Una de romanos

Según el Diccionario de la Real Academia, una ucronía es una «reconstrucción de la historia sobre datos hipotéticos». O sea, el resultado de preguntarse: «¿Qué habría ocurrido si…».

Se han escrito innumerables ucronías, y no sólo por los autores de ciencia ficción. Algunas de ellas son realmente magníficas, y especulan sobre realidades alternativas en las que las potencias del Eje vencieron en la Segunda Guerra Mundial, la Armada Invencible derrotó a la flota inglesa, los mongoles conquistaron toda Europa, los neandertales fueron la especie humana predominante… No las citaremos aquí. Te animamos, amigo lector, a investigar por tu cuenta y disfrutar de la imaginación de los escritores.

En esta entrada nos fijaremos en una de tantas posibles ucronías: ¿Y si el Imperio Romano no hubiera caído? ¿Y si hubiera llevado a cabo la revolución industrial durante su época más gloriosa, el siglo II, fomentando el uso a gran escala de máquinas de vapor? ¿Cómo sería el mundo actual? ¿Nos habríamos ahorrado los años oscuros de la Edad Media? ¿O la primera bandera desplegada en la Luna exhibiría el lema «SPQR»? 🙂

Sin embargo, la pregunta del millón tal vez sea: ¿Por qué esa revolución industrial no ocurrió?

Mecanismo de Anticitera. Fuente: es.wikipedia.org

Hay quienes defienden que todos los grandes logros de las civilizaciones pretéritas son obra de alienígenas, atlantes o similares. Por tanto, dan por sentado que nuestros antepasados eran tontos o incapaces, y nada más lejos de la realidad. De hecho, egipcios, griegos y romanos, sin ir más lejos, eran bastante ingeniosos, además de hábiles. Por ejemplo, el famoso mecanismo de Anticitera nos demuestra que podían construir computadoras analógicas, o algo parecido.

En cuanto a la capacidad de construir máquinas de vapor, recordemos la Eolípila de Herón de Alejandría:

Eolípila de Herón (fuente: es.wikipedia.org)

En resumen, los romanos disponían de la habilidad y los conocimientos para empezar a desarrollar máquinas complejas, como la de vapor. También conocían el carbón. ¿Por qué no se embarcaron en una aventura tan prometedora? Bueno, reducir la respuesta a un único factor es simplificar mucho las cosas, pero hay algo que destaca por encima de todo lo demás. Un ejemplo actual puede ayudarnos a comprenderlo.

Los primeros automóviles eléctricos se diseñaron en el siglo XIX, y a principios del XX había modelos de coches perfectamente funcionales. Sin embargo, entraron en declive a partir de la década de 1910, y fueron sustituidos por los que llevaban motores de combustión interna, alimentados por gasolina o gasoil. ¿Por qué?

Pues, entre otras cosas, porque se descubrieron yacimientos de petróleo que convirtieron a sus derivados en una fuente de energía abundante y barata. Además, los motores de combustión interna funcionaban muy bien. Eso frenó los intentos de mejorar el rendimiento de los vehículos eléctricos. A la larga, esto ha resultado perjudicial. El empleo masivo del petróleo ha devuelto a la atmósfera megatoneladas de carbono que estaban ocultas en las entrañas del planeta, con las consecuencias que todos conocemos.

Algo parecido ocurrió con el Imperio Romano. Tenían conocimientos y habilidades para haber desarrollado máquinas que mejoraran el rendimiento del trabajo, sabían lo que era el carbón… No obstante, existía una alternativa más barata y fácil de usar: los esclavos.

El propósito último de las máquinas es facilitar o hacer mucho más eficaz el trabajo. Sin embargo, en el mundo grecolatino de la Antigüedad, las sociedades se basaban en la esclavitud. Los esclavos podían hacer todo el trabajo, hasta las tareas más duras o ingratas. Constituían una fuente de energía renovable, por decirlo así, fácil de manejar… ¿Para qué complicarse la vida desarrollando la máquina de vapor?

Cualquier emprendedor romano sería presa del desánimo si lo intentara. Se gastaría un montón de dinero para nada. Cualquier revolución industrial requiere una infraestructura a gran escala (por ejemplo, de vías férreas para las locomotoras de vapor), lo que implica, entre otras cosas, la intervención del Estado. Pero habiendo esclavos baratos, ¿qué gobernante abogaría por semejante inversión? Mejor dejar las cosas como estaban. Ya se sabe: si funciona, no lo toques. Los intentos aislados de progresar se ahogarían en un mar de indiferencia.

Claro, lo que en un momento puede parecer una bicoca, a la larga encierra las semillas de su propia destrucción. Un imperio basado en la esclavitud no tenía futuro, pero ¿quién podía preverlo?

Falsos recuerdos

La implantación de falsos recuerdos, el no saber distinguir lo real de lo impuesto, aparece en numerosos relatos de ciencia ficción. Pocos autores han tratado mejor el tema que Philip K. Dick (1928-1982), con obras tan geniales como Ubik, donde la distorsión de la realidad es la norma. O, sin ir más lejos, pensemos en la aclamada película Total Recall (1990), basada precisamente en un cuento de Dick (We Can Remember It for You Wholesale). En España se presentó bajo el título de Desafío total.

Muchos autores han tratado la posibilidad de que nos impongan recuerdos de algo que nunca vivimos. Asimismo, han imaginado empresas que podrían, por un módico precio, implantarnos recuerdos de vivir en lugares maravillosos, convertirnos poco menos que en los reyes del mambo, o hacernos creer que moramos en un paraíso cuando realmente habitamos un cuchitril infecto y nos ganamos la vida con un trabajo penoso. O podríamos vivir en una realidad virtual controlada por máquinas. O… En fin, amigo lector, seguro que te vienen a la mente un montón de ejemplos (esperemos que no sean falsos recuerdos). 🙂

Pero ¿se trata de una fantasía propia de la ciencia ficción, u ocurre en la vida real?

Nuestro cerebro dista mucho de ser infalible, y puede ser engañado, generándole falsos recuerdos. Por ejemplo, una sesión de hipnosis mal llevada, bien por malicia o por torpeza, puede hacer creer al sujeto que ha vivido acontecimientos que jamás existieron. En ocasiones resulta pintoresco, como esos hipnotizados que rememoran presuntas abducciones alienígenas. Sin embargo, en otros casos las consecuencias son más graves, como las acusaciones de abusos infantiles que supuestamente salen a la luz tras una sesión de hipnosis. Un falso recuerdo puede arruinar la vida de una persona. 😦

El tema es polémico, pues no todos los expertos creen en el síndrome del falso recuerdo. Pero haberlos, haylos. Y lo más chusco del caso es que nos los provocamos nosotros mismos. Para no ponernos muy trágicos, que bastante sombrío está el panorama ahora mismo en el mundo, centrémonos en algunos falsos recuerdos que pueden resultar hilarantes; sobre todo, los relacionados con los medios de comunicación. Los españoles que lean esto y tengan una cierta edad, seguro que sabrán de lo que hablamos.

Recuerdan ustedes el caso de Ricky Martin, el perro y la mermelada, ¿a que sí? Pues hubo gente que juraba y perjuraba haberlo visto en la tele… 😀

Pero retrocedamos un poco más en el tiempo. En concreto, a una época que, al menos en sus postrimerías, nos será familiar a los que ya peinamos canas o abrillantamos calvas.

Cuando pensamos en revistas satíricas españolas, la primera que nos viene a la mente, cómo no, es El Jueves («la revista que sale los miércoles»). Pero antes que ella, hubo otras. Durante la dictadura franquista, la más famosa fue La Codorniz («la revista más audaz para el lector más inteligente»), que duró desde 1941 hasta 1978.

El director que más tiempo permaneció al mando de la revista, de 1944 a 1997, fue Álvaro de Laiglesia (1922-1981). Tengo ante mí un libro que compré hace décadas, cuando salió en 1981: «La Codorniz» sin jaula, escrito por él. Las hojas están ya de un color amarillento tirando a pardo. Ay, cómo pasa el tiempo… Al menos, las palabras se leen perfectamente. Don Álvaro sabía que su revista había hecho historia, y necesitaba que quedara constancia de ello.

La Codorniz se convirtió en un mito, y de ella se contaron (y aún se cuentan) mil y una anécdotas. Como reconoce don Álvaro, consiguieron marcarle más de un gol por la escuadra a la torpe censura franquista, pero también circulan numerosos bulos sobre la revista que nunca, nunca fueron publicados. Más que nada porque quienes trabajaban en la revista se habrían buscado la ruina. Sin embargo, hay gente empeñada en que son reales, que los leyó en la revista, palabra de honor. Falsos recuerdos.

En un capítulo del libro (Los bulos y los huevos), don Álvaro pasa revista a alguno de esos disparates. Sí, La Codorniz le tomaba el pelo a la censura, pero sabía dónde estaban los límites, y procuraba no traspasarlos. De hecho, recibió algunos palos muy gordos por propasarse, pero ciertas cosas nunca las hizo. Veamos ejemplos.

Tenemos el celebrado parte meteorológico: «Reina un fresco general procedente de Galicia». Si tú, amigo lector, no eres español, has de saber que el dictador Francisco Franco era gallego, y ostentaba el título de Generalísimo. 🙂 Obviamente, semejante chiste nunca vio la luz. Hasta el último miembro de la redacción de la revista habría acabado en la cárcel. Pues bien, había gente que aseguraba haberlo leído. Falsos recuerdos.

O la noticia sobre «La moto verde del Marqués de Villavespa». A los jóvenes tal vez no les diga nada, pero era un juego de palabras burlón que se refería a la compra de una moto Vespa por el Marqués de Villaverde (yerno de Franco). 😀 El bulo llegó incluso a ser creído por las autoridades de la época. Citamos textualmente (pág. 12):

Recuerdo perfectamente, con cierto bochorno también, la visita que me hicieron dos inspectores de Policía para pedirme que les mostrara el número de La Codorniz en el que se había publicado un artículo en el que se mencionaba «la moto verde del Marqués de Villavespa».

–Suponiendo que yo hubiera publicado esa majadería –dije bastante furioso–, ¿se imaginan que iba a ser tan ingenuo en mostrársela para que me detuvieran «por desacato a la familia del Jefe del Estado»? Busquen ustedes mismos el número en el que se publicó, y cuando lo tengan en la mano vengan a detenerme.

Los dos inspectores se fueron más corridos que un par de monas, porque a nadie se le ocurre ir a pedirle el cuerpo del delito al posible culpable. Jamás volvieron por el despacho, lo que me hace suponer que seguirán buscando […].

Obviamente, lo de la moto era un pedazo de bulo. Falsos recuerdos.

Quizás el más famoso fue el bulo del tren. Incluso décadas después de que cerrara la revista, había gente que aseguraba haber tenido en sus manos un número de La Codorniz en cuya portada había un tren entrando en un túnel. Las páginas de la revista estaban todas en negro, y en la contraportada se veía la salida del túnel. Don Álvaro siempre se preguntó cómo alguien podría creerse semejante mentecatez. Falsos recuerdos.

Nuestro cerebro es una herramienta que nos ha permitido sobrevivir como especie y llegar hasta donde ahora estamos. Sin embargo, no es infalible, y puede traicionarnos, e incluso ser manipulado por otros para cambiar nuestro comportamiento. No lo olvidemos…