¿Quién domesticó a quién? (II)

En los libros de Historia, el surgimiento de la Agricultura se considera uno de los hitos que marcan el devenir de nuestra especie. Aprendimos a manipular nuestro entorno, en vez de ser sometidos por él. Desde entonces, el progreso de la Humanidad fue imparable. Sin embargo, resulta interesante analizarlo desde un punto de vista imparcial, como el de un biólogo alienígeno. 🙂

Cintéotl, dios azteca del maíz (fuente: commons.wikimedia.org)

En la primera parte de esta entrada vimos cómo una familia vegetal, las gramíneas, acabó por reclutar a mamíferos herbívoros para que les despejaran el terreno, acabando con otras plantas competidoras. Pues bien, quiso el azar que ciertas gramíneas se tropezaran con un peculiar animal omnívoro: Homo sapiens. ¿Les serviría para sus fines, igual que las cebras o los antílopes?

Nuestros antepasados, por aquel entonces, eran cazadores y recolectores. Vivían en grupos no muy extensos, comiendo cualquier cosa que pudieran atrapar. Llevaban una vida nómada, ajustada a los ciclos naturales: aparición de frutos comestibles, rutas migratorias de los animales que cazaban, el clima… La densidad de población se mantenía baja mediante diversos métodos de probada eficacia (espaciar los nacimientos, infanticidio selectivo, etc.) pero, en realidad, la existencia no era tan mala. Por lo general, las comunidades de cazadores-recolectores gozaban de una dieta equilibrada y, salvo accidentes, enfermedades ocasionales y achaques de la vejez, los seres humanos se mantenían razonablemente sanos y felices.

En diversos lugares del mundo, de manera independiente, Homo sapiens descubrió que las semillas de ciertas gramíneas, más conocidas como cereales, podían comerse tras ser cocinadas, o eran una fuente de harina, que servía para preparar pan o tortas. La cebada o el trigo en el Creciente Fértil, el arroz en Asia Oriental, el maíz en Mesoamérica… En principio, sólo suponían una pequeña parte de la dieta; una fuente de calorías entre otras muchas.

Ceres, diosa romana de la fecundidad y la agricultura (fuente: commons.wikimedia.org)

Poco a poco, nuestros antepasados se dieron cuenta de que si dejaban algunas semillas de cereales en el suelo, crecerían más espigas al cabo de un tiempo. Estupendo; más comida. Asimismo, si acondicionaban el terreno y eliminaban a las plantas indeseadas, podrían cosechar mayor cantidad de grano. En cualquier caso, en aquella época los cereales sólo eran un aporte suplementario de comida. Seguíamos siendo cazadores y recolectores.

Pero los cereales ya nos habían reclutado. Nos empezaron a usar como herramientas para perpetuarse con mayor facilidad y eliminar a sus competidores. Al principio, a pequeña escala, pero las cosas iban a cambiar bien pronto.

Hace algo más de diez mil años, la Tierra sufrió otro de sus habituales cambios climáticos. Eso favoreció a unas especies y perjudicó a otras. En algunas zonas, a los seres humanos les tocó perder. Las fuentes habituales de alimento escasearon. Y el cultivo de cereales, que hasta entonces había sido un complemento a la dieta, empezó a ser cada vez más importante, hasta tornarse imprescindible para la supervivencia.

Era la gran oportunidad que los cereales habían estado aguardando. No la desaprovecharon, y convirtieron a aquel peculiar animal llamado Homo sapiens en una herramienta eficaz que les permitió conquistar el mundo a costa de sus grandes enemigos, los bosques.

Toda herramienta puede ser moldeada y mejorada, y los cereales nos cambiaron hasta hacernos irreconocibles. Lo importante para ellos era que les sirviéramos mejor. Nos engatusaron ofreciéndonos una abundante fuente de comida, pero a cambio exigieron que renunciásemos a muchas cosas.

