¿Quién domesticó a quién? (I)

En innumerables ocasiones, los escritores de ciencia ficción han especulado acerca de las relaciones entre especies alienígenas y la nuestra. Hay un sinfín de escenarios posibles: colaboración, dominación, conflicto, tolerancia, parasitismo… La imaginación, sobre todo si se apoya en los conocimientos científicos, ha producido obras geniales. Sin embargo, el mundo real nos ofrece ejemplos tanto o más llamativos. Natura artis magistra. 🙂

Puede resultar interesante considerar las relaciones de la especie humana con otras de nuestro entorno, pero modificando el punto de vista del observador. En vez de centrarnos en nosotros mismos, cual si fuésemos los reyes de la creación, pongámonos en la piel (o el exoesqueleto) de un biólogo alienígeno. Examinemos uno de los más notables casos en los que la interacción entre especies muy diferentes puede cambiar el mundo hasta dejarlo irreconocible.

Retrocedamos unos 90 millones de años. Por aquel entonces, bajo los pies de los dinosaurios, comenzaba a medrar la familia de plantas que los botánicos denominan Poaceae: las gramíneas. Desde luego, nada hacía presagiar el futuro que les aguardaba. Comparadas con otros vegetales, las gramíneas eran muy poquita cosa. Frente a la majestuosidad de las grandes coníferas, o la exuberancia de otras angiospermas (plantas con flores), las gramíneas solían ser hierbas escuchimizadas, poco vistosas. En cierto modo, daban la impresión de ser un paso atrás en la evolución. Mientras que otras angiospermas exhibían bellas y aromáticas flores para atraer a los insectos, las gramíneas habían vuelto a dispersar el polen al estilo primitivo: mediante el viento. Tampoco formaban grandes troncos que se alzaran hasta el cielo. Medraban a ras de suelo, pobres, en un mundo dominado por especies más llamativas y exitosas. Nadie las habría mirado dos veces en aquella época, ni apostado por ellas a la hora de dominar el paisaje.

T1esparto1Inflorescencias de esparto (Stipa tenacissima). Las gramíneas dispersan el polen por medio del viento, para desgracia de los alérgicos…

Para sus competidoras, fue un error subestimarlas.

En la actualidad, las gramíneas dominan el paisaje vegetal en buen número de ecosistemas, así como en gran parte del paisaje que nos rodea: sabanas, estepas, pastos, cultivos de cereales, céspedes… En cambio, los bosques, con sus altos y orgullosos árboles, están en recesión. ¿Cómo se las apañaron unas plantas tan pequeñas y de aspecto simple para triunfar?

Hordeum2Las gramíneas dominarán el mundo… 🙂

No entraremos aquí en prolijos detalles anatómicos y fisiológicos, amigo internauta. Un cuerpo sencillo (aunque esa sencillez sea sólo aparente), unido a una eficacia reproductora alta, pueden ser la clave del éxito. Que se lo digan a las bacterias y hongos, anatómicamente más simples que el mecanismo de una chupeta, pero que son auténticas máquinas de supervivencia y triunfo evolutivo. Además, las gramíneas establecieron relaciones simbióticas con otros organismos (hongos microscópicos, sobre todo), para mutuo beneficio. Pero aquí nos interesaremos por otro aspecto más llamativo.

Algunas gramíneas empezaron a reclutar animales para que eliminaran a sus competidores.

Un inciso: por supuesto, cuando usamos expresiones como «subestimar» o «reclutar» estamos empleando metáforas. Las plantas no piensan, ni la evolución prevé el futuro. Los cambios en los genes se dan al azar. El medio selecciona aquéllos que maximizan el éxito reproductivo; a la larga, eso conlleva el cambio y la aparición de especies nuevas. Pero repetir esto una y otra vez en un texto aburriría a las ovejas. Por ello empleamos símiles y metáforas en beneficio del lector; que nadie las tome al pie de la letra, por favor. 🙂

Para comprender cómo las gramíneas manipulan a sus sicarios animales (¡toma ya, metáfora!) debemos conocer cómo crecen las plantas. Es bastante curioso: lo hacen gracias a unos tejidos especiales, los meristemos, donde las células se dividen con frenesí. Posteriormente, esas células se diferenciarán y formarán los diversos tejidos del vegetal. En la mayoría de las plantas, los meristemos responsables del crecimiento de sus partes aéreas están en los extremos de tallos y ramas. Si tú cortas la punta de un tallo, éste no crecerá más. Otros tallos secundarios podrán tomar el relevo para que la planta siga creciendo, pero si vas cortando todos los ápices de ramas y tallos, la planta dejará de crecer y morirá. Interesante, sin duda, pero ¿qué tiene esto que ver con el éxito de las gramíneas?

grama1Grama (Cynodon dactylon).

Las gramíneas suelen tener los meristemos en la base de las hojas, a ras de suelo. Gracias a eso acabarían por dominar la tierra.

Imaginemos a una vaca hambrienta, que va comiendo cualquier planta que encuentra a su paso. Sus incisivos siegan la hierba como una máquina cortacésped, dejando tan sólo la raíz y unos pocos milímetros de planta por encima de la tierra. Las gramíneas podrán volver a crecer, puesto que sus meristemos no fueron dañados por los dientes del herbívoro. En cambio, otras especies de plantas con los meristemos en el extremo de los tallos habrán pasado a mejor vida.

Ésa es la estrategia que siguieron muchas gramíneas. Se hicieron apetitosas para los herbívoros. Les lanzaron un mensaje claro: «comednos, a nosotras y a todo lo que nos rodea. Las otras morirán. Nosotras renaceremos y nos apropiaremos del terreno.» Y así, poco a poco, con la ayuda de los animales herbívoros, las praderas y sabanas de gramíneas fueron ganando terreno a los bosques.

Por supuesto, las demás familias de plantas también evolucionaban, y poseían sus propias estrategias de supervivencia. De acuerdo con factores geográficos, climáticos, etc., distintos ecosistemas fueron configurándose en nuestro planeta. En unos dominaban las gramíneas, mientras que en otros triunfaban los árboles.

Hasta que un buen día, a ciertas gramíneas se les ocurrió reclutar a un animal que no era exactamente un herbívoro. Se trataba de los cereales, y el pobre animal al que reclutaron era el Homo sapiens. En la próxima entrada analizaremos lo que sucedió.

 

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Un comentario en “¿Quién domesticó a quién? (I)

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