¿Hongos en Marte?

Con la cantidad de rovers y satélites artificiales que se ocupan de explorar Marte, recibimos un sinfín de imágenes de alta calidad del planeta vecino. Eso da alas a una legión de usuarios de Internet para afirmar que han descubierto allí pruebas de vida, incluso inteligente. Basta con darse un garbeo por YouTube para comprobarlo.

En realidad, las supuestas pruebas consisten en fotos de piedras o formaciones rocosas pintorescas, cuyas siluetas recuerdan a artefactos, seres humanoides… Pero me temo que se trata de casos de pareidolia. Imaginamos formas y patrones donde no hay. Simplemente, se trata de productos del azar y la erosión eólica. Sí, en Marte hay torbellinos de polvo y tormentas que modelan la forma de las rocas.

Fuente: pixabay.com

No obstante, hace poco saltó a los medios de comunicación una noticia con más enjundia: había un artículo científico en el que se pretendía demostrar que habíamos encontrado signos claros de vida en Marte. En concreto, de hongos. Sí, de hongos, nada menos. La comparación de secuencias de fotografías marcianas, tomadas a lo largo del tiempo, así lo parecía indicar.

Qué quieren que les diga. Como biólogo, estoy deseando que por fin consigan pruebas fiables de que existe vida más allá de la Tierra. Y como micólogo, no vean ustedes la ilusión que me haría que los hongos fueran la forma de vida predominante en el planeta rojo. Sin embargo, los científicos somos conscientes del peligro de dejarnos llevar por nuestros anhelos y emociones. Conviene mantener un sano escepticismo, al tiempo que conservamos el sentido de la maravilla.

La Ciencia es una tarea comunal. Cuando un científico lanza una hipótesis, lo hace en un foro público (preferiblemente, en una revista de impacto). E igual que el pobre Conan en la película cuando lo empujan al foso, esa hipótesis tiene que estar dispuesta a recibir palos; o sea, críticas fundadas de los colegas. Si las supera, saldrá reforzada. En caso contrario… Bueno, siempre se aprende algo nuevo de las discusiones. Lo que no puede uno es romper a llorar y quejarse de lo malos que son los científicos, como suelen hacer los conspiranoicos, pseudocientíficos y similares en cuanto no les sigues la corriente.

Obviamente, hay que acudir a las fuentes, y no a las reseñas de prensa. El artículo de marras, escrito por 11 autores, está disponible en Internet, en formato pdf, AQUÍ y AQUÍ. Son 67 páginas de texto y fotos. Parece bastante sólido, pero… ¿Lo es, o se trata de una fachada?

Primero, el artículo es, o eso parece, una versión impresa previa a la publicación. De hecho, a fecha de hoy, en el sitio web de la revista Advances in Microbiology no aparece (lo actualizaremos, en su caso). Extrañado, hablé con un colega, el catedrático Juan F. Mota, con el que comparto una asignatura de máster sobre actualización en Biología y Geología. Le gusta indagar en ejemplos de mala praxis científica, así que me interesaba mucho conocer su opinión. Me indicó que esa revista no aparece en el Journal Citation Report. O sea, no tiene índice de impacto. Cualquier científico sabe lo que eso implica. Como dirían en mi tierra, es pa’ mosquearse. En este vídeo de Anton Petrov se dice que habían intentado publicarlo antes, así que sería un intento de recolocarlo.

Huy… El caso me recuerda a lo que ya discutimos acerca del artículo de Ketchum et al. (2013), cuando hablamos sobre el yeti

De todos modos, examinemos el artículo con ecuanimidad y ocupémonos de los supuestos hongos marcianos. Según los autores, se trataría de hongos que, en algunos casos, son idénticos a los conocidos pedos de lobo. Estos, antaño incluidos en la extinta clase Gasteromycetes, hoy se ubican en la familia Agaricaceae, la misma que los champiñones. También habría otros similares a los níscalos. Sí, níscalos. De los que se comen. En serio.

Pero ¿por qué suponen los autores que las cosas marcianas son similares a los pedos de lobo? ¿Cómo pueden sobrevivir en un entorno tan hostil como la superficie de Marte? Vayamos por partes.

En cuanto a la supervivencia, en el artículo se resalta la notable resistencia de los hongos a la radiación. Eso es cierto, sobre todo en el caso de los hongos con melanina en sus hifas. En efecto, los hongos radiotróficos pueden incluso ver estimulado su crecimiento con la radiación.