En primer lugar, nos clavaron al terreno. Los cereales necesitaban que cuidaran de ellos, que mataran a las malezas, que les espantaran a los bichos molestos, que las regaran, que dispersaran las semillas. Por tanto, nos obligaron a ser sedentarios. Exigieron que trabajáramos más que cuando éramos cazadores y recolectores, que renunciáramos a la libertad. Así lo hicimos, a cambio de comida.

Nuestra salud se resintió. Pasamos a depender de unas pocas fuentes de alimentos. La dieta se empobreció. La estatura de nuestros antepasados disminuyó. Éramos más débiles, y no sólo por una alimentación menos equilibrada que antes. Al obligarnos a hacinarnos en poblados, las enfermedades infecciosas se transmitían de maravilla. A los cereales no les preocupaba (ojo; como dijimos en la primera parte de la entrada, estamos usando metáforas; las plantas no piensan ni elucubran). Sus herramientas humanas eran ahora más desgraciadas y sufrientes, pero podían producirlas en masa. La cantidad suplía con creces la falta de calidad. Además, al fabricar más humanos, éstos necesitaban a su vez más comida, lo que implicaba la necesidad de cultivar más cereales: un círculo vicioso que favorecía los intereses de nuestros nuevos amos.

Empezamos a talar bosques a gran escala para hacer sitio a los cereales. Mientras, como efecto colateral de vivir hacinados en poblados cada vez mayores, nuestras relaciones sociales se complicaron. El excedente de alimentos permitió que ciertos individuos pudieran especializarse y realizar diversas tareas. Por ejemplo, la defensa de los cultivos, para que otros no los robaran. O la coordinación, para que unas sociedades cada vez más complejas pudieran funcionar. De igual modo, el sedentarismo favoreció la acumulación de riqueza. Un cazador-recolector nómada sólo puede poseer aquello que pueda acarrear en sus viajes. En una sociedad agrícola, ese impedimento desaparece. Alguna gente empezó a acumular riqueza. O sea, poder.

El alud estaba en marcha. Ya no se podía detener.

Surgieron los estados, luego los imperios. Las desigualdades entre ricos y pobres alcanzaron proporciones increíbles, obscenas. La esperanza de vida bajó; para reponer las constantes pérdias de efectivos, la mujer acabó por convertirse en poco menos que una máquina de parir, de traer hijos al mundo, mientras los hombres copaban el poder. Hubo guerras cada vez más sangrientas, momentos de progreso y de barbarie, zonas luminosas en un océano de oscuridad. Las civilizaciones surgían y caían, entre sufrimientos sin cuento para la mayoría de la Humanidad. Las religiones contribuyeron a convertir las sociedades humanas en eficaces máquinas de matar y someter. Éxodos, hambre, ruina…

A los cereales no les importaba el sufrimiento de sus herramientas. Eran baratas, se reponían con facilidad y en conjunto funcionaban cada vez mejor. Los campos cultivados ocupaban extensiones cada vez mayores. Crecían en zonas que antes les estaban vedadas. Su éxito evolutivo era innegable. Los cereales eran los grandes triunfadores en la Tierra.

 

Los amos del mundo... :-)

Los auténticos amos del mundo… 🙂

A la larga, los seres humanos fueron convirtiéndose en una especie la mar de pintoresca. Tan pronto organizaban una guerra mundial que mataba a decenas de millones de individuos como enviaban una nave espacial a un satélite de Saturno o al núcleo de un cometa. En unas culturas se defendía la igualdad, mientras que en otras brillaba por su ausencia. Los cereales podían tolerar las excentricidades de sus herramientas, mientras que éstas los cuidaran y se aseguraran de propagar sus semillas.

Muchos seres humanos pensaron, a lo largo de la Historia, que eran libres, y se consideraron los amos de la Creación. Nunca lo fuimos. Y si la sociedad compleja a la que hemos llegado resulta inviable y nos extinguimos, ahogados en nuestros propios desechos… Bien, los cereales seguramente darán con otra especie a la que utilizar. Al fin y al cabo, provienen de una estirpe de manipuladores. 🙂

Terminaremos estas reflexiones en la 3ª y última parte de la entrada.

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