Pío Baroja y lo fantástico

Necesitamos encasillar a la gente, acotar sus vidas, ideas y obras con un par de frases para quedarnos tranquilos. Así, por ejemplo, a muchos escritores se les coloca en una determinada corriente literaria, se describe su personalidad en pocas palabras (misógino, aventurero, de derechas, de izquierdas, lo que sea) y así pasan a la posteridad. Suele ser injusto, pues incontables matices se pierden por el camino.

Pío_Baroja_y_NessiPío Baroja y Nessi (fuente: commons.wikimedia.org)

Fijémonos en uno de los mejores escritores españoles del siglo XX, Pío Baroja (1872-1956), admirado por autores de la talla de Hemingway (el sentimiento no era mutuo, por cierto) y Dos Passos. Para muchos aficionados a la literatura, Pío Baroja fue un típico representante de la generación del 98, caracterizado por su estilo sobrio y realista, cargado de pesimismo. Lo consideran un hombre triste y misántropo, y de su obra sólo conocen las novelas históricas y de aventuras con personajes vascos, así como las costumbristas, de un escepticismo deprimente, como El árbol de la ciencia.

Baroja es mucho más que eso.

Quizá, en nuestra literatura de los siglos XIX y XX, tan sólo Galdós le supere como escritor (es cuestión de gustos, por supuesto). Y de huraño y tristón, nada; según su sobrino, el antropólogo Julio Caro Baroja, era una persona bastante jovial. Doctor en Medicina, con una sólida formación científica (en El árbol de la ciencia se nota, a juzgar por los nombres que cita, que estaba al tanto de lo que se cocía en los círculos científicos), ávido lector, con inquietudes filosóficas, poseedor de una vasta biblioteca sobre ocultismo y brujería… Se trata de un autor al que merece la pena conocer.

Baroja también escribió relatos de corte fantástico, sobre todo en su juventud. Acabo de leer la antología titulada Cuentos, publicada por Alianza Editorial en 1966 y reeditada en numerosas ocasiones. Lleva un interesante prólogo de Julio Caro Baroja e incluye un buen número de historias cortas, mayormente del libro Vidas sombrías (1900), aunque hay otras posteriores.

En su mayoría, estos cuentos no tienen que ver con la temática fantástica. Un inciso: los interesados en aquelarres y brujería vasca disfrutarán con La dama de Urtubi, pero el relato, en sí, no tiene nada de fantástico; posee una sólida base antropológica y es una aventura con final feliz (siempre que no seas sorgina, claro). 🙂

En otros relatos del libro hallamos elementos fantásticos, oníricos, alegóricos o inquietantes, pero hay tres cuentos que podemos calificar como fantásticos en sentido estricto: el lector se enfrenta a unos hechos sin explicación racional (como debe ser; el «fantástico explicado» no es fantástico), y eso genera inquietud. En El trasgo y La sima, los personajes se topan con entes sobrenaturales que los aterrorizan. ¿Son reales? El autor deja al lector con la duda, pues tal es el efecto buscado. Estas dos historias, al transcurrir en ambientes rurales, pueden resultar un tanto ajenas al lector urbanita, pero esto no ocurre con el cuento que abre la antología: Médium. Es, sin duda, el que mejor logra el «efecto fantástico». Inquieta. Da mal rollo, que es de lo que se trata. 🙂

En resumen: afirman que la literatura española se caracteriza por su querencia hacia el realismo. Sin embargo, lo fantástico está ahí, aguardando al lector que sepa hallarlo… y disfrutarlo.

¿Quién domesticó a quién? (y III)

Por supuesto, los cereales no son los únicos vegetales que cultivamos (o que nos usan para que los cultivemos). En otras familias botánicas hay ejemplos notables: cucurbitáceas, solanáceas, crucíferas, etc. Además, nuestros ancestros no sólo domesticaron plantas, sino también animales y hongos. Sin embargo, los cereales son los más importantes, no sólo como fuentes direstas de alimentación, sino también de forma indirecta (ya que los animales que comemos se alimentan a su vez de pastos y grano).