Pero claro, el hecho de que algo sea posible no implica que exista necesariamente. Veamos qué más pruebas nos aportan en el artículo. Para ello, pensando en quienes no estén familiarizados con los hongos, aquí van unos conceptos muy básicos. Los ilustraremos con fotos de nuestra web de hongos Myco-UAL.

Hay hongos microscópicos, como las levaduras, pero en su mayoría se trata de criaturas filamentosas, al estilo de pelusas vivas. Cada filamento se denomina hifa, y al conjunto, micelio. El micelio es el auténtico cuerpo del hongo. Segrega enzimas para descomponer la materia orgánica, y luego absorbe los productos de esa putrefacción.

Muchos hongos producen fructificaciones para dispersar las esporas. Suelen ser diminutas, pero algunas, como las conocidas setas, pueden alcanzar tamaños notables. Lo mismo ocurre con los bejines o los pedos de lobo, de aspecto globoso. Hay varios géneros muy frecuentes, como Lycoperdon, Bovista, Calvatia, etc.:

Bejín areolado (Calvatia utriformis)
Pedo de lobo (Bovista plumbea)

Aquí tenemos un corte transversal de otro pedo de lobo (en este caso, del género Lycoperdon):

Obsérvese el falso pie, formado por la subgleba, que aparece en algunos pedos de lobo. La gleba es la parte donde se forman las esporas. Estos hongos son comestibles cuando están inmaduros y la subgleba todavía es blanca, como en esta Bovista:

Sin embargo, cuando las esporas maduran, la gleba se convierte en una masa pulverulenta. Al más mínimo golpe, surgirá una nube de esporas que se dispersarán por el viento. De ahí proviene el nombre vulgar de pedo o cuesco de lobo:

En el artículo, los autores incluyen fotos de cosas que, en efecto, recuerdan a los pedos de lobo. Algunas, incluso, parecen tener un pequeño pie o, al menos, un haz de micelio:

Asimismo, enfatizan el parecido de estos supuestos hongos marcianos con las especies de nuestro planeta:

Y, como ya mencionamos antes, no sólo se limitan a hallar parecidos con los pedos de lobo y los bejines. También aseguran que, entre líneas blancas que podrían corresponder a micelios, hay cosas marcianas similares a los exquisitos níscalos:

Ya me imagino a legiones de boletaires, cada uno con su cesta, apuntándose a la primera misión tripulada a Marte… 😀 Por cierto, estos de aquí sí son níscalos (Lactarius deliciosus):

En el artículo se proporcionan muchas más fotos de estructuras con apariencia vagamente fúngica que omitiremos para no cansarte, amigo lector. También adjuntan imágenes de masas oscuras de formas diversas, que cambian de tamaño a lo largo del tiempo. Algunas de ellas parecen extenderse por los taludes o las paredes de los cráteres. Incluso hay fotos de algo que parece moho, creciendo en los vehículos.

Hongos en Marte… Los hongos no hacen la fotosíntesis, sino que se alimentan de materia orgánica. ¿De dónde la obtendrían, en un ambiente tan hostil como el marciano? Una posible solución sería admitiendo la presencia de bacterias que pudieran extraer la energía de las moléculas del suelo marciano, o fueran capaces de realizar una fotosíntesis no oxigénica, o algo por el estilo. Tendríamos así organismos productores, mientras que los hongos funcionarían como descomponedores. No hacen falta animales para mantener un ecosistema. Con eso bastaría. Resulta plausible.

De acuerdo, en Marte hay cosas que parecen hongos, masas bacterianas, líquenes, algas… Sí, pero ¿significa eso que realmente lo sean?

En Ciencia solemos aplicar el principio de parsimonia (sí, la navaja de Occam, como ya hemos comentado en otras entradas del blog). Cuando hay varias hipótesis para explicar un hecho, creemos que la más sencilla es la más probable. Si esta hipótesis simple se ajusta a las pruebas, nos quedaremos con ella. Demos un navajazo de Occam a los supuestos hongos marcianos, a ver qué pasa. 🙂

Dos cosas pueden parecerse, pero eso no implica que sean lo mismo. Y en el universo hay muchas cosas redondas, y no sólo pedos de lobo. ¿Podrían explicarse esas estructuras globosas marcianas sin recurrir a la hipótesis de que se trata de hongos similares a los terrícolas? Bien, he aquí otra imagen de esos supuestos pedos de lobo en el suelo de Marte, tomada del artículo de marras:

¿Existe algo en la Tierra que se le parezca, y que se deba a simples procesos geológicos, sin necesidad de seres vivos? Pues sí. Hay que irse al estado de Utah para dar con ello:

«Moqui marbles». Fuente: Geology In (Crédito: Marjorie Chan, Universidad de Utah)

Esas pelotillas, tan parecidas a las marcianas, reciben el nombre de moqui marbles (canicas moqui). Y no son pedos de lobo. Se trata de masas esféricas de arenisca recubiertas de hematita, un mineral compuesto de óxido de hierro:

Interior de una «moqui marble». Fuente: Geology In

En el artículo de Geology In se compara a las moqui marbles con las formaciones marcianas, bautizadas como blueberries (arándanos), que estarían compuestas enteramente de óxido de hierro. Y, de hecho, los geólogos habían pronosticado que se encontrarían cosas así en Marte. Eso indicaría que en el pasado marciano hubo agua. ¿Tal vez vida? Puede que sí, puede que no. En cualquier caso, esos blueberries de Marte no son hongos, me temo.

La principal baza de los autores del artículo para sostener que están vivos es que crecen a lo largo del tiempo. Para ello, comparan fotografías del mismo lugar de Marte, tomadas con días de diferencia. Por ejemplo:

Sí, en la foto de la derecha, más nítida, parece que han brotado nuevos pedos de lobo, pero puede haber otra explicación más sencilla. Saquemos la navaja de Occam y pinchemos. 🙂

No sé a ustedes, pero a mí me da la impresión de que las pelotillas de la foto de la izquierda aparecen, en las mismas posiciones relativas, en la foto de la derecha, tomada tres soles (días marcianos) después. No obstante, algunas parecen haber crecido y han aparecido unas cuantas más. Pero ¿eso se debe a que están vivas?

¿O ya estaban allí, tapadas por la arena, y el viento marciano se ha limitado a dejarlas al descubierto? Obsèrvenlas atentamente. Teniendo en cuenta la diferencia de nitidez entre ambas imágenes, yo me inclino por esta hipótesis. Explica lo que vemos, y es la más simple. Lo mismo se puede decir de otras secuencias de imágenes que los autores del artículo nos muestran. Las estructuras en forma de red, o de micelio, o las masas oscuras que avanzan por las laderas, podrían deberse a flujos de agua o salmuera, al efecto del viento y a diversos procesos geológicos.

¿Niega esto la posibilidad de vida en Marte? Por supuesto que no. Puede haber vida allí; ojalá, pues esto supondría todo un acontecimiento científico. Sin embargo, el artículo que nos ocupa no lo prueba. Parece expresar más bien un deseo que una realidad, que se da de bruces con el principio de parsimonia. Las imágenes se explican sin necesidad de recurrir a la acción de seres vivos. Eso, más las dudas que nos asaltan sobre su publicación, hace que, de momento, debamos rechazar sus conclusiones.

Pero no seamos pesimistas. Quién sabe si los rovers nos darán más pronto que tarde una alegría, y se confirma (con pruebas sólidas) que en nuestro vecino hubo o hay vida. Aquí seríamos de los primeros en celebrarlo. Quedamos a la espera de más noticias de Marte. 🙂

De vacunas, ARN y ciencia ficción (y III)

Hace unos días por fin me inyectaron la primera dosis de la vacuna contra la Covid-19. Me tocó una con ARNm, que ahora estará ordenando a mis células que fabriquen antígenos del virus. Dentro de poco me pondrán la segunda. Una pena que no sea como en las novelas de Larry Niven, y el ARN sirviera para que aprendiéramos cosas sin esfuerzo. Bailar claqué, por ejemplo. 🙂

Claro, según los antivacunas acérrimos, ahora estaré bajo el control de por Bill Gates y a saber quién más. Aunque me pregunto qué interés tendrá Gates en controlar a alguien como yo. Me temo que no soy tan importante… 😀

A lo que íbamos. Como dijimos, las vacunas con ARNm presentan alguna pega que otra. El ARNm es una molécula frágil, por lo que su conservación resulta costosa. No obstante, existen alternativas. Recordemos cómo se transmite la información genética en nuestro organismo:

¿Y si en vez de ARNm introducimos en las células ADN con la información para fabricar los antígenos víricos? Pero ¿cómo conseguimos que entre en el núcleo de la célula? Pues usando vectores víricos. Es decir, buscamos otros virus y los amaestramos para que nos introduzcan en el cuerpo el ADN deseado. Se trata del método empleado contra la Covid-19 por Astra-Zeneca/Oxford y Jannsen/Johnson & Johnson. Parece que la Sputnik V rusa también se decantó por esta estrategia. Y no sería la primera vacuna con vector vírico. Ya en 2019 se aprobaron vacunas de este tipo contra el Ébola.

