado es esencial en todo artículo científico: material y métodos. Todo experimento ha de ser reproducible. Por tanto, se debe describir con pelos y señales lo que se ha hecho, para que cualquier otra persona, con los medios adecuados, pueda verificarlo. Un artículo científico que descuide este apartado será considerado una chapuza.

 

Yetiscalp.JPG
Hay numerosos restos atribuidos a yetis y criaturas similares, como este cuero cabelludo que se guarda en Nepal (fuente: Nmnogueira en Wikipedia. Haga clic en la imagen para ver más detalles)

La mejor evidencia para ratificar la existencia de primates anómalos como el yeti es la biológica: sus restos. Los autores pidieron muestras de pelo atribuidas a estos esquivos seres, y recibieron nada menos que 57. De ellas, unas cuantas tuvieron que ser desechadas por motivos diversos (se trataba de fibra de vidrio o restos vegetales…). Al final, seleccionaron 37 para el análisis genético; de 30 de ellas pudo extraerse y amplificarse el ADN. Se tomaron precauciones para evitar contaminaciones (por ejemplo, con ADN humano de los que manejaron las muestras), y las secuencias génicas halladas se compararon con las existentes en la base de datos de GenBank (una enorme colección de secuencias de genes que están a disposición de quien quiera consultarlas).

Y ahora vienen los resultados y su discusión, el meollo del artículo. ¿Alguna de las 30 muestras de pelo corresponde a un primate anómalo?

Serow Capricornis sumatraensis

Una de las muestras de pelo de yeti resultó ser de seráu, un pariente de la cabra (fuente: es.wikipedia.org)

Tres de las muestras procedían del entorno del Himalaya (India, Bután y Nepal); teóricamente pertenecían al yeti. Bien, una de ellas corresponde a un pariente de la cabra, y las otras dos son de oso. Un oso peculiar, por cierto. El ADN parece indicar que se trata de una antigua hibridación entre oso blanco y pardo, que ha sobrevivido en aquellas altas montañas. Muy interesante, pero de momento, nada de primates desconocidos.

Malayan Tapir 001

… Y el presunto hobbit, un tapir malayo (fuente: es.wikipedia.org)

Otra muestra procedía de Sumatra, y estaba catalogada como orang pendek (el equivalente enano del yeti). ¿Podría tratarse de un hobbit, el controvertido Homo floresiensis? Resultó ser pelo de tapir. Una pena.

Procyon lotor (Common raccoon)

Una de las muestras rusas de almasty correspondía a un mapache, un pequeño carnívoro norteamericano que se ha convertido en una especie invasora en otros continentes (fuente: es.wikipedia.org)

En Rusia tenemos otro presunto primate extraño: el almasty. De las 8 muestras analizadas, 3 son de caballo, 2 de oso pardo, una de vaca, una de mapache y otra de oso negro. Son curiosas estas dos últimas, ya que corresponden a animales norteamericanos. 🙂

Black bear large

La mayoría de los pelos del bigfoot norteamericano eran de osos negros, caballos o cánidos (fuente: es.wikipedia.org)

El grueso de las muestras (18) corresponde a los Estados Unidos, y se artibuyen al bigfoot. Pues bien, 5 son de oso negro, 4 de perro (u otros cánidos), 3 de vaca, y una de cada una de estos animales: ciervo, oveja, caballo, puercoespín, mapache y ser humano.

En resumen: de 30 muestras, ninguna es de un yeti o similar. Ninguna.

Resulta particularmente interesante la lectura del último párrafo, un ejemplo de prudencia científica. Los autores indican que la ausencia de prueba no es prueba de ausencia. Podría existir el yeti, sí, pero ninguna de las muestras apoya esta afirmación. Más aún: señalan que los criptozoólogos, en vez de quejarse de que la ciencia los rechaza, deberían esforzarse en conseguir evidencias convincentes. Hoy es fácil y rápido cotejar el ADN de una muestra biológica con las existentes en GenBank. Analícenlas en algún laboratorio en condiciones, caramba.

Finalmente, los autores incluyen los agradecimientos y algo sumamente importante: la bibliografía empleada. Entre la cual, además de artículos técnicos, antecedentes y demás, destaca Tintín en el Tíbet. 🙂

En la próxima entrada echaremos una ojeada a otros artículos científicos, no tan extensos como éste pero igualmente significativos.