Considerar que los cereales nos domesticaron a nosotros, en vez de a la inversa, no es nuevo. La idea ya fue sugerida por el conocido naturalista y divulgador David Attenborough en una de sus series documentales para la BBC, La vida privada de las plantas (el libro se publicó en español en 1995).

vpplantasAsimismo, también se recoge en el libro de Yuval Noah Harari, De animales a dioses (publicado en español en 2014).

anim_diosesLlama la atención que nos dejáramos domesticar por los cereales. ¿Acaso nuestros antepasados no se dieron cuenta de que con la agricultura vivían peor que cuando eran cazadores-recolectores? Alimentación más pobre, menor esperanza de vida, mayores amenazas…

Hay una historia (cruel) sobre la manera más adecuada de hervir una rana sin que ésta se escape de la cazuela. Si tratas de meter al pobre bicho en agua hirviendo, nada más tocar la superficie del líquido saltará y huirá. En cambio, si le ofreces una cazuela con agua fresquita, se dedicará a nadar felizmente en ella. A continuación sólo tienes que ir calentando poquito a poco el agua, de manera imperceptible. La rana no percibirá el aumento de temperatura hasta que sea demasiado tarde.

Algo así sucedió con la agricultura. Los cambios acaecieron poco a poco, generación tras generación. Cuando nuestros antepasados quisieron darse cuenta, ya no había vuelta atrás. Estaban atrapados. La agricultura los obligaba a permanecer en un lugar, al que debían defender con uñas y dientes. La población aumentó, por lo que no cabía volver a los métodos tradicionales de caza y recolección. Éramos demasiados. Tan sólo podíamos huir hacia adelante, y eso hicimos.

Puestos a seguir con reflexiones ociosas, algo similar pasa con la tecnología. Hemos dejado que se infiltre en nuestras vidas, y ya no podemos concebir la existencia sin ella. Hasta para comprar cualquier tontería en una tienda la necesitamos. Si el ordenador de la caja falla, tanto el dependiente como el comprador nos quedamos contemplando la pantalla con cara de resignación, parados, sintiéndonos inútiles, hasta que el ordenador vuelve a funcionar y da el visto bueno a la transacción. 😦

Sin tecnología, igual que sin agricultura, estamos perdidos. Sin embargo, nuestra actual sociedad tecnológica es muy frágil. Bastaría una violenta tormenta solar en el momento adecuado, o la detonación de unas cuantas bombas arcoíris, para que todos los aparatos electrónicos se averiaran de golpe, sumiendo al mundo en el caos.

Los cambios no tienen vuelta atrás. Bien sea por nuestra inconsciencia, bien porque otros seres vivos nos manipulan, es imposible retroceder a un pasado idílico, como algunos postulan. Somos siete mil millones, y subiendo. Sólo una agricultura y una tecnología avanzadas pueden mantener a tanta gente con vida. No nos queda otra que huir hacia adelante, a un futuro incierto, aunque diabólicamente interesante.

Es lo que hay.

¿Quién domesticó a quién? (II)

En los libros de Historia, el surgimiento de la Agricultura se considera uno de los hitos que marcan el devenir de nuestra especie. Aprendimos a manipular nuestro entorno, en vez de ser sometidos por él. Desde entonces, el progreso de la Humanidad fue imparable. Sin embargo, resulta interesante analizarlo desde un punto de vista imparcial, como el de un biólogo alienígeno. 🙂

Cintéotl, dios azteca del maíz (fuente: commons.wikimedia.org)

En la primera parte de esta entrada vimos cómo una familia vegetal, las gramíneas, acabó por reclutar a mamíferos herbívoros para que les despejaran el terreno, acabando con otras plantas competidoras. Pues bien, quiso el azar que ciertas gramíneas se tropezaran con un peculiar animal omnívoro: Homo sapiens. ¿Les serviría para sus fines, igual que las cebras o los antílopes?