Normalmente, los virus amaestrados son adenovirus, que nos causan enfermedades respiratorias, gastrointestinales y cosas así. Por cierto, son bien distintos a los coronavirus. El material genético de los adenovirus es ADN de doble cadena, mientras que el de los coronavirus es ARN de cadena sencilla.

Por supuesto, los vectores adenovirus han de estar amansados, debilitados, para que no nos causen problemas. En su ADN introducimos los genes que nos interesen, y esos adenovirus nos infectarán sin dañarnos. En el caso que nos ocupa, proporcionarán a nuestras células las instrucciones para fabricar antígenos de coronavirus, que luego activarán la respuesta inmune, como vimos.

Todo parecen ventajas. No hay que producir grandes cantidades de coronavirus atenuados para hacer la vacuna, como en la de Sinopharm. Los adenovirus están amansados para que se limiten a insertarnos genes útiles, en vez de causar enfermedades. Invaden las células, pero no se replican. Además, el material genético que portan no se integra en nuestros cromosomas. Asimismo, las vacunas con adenovirus son menos delicadas que las de ARNm. El virus tiene una cápsida que protege su material genético. Por tanto, no necesitan ultracongelarse, sino que basta con la refrigeración.

Peeero… También tienen pegas. Por ejemplo, al no integrarse los genes que portan en nuestro ADN, hay que repetir la dosis. Y los adenovirus son muy inmunogénicos. Es decir, nuestro sistema inmune aprende rápido a reconocerlos, y los puede destruir cuando inyectemos la segunda dosis. Eso obliga a usar dos vectores diferentes (por ejemplo, una primera dosis con adenovirus de chimpancé y una segunda con adenovirus humano).

Y las vacunas contra la Covid-19 que están dando problemas de trombosis son las de adenovirus. Sin entrar en detalles, nuestro sistema inmune puede volverse majara y ataca a las propias plaquetas, que acaban por formar coágulos en el abdomen y cerebro. Podría deberse a que los adenovirus provocan esa reacción en nuestras defensas. A saber.

Se trata de casos muy infrecuentes, y el riesgo de sufrir trombos por culpa de la enfermedad es superior al que podría causar la vacuna, pero se ha generado una considerable alarma social. Basta con leer la prensa para constatar el rechazo y miedo a las vacunas de Astra-Zeneca.

A las personas no se nos da bien la estadística, y solemos dejarnos guiar por las emociones. Si hay unas vacunas con ARNm que no causan esos trombos, pues es normal que las prefiramos frente a las de adenovirus, por muy ínfimo que sea el riesgo. Es comprensible. Es humano. Sobre todo, después del alarmismo generado por los medios de comunicación.

Para concluir, hablemos un poco de adenovirus y ciencia ficción, a modo de anécdota. Y puesto que el blog es nuestro, nos referiremos a nuestra última novela publicada, La bayoneta de Occam. 🙂

Esta obra fue escrita justo antes de la pandemia, cuando el mundo era más simple y no sabíamos la que nos iba a caer encima (caray, no ha pasado ni año y medio y parece que fue hace una eternidad…). Resumiendo, para evitar spoilers (obviamente, les animamos a comprarla), 😉 la acción transcurre en un planeta atrasado, que se recobra de una serie de cruentas guerras y donde se está tratando de instaurar una sociedad copiada de la nuestra actual. Hay una trama que implica a vectores de genes, y los investigadores barajan diversas hipótesis. Una de ellas es la de los adenovirus (o mastadenovirus, si nos referimos a los de mamíferos), pero lo descartan.

Citamos del diálogo entre dos personajes:

–Estuve documentándome, y creí entender que los adenovirus fueron tratados en la Vieja Tierra como posibles vectores para la terapia génica, pero no funcionaban del todo bien. Por eso los descartamos, ¿no?

–En efecto. El sistema inmunitario los pillaba enseguida, por no mencionar problemas técnicos que no vienen al caso. […] nadie trabajaba ya con ellos, me temo. Desde luego, no como vectores.

Bueno, cuando la novela estaba en proceso de publicación, leímos en el Investigación y Ciencia nº 525 (marzo de 2020) un artículo sobre las nuevas vacunas (aún no estaban comercializadas, sino en fase de desarrollo), y entre ellas figuraban… las que empleaban adenovirus como vectores. Pues sí que nos hemos lucido, pensamos. Al final los adenovirus van a ser una herramienta valiosa…

Pero después surgió el problema de los trombos, y las compañías farmacéuticas que venden vacunas con adenovirus vieron cómo su imagen se deterioraba por momentos. En cambio, las que fabrican vacunas con ARNm han quedado como los buenos de la película, con la promesa de un brillante futuro comercial. Igual acertamos con nuestro pronóstico. Qué cosas…

P.D.: En la novela, además, la protagonista principal hace la prueba de pasar una navaja en un bolso por un escáner, y el segurata ni se entera. Nos estamos empezando a asustar… 🙂

De vacunas, ARN y ciencia ficción (II)

Para entender cómo funcionan estas vacunas revolucionarias, conviene repasar cómo se gestiona la información genética en nuestro organismo.

Grosso modo, las instrucciones para que funcionen nuestras células se guardan en los cromosomas del núcleo, en forma de ADN. No obstante, esta molécula no va a dar las órdenes directamente, sino que se vale de un intermediario. Podríamos comparar el ADN con unos tomos de valor incalculable, guardados a cal y canto en una biblioteca. No los podemos sacar de ella, pero los bibliotecarios nos permiten hacer fotocopias de lo que nos interese y llevárnoslas.

Esas «fotocopias» corresponden a otra molécula: el ARN. Concretamente, el ARN mensajero (ARNm). Él sí que podrá salir del núcleo e ir a las fábricas celulares, los ribosomas (formados por otro tipo de ARN, dicho sea de paso), y allí entregar las instrucciones para que fabriquen proteínas. Estas son las auténticas herramientas de la célula, las que la hacen funcionar.

Por tanto, el ARNm es la clave. ¿Y si suministramos a la célula ARNm con instrucciones para que haga lo que nosotros queramos?

La idea de usar el ARN como herramienta no es nueva. A los aficionados a la ciencia ficción les sonará uno de los autores más queridos del género, Larry Niven. El creador de la serie de Mundo Anillo también nos ha deleitado con muchas otras novelas y relatos. Para el tema que nos ocupa, el ARN, cabe destacar Un mundo fuera del tiempo (A World Out of Time, 1976).

No vamos a desvelar aquí el argumento de la novela; les animamos a ustedes a que la lean. Lo que nos interesa es que Niven propone que en el futuro, la memoria se puede almacenar en el ARN. O dicho de otro modo, el ARN es capaz de convertirse en una especie de almacén de información… disponible para cualquiera. Por tanto, podemos extraer ARN de unos individuos y dárselo a otros, bien en forma de pastillas o inyectándolo. Así podríamos transferir recuerdos de un sujeto a otro, aprender idiomas, nuevos oficios, etc.

Claro, la realidad es más prosaica y el ARN no da tanto de sí. Una pena, porque un adiestramiento a base de tomar pastillas o inyecciones parece bastante descansado. 🙂 Sin embargo, sí que podemos suministrar ARNm a las células para que hagan cosas que nos interesen, como fabricar la proteína S del coronavirus. La proteína S es una molécula inofensiva, pero activará nuestro sistema inmunitario para que fabrique anticuerpos que reconozcan al virus cuando llegue, se creen linfocitos con memoria… O sea, hará lo mismo que una vacuna clásica, pero sin necesidad de meternos en el cuerpo virus atenuados, como indicamos en la entrada anterior.

Tanto la vacuna de Pfizer-BioNTech como la de Moderna contra la covid-19 usan ARNm. Claro, tienen sus pegas; al fin y al cabo son vacunas muy novedosas. Lo que resulta maravilloso es que hayan podido desarrollarse en tan poco tiempo, pero cuando la necesidad apremia, pues… En fin, necesitan conservarse a muy baja temperatura, puede que sea necesaria una tercera dosis de recuerdo, y otros inconvenientes. Sin embargo, están abriendo camino para las vacunas de la siguiente generación. Incontables vidas podrán ser salvadas, y eso es lo que importa.

Pero inyectar ARNm no es el único modo de obligar a nuestras células a fabricar proteínas inofensivas de virus para poner en marcha al sistema inmunitario. Hemos de hablar de los vectores de genes, y también los problemas que están dando, quizá magnificados por la prensa, pero que haberlos, haylos. Nos ocuparemos de ellos en la próxima (y última) entrada de esta serie.