El yeti y la ciencia oficial (I)

Después de sobrevivir a la vorágine del final de curso en la universidad, por no mencionar a la ola de calor que nos aflige, aquí estamos de nuevo. 🙂

Cada dos por tres, los defensores de las pseudociencias se quejan de que la «ciencia oficial» los desprecia, o bien existe un siniestro contubernio por parte de científicos y servicios secretos para que los maravillosos descubrimientos pseudocientíficos no vean la luz, pues eso haría tambalearse las bases de la «ciencia oficial» y del mundo tal como lo conocemos. Por eso se les persigue, ridiculiza, etc.

¿Una conspiración? Tal cosa no existe. Si las pseudociencias son ignoradas o tomadas a guasa por los científicos, no se debe a lo que estudian, sino a la metodología que emplean.

La ciencia es, en esencia, un modo de hacer preguntas a la naturaleza. Como ésta tiende a no ajustarse al sentido común o a nuestros prejuicios, el método científico ha de ser riguroso. También es despiadado: si los hechos contradicen una teoría, por muy arraigada que esté, la tumbarán u obligarán a modificarla. En cambio, el método pseudocientífico es «manifiestamente mejorable», por decirlo en lenguaje políticamente correcto.

También hay un motivo más prosaico para que los científicos obvien ciertos temas: la financiación. Quien paga, manda. Si usted quiere realizar un estudio  exhaustivo sobre el chupacabras, pongamos por caso, necesitará dinero. Normalmente, los organismos oficiales que financian la investigación prefieren emplear los recursos en materias como la lucha contra las enfermedades o la mejora de los cultivos. Es improbable que se gasten miles de euros en lo que no se considera prioritario. Sin embargo, en ocasiones la ciencia sí que entra de lleno en cuestiones «marginales», lo que nos lleva al título de esta entrada.

yeti1Fuente: commons.wikimedia.org

La Criptozoología es una pseudociencia que trata de hallar animales (críptidos) cuya existencia aún no ha sido probada. Por supuesto, ningún científico discute que existen especies aún por descubrir. Lo que convierte a la Criptozoología en pseudociencia es el método que emplea: recopila anécdotas y pruebas endebles, se basa en el folclore y poco más. El enfoque científico, cuando se ocupa de estos temas, es bien distinto.

bigfoot1Estatua de Bigfoot (fuente: es.wikipedia.org)

Centrémonos en un caso concreto. Desde hace siglos, en distintos lugares del mundo ha habido avistamientos de extrañas criaturas bípedas humanoides, o circulan leyendas sobre ellas. Los criptozoólogos afirman que esto se debe a que existe una especie de primate de gran tamaño, desconocido para la ciencia. O quizá más, quién sabe. En el Himalaya recibe el nombre de yeti o migou; en Norteamérica, bigfoot o sasquatch; alma en Mongolia y Cáucaso; yowie en Australia; etc.

tintin

El atractivo del tema es innegable. Periodismo sensacionalista, cómics, series de TV y novelas dan protagonismo a estos esquivos humanoides. Entre los más conocidos, tenemos el excelente Tintín en el Tíbet, de Hergé, con un migou al que se le llega a tomar cariño. O los seres de las cuevas de Los devoradores de cadáveres, de Michael Crichton. O series de TV y películas, como Harry and the Hendersons. Podríamos rellenar páginas y páginas con muchos más ejemplos.

Para los criptozoólogos, ¿qué podrían ser estos seres? Tal vez descendientes del gigantopiteco, un enorme primate emparentado con el orangután, extinto hace miles de años. O poblaciones relictas de neandertales o denisovanos. O híbridos entre humanos y otros primates. O una criatura totalmente nueva para la ciencia, quizás alienígena.

Pese a la cantidad de avistamientos, no disponemos de fósiles de yetis o seres similares. Los restos biológicos recogidos son dudosos. Básicamente, los criptozoólogos se basan en relatos de testigos, fotografías o vídeos borrosos y el folclore local. Sin embargo, los criptozoólogos no se desaniman. Más aún; se lamentan de que la «ciencia oficial» no se ocupe de un tema tan trascendental y…

Eh, un momento. Resulta que hay artículos sobre el yeti o el bigfoot en revistas científicas de postín. Están a disposición de quien quiera leerlos (en inglés), y sus resultados son muy, pero que muy interesantes. En la siguiente entrada comentaremos alguno de ellos, lo que nos servirá para comprender cómo se hace ciencia. Y también nos dirá algo sobre el yeti, por supuesto. 🙂