Nuestros antepasados, por aquel entonces, eran cazadores y recolectores. Vivían en grupos no muy extensos, comiendo cualquier cosa que pudieran atrapar. Llevaban una vida nómada, ajustada a los ciclos naturales: aparición de frutos comestibles, rutas migratorias de los animales que cazaban, el clima… La densidad de población se mantenía baja mediante diversos métodos de probada eficacia (espaciar los nacimientos, infanticidio selectivo, etc.) pero, en realidad, la existencia no era tan mala. Por lo general, las comunidades de cazadores-recolectores gozaban de una dieta equilibrada y, salvo accidentes, enfermedades ocasionales y achaques de la vejez, los seres humanos se mantenían razonablemente sanos y felices.

En diversos lugares del mundo, de manera independiente, Homo sapiens descubrió que las semillas de ciertas gramíneas, más conocidas como cereales, podían comerse tras ser cocinadas, o eran una fuente de harina, que servía para preparar pan o tortas. La cebada o el trigo en el Creciente Fértil, el arroz en Asia Oriental, el maíz en Mesoamérica… En principio, sólo suponían una pequeña parte de la dieta; una fuente de calorías entre otras muchas.

Ceres, diosa romana de la fecundidad y la agricultura (fuente: commons.wikimedia.org)

Poco a poco, nuestros antepasados se dieron cuenta de que si dejaban algunas semillas de cereales en el suelo, crecerían más espigas al cabo de un tiempo. Estupendo; más comida. Asimismo, si acondicionaban el terreno y eliminaban a las plantas indeseadas, podrían cosechar mayor cantidad de grano. En cualquier caso, en aquella época los cereales sólo eran un aporte suplementario de comida. Seguíamos siendo cazadores y recolectores.

Pero los cereales ya nos habían reclutado. Nos empezaron a usar como herramientas para perpetuarse con mayor facilidad y eliminar a sus competidores. Al principio, a pequeña escala, pero las cosas iban a cambiar bien pronto.

Hace algo más de diez mil años, la Tierra sufrió otro de sus habituales cambios climáticos. Eso favoreció a unas especies y perjudicó a otras. En algunas zonas, a los seres humanos les tocó perder. Las fuentes habituales de alimento escasearon. Y el cultivo de cereales, que hasta entonces había sido un complemento a la dieta, empezó a ser cada vez más importante, hasta tornarse imprescindible para la supervivencia.

Era la gran oportunidad que los cereales habían estado aguardando. No la desaprovecharon, y convirtieron a aquel peculiar animal llamado Homo sapiens en una herramienta eficaz que les permitió conquistar el mundo a costa de sus grandes enemigos, los bosques.

Toda herramienta puede ser moldeada y mejorada, y los cereales nos cambiaron hasta hacernos irreconocibles. Lo importante para ellos era que les sirviéramos mejor. Nos engatusaron ofreciéndonos una abundante fuente de comida, pero a cambio exigieron que renunciásemos a muchas cosas.

En primer lugar, nos clavaron al terreno. Los cereales necesitaban que cuidaran de ellos, que mataran a las malezas, que les espantaran a los bichos molestos, que las regaran, que dispersaran las semillas. Por tanto, nos obligaron a ser sedentarios. Exigieron que trabajáramos más que cuando éramos cazadores y recolectores, que renunciáramos a la libertad. Así lo hicimos, a cambio de comida.

Nuestra salud se resintió. Pasamos a depender de unas pocas fuentes de alimentos. La dieta se empobreció. La estatura de nuestros antepasados disminuyó. Éramos más débiles, y no sólo por una alimentación menos equilibrada que antes. Al obligarnos a hacinarnos en poblados, las enfermedades infecciosas se transmitían de maravilla. A los cereales no les preocupaba (ojo; como dijimos en la primera parte de la entrada, estamos usando metáforas; las plantas no piensan ni elucubran). Sus herramientas humanas eran ahora más desgraciadas y sufrientes, pero podían producirlas en masa. La cantidad suplía con creces la falta de calidad. Además, al fabricar más humanos, éstos necesitaban a su vez más comida, lo que implicaba la necesidad de cultivar más cereales: un círculo vicioso que favorecía los intereses de nuestros nuevos amos.

Empezamos a talar bosques a gran escala para hacer sitio a los cereales. Mientras, como efecto colateral de vivir hacinados en poblados cada vez mayores, nuestras relaciones sociales se complicaron. El excedente de alimentos permitió que ciertos individuos pudieran especializarse y realizar diversas tareas. Por ejemplo, la defensa de los cultivos, para que otros no los robaran. O la coordinación, para que unas sociedades cada vez más complejas pudieran funcionar. De igual modo, el sedentarismo favoreció la acumulación de riqueza. Un cazador-recolector nómada sólo puede poseer aquello que pueda acarrear en sus viajes. En una sociedad agrícola, ese impedimento desaparece. Alguna gente empezó a acumular riqueza. O sea, poder.

El alud estaba en marcha. Ya no se podía detener.

Surgieron los estados, luego los imperios. Las desigualdades entre ricos y pobres alcanzaron proporciones increíbles, obscenas. La esperanza de vida bajó; para reponer las constantes pérdias de efectivos, la mujer acabó por convertirse en poco menos que una máquina de parir, de traer hijos al mundo, mientras los hombres copaban el poder. Hubo guerras cada vez más sangrientas, momentos de progreso y de barbarie, zonas luminosas en un océano de oscuridad. Las civilizaciones surgían y caían, entre sufrimientos sin cuento para la mayoría de la Humanidad. Las religiones contribuyeron a convertir las sociedades humanas en eficaces máquinas de matar y someter. Éxodos, hambre, ruina…

A los cereales no les importaba el sufrimiento de sus herramientas. Eran baratas, se reponían con facilidad y en conjunto funcionaban cada vez mejor. Los campos cultivados ocupaban extensiones cada vez mayores. Crecían en zonas que antes les estaban vedadas. Su éxito evolutivo era innegable. Los cereales eran los grandes triunfadores en la Tierra.

 

Los amos del mundo... :-)

Los auténticos amos del mundo… 🙂

A la larga, los seres humanos fueron convirtiéndose en una especie la mar de pintoresca. Tan pronto organizaban una guerra mundial que mataba a decenas de millones de individuos como enviaban una nave espacial a un satélite de Saturno o al núcleo de un cometa. En unas culturas se defendía la igualdad, mientras que en otras brillaba por su ausencia. Los cereales podían tolerar las excentricidades de sus herramientas, mientras que éstas los cuidaran y se aseguraran de propagar sus semillas.

Muchos seres humanos pensaron, a lo largo de la Historia, que eran libres, y se consideraron los amos de la Creación. Nunca lo fuimos. Y si la sociedad compleja a la que hemos llegado resulta inviable y nos extinguimos, ahogados en nuestros propios desechos… Bien, los cereales seguramente darán con otra especie a la que utilizar. Al fin y al cabo, provienen de una estirpe de manipuladores. 🙂

Terminaremos estas reflexiones en la 3ª y última parte de la entrada.

¿Quién domesticó a quién? (I)

En innumerables ocasiones, los escritores de ciencia ficción han especulado acerca de las relaciones entre especies alienígenas y la nuestra. Hay un sinfín de escenarios posibles: colaboración, dominación, conflicto, tolerancia, parasitismo… La imaginación, sobre todo si se apoya en los conocimientos científicos, ha producido obras geniales. Sin embargo, el mundo real nos ofrece ejemplos tanto o más llamativos. Natura artis magistra. 🙂

Puede resultar interesante considerar las relaciones de la especie humana con otras de nuestro entorno, pero modificando el punto de vista del observador. En vez de centrarnos en nosotros mismos, cual si fuésemos los reyes de la creación, pongámonos en la piel (o el exoesqueleto) de un biólogo alienígeno. Examinemos uno de los más notables casos en los que la interacción entre especies muy diferentes puede cambiar el mundo hasta dejarlo irreconocible.

Retrocedamos unos 90 millones de años. Por aquel entonces, bajo los pies de los dinosaurios, comenzaba a medrar la familia de plantas que los botánicos denominan Poaceae: las gramíneas. Desde luego, nada hacía presagiar el futuro que les aguardaba. Comparadas con otros vegetales, las gramíneas eran muy poquita cosa. Frente a la majestuosidad de las grandes coníferas, o la exuberancia de otras angiospermas (plantas con flores), las gramíneas solían ser hierbas escuchimizadas, poco vistosas. En cierto modo, daban la impresión de ser un paso atrás en la evolución. Mientras que otras angiospermas exhibían bellas y aromáticas flores para atraer a los insectos, las gramíneas habían vuelto a dispersar el polen al estilo primitivo: mediante el viento. Tampoco formaban grandes troncos que se alzaran hasta el cielo. Medraban a ras de suelo, pobres, en un mundo dominado por especies más llamativas y exitosas. Nadie las habría mirado dos veces en aquella época, ni apostado por ellas a la hora de dominar el paisaje.

T1esparto1Inflorescencias de esparto (Stipa tenacissima). Las gramíneas dispersan el polen por medio del viento, para desgracia de los alérgicos…

Para sus competidoras, fue un error subestimarlas.

En la actualidad, las gramíneas dominan el paisaje vegetal en buen número de ecosistemas, así como en gran parte del paisaje que nos rodea: sabanas, estepas, pastos, cultivos de cereales, céspedes… En cambio, los bosques, con sus altos y orgullosos árboles, están en recesión. ¿Cómo se las apañaron unas plantas tan pequeñas y de aspecto simple para triunfar?

Hordeum2Las gramíneas dominarán el mundo… 🙂

No entraremos aquí en prolijos detalles anatómicos y fisiológicos, amigo internauta. Un cuerpo sencillo (aunque esa sencillez sea sólo aparente), unido a una eficacia reproductora alta, pueden ser la clave del éxito. Que se lo digan a las bacterias y hongos, anatómicamente más simples que el mecanismo de una chupeta, pero que son auténticas máquinas de supervivencia y triunfo evolutivo. Además, las gramíneas establecieron relaciones simbióticas con otros organismos (hongos microscópicos, sobre todo), para mutuo beneficio. Pero aquí nos interesaremos por otro aspecto más llamativo.

Algunas gramíneas empezaron a reclutar animales para que eliminaran a sus competidores.

Un inciso: por supuesto, cuando usamos expresiones como «subestimar» o «reclutar» estamos empleando metáforas. Las plantas no piensan, ni la evolución prevé el futuro. Los cambios en los genes se dan al azar. El medio selecciona aquéllos que maximizan el éxito reproductivo; a la larga, eso conlleva el cambio y la aparición de especies nuevas. Pero repetir esto una y otra vez en un texto aburriría a las ovejas. Por ello empleamos símiles y metáforas en beneficio del lector; que nadie las tome al pie de la letra, por favor. 🙂

Para comprender cómo las gramíneas manipulan a sus sicarios animales (¡toma ya, metáfora!) debemos conocer cómo crecen las plantas. Es bastante curioso: lo hacen gracias a unos tejidos especiales, los meristemos, donde las células se dividen con frenesí. Posteriormente, esas células se diferenciarán y formarán los diversos tejidos del vegetal. En la mayoría de las plantas, los meristemos responsables del crecimiento de sus partes aéreas están en los extremos de tallos y ramas. Si tú cortas la punta de un tallo, éste no crecerá más. Otros tallos secundarios podrán tomar el relevo para que la planta siga creciendo, pero si vas cortando todos los ápices de ramas y tallos, la planta dejará de crecer y morirá. Interesante, sin duda, pero ¿qué tiene esto que ver con el éxito de las gramíneas?

grama1Grama (Cynodon dactylon).

Las gramíneas suelen tener los meristemos en la base de las hojas, a ras de suelo. Gracias a eso acabarían por dominar la tierra.

Imaginemos a una vaca hambrienta, que va comiendo cualquier planta que encuentra a su paso. Sus incisivos siegan la hierba como una máquina cortacésped, dejando tan sólo la raíz y unos pocos milímetros de planta por encima de la tierra. Las gramíneas podrán volver a crecer, puesto que sus meristemos no fueron dañados por los dientes del herbívoro. En cambio, otras especies de plantas con los meristemos en el extremo de los tallos habrán pasado a mejor vida.

Ésa es la estrategia que siguieron muchas gramíneas. Se hicieron apetitosas para los herbívoros. Les lanzaron un mensaje claro: «comednos, a nosotras y a todo lo que nos rodea. Las otras morirán. Nosotras renaceremos y nos apropiaremos del terreno.» Y así, poco a poco, con la ayuda de los animales herbívoros, las praderas y sabanas de gramíneas fueron ganando terreno a los bosques.

Por supuesto, las demás familias de plantas también evolucionaban, y poseían sus propias estrategias de supervivencia. De acuerdo con factores geográficos, climáticos, etc., distintos ecosistemas fueron configurándose en nuestro planeta. En unos dominaban las gramíneas, mientras que en otros triunfaban los árboles.

Hasta que un buen día, a ciertas gramíneas se les ocurrió reclutar a un animal que no era exactamente un herbívoro. Se trataba de los cereales, y el pobre animal al que reclutaron era el Homo sapiens. En la próxima entrada analizaremos lo que sucedió.

 

Clara Reeve, o cómo estropear la innovación literaria con la moral

ClaraReeveClara Reeve fue una novelista y ensayista inglesa, hija de un clérigo y nacida en Ipswich en 1729. Tuvo una excelente educación, destacando en historia y latín.

Contribuyó notablemente a la historia de la literatura con su influyente obra  El progreso del romance (The Progress of Romance, 1785). Se trata de una innovadora historia de la narrativa y de la evolución de la épica novelística, clara precursora de las historias modernas de la novela.

Como curiosidad, una cita donde Clara Reeve formula la distinción entre romance y novela (distinción casi inexistente en español):

El romance es una fábula heroica, que trata de personas y cosas. La novela es un cuadro de la vida real y sus costumbres, y acerca del tiempo en que se escribió. El romance describe con lenguaje elevado y orgulloso, algo que no ha pasado ni pasará nunca. La novela presenta una relación familiar de esas cosas tal y como ocurren cada día ante nuestros ojos, como podrían ocurrirles a nuestros amigos o a nosotros mismos.

Clara Reeve. El progreso del romance, 1785.

Reeve resultó influida por el alarmismo de los críticos más conservadores, que consideraban peligrosa la novela de Walpole. A ésta la acusaban de ser excesivamente emocional y perturbadora; sus excesos narrativos podían, al igual que las drogas, causar adicción y pervertir la mente de las jóvenes casaderas, que tal vez llegarían a contraer matrimonio con hombres indignos de su afecto y condición, precipitándose en el abismo de una vida desgraciada. La influyó por un igual el estilo contenido y realista de su maestro, Richardson; para Reeve Otranto caía en el ridículo y el exceso emocional, así que se propuso convertirla en una narración de marcado carácter moralista, evitando en lo posible los elementos fantásticos.

El resultado de esta imitación de El castillo de Otranto, se titulaba El viejo barón inglés, una historia gótica (The Old English Baron, a Gothic Story, 1777). En su primera edición se había titulado El campeón de la virtud, una historia gótica (The Champion of Virtue, a Gothic Story). Obsérvese que la imitación llegaba hasta la coletilla «una historia gótica» puesta al final del título, para tentar de nuevo a los lectores con una morbosidad que luego les escatimaba en el texto.

Su intención era mejorar la novela de Walpole, reconduciéndola a un orden tradicional. La manera de hacerlo consistió en introducir los mismos efectos misteriosos de lo sobrenatural, pero cambiando la explicación final por otra de marcado carácter racionalista. Otra característica de su obra fue la lucha de clases contra la opresión feudal y la introducción de elementos de lo cotidiano. Para lograrlo cambió el exotismo de la primera novela gótica por algo más costumbrista. Así pues, Reeve tomó una novela exitosa y que rompía moldes, le quitó cuanto aportaba de original y multiplicó sus defectos moralizantes. Con todo ello convirtió lo novedoso de su trama en otra obra dieciochesca moralizante. No está mal para tratarse de una estudiosa del progreso en el arte de la novela.

El propio Walpole acusó esta crítica a su obra, tildando a su vez la de Reeve de ser «insípida». Otros críticos han afirmado que no aporta nada a la novela gótica siendo, según palabras de Temma Berg, una mera «redecoradora del castillo de Otranto». En realidad el curioso intento de Reeve pretendía quitar a la novela de Walpole lo mejor que tenía: el onirismo y los elementos sobrenaturales. En vez de conseguirlo solo logró afianzar su fama, abriendo la veda de las imitaciones de la obra de Walpole. Por poner un ejemplo de hasta qué punto llegaría la veneración de autoras posteriores por esta novela, diremos que influenció a Mary W. Shelley para escribir a su vez Frankenstein, o el moderno Prometeo.

El motivo para mencionar a Clara Reeve es, como habrá supuesto ya el lector, mostrar lo difícil que era romper moldes, y cómo aun habiéndolo logrado un autor, el establishment trataba de reconducir la literatura de nuevo a los cauces que juzgaba estética y moralmente adecuados. Muchos han sido los que se han erigido en jueces de la moral y las buenas costumbres en la literatura de género, pero al igual que lo ha hecho la historia, nosotros preferimos olvidarlos y dar todo el mérito a los creadores.

Charlotte Dacre: sexualidad y fantasía en el siglo XVIII

CharlotteDacre

Charlotte Dacre nació en Londres en 1782, en el seno de una acaudalada familia. Falleció en 1841. Su nombre de soltera fue Charlotte King. Se casó con el editor Nicholas Byrne de quien tuvo tres hijos. Su marido, colaborador del Morning Post, la animó a publicar en él sus primeros poemas, momento en que adoptó el pseudónimo Rosa Matilda. “Dacre”, en substitución de su verdadero apellido, también es un pseudónimo y por él se la conoce habitualmente hoy en día.

Como novelista recogió la influencia gótica, pero aportó unos caracteres femeninos más agresivos, contrarios a las normas sociales del decoro. Su obra permaneció en la oscuridad durante mucho tiempo, si bien influyó en los grandes autores del momento.

Su obra más importante, Zofloya, o el moro (Zofloya; or, the Moor: A Romance of the Fifteenth Century, 1806) rompió moldes en todos los sentidos. La protagonista, una dama veneciana, se muestra cruel y malvada, además de sexualmente activa. Resulta especialmente lujuriosa y depravada, mostrando al lector todos sus deseos, sin ahorrar detalles. Para mayor provocación la protagonista se interesa por un moro, que resulta ser un personaje diabólico. Zofloya sigue los pasos de El monje, pero incorporando ecos fáusticos e influencias de Milton y Sade.

Al género que practicó esta autora se le suele llamar «gótico femenino» (Female Gothic).

Otras obras suyas:

Horas de soledad (Hours of Solitude, 1805). Colección de poemas donde ya aparece el tema del amante diabólico.

Confesiones de la monja de San Omer (Confessions of the Nun of St. Omer, 1805). Novela gótica dedicada a Matthew Lewis, el inspirador de sus obras.

El libertino (The Libertine, 1807).

Las pasiones (The Passions, 1